Condena: Realidad

Otro texto viejuno de esos enterrados en las primeras páginas del cuaderno de notas. No sé cuánto hace que lo escribí, pero sí sé qué sentimiento lo permea: tedio.

Condena: Realidad

Después de una de estas noches de abejas zumbando en panales oscuros y besos infinitos al otro lado de la realidad, una y preocupante sensación invade mi ánima.

La sensación de que se repiten los rostros desinteresados, las presentaciones no bienvenidas y las conversaciones condenadas al fracaso desde su propio parto. El tedio ante un nuevo descubrimiento intoxicado, la desilusión ante la posibilidad de descubrir las fotos colgadas en su habitación. El cansancio, en resumen, ante la llegada de la novedad encarnada en esos ojos azules.

Antaño lo que fue fuente de inspiración, hoy queda como el trámite, necesario pero no querido, para poder acceder a los tesoros que no se quedan cerca. Cordialidad y mentira, impaciencia y cortesía, y todas las razones cruzadas que se puedan imaginar colorean esos minutos de necesidad social.

Y poco a poco, mi alma de animal social va perdiendo la batalla sin saber siquiera el por qué. Ya son años de noches y zulos en los que no oír de que se habla, de luchar con las armaduras brillantes de cientos de animales que buscan, aún con más desesperación, acallar los ecos de sus faltas con los ecos de otra persona.

Incapaz de sentir mi propia mano derecha, me rindo pues al ritmo descompasado del ambiente viciado de esos lugares jamás olvidados. Ése ritmo se lleva consigo el resto de sonidos que ya no llegarán a martillear mis oídos, y aunque en mi cabeza silbo de rabia, no llego a descifrar lo visto y a convertirlo en un sonido como hacen aquellos que son listos.

Y llega la vuelta, el descanso, a veces obligado, del techo desconocido, sí, pero menos que el resto. Si el corazón al fin se para y se apaga el universo, alcanzan al fin a registrar las imágenes impresionadas en el fondo de mi pupila. Y un nuevo escalofrío sacude los huesos de ese esqueleto que ha perdido la sangre y la capacidad de imaginar.

Queda, tal vez, la mancha difusa de aquel abrazo a la luz de luna que pude robarle al destino con mirada agitada y un bolso ecológico chillón y lleno de ilusión. Tan mío como el aire que respira, ese sueño de realidad no es más que el reflejo forzado de aquella vieja propuesta mental que nunca logré realizar.

Y sin embargo, ¡cuántas horas de ilusión se han llenado con la simple percepción mental de hacer eso realidad! Vivir, si a eso lo llamamos respirar, comer y morir, nunca pudo ser tan placentero como cuando ocurre según los designios del dios creador que todos llevamos dentro. Por qué, pregunto entonces, ha de ser malo llevarse tiempo en ese estado.

Tal vez, sólo tal vez, porque ningún intelecto humano será nunca capaz de imaginar otro como él mismo. Y nunca serás dios hasta que puedas crear otro que reniegue de ti.

Así, queda vista para sentencia la débil complacencia de sentirse solo y loco en el mundo de los vivos, y disfrutar sólo en solitario en la tierra de los muertos que tienen vida por la imaginería arcana. Queda vista y juzga como condena la resurrección inmediata del acusado, para que se descubra la realidad tirana. Pero también sana que nos da tiempo para vivir, doler y descubrir, en una de esas oportunidades, aquel intelecto real que nos lleve a descubrir nuestro gusto innato por la realidad.

O morir, una vez más, desde el corazón hasta la cabeza.

Pero nunca dejarnos impasibles.

Nunca inamovibles.

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