Grito bruto

¿Qué demonios son esas sombras en la oscuridad infinita de la nada que nos acompaña?

¿Qué son esos sentimientos que nos ahogan, nos entierran y nos comen vivos? Las sombras de lo que no fuimos, de lo que intentamos alcanzar pero nunca seremos. Seres débiles, mentes titilantes en la negrura de una existencia aleatoria, feroz. Ganas de muerte en cada esquina, voces que nos atacan por la espalda, que clavan corazones en sus paredes de sangre y lágrimas. Tan sólo un momento de respiro, tan sólo un momento para ser testigo de una nueva masacre, de más sentimientos esparcidos por las cloacas del destino. Voces desgarradas, almas que intentan alcanzar la luz al final del sufrimiento. Y tanto dolor, tantas ganas de luchar, el desahogo final que no es otro que morir. Y entonces, tal vez, sufrir los envites de las pesadillas y los remordimientos, el excremento de los buenos sentimientos cuando son devorados por la realidad. ¿Para qué luchar? Si tan sólo lo que queda es la derrota, si tan sólo lo que se avecina es otra despedida, otra falta de respeto y otro momento extraño. ¿Por qué? Si el corazón que corría por tus venas te fue robado, te han engañado, ya nada podrá volver a ser lo que era, tan sólo la humedad de la almohada y el olor antiguo que llena de nostalgia y te roba la respiración.

Si no es otra cosa que sufrimiento, ¿es vivir tan solo un tormento? Tan sólo un grito de desencanto que no termina nunca, que se introduce en tu mente y te arruina por dentro, destroza tus murallas y te caes y te desparramas en lágrimas en las tablas de un teatro que ni siquiera sabías que tenías alrededor. Pero ya lo sabes, y te observan y estás peor que desnudo, estás solo, estás sincero sin nada detrás de lo que esconderte. Los golpes llueven como carcajadas y lo único que quedan son los huesos de una persona, hundidos en el fondo de un océano que no hace más que subir, y el futuro se acerca tan deprisa, casi parece que te atropella a su llegada. Y no importa cuantas veces limpies tu pasado, no importa lo que te digas, lo que te digan o lo que tu digas, tienes una verdad que es como una losa que apresa tu corazón y te pesa y te rompe y te mata. Es la única verdad, no hay más, es todo lo que sabes, es todo lo que hay, es todo lo que eres. Lo respiras, lo bebes, lo comes, lo sientes, lo dices, lo oyes, lo lees, lo ves. Sabes perfectamente que no eres nada y que nada vale la pena. La oscuridad es la luz que te guía, el desencanto es tu aliento, la falsedad tu verdad. No hay máscaras, tan sólo caras falsas que se pegan a la piel, que se masturban en su capacidad de mentir sin cambiar de expresión, pero que se contorsionan hasta ser pesadillas, ser aliens que tan sólo ven tu corazón como una presa más, morir y desangrarse hasta que no quede de ti sino la cáscara vacía que camina por la calle y hace como que vive tu vida. Eres… No, no eres siquiera, ni te das la gracia de permitirte existir en algo tan terrible y tan único como al existencia. Nada vale nada, cero es el número, negro el color, vacío el sentimiento. Nada es en lo que todo termina, y tan sólo con nada puedes sentirte compañero.

Y lo que una vez fue vida es tan sólo desastre, es tan sólo fallo, es tan sólo dolor. La vida es dolor, ahogado y sentido, la percepción de una decepción extendida por las marcas en tus brazos, las lágrimas que te queman en el alma, el cuadro que tu odio pinta cuando te miras en el espejo, la canción que tu voz rota ya no puede recitar de tanto gritar. Es llegar tarde a aquello que no se volverá a repetir, es esforzarte tanto para una discusión que lo acabará todo, es trabajar sin futuro, es estudiar sin aprender, es hablar sin ser escuchado, es escribir sin ser leído, es decepción, dolor, muerte y, al fin, descanso.

Pero… Hay rayo, hay trueno y lluvia. Caen las palabras falsas como una pintura de desesperación y quedan al fin los muros de la contención. Se encuentra el refugio, se juntan las provisiones, se encuentran las almas y el bosque se aparece. El negro se vuelve color, el blanco deja de ser cegador, vuelve el olor, el tacto ya no quema y se calman los aullidos de muerte. Hay luz, hay risas y hay esperanza. Tan sólo no es la única manera de hacer las cosas, porque las razones se diluyen entre las buenas intenciones, la conciencia se calma, y el sueño hasta alcanza. El verde ya no sólo es esperanza, ni el azul el color del cielo. Es simplemente que nada de lo dicho es tan sencillo como parece.

Porque hasta en los momentos en los que la vida no es pesadilla, tampoco es sueño. No tiene dos caras, sino todas y más que forman un infinito a falta de más. Gritos de vez en cuando. Susurros de ánimo a veces. Pero siempre, siempre, siempre… la voz de una primera persona con un espejo circular ante el que observarse.

Salta y vuela, y si eso, ya no te olvides de que la vida no se olvida.

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