Ensayo sobre los fantasmas del pasado

Otra de esas pequeñas concentraciones de oraciones que empiezan sin unión, ideas descarnadas que tan sólo desean salir, hasta que poco a poco, se van formando párrafos que contienen una idea algo más formada. Ésta, ya caduca por sus años, aún me recuerda lo que no termino de perder: la esperanza.

Imágenes suyas recorren mis pasos para que te recuerde.

Y los fantasmas ni siquiera me miran, extraños, como hacías tú cuando pasaba ante la puerta abierta de tu habitación.

No escuchan mi grito sordo, mi expresión de sorpresa y felicidad contenida. No sienten el cambio espontáneo del ritmo de mi corazón.

Ni el aroma a melancolía que brota solo de mis ojos.

Se giran y siguen su camino, tus pasos, la melodía del espacio que una vez impregnaste con tu cuerpo y pensamiento.

La flor continúa su camino, su vector, que ahora se derrama a miles de vidas de distancia, aún pesa entre las almas de aquellos que una vez pudieron probarlo.

Y una corriente que desconozco viaja en barco de mi corazón hasta el otro lado de la barrera, permitiendo que tu nombre escape inconsciente de mis labios, con la esperanza, tal vez, de que al llamarte antes de que caiga el sol aparezcas ante mí como si no hubiera vivido este año.

Pero, a pesar de todo, avanzo impulsado por unas piernas que se niegan a doblarse, aunque soporten el peso de un océano entero concentrado en un rompecabezas palpitante.

Así que paso tu imagen, me desvío del camino de uno de tus fantasmas e ignoro a otro que se sienta a mi lado en el autobús. La vida se convierte así, poco a poco, como se descubre lo que es “hacer lazos” o descubrir que nunca necesitaste la magia de Oz, en un juego maldito, algo terrible, de cerrar los ojos y actuar como si estuvieran abiertos. En desprecio mudo, tranquilo e invisible que crea una celda a la que acabarás amando aún más que la libertad.

Sin prisa, pues, hay un piar de pájaros que ensordece tu voz en mi cabeza. Y el rumor casi continuo del frigorífico camufla el timbre del teléfono cuando llamas. Con todo el ruido y el silencio del mundo al mismo tiempo, tan sólo cuando las palabras viajen de la boca al corazón se volverá a oír. Y tal vez, ya sin tantos fantasmas por la ciudad, cuando el tacto de una realidad deshaga el hielo que atormenta mi piel, haya por fin un último momento de liberación, un verdadero adiós y una despedida dicha con un beso.

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