Perdido en el celuloide

Perdido en una película, las marcas de los fotogramas marcan mi único descanso. Paseo, solo, mientras el drama de una vida se ejecuta con cierta desidia a mi espalda. Una miel que despide las luces del día de la despedida, en un lugar donde los deseos hacen de los árboles esculturas de papel. A un lado el padre de las montañas, su imagen que preside los sueños de los artistas y los mentalistas. Al otro, un mar que guarda el pasado en sus entrañas, iracundo y malhumorado ante los que no le muestran el respeto que se debe.

Koshu Misaka suimen
Koshu Misaka suimen, vista 35 de "Las 36 vistas del Mt. Fuji" de Hokusai. Sacado de http://www.man-pai.com (Pincha en la imagen para llegar)

Y el sol, que nunca termina de ponerse, ilumina cada una de mis fantasías. Las sombras de sus aristas penetran mi insomnio, me ciegan cuando abro los ojos a este techo extraño. Esta mañana tal vez tome un tren hasta la ciudad de los templos; tal vez, quién sabe, para revivir nada más un sueño de juventud cuando escuchaba una historia de muerte y renacimiento. Dejar que las imágenes vayan pasando por esa pantalla de cristal, que el ruido ambiental termine ahogado en un rincón de mi conciencia. Que los edificios y el mar, y el reflejo de ese sol eterno de verano iluminen al fin mi conciencia, y el camino que un día parecía recubierto de ladrillos amarillos. Tal vez, al final, la historia llegue a ese puerto tantas veces imaginado y nunca visto.

Pero tan sólo unos compases de colores extraños escucho. Borroso, un olor desconocido se agazapa contra mi piel, me abraza como el amante que nunca he tenido. La herida, aquella vieja conocida, se revuelve y vuelve a escocer, y rompo a reír esa amargura que guardo siempre bajo la almohada. Ni a tantos kilómetros soy capaz de avanzar por delante de ella. Cualquiera diría que encuentro placer en la repetición de un error ya cometido. Si apenas este sueño está comenzado, allá donde mis sueños primero empezaron, y ya vuelvo a caer. Aún así, la tierra de los espíritus se hunde en mi pecho, me llama y me cierra los ojos. La gota de lluvía perfecta que cae en esos labios es el perfume de las líneas que aún no he escrito.

Hay una historia, una metáfora vital que palpita en unos solitarios entre la muchedumbre. Y detrás de esta, hay otra, de dos solitarios que se han conocido en un momento extraño de su vida. Hay un lago de hielo, pista inexcrutable en medio de tantas necesidades. Hay, a saber, vidas en juego en medio de este juego de responsabilidades y culpas bajo un sol frío de invierno. En el vaho de un palabra donde caben todas las ilusiones de una persona. Y con los sentimientos temblando de escalofríos, un deseo inalcanzable que va en ambas direcciones. Como iba diciendo, una historia, en realidad, de dos relaciones tan distintas como iguales.

Ahora, en este momento de ensueño, la cosa se complica. La imaginación no tiene cabida, al ser tan infinita, su compás nadie lo imita. Se pierde el sentido, la responsabilidad y los gritos. Tan sólo queda el quedo murmullo de diez millones de personas caminando a tu alrededor sin hacerte caso. Ves dos ojos al bajar los párpados, y una lluvia salada parece empapar las almas. En realidad, ha llegado el momento de la separación. Las palabras se ahuecan, se vuelven frágiles las cabezas y fuertes los abrazos. Una bruma cubre la respiración, y electrodos en tu piel.

Y así, se aprende una lección que se queda tatuada en el alma. Así, se dice adiós a un ser lo que tú ya no podrás ser más.

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