Cuando la ignorancia no es felicidad

Principio de curso, finales de Septiembre. Remordimientos. Nuevos objetivos.

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Se acercan los exámenes y, una vez más, comienza una de estas series de subidas de entradas que he ido acumulando durante el tiempo que el blog ha estado fuera de cobertura. Poco a poco se hace más complicado escribir… Tal vez sea porque, poco a poco, este lugar se ha hecho tan público como una vez pensé que nunca sería. Una buena cosa que no termino de entender.

En todo caso, como ya viene siendo costumbre, irán apareciendo entradas atrasadas y, por ello, siempre habrá una línea al menos detallando cuándo se escribieron. En este caso, tengo por ahí apuntada la fecha como el 18 de septiembre de 2012. Un poco de remordimientos servidos a la académica.

Cuando la ignorancia no es la felicidad

Una vez más, llegó el momento. Una vez más, no hay lo que tuvo que haber.

Creo que estoy aprendiendo. Quiero creer que estoy aprendiendo. Cada vez con más ahínco, el comienzo lleva un esfuerzo que es más intenso y continuado con el paso de los años. Pero aún, mi talón de aquiles no es otro que el año nuevo. Ya sean viejos recuerdos o nuevas vidas, siempre encuentro una excusa para explicar la mediocridad que no cesa de aparecer. Y con las explicaciones, la falta de acción. Y con la falta de acción, la mediocridad.

Es hipócrita por mi parte escribir esto. Eso es innegable. Un hombre de todo reproches que se rasga la carne cuando debería concentrarse, tal vez cambiar las cosas. Pero son precisamente los reproches los que me prohíben buscar la consecución de mi objetivo inmediato. Como ese poco de agua de mar que se te mete en el oído y te acompaña todo el viaje de vuelta a casa, las metas no logradas permanecen en mi pelo como un mal aroma. Es falta, es desgracia. Es una zancadilla cuando ya estás cayendo.

Pero aún así, lo plasmaré. Ya ni siquiera importa la decepción interna. No importan las voces de reproche del espejo. No importan siquiera lo que una vez fueron sueños, las obligaciones hacia el pasado de mi carne ni las ilusiones que se tornan dificultades. Ya, tras años en esto, tras innumerables errores y decepciones nunca dichas, lo que importan son sus ojos. Importa la mirada que apenas se puede aguantar, la que quiere decir tanto pero teme no estar en lo cierto. O peor aún, teme estar en lo cierto.

El incendio que se tornó hoguera conlleva cambios. Difíciles, dramáticos y reprochables cambios, pero necesarios. Si consigo dominar el viento, mantenerlo vivo y tal vez fortalecerlo  habré superado uno de los momentos más extraños de la vida. Si no, habrá que plantearse cambios que en cierto momento resultaron impensables.

Son alrededor de 5500. Cada uno de ellos es una losa en esta conciencia tan acostumbrada a la mampostería. La misma conciencia que cree firmemente en sí misma. Hay todo lo necesario para llevarlo a cabo. Hay un último año de redención, de marcha triunfal sobre el monte de calaveras y el castillo del dolor. Hay más razones que nunca y menos tiempo que siempre. Hay aún tantos o más intereses. Hay dos ojos más.

Es el momento de demostrar personalidad y compromiso con el futuro. Sobran planes y herramientas. Falta cabeza. Sobra corazón.

Sea lo que sea lo que escriba en verano, queda esto como testamento de lo que una noche de desesperación de otoño mi corazón me confesó. Ojalá que traicionar sea un verbo que ya siempre use en pretérito perfecto. Ojalá que ésta sea la última entrada de mis septiembres.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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