Cap. 22 (I) de S.A. original


…de alcanzar el final (I).

Por fin había llegado el momento.

Shampoo debía estar preparando sus cosas para salir de inmediato hacia el monte Fuji. Su espada y sus chúi estaban sobre la mesa, y ya se había puesto la ropa con la que más le gustaba luchar, que no era sino el cheongsam con el que había encontrado a Ranma en Japón por vez primera. Y ahora, observaba la palma de su mano derecha iluminada por un rayo de luz travieso que conseguía colarse entre las cortinas.

“Al fin ha llegado el momento”, pensaba, y no dejaba de repetirse esa realidad. Habían una cierta irrealidad y mucho peso colgando de esa simple frase pronunciada en su cabeza. Sentía un cosquilleo en el estómago que le recordaba a aquellos lejanos momentos de su juventud en los que su bisabuela le insinuaba que estaba a punto de alcanzar la maestría total en el nivel en el que estuvieran entrenando. Entonces, solía aumentar aún más la intensidad de su entrenamiento, deseando con todas sus fuerzas superar ese límite, esa barrera que no la dejaba ser la mejor.

Era algo así como un trance que llegaba a su fin de la forma más destructiva y espectacular que se pudiera imaginar. Iba a luchar contra un ser… No, contra el ser por el que gran parte de las leyes de la aldea que hacían referencia a los hombres se habían escrito en primer lugar. El ser que había obsesionado a Sylphé y había dejado atrás las escuelas de lucha más poderosas de todo el planeta.

“¡Respira chica!”, se dijo mentalmente. Era algo difícil de digerir, y tenía que reconocer que sentía algo de vértigo al pensar en todo. Pero aún así, mientras desplazaba su mirada hasta el filo refulgente de su espada, descubrió que lo que dominaba su cuerpo era la anticipación. Se consumía de ganas de entrar en combate, de llevar a cabo el propósito por el que llevaba entrenando tanto tiempo. Por librar al mundo de ese terrible mal y terminar el trabajo que sus ancestros habían empezado tanto tiempo atrás.

Y de poder, así, centrarse en su siguiente objetivo: Mousse.

Se sentía extrañamente feliz. Había una cierta simpleza en pensar así que echaba de menos y que le arropaba con el manto de la familiaridad. Era como volver a estar en control, a tener un papel claro en su vida. Le hacía sentirse cómoda. Le hacía desear seguir adelante. Le hacía sentirse Nujiezu.

Y por ello, se sentía renovada. Tomó la espada de la mesa y dio unos mandobles rápidos pero ligeros al aire. Siguió moviendo la espada con la mezcla de dulzura y veneración que sólo se puede tener por el arma con el que te has entrenado durante años hasta que se ha convertido en una parte más de tu cuerpo. El filo le devolvía destellos de luz, pero no quedaba cegada; había desarrollado un nuevo instinto y, de alguna manera que no comprendía muy bien, sus ojos ya nunca quedaban cegados.

Enfundó su espada y aseguró la funda alrededor de la cintura. Guardó también los chúi. Y sacó entonces las gafas de Mousse. Había subido a su habitación con ellas en la mano sin darse cuenta, y ahora, como la espada, creaban curiosos destellos al reflejar la luz que entraba por la ventana.

No sabía qué hacer con ellas. ¿Debía dejarlas en su habitación o llevarlas consigo? ¿O devolvérselas a Mousse…? No, definitivamente quería quedárselas. Como una especie de recordatorio de lo que le esperaba después de todo aquello. Sí, se las llevaría y, cuando terminase la pelea, se las podría devolver en mano. Y ya de paso aprovechar para lo que fuera.

Bajó entonces al primer piso y se detuvo frente a la mesa en la que estaba sentado Lǎo-hǔ Lán. Desde ahí pudo ver a Kaiko hablando por teléfono con alguien. Aprovechó para observarla a conciencia, para intentar penetrar el exterior y poder descubrir alguna debilidad.

“No parece muy fuerte” evaluó para sí. Vio algunas marcas de entrenamiento, pero eran demasiado recientes: debía haberlas ganado durante este último mes. Más allá de eso, no había nada que mostrase una capacidad siquiera comparable a la suya. En ese sentido, era tal como se encontró a Akane.

Akane. Eso le hizo recordar otra cosa. El carácter. Mousse no era ningún Ranma, pero no pudo evitar imaginar una repetición de sus dos últimos años.

—¿Se puede saber qué es lo que estás mirando, Nujiezu? —se dio cuenta de que no había quitado ojo de Kaiko durante demasiado tiempo, y la japonesa se había dado cuenta.

—Bah, nada que te interese —respondió con genuino desprecio.

—¡Hum! Chica desagradable.

—Mmh…

Ambas notaron entonces a Lǎo-hǔ Lán removiéndose nervioso en su silla, y decidieron con una mirada no muy amable dejarlo ahí. Tendrían tiempo de arreglar sus diferencias más adelante, y al parecer Kaiko necesitaba hacer más llamadas.

Sin embargo, Shampoo había podido comprobar que, una vez más, se enfrentaba a una terca de pies a cabeza.

“Eso… no debería suponer ningún problema” se dijo. Sin embargo, le costaba mucho creérselo. Después de todo, no tenía un buen historial cuando se trataba de japonesas tercas. Y no pudo evitar empezar a jugar con la funda de su espada.

—¿Te pasa algo, bisnieta? —se dio la vuelta y encontró la mirada algo preocupada de su bisabuela. Eso es lo que había conseguido con tanto pensar: ¡preocupar a Cologne!

—¡Qué va! ¿Qué me va a pasar?

—¿Estás segura? Te noto algo… nerv-

—¡Para nada! Yo…

Calló en el instante en que vio la figura de Mousse descendiendo por las escaleras. Lo único que quería aún menos que preocupar a su bisabuela era preocupar a Mousse.

Mousse pasó frente a ellas, saludándolas, y hacia la cocina. Shampoo hizo acopio de sí misma y actuó normalmente. Cuando Mousse estaba fuera de su campo de visión, sin embargo, dejó escapar un suspiro.

—Ya veo… —dijo entonces Cologne. Shampoo le sonrió débilmente—No es normal en ti tanto nerviosismo por un chico.

—¡Lo sé! —exclamó angustiada —Pero es que no puedo evitarlo.

Su bisabuela, tras un momento, le sonrío de esa manera tan suya, y dijo:

—Estoy segura de que su elección será la correcta.

—Espero que tengas razón —contestó asintiendo. Al volver la mirada hacia la cocina, descubrió que Mousse venía hacia ella con una mirada de determinación en sus redescubiertos ojos.

“¿Qué va a hacer? ¿Por qué viene hacia mí con esa determi-“

De repente, estaba siendo abrazada con la mayor ternura que había sentido nunca. Una abrumadora sensación de bienestar la recorrió de arriba abajo, y rápidamente se dejó envolver por el calor que la envolvía.

Sin embargo, para su desencanto, el arrumaco terminó un instante después. Al separarse, buscó su mirada, y la encontró. Preocupada y algo temerosa, pero también sonriente.

“¿Por qué, sin venir a cuento…? Él se ha tenido que dar cuenta. Hablé demasiado alto. Y ha venido… Sabe, porque me conoce, y por eso… Sí, por eso ha venido y me ha abrazado.”

Sin poder evitarlo, una sonrisa se dibujó en su rostro, y lo mismo sucedió con Mousse. Cerrando los ojos, se sentía cómoda y relajada, y empezaba a preguntarse si de repente alguien le había puesto una sartén recién usada en los pies, porque sentía arder todo su cuerpo, empezando por los pies y… realmente, sólo sentía calor en los pies.

Al mirar hacia abajo vio unos pies que no eran los suyos. De hecho, estaban por encima de los suyos. Pisándolos.

—¡Hey! ¿Qué demonios…? —miró al frente y, contrariamente a lo que imaginaba, no se encontró a Mousse, sino a una muy enfadada Kaiko.

—¿Qué te crees que estás haciendo? —se concentró un momento y, echando mano de su entrenamiento en la escuela del Rayo, hizo un mortal invertido, lanzando a la japonesa por el aire. Ésta soltó un aullido de sorpresa, pero reaccionó rápidamente y también dio un giro para aterrizar de pie.

—Eso fue ciertamente impresionante —comenzó su rival —, pero no por eso voy a retroceder lo más mínimo. Te estabas poniendo demasiado melosa, así que tuve que intervenir.

Consideró responderla con un puñetazo que no pudiera esquivar, pero sabía que ni Mousse ni su bisabuela querían que se peleasen en aquel momento, así que se contentó con hacer un sonido de desprecio y girarse.

En apenas media hora se había encarado dos veces con la japonesa. Y no podía por ello sacudirse la sensación de enfrentarse otra vez con Akane. No quería tenerlo cuenta, pero las similitudes no le dejaban olvidarse de lo que le había pasado. Volver a perder de esa manera ante una extranjera sería imperdonable.

Así que, no perdería. Era una Nujiezu al fin y al cabo. Tan sólo tenía que ser ella misma, y el resto vendría solo.

—Bueno, jóvenes —se giró y vio a Cologne apagando la tele y dirigiéndose a ellos —. He llamado a Ranma, y se nos unirá en la estación de tren. Así que, en cuanto Perfume y Ryôga bajen, nos pondremos en marcha. Espero que no tenga que dejar a nadie inconsciente en nuestro camino hacia allá, ¿de acuerdo?

Miró de reojo a Kaiko y, un poco a regañadientes, asintió.

¡Qué ganas tenía de vencer a ese Erra!


Definitivamente, debía contarles lo de las visiones cuanto antes.

Akane permitió por un momento que la placentera sensación del agua caliente rodeando su cuerpo en el furo la absorbiese totalmente. Llevaba semanas pensando en el tema, y tan sólo ahora, al día siguiente de haber tenido una larga conversación con su hermana Nabiki, había conseguido tomar una decisión.

No estaba segura del todo. ¡Ojalá pudiera estar segura de algo, y aún más de eso precisamente! Pero había llegado a la conclusión de que era la mejor opción.

“Al fin y al cabo, si entienden que tengo este don, entenderán mejor que acompañe a Ranma cuando tenga que luchar contra ese Erra”, se dijo. Sin embargo, ése era otro tema que aún debían tratar. Para el resto de la familia, Ranma tan sólo estaba aprendiendo nuevos trucos de Cologne porque ésta se los había ofrecido. Explicar que lo que estaba haciendo en realidad era entrenar para salvar al mundo podía volverse peliagudo. Así que, no pretendía tener que hacerlo el mismo día que salvase al mundo.

Se dio cuenta entonces de que los dedos se le habían arrugado mucho más de lo que le parecía razonable, así que salió del agua caliente y se cubrió con una toalla. Por la luz que entraba por la ventana del baño dedujo que el Cat Café debería estar empezando a ponerse en movimiento en aquel mismo instante. Por tanto, todavía tenía un buen rato antes de tener que ir para allá. Y decidió que podría contarle su recién tomada decisión a Ranma.

Con una enorme sonrisa en su cara, se enrolló otra toalla en la cabeza para secarse el pelo, y se dirigió a su habitación. Ya vestida, se encaminó hacia el cuarto de estar, dónde suponía que se encontraría su prometido desayunando.

—”¡En unos minutos, los informativos de Fuji TV les mostrarán el último reportaje de nuestro reportero más aventurero: Hideako Anno! Esta vez, nuestro compañero Hideako se encuentra a unos pocos…”

La voz de los presentadores de informativos era lo único que podía oír desde el pasillo, lo cual le resultó bastante extraño. Una vez que entró en el salón descubrió que tan sólo su padre y sus tíos veían las noticias. Ranma no estaba por ninguna parte.

—¿Dónde está Ranma? —preguntó dirigiéndose a los tres presentes.

—Creo que estaba en la sala de entrenamiento —le respondió su padre sin dejar de atender al televisor.

Un poco extrañada por la repentina atención a la televisión de su familia, giró sobre sus talones y dirigió sus pasos hacia la sala de entrenamiento. “Debería haber pensado en la sala”, pensó.

Cuando pasaba por el pasillo exterior que unía el edificio principal con la sala de entrenamiento, recibió de lleno el ataque del calor infernal que ya llevaba más de un mes acosando la ciudad. No tenía ni la menor idea de donde había venido; lo que sí sabía era que deseaba que se fuera cuanto antes. Era tan molesto y fatigoso que se había convertido en un factor a tener en cuenta en su entrenamiento. Le hacía sudar tanto que al cabo de unas horas la camiseta se le quedaba pegada al cuerpo. Además, debía tener algún efecto negativo extra en Ryôga, porque cada poco tiempo tenían que interrumpir el entrenamiento porque el pobre chico se ponía a sangrar por la nariz de manera alarmante.

Al abrir el portón de la sala, se encontró una imagen de las que quería ver una y otra vez durante toda su vida.

Ranma bailaba a través de una complicadísima kata en busca de lo que tan sólo podía ser la perfección. Cada uno de sus movimientos parecía fluir a través del aire. Cada inhalación comenzaba un nuevo compás de cortas pero poderosas exhalaciones que aumentaban la fuerza de los golpes que lanzaba.

Y lo que era más impresionante: lo que estaba presenciando no era sólo el estilo Saotome Todo Vale, sino algo más. Era la mezcla perfecta entre una escuela legendaria del pasado con una moderna corriente de, en verdad, dudosas bases y maestros.

No pudo evitar quedarse mirando a su prometido practicar.

—¡Cómo sigas mirando así de fijamente te vas a volver bizca!

Nada como una lindeza de Ranma para salir de su embobamiento. Pensó por un momento en responderle, pero no quería que aquello degradase en una pelea tonta. Incluso si ahora disponía de una técnica imbatible para acabarlas. Involuntariamente, se humedeció los labios.

No, tenía algo importante de lo que hablar con Ranma, y sería mejor si no le mandaba hasta otro distrito de un golpe.

—Ranma, deja de decir tonterías. Tengo que hablar contigo en serio.

Eso tuvo el efecto deseado, y su prometido se acercó a ella y le invitó a sentarse en el descansillo exterior de la sala de entrenamiento. En cuanto se sentaron, sin embargo, tuvo que hacer grandes esfuerzos para ignorar el pecho descubierto y sudado de Ranma. Por suerte, un poco de relajante respiración calmada fue suficiente para alejar su mente de distracciones que no necesitaba.

—He decidido contarles a todos lo de mis visiones —anunció con determinación.

—Eh… ¿Estás segura? —le cuestionó Ranma —Dijiste que no querías preocuparles hasta que no pasara el peligro de Erra.

—Ya lo sé, ya lo sé —respondió no sin un toque de amargura —. Ahora creo que he hecho mal posponiendo el momento en que se lo contara. Por eso quiero contárselo hoy mismo.

Él le miró directamente a los ojos. Ella trató de hacerle comprender con una mirada que, de esta manera, cuando el momento de luchar contra Erra llegase, su familia sería menos reacia a dejarla acompañarle. O al menos eso esperaba.

—De acuerdo —aceptó finalmente con una media sonrisa —. La verdad es que creo que tu hermana te ayudaría más al decírselo que yo, pero si quieres que te acompañe…

—¡Oh, gracias Ranma! —le abrazó con todas sus fuerzas, y por un momento, el calor sofocante de la ciudad pareció desaparecer.

—¡Hey, hey! No creo que quieras hacer eso —le advirtió con una sonrisa, tratando débilmente de escabullirse de su abrazo —. Acabo de terminar de entrenar, ¿recuerdas? Te vas a manchar esa bonita ropa que llevas y luego me vas a echar la cul-

Le calló con un beso antes de que pudiese hacer algún comentario poco afortunado.

—Er… Creo que debería bañarme antes de que hagas el anuncio —dijo entonces aún un poco atolondrado.

Ella le sonrió y se ofreció a acompañarle hasta el salón. Ambos se pusieron de pie y desanduvieron el camino que había hecho un momento antes.

—Me harías un favor si terminaras rápidamente —le dijo ya apoyándose en el armarito cercano a las escaleras donde descansaba el teléfono —. Quiero terminar toda esta mentira cuanto antes.

—De acuerdo. No tardaré nada.

—Gracias —mirando furtivamente a todos lados, plantó un fugaz besó en los labios de su prometido. Con una sonrisa, él se fue escaleras arriba a toda velocidad, y ella permaneció un momento disfrutando de su propio atrevimiento.

Un instante después, justo cuando oyó la puerta del baño cerrándose, el teléfono empezó a sonar.

—¡Yo lo cojo! —dijo en voz alta hacia la cocina. Como había supuesto, la voz de Kasumi salió de allí en forma de agradecimiento.

—¿Buenos días?(1) Residencia de los Tendô —saludó al descolgar.

—¿Akane Tendô? ¿Eres tú? —pudo reconocer la voz cavernosa de Cologne al instante. Sin embargo, el tono extremadamente serio de la Nujiezu le extrañó más de lo que nunca pudo haber imaginado.

—Sí, soy yo.

—Tengo un mensaje para Ranma —dijo simplemente —. ¿Se lo puedes transmitir?

—Sí, por supuesto.

—Erra ha llegado a Japón. Hace unas horas que el último “Advenimiento”, como lo llaman en las noticias, ha comenzado a manifestarse en el monte Fuji —la amazona hablaba lentamente, incluso tranquila. De alguna manera, le resultaba casi tan inquietante como el mensaje que estaba recibiendo —. Dile a Ranma que vamos a coger un tren hasta allí, así que le esperamos en la estación en una media hora.

—Así… ¿sin más? —fue lo único que pudo articular.

Tras una larga pausa, consiguió su respuesta.

—Lo siento, pero no hay mucho más que yo puedo hacer, niña —por su tono, se convenció rápidamente de que debía ser verdad —. Asegúrate de que se lleva absolutamente todo lo que le pueda ayudar a vencer.

Hubo otra pausa, y entonces:

—Puede que esta sea la última vez que hablamos, Akane Tendô. Ha sido un verdadero placer batallar contigo. ¡Qué Sylphé te bendiga!

—Esper-

Los tonos monótonos y regulares del teléfono le dejaron claro que había colgado. Y no le había gustado nada el tono con el que había dicho eso de “puede que sea la última vez que hablamos”. No le había gustado nada, nada.

Colgó también. A pesar de que fuera lo menos importante, no podía dejar de pensar que se encontraba con una situación de cuidado. No sólo tendría que explicar a su familia lo de sus visiones, sino también convencerles de que huyesen cuanto antes lo más lejos posible y explicarles que tenía que estar con Ranma.

—Relájate… Respira… —se dijo mientras se frotaba las sienes y mantenía los ojos cerrados.

—¿Quién era? —preguntó entonces la voz de Ranma a su espalda, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no saltar del susto.

Se giró, y su expresión debía ser muy mala, porque al momento se le quitó la sonrisa a su aseado prometido.

—¿Quién era? —insistió, mucho más serio —¿Qué ha pasado?

—Era Cologne —respondió al fin, bajando la voz según iba hablando —. Me ha pedido que te diga que Erra está en Japón, en el monte Fuji. Que ha llegado la hora de luchar. Y que te espera en unos veinticinco minutos en la estación de tren.

Ambos quedaron entonces en silencio. Ranma tenía una expresión de lúgubre determinación que creyó no haberle visto nunca antes. Cómo no sabía muy bien qué hacer, le abrazó. Tras una ligera sorpresa al principio, su prometido le devolvió el abrazo con ganas.

—”…Hideako Anno con todos ustedes. He pedido paso porque el viento finalmente ha cedido un tanto y me dispongo a entrevistar a uno de los más fervientes seguidores de los Advenimientos, una persona que ha estado siguiéndolos desde el primero que ocurrió allá en unas apartadas montañas en la provincia de Quinghai, en China. Dígame…”

La potente voz que provenía del televisor los sacó de su abrazo.

—Debemos decírselo ya a todos —dijo entonces mirando a todos lados —. Cuanto antes se lo digamos, antes podrán ponerse a salvo.

—Tienes razón —le apoyó Ranma. Miraba de forma extraña hacia el techo, como si estuviera pensando en otra cosa —. Además, estaré más tranquilo cuando todos estéis a salvo.

—¡¿Cómo? —gritó enfadada —¿Qué es eso de “estéis”? ¡Yo voy contigo!

—¡Baja la voz! —le advirtió entre dientes.

—¡Vale! ¡Pero yo voy contigo! —respondió en voz baja.

—¡Ni se te ocurra! —contraatacó en el mismo tono —Esto es demasiado peligroso como para tenerte por ahí, a tiro de ese Erra.

—¡Yo soy una artista marcial perfectamente capaz! —arguyó enfadada.

—Sí, perfectamente capaz de no hacerte daño al caer al suelo. Y además de eso, ¿de qué más eres perfectamente capaz?

Odió tener que quedarse en silencio.

—Además, según Cologne, el poder destructivo de estas escuelas es tremendo. No quiero ni imaginar lo que le pueden llegar a hacer a alguien que esté por ahí y no pueda defenderse —razonó.

—¡Yo no soy una chica indefensa! —ese comentario le había enfadado mucho. Ya no estaba indefensa; ya no merecía que le trataran como un cero a la izquierda.

Ranma le cogió de los hombros y clavó su mirada en la suya.

—Ya lo sé —empezó con una sonrisa en su rostro —, pero aún así no sé qué puede pasar. Lo más seguro es que esta pelea se enloquezca un tanto. Y lo que no quiero es que salgas herida.

—Lo entiendo —respondió ella, apenas capaz de aguantar su tono de preocupación —. Pero creo que alguna vez me has dicho que eres más fuerte conmigo a tu lado. Y Cologne dijo que te recordara que llevases absolutamente todo lo que pueda ayudarte a ganar.

—Así que voy a ir contigo —resumió acercándose un poco más a él. Como había imaginado, ese movimiento le pilló por sorpresa —, lo quieras o no.

Y le plantó un beso corto, para añadir aún más confusión a su mente.

—De acuerdo, haz lo que quieras —cedió al fin, y le abrazó con grito incluido de satisfacción.

—Bueno, vamos a avisar a la familia —le dijo —. ¿Traes a Nabiki y a Kasumi?

—De acuerdo —dijo, y en unos minutos había arrastrado hasta el salón a Nabiki fuera de su habitación y a Kasumi de la cocina.

Una vez en el salón, tal y como sucedió dos semanas antes cuando estuvo a punto de contarles lo de los sueños, Ranma y ella estaban sentados a un lado de la mesa, juntos, y los demás estaban al otro lado. Nabiki le miraba con especial expectación.

—Tenemos algo muy importante que deciros, ¿verdad, Ranma? —empezó girándose un momento hacia su prometido —Y es muy importante que hagáis lo que os decimos lo más rápidamente posible.

Respiró profundamente, y… fue interrumpida.

—Akane tiene sueños premonitorios, y es algo que viene de familia, y ha visto unas cosas horribles, y lo siento mucho —dijo Ranma a toda velocidad. Se giró para preguntarle qué significaba eso último, pero ya no estaba.

—¡No! —gritó, y se puso en pie de un salto. Miró a todos los lados, y exceptuando a toda su familia extremadamente sorprendida, no pudo ver a nadie más. Antes de que pudiera dar el primer paso en persecución de su prometido, volvió a ser interrumpida.

—¿Qué está pasando? ¿Qué significa eso? —vio a su padre más serio de lo que nunca había estado.

—Sí, ¿qué ha pasado? ¿Y por qué mi hijo ha desaparecido así? —y esa era tía Nodoka, con el rostro lleno de preocupación.

—Así que, el cuento que nos contaba mamá era verdad, ¿no? —añadió Kasumi al barullo con lo que parecía ser una ligera sonrisa de comprensión.

Se dio cuenta de que debía quedarse y explicarle todo a su familia. Ranma comprendió que no se marcharía dejando así a toda la familia, y lo usó para hacer su escapada. ¡Maldita fuese cuando pensaba!

—De acuerdo —dijo para llamar la atención de todos y para ordenar sus ideas —, os lo voy a explicar todo, pero rápidamente, porque no hay tiempo que perder.

Entonces procedió a hacerle a su familia un somero resumen de lo que había pasado desde la caída del meteorito. Les explicó lo que Ranma y ella habían descubierto de las escuelas legendarias por su cuenta, la confirmación de Cologne, sus recurrentes pesadillas, la investigación de Nabiki y la revelación de la verdad de todo ello, el sueño o trance en el que se convirtió en Lǎo-hǔ Lán, su llegada a Japón y su ataque, la explicación y revelación final de Cologne, el último mes de entrenamiento y, finalmente, la llamada que acababan de recibir de la Nujiezu. Tan sólo dejó de lado la verdadera relación que mantenía ya con Ranma, e incluso obvió la revelación que hizo cuando Nabiki le obligó a hablar de los sueños y al final le dejó no decirlo.

Cuando terminó, se fijó un momento en la televisión. Las noticias ya habían acabado, lo que significaba que habían pasado bastante más de veinte minutos. Ranma ya habría cogido un tren, y su única opción ahora era alcanzarle en la montaña. No iba a ser fácil.

—¡Esa… arpía arrugada! ¡Utilizar a mi hijo de esa manera! ¡Es imperdonable! —los gritos de indignación de Nodoka le sacaron de sus pensamientos. Su tía estaba muy, muy acalorada, y Genma tenía que hacer verdaderos esfuerzos para evitar que su mujer desenvainase la katana familiar.

—Pero querida, la bisabuela es una gran artista marcial. Que haya elegido a Ranma para enseñarle una escuela tan poderosa significa que es un chico lo suficientemente fuerte y masculino como para impresionarla —le aseguraba Genma para tratar de calmarla.

—Hum… —Nodoka consideró ese argumento por un momento, y su marido aprovechó para apoderarse de la katana sin que lo notase —Puede ser, puede ser.

Se fijó en Nabiki, que se había mantenido en silencio hasta entonces. Tenía esa mirada de concentración que sólo tenía cuando ponía a trabajar la mayor parte de su cerebro. Sabía que estaba atando cabos que sólo ella conocía o haciendo algún plan; o las dos cosas al mismo tiempo. Pero no parecía dispuesta a compartir lo que estaba pensando por el momento.

—Hermana, ¿tú estás bien? —Kasumi se le había acercado sin que se diese cuenta, y le dio un fugaz abrazo antes de continuar —Quiero decir, con todo eso de las visiones, has debido pasarlo mal tanto tiempo…

—Tiene razón, ¿cómo estás? —se unió entonces Nodoka, ya calmada del todo, pero un manojo de nervios y pena otra vez —¿Y por qué no nos contaste nada?

—Yo… —empezó, pero se dio cuenta de que no sabía qué decir. Ranma se había ido convirtiendo poco a poco en el único apoyo que necesitaba, y de repente, todo se lo contaba a él. Tampoco ayudaba que hubiese pensado que los demás no la iban a creer.

—Simplemente, ha sucedido así —dijo para salir del paso —. Ahora estoy bien, y eso es lo que importa. Y además, tenemos otro asunto mucho más importante que tratar que mis sueños, y es el adonde os vais a ir para que Ranma y yo estemos tranquilos.

—¡¿Qué? —exclamó entonces Nabiki, rompiendo por fin su silencio. Parecía intensamente indignada, y la mirada reprobatoria que le dedicó le resultó vagamente familiar.

—Ni se te ocurra pensar —empezó antes de que pudiera atreverse a responder —, ni por un solo instante, que voy a dejarte ir sola tras Ranma. Más te vale que me empieces a contar contigo.

—Nabiki… —a pesar de que le pareció un gesto muy entrañable, no estaba dispuesta a poner en peligro a su hermana.

—¡Ni Nabiki ni nada! —continuó aún más acalorada —No dudes ni por un momento que voy a ir para allá. Puedo ir contigo o sin ti, tú decides.

No sabía cómo responder ante la actitud de su hermana. Era desconcertante e irritante a partes iguales. Finalmente, tan sólo suspiró con resignación.

—Huy, si nos vamos al monte Fuji, debería preparar unos tentempiés para tomar allí —participó entonces Kasumi, y antes de que pudiera decir una palabra en contra, ya marchaba hacia la cocina recitando todo lo que debía llevar.

—No puedo dejar que vayáis solas —anunció Nodoka, y Akane se echó las manos a la cabeza —. Y tampoco quiero dejar a mi hijo sólo en este momento. Tampoco tú querrás dejarle sólo, ¿verdad, querido?

Se giró hacia Genma, que había empezado a llenar una maleta a toda velocidad, y se le torció el gesto.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Nodoka con un filo peligroso en la voz.

—¿Qué? ¡Eh! —entonces se dio cuenta por fin de lo que estaba pasando, y rápidamente el sudor empezó a recorrer el rostro de Genma —¡Querida! El chico y Akane nos han dicho que nos marchemos. ¿Por qué no les hacemos caso y dejamos que ellos-?

—¿Cómo se te ocurre decir eso? —le reprendió intentando sacar su espada de la funda, y acertando a clavarla limpiamente unos centímetros por encima de la cabeza de su marido.

—Pero Nodoka…

—Ya lo ves, hermanita —se giró un poco y vio que Nabiki se había colocado a su lado sin que apenas se notara, y su voz hizo desaparecer la pelea que tenía frente a ella de su mente —. No vamos a permitir que vayas sola.

—Ya lo veo —asintió medio sonriendo y medio exasperada —. Pero a este paso, cuando lleguemos ya habrá pasado todo. Nunca los alcanzaremos.

—Sobre eso —respondió su hermana con una sonrisa de las suyas —, creo que tengo una idea.


Una vez más, tenía que encargarse del trabajo más pesado.

Perfume resopló otra vez mientras guiaba distraídamente a Lǎo-hǔ Lán. Por qué tenía que hacerlo —o si quiera si llevarle serviría de algo —, ella no lo sabía; la cuestión era que, una vez más, Ryôga estaba fuera de su alcance. O sea, que no podía agarrarse a él y dejar que la llevase a la estación entre sus brazos.

Casi maldijo en voz alta. Pero, Cologne les había avisado de que no hicieran nada raro.

—Ya bastante raro será ver a una anciana guiando con un bastón a un joven perfectamente sano, a dos chicas matándose con la mirada y a un ciego siguiéndolos —había dicho mientras cerraba el Cat Café.

Así que, después de haber hecho caso omiso a ese aviso, haber intentado acercarse a Ryôga y haber recibido una mirada muy seria por parte de la Matriarca, se había contentado con esperar hasta que llegaran al tren, donde no tendrían más remedio que estar todos juntos. Entonces aprovecharía para intimar un poco con Ryôga. Y rápidamente borrar de su mente a esa muñequita japonesa que parecía tenerle engañado de alguna manera.

Con una sonrisa y un asentimiento, tomó la mano de Lǎo-hǔ Lán y le redirigió en la dirección correcta, ayudándole a esquivar a unos cuantos viandantes poco considerados.

—Um… Gracias —dijo el chico algo compungido. Era incluso demasiado tímido alrededor de las mujeres, y en especial alrededor de Akane Tendô, lo que parecía ser una enfermedad común en ese barrio. De alguna manera, esa jovencita creaba a su alrededor un aura de maneras comedidas y suspiros medio escondidos que afectaba también a Ryôga.

Y al mirar hacia delante, se topó con alguien que había luchado, y perdido, contra ese aura. Shampoo se encontraba en plena batalla de miradas con la que se había convertido en su nueva rival, la rubía de ojos de colores distintos.

Era un espectáculo lamentable. Tenían a Mousse agarrado cada una por un brazo, y trataban fieramente de matar a la otra con la mirada mientras caminaban tras Cologne. Mientras, Mousse hacía como que todo eso le incomodaba, aunque en realidad debía estar disfrutando de lo lindo. Sí, tal y como ella le conocía, sabía que estaba disfrutando bajo esa máscara de angustia descontrolada.

Mousse era un aprovechado. Ryôga le había enseñado que las maldiciones no eran exactamente la manera que la diosa tenía de marcar a la gente despreciable. Todavía no podía quitarse del todo esa sensación, pero cada momento que pasaba con su airen le ayudaba a dirigirse en la dirección correcta.

Aún así, conocía a Mousse, y sabía cómo era realmente. Esas dos no se enteraban de nada. Mientras ellas luchaban, él disfrutaría de ellas, terminando sólo cuando sus vidas girasen completamente alrededor de él. Y entonces, cansado de ellas, las echaría a un lado y las dejaría tiradas.

—Son tan idiotas.

—¿Eh?¿Quién es tan idiota? —había pensado en voz alta y Lǎo-hǔ Lán le había oído.

—No, nada —dijo con una sonrisa, aunque sabía que no podía verla —. Cosas mías.

Lo que no llegaba a entender era como Cologne podía permitir esto. Puede que no fuera la mejor Matriarca, pero había que reconocerle que, a la vista de lo que estaba sucediendo, se había comportado de manera intachable, aunque algo arriesgada. Entonces, si estaba en sus cabales incluso bajo toda la presión que había estado soportando estos últimos meses, ¿cómo dejaba que Shampoo persiguiese a Mousse teniendo a su lado a Ranma, que era mucho más fuerte? En un momento así, lo que las Nujiezu necesitaban era lo mejor de lo mejor. Reconstruir la aldea sería una tarea dura e, incluso si no le hacía mucha ilusión, estaría dispuesta a tener hijos de alguien más además de su airen. No podían arriesgarse al desgaste genético.

Una vez más, se fijo en Ryôga siendo dirigido por el bastón de Cologne, y volvió a resoplar. Pero esa vez, lo hizo con resignación. Sabía de sobra que lo que Ryôga, junto con los otros tres, debía hacer era demasiado importante como para dejar que sus impulsos lo pusieran en peligro. Si Erra llevaba a cabo su venganza, no habría… bueno, conseguir a Ryôga sería el menor de sus problemas.

—Hola, chicos —les saludó en ese instante Ranma Saotome sin mucho afán.

Se dio la vuelta y, efectivamente, el japonés aterrizaba de lo que debía haber sido un buen salto justo detrás de ellos. En su rostro había una expresión de triste determinación, y se dirigió directamente hacia Cologne.

—Hey, Ryôga —empezó con un tono mucho más ligero dejando una mano sobre el hombro de su airen —, ¡por fin han encontrado una manera de que puedas llegar a donde quieres ir!

—¡Maldita seas! — Ryôga trató de alcanzarle con un puñetazo, pero Ranma retrocedió sin dificultad, y entonces ambos recibieron un bastonazo de Cologne.

—¡Basta de tonterías! —ordenó cansada —¡Si es que sois los dos iguales!

Ambos se tranquilizaron y todos continuaron caminando. Sin embargo, pudo ver como Ranma observó por un momento a Shampoo de manera extraña mientras esta seguí agarrada a Mousse. Ranma sonrió un poco y se giró, y continuó poniendo a prueba la paciencia de Ryôga mientras continuaban caminando.

Entonces, empezó a pensar en Ranma y Shampoo. Ella era una de las mejores amazonas —la mejor de su edad— en artes marciales. Además, debía reconocer que su físico, y su forma de usarlo, eran también de los mejores. Sin embargo, después de tanto tiempo, no había conseguido conquistar al japonés.

¿Había acaso algo en la forma Nujiezu de conquistar que no funcionaba con los japoneses? ¿Era esto un caso aislado, o también podría ocurrir con Ryôga? Quería conquistar a Ryôga y, sobre todo, no quería tener que esperar dos años a conseguirlo. Por lo tanto, tal vez no estuviese mal hablar con la que había sido derrotada para ver que había pasado. Tal vez podría conseguir algo de valiosa información que le ayudase a descubrir la mejor manera de conquistar a su airen.

Todavía pensaba que no debería haber mucho problema. En cuanto consiguiese pasar algo de tiempo a solas con Ryôga, todas las reticencias que pudiese tener de seguro se desvanecerían. Sin embargo, no era tan tonta como para desaprovechar la oportunidad de asegurarse la victoria.

Así que, lo mejor sería empezar a buscar cuanto antes un buen momento para hablar a solas con Shampoo.


—”El tren B3, con dirección Ôsaka e intercambio hacia el Monte Fuji en Ôtsuki, está a punto de partir. El tren B3, con dirección Ôsaka e intercambio hacia el Monte Fuji en Ôtsuki, está a punto de partir.(2)”

Mousse soltó un suspiro de alivio al escuchar el mensaje programado de la estación. Lo hizo con mucha discreción para que las dos personas que tenía a los lados adueñándose de sus brazos no le oyeran. No quería enturbiar la tensa calma que se había apoderado de ellas tan sólo unos momentos antes.

Con el mismo objetivo de mantener el status quo, se obligó a seguir mirando hacia adelante. Realmente hubiera preferido no estar en esa situación, pero se había quedado sin ideas en el momento en el que ambas chicas se habían agarrado a él. Sin embargo, hacía un rato había visto a Ranma aparecer delante de él, bromear con Ryôga y, tras recibir un bastonazo de Cologne, seguir andando. Juraría que le había visto mirar a Shampoo de una forma extraña, pero a lo mejor sólo se lo había imaginado.

En todo caso, al ver a Ranma se le había ocurrido que tal vez podría hablar con él y, tal vez, pedirle algún consejo. Desde luego, Ranma habló con él cuando no sabía qué hacer con Akane; ahora, él debía tener derecho a pedirle ayuda. “Al menos, así es como funcionan las cosas con un amigo, ¿no?”, se aseguró mentalmente.

Sin embargo, no podría hacer nada hasta que no pudiera separarse de las inesperadas, y suaves, restricciones que habían acomodado sus brazos entre sus respectivos pechos.

Para nada lo estaba pasando mal. Para nada estaba a punto de desmayarse de la impresión y del tacto del… ¡que no iba a pensar para nada porque si no todo iba a ir a peor!

—De acuerdo, niños —escuchó a su derecha, y sintió como Kaiko y Shampoo lo levantaban en el aire y le giraban en esa dirección. Cologne meneaba unos papeles que tenía agarrados con fuerza —, tengo aquí nuestros billetes. Estamos bastante juntos, pero aún así hay un par de sitios que están en un vagón distinto a los demás. ¿Quién-

—¡Yo lo cojo! —corearon Ryôga, Perfume, Kaiko, Shampoo y él al mismo tiempo. Kaiko y Shampoo le miraron y sonrieron; luego se miraron entre ellas y volvieron a poner caras asesinas. Ryôga y Perfume también se miraron: él con una sonrisa nerviosa, y ella, con una sonrisa feroz. Ranma aprovechó para soltar una carcajada. Ryôga intentó acallarlo de un puñetazo, y Cologne volvió a repartirles un par de bastonazo.

—¡Eh! ¡Qué yo no he hecho nada! —se quejó Ranma.

—Viendo como están las cosas —continuó Cologne sin hacer caso a Ranma —, seré yo quien reparta los asientos. ¡Vamos, todos adentro! ¡Vagón dos!

Con cierto nerviosismo, montaron en el tren eléctrico que estaba a punto de arrancar. El tren era, de hecho, totalmente distinto a todo lo que había visto antes. Había imaginado uno de esos trenes de madera y hierro que había visto en los libros de historia, con su locomotora negra que echaba humo por su chimenea. Sin embargo, el tren al que se subió no parecía tener una locomotora. Cada vagón parecía ser exactamente igual al anterior: un enorme rectángulo totalmente rodeado de ventanales y asientos dispuestos de cuatro en cuatro, con un forjado en forma de estante a la altura de la cabeza para dejar el equipaje. Un pasillo demasiado estrecho en el medio y tres pares de puertas deslizantes a cada lado.

Lo primero que se le vino a la cabeza al entrar fue que se estaba metiendo en una enorme lata de sardinas, y no en el pasaje de elegancia y misterio que se había imaginado que eran los trenes. Una lata muy grande, veloz y útil, pero una lata al fin y al cabo.

Ocupando todo el espacio de entrada, subieron los tres, aún agarrados, y se sentaron, apretándose un poco más si eso era posible, en dos de los asientos que Cologne les había indicado. Delante se sentó, primero y con cara de desagrado, Perfume, y luego Cologne. A su espalda, aún riéndose por lo bajo y con un asiento vacío, estaba Ranma.

—Bueno, ya estamos yendo al monte Fuji —comentó Ranma con un tono mucho más serio.

—Sí —coincidió él, y se dio cuenta entonces de que había algo raro con Ranma, como si le faltara algo. Redobló su intención de hablar con él.

—Pero, ¿por qué has de ir tú? —preguntó entonces Kaiko, dirigiéndose a él por primera vez desde que hubieran salido del Cat Café. Parecía realmente afligida, y su mirada era una verdadera súplica. Ranma y Cologne miraron respetuosamente hacia otro lado.

—¿Qué estás diciendo? —rió Shampoo con tono de superioridad —Si le pides eso es que realmente no entiendes a Mousse para nada.

—¡Mentira! —exclamó Kaiko enfadada, y pudo sentir como comenzaba el flujo de energía vital de las dos —¡Lo que pasa es que a mí me importa de verdad, no como a ti!

—Chicas, por favor… —trató de apaciguarlas, pero sin éxito.

—¡A mí me importa más que a ti! —contravino Shampoo alzando la voz —¡Tú nunca podrás ser digna de él con todo tu miedo de chica debilucha!

—¡Tú no le quieres! ¡Sólo le quieres de rebote!

—Kaiko, Shampoo, por favor, baja-

—¿¡Pero qué dices! ¡Serás…!

—¡Vosotras dos! —los tres se giraron hacia el pasillo. Allí estaba el revisor, con su chaqueta azul, su sombrero y su cara de pocos amigos. Tenía una lista en una mano y en la otra un pequeño artilugio para marcar los billetes. No hubiera resultado muy amenazador si no fuera porque andaba con la cabeza agachada para no darse con el techo del vagón. Y además, andaba por el pasillo de medio lado para poder pasar; no porque estuviese gordo, sino porque tenía unos brazos que parecían del tamaño de un asiento.

—Bien, ahora que tengo vuestra atención, quiero dos cosas —explicó con lo que debía ser la sonrisa amable de una planta carnívora y la voz de una piedra que ha visto la última glaciación —: los billetes y que bajéis el tono de vuestra pequeña disputa, ya que estáis molestando al resto de los pasajeros.

Cologne salió en su ayuda en aquel momento, entregando los billetes de todos, y pidiendo perdón por la algarabía que habían montado las chicas.

El revisor rió con sorprendente y honesta alegría al ver a Mousse enterrado entre las dos chicas y, dirigiéndose a él, dijo:

—Es bastante difícil amar a una mujer, ¿pero a dos? No te lo recomiendo chaval. Acaba con tus fuerzas.

Y continuó pasillo abajo pidiendo los billetes a los pasajeros.

—Kaiko —empezó en voz baja cuando la impresión que el revisor le había causado pasó por fin —, no tengo elección. Ninguno de nosotros la tenemos. Debemos combatir y vencer. Cualquier otra cosa no es una opción.

“Además, con esto habré cubierto mi última obligación con las Nujiezu y, si no me equivoco, con la vida también” pensó quedamente.

—Tienes razón —respondió Kaiko sin mucha energía.

—Creo que todos deberíamos intentar dormir un poco, para estar totalmente descansados al llegar allí —propuso Cologne mirando a Kaiko, Perfume, Shampoo y Ranma. Sin embargo, cuando le miró a él, hizo un pequeñísimo gesto.

Entendió y, rápidamente, puso en práctica una útil habilidad que había desarrollado gracias a la escuela del Volcán. Y es que, había una cosa curiosa cuando se entendía el flujo de la energía vital, y su capacidad de interactuar con el flujo de los demás.

Empezó a emitir una pequeñísima cantidad de su energía vital especialmente preparada para la ocasión. El flujo era tan pequeño que, de hecho, recuperaba la energía vital más rápido de lo que la emitía. Y este pequeño flujo se introducía, como un perfume, a través de los poros de los que le rodeaban sin que notasen nada.

Poco a poco, el sueño se fue haciendo con las tres chicas. Al mismo tiempo él interpretaba su papel y pareció caer en un profundo sueño. En menos de diez minutos, sin embargo, él abrió los ojos mientras los únicos sonidos que oía a su alrededor eran las respiraciones acompasadas de Kaiko, Perfume y Shampoo.

—Cologne, quisiera hablar con Ranma —comunicó a la Anciana en apenas un susurro. Ella asintió. Con mucho cuidado, se separó de las dos chicas que, aún en sueños, trataban de agarrarse a él y, con aún más delicadeza, las dejó apoyadas la una en la otra. Tan sólo unos sonidos de molestia fue su respuesta a su huida.

—Al final se calmarán un poco —le dijo con una sonrisa Cologne cuando al fin se liberó de ellas.

—Ojalá —dijo para sí.

Sólo tuvo que dar un paso para ponerse a la altura del asiento de Ranma. Se sentó a su lado, en el sitio libre, y descubrió que, de hecho, también estaba durmiendo. Le zarandeó un poco hasta que despertó.

—¡Qué no, Akane! ¡Y si te pasa algo! ¿Qué haría yo entonces?—exclamó medio dormido Ranma, consiguiendo que Kaiko y Shampoo se revolviesen un poco en su asiento.

—¡Despierta Ranma! ¡Y deja de gritar! —le ordenó entre dientes temiéndose lo peor.

—¿Eh? ¿Qué pasa? —el chico abrió por fin los ojos, y Mousse le soltó para que se pusiera derecho en el asiento —¿Mousse? ¿Pasa algo?

—No, no pasa nada —respondió en voz baja, y haciéndole un gesto a Ranma para que hiciese lo mismo —Quería hablar contigo sobre… bueno, ya te haces una idea.

Ranma se giró y observó un momento a Kaiko y Shampoo, que seguían dormitando tranquilamente la una apoyada en la otra.

—Ya me imagino, sí —rió, claramente disfrutando de no estar en su posición —. Mejor vamos al otro vagón y les cambiamos los sitios a Ryôga y Lǎo-hǔ Lán. Por si acaso —añadió haciendo un gesto hacia las chicas.

Ambos se levantaron y caminaron hasta el vagón siguiente. Allí, en la segunda fila de sitios desde la puerta de conexión, estaban sentados Ryôga y Lǎo-hǔ Lán.

—¡Hola Lǎo-hǔ Lán! ¡Hola P-Chan! —saludó Ranma con su habitual energía.

—¡No me llames así! —respondió Ryôga, también con su habitual energía, aunque la suya tenía un cierto tinte asesino.

—¿Que no te llame cómo?

—¡No me llames P-… no me llames así!

—Cómo quieras, cerdito.

—Maldito…

—¡Bueno! —una vez más, el revisor que parecía más un bulldozer que una persona les llamó la atención. Ranma, Ryôga y él se disculparon al momento. Él no había hecho nada, pero se disculpó por si acaso.

—¿A qué has venido aquí? —preguntó el chico perdido dirigiéndose a Ranma.

—Mousse y yo vamos a hablar sobre su pequeño problema de chicas, y preferimos que ellas no oigan nada.

Ryôga parecía estar intentando decidirse entre mostrarse sorprendido e incierto.

—La verdad es que sí que ha tenido experiencia en esas cosas… —le escuchó murmurar para sí mismo.

—¿Qué dices? —preguntó Ranma mientras seguía observando al revisor. Esa no podía ser una buena idea, pero no sería él quién se lo dijese.

—Digo que… si vais a hablar de eso… yo también me quedo.

Ranma se giró muy lentamente. La sonrisa que tenía pintada trataba activamente de partirle el rostro en dos, y en sus ojos danzaba una luz extraña y muy molesta.

—¿Tú quieres que yo te hable sobre chicas? —le preguntó Ranma enfatizando mucho los pronombres.

—Creo que sí… —contestó Ryôga rechinando los dientes.

—Tú, Ryôga “yo sé cómo hay que tratar a las mujeres y cuando se den cuenta de cómo soy me amarán” Hibiki, quieres que yo, Ranma “eres un aprovechado y un indeciso travestido además” Saotome, te aconseje sobre problemas con las mujeres.

—Sí… —volvió a responder Ryôga, haciendo tanta presión con sus mandíbulas que si hubiera tenido carbón a mano, se lo hubiera metido en la boca para conseguir diamantes.

—Tú, Ryôga…

—Ranma, ya está, ¿no? —le interrumpió Mousse con tono severo.

—¡Jo! —se quejó girándose hacia él —No puedes pedirme que no disfrute con esto, ¡en serio!

—No pasa nada —intervino Ryôga, un poco más relajado —. Déjale disfrutar. Hay que mantener contentas a las niñas como él cuando no tienen puestos sus preciosos vestidos.

—¡Serás…! —fue el turno de Ranma de apretar la mandíbula.

—¡Akane! ¡Perfume! —exclamó, y al momento los dos que discutían recorrieron el vagón con una mirada llena de temor. Cuando estuvieron seguros de que el objeto de su terror no se encontraba allí, le miraron a él con ansias asesinas.

—Parece que al fin tengo vuestra atención —empezó adelantándose a los otros dos —. A ver, Ranma, ¿vas a ayudarme o qué?

—Sí, sí —respondió echándole una última mirada oscura —. Y si este se quiere quedar, me parece bien, ¡pero que no moleste!

—¡Eh! Que tengo un nombre, ¿sabes? —se quejó Ryôga.

—En realidad más de uno —pudo oír comentar a Ranma, aunque Ryôga no lo debió escuchar.

—¡Bueno! —exclamó Ranma para empezar —Aunque resulte increíblemente difícil de imaginar, y de alguna manera que no me explico, vosotros dos habéis acabado con dos chicas cada uno persiguiéndoos.

Ryôga y él le dejaron claro que no compartían eso de que fuera tan difícil de imaginar.

—Sea como fuere —continuó Ranma por encima de sus quejas —, os encontráis ante una situación que os totalmente nueva, y claro, acudís al único que sabéis que os puede ayudar. Eso se agradece.

—Ni que tuviéramos elección —comentó Ryôga, borrando la sonrisa de suficiencia del rostro de Ranma.

—Si no queréis que os ayude, yo me marcho… —hizo el gesto de levantarse, Ryôga y él le agarraron cada uno de un hombro y le volvieron a sentar.

—Venga, venga —dijo Mousse con tono conciliador —. Ya sabes… que queremos que seas tú el que nos ayude.

—Ves, eso está mejor —se dirigió a Ryôga con gesto de “¡Ves, no es tan difícil!”. Ryôga le respondió con uno que prometía mucho dolor si no continuaba de una vez.

—En fin, lo primero es no hacer nada que pueda dar pie a que continúen con su pelea por vosotros —sentenció Ranma mirando alternativamente a los dos —. Eso incluye, pero no está limitado a, ceder en general a sus caprichos, abrazos, ratos a solas (aunque sean incómodos), conversaciones personales y, sobre todo, besos. Evitad los besos, ¡ya que no hacen más que traer problemas!

Vio que Ryôga se iba poniendo más y más pálido según Ranma iba enumerando cosas a evitar. Sin embargo, él perdió el color cuando llegó a lo de los besos, mientras que Ryôga lo recuperó.

“¡Evitar los besos! ¡Ni que fuera tan fácil!” se rió mentalmente. Tenía que reconocer que Ranma estaba en lo cierto; desde aquel beso con Shampoo en el bosque, todo se había complicado más y más. Y entonces estaba el beso con Kaiko en el parque. ¡Maldita sea! Se había complicado la vida de una manera asombrosa. Y todo por dos simples besos.

—Bueno, bueno —continuó Ranma con tono tranquilizador —. En realidad, esto no es lo más importante. Lo importante de verdad es no dejar que otros pretendientes se acerquen… —Ryôga y él miraron a Ranma con los ojos en blanco —, aunque pensándolo bien, vosotros no tenéis ese problema, ¿verdad?

—No nos estás diciendo más que lo que te ha pasado a ti —Ranma se mostró algo ofendido ante el comentario un poco malhumorado de Ryôga, y respondió:

—Bueno, yo trato de ayudaros como bien puedo, y esa es la experiencia que tengo.

—Para eso no me había hecho falta aguantar tu fanfarronería —continuó atacando Ryôga.

—¡Oh, vamos Ryôga, tampoco es que te fuera a ir mejor sin escucharle! —salió en defensa de su compañero de trabajo.

Ryôga admitió que tenía razón y Ranma continuó aconsejándoles.

—Bueno, aquí va mi mejor consejo. Esto es lo que me ayudó a seguir adelante siempre. Cuando nos quedamos atrapados en nuestras formas malditas, o cuando nos vimos involucrados en toda la debacle de Saffrón (3)—ambos esperaban impacientes las palabras de Ranma y éste, curiosamente, había perdido toda la pedantería para dejar paso a una versión mucho más madura de él mismo —. Lo más importante, lo que más claro tenéis que tener, es a quién queréis.

Silencio. Dejó que su cabeza colgase en concentración. Parecía algo tan simple. Sin embargo, había terminado por darse cuenta de que las cosas más simples en apariencia suelen ser las más importantes y complejas. “Saber a quién se quiere… “, repitió en su mente. Parecía tan fácil pensar en el nombre de aquella persona a la que amaba. Empezaba por “Sham-” y acababa por “-iko”. Bueno, tal vez no era tan fácil.

Pero quién entonces. Por desgracia, volvía a encontrarse otra vez en el mismo sitio del cuál había partido. Volvía a sentirse como si acabara de regresar al Cat Café de la huida que le había descubierto el Takahashi’s. “¿Amo a Shampoo?” La pregunta, meses después, volvió a congelar su mente. Aquella vez respondió con una evasiva. Esta vez, sin embargo, ni siquiera podía responderse. Sólo sabía que, fuera lo que fuera lo que sentía, era más fuerte que aquella vez. Estaba completamente colmado de sus sentimientos por Shampoo. Pero, también, de sus sentimientos por Kaiko. Y por la sensación de su inminente desaparición.

Tres fuerzas que lo dividían y lo bloqueaban. Con la última había aprendido a convivir. Sin embargo, las otras dos aún eran más fuertes que él. ¡Y todavía no tenía respuesta para ellas! ¡Había tanto que considerar! ¡Tanta importancia en cada una de sus acciones! ¿Y si se equivocaba? ¿Cómo podría vivir consigo mismo si se equivocase y terminase haciéndole daño a las dos? Era un miedo demasiado pesado.

Al final, los consejos de Ranma no le habían servido. Pero era bueno comprobar que podía contar con él si lo necesitaba.

—Gracias —dijo alzando la mirada a su compañero.

—Sí, gracias —repitió Ryôga con una sonrisa. Parecía realmente alegre y con más energía. “A diferencia de mí, él habrá alcanzado una decisión”, pensó melancólico.

—Voy… a pensar un poco más por mi cuenta —anunció mirando hacia el final del vagón. Entonces se giró a Ranma y continuó —. Díselo a Cologne de mi parte, ¿de acuerdo? Que Kaiko y Shampoo no…

—Ya, tranquilo —contestó Ranma rápidamente —. Pero no te pierdas, ¿eh? ¡Espera! ¡Si el que se pierde es P-chan aquí presente!

—¡Serás…! —pero para cuando Ryôga quiso agarrar a Ranma, este ya se había escabullido hasta la puerta del vagón por la que habían venido y la había atravesado en un abrir y cerrar de ojos. Aún así, pudieron distinguir su sonrisa llena de autosuficiencia.

—¡Un día le borraré esa sonrisa de la cara! —proclamó Ryôga, y después se lanzó a hacer planes sobre cómo llegar hasta Akari lo antes posible.

Empezó a recorrer el vagón con la mente en blanco, como si fuera en automático. Lo primero que quería hacer era encontrar un sitio en el que sentarse. Pensaría mejor si lo hacía sentado.

Mientras buscaba su sitio libre, descubrió que la mayoría de aquellas personas iban al mismo sitio que él: al monte Fuji. El tema de conversación eran los Advenimientos, y lo que cada uno creía que significaban. No fueron las ganas de contarle la verdad a la gente lo que le invadieron, sino una gran curiosidad. Además, si tenían éxito, nadie tendría porque enterarse. Y él se encargaría de que tuvieran éxito, costase lo que costase.

No, él se llenó de curiosidad al comprobar que no había dos personas iguales en aquellos vagones. De niños acompañados de sus entusiastas padres hasta ancianos que, callados, observaban pasar el país por las ventanas. Extranjeros y nacionales; hombres de negocios y vendedores ambulantes. Todos esperando, quién sabe, una revelación al llegar allí y observar aquellas luces.

Por fin, al final del segundo vagón que había recorrido, encontró un sitio. De los cuatro asientos, uno lo ocupaba un hombre de mediana edad que sonreía a una niña que danzaba torpemente entre los asientos. Al lado del hombre había varias maletas de mano amontonadas que parecían bastante desgastadas.

—Perdone —el hombre se giró hacia él manteniendo su sonrisa —, ¿este sitio está ocupado? —preguntó señalando al que le quedaba enfrente.

—No lo está —se apresuró a responder la niña —, porque mamá no ha querido acompañarnos.

El hombre soltó una carcajada alegre.

—Ahí tienes tu respuesta —le dijo haciéndole un gesto para que se sentara.

—Muchas gracias.

Se sentó con cuidado dedicándole una sonrisa a la niña. Ella se la devolvió, mostrando con orgullo su dentadura aún incompleta.

—Me llamo Naia —e hizo una leve reverencia —. ¿Y tú cómo te llamas?

—Mi nombre es Mousse —respondió con el mismo tono.

—¿Cómo eso que se come?

—Sí, como eso que se come —rió sin ofenderse. Ya se había acostumbrado a ese comentario, aunque nunca se lo habían hecho tan abiertamente.

—¿Y por qué te llamaron así? —inquirió Naia llena de curiosidad —¿Es que les gustaba mucho la mousse a tus padres?

—Bueno, donde yo nací no se come mousse, así que…

—Anda, ¿y de dónde eres?

—Yo… —se dio cuenta de que no sabía qué responder.

“¿De dónde soy?”, se preguntó. Podría decir que de China, pero seguramente sabía tanto de Pekín o Hong-Kong como Naia. No, él era de un pequeño pueblo cercano al Zhou Quan Xiang… No. Puede que su familia hubiera vivido allí, y que allí hubiera conocido a Shampoo, pero no podía decir que fuera de allí. Nunca pudo considerar aquel lugar como su hogar, pues nunca nadie le hizo sentir como si aquel fuese su hogar. El único sitio al que podía regresar para sentirse a gusto era su casa, y ese lugar ya no existía.

—Naia, hija, estás empezando a apabullar a Mousse, ¿no ves? —el padre, aún con un ligero gesto de reprobación en el rostro, seguía dando esa sensación de alegría.

—Oh, no se preocupe, señor…

—Fuyoshida Kanao —terminó haciendo una pequeña reverencia, gesto que imitó Mousse —. Como se puede imaginar, ella es mi hija. Una criatura de lo más curiosa.

Hizo un gesto de comprensión y se giro hacia la pequeña Naia.

—Me gustaría responderte, Naia-chan, pero ahora mismo no sé exactamente de donde soy —le dijo tratando de guardar la apariencia alegre.

—¿Cómo se puede no saber de dónde se es? —preguntó extrañada la niña.

Mousse pensó duramente en cómo dar respuesta a esa pregunta, pero no pudo encontrar ni la manera de empezar.

—Es… complicado —respondió finalmente Mousse vencido. Por el gesto de la pequeña supo al instante que había dicho algo que no le gustaba.

—¡Eso es lo que mamá siempre me contesta a todo! —refunfuñó cruzándose de brazos y torciendo el gesto.

—Naia, cariño, ¡no te enfades! —intervino entonces su padre con una sonrisa. Le hizo un gesto para que se acercara. Lo hizo, aunque a regañadientes, y su padre la cogió y se la sentó encima de las rodillas.

—Algunas veces —comenzó su padre mientras le hacía carantoñas en el pelo —, las personas mayores, incluidas mamá, Mousse y yo, no vemos las cosas tan claras como tú.

—Pero, ¿por qué? —insistió Naia —Es muy fácil saber de dónde se es: de allí de dónde naciste —entonces se volvió hacia él y, con gesto de entendida, añadió —. Yo, por ejemplo, soy de mi madre, ya que nací de ella.

Ambos rieron ante aquello, y como Naia no sabía de qué se reían, terminó riéndose también.

—Vale —aceptó al fin Naia cuando dejaron de reírse —, no sabes de dónde eres. ¿Y a dónde vas?

—Hija…

—Eso sí sé responderlo —se apresuró a responder antes de que el señor Kanao sintiese que tenía que frenar a su hija —. Voy al monte Fuji.

—¡Oh! —exclamó ella claramente decepcionada —Nosotros vamos hasta Osaka a casa del tío—entonces recuperó toda su energía y siguió preguntando —. ¿Y vas solo hasta allí? ¿No te acompaña nadie?

—Pues sí que me acompaña alguien. Me acompañan… —entonces se lo pensó un poco, y continuó —Me acompañan todos mis amigos.

Naia abrió mucho los ojos y articulo un “¡Menuda suerte!” lleno de envidia.

—¡Un poco sí, ¿verdad?! —rió ante la reacción de la niña —No iría a donde voy si no fuera con ellos, la verdad.

—¿Y cómo son? —preguntó ella intrigada y emocionada a partes iguales, balanceándose sobre las rodillas de su padre —¿También tienen nombres de comida como tú?

—¡No, no! —negó con una carcajada —La mayoría son japoneses como tú, así que tienen nombres normales. Y sobre cómo son… Pues supongo que podrías decir que son muy fuertes, muy nobles, muy impetuosos…

—¡Oh, oh! —Naia se emocionó mucho y se giró hacia su padre, que le devolvía la mirada con una sonrisa y un ligero asentimiento —¡Ésa me la sé! Tú me la enseñaste, papá —se giró hacia él y, una vez más, adoptó esa pose confidencial tan graciosa —. “Impetuoso” significa que es una persona que hace las cosas directamente del corazón, sin pasar por la cabeza.

Él asintió, y no pudo evitar pensar en la definición que Naia había hecho de la palabra. Casi parecía que fuera algo bueno.

—Ahora que lo pienso —continuó ella girándose otra vez hacia su padre —, ¿no somos todos impetuosos? Quiero decir, ¿quién no hace las cosas del corazón antes que de la cabeza?

El señor Kanao se rió, pero él se mantuvo en silencio, ponderando aquellas palabras que habían comenzado tan inocentemente. Poco a poco, sin embargo, le estaban descubriendo algo que, a pesar de sus nuevas lentillas, al parecer le había pasado por delante sin que se diese cuenta.

—Naia, no siempre se pueden hacer las cosas desde el corazón —le explicó con una sonrisa el señor Kanao a su hija.

Y, evidentemente, estaba en lo cierto. Había tantas cosas que considerar, tantos motivos por lo que pensar dos veces antes de actuar y de hablar. La gente cercana a él era demasiado importante como para actuar impulsivamente, sin pensar. Y puede que actuando así consiguiese algunas cosas que quería, pero, ¿a costa de los demás? No era así. Ya no era así.

Ya fuera como un Nujiezu o como una persona que se había hecho una promesa, tenía una forma de pensar y actuar. Lo único que tenía que hacer era elegir entre una de las dos. Y entonces, cargar con lo que cada una conllevaba.

—Pero, ¿por qué no? —insistió la niña.

Pero, ¿y si no tuviera que elegir? Y si hubiera otra manera. De manera que no dudara de dónde es; de manera que, aún con pesar, pudiera elegir; de manera que pudiera, por fin, sentirse dueño de sí mismo y pudiera afrontar la muerte sin ningún remordimiento.

¿Podía vivir, simplemente, según lo que el corazón le dictaba? Y liberarse al fin, de una vez por todas, de los restos de la extinta —y ahora sabía, irracionalmente fundada —cultura Nujiezu. Y liberarse también de una promesa lanzada al viento, tal vez, con más teatro que sentimiento.

—Naia, cariño —empezó una vez más su padre —. Lo importante, al fin y al cabo, no es que hagas las cosas de la cabeza o del corazón. Lo importante es que, hagas lo que hagas, todo lo hagas desde ti mismo, y no desde lo que otras personas crean, o digan, que debes hacer. Que no te dejes llevar por modas o por las apariencias, o por alguna supuesta “conducta mejor” que haya por ahí. Al final, lo importante es que seas protagonista de tu propia vida, ¿verdad Mousse?

Su inclusión en la conversación le pilló de sorpresa e, impresionado por las palabras de Fuyoshida, aún pensando en ellas, respondió distraídamente.

—Sí, tiene toda la razón, la verdad.

—¿Ves, Naia? Eso es lo importante.

—Vale, papá —y dándole un abrazo, le instó a que continuase rascándole la cabeza cariñosamente al tiempo que dirigió su atención hacia el paisaje que pasaba por la ventana.

Y mientras, él continuó pensando en las palabras que el padre le había dedicado a su hija. “‘Lo importante es que, hagas lo que hagas, todo lo hagas desde ti mismo…'”, se repitió mentalmente. Parecía un consejo de lo más simple. También parecía el tipo de cosa que nadie conseguía hacer.

Y repasando su vida, desde su primera pelea con Shampoo hasta la bizarra situación amorosa en la que se encontraba en aquel momento, se dio cuenta de que, al paso de los años, había dejado de comportarse según lo que le dictaba su propia alma.

Primero, se había dejado subyugar por las leyes de las Nujiezu. Tal vez no había tenido opción y para poder cortejar a Shampoo debía haber hecho lo que hizo. Pero, tal vez, no hubiera hecho falta cerrar una parte de sí mismo para conseguir a su amor. Tal vez hubiera podido buscar otra manera. Tal vez no hubiera tenido que sufrir la humillación.

Pero, cuando se decidió a seguir adelante de esa manera era joven, y no tenía sentido reprocharse por lo que hizo entonces. Sin embargo, después, cuando viajó a Japón, podía haber cambiado. En un nuevo terreno, lejos del ambiente opresivo de la aldea, podría haber buscado un camino distinto, ayudado por su conocimiento de Japón. Y cuando conoció a Ranma, debió darse cuenta de la situación que le favorecía y que se disponía a ayudarle. Tal vez hubiera podido pactar con Ranma una manera de conseguir a Shampoo. Incluso, al principio, el chico estuvo de acuerdo en hacer eso mismo.

Sin embargo, una vez más, no cambió, y continuó siguiendo las leyes que ya aborrecía. Viéndolo en retrospectiva, no podía encontrar ni una razón lógica para su comportamiento. Hizo absolutamente todo lo que no debió hacer.

Y aún así, poco a poco, los cambios que no hizo se hicieron con él. Paso a paso, encontró un territorio común con su rival: Herb y Saffrón (3) resultaron ser los catalizadores necesarios para unas treguas, que si bien momentáneas, también suficientes para fundamentar una amistad, o, más bien, una camaradería.

El último catalizador fue el meteorito, o Erra. Aquello le impulsó a deshacerse definitivamente de las leyes Nujiezu; sin embargo, aún cuando todavía se estaba sacudiendo los restos de aquel yugo, se impuso uno nuevo. Una promesa por la que había vuelto, y desde la que, viéndolo fríamente, todo se había complicado de una manera endiablada.

Y ahora, sentía que el fin de ese viaje se le había descrito como una leyenda que resultaba ser una simple realidad. Había tropezado, por pura casualidad, con la respuesta que tanto había buscado.

“Nada de leyes ni promesas. Tan sólo he de buscar aquello que sienta no haya encontrado. Simplemente, dejarme llevar por el corazón, como cuando me enamoré de Shampoo”, se resumió mentalmente, y al momento se sintió más ligero de lo que nunca lo había estado. Y pudo notar que, sin ni siquiera pensarlo, una sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Por qué sonríes? —le preguntó la niña con cara de confusión.

—Porque, finalmente, ya sé de-

—”Pasajeros con destino la ciudad de Fujiyoshida, la Línea de Panorama de Fuji o alguna de las líneas del sur del Monte Fuji han de hacer ahora el trasbordo en Ôtsuki. Pasajeros con destino…”

—Ésta es mi parada entonces —anunció Mousse poniéndose rápidamente en pie —. Tengo que irme.

Naia se quejó sonoramente y su padre le apretó el hombro y le dedicó una sonrisa. Entonces, se agachó hasta quedar al nivel de la niña, y una sonrisa se dibujo en su rostro al ver su gesto de obstinación.

—Muchas gracias por todo —dijo, y le dio un beso en la frente —. Yo vivo en Nerima, en un lugar llamado Cat Café. Cuando volváis a pasar por Tokio, buscadme por allí, ¿de acuerdo?

—Um… De acuerdo.

—”Espero todavía estar allí cuando te pases, Naia”, pensó Mousse al dirigirse a toda prisa al vagón donde estaban los demás.


(1): Normalmente, hasta donde yo sé, los japoneses utilizan la expresión “Moshi moshi” para responder al teléfono. Sin embargo, prefiero un texto más correcto aunque pueda ser menos informativo.

(2): Para aquellos que se pregunten si el mensaje es correcto o no: no lo sé. He perdido suficientes horas en intentar comprender cómo funciona el sistema de transporte público japonés, y aún más con dónde demonios están las estaciones. Hasta donde he conseguido entender, ese tren existe, y el cambio sería el más razonable. Eso sí, el número del tren ya ha sido un invento mío, y tampoco puedo asegurar que existiese en la época de la serie (principio de los 90). Finalmente, no he llegado a entender como están las estaciones en Fujiyoshida, así que tampoco puede asegurar nada por esa parte. Si alguien tiene información fiable sobre todo esto, me encantaría corregir esta parte para que fuera coherente con la realidad.

(3): Posiblemente los dos mejores arcos argumentales de todo el manga que, por desgracia, nunca fueron animados. Tal vez por eso no son muy utilizados en el fandom. Realmente son la mejor carta para entender la serie con ese lado algo oscuro que brilló por su ausencia en el anime.


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

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