Despedidas (I)

Con casi 24 años, Mousse asiste, esta vez, como espectador a la separación de dos grandes amigas. Aún así, él trata de ayudar como buenamente puede.

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Ocurre a los 23 años y 11 meses.


Despedidas (I)

El sol definitivamente fue más intenso aquel día que ningún otro del año.

Bajo su intensa mirada, ni siquiera su pantalón vaquero corto y su camisa de rayas eran prendas lo suficientemente frescas como para que estuviese cómodo. Tampoco ayudaba el hecho de que llevara más de tres horas bajando cajas por tres pisos, sin apenas poder ver las escaleras, y luego tener que meterlas en una furgoneta bajo ese sol.

De hecho, estaba metiendo una que pesaba como un demonio y acordándose de todo el tiempo que llevaba sin entrenar cuando sintió de repente el contacto de algo helado con su nuca. Lanzó un grito de impresión (un pelín demasiado afeminado para su gusto) y, aún sin saber si sentirse agradecido o enfadado, se giró.

—No pensé que oiría un grito así de ti —confesó riéndose Kaiko al tiempo que le ofrecía una botella de agua.

—De hecho, no lo has oído —le amenazó tomando la botella y dando un buen trago.

—¡Uy, qué miedo me das, señor “no puedo con unas miserables cajas”!

—¡Eh! Estas cajas pesan como el demonio —respondió ofreciéndole una. Ella se negó a cogerla.

—Bueno, con esta caja que no pesa nada pero que no has querido coger ya se ha terminado la mudanza, ¿no? —preguntó, dejando la caja de nuevo en su lugar en la furgoneta.

—Sí —respondió ella, y la melancolía fue la nota dominante en su voz. Ella levantó la mirada hacia el edificio que era su residencia, y Mousse se fijó en una foto que tenía en las manos.

—Esa foto debe ser de hace mucho tiempo —aventuró.

—En realidad, no lo es —respondió Kaiko. Le acercó la foto y le señaló unos números en la parte inferior.

La escena de la foto no era sino la habitación de Kaiko. A diferencia de la actual, las paredes estaban totalmente desnudas, el armario en el lateral, medio abierto y totalmente vacío. De hecho, la cama al estilo occidental ni siquiera tenía sábanas o manta.

Lo único que había era un montón de maletas, y dos chicas sentadas encima de ellas. Una era una Kaiko algo más joven que la actual, pero con la misma sonrisa del tamaño de la luna creciente pintada en la cara. La otra era una chica morena, algo pálida y pose encogida. Era, en casi todo, una chica absolutamente normal. En casi todo excepto en la sonrisa, que, como la de su compañera, iluminaba la habitación.

Los números de la parte inferior eran, de hecho, una fecha. Más o menos, dos años atrás.

—¿Ella y tú os conocisteis el curso pasado? —preguntó muy sorprendido.

—Ya ves —rió Kaiko —. Dos años han sido más que suficientes para hacernos así de amigas.

—Apenas puedo creérmelo.

—Yo tampoco. ¿Pensar que se marcha? Si me lo hubieran contado, hubiera pensado que me estaban tomando el pelo. Pero así es.

—La vas a echar de menos, ¿verdad? —diría que sabía la respuesta, pero a veces había que hacer preguntas de las que se sabía la respuesta.

—Más bien voy a llorar, ya te aviso. Así que ya puedes ir preparándote —dijo sonriendo, aunque había un toque verdaderamente triste en su expresión.

—Tal vez deberías hacerle algo, a modo de despedida…

—¡Ella ya lo ha hecho! —exclamó, de nuevo, tan ilusionada como triste. Le volvió a tender la foto, pero esta vez, por el anverso.

En símbolos juguetones y llenos de colores, rodeados por todas partes de rostros haciendo muecas, había un mensaje escrito con mucho cuidado.

Puede que me vaya a la otra punta del planeta, y puede que las llamadas hasta allí estén por un ojo de la cara. Pero, mientras tengas esta foto siempre podrás recordar toda la emoción y (sí) el miedo de una aventura que comienza. Gracias por todo lo que me has enseñado. De alguna manera, estaremos en contacto.

—Es duro. Como si una parte de ti mismo se separara sin pedir permiso a las demás. Como si, de repente, lo que has sido durante tiempo dejara de tener sentido, y tuvieras que buscarte una nueva manera de ser, un nuevo lugar en el mundo —le dijo ella al oído abrazándole —. Pero nos podemos comunicar. Y yo… te tengo a ti.

—Gracias.

—Tan sólo espero que ella encuentre a alguien.

—Ella ya tiene a alguien —respondió sonriendo, abrazándola con fuerza —. Tan sólo necesita un tonto que le dé unos buenos problemas. El tipo de problemas que hace que te olvides del resto de problemas.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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