Faros por siempre

Una corta historia de faros, de anhelos y de un mar que no está de acuerdo, se niega a aceptar su derrota.

Faros por siempre

Ha comenzado un diálogo entre faros. Sus luces, revoloteantes viajeras de la noche estrellada, se tocan tan sólo cuando el rocío se convierte de nuevo en luciérnagas. Y las olas salvajes de un mar de tiempo pasado acarician sus bases, tratando infructuosas de amedentrar unas bases forjadas con la decisión y la fuerza.

Ahora, su conversación se traduce en las notas silenciosas de un piano que lamenta una injusticia ancestral; también existen las voces del alma de la Tierra, coreando con ímpetu la improbabilidad de que el presente sea de carne y hueso y no una simple ensoñación. Cuesta creer, al fin y al cabo, que al cerrar los ojos se caiga por una madriguera de conejo de la que no se divisa fin ni se encuentran ganas de salir.

Los pasos oscuros de un calor desnudo excitan los sentidos y desatan las ideas. Pajarillos azules de piruetas infinitas, estas ideas revolotean en lo alto de los faros, al salvo de la luz intensa y penetrante, tan sòlo iluminados instantáneamente cuando alguno desciende de su nivel habitual. Entonces, deslumbrado centello de bioquímica magistral, este pájaro de tela se deshilacha ante los focos, cayendo con suave dulzura entre la tormenta hasta hacerse parte no de la mar, sino de los faros que lo bravean.

Estos faros, además, capaces ya de obrar los milagros más inauditos, son también protectores del cielo estrellado y el cielo encapotado. Altos, que no altaneros, los faros vigilan por el día que las nubes no se sientan solas o desdichadas. Y en caso de soledad, cuentan tristes cuentos que provocan el llanto más desconsolado en estas nubes; de esta manera descargan toda su tristeza sin importar el sitio o el momento. Y ya consoladas, las nubes prosiguen su camino, dejando atrás los estoicos faros que continúan sus quehaceres con la más humilde atención.Y cómo si de unos brazos gigantes se trataran, los faros se besan fugazmente con su luz en un intento de acortar la distancia que los separa. Y aunque el viento, la niebla y el mar, y hasta el mismo Mäelstrom pretenda interponerse en su rápida travesura lumínica, los faros se empeñan en continuar su ritual de luz pase lo que pase. Tanto es así, que sus ganas de alcanzar al otro han sobrepasado la furia del mar y el deje soberano de la tierra, recortando, paso a paso y día a día, la distancia que los separa. Y así, con el ímpetu de dos faros, las costas se arrugan y se juntan entre ellas como el papel doblado de un mapa que no se sabe doblar de vuelta.

Finalmente, estos faros de cuerpo esbelto y magnánima apariencia, atacados por su propio encaprichamiento del otro, incapaces de soportar su falta de contacto, a pesar de la proximidad que de forma milagrosa habían alcanzado, empezaron a inclinarse el uno hacia el otro. Al principio, casi imperceptible, su inclinación les resultó atrevida y graciosa, una locura fantástica contra sus propios límites. Y poco a poco, también invisible, el ángulo que formaban con la tierra fue aumentando. Al paso del tiempo, y con la inestimable ayuda de un mar que no se daba cuenta de la ayuda real que iba prestando, los faros se acercaron.

Los faros que quisieron tocarse

Y un día de truenos y sonrisas, aquel ángulo se hizo insoportable para sus bases y, sin previo aviso y con gran estruendo, los faros cayeron. Pero milagrosamente, cayeron uno encima del otro, sirviendo de apoyo al otro y manteniéndose así fuera del mar que se revolvía enfurecido. Puente magnífico entre sus tierras distintas que ya tanto habían acercado, su nuevo cometido les confirió una renovada fortaleza que afianzó su estructura y terminó de acabar con las ideas malvadas del mar.

Y así quedan, lentamente convirtiéndose en roca y sal, arco natural de impresionante fuerza y belleza que enlaza dos tierras tan distintas como semejantes. El paso de los eones no les obsesiona, sino que observan sonrientes, ya como un solo ente, las idas y venidas de un mar que en su día fue enemigo. Ahora, unidos por siempre por el abrazo del destino, sonríen y van dejando que sus luces se apaguen, disfrutando de las cosquillas que sienten cuando son usados de puente.

Y con amor, su unión aumenta y su ilusión, ya por siempre eterna.

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