La catarsis

Hace ya unas semanas que descubrí a través de una buena amiga el vídeo de Lo malo está en el aire, de Andrés Suárez (que, evidentemente, ella misma me descubrió). Me gustó, y de hecho me recordó al vídeo de Domingo Astromántico, de Love of Lesbian. La letra, siendo sincero, me llegó rápidamente a la patata. No creo que haga falta decir por qué.

La cuestión es que hace unos días, en plena semana de clase y en medio de un subidón de escritura como hacía bastante tiempo que no tenía, volví a ver el vídeo. Ésta vez, con la letra ya más o menos sabida, empecé a “diseccionar” el vídeo. Ésa es, al fin y al cabo, la manera en la que disfruto de estas cosas: tratando de exprimir hasta el último detalle, significado e inspiración que puedan suponer un éxtasis anímico, alcanzar por un momento otra vez ese estado de comprensión del presente que tan de vez en cuando se nos presenta hoy en día, cuando vivimos como montados en una escalera eléctrica que nos lleva por nuestros días porque tenemos que pasar por nuestros días, dejando a un lado la razón de cada respiración.

Y entonces, descubrí lo que me ha llevado a escribir esto un día de lluvia en Tenerife. No sé quién es el actor que hace la versión adulta del protagonista del vídeo, pero para mí lo ha bordado (corrección, ya lo sé: es Noé Blancafort. Olé por él, pues). En especial, los momentos finales. En el momento de la realización, de la comprensión, de la catarsis. Ese momento de risa y llanto. De repente, la habitación en la que ahogabas tu desesperación se abre con la luz de un mundo que siempre estuvo ahí fuera, esperando tan sólo que mirases. Lentamente, como una corriente que recorre el presente, todo va cambiando ante tus ojos. El mundo, que se había convertido no en el gris de lo terrible, sino en el negro de lo imposible, recupera el color. El tacto avisa de texturas vibrantes rozando contra tu pecho que estuvo destrozado, ahora al menos cerrado. Y como un poeta sobrenatural, el sonido de esa canción vuelve a encontrar el camino hasta tu corazón, y de rebote tu mente se da cuenta de todo lo que hay en esas estrofas. Y encendido por el sonido que asalta tus oídos, te encuentras añadiendo una emoción más a la tristeza que había sido tu amante durante tanto tiempo.

Finalmente, sonríes mientras lloras.

Y así empieza esa cirugía de reinserción del corazón. Antes de darte cuenta, ya caminas en ese mundo brillante del exterior. Al rato, ya hay palabras que nada tienen que ver con ella. Una luna y el sueño se reencuentra con su escapado. Al cambiar los vientos, la vida ha vuelto para bien o para mal hasta esa bomba que un día dejó de hacer su tic-tac. Y entonces, sin saber muy bien ni cómo ni porqué, el llanto vuelve a aparecer por última vez.

Ese día, sorprendido y un poco avergonzado, agarrado a la almohada mientras las sábanas se lían entre tus piernas, lloras más fuerte y más desconsoladamente de lo que nunca lo hiciste. Y sin embargo, te sientes feliz.

Ese día, por última vez, lloras, porque sonríes.

Mucha gente que conozco, al salir el tema, siempre dicen, con el tono de quién sabe de qué habla: “La gente nunca cambia”. Bien, eso es una tontería.

Por supuesto, hay una muy buena razón por la que pensar así. Tanta comodidad, tanta seguridad pensando que la gente siempre es igual, que de alguna manera, las instrucciones vitales que una persona usa para guiarse por este laberinto fueron prefijadas en algún momento indeterminado e inalcanzable del pasado. Tantas dificultades que no habrá que pasar por segunda vez. Tanto esfuerzo que ya no habrá que invertir. Tanta… simplicidad, en un mundo ya demasiado complicado.

Por desgracia, eso no hace que sea cierto. De hecho, precisamente esa simplicidad es lo que lo hace incorrecto. Ojalá que la navaja de Occam pudiera aplicarse una vez más, pero en este caso no. Aún obviando el hecho de que cambiamos de una forma intrínseca, tan inapreciable como importante, continuamente, la idea de que nada cambia en una persona (en lo que importa, que es el cerebro), es absurda.

Todo ese miedo al cambio al final se convierte en una jaula, en un embotamiento de los sentidos que termina por cortar tu imaginación y arrancarte la empatía. Nunca hay que tener miedo del cambio. Es el proceso más natural y universal del que somos parte. Del nacimiento a la muerte, cambiamos, y con nosotros, al universo que nos rodea, a las personas y al mundo.

Por eso, si lo malo está en el aire, respira. Cuando ese aire salga de ti, ya no será igual. Te tendrá a ti, y tú lo tendrás también. Será tu aire.

Y entonces, vuelve a cambiar. Respira una vez más. Y deja que tu corazón lata.

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