Noches de verano que rozan la herida

Algo perdido en la sensación de una pérdida que se aproxima, me lleno de tonos melancólicos para expulsar algo de esta melancolía que no termina de madurar. Cansado de estar cansado.

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El tono meloso de la luz mortecina de las farolas de la ciudad me recuerda la melancolía que no termina de madurar.

Tantas cosas, tan poco tiempo. Tantas palabras y tan pocos sonidos. Tan sólo unos pocos acordes que ya en otras ocasiones me acompañaron. Y ahora, en este hundimiento de sueños y esperanzas, vuelve a entreverse la vieja conocida, compañera incansable que apaga soles y enciende recuerdos. ¿Qué puedo hacer si me siento indefenso ante el ataque impertérrito de esta afable amiga que sólo usa palabras conocidas untadas en miel y en amargura? Tampoco es una cosa tan dura seguir escuchando y, a lo mejor, asignar a la escritura el momento inmaculado en el que todo se va, se pierde y es regalado.

Los planes se trazaron lejos, cerca del Sol y lejos de la conciencia de la realidad. Ahora, tan lejos del Sol y tan cerca de aquel beso ausente, cuesta mantener las ideas que como regla y lápiz dibujaron el presente. Nada es lo que parece cuando te acercas, y mucho menos al alejarte. Es una tonta sensación de vacío, de pérdida, que no te puedes explicar pero que te llena de apatía, de incertidumbre, de esa tonta sensación de no saber muy bien si has cogido todo lo que debías coger. Estar bien no es el estado natural, y también hace falta esa especie de estrés que te repites una y otra vez que no es bueno para la salud, pero que es ya la única manera que tienes de detener el alud de pensamientos que no te permiten actuar.

Y así, bien pero mal, un atardecer deja pasar la tormenta que se dirige tranquila en su ira al mar, a morir, a descansar donde un día buscas dejar tus huesos al sol, alcanzar la blancura del alma que te permita sentarte y descansar. Leer, tal vez, ese libro que te recomendaron cuando los ojos se te hacían océanos y las manos no servían para marcar sino para ser marcadas. En ese momento de descanso que tanto buscas, la búsqueda de un alma vieja por elección, el salitre y los nombres se confunden, nada es claro y la bruma mañanera de los pescadores entorpece tu visión y hasta te llena de brea los corazones. Impermeable, la lluvía, el viento, los relámpagos. Nunca más las flores enternecen, tan sólo los elementos desbocados entorpecen el aislamiento.

Pero ni siquiera sabes si lo que ves será, si lo que fue ahora tiene algo que ver con lo que es. Tan sólo sabes que viste el futuro, ¿qué tiene que ver eso con que se cumpla o no se cumpla? Preguntas idiotas a tontos pensamientos. No es cuestión de preguntar sin más, es cuestión de si las preguntas sirven para algo. A veces las respuestas son nombres propios, tienen apellidos y una sensación que nunca podrá separarse de la parte más increíble de la vida. Pero no pasa nada, al cabo de un tiempo hasta el amor más insensible se vuelve un recuerdo que se echa de menos. Al cabo del tiempo, hasta aquel café prometido se queda frío.

No tiene mucho sentido la mitad de lo escrito. Tampoco lo necesita. Es un tonto intento de plasmar una sensación, un sentimiento. Desestructuración, interrelación, inconsecución y sorpresa. Recuerdos agridulces de ficciones sentimentales, manipulaciones incontrolables llenas de palabras amables y reflejos adquiridos, la consecución de un corazón de hojalata en busca de la compañera que le permitiera convertirse en un hombre de verdad. Tanto cerebro y tan poco coraje no le permitirán encotrar un lugar al que llamar hogar. Nunca jamás, y volverse brujo de puro venganza es la mejor manera de nunca jamás volver a ser el niño que una vez fue.

Pero, de nuevo se pierde el sentido, se empujan las ideas y se colocan al frente sin orden ni acierto. ¡Qué más dará, por tanto, hablar que sentir! Esto no es más que un triste repaso de lo que acontece al mirar el atardecer frío y lento en una pequeña ciudad boreal. El cielo no tiene bandas de colores, pero no son necesarias cuando el que mira las lleva en los ojos. Cuando al mirar los cajones no ve juguetes ni revistas viejas. Libros, apuntes, notas, cacharros, trozos, colecciones, lápices, aparatos, rotuladores, folios, ropa. Si lo que ve es una vida doblada y encuadernada, borrateada, rota, coleccionada, romada, seca, cascada y guardada. Si lo que ve es, en definitiva, su resumen guardado, perdido y olvidado.

Y, sobre todo, tantas veces olvidado. Olvidado cuando la infancia pasó a ser instituto. Olvidada otra vez cuando se acabó la ciudad y empezó la capital. Y olvidada otra vez cuando se encogió la tierra y se buscó el océano. Tanto olvidar, ahora ya no quedan más que estos acordes que preguntan si tengo razón o no, que me cuentan la poca suerte que tengo, que me dicen que hay que recordar… o que simplemente me elevan hasta la tristeza y me devuelven a la vida.

Las voces se acallan. Morfeo llama. Los instrumentos callan.

Es momento de parar y hacer recuento. La almohada escuchará las historias que queden.

Tú te habrás perdido varias veces. No pasa nada. Me disculpo.

En realidad este texto tan sólo es para mí. Pero, por si alguien hay que se haya sentido así alguna vez, lo muestro con la única intención de ofrecérselo.

Y a los que no hayan pasado por algo así, para muestra un botón. Perdonad si a veces rezumamos este sentimiento de estar perdidos. Realmente lo estamos.

Suerte.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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