Disculpas

A pesar de todo el tiempo que ha pasado, y aunque las consecuencias, así como el coste, de lo siguiente que escribo es nulo, aún con todo, quiero hacer algo que casi desde que soy persona una parte de mí me pide hacer.

Lo cierto es que siempre he sentido la necesidad de disculparme ante muchas de las personas que he dejado atrás en la vida. Sin querer. Porque ese es el punto que diferencia. Muchos me dejaron atrás. A algunos los dejé atrás a propósito.

Pero con algunas personas tan sólo perdí el contacto, incapaz por el arrollador caudal de la vida de mantener una conversación, aunque fuera tenue y lenta, al cabo de los meses y años. A estas personas, de las que no diré el nombre pues están en su derecho de no tener que tenerlo en Internet en el texto de un viejo conocido con cambios extraños de humor, les dedico este texto que necesito soltar de una vez.

Primero, quisiera disculparme ante aquellos compañeros de escuela primaria que se quedaron en Burgos, con los que al final de esos días no me porté del todo bien, de los que no llegué a conocer su madurez, sus sueños convertidos en realidades y la vida que en la ciudad blanca han desarrollado. A uno en concreto lo tengo a media calle de distancia, y sin embargo, tan lejos como a un mundo.

Después, me gustaría pasar mis disculpas a mis compañeros de Valladolid, que tan pacientes en algunas cosas se mostraron. Que me aceptaron aunque mi dirección de correo fuera “Maquina Total”, que me acompañaron y fueron parte fundamental de los viajes que moldearon mis sueños… Que algunos fueron parte de ellos… Este grupo conforma la mezcla más heterogénea y enriquecedora de la que nunca he tenido la suerte de formar parte. Y es sin duda la que más me apena haber relegado al lugar donde termina amontonándose el olvido. No hubo mala intención, tan sólo, insisto, el tiempo, la vida y la indecisión. Sin saber muy bien cómo dirigirme a ellos, al final terminé por no decir nada. Y entonces, cayó el silencio final.

Me quiero disculpar también con las generaciones que ya han pasado, aquí en las islas, y que desaparecen entre los rostros que abigarran los pasillos de mi nueva y vieja facultad. Cada vez es más difícil para mí mantener todos estos hilos que tiran de mí, que no sé controlar, que me hacen sangrar cuando me voy a dormir.

También hay un par de figuras de mis recuerdos que me recuerdan mis momentos más bajos. Mis disculpas a aquella monitora de Poza de la Sal a la que casi saco un ojo con una zapatilla, en unos de esos momentos en los que mi mente no termina de conectar con el mundo en el que existe. De aquel lugar, también disculpas especiales a aquella compañera a la que agüe la fiesta de linternas por no fiarme de su palabra, y aún más por no mantener la mía. Me hice más daño a mí mismo ese día que en cualquier otro.

Continúo por mis primeros compañeros de piso que también fueron amigos. Ella y él, que aunque no del todo, también me encuentran de ciento en viento, que se merecen todo lo bueno que la vida se ha obcecado en hacerles difícil. Apenas puedo si desear que la vida entre en vereda y empiece a mostrarse justa con ellos, pues ya va siendo momento.

Recuerdo y me disculpo ahora a los que me acompañaron aquellos veranos de pueblo, bichos y alergia. A la que me descubrió la belleza, al que me descubrió que la rectitud se puede encontrar incluso en los comienzos más torcidos y al que me enseñó que se puede mantener uno al margen de todo lo que no merezca la pena. Para bien o para mal, nos separamos y os ganáis unas vidas magníficas de las que estoy contento de oír de pasada.

Ya no queda mucho. Ahora llegan ellas. Empiezo repitiendo mi disculpa a una compañera. Otra fascinada por la Ciencia, por el cielo y por el Principito que busca por el mismo. Ella me enseñó que los sueños son de carne y hueso, y a veces tienes la suerte de que te sonríen con ánimo verdadero. Que el esfuerzo es la base de todo, aunque a veces pueda costar todo el tiempo. Un bizcocho acompaña mis disculpas.

De nuevo, disculpas a mi otra compañera, la que me aguantó y me enseñó de su humor de medianoche, algo cínico y con segundas, y que tuvo que aguantar mis torpes intentos de ayudar cuando en su vida se gestaba la tormenta. Me mostraste que la entereza y el aguante pueden ser un grado, y que tal vez escuchar sí sirve para algo después de todo.

También, mis disculpas a la que me enseñó que te pueden decir que “no”, y que eso duele, pero que no es el fin del mundo. Recordándola vuelvo a pensar que no hay nada bueno o malo imposible en el amor.

También, mis disculpas a aquella mujer que me enseñó que lo diametralmente opuesto es enriquecedor, aunque sea difícil encontrar el equilibrio en las palabras o en los gestos.

Finalmente, mis disculpas a las dos últimas ellas, que aunque no entran estrictamente en el tema de las personas que dejé atrás, se merecen igualmente las disculpas.

Por un lado, a la que me dio la vida, pues no termino de encontrar la felicidad que tanto me deseas, y a veces no puedo decidir si es que no la alcanzo o es que la dejo escapar. Siento llevar tanto tiempo siendo una fuente inacabable de problemas y preocupaciones, y me corazón se detiene y se encoge tanto al pensarlo que lo único para lo que me llega sangre al cerebro es para dejar de preocuparte más.

Y por el otro y para acabar, a la que ahora quiere acompañarme en este río que me arrastra por la vida. Porque siempre que doy un paso hacia adelante, doy otro hacia atrás. Porque soy cabezota y hay ciertas cosas en las que no puedo ceder. Porque aún cediendo hay sueños que aún se agarran a mis recuerdos y no terminan de dejarme tranquilo. Porque aunque en ciertas cosas sea maduro, en muchas otras muy importantes aún me siento como un niño asustado. Porque a pesar de todo sigo sin creer que sea la mejor persona que te puedas merecer. Porque mis miedos y fantasmas ya te han dado más de un quebradero de cabeza, y porque estoy seguro de que habrá más. Porque a veces estoy hambriento de soledad y a veces hambriento de ti.

Porque me autodestruyo, pero tú quieres estar ahí.

Lo siento mucho. Lo siento aunque no acepter mis disculpas. Lo siento aunque no sepa como arreglarlo.

Y a todos los demás también. Lo siento. Esto de la vida es uno de los pocos juegos que no termino de manejar bien.

¿Alguno conocéis algún truquito?

Supongo que me merezco el silencio.

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3 Comments

  1. En cuanto al “truquito” de la vida… Creo que no existe… La vida es experimentar en estado puro… No tan distinto a lo que sucede en cualquier laboratorio de Física, en donde nada sale y ¡¡ Murphy no perdona!! Eso lo aprendimos en Valladolid ;-) Lo que no sabíamos es que era solo el comienzo!

    1. Gracias, gracias por tus palabras. No esperaba respuestas, pero eso no quiere decir que no las agradezca enormemente. Son momentos de cierto pavor ahora, y algo sonámbulo y agobiado me doy a la reflexión (¡muy contraproducente académicamente!). Aún así, fue liberador escribir todo esto.

      Ahora no puedo sino ajustarme la gabardina y lanzarme al “laboratorio” con redoblado ahínco, pues tienes razón, y experimentar es la única forma verdadera de vivir, aunque a veces duela o queme.

      En fin, una vez más, gracias por prestarme unas palabras en las que apoyarme para poderme alzar por encima de la niebla y volver a encontrar ese Norte que no deja de moverse.

      ¡Muchos abrazos!

  2. Siempre es una maravilla leerte, Rodri. Aún espero el día en el vea tu nombre escrito en la portada de un libro… Desde luego que madera de escritor tienes ¡y mucha!

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