Preparativos

Satsujiro Saotome busca vengarse de aquel que, durante unos días, fue su padre adoptivo: Genma. Ha encontrado el Dojo Tendô, y tiene un plan para llevar a cabo dicha venganza.

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Preparativos

El piar alegre y revuelto de los pájaros le indicó de una forma bastante más agradable que el despertador que había preparado que ya era hora de levantarse. Abrió uno de sus ojos marrones y se apartó un mechón de su flequillo castaño y grasiento. Comprobó con su reloj que, efectivamente, apenas quedaban unos minutos para que llegaran las ocho de la mañana.

Sin pensárselo más, Satsujiro Saotome se levantó de la cómoda cama de hotel y se dirigió con paso firme al aseo del que disponía su habitación. Sin prisa, fue quitándose el pijama azul que el hotel le había dejado como un regalo. Estaba claro que era en forma de agradecimiento a la enorme propina que había dejado el día que llegó, una semana atrás, con la intención de dejar bien claro que no quería ser molestado mientras estuviera allí. Viendo en el espejo su piel tatuada apareciendo según se retiraba la tela azul del pijama, los recuerdos de cómo se hizo cada cicatriz que cubrían por entero su cuerpo llegaron tan claros y nítidos como el lavabo que tenía en frente.

Recordó, con un odio asesino y familiar, el día en el que su familia le dio a Genma Saotome. “Para que no tuviera que sufrir la misma pobreza que ellos”, supuestamente. En realidad, no supieron ser valientes por una vez en su vida y encontrar una salida para su situación. Siempre habían vivido cercanos a la quiebra, pues el pequeño restaurante que habían heredado de sus abuelos apenas les había resultado lo suficientemente rentable como para sobrevivir. Ya con cinco años, uno antes de ser patéticamente entregado y oficialmente abandonado, empezó a ayudar en aquel establecimiento olvidado emplazado a kilómetros de un pueblucho de agricultores y ganaderos.

Le resultaba irónico pensar que, entonces, aquella había sido la época más feliz de su vida. Sin embargo, esa afirmación era cierta tan sólo porque el resto de su existencia había sido tan terriblemente desgraciada y oscura. Incluso vivir en la pobreza, yéndose a la cama sin cenar más de un día e incapaz de acceder a cualquier tipo de medio de aprendizaje, era una experiencia mejor que lo que le había tocado vivir. Aquellos hombres a los que ahora llamaba “familia” le habían convertido en…

—Perdone, señor, su desayuno está aquí, cortesía del hotel —el insistente llamar a la puerta del botones le sacó de sus recuerdos. Se puso el albornoz del hotel, un poco sorprendido por su suavidad, dejando al descubierto tan sólo unos centímetros de su tatuaje y abrió la puerta de su habitación con una máscara de complacencia recubriendo la leve molestia que sentía ante la intromisión no deseada del hotel a través del botones.

Permitió con una falsa sonrisa que el hombre de mediana estatura y postura desgarbada empujase el carrito con un excelente desayuno occidental hasta el centro de la habitación, e incluso, le obligó a aceptar una generosa propina. Sin embargo, cuando su indeseado invitado cruzó el umbral de la puerta, le agarró de un hombro con un mano lo suficientemente fuerte como para que notara su enfado oculto y le dijo:

—Ahora, por favor, agradecería la tranquilidad por la que tanto pagué ayer —el hombre no pudo evitar que su cuerpo le traicionase y mostrase los signos evidentes del miedo, y con una verdadera sonrisa por fin, Satsujiro le soltó y cerró la puerta con llave.

Huevos fritos, salchichas, tostadas con mantequilla y mermelada… Satsujiro tuvo que reconocer que era un desayuno muy apetecible, y no estaba dispuesto a desperdiciarlo aunque hubiera sido sólo una excusa para recabar información sobre él. Tiró el albornoz sobre la cama y los rayos del sol calentaron tibiamente la tinta que recorría su espalda y su pecho con los colores y la forma de un dragón alado y enfadado, la marca de su familia adoptiva. Entró de nuevo en el baño, cerrando la puerta tras de sí, y se metió en la bañera girando hasta el final el pomo del agua fría.

Apenas diez minutos después desayunaba lentamente sobre una mesa redonda de cristal y patas muy finas mientras repasaba mentalmente su plan y los datos que había obtenido de su objetivo. Todo estaba apuntando metódicamente en los papeles que había extendido sobre el sitio que tenía libre en la mesa. Tenía el albornoz calado y gotas de agua caían desde su pelo, entonces limpio y suelto, hasta la superficie cristalina de la mesa, mojando algunas los folios en los que había apuntado horarios, relaciones y particularidades de su hermano y su padre.

—Genma Saotome, varón japonés de cuarenta y siete años, casado con Nodoka Saotome y padre de Ranma Saotome —leyó con un tono de indiferencia que traicionaba los verdaderos sentimientos que tenía hacía aquella persona—. Reside en el dojo Tendô, propiedad de su amigo y compañero de escuela de artes marciales Sôun Tendô. Constantemente cambiando de un trabajo a otro, su único trabajo verdadero es el de entrenar a su hijo a través de los métodos más extraños, llegando incluso a justificar su vanidad y su egoísmo como una faceta más de su entrenamiento. Problemático, engreído y estúpido, su hijo da claras muestras de haber sustituido su figura paternal por otra persona, o tal vez, de haberla eliminado por completo; su mujer, por otro lado, muestra una mezcla extraña entre devoción y ansias asesinas hacia él, demasiado bipolares como para que puedan ser consideradas las emociones de una mujer equilibrada. A pesar de todo ello, es un luchador formidable, dispuesto a utilizar casi cualquier debilidad de su contrincante para obtener la victoria. Como discípulo directo del creador de la escuela que el mismo practica, ha de ser clasificado como de máxima peligrosidad.

—Ranma Saotome, varón japonés de diecisiete años, hijo de Genma y Nodoka Saotome —continuó con curiosidad —. Reside en el dojo Tendô, propiedad del amigo de su padre Sôun Tendô, y está prometido a la hija menor de éste, Akane Tendô. Sin embargo, ella no es la única mujer de su vida, pues otras tres mujeres de su misma edad buscan una relación más bien posesiva con él: Ukyô Kuonji, dueña de un restaurante de okonomiyakis natural de Osaka y maestra en el arte marcial de la cocina combativa, especialidad del okonomiyaki; Shampoo, inmigrante china, proveniente de una aldea emplazada en las profundidades más rurales de China donde las artes marciales juegan el papel de actividad más importante, lo que le ha llevado a ser una maestra en varias modalidades de combate con armas y ser conocedora de técnicas de ataque a nervios y puntos vitales, es bisnieta de Cologne, la dueña de un restaurante de comida china llamado “Cat Café”, y que al parecer ostenta un rango de gobierno en su aldea natal; Kodachi Kunô, practica una modalidad marcial de la gimnasia rítmica con gran eficiencia y astucia, camuflando armas posiblemente mortales en sus aparatos de gimnasia, y creadora de sus propios venenos y gases paralizantes, perteneces a la familia Kunô, dueña de una enorme fortuna, pero conocida especialmente por sus excentricidades, de las cuales ella no escapa indemne.

Si no lo hubiera redactado el mismo no se habría creído lo que allí estaba escrito. Tres chicas que practicaban distintas artes marciales se le disputaban, y eso sin hablar de la única que parecía ser realmente su prometida. Continuó leyendo con la firme intención de interiorizar toda esa información antes de salir de aquella habitación.

—Sin embargo, las observaciones parecen apuntar a que Ranma Saotome sólo ama a Akane Tendô. La chica parece tener la misma polaridad que la madre del objetivo, lo que puede indicar un desequilibrio mental congénito en la familia Saotome. A pesar de ello, Ranma Saotome es un artista marcial de un calibre extraordinario, lo que parece ser debido al viaje de entrenamiento de diez años que pasó con su padre, además de la práctica continua a la que le somete su padre y de la que ya se ha hablado antes. De las observaciones se concluye que domina, con el máximo rango de cada arte, una docena de estilos diferentes, y tiene nociones bastante completas de varias decenas de otras artes, además de gran cantidad de técnicas para desarmar a todo tipo de oponentes. Es un rival que supera mis capacidades, por lo que se recomienda encarecidamente pensar en un plan que asegure la consecución del objetivo. Su sentido del honor y su relación con la Tendô más pequeña sugieren que se tome a sus padres o a su prometida como parte del plan.

—¡Aviso! —la palabra estaba escrita en rojo y subrayada varias veces —Genma y Ranma Saotome sufren de una “maldición”, según palabras textuales, desde su vuelta de China. Dicha maldición consiste en un cambio de cuerpo completo cuando una cantidad de agua fría mayor que la de un vaso impacta contra su piel. Genma Saotome se convierte en un panda casi el doble de grande que sus homónimos animales, y Ranma Saotome pasa a ser una chica pelirroja, un poco más baja que él y que parece tener su misma edad. Ambos conservan su memoria muscular en sus formas malditas. Recuperan su forma normal con una cantidad mayor o igual que un vaso de agua caliente aplicado sobre su piel.

Esa maldición era una de las cosas más raras que había visto nunca, y había visto unas cuantas. Sin embargo, no interfería en ninguna manera con el plan que había trazado con toda la información que había recabado, por lo que no le dedicó ni un momento más a aquel aviso, y por contra, comenzó a repasar mentalmente dicho plan una vez más mientras se vestía.

—En realidad, la cosa es muy simple —se dijo —. Una vez me presente en el dojo Tendô como un luchador que desea retar a Ranma Saotome, y si no me equivoco sobre esas familias, seré invitado a pasar y a ponerme cómodo. Después de demostrar mi firme intención de luchar, el combate se celebrará en el dojo y, dado el lugar de importancia que ocupa el honor en esas familias, nadie se atreverá a intervenir en el combate, por lo que tendré libertad de acción, al menos, hasta que…

Satsujiro interrumpió su resumen mental al no encontrar la llave de su habitación. Como ya se había puesto sus pantalones de cintura elástica, su camisa blanca de mangas largas y sin bolsillos, y sus zapatillas tobilleras, descartó que las tuviera encima, y las buscó por toda la habitación. Miró entre los papeles repartidos por la mesa, en la puerta e incluso en los bolsillos del albornoz, pero no las encontró. Entonces, como si fuera el pensamiento de otra persona, se le ocurrió que podrían estar debajo de la almohada. Efectivamente, al levantar la almohada de la desecha cama, encontró la llave de la habitación.

Se la metió en uno de los bolsillos del pantalón y en el otro guardó una de sus armas de combate preferidas, un puñal de apenas cinco centímetros de largo. En sus antebrazos, con ayuda de un par de tiras de esparadrapo, ocultó otro par de puñales más largos. Finalmente, se guardó unos pocos más especiales para lanzar. Eran las únicas armas que su arte marcial utilizaba, reminiscencias de su raíz ninja, pero su maestría con ellas era excepcional, y eso no era vanidad. Podía acertarle a una mosca en pleno vuelo a cincuenta metros, lo que le había hecho ganarse el apodo de “Ojo de Halcón” entre aquellos que le adoptaron.

Miró su reloj de muñeca y, ya con prisa, recogió los papeles que había estado leyendo y los metió en una pequeña bolsa aterciopelada. Salió de la habitación, cerrando tras de sí, y se acercó a la recepción el hotel, donde entregó la llave con una sonrisa y, ante la pregunta de la bella recepcionista, aseguró que volvería a hospedarse allí en cuanto sus negocios le trajeran de nuevo a la gran ciudad que era Tokio.

Anduvo entonces con paso ligero durante unos diez minutos en la dirección del dojo Tendô y, cuando un camión de la basura pasó a su lado, lanzó con fuerza la bolsa donde había metido las notas e informaciones sobre sus dos objetivos. Con un peso innecesario menos, continuó su caminata hacia la casa de los Tendô, eso sí, más despacio.

Cuando las manecillas de su reloj marcaban que apenas quedaban cinco minutos para que las diez de las mañana dieran paso a las once, Satsujiro se encontró descubriendo por fin, como había hecho durante casi dos semanas ya, la enorme casa de madera y tejas azul oscuro que albergaba a las familias Tendô y Saotome. Ni siquiera se detuvo a admirar la estructura, sino que se encaminó con paso decidido hacia la gran puerta de madera que separaba los terrenos de la casa de la calle.

Entró y, tras unos pasos, llamó con firmeza a la puerta. Como supuso, Kasumi Tendô abrió la puerta y le saludó con una sonrisa.

—¿Y usted es…? —preguntó con amabilidad la hermana mayor.

—Mi nombre es Kino Anaka —mintió con fluidez —, y he venido a retar a Ranma Saotome. Tengo una vieja cuenta pendiente con él.

—¡Oh, señor retador, adelante!

Aceptó la invitación entrando con una inclinación de cabeza y esperó a que la mujer le guiara por una casa que ya conocía. Sin embargo, para no levantar sospechas, observó cada rincón de la casa que se le descubría en su caminar fingiendo gran atención. Un momento después, se encontró en el cuarto de estar, donde las dos familias se encontraban reunidas al completo, exceptuando a Nabiki Tendô.

—¿Quién eres, joven muchacho? —preguntó Sôun, que se había vuelto hacia él tal y como habían hecho el resto de los presentes.

Él y Genma le miraban con respeto y algo parecido a paternalismo, y Satsujiro tuvo que hacer grandes esfuerzos para que el odio que sentía hacia el último por mirarle así no se mostrara en sus facciones. Por otro lado, Ranma y su prometida le miraban con cierto recelo, inseguros de cómo debían mostrarse ante él.

—Mi nombre es Kino Anaka —repitió —, y he venido a retar a Ranma Saotome.

Clavó sus ojos en el muchacho con rabia fingida y la mantuvo hasta que le respondió.

—No te conozco de nada.

—¿Significa eso que no aceptas? —sabía perfectamente cuál era la debilidad del joven Saotome, y no pensaba desaprovecharla.

—¡Yo no he dicho eso! —respondió enfadado, mirando de reojo a su madre, que lo observaba con algo parecido a devoción.

—Así que aceptas, ¿no?

—Sí, acepto tu desafío —respondió el chico tras un momento de silencio.

—Entonces, vayamos al dojo —intervino Sôun —, y allí podrá tener lugar el combate tal y como marcan las reglas en estos casos.

Bueno, al parecer la taza de té tendría que esperar. Había supuesto que tendría que pasar un buen rato contando una historia inventada a medias sobre sus motivos de venganza, pero no era así. En cuanto el patriarca Tendô dejó de hablar, Kasumi se levantó y le invitó a que la siguiese. Apenas un minuto después se encontraba en el centro del dojo, y contra las paredes se apoyaban los miembros de ambas familias al completo. Ranma todavía estaba hablando entre susurros con su prometida, y por lo que podía ver, ella parecía preocupada por su prometido y muy recelosa de él.

Pero eso ya daba igual. Tal y como había imaginado, tenía a sus dos objetivos en aquel pequeño dojo de madera y arreglos caseros, y no pensaba dejar que nada saliese mal. Finalmente, Ranma dejó a su prometida y se acerco a él. Le observaba tan fijamente que parecía que tratase de ver su alma. Si lo hubiera conseguido, no habría visto nada más que un enorme vacío.

—El combate será a una ronda, sin posibilidad de revancha —anunció Sôun Tendô a su derecha, manteniendo un brazo en alto —. No hay límite de tiempo. El primero que se rinda o quede inconsciente habrá perdido.

Se miraron fijamente, tratando de adelantar los primeros movimientos de su rival, pero se mantuvieron fijos en su posición.

—¡Adelante!

Y empezaron a desplazarse de lado, al tiempo que el patriarca Tendô se sentó entre sus hijas, manteniendo las distancias y formando un círculo perfecto. El chico mantenía una pose relajada, como si todo aquello no fuera más que un paseo por el parque en vez de una pelea. Satsujiro, por tanto, le imitó tan bien como pudo, silenciando con facilidad las voces de alarma que no dejaban de sonar en su cabeza.

—Así que… Tu nombre es Kino Anaka… No me suena… —dijo Ranma con los ojos clavados en los suyos.

—¿Ah, no? Pues debería.

—Y eso, ¿por qué? —había conseguido atraer toda su atención, y se preparó para lo que vendría a continuación.

—Porque ya me has conocido antes, aunque con un nombre diferente —reveló sin dejar de moverse en círculo.

—No me digas… —empezó tras estar un tiempo pensando —¡No me digas que tú también estabas en aquel colegio donde luchábamos por la comida!

Ante aquello, tuvo que hacer grandes esfuerzos para no perder la concentración.

—No… —respondió con una sonrisa que no llevaba nada de alegría —Fue mucho antes. De hecho, tú no eras más que un niño y tu padre seguramente no te haya contado nada.

Todas las miradas se dirigieron hacia Genma que, poco a poco, se había ido retirando hacia la puerta. Al parecer, él sí le había recordado.

—Tú… ¡Ése no es tu nombre! —dijo, y al momento se dio cuenta de su error —Pero yo… ¡Yo no le conozco de nada! —trató de disculparse a su esposa, que le miraba entre sorprendida e indignada.

—Genma, no entiendo… —dijo confusa su mujer —¿Qué es lo que está diciendo este joven?

—Lo que estoy diciendo, señora —intervino con voz potente —, es que su marido y su hijo me abandonaron cuando apenas tenía seis años.

—Señor Saotome, ¿lo ha hecho más de una vez? —Akane Tendô estaba furiosa, pero eso no era nada en comparación con Ranma.

—¡Tú! —gritó Ranma temblando de rabia —¡Maldito viejo! ¿¡A cuánta gente has abandonado por comida, maldito estómago andante!

—¡No es culpa mía! —se defendió, y aquellas palabras hicieron que le hirviese la sangre —¡No podía mantener a dos niños con lo poco que teníamos!

—Si me permiten —interrumpió Satsujiro manteniendo su ira a raya —, yo les explicaré lo que pasó.


A Amor Filial. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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