Del silencio y el vacío que fueron

Cuando se acaba, algo nuevo ha de empezar, y si observar hace algo en mí, es encontrar la manera de expresar lo que otros no quieren expresar.

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A mediados de Abril de este año, mientras miraba desde un lado, encontré una visión de futuro en un momento mucho más oscuro. Esto fue como lo traduje.

Del silencio y el vacío que fueron

Si de repente un ángel caído se vuelve enemigo.

      Si en un instante aquel apoyo continuo se siente perdido.

      Si el mundo del espejo, macabro y oscuro, ha escapado y se ha instalado entre los vivos.

      Como la cerradura indiscreta, el vacío del silencio observo sin dilación. Lo que una vez fue fiesta es ahora funeral. Las flores parecen que marchitan mientras aún se las observa, y la fría llovizna que empapa las almas te atrapa en un abrazo húmedo y lento que se tambalea al son de un vals de desesperación.

      Ya no queda sino el rugir de un mar embravecido, loco, vacío; farsa azul de miles de lágrimas, esperando furioso ser apaciguado con el bálsamo del tiempo. Pero la clepsidra se ha detenido, la espuma se multiplica y no hay rayos de luz que atraviesen la tormenta. El viento se levanta, las velas se tuercen y henchidas de un aire malsano, comienza un viaje al hoyo del mar que tantos años se ha tragado en su vida infinita. La sabiduría fue un día la forma básica de este enorme asesino, pero de eso ya no queda sino el odio concentrado de tantas vidas extinguidas sin sentido, sin forma ni objetivo sino el odio en sí mismo.

      Ahora, se alejan. Las gaviotas miran desde lo alto y los riscos se tornan ante tal movimiento.

      Las raíces que una vez fueron sus piernas se llenan de magulladuras, y la savia brota a borbotones de las heridas. Sus ramas se tambalean, vuelan las hojas sin vidas y se resquebrajan las ramas secas. Tan sólo el agua salada recorre sus mejillas duras como la piedra. Lentamente, siglo a siglo, momento a momento, el dolor que los hizo moverse les ayuda a separarse. ¡Quién sabe lo que el dolor ha borrado! ¡Quién sabe lo que ha inventado! Se separan, que al fin y al cabo es el movimiento del mundo.

      Y cada vez que una unión se rompe, una ola choca y ahoga el grito. Hace tiempo que las gaviotas se alejaron. No quedan nubes y tan sólo un ligero sol que se aleja ilumina el dolor. Pero continua el alejamiento, y sus troncos apenas aguantan la presión. Las grietas de una madera seca se hacen más acusadas, y el ebanista ya se frota las manos con la impaciencia del avaro  Muchos más de estos tendrán que encontrarse, tal vez a alguno no lo sobrevivan.

      Su mayor peligro son ellos mismos.

      Las imágenes esculpidas en sus troncos los detienen. La separación las borra, las difumina. Pierden lo que fueron, se llenan de herrumbre y chocolate. Ya no saben que pertenecen a sus troncos, e indómitas, tratan de cambiar su destino, que no las pertenece. Aún así, continua la separación.

      Es entonces cuando se detienen. Se acaba la roca. Vacíos de savia  tan sólo el abismo les espera. El terror, hasta entonces escondido en el fondo de ese mar vivo, ahora salta y les agarra los pies, les empuja de nuevo juntos. Y es entonces cuando han de mirar al sol, ya casi simple estrella, y verse reflejados el uno en el otro. Su corteza, ya mellada y pulida, los deja verse. Asustados, saltan y se precipitan al abismo. El terror los abraza por separado, se ahogan. Ya no hay aire, no hay salida. La luz se apaga. Silencio. Miedo. Muerte…

      Y de repente, el mar se seca, el terror se espanta, las heridas se curan. Está encima de la roca. La sonrisa le parte el rostro. Respira. Ve como nunca había visto antes. No hay árboles, hay bosque. No hay estrellas, sino la luz intensa de un sol de verano. Se mira las ramas; vuelven a ser manos. Su tierna piel responde a sus dedos con una sensación mullida y suave. Por una vez, se da cuenta de lo bien que se siente cuando el viento le acaricia el cuerpo y el salitre del mar se interna en su nariz. Podría decir, si creyese en los mitos de antiguo, que ha muerto y vuelto a nacer.

      Al fin, sin embargo, se da cuenta de algo que no había visto. Y sigue sin verlo.

      En esa roca le acompaña el mar y el viento, el sol y las gaviotas. Hasta el ebanista ha bajado con su propia escalera a saludarle.

      Pero no hay más árboles. Ni personas. Nadie más.

      Tú estás. Nadie más.

      Tal vez, ahora que has superado el fondo del terror y has recuperado tu forma original, sea hora de ponerte a buscar.

      Algo nuevo. Algo mejor.

      Algo que ya nunca te haga llorar.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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