El ungüento mágico de la eterna sanación

Otro de esos pequeños textos que tratan de describir una sensación con metáforas. Esta vez, música, recogimiento y la sanación a través de compartir el dolor.

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Hay un momento de total indefensión cuando llega la noche. No se trata del bien o del mal. Tan sólo tiene que ver con el momento más bajo al que se pueda someter al ser humano. Tan sólo es una mano al cuello de la moral de nuestros sueños, como un grito ahogado en el silencio eterno ante una pregunta planteada con toda la veracidad del mundo.

¿Y qué si el mundo ha decidido dejar de girar? Sentir más peso, el suelo más cercano que nunca. Nuestros rostros aplastados, tratando de respirar en vano, como peces en un lago tóxico. Sentiremos al fin las vibraciones de los trenes que se aproximan imparables, máquinas que transportan futuro a velocidades relativistas, que están y se fueron antes de que caiga el rayo.

Risa y mentira tal vez, en la habitación oscura que es el fondo de mi mente. Hacer sin pensar; deshacer, mirar y volver a hacer, y los reproches de mil días pasados sin ti, a la intemperie de la realidad, cogiendo frío y miedo. Y refugiarme otra vez en la pantalla, con esos rostros conocidos pero extraños, intentando reconciliar las dos vistas de un solo ojo que se divide como puede para hacer frente a la luz fría que lo ciega.

Con nuevas letras, más esfuerzo para una escritura inteligible. Se doman y se acarician; las camelo y las traiciono. Tan sólo sirven de vehículo; sin pensamiento, tan sólo sentimiento, hacen lo que pueden para transportar un alma al papel. Y los errores son como el hipido de una mente alborotada, que sabe que tiene que decirle algo a alguien pero no discierne las sombras de las personas verdaderas. Maúlla, incluso de dolor cuando las nuevas ideas se agolpan, se luchan entre ellas por salir las primeras, y la cabeza se vuelve un cacareo constante. Incesante. Algarabía. Desorden. Ensordecedor misterio que engulle por momentos la razón y vuelve locos a los dedos magullados y encogidos.

Entonces, silencio, como la sinfonía. Vuelven las imágenes surrealistas de risa, quietud e indefensión. Indefensión, que lleva a inseguridad. La inseguridad recuerda a futuro, y el futuro, de nuevo, a caos. Una elección incorrecta en el momento oportuno da la sensación de vuelo, y mis oídos quedan de nuevo tranquilos por la facilidad de las voces, y se abre a golpe de violín, tal vez, lo que serán las puertas de la esperanza otra vez. Una risa de trompeta “again”.

Y al cabo de esa noche en la que no se avanzó, queda el pensamiento de la traición. Pero continúo para no perder comba en esta realidad tirana. Elegir una imagen más que describir. Elegir otro miedo más que explicar. Elegir, en definitiva, que parte de mi alma debería tratar de sanar ahora a través de la comunicación. ¡Quién sabe! ¿Será este el ungüento mágico que todo lo cura? ¿O como placebo científico, será mi propio cerebro el que se encargue del sanar? ¡Quién sabe, digo!

Con una canción, o dos, o el disco entero, la voz rota de la que le canta a un “nosotros” me despide. El sueño acecha: echa las cortinas de mis ojos y me deja tranquilo y algo más sosegado en el colchón de mis sueños. Otra vez dispuesto a empezar. Otra vez dispuesto a callar y escuchar. Y ojalá eso sirva para sanar a distancia.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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