Otra de nostalgia videojueguil

Nada más empezado el 2014 (el “veinte cagatorcidos” para mí), ya me ha asaltado la Nostalgia de madrugada.
Y es que no lo puedo evitar, y mucho menos con una canción de videojuego antiguo. Sí, mi gran debilidad, los politonos ancestrales del mundo del videojuego me retrotraen de una poderosa manera.

Sin embargo, he de confesar: no son exactamente “politonos” lo que me ha puesto a escribir esta vez. No lo son, pues pertenecen a la época dorada de los videojuegos. La época de la Super Nintendo.

Cerca de la mitad de su ciclo vital, la Super Nintendo recibió el que, en aquella época, seguro fue uno de los títulos más esperados: Donkey Kong Country 2: Diddy’s Kong Quest (para que nos quejemos de títulos largos hoy en día). El sucesor del aclamadísimo Donkey Kong Country debía no sólo mantener el enorme nivel jugable y gráfico de su predecesor, sino superarlo también. Y lo consiguió, ¡y de qué manera!

Mejores gráficos, más personajes, más secretos, más monedas Kong y, sobre todo, más plátanos. DKC2 es el claro ejemplo de que segundas partes pueden ser geniales, si se le echa ganas y no se da nada por sentado. DKC2 no intenta reinventar la rueda: coge lo mejor del uno (prácticamente todo, para que engañarnos), lo expande, abrillanta y pone en un nuevo escenario, y te lo ofrece con más secretos de los que podrás hacer frente en varias pasadas del juego.
Por supuesto, manteniendo el precedente de DKC, esta entrega de la saga continúa haciendo uso de la magia sonora que es capaz de crear Dave Wise, el compositor de la serie. Haciendo uso de más estilos de los que puedo contar, llena el juego de mil y un ambiente distintos haciendo virguerías con el sonido electrónico de la época. Tribales para la jungla, electrónicas puras para la industría, extrañas fantasías sonoras en las fases de hielo… Cada nivel no sólo se descubre plataformeando, sino escuchando también.

Sin embargo, y con esto voy llegando al final de la descripción del juego, hay algunas melodías que han sobresalido a través del tiempo, siendo reconocidas por la misma Nintendo en otros juegos, como el Smash Bros. Brawl.
Si bien uno termina tatareando con facilidad la mayor parte de las canciones del juego (e incluso llega a temer escuchar otras, por lo que significan), para mí siempre habrá dos que sobresaldrán no sólo por tenerlas por siempre en la cabeza, sino por la belleza que dejan entrever, por la capacidad que tienen de hacerme imaginar escenarios y situaciones dignas de su propia historia.

(Ahora es cuando aprovecho estar escribiendo esto para darme el gusto de escuchar otra vez la banda sonora para… ejem, ponerle nombre a las canciones de las que quiero hablar).

En realidad, mis canciones favoritas son prácticamente todas. Pero, por seguir mi propio consejo, hablo aquí de las dos primeras que me vienen siempre a la mente.

Primero, Snakey Chantey, tema prominente de la fase del 3 mundo que haces en un barco pirata en la forma de la serpiente Snakey. Y es que, la primera vez que haces esa fase, sobre todo si has jugado al primero, tienes un atacazo de nostalgia por parte del juego de flipar, ya que los primeros acordes de esta canción son los mismos que los acordes principales de la canción con la que derrotas a King K. Rool en el DKC. Sin embargo, al ser una fase normal, puedes disfrutar de la música tranquilamente, sin tener que estar en tensión por riesgo de incrustación de corona en el cogote. Así que, básicamente, recordar esta canción es recordar también Gang Plank Galleon del DKC (o su versión también increíble del Smash Bros. Brawl).

Pero, la que más tiendo a recordar es, por supuesto, otra que también ha tenido versión en el SBB: Stickerbrush Symphony. ¿Por qué es recordada esta canción? Sin lugar a dudas, por el amado y odiado nivel llamado Bramble Blast, y el resto de su calaña. Contra un cielo azul empedrado de nubes, una especie de planta gigante llena de pinchos (como los tallos de un enorme rosal) permite tan sólo un camino. En Bramble Blast, este camino sólo puede recorrerse yendo de barril en barril, excepto en cortas secciones de plataformeo típico. En otro, el camino hay que hacerlo agarrado de los pies del loro lanzador nueces Squawks (el único acompañante que ha aparecido en todas las entregas de la serie, por cierto).

Resulta evidente la importancia de este tipo de fase cuando el último nivel normal y una de las partes del “último” nivel secreto son de este tipo.

Además, el sonido prácticamente chillout de esta melodía, si bien cuadra muy bien con el primer nivel donde aparece, para las últimas apariciones, ya contra los enemigos más difíciles y en las condiciones más adversas (una tempestad de lo más caprichosa), atrae mucho más la atención al ser tal su contraposición ante lo que se desarrolla en pantalla.

Esta canción ha sido, además, tocada por quien es el dios de la canción de videojuego a capella: Smooth McGroove. Y sí, a capella también suena increible.

Y después de todo esto, ¿qué queda decir? Poca cosa.

Un nivel como Bramble Blast, que en aquellos años era una experiencia infernal, ahora es casi una relajación que de vez en cuando tomo cuando quiero hacer descansar mi mente o quiero enseñar buenos juegos del ayer a alguien. La música que antes tan poco valoraba, ahora trato con un respeto reverencial, pues entiendo que en mi mente se llena de sentimientos y recuerdos. Y es que, mis ojos, al igual que mi cerebro, se están haciendo viejos en mi vejez.
Pero no mis oídos.

Y es que, algún día, estas canciones de videojuegos serán la música de una generación. Tal vez nunca tenga un nombre chulo como “la movida madrileña” o “la revolución pop”, que la música de otras generaciones sí tuvo. Pero quedará así, como la música que marcó a una generación. Y es que, mi quinta creció volviendo de la escuela, soltando sus cosas por la habitación e insertando el cartucho (del tamaño casi de una tablet de hoy en día) en la consola, con ese satisfactorio *clo-clonk* que hoy en día daría la sensación de haber roto algo. Y mientras los padres se quejaban, mientras los meses se convertían en años y el mundo giraba y cambiaba y los cartuchos ya no eran más y las consolas dejaban de medirse en bits y el movimiento llegaba y el 3D volvía a pasarse y algunos amigos quedaban atrás y otros nuevos aparecían y todo eso. Mientras la vida pasaba, de vez en cuando, en uno u otro medio, estos juegos y estas canciones volvían a ocurrir. Tanto así que ya no hace falta ni tener la tele, ni la consola, ni el mando. Ahora, estos juegos y sus canciones perviven, a buen recaudo, en la memoría.

Y por eso, aquí les dejo estas canciones, una pequeña muestra de las infancias de tanta gente como yo.

¡Disfruten!

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