Píxeles perdidos

 

Cuando la potencia de los juguetes se medía en bits, mis ojos se abrían por primera vez a historias que jamás podía haber imaginado.

Con 32.768 colores (un record en su tiempo, una ridiculez hoy en día), animaciones de sprites y la capacidad de superponer con diferentes cantidades de alfa varias capas de fondo, descubrí que el mundo no lo era todo, y que todo lo podía encontrar en este mundo.

Una mezcla extraña, particular, imposible de definir. Historias y personajes que me acompañaban hasta en sueños, y largas horas pensando y encontrando sentido a lo que había experimentado. ¿Por qué, si tenía acceso a tantas cosas, me fascinaban tanto las historias que electrónicamente, confidencialmente, vivía ante el televisor? ¿Y por qué son las que ahora con tanta ilusión y nostalgía recuerdo? Sólo con ellas se despierta en mi interior un tipo especial de nostalgia, esa que es totalmente pura y positiva, pues no es del todo nostalgía. Al fin y al cabo, si quiero, puedo volver a vivir esas entrañables historias.

Tal vez sea por eso por lo que escribo esto. Estos días de últimas clases del 2013, entre exámenes que no terminan de llegar y vida que no termina de ser tormenta tropical, reviví alguna de esas experiencias. A propósito de un mando nuevo (de oferta, como siempre), y con la excusa de probarlo, algunos clásicos enterrados en la memoría de un tarjeta SD fueron desempolvados. Entre descanso y descanso, me retrotraí a otra época. Un tiempo de espejos puros y platónicas pasiones. Un tiempo de prioridades claras y sencillas. Un tiempo de fascinación e ilusión cuando en el televisor o pantalla, historias imposibles que nadie más conocía a mi alrededor me eran descubiertas.

Nunca fui alguien de compartir estas historias. Al fin y al cabo, a nadie le interesaban, y a nadie le interesaban más que a mí. Ridículo era pensar que alguien más quisiera oirlas. Estúpido intentar explicárselas a alguien. No, estas historias y yo éramos como un equipo. Para que intentar contárselo a alguien, si seguramente al final lo único que harían sería denigrarlas.

No sólo, sin embargo, he recordado brevemente estas historias y lo que en mi niñez me aportaron, sino que además he escuchado una cierta canción que ya me lleva rondando bastante tiempo. Es una versión rockera del tema del último nivel de un juego incluso más viejo que yo mismo: Megaman 2; Dr. Willy Stage. Y en esta versión, un tío muy comprometido con la canción (a veces, demasiado comprometido), canta una letra que le escribieron a la canción a propósito de un tema parecido al que me ocupa: “Omoide wa Okkusenman”. Es una versión estridente, pero absolutamente representativa de como le gusta cantar al japonés de a pie.

La canción describe a un muchacho que, ya en edad de trabajar, con pareja e independizado, recuerda su niñez, en la que todo era más fácil, los sueños eran más puros y la ilusión era… ¡110 millones! Y como el tiempo lo ha cambiado hasta dejarle irreconocible a sí mismo.

En principio es una típica historia de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero lo que la hace especial es que es perfectamente representativa de mi generación. Nosotros nunca vivimos sin tele, sin consolas (aunque fuera la de un amigo o las recreativas de la ciudad), sin historias de fantasía que ir descubriendo. No tuvimos guerra, ni represión, ni fascismo ni (en general) pasamos grandes necesidades.

La nuestra es una de las primeras generaciones sin grandes objetivos. Tan sólo vivir, ser alguien en la vida. Tal vez por eso, nos perdemos con la regularidad de un reloj en debates existenciales que nada tienen que darnos. Tal vez tanta facilidad ha dejado yerma nuestra capacidad de sentirnos vencedores de nuestras batallas, merecedores de nuestros logros.

Y por eso, al mirar atrás y descubrir la comodidad de nuestros primeros años, sentimos que hemos perdido la única cosa que nos hacía especiales. Esas historias de 16 bits. Esas fantasías en unos pocos miles de colores. Esas tonadillas polifónicas . Todas esas cosas encierran ahora un tiempo sin la confusión, sin la desesperación, sin el miedo a no saber a lo que se le tiene miedo. Sin ira, ni pasiones ni decisiones.

Un tiempo más fácil. Con contraseñas, trucos y códigos. Guías.

Por suerte, de vez en cuando, aún se puede resucitar.

Arriba, arriba, abajo, abajo, izquierda, derecha, izquierda, derecha, B, A.

¿No?

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