Las Navidades del fin del mundo

Otra de esas entradas un poco atrasadas pero que merece la pena postear igualmente.

Navidades han sido, sí, pero menos que otros años.

Como casi todos los años, quiero hacer una entrada sobre las fiestas navideñas, y este año no podía ser menos. 2011 se fue y en su lugar llegó el fin del mundo. Y es que con tanta referencia a los mayas, voy a seguir con el chiste del fin del mundo hasta el 22 de Diciembre. Del 2040, para que aprendan.

Pero bueno, continuando con el tema. Como uno de esos invitados que no sabe captar una indirecta y marcharse cuando sobra, el 2011 arrastró las piernas hasta el último instante de su despedida. Mientras que lo único que yo quería tras Nochebuena y Navidad era jugar al recién adquirido Skyward Sword, me encontré teniendo que dejar los mandos una y otra vez debido a compromisos ya adquiridos y otros que se aparecieron de repente.

En los primeros, y el que más me urgía, estaba enseñarle el ordenador a un informático amigo de mi tía. La cosa fue como preveí, pues el chaval tenía idea de montar programas, pero no de problemas de hardware, así que sigo sin solución. Esta conclusión quedó reafirmada el día que me pasé por un fnac en Madrid y un chico del servicio técnico me dijo lo que yo ya sabía: que tenía toda la pinta de ser de la tarjeta gráfica, y que la única solución parecía ser cambiarla. Así que, todo el asunto ha resultado ser una enorme decepción por debajo de lo que ya era una decepción.

Por suerte, esa ha sido la única decepción. Me lo pasé genial yendo a Valladolid a ver a mis excompis de clase. Fue una noche agradable y curiosa. A pesar de todo lo vivido en Tenerife, volvía a reír y hablar con ellos como si no hubiera pasado ni un día fuera. Como si todos siguiéramos encontrándonos todas las mañanas en clase. Supongo que esa es una de las razones por la que me gustaría mantener el contacto con ellos por mucho tiempo. Son como ese buen libro o aquella película genial que siempre que los disfrutas te enseñan algo nuevo con toda la familiaridad del mundo.

También pude disfrutar de mi sobrina un poco más, y pude sentir la magia que esos locos pequeños desprenden. Tenerla por ahí, correteando a mi alrededor y mirándome para aprender nuevas cosas, o pidiendo ayuda para esto o para aquello, me ha removido el alma. Nunca pensé que algo tan simple pudiera afectar tanto toda la bioquímica de mi cerebro, pero ahora ya es una evidencia. Aún queda cierto entumecimiento sentimental en mí, pero ahora parece mucho más cercano el día en el que al fin pueda deshacerme de esa armadura.

En un tono mucho menos profundo pero muy excitante para mi imaginación, disfruté enormemente del Skyward Sword. El último Legend of Zelda me resultó adictivo, épico, evocador, ocurrente y, como decía, excitante. Si bien el Twilight Princess tiene seguramente uno de los mejores personajes de toda la serie en la irreverente Midna, su historia, su aportación a la leyenda, por así decirlo, era más bien comedida. Es ahí dónde el Skyward Sword supera con creces a todas las otras iteraciones, superado tan sólo y tal vez por el mítico Ocarina of Time. Hay tantas referencias, tantos pequeños detalles que apuntan a, tantos minúsculos resto de historia que iluminan los esquinazos más oscuros de los otros Zeldas, que para un aficionado a encontrarle sentido a las cosas como yo, es casi un juego dentro del propio juego. Eso, sumado a la revelación de la Timeline oficial de la serie por parte de Nintendo, y seguramente pasé más tiempo pensando en qué significa lo que se descubre en el juego que jugando al propio juego.

En suma, estas Navidades han sido un cierto aunque ligero paso hacia adelante, reconciliándome con ciertas partes de mí mismo y dejando de lado otras que tampoco me hacían demasiada ilusión. Estoy seguro de que las próximas serán incluso más rocambolescas y definitorias que éstas que acaban de pasar.

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