Tras la tempestad, el silencio

Ayer la dejé y me derrumbé ante ella. Sigo pensando que no merezco lo bien que se portó conmigo. Tengo que expresarme.

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Durante uno de los momentos más convulsos de mi vida, el 27 de febrero de 2013, escribí una pequeña confesión que apenas sí era lo suficientemente clara como para ser leída. Con tanta confusión y dolor cómo era posible tener el cuerpo, eché la mirada atrás a los días anteriores e intenté sacar algo de claridad entre toda la lluvia.

Tras la tempestad, el silencio

      Ayer me eché encima la tempestad.

      Cuando no supe manejarla, lloré como un niño entre su lluvia. Tiré por el barranco un tronco que no pude controlar. Un tronco que ahora me gustaría devolver a su sitio. Pero, ¡qué veracidad puedo darle a estas palabras cuando el único ejercicio consciente que hago es el de intentar no llorar! Ahora mismo apenas puedo estar seguro de que nada de lo que piense tiene sentido. Ahora nada de lo que ven mis ojos o escuchan mis oídos tiene sentido para mí.

      Me he dado un día de aletargamiento. Deseando dejar de sufrir, he pasado un día muerto por dentro. Cortando la conexión entre mi corazón y mi cerebro, he intentado moverme como un títere cuyo titiritero sigo manejando los hilos con lógica y sentimiento. Pero no es así. La primera falta y lo segundo duele. Y no tengo a otra persona a la que culpar a parte de mí mismo.

      Pensé que me apoyaba en la dureza del níveo mármol  Ahora me parece que las arenas movedizas me engullen lenta y poderosamente. No hay más rama que mi antiguo faro. Ahora parece tan vacío, tan hueco… Y no estoy seguro de que pueda volver a algo así. Por otro lado, no creo que tenga muchas más opciones.

      Mi autoestima no es más que una mancha en un espejo en el que no me reflejo. No me importa qué fue de ello o a dónde decidió marcharse. Ahora mismo puede que se la tragase el desagüe de la ducha cuando ayer el agua se llevó lo poco de ti que me quedaba. No me importa, la verdad. Ahora mismo, todo y nada me parecen dos conceptos difusos, indistinguibles. Todo me parece gris, nada de lo que he hecho realmente tiene ninguna importancia. Nada, excepto todo el dolor que he infringido.

      Las palabras de ánimo y de sabiduría y de compasión. Todas me alcanzan y me rebotan. Y cada vez que me excuso, me clavo otra daga en este patético corazón. Y cada vez que razono todos los porqués del daño, la soberbia me da otra palmada en la espalda. No soy objetivo. No sé si lo seré nunca más. Todo un universo que pierde sentido cuando lo que importa se alieniza. Molestia cuando me descubro mediocre una vez más. Enfado cuando lo dejo pasar.

      Y confusión, tanta confusión. Tantas preguntas y tanto miedo a hacerlas. Y el mayor miedo, incapacidad de saber qué puede hacer aún más daño. Y hacerlo. Tanto miedo a hacer más daño. No creo que nunca pueda aceptar que nada pueda compensar ni un segundo de todo esto.

      Egoísmo es lo que me viene a la mente. Cada palabra de esto es un gesto de egoísmo que me revuelve las tripas. Dolor de cabeza, y la irrealidad de una vida que cambia de una manera que ya ha sido, que ya no comprendo. Me faltan maneras y me sobran los motivos para el castigo.

      Y quiero encontrar la manera. Castigo o redención, o las dos al mismo tiempo. De mártir nada, sólo trato de ser justo con lo que siento. Jamás podré expresar en palabras todo… y palabras malsonantes que me definen mejor que ningún aspecto físico. Culparme es poco, y la confesión debería ser pública, vergonzante y acarreante.

      Y ahora a la mente me vienen tantas cosas que compartiríamos, que han muerto antes de nacer. Tanto había que iba a ser nuestro, que ya no será, que tal vez sea de otros.

      Y en la muestra más grande de egoísmo, no sé si desearte otra persona o no. Duele pensar en esa imagen que te tiene a ti y no a mí. Duele, aunque no tanto como duele vivir ahora. Y si pudiera, ahora no sería persona.

      Me maldigo, yo y toda mi inseguridad. Yo y toda mi incapacidad para aceptar. Yo y toda mi mal dirigida perspicacia. Lo único que debería contar, ahí estaba, y sin embargo, parece que aún quería más. ¿Tengo miedo de no vivir en una fantasía dónde dos palabras son todo lo que se necesita? ¡Cómo estoy tan ciego, si he estado un año viviendo en una fantasía así! Ahora tan sólo queda el recuerdo. Y el agua salada del mar brotando.

      Apenas me entiendo. Apenas estoy. Apenas soy capaz de mirarme en el espejo, con todas estas dudas en el tintero, con estas visiones que me atacan y me ponen nombres sinceros. Las locuras se suceden, y apenas un hilo de realidad las detiene. Ya no sé qué hacer… Recordar duele, y mirar al futuro es aún peor. Y el presente es irrespirable. Escribir duele. Más que la pérdida incluso, me duele ser como soy.

      No quiero ser como soy ahora. No quiero ser.

      Creo que entiendo algo ahora que hago repaso. Creo que entiendo al fin cuán diferentes eran los mundos que se mezclaban. Cuán difícil la mezcla. Ahora entiendo, tal vez quería demasiado, demasiado rápido. Tal vez, al fin entiendo que de tanto querer hacerlo bien, no hice más que forzar y tirar de dónde no debía. Aunque eso no cambia nada en realidad. Tan sólo me da una razón más para continuar pensando igual.

      Ahora, tan sólo me queda conseguir encontrar el faro que me acoja.

      Entonces, confesaré a su piedra inerte y a su tierra fría que por estas fechas descubrí una cosa.

      Descubrí que la expresión “llorar hasta que no queden lágrimas” puede ser literal.

      Y finalmente, descansar.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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