Una madrugada de recuerdos

Recuerdos de los rostros que alguna vez me quitaron el sueño.

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Voy a echar mano de varios textos que tenía en el cuaderno de apuntes que no había pasado. El de hoy está casi al principio, así que debe tener como un año o así. Aún con eso, de vez en cuando aún pesa en el corazón…

Hay silencio en la casa, y la noche se agazapa entre los arbustos y se esconde entre los árboles. Nadie conmigo; tan sólo el mejor amigo se pasea alrededor de la casa aullando mi soledad silenciosa y buscada.

La madrugada está acompañada de unas viejas canciones que me transportan. Me llevan al colegio, a la barriada que dejé atrás pero que aún llevo en el pecho. Y siento como los recuerdos se amontonan otra vez y como su cara y su cuerpo se me aparecen otra vez en esta misma oscuridad. Las preguntas de presente sin respuesta me acosan, y los momentos de silencio que debieron ser de viento en la cara me cortan la respiración una vez más. Así que vuelvo a recordar por qué aquello estaba enterrado, y con cierto congojo, lo vuelvo a dar sepultura.

El entierro se convierte en presagio cuando la siguiente cara aparece ante mí, como el ángel que no pudo ser; como el espíritu de Navidades pasadas. Entiendo la imposibilidad de huir, así que me permito sufrir la estocada que me atraviesa y me vuelve a dejar tiritando. La música, traicionera de los recuerdos, ahora me relaja y me da calor. La oscuridad me permite ser yo y actuar sin las máscaras nunca entendidas de la sociedad. La misma que hizo desaparecer el ángel que no fue.

Otro rostro, otra flecha cargada con el veneno de la melancolía, y el de la pregunta sin respuesta que nunca fue formulada. Pero este donde más, pues lleva la marca de una amistad marchita que jamás se recuperará. Otra descarga de electricidad que vuelve a parar mi desabrido corazón.

Finalmente, la última serpiente se desenrolla de mi mente y me muestra el rostro indolente de mi último sueño de felicidad. Amiga, con el tiempo maldecida, y al final vindicada a su lugar correcto; no alcanzo a entender la pasión o el sentimiento que en su día me reconcomió por dentro. Ahora, tan sólo una visión vacua de un fuego azul alimentado de cavilaciones y ahogado al final por las verdades. Ni las cenizas quedan ya de aquel infierno; tan sólo un par de demonios que pasean sin ojos ni conocimiento por una celda en mi interior, lejos de mis manos y, casi siempre, del pensamiento.

Y así, vacío de nuevo, retorno al descanso, a Morfeo, y a su calmada paciencia, donde hallo el reparo que nunca he logrado encontrar en el corazón de ellas.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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