Revelaciones

Ya en el dojo, en plena lucha con Ranma, obtiene su venganza de Genma. Ranma, a pesar del shock, no está dispuesto a caer tan fácilmente. Sin embargo, Akane se ve involucrada sin querer.

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Revelaciones

—Sí, yo les explicaré lo que pasó.

“Es el momento de la verdad”, pensó Satsujiro. Sintió las dagas pegadas con esparadrapo contra su piel, y se llevó la mano al bolsillo, donde su favorita estaba escondida. Y entonces, comenzó a hablar sin ocultar más sus sentimientos.

—Yo nací en Osaka, y no tengo nombre. A pesar de ello, he sido bautizado con uno nuevo por aquellos que me recogieron: Satsujiro Saotome me llaman, y ése es el único nombre que he llegado a apreciar.

—¿Aquellos que…? ¿Qué es lo que quieres decir? —preguntó Nodoka. Pudo ver la pena y la compasión en su rostro, en el de Kasumi y Akane e, incluso, en el de Ranma. Pero eso no le iba a hacer sentir mejor; no por ello iba a cambiar su pasado.

—Permítame. Como ya he dicho, nací en Osaka, en el seno de una familia pobre, propietaria de un restaurante destartalado que apenas tenía los clientes necesarios para no morirnos de hambre. El restaurante estaba a las afueras de un pueblo, de manera que casi nunca venía ninguno de los locales, y los viajantes pasaban de largo de nosotros también, ya que habían encontrado dónde comer en el pueblo. Así era muy difícil hacer negocio. Unos meses antes de que cumpliese seis años, pasamos una temporada aún peor de lo normal, y la precaria situación en la que nos dejó se alargó mes tras mes sin que viésemos una solución en el horizonte.

—Llegó finalmente el día de mi cumpleaños pero, era tan mala nuestra situación que no lo celebramos —no pudo evitar fijarse, aunque fuera un momento, en las caras de horror de los Tendô y de Nodoka Saotome —. Yo comprendía perfectamente que aquello era lo normal dada la situación, por lo que no hice mención sobre ello.

—Sin embargo, unas semanas después, pareció que mi regalo de cumpleaños llegó andando por sí mismo hasta nuestra casa —se giró hacia Genma y, manteniendo durante un momento más la farsa, se obligó a sonreir —: Genma Saotome hizo una pequeña parada en nuestro restaurante.

Todos se giraron hacia él con diversidad de expresiones en su cara, aunque un sentimiento general de molestia e incredulidad pareció nacer en ese mismo instante. Genma, mientras, trataba de hacerse lo más pequeño posible ante las distintas miradas prometiendo dolor que le atacaban por todos los flancos. Trataba de hacerse tan pequeño como para desaparecer y huir.

—¿Dónde te crees que vas? —preguntó Ranma muy molesto. No sabía cómo, pero había agarrado a su padre del cuello del gi cuando, como un rayo, éste se había puesto de pie. Todo indicaba que este treatillo se repetía con regularidad.

Ranma volvió a sentar, con bastante más fuerza de la necesaria, a su padre, y le obligó a mantenerse quieto y callado mientras él continuaba contando su historia.

—Tras arrasar con todas nuestras existencias —continuó con creciente apatía —, confesó, para nuestro desmayo, que no tenía dinero con el que pagarnos. Esa confesión, sin embargo, sólo la hizo cuando le cortamos entre los tres la retirada.

El odio que empezaba a rezumar Ranma hacia su padre le dejó momentáneamente impresionado.

—En esta situación, a mis padres sólo se les ocurrió una solución —todos aguantaban la respiración, e intuyó que su historia no les era del todo extraña —: Genma pagaría su deuda haciéndose cargo de mí hasta que ellos pudiesen recuperarse un poco.

Tanto Nodoka como Akane se horrorizaron profundamente. Ranma parecía preparado para mandar a su padre de una paliza de vuelta a Osaka para que pagase por lo que estaba oyendo. Y Genma… no parecía dispuesto a recibir ese castigo.

—Me temo que ya sé lo que viene a continuación —intervino Ranma frotándose las sienes con una mano y agarrando del gi a su padre con la otra —, pero, ¿qué pasó después?

—Genma me abandonó en el pueblo —respondió simplemente.

—¡Ves! —exclamó el aludido —¡No le importa! ¡Seguro que volvió rápidamente con sus padres!

—De hecho, no volví con mis padres —a Genma le abandonó todo el color hasta que se puso tan blanco como el gi que llevaba puesto —. No les vi otra vez hasta muchos años después.

—Pero eso no es lo importante —se interrumpió reconduciendo la situación —. He venido a luchar, y eso es lo que pretendo hacer.

—¡Espera un momento! —le ordenó Ranma. Puso a Genma entre los dos y, una vez más, le sentó con fuerza —El que hizo tu vida un infierno fue este viejo carcamal. Nosotros no tenemos por que luchar. Métele una paliza si quieres; no te detendré.

—¡Ranma! —exclamó su madre —¡No puedes hacer eso: es tu padre!

—Señora Saotome —intervino Akane con tono conciliador —, a veces es mejor hacer esto, hágame caso.

—…tratando a tu padre así, que tanto ha sacrificado por ti, no te dará…

—¡No me vengas con esas, viejo idiota! —le espetó Ranma a su padre, liberando por un momento un aura de enfado monumental. Se giró hacia él y puso lo que debía considerar una sonrisa amable, aunque tenía más pinta de altanería y autosuficiencia que otra cosa —¿Qué me dices, lo dejamos en una buena tunda a este viejo?

Entonces fue su turno para sonreír. Pero lo hizo con todos los sentimientos que se había guardado durante todos estos años. Y la expresión de todos cambió al unísono.

—Aún así —dijo —, yo quiero venganza de los dos.

Y con eso, lanzó la daga que tenía en el antebrazo derecho directa al corazón de Genma Saotome, atravesándolo instantáneamente.

El segundo padre que le abandonó cayó al suelo con el mismo sonido seco que el primero. A Genma, sin embargo, no empezó a derramársele la sangre por la boca como un animal atropellado. El muy egoísta fue incapaz siquiera de dejar escapar algo de sangre.

Todos se quedaron petrificados de horror. Eso era bueno. Si atacaban todos no tendría ninguna oportunidad.

—¡Maldito seas! —todos, claro, menos Ranma, que se lanzó hacia él con la furia de un vendaval —¡No te perdonaré!

—Pensé que tú también odiabas a tu padre —comentó con calma, escondiendo el hecho de que le había puesto a la defensiva de inmediato.

—Pero no quería verle morir —en fin, otro que no sabía muy bien qué quería.

Esquivó apenas una peligrosa combinación de puñetazos dando varios pasos hacia atrás. Bloqueó un par de patadas giratorias dirigidas a sendos costados y siseó por el suelo evitando varias patadas descendentes que intentaban hundirle el pecho.

Ciertamente, Ranma Saotome era un luchador excepcional. Había en su forma de luchar la inconfundible dureza de aquel que se ha visto obligado a luchar para sobrevivir. Y sin embargo, también resultaba evidente que no estaba luchando al cien por cien.

—¡Qué alguien llame al doctor Tôfû! ¡Vamos tío Saotome, aguanta!

—¡Mantente en la pelea, maldito asesino!

Su mirada hacia el resto de las familias, y en especial a Akane Tendô, casi le salió cara. Ranma atravesó sus defensas como un rayo y, antes de que pudiera recuperarse, le asestó un par de puñetazos al estómago y una patada ascendente en el rostro que le elevó en el aire y que le desorientó momentáneamente.

Sin embargo, se recuperó, dando un mortal hacia atrás con el impulso de la patada de Ranma y comenzando su ataque. Produjo un par de dagas y comenzó a atacar con ellas con movimientos de brazos y pies amplios, intentando cortar a su objetivo en el pecho y las piernas. No tuvo suerte, pues Ranma esquivó gracias a unas contorsiones imposibles, por lo que pasó a movimientos cortos y rápidos de apuñalamiento. Lanzó un par de ataques directamente al pecho, y Ranma dio un paso al lado, esquivándolos. Trajo su pierna derecha en un amplio arco, y falló en dar a su cabeza cuando Ranma dobló las rodillas y quedó bajo su ataque. Aprovechó entonces su momento para hacer un barrido con la pierna izquierda, y Ranma tuvo que bloquear con un brazo. Intentó girar sobre sí mismo, cayendo con la otra pierna sobre el cuerpo en una posición rara de su enemigo, pero este se apartó rodando hacia atrás.

—¡¿Por qué? —exclamó entonces Nodoka Saotome, y se lanzó hacia él agarrándole de las piernas —¿Por qué le has hecho esto a mi marido?

Dio un salto hacia atrás, desembarazándose de la mujer que no dejaba de llorar.

—Su marido se lo buscó —respondió con veneno en la voz, dejando ya toda farsa de amabilidad —. Por su culpa, al abandonarme en la ciudad, una banda de yakuza me tomó en su seno.

—Desde entonces no he hecho más que entrenar para matar —explicó sin dejar de mirar a Ranma, que le rondaba como a una presa —. Me metieron en peleas callejeras, en torneos ilegales y en peleas a muerte. Tenía que luchar para comer, para dormir, e incluso para hacer mis necesidades. En estos diez años, pelear ha sido lo único que me ha mantenido vivo, lo único que me ha permitido subir en la banda.

Ranma trató de sorprenderle con una patada voladora, pero dio un paso a un lado, esquivándola, y asestándole un buen codazo en el costado por las molestias.

—Y entonces, a los catorce años, cuando pensaron que ya estaba preparado, me llevaron de vuelta a mi pueblo, y me ordenaron matar a mis padres.

—Tú no… —empezó Akane.

—¡Por supuesto que sí! —interrumpió sonriente —¡Cómo disfruté de aquel momento! Mi viejo, pidiéndome perdón, tratando de excusarse hasta el último momento.

—Y ahora he acabado con el otro que convirtió mi vida en un infierno. Por lo que sé, se lo tenía aún más merecido que mi viejo.

—¡Maldito!

Ranma volvió a lanzarse al ataque mientras le maldecía, pero sabía que si la cosa seguía así no iba a conseguir la pelea que quería. La rabia estaba cegando a Ranma, y no estaba alcanzando todo su potencial. De alguna manera, pensó mientras esquivaba los ataques locos de Ranma, tenía que calmar a su enemigo y darle al mismo tiempo una razón para luchar aún más poderosa que la ira o la venganza.


Se apoyó a cuatro patas en el suelo, intentando recuperar su centro.

Ranma trató de concentrarse, de dejar de ver la daga atravesar el pecho de su padre y éste desplomándose como un muñequín de entrenamiento que se ha roto.

No podía.

Alzó la vista, viendo al asesino de su padre. Estaba ahí, dagas en mano, tan calmado. Parecía incluso que estaba sopesando algo tranquilamente, como si tratara de elegir que salsa echarle al arroz de la noche. Era demasiado injusto verle ahí de pie y a su padre tumbado, inmóvil, y su madre echada por encima, sufriendo los espasmos de un llanto desconsolado. No era justo.

Pero, tenía que calmarse. De repente todo se había vuelto estúpidamente serio, tanto como en Jusendo. Y tenía que vencer en esta pelea sin importar el coste para sí mismo o su contrincante.

¡Maldita sea! No era la primera vez que los errores de ese viejo carcamal habían vuelto a morderles en el culo. ¡Pero demonios! ¿Matar? Así, ¿sin más? Eso era muy jodido. Todavía no había conocido a nadie que estuviera dispuesto a hacerlo sin haber perdido la cordura.

Se irguió lentamente. Aún no había alcanzado su centro, pero sus instintos le pedían de forma irrefrenable machacar a aquel tipo hasta romperle todos los huesos del cuerpo. Y más. Así que se preparó nuevamente, tensando hasta el último músculo de su cuerpo para, en el instante anterior a lanzarse hacia su rival, relajarse totalmente, entrando así en la batalla.

—¡Te vas a enterar, maldito asesino!

Comenzó elevándose en el aire y descendiendo con un patada voladora. Su rival la esquivó fácilmente como había esquivado las anteriores, pero eso era exactamente lo que esperaba. Justo antes de tocar el suelo, cambió su posición, manteniendo su velocidad corriendo por la madrea del dojo. Para cambiar su dirección corrió incluso por la pared y, durante un instante, incluso por el techo. Pudo ver la sorpresa pintada en el rostro de su rival justo antes de recibir una patada giratoria mientras caía desde el techo.

—¡Impresionante! —exclamó mientras se levantaba. De repente, sin embargo, hizo un movimiento demasiado rápido, lanzando otra de sus dagas. Casi pudo jurar que el metal asesino salió disparado a través de su manga izquierda.

Apenas pudo seguir su trayectoria en el aire, y mientras giraba rápidamente la cabeza, se temió lo peor.

Sin embargo, la daga pasó a escasos milímetros de la oreja de Nabiki, arrancándole el móvil de la mano y dejándolo clavado en la pared a su espalda.

—No, no, no… ¡No queremos que la policía interrumpa una lucha entre hombres! ¿Verdad, Ranma?

No respondió a Satsujiro. Ni siquiera se giró hacia él. El rostro de Nabiki, blanco como la cera, retuvo toda su atención. Estaba seguro de estar viendo el terror más horrible en los ojos de la mediana de los Tendô. Y eso, sin contar el temblor que la recorría de arriba a abajo.

Finalmente, su madre se acercó rápidamente a Nabiki y la abrazó. Eso le sacó de su ensimismamiento, tanto a la mediana de los Tendô como a él, que haciéndole un gesto a su madre, intentó que comprendiera que todo esta situación acabaría pronto.

—¡Esto es demasiado! —se giró hacia Akane rápidamente, sobresaltado. ¿Qué pretendía conseguir, que la mataran? ¿¡Acaso había perdido el juicio!

—¡Uhh! ¡Así que Akane Tendô también quiere luchar! —comenzó Satsujiro.

—¡Vienes aquí, asesinas al tío Genma, y esperas que no hagamos nada! ¡Maldito asesino! ¡Vas a…

Con un potente grito, se lanzó a toda velocidad hacia el asesino, rogándole a los dioses que se olvidara de su prometida hasta que pudiera tumbarle.

Sabía que había llegado el momento de subir esa pelea un nivel. Los golpes que habían intercambiado no les habían dejado huella a ninguno de los dos, o al menos eso parecía. Por lo que, cuando se puso frente a su rival, tratando de cubrir con su cuerpo su línea de visión hacia los demás, lanzó el Kachuu Tenshin Amaguriken más rápido y potente que jamás había llevado a cabo.

Su rival dio un paso atrás. Luego otro. Y finalmente hincó una rodilla en la madera del dojo Tendô, agarrándose el estómago y bajando la mirada.

—¡Impresionante! —exclamó Satsujiro, aún mirando el suelo. Cuando alzó la mirada hacia él, se le heló la sangre. Había una resolución en esa mirada que rayaba la locura. No era la primera vez que veía eso. Pero nunca se había enfrentado a un rival dispuesto a llegar tan lejos como Satsujiro.

—Vamos, ¡otra vez! —le retó —Veamos quién es más rápido.

Y con eso, sacó un par de dagas más, retorciendo sus manos alrededor de las armas hasta que parecían una sola cosa.

Una vez más, se acercó a su rival corriendo y, con un grito salvaje, comenzó a lanzar cientos de puñetazos tan rápido que apenas podía seguir sus propios puños.

Sin embargo, esta vez, vio los brazos de su contrincante desaparecer como los suyos, y empezó a notar como unos pinchazos en sus puños. Aumentó un poco más la velocidad y cambió la dirección de ataque. Y tras unos segundos conectando, los pinchazos volvieron a repetirse, y sintió que dejaba de golpear.

—¡Ranma! —la voz de Akane lo asustó. Detuvo su ataque. Se miró los puños y vio la sangre fluyendo desde ellos. Decenas, a lo mejor cientos de pequeños puntos rojos llenaban sus nudillos como si de una enfermedad se tratase.

—No pasa nada —era verdad. Parecía más grave de lo que realmente era. Lo que significaban sus puños ensangrentados era que Satsujiro era, posiblemente, tan rápido como él. Y eso sí era grave.

—Pensé que matar a tu padre te pondría en disposición de luchar al máximo —empezó entonces su rival, con un claro tono de sorpresa —. Ese no parece ser el caso, así que supongo que tendré que usar medidas más extremas. Tendré…

No le dejó terminar. Se lanzó contra él rezando una vez más para que nada más malo sucediera.

De nuevo, decidió volver a aumentar la intensidad del duelo. Si el Kachuu Tenshin Amaguriken no era suficiente para vencerle, recurriría al Mokou Takabisha.

Comenzó su ataque con una patada vertical, obligando a Satsujiro a retroceder. Continuó con una combinación de puñetazos a la cara mezclados con patadas giratorias en uno y otro sentido al cuerpo que, por desgracia, fueron esquivados y bloqueadas respectivamente. Frustrado, presionó el ataque, usando las katas más complejas del estilo Saotome Todo Vale. Consiguió marcar un par de golpes, pero nada decisivo. Lo que también obtuvo fue la atención total de su contrincante.

—¡Esto se acaba ahora! —gritó lleno de rabia. Sí, era el momento de terminar la pesadilla. No se esperaría una ataque como el Mokou Takabisha. Seguro que conseguía dejarlo inconsciente de un golpe, y entonces podrían encargarse de él, de alguna forma.

Durante un instante, borró de su mente todo lo malo que le había pasado y, concentrándose en su natural confianza, dejó que toda su energía se concentrase entre sus manos abiertas hacia su enemigo.

—¡Moko Takabisha! —rugió. La bola de energía amarillenta, casi tan alta como él, salió disparada hacia su enemigo.

Y falló.

Satsujiro saltó en el último momento, recibiendo el impacto de las astillas a las que se había reducido el suelo, pero por lo demás, indemne.

—Como decía —retomó el asesino sin mostrar la más mínima sorpresa ante su ataque —, no hubieras fallado si estuvieras bien motivado. Por eso, me veo obligado a hacer esto.

Y una vez más, una daga surcó el aire demasiado veloz para que su intento desesperado de atrapar tuviera éxito.

Y mientras caía, al girar la cabeza, su peor pesadilla se hizo realidad.

Del pecho de Akane le llegaban los reflejos metálicos de una daga artesanal y asesina.


A Amor Filial. O al capítulo anterior. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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