Feliz gracias, Flor de las Tormentas

A la Flor de las Tormentas que una vez conocí, ¡feliz gracias!

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Hacía tiempo que quería escribir esta entrada (como una buena ristra de otras que aún vivirán un día más en el tintero), pero como casi siempre, ha tenido que echarse el tiempo encima (las 0:07 exactamente) para que finalmente me enfrente al blanco y el negro.

¿Y qué decir? Bueno, hace tiempo aprendí que el contexto es la piedra angular que sustenta una buena historia. No sé si esta historia que me dispongo a relatar es buena, pero al menos sé que es cierta, y eso es lo que me hace feliz.

El contexto es un Valladolid post-adolescente y desconocido. El contexto son noches en vela, algún corazón con olor a pegamento y la imperiosa necesidad de escapar de una libertad comprada entre paredes blancas de papel de fumar. Entre papeles enormes de infinitas lineas incomprensibles para un servidor, con un aire a biblioteca cultivada y madurez precoz, el destino vino a hacer una de esas jugadas suyas tan de conversaciones nocturnas y amontonó con cierto desorden a dos personas.

Una de ellas es extraordinaria. La otra tiende a escribir de la gente usando el artículo indeterminado “una”.

Estas personas comenzaron a convivir como por casualidad. Casi indirectamente, casi sin malicia, se dieron a conocer entre ellos. Con un ordenador delante, con gustos al descubierto a través de Youtube. La Sexta por las noches y los cruasáns por la tarde. Con mucha más historia y vida de lo que en un primer momento imaginé, poco a poco, fascinación, respeto y amistad formaron puentes entre dos personas tan distintas como las tierras de sus cunas.
Casi por accidente, nos hicimos amigos.

Así, por accidente, yo puedo decir que descubrí a una persona tan maravillosa que aún hoy en día, de vez en cuando, quiero darme de cabezazos contra las paredes. En serio, dos años conviviendo en el mismo edificio, y tuve que escapar de allí para encontrar lo que tenía a apenas tres habitaciones de distancia. Hasta entonces no me había dado cuenta de que la miopía podía ser de más tipos además de la óptica.

Pero, la autoflagelación nunca ha llevado a nadie a ningún sitio, y si bien ahora puedo decir que me siento un poco como que “Soy la venganza autosatisfecha de Jack”, habiendo comprendido y valorado correctamente lo que me ha sido presentado, no puede acabar aquí el relato. Porque durante un año de lenta maduración, fui ayudado y, en el más amistoso de los sentidos, mimado por la persona de más grande corazón (y más cortante ironía, by the way) que jamás encontré.

No sólo respetó mis gustos, sino que encontró la manera de ampliar mis horizontes, de hacerme pensar como nunca antes, de superar miedos y de conocer gente que representan esos conocidos que cualquiera desearía fervientemente haber conocido (y que algún día todo el mundo conocerá, mark my words!). Intenté corresponder como buenamente pude, pero nunca sentiré esa amistosa deuda saldada, porque simplemente sé que siempre seré mejor de lo que hubiera sido sin aquel tiempo con esa persona increíble.

El siguiente año no hizo sino continuar lo comenzado el período anterior, pero con otra persona genial a nuestro lado. Estoy bastante seguro de que lo mejor de mí nació aquel año, y kebab en mano, observé la lluvia más gentil de mi vida cayendo ante mis ojos. La compañía era inmejorable; el momento, tal vez no tanto.

Y es que, todo el mundo tiene un horario, incluso las heroínas. Con mucha pena, la convivencia de piso se acabó, pero no por ello terminó la amistad tan preciada. Con una ciudad de por medio y un río por si fuera poco, puede que la relación se hiciera más esporádica, pero no por ello menos querida. Las canciones siguieron lloviendo, y hasta algún concierto, tan oscuro y brillante como una sonrisa sin pensar, se pasó por la ciudad…

Alguna vez, con alevosía y extrema nocturnidad, este uno recordó que las letras se reflejan en la realidad, que a veces hasta uno puede escribirlas con la intención de recordar. Y al saltar el charco, si bien tal vez el sonido de las voces terminaban siendo lejanos ecos, estos eran más fuertes que nunca en la mente de un pobre nostálgico empedernido. Un nostálgico al que aún le queda todo por aprender, porque nunca ha sabido muy bien agredecer tanto que recibió. Ahora, a traspiés, pide clemencia, y sólo un poco más de paciencia. Está a punto de crecer.

Así, hace apenas nada y apenas todo, al fin otra vez, las voces se hicieron cercanas y los abrazos pasaron a ser reales, no sólo mentales. Apenas dos soles y dos lunas, y tantas ganas al fin satisfechas (sobre todo de chocolate). Tanto hicimos, algo hablamos y más se nos dejó por el camino. Pero así es como debe ser. Que los nuevos abrazos sean siempre excusas para aún más nuevos abrazos. Así aprendí al menos.

Y uno, que como ya se ha visto, tiende a la flagelación, al “Soy la vida desperdiciada de Jack” (incluso tan lejos de realmente estar así), recuerda esa conversación antes de las cuatro ruedas de vuelta, antes del striptease aeroportuario. Tengo que crecer. Tengo que implosionar si hace falta, y tal vez igualmente sí. Pero, en todo caso, tengo que enfrentarme a lo que llega. Y la única que podía decírmelo y conseguir que atravesase mi fornido cráneo eras tú. Así que, gracias.

Gracias tanto y tantas veces como granos de arena en las playas que hemos visto. Gracias como gotas de lluvia hemos visto juntos. Como kilómetros recorremos, como capítulos nos vemos, como sentimientos compartimos. Gracias por los momentos que serán imborrables, como abrazos, bromas, debates y consejos.

Gracias por todo. Y sobre todo, gracias por dejarme escucharte. Porque esas siempre serán las palabras que no necesitan adjetivos. Serán, simplemente, “las palabras”.

Eso sí, si puedo pedir algo, pues pediré dos cosas. Uno, que no sean las últimas palabras, que siempre haya más. Y Doce, ¡qué pases un feliz cumpleaños!

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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