Semanas de verano

Me pidieron un texto. Me peleé con mi bloqueo hasta que obtuve esto.

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Y de repente me encuentro, esta noche de semis, queriendo pedirte perdón.

Tantas cosas han pasado, tan deprisa, tan pocas, tantas yo quería. Tan buena, enseñándome lo que la vida me había escondido; libre, sin pedir nada a cambio, tan sólo un cariño que yo ya deseaba dedicarte. Así, bebí de tu experiencia, de la miel que guardas entres tus capas de hiel.

Lo confieso: me siento tan pequeño, tan lento. Aún no sé si lo que puedo ofrecer es todo lo que mereces. Me temo que la duda nunca dejará de acosarme, por muchas noches que me duerma en tus brazos. Por muchas mañanas que me levante con tu sonrisa. Soy débil, un Shinji Ikari que de repente ya no necesita pilotear el EVA; puedo negar lo que más me conviene, todo desde la ignorancia. Busco la sonrisa ajena, no sé reconocer la mía en el espejo.

A pesar de conocer parte de tu inteligencia, a pesar de saber tanto y tanto queda por descubrir, me lleno de miedo. Solamente deseo que tengas toda esa paciencia que no tengo derecho a pedirte. Al fin y al cabo, ¿desde cuándo las diosas deben esperar a que los mortales les den lo que les deben? Sí, casi como una obra perfecta de la mitología antigua, así he de considerarte.

Es tu recuerdo, tan vívido, enmarcado de oleaje y nubes, lo que me empuja a hacerme mejor. Encuentro fuerza en tus ojos para hacer lo que debo hacer. Es tu voz el ungüento con el que curo mis heridas. Y tu tacto hace tiempo ya que se convirtió en mi piel, para así poder sentirte cerca hasta en la distancia.

Y mientras en las noches te recuerdo, los días van pasando como si de un sueño mal terminado se tratase. No siento la realidad bajo mis pies. No siento el aire en mis pulmones. Tampoco el ruido de los coches se registra en mi corazón. Me faltas entre los brazos, a mi alrededor, trabajando en el ordenador, en el sofá, en el baño, en la cocina. Es extraño no cocinar contigo en mente. Y las películas que querré ver contigo, que no puedo ver ahora, se amontonan en el disco duro.

Soy un autómata que está conectado al teléfono móvil y a la nostalgia. El tiempo ya no tiene una importancia real. Ahora, tan sólo la luz me sigue conectando a lo que pasa a mi alrededor. La luz, pues es lo único que podría trasladarme lo suficientemente rápido de vuelta a tu lado como para que me importe algo. Las palabras incluso, antiguas compañeras de travesuras y lloros, van poco a poco dejando de hablarme, ya no las entiendo. Ya no me entiendo. Ya no.

Por eso, con todas esta indefensión, escribo este requiem por mi alma perdida. Ya no quiero volver al antes. Ya tan sólo quiero llegar a lo que dejé. Sacudirme toda esta incapacidad de avanzar, este desdén por el trozo de tierra donde nací, y encontrar el futuro que mi mente continua nublando a pesar de mis encabezonados intentos por dilucidar. Y entonces, al fin, vivir.

Vivir, contigo, hasta que el foco del faro dé su última vuelta. Y en ese momento sentiré al fin que llegué a mi destino.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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