Remordimientos

Remordimientos

En un momento, estaba al lado de Akane, dejándola suavemente tumbada en el suelo.

—¡Maldito monstruo! —bramó Ranma girándose hacia Satsujiro.

—No me culpes a mí —contestó —. Eres tú el que no está luchando al cien por cien aunque acabe de matar a tu padre.

—Maldito…

—Ranma —el susodicho se giró hacia Akane, la preocupación pintada en la cara, y ella hizo un esfuerzo por sonreírle. La expresión de dolor que puso, sin embargo, no hizo nada por calmarle.

—No intentes… —comenzó Ranma.

—Escucha, Ranma —le cortó Akane con una mirada de determinación que le devolvió a Jusendo —, esto no es nada. Puedo aguantar esto. Sé que no te va a gustar esto, pero tienes que… arrancar esta daga.

—Yo no haría eso —intervino de nuevo Satsujiro, meneando el dedo índice con insufrible parsimonia —. Esa daga está conectada con mi energía vital. Seguirá adentrándose en su pecho a menos que…

—¿A menos de qué? —se apresuró a preguntar Ranma.

—A menos que yo muera —terminó Satsujiro triunfante —. Así que ya ves, Ranma. La única manera de salvar a tu prometida es que me venzas de la manera más absoluta. ¿Estás preparado para eso?

Se irguió y se giró hacia su rival. Se hizo sonar los nudillos, y luego, el cuello también. Dejó que toda su energía fluyera y, por un momento, dejó que un aura de concentración lo rodease. Finalmente, entró en su posición relajada, casi natural.

—¡No, Ranma! —giró un poco el cuello y vio que Akane hacia esfuerzos por levantarse mientras se zafaba de Nodoka y Kasumi —¡Tiene que haber otra manera!

—¡No! —exclamó volviéndose de nuevo hacia Satsujiro —¡Quédate atrás! ¡Ya lo he hecho una vez y lo haré volveré a hacer si hace falta!

—Eso es lo que quería oír —se relamió su rival.

—¿Querías una lucha? Pues la vas a tener.

Se lanzó hacia él como un rayo. Ya no había ninguna razón por la que contenerse. Era un todo o nada que no estaba dispuesto a perder.

Los puñetazos y las patadas, las contras y las evasiones. El espacio entre ellos se convirtió en una nube de golpes y contragolpes prácticamente indistinguible. A cada movimiento, el sonido sordo del aire intentando escapar fue llenando la sala de entrenamiento hasta que, de repente, un chasquido de tremenda fuerza rompió el equilibrio, y los luchadores se separaron.

Ranma estaba bien. Satsujiro se agarraba el hombro.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! —exclamó Satsujiro con lo que debía creer era satisfacción, aunque a él le parecía ansia asesina.

Se palpó un momento el hombro y, de un violento movimiento, deshizo su trabajo poniéndose el hombro de nuevo en su sitio. Ni siquiera hizo un gesto de dolor.

—La lesión más común de mi vida —explicó, seguramente al ver la sorpresa que no había podido esconder.

Si eso no había dado resultado, había llegado el momento de usar su arma definitiva.

—Por cierto —intervino su rival —, te aviso que apenas te quedan diez minutos antes de que mi daga perfore el corazón de tu prometida, ya sabes, matándola y eso. Morir o matar, ¿recuerdas? —concluyó poniéndose en posición defensiva con una sonrisa predadora en el rostro.

¡Al demonio con sus reticencias! Iba a matar a ese tipo con el Hyriuu Shoten Ha aunque fuera lo último que hiciera en la vida. Lo primero era lo primero, sin embargo.

—¿Tú? ¡Tú no matarías ni a una mosca! —comenzó poniendo la pose más altanera que pudo conseguir —Pero si eres un débil. Apenas he sentido tus golpes. Parecían los de un niño de tres años. ¡No! Los de una niña de tres años.

—El cadáver de tu padre no dice lo mismo —respondió, y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no arder de rabia. Era demasiado importante que se mantuviera compuesto. La vida de Akane estaba en juego.

—¡Bah! Eso ha sido a traición. Apenas me has tocado en la pelea. Eres demasiado lento —continuó.

—No necesito ganar. Me vale con que tú pierdas.

Pronto se dio cuenta de que no estaba usando el tema adecuado. Satsujiro debía pensar sinceramente que iba a ganar, y por ahí no iba a conseguir encenderle. Pensó. Repasó mentalmente todo lo que había dicho su rival desde que había llegado. Todo lo que había dicho. Y se dio cuenta.

Se sintió enfermo al pensar en lo que iba a hacer.

—Sabes, creo que empiezo a recordar a tu familia —mintió con un nudo en el estómago —. Y diría que eres clavadito a tu padre.

—¿¡Qué!

—Sí, como dos gotas de agua. Incluso te acobardas igual que él.

—¡Yo no me parezco a mi padre! —bramó su rival, y así, comenzó la espiral de odio.

Por suerte, no parecía que Satsujiro supiera en qué se estaba metiendo, así que continuó echando leña al fuego, acumulando energía.

—¡Hay que ver, también te enfadas igual que él! Sí, recuerdo que hizo lo mismo cuando mi padre no quiso ocuparse de ti.

—¡Maldito mentiroso!

Gracias a que ya tenía experiencia con el Hyriuu Shoten Ha, pudo echar una mirada hacia su familia y la de Akane, constatando que se alejaban un poco. Seguro que Akane les había avisado a todos de lo que estaba planeando. Incluso su madre arrastraba el cuerpo de su padre entre sollozos.

—¡Estate atento a la lucha! —exclamó su rival, introduciéndose momentáneamente en sus defensas. Aguantó el puñetazo al estómago sin perder el paso en la espiral y recobró la ventaja en su defensa.

Contó los pasos que le quedaban. Menos de diez. Y también calculó que le quedaban algo más de cinco minutos antes de que esa daga asesina atravesase el corazón de su prometida.

—Sí, eso mismo dijo tu padre —respondió, liberándose absolutamente de toda su agresividad —. Por desgracia para él, nunca nos alcanzó con uno sólo de sus puñetazos. Tan sólo con sus míseras súplicas.

Tres pasos.

—¡Maldito!

Un paso.

—¡Ya eres mío!

Y entonces, se cerró la trampa. Su gancho helado impactó contra la ira caliente de su rival, creando un pequeño tornado que destrozó el tejado del dojo y mandó a volar con tremenda fuerza a Satsujiro. Tejas rotas, trozos de vigas e infinitos maderas rotas sobrevolaron a Ranma en el centro de la destrucción. Rápidamente se apartó antes de que el tornado se disipase y comenzase la lluvia de escombros.

Entonces fue cuando Satsujiro impactó contra el dañado suelo del dojo, recibiendo de pleno la lluvia letal, además del golpe sensacional. Tras un par de alaridos de dolor horribles, Ranma se acercó a su caído contrincante para observar qué había conseguido. No le gustó lo que vio. Una madera rota sobresalía ensangrentada de su muslo derecho, casi con toda seguridad atravesándolo por completo. También tenía un trozo de teja en forma triangular clavado en la mano derecha, y un pequeño hilo de sangre le recorría el brazo izquierdo, perdiéndose entre sus ropas.

Se maldijo a sí mismo.

—Tiene que haber otra forma —murmuró para sí, girándose.

—¡No hay otra forma! —exclamó su rival con voz nasal.

—No pensaba que fuera a perder… —continuó cuando centró toda su atención en él —No me esperaba algo como esto. No entraba dentro de mis planes. No estaba en mis observaciones.

—¡No tengo tiempo para esto! ¡Detén lo que estás haciendo a Akane! —apenas tenía unos minutos.

—¡No! ¡Puede que haya perdido, pero tú no vas a escaparte de rositas! —apenas podía moverse, pero hizo un esfuerzo evidente por enderezarse un tanto —¡Tú también eres parte de la razón por la que mi vida se convirtió en un infierno! ¡Ahora mancharás tus manos de sangre! La pregunta es, ¿será mi sangre, o la de tu prometida?

Y se quedó allí, sonriendo a través de su dolor y la sangre que manchaba sus dientes, pareciendo incluso satisfecho con la situación.

—Pero un artista marcial… Su deber… Matar a sangre fría no es… —murmuró para sí, horrorizado ante la situación.

Tan sólo un grito de dolor de su prometida consiguió que apartase su mirada de Satsujiro. Al girarse descubrió que el traje de Akane se había tornado carmesí alrededor de la daga. Estaba apoyada contra el señor Tendô y Kasumi, claramente agonizante.

Buscó en los rostros de todos algo, cualquier cosa. Una mirada, un gesto, una idea. Algo. Tan sólo podía pensar en el tiempo que tenía. En mancharse las manos de sangre. En matar, a sangre fría por primera vez. Y en la sangre en el vestido de Akane.

Y en ver morir a Akane.

No había elección que tomar.

Recogió una madera especialmente puntiaguda y casi se transportó hasta Satsujiro, que había conseguido quedar sentado en el suelo.

—¿Algunas últimas palabras? —preguntó con voz ronca.

—He ganado —respondió con una sonrisa ya totalmente ensangrentada.

Y con pasmosa facilidad, atravesó el corazón de su hermanastro asesino, viendo como la vida escapaba de sus ojos.

Sin embargo, a quién oyó gritar fue a Akane.

Al girarse, un chorro de sangre escapó de la boca de su prometida, convulsionándose. Arqueó la espalda y, aún con expresión de sorpresa, quedó totalmente tendida en el suelo. Un ligero reguero de sangre escapando de su boca, los ojos aún muy abiertos.

Y así, expiró.

Sus piernas no pudieron sujetarle. Cayó al suelo y, cubriéndose el rostro con las manos, dejó escapar lo único que su mente era capaz de articular.

—Me… ¡Me ha mentido!


Nada. Nada más que tierra mojada.

Dada la incomodidad en su pecho y la humedad en todo su cuerpo, se había transformado en mujer.

No podía importarle menos.

Dejó que su mirada se perdiese en aquel maldito agujero.

Agarró la pala que le pasó el señor Tendô. Dio los pasos más dolorosos de su vida y, de un potente y `penoso movimiento, comenzó a cubrir ese maldito agujero con tierra.

Palada a palada, gota a gota y lágrima a lágrima, la madera fue desapareciendo hasta que, finalmente, la negrura también desapareció. Al final, lo único que quedaba a su vista era la piedra marmórea. Su epitafio.

“Querida hija, amada hermana y pretendida mujer.”

Observó aquellas palabras. De alguna manera, no podía entender lo que acababa de leer. Era demasiado irreal, demasiado absurdo para su corazón todo lo que había sucedido. En el mismo día, había tenido que enterrar a su padre y a…

—Hij…Hijo, vas a enfermar como sigas así —se giró hacia su madre, y recordó cuánto se parecía en su forma maldita a ella. Si se parecía a ella en algo en aquel momento, podía entender por qué todo el mundo había estado callado a su alrededor.

Su madre parecía decrépita; un esqueleto sin vida, vacío, que se movía a base de hábitos.

Casi volvió a ponerse a llorar al verla.

—Vale, madre —tomó el paraguas que le ofrecía y lo abrió sobre si mismo, y aunque la lluvia dejó de golpearle, nada cambió.

Fue el turno de Ryôga y Mousse de acercarse. Al principio no dijeron nada. Ryôga lloraba abiertamente mientras Mousse mantenía un respetuoso silencio. Sin embargo, pronto se cansó de esa situación.

—¿Qué ha sido de Kunô? —preguntó sin verdadero interés.

—Se ha vuelto loco del todo —respondió Ryôga sin dejar de mirar la lápida —. Al menos, eso es lo que he oído.

—Ranma, no conocía mucho a Akane Tendô, pero lo siento mucho —se sinceró Mousse, que por una vez, había acertado a mirarle a él —. Lo siento de verdad.

—¡Yo… no puedo! —como suponía, Ryôga salió corriendo en una dirección aleatoria. Al cabo de unos minutos, un enorme Rugido del León Asesino, mucho mayor que el que venció una vez, tomó los cielos, consiguiendo que apartase la mirada de la lápida por un momento. Y entonces, al caer, el suelo tembló.

—Voy con ese cabeza hueca —oyó que decía Mousse. No se giró ni para decirle adiós.

Por un momento, recordó aquella batalla. De la misma manera que Akane casi fue su perdición al principio, ella se convirtió en su salvación al final. Significaba tanto para él. Y ahora…

—¿Ranma? —se giró ante la voz de Nabiki. Honestamente no podía decir que estuviese mejor que su madre o él. Parecía que lo único que la mantenía entera era su propia fuerza de voluntad.

—Dime, Nabiki —respondió girándose de nuevo.

—Papá, Kasumi y yo vamos a acompañar a tu madre a casa. Si quieres quedarte…

—Sí, me gustaría quedarme un rato más —se adelantó a la que ya nunca sería su cuñada.

—De acuerdo.

En la lejanía pudo escuchar las voces de su madre preguntando por él y la de Nabiki calmándola. También escuchó a Shampoo y Utchan hablando con Kasumi. Apretó los dientes y fijó aún más si era posible su mirada en la lápida.

No podía pensar en ellas. Pensar en Utchan o Shampoo le llevaría irremediablemente de vuelta a Akane. A todas aquellas peleas sin sentido que habían tenido por su continua indecisión. Por la indecisión que le había costado la vida.

“¡Maldita sea!”, juró para sí. “¡Maldita sea mi indecisión, mi incapacidad de tomar decisiones!”. Tal vez, si hubiera hecho caso a sus reticencias sobre Satsujiro. O si hubiera hecho caso a sus instintos. O, incluso, si hubiera decidido acabar con él en cuanto mató a su padre. Tal vez…

Por fin, supo que estaba solo, y se dejó caer al suelo, apoyándose en las rodillas y soltando el paraguas. La foto de Akane que presidía su lápida le miró justo a los ojos, y por un momento, sintió arcadas. Sabía lo que aquella mirada le estaba diciendo. Le estaba acusando de asesino. Le decía que ella podría seguir viviendo si no fuera por su cobardía.

Y se sintió enfermo, porque sabía que era verdad.

Siempre igual. Siempre buscando una manera de escapar, de evitar la responsabilidad, el momento de la decisión. Arrastrando los pies hasta que no había vuelta atrás. Y después, a intentar correr más que sus problemas.

Se parecía más a su padre de lo que quería aceptar.

Miró hacia arriba, y la lluvia le golpeó con toda su fuerza.

Ya no más.

Su vista cayó hasta sus manos, y entonces lo vio. Estaban llenas de sangre. No había lluvia en el mundo ni lágrimas en su cuerpo para lavar sus manos. La sangre de su padre, de Satsujiro… de Akane. Toda estaba mezclada, y le daba más náuseas al pensarlo.

Satsujiro… Verdaderamente había ganado. Puede que no hubiera podido terminar su venganza matándole a él también, pero le había dejado en una situación aún peor. Quienquiera que le hubiera entrenado, había hecho un buen trabajo.

Podía perseguir su propia venganza. Buscar a los que habían convertido a Satsujiro en un asesino y devolverles el favor. Y daría lo mismo cuán fuertes fueran. Acabaría con ellos uno a uno, hasta que por fin sintiese el vacío de su corazón desaparecer. O, al menos, retroceder un tanto hasta que no pudiera sentirlo.

Pero, en realidad, no tenía sentido. Lo que quería era que aquello no se repitiese, y buscando venganza sólo conseguiría lo contrario, por muy satisfactoria que le pareciese.

Nadie más moriría. Nadie más sufriría. Encontraría el modo de evitar que algo como lo que le había ocurrido a él le pasara a nadie más.

¿Qué podía ser? Pensó durante un largo rato. Por desgracia, nada le venía a la mente. Irónicamente, sin Akane, alguien a quién proteger y con quién pelearse, se sentía perdido.

—Perdone, señorita —se enderezó y se giró hacia la mujer policía que le hablaba debajo de un paraguas. Iba enfundada por completo en el atuendo típico de la policía de Tokio, pero lo que realmente le llamó la atención fue su largo pelo negro. Casi parecía poder ver destellos azules escapando de aquella larga melena.

—Sí, ¿qué pasa? —intentó limpiarse un poco la cara con la manga de su camisa, hasta que se dio cuenta de que estaba empapada.

—Mi nombre es Miyuki Kobayakawa y pertenezco al cuerpo de policía de la estación Bokuto —explicó con una ligera inclinación —. Yo… La vi ahí, en el suelo, y quería saber si había alguna manera de ayudarla.

—Yo… —no quería relatar toda su larga y triste historia, pero al mismo tiempo no quería ser desagradable, así que decidió maquillar un poco su respuesta —Parte de mi familia y mi mejor amiga acaban de mudarse, así que, decidí dar una vuelta, y me pilló la lluvia.

—Ya, mudarse —repitió la policía con una sonrisa —. Lo cierto es que hace poco que me pasó lo mismo. Mi compañera se marchó a América, y ahora hago las patrullas sola. No soy muy buena en el combate cuerpo a cuerpo, como ella era, así que procuro llevar siempre algo conmigo.

—¿Como el paraguas?

—Sí.

—Bueno, se podría decir que yo soy una experta en combate cuerpo a cuerpo —dijo sin poder evitar que sus labios formasen una ligera sonrisa.

—¡Ah! ¿Sí? —Miyuki no parecía impresionada —Mi compañera conocía varias artes y tenía una fuerza sobrehumana. ¿Cuántas artes conoces tú?

—Sería más rápido si me preguntases cuántas no domino —respondió haciendo cálculos en su cabeza. Sí, por lo que él sabía, eso era más rápido.

—Natsumi no se creería eso —oyó que murmuraba para sí la mujer. Entonces, tras unos momentos de lo que parecía debate interno, continuó —. Muy bien, tengo una propuesta. Quiero… impresionar a alguien haciéndome mejor policía. Si me ayudas con las artes marciales, yo podría… No sé, arreglarte cualquier problema que tengas con ordenadores o coches. Soy muy buena con esas cosas.

Antes de decir nada, decidió pensar. Podía ayudar a una policía. Tal vez… podía convertirse en policía. Al fin y al cabo, esa gente se suponía que vivían para ayudar a los demás, para evitar que cosas como lo que le había pasado ocurriesen. Y tenía algo que seguro resultaba útil entre aquella gente.

—Sabes, hay otra cosa que puedes hacer por mí —dijo al fin.

—Tú dirás.

—¿Qué se necesita exactamente para hacerse policía? ¿Hay que comer algo especial o…?


A Amor Filial. O al capítulo anterior.

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