The one where something irreplaceable is lost

Otra entrada ya con su tiempecito, pero que escribí cuando descubrí la extraña pero al parecer cierta realidad de la finitud de nuestros procesos mentales. Algo que creo bastante importante que tener en cuenta.

Si hay algo que la Ciencia en general parece comprobar una y otra vez conforme el tiempo avanza, es que no hay nada infinito. Ni siquiera el tiempo ni el espacio, inconmensurables para el entendimiento humano, parecen ser infinitos. Este patrón parece además no ser específico de la Física, sino que se está descubriendo cada vez más en otras partes de la Ciencia mucho más humanas, como la Psicología.

Y es que, poco a poco, parece que se va comprendiendo el funcionamiento que hay debajo de tanta neurona y conexiones sinápticas, el sistema operativo, por así decirlo, bajo nuestro hardware cerebral. Los últimos estudios indican algo que parecía que habíamos olvidado: que no disponemos de una capacidad infinita, en ninguna dirección. De la misma manera que, en general, no somos capaces de recordar todo lo que nos ha acaecido en nuestros años, tampoco somos poseedores de una fuerza de voluntad que se mantenga firme por muchas restricciones que nos apliquemos, o incluso una capacidad infinita de aguantar o amar.

De hecho, lo que las investigaciones sugieren es que disponemos tan sólo de una cantidad limitada de fuerza de voluntad, al menos diaramente, que vamos gastando según nos sobreponemos a nuestros antojos y nuestras pasiones. Por eso es tan importante regalarnos descansos y pequeños regalos, como incentivos que nos permitan llevar a cabo nuestras tareas más importantes, ese tipo de pruebas de voluntad que suelen ser el pan de cada día de todo el mundo.

Esto, sin embargo, no debería ser tomado como excusa para olvidarse de nuestros deberes, sino todo lo contrario. Pienso que al darnos cuenta de que no sólo nuestra paciencia, por poner un ejemplo, sino la paciencia de nuestro vecino también es finita, deberíamos hacer un esfuerzo por tratar de buscar con más afán esa armonía que tantas veces falta no sólo en la sociedad en general, sino en el trato más directo y personal que nos podamos imaginar. Al fin y al cabo, ¿quién no ha presenciado alguna vez una escena de enfado unilateral e injustificado? ¿Quién no ha visto a otra persona sufrir de abuso por su innata amabilidad? ¿Quién no ha tenido que aguantar alguna vez la desconsideración de algún otro conciudadano tan sólo por el día de la semana en el que se encontraba?

Es terrible, al fin y al cabo, cuando tras tantos años de convivencia, aún se pueden oír gritos en casas que fueron hogar de felicidades pueriles. Cuando los silencios encierran de forma más ominosa a las personas que lo que nunca consiguieron los barrotes. Cuando las calles están frías no por la nieve inexistente, sino por la desconfianza a las sombras que forman farolas rotas. Cuando, en definitiva, los sentimientos dorados son reemplazados con abuso, ira y humillación.

Por todo esto, si puedo pedirle algo al nuevo año, será que no se tome por descontado todo lo que nos dan los que nos rodean, pues en esta vida, hasta el más mísero sacrificio conlleva algo irremplazable: voluntad y cariño.

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Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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