Viejos recuerdos (I)

Tras haber escapado de un matrimonio de pesadilla y de su tierra natal, nunca pensó que tendría que volver a verla. Y sin embargo, sus viejos recuerdos reaparecen un día que visita el dojo Tendô.

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Ocurre a los 26 años y medio.


Viejos recuerdos (I)

Apenas podía creer que, una vez más, estuviera delante de la puerta del dojo Tendô.

El sol de verano le pegaba en la cara con una fuerza inusitada, y sentía su pelo arder. Pero aún así, una sonrisa pintaba su rostro y escondía sus gafas cuando Ranma, casi sin esperar ni un segundo para saludarle, le abrió la puerta.

—¡Ya era hora de que te presentases! ¡Estaba a punto de ir a buscarte! —dijo mientras desaparecía a toda prisa por el pasillo, y él mismo se tuvo que encargar de cerrar la puerta tras de sí y buscar unos patucos limpios.

—Sabes de sobra que no quería dejar a Kaiko sola después de la operación —respondió con paciencia.

—¡Bah! ¿La operación? —se rió Ranma desde algún lugar —Ha pasado casi medio año desde eso. Lo que pasa es que ahora que no se puede mover querías intentar convencerla de que te amara.

—Ya nos amamos —respondió simplemente, aunque con un deje que sabía no tenía por qué emplear.

—No le hagas caso, Mousse —en el cuarto de estar, sentada, guapa y muy embarazada, Akane sonreía a través de su dolor de espalda —. Por mucho que pase el tiempo, parece que ese bocazas nunca va a aprender a pensar antes de hablar.

—Habló aquí la marimacho que parece un globo hinchado —Ranma había aparecido por la misma puerta por la que había entrado él, ya hombre, pero igual de insensible.

Akane tan sólo respondió con el sonido del crujir de sus nudillos.

—No podrías darme ni aunque me quedase quieto —rió Ranma.

La madre de su futuro hijo cerró los ojos, como concentrándose, y entonces, le lanzó una mirada tan llena de dulzura e inocencia que hubiera vuelto diabético a un muerto.

—Ranma —tarareó Akane, y el susodicho hizo una mueca de dolor —, tengo un pequeñísimo antojo. Algo nimio. Casi ni se puede llamar antojo.

—¿Qué es? —preguntó con miedo. Mousse apenas podía aguantar la risa.

—Un poco de helado.

—¿Eh? Creo que tenemos un poco en el congelador —aventuró Ranma, más tranquilo, poniéndose en pie.

—Pero no de ése —le cortó Akane —. Del que venden en la tienda de al lado, el de nueces con straccatella.

—¿Nueces… con straccattela? —repitió Ranma —En la tienda de aquí al lado no venden ningún helado así.

—¿La tienda de aquí al lado? —rió entonces Akane, y lo hizo con verdadera maldad —No, no. En la tienda de al lado de la torre de Tokio. Aquella donde me compraste helado cuando fuimos a verla.

Ranma abrió los ojos al máximo e hizo un sonido de sorpresa.

—No…

—¿Por favor? —le presionó Akane con su dulzura e inocencia, y Ranma no pudo hacer otra cosa más que ceder.

—De acuerdo. Pero tengo que cambiarme.

Ranma desapareció del salón como el rayo y Mousse le preguntó a Akane por qué iba a cambiarse.

—Aún, con su edad, sirve para que le den más helado por el mismo precio.

—Oh —no debería haberle extrañado. Ranma parecía no envejecer en su forma femenina, a pesar de que hubiera crecido unos centímetros —. Por cierto, ¿y el resto de la familia?

—De vacaciones. Nabiki decidió que no podía aguantarnos más de padres primerizos y que se tomaría unas vacaciones. Y ya sabes cómo se lían las cosas en esta casa. Al final, se fueron todos menos nosotros.

Rieron, Mousse al imaginarse a Nabiki haciendo las cuentas, y Akane porque la había visto haciendo las cuentas.

—En fin, viéndonos así, nos dimos cuenta de que hacía mucho que no te molestábamos, y te llamamos.

—¡Uy! A lo mejor me marcho —bromeó.

—Bueno, ya estoy —ambos se giraron hacia Ranma, que en su forma de mujer llevaba puesto un traje de estampados florales, con falda abierta y zapatos y pamela a juego que le hacían parecer sacada directamente de la portada de un CD de alguna idol.

—Ya puedes marcharte, que yo me quedo con tu mujer para cuidarla bien —rió, y Akane se le unió al ver que Ranma pasaba por la sorpresa, la confusión, la ira y, finalmente, la realización de que todo era una broma.

—Dudo mucho que tú solo seas capaz de cuidar bien de ésa.

Las palabras enfriaron el ambiente y pusieron en tensión a los tres. A Mousse, además, hicieron que un escalofrío le recorriera la espalda. Durante casi seis años y medio había esperado no tener que volver a escuchar esa voz. Y ahora…

—¿Shampoo?

—Sí —respondió con un tono glacial, y echando abajo la puerta de papel que separaba el salón del jardín y el pequeño estanque del koi, se presentó ante ellos, con una espada en una mano y un mapa en la otra.

—¿Me recuerdas… airen?


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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