Ilusión y sueño, dos partes de un mismo todo

¿Cuántas vueltas ha de dar la Tierra hasta que la gente se dé cuenta de que, efectivamente, gira?

Con esta pregunta como cabecera, escribí un texto que buscaba más la aliteración que el mensaje. Y aún así, hay una especie de desengaño ahí, dormido entre las repeticiones y el ritmo.

Ilusión y estrellas

Mensajes que vuelan invisibles a través de las calles, a través de nosotros mismos, pero que no dejan huella. Disparamos felicidad como si quisiéramos deshacernos de ella, cuando en realidad son gritos silenciosos de socorro. Tan sólo deseamos que los sintiesen aquella persona por la que cambiamos el calendario en Año Nuevo. Pero el Destino, a dúo con la Desgracia, nos hace la puñeta de ponernos música a la balada que nos toca bailar.

Y como la almohada empapada en llanto que escondemos en el cajón de nuestra madurez, nos ahogamos en la presa de nuestros sentimientos inoportunos. Inoportunos y verdaderos más allá de todas nuestras dudas existenciales más severas, aquellas que nos hacen mirar al pasado con la añoranza de lo sencillo y de lo cruel, por eso de ser chiquillos.

Aunque podría decirse que las estrellas son como una escalera que nos transportan a un pasado lejano fuera de nuestro entendimiento, en realidad son todas las añoranzas que alguna vez hallamos tenido. Siguen tan inalcanzables como la primera vez que las imaginamos. Pero con el tiempo subliman de nuestros cansados rostros y ascienden, empujadas por su imposibilidad, a un exilio de contínua vigilancia, por si acaso algún día alguien se atreve a traer alguna de vuelta.

Y si ese imposible desvarío, por algún lío cósmico, decide tirar del hilo de la realidad y dejarlo expuesta, obraría con gran tino a desenredar uno de los muchos desatinos que pueblan el corazón de los un poco cretinos. Porque no, pues, invocar con rodo el ahínco del que se pueda disponer algún espíritu que pueda remover el yugo de lo que no ha sido y nunca podrá ser, convirtiéndolo en lo que no fue y siempre podrá volver a ser.

Sin embargo, lo único conseguido es que continúe esta noche de estreno, que continúen los recuerdos de otra noche de estreno, el momento mágico de la preferencia contra la indeferencia. La noche en la que el frío no hacía efecto en su radio de acción. La oscuridad en la que brillaba y borraba todo a su alrededor. La noche, en definitiva, e la que sin decir nada, la poesía renació como un río después de un invierno congelador.

Así que las estrellas, aún en su condición de errantes sordas de nuestros deseos, fueron testigas esa noche del nacimiento de una hermana. Pero especial, pues esta hermana no va a su encuentro, sino que ilumina el camino del soñador que le ha dado vida.

Ahoa este soñador camina, más bien de puntillas, hacia el futuro que le proporciona una nueva luz. Tal vez, compartida. Tal vez, más solitaria que nunca. Pero poner en manos ajenas la llama de una vida, aunque pueda llegar a ser doloroso, es una experiencia digna de un coloso, de la que puedes llegar a salir loco, aunque mejor así que no como un mono sin humanidad.

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