Cap. 21 de S.A. original

Un nuevo mes, y una vieja amiga vuelve al fin, renovada. Akane sigue entrenando, y Perfume trata de reconciliar su visión del mundo con el mundo que le ha sido revelado. Y finalmente, Shampoo, aún confusa, es la primera en recibir el aviso de que el final del viaje ha comenzado.

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Agradecimientos: A mi beta, que aún no sabe que lo es. Gracias a él, los bloqueos nunca duran más de lo necesario.


…al desencadenar el poder…

Ukyô aspiró los aromas que flotaban en su nuevamente abierto restaurante.

Lo recorrió con la mirada, dejando que la familiaridad y la seguridad de la imagen le inundaran.

El Utchan’s estaba lleno. Más incluso de lo que nunca lo había estado. Al parecer, la gente estaba ya harta de comer siempre comida china. Y es que no había nada como un buen okonomiyaki; algo autóctono del país.

—Uno de gambas, por favor.

—¡Marchando!

Nunca había visto a su nuevo cliente. O, tal vez, nunca antes se había fijado en él. Bajito, de piel morena y rubio, no se parecía en nada a Ranma. De hecho, parecía ser extranjero.

Vertió la masa en la plancha, preparando rápidamente su especialidad y su modo de vida. Volvió a sentirse con suerte cuando el sonido de la pasta cocinándose ocupó su mente: a pesar de estar un mes parada, la plancha llevaba funcionando perfectamente toda la semana. Si seguía así unos días más, podría dejar de preocuparse.

—Uno de gambas, listo —anunció, y volteó el okonomiyaki a un plato que había sacado de la barra. Se lo acercó al pequeño extranjero, y éste le entregó el precio justo.

—¡Gracias! —dijo, y fue a sentarse a una mesa.

Dejó que, por un momento, su mirada siguiese a su último cliente. Apenas podía creerse lo limpio que estaba todo, y tenía que agradecérselo a Konatsu. El mismo día que llegaron le obligó a subir y darse un baño mientras él —o, como aún prefería, ella — se encargaba de adecentar algo todo aquello. Con tanto polvo acumulado, y teniendo que limpiar a fondo hasta el almacén, pensó que pasarían unos días antes de poder colgar en las paredes los nuevos carteles y precios que había preparado.

Sin embargo, cuando salió del baño, el restaurante estaba como nuevo, como si nunca hubiera sido cerrado. Aún así, tuvieron que esperar al día siguiente para abrir, porque no tenían los ingredientes necesarios como para ponerse en marcha.

A pesar de todo, fue un bonito gesto por su parte.

—Ukyô, el sitio vuelve a estar lleno. ¡No hay ni un sitio libre!

Konatsu, ataviado en su mejor kimono, se acercó hasta la barra. Vio como algunos de sus compañeros del instituto Fûrinkan miraban a Konatsu con cierto recelo: todavía recordaban que no era lo que parecía.

Sin embargo, él no les hacía caso. Su atención estaba enteramente fija en ella. Sonreía, y se movía con alegría llevando a cabo su labor como si fuera la persona más feliz del mundo.

—Tienes razón, Konatsu —confirmó con una sonrisa. Cogió la pila de platos que le entregaba y los dejó en el fregadero —. Y gracias a ti, incluso estando así de lleno, todo el mundo está ya servido.

—Sólo es mi trabajo, Ukyô —se ruborizó.

“Tal vez debería doblar su sueldo” pensó. Le estaba pagando diez yenes al día, o sea que se lo podría permitir. Pero… eso era demasiado impersonal. Y además, con lo que le había ayudado durante su viaje, se merecía algo más especial. Tal vez algún regalo, algo que le pudiera gustar.

—De todas maneras, muchas gracias —dijo, consiguiendo que el ninja se ruborizase aún más. Se rió al ver la reacción de Konatsu sin saber muy bien porqué. Entonces, un nuevo cliente, uno muy especial, atravesó el umbral de la puerta apartando las cortinas rojas de la entrada.

—¡Ranchan! —exclamó con alegría.

—¡Hey, Utchan! —Ranma saludó y se acercó hasta ella —¡Estoy hambriento! ¿Puedes prepararme algo?

—Claro que sí —Ranma se sentó justo delante de ella. Miró a su alrededor y descubrió a Konatsu, que entonces se dedicaba a limpiar la barra.

—Hey, Konatsu, ¿qué tal?

—Como en el paraíso, Ranma —respondió. Ranma no cambió su expresión ante la respuesta del joven. De hecho, se acercó a él y le dijo algo que no pudo oír.

—No le voy a contar nada más del viaje de Ukyô, Ranma —y se fue a limpiar una mesa que acababa de quedar libre.

—¿Por qué sigues con eso? —le preguntó al tiempo que le acercaba un plato con su okonomiyaki —Ya te he contado lo que pasó.

—Pero Utchan, estás tan… cambiada —dio un buen bocado al okonomiyaki y continuó —. A veces he llegado a pensar que no eras la misma persona. Y aún me acuerdo de Ken el Copión…

Ukyô sonrió imaginándose la confusión que debía sentir su amigo y prometido.

—Ya lo sé —dijo —. Yo tampoco sabía que iba a pasar; que iba a cambiar de esta manera. Pero así ha resultado. Ahora estoy bien.

—Y me alegro de ello —respondió —, pero… No sé, es como si una parte de ti nunca hubiera vuelto.

—En cierta manera, así es —Ranma se terminó su comida de un mordisco sin dejar de mirarla fijamente mientras trataba de explicarse —. Ni siquiera yo entiendo muy bien cómo pasó, pero se podría decir que una parte de mí… se esfumó.

—Explícate, Utchan.

—Um… —consideró tratar de explicar el cambio que había sufrido, pero al final decidió en contra —Lo único que hace falta explicar es que me debes quinientos yenes por ese okonomiyaki.

—¡U… Utchan! —exclamó escandalizado. Una reacción que había previsto, pero que aún así logró molestarle un poco.

—¡No te voy a decir lo que pasó, pero te estoy mostrando sus consecuencias! —le reprendió —Así que ya te puedes imaginar lo que pasó.

Ranma agachó al cabeza y empezó a rebuscar entre sus bolsillos. Ukyô controló su respiración hasta que, de nuevo, habló.

—De todas maneras… Por ser tú, te lo dejo en cuatrocientos yenes.

Ranma le miró con la confusión pintada en su rostro. Entonces, lentamente, una tímida sonrisa hizo acto de aparición. Juntó el dinero y se lo entregó.

—Hay algo que creo debería decirte —dijo al tiempo que se levantaba de su asiento —. Algo que pasó mientras tú estabas fuera.

A Ukyô le recorrió momentáneamente un escalofrío. Ranma no se mantenía quieto; ni sus manos ni su mirada. Estaba claramente nervioso e incómodo, pero aún así seguía delante de ella, de pie, esperando alguna señal de su parte.

—Continua —logró murmurar.

—Bueno, verás… Después de aquella pelea en el Cat Café contigo, Ryôga y Kodachi…

De repente, un pensamiento cruzó su mente, y preguntó algo que le había estado molestando desde hacía semanas.

—Sí. Y hablando de eso, ¿por qué os estabais abrazando los tres así? Cuando llegué me contasteis lo de las escuelas legendarias y eso, pero aun así, no entiendo…

—Eh… ¡Ah, aquello! —exclamó sorprendido por el repentino cambio de tema —En realidad, no nos estábamos abrazando.

—Pero Mousse dijo…

—Ya, ya lo sé —le cortó con el cejo fruncido —. Pensó que si no negaba esa parte desde el principio, estaríais más dispuestos a escucharle.

—Claramente equivocado —recordaba perfectamente cómo al escucharle decir eso empezó a hervirle la sangre.

—Sí, exactamente —confirmó Ranma —. La cuestión es que, mientras limpiábamos el Cat Café, Shampoo se tropezó y se cayó.

—¿Qué? ¿Se cayó? —le costaba mucho creerse eso.

—Bueno… Confundió el limpiasuelos con la cera, así que, cuando fregó… se convirtió en una pista de patinaje —explicó Ranma sonriendo —. Por un momento, me recordó a Akane.

—Ajá…

—Bueno, pues eso. Se cayó de culo. Mousse y yo fuimos a ayudarla. Él la iba a levantar cuando yo casi me caí también —admitió rascándose la nuca —. Así que, Mousse me sujetaba a mí y a Shampoo. Shampoo intentó levantarse; ella perdió el equilibrio, y lo mismo le pasó a Mousse.

—Y entonces entramos nosotros, ¿no? —terminó. Visto así, nada del otro mundo.

—Sí. Tuvimos que apoyarnos entre los tres —explicó. Entonces, se acercó a ella y habló mucho más bajo —. En nuestra defensa, yo creo que la vieja momia nos hizo algo para acabar en esa situación. Algún tipo de entrenamiento o algo.

—Ya, claro —afirmó con sarcasmo —. Siempre es culpa del entrenamiento.

—Es cierto la mayoría de las veces —dijo defensivamente.

—Vale, vale.

Se quedaron en silencio durante unos minutos. Por fin, Ranma cerró los puños un momento y, después, la miró directamente a los ojos.

—Pensé que debía decírtelo… —comenzó —De hecho, lo pensamos entre los dos.

—¿El qué? —preguntó. La boca se le quedaba seca y sentía que el estómago se le hacía un nudo. Por una parte, no quería escuchar lo que le iba a decir. Por otro lado…, deseaba liberarse por fin de la última parte de la carga con la que había avanzado ese último mes.

—Akane y yo hemos… Podrías decir que hemos empezado a salir —reveló al fin.

—¿Cómo pareja? —ella ya sabía la respuesta, pero hizo la pregunta de todos modos. Quería estar segura del todo.

—Sí.

—Así que… —continuó —, os habéis dicho lo que sentís el uno al otro, ¿no?

—Er… Yo…, sí —respondió sin mirarla a los ojos.

Bien. Ukyô pensaba que estaba preparada para aquello, pero aún así dolió más de lo que se hubiera podido imaginar. Era como revivir los días antes de la boda fallida otra vez, sólo que con más seguridad sobre cómo se sentían y sin un plan de acción fácil de discernir. Se derrumbó sobre barra y dejó de prestar atención a sus alrededores. Podía oír una mezcla confusa de disculpas y súplicas por parte de Ranma, pero no escuchaba qué era lo que decía exactamente.

“¡Eh! ¡Reacciona! ¡Estabas esperando esto desde que entró!”, se reprendió mentalmente. Recuperó la compostura y, con un gesto, pidió a Ranma que cesara su incesante y atropellado intento de disculpa y justificación. Cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro.

Intentó encontrar algunas palabras que dirigirle, pero nada acudía a su mente. Entonces recordó las conversaciones que había mantenido con aquella anciana a la orilla del mar. Recordó todo lo que pasó, todo lo que dejó salir y, sobre todo, una frase que le recitó: “Tal vez no puedas endulzar el mar echando miel en la playa. Pero puedes llevarte cada día un vaso y retirar la sal del mar que ahí puedes encerrar.”

—Está bien, Ranchan. No te preocupes por mí —le tranquilizó al tiempo que abría los ojos y los fijaba en él —. No intentaré destruir tu relación con Akane.

—Utchan, muchas gra-

—Pero —le interrumpió alzando la voz —, aún no estoy dispuesta a darte por perdido. Puede que no intente estropear tus citas, pero eso no quiere decir que vaya a desaprovechar las oportunidades que puedan presentárseme.

Ranma se mantuvo en silencio durante un rato. Ella siguió observándole todo el tiempo.

—Siento mucho todo esto —dijo al fin, sorprendiéndola —. Siento haber hecho vuestra vida miserable. Tú, Akane, Shampoo…

—Bueno, eso no se puede cambiar —sonrió —. No se puede cambiar el pasado, así que no merece la pena dejarse arrastrar por él.

Su expresión cambió a una de sorpresa total.

—¡Guau! ¡Realmente has cambiado mucho en ese viaje!

—Sí, podrías decir que sí —corroboró también un poco sorprendida por sus propias palabras.

Poco después se despidieron. Ranma salió del restaurante llevándose con él sus últimas esperanzas de que algún día se convirtiese en su esposo. No había mentido: todavía no se sentía capaz de dejarlo marchar del todo. Pero, aquella conversación había dejado claro que ella no era la única que había cambiado.

—Ukyô…

Ni siquiera se giró para ver a Konatsu. Continuó con la mirada fija en la puerta abierta.

—¿Está bien, Ukyô? —preguntó el ninja.

—Yo… —finalmente, se giró hacia su camarero (más bien, camarera) y una leve sonrisa consiguió dibujarse en su rostro —Sí, estoy bien. Dime Konatsu, ¿cómo van las cuentas?

—De hecho, muy bien —le informó casi brillando de felicidad —. Estos días hemos amasado una pequeña fortuna.

“Perfecto. Tal vez pueda llevar a cabo ‘el plan’ dentro de poco”, se dijo con satisfacción.

—¿A cuánto ascienden las ganancias, exactamente?

—A unos increíbles dos mil yenes.

Ukyô permitió que su enfado inicial se evaporase rápidamente. Definitivamente tenía que aumentar el sueldo de Konatsu. Al final sería mejor para ella que para él.


Los rayos de sol se colaron entre la persiana, y Akane se quejó amargamente por ello. A pesar de estar despierta decidió seguir descansando un poco más; a ser posible, una semana más.

Y eso que no le gustaba quedarse en la cama más de lo necesario. Pero el entrenamiento que había empezado dos semanas atrás, el mismo día que Lao-hu Lan había llegado, bajo Cologne y Ryôga era inhumano. Ya se podía explicar porque de repente dejó de ser la mejor en Nerima.

Se dio una vuelta más, aplazando el inevitable momento en el que tuviera que levantarse. Y moverse. Sintió unos dolores fantasmas sólo de pensar en llegar andando hasta el baño o la cocina. Tan sólo esperaba que las acciones involuntarias como comer o parpadear no le doliesen.

Entonces, otro pensamiento cruzó su mente: Nabiki. Se quejó nuevamente, con gruñido incorporado. Le gustaba pensar que lo que le había dicho Ranma hacía un par de días detrás del Cat Café era cierto.

—Cologne entrena tu cuerpo y Nabiki tu paciencia —dijo, y se fue a continuar practicando las últimas técnicas de la escuela del Dragón.

Tenía que admitir que tenía razón. Su hermana nunca había sido tan persistente sobre ninguna otra cosa. El instante en el que ponía un pie en casa, Nabiki se convertía en su sombra, molestándola sobre que debería contarle lo de sus sueños premonitorios a la familia. A pesar de lo llena que estaba la casa, siempre conseguía arrinconarla en algún sitio, reprochándole su actitud a una velocidad endiablada.

Finalmente, abrió los ojos. No le dolió, así que se sintió afortunada. Seguidamente, trató de enderezarse. Al momento, dejó de sentirse afortunada. Su abdomen había decidido informarle de lo poco que le gustaba la idea del movimiento a través de unos dolorosos pinchazos. Vencida, se dejó caer de nuevo en la cama. De todas maneras, tenía aún menos ganas de escuchar a su hermana que de moverse. Así que, prácticamente arrastrándose a través de las sábanas, se quedó en una posición en la que los rayos de sol caían sobre la almohada y no su cara y se dispuso a continuar con el sueño reparador que tanto necesitaba.

—Akane, creo que deberíamos hablar —la voz amortiguada de Nabiki tuvo el efecto indeseado de deshacer toda la modorra que había mantenido mientras pensaba en la cama. Consideró por un momento hacerse la dormida, pero tuvo que desechar la idea; si su hermana había llamado a la puerta era porque sabía que estaba despierta.

—Akane, se que estás despierta —añadió. Se tuvo que reprimir para no soltar alguno de los juramentos que había cogido de Yuka. Prácticamente todos lo que se sabía venían de ella, aunque estaba muy lejos de tener el nivel de su amiga. Normalmente demostraba su disgusto de una manera más física.

Odiando cada momento, salió de la cama y se cambió, cuidando de ponerse una camisa de mangas largas, como llevaba haciendo un tiempo. Se dio cuenta de que su habitación era un completo desastre. Todo estaba tirado: sus revistas, sus apuntes, su ropa… Todo tenía un cierto aire a Ranma del todo inconfundible. Se sonrojó y miró a la ventana abierta. Sólo estaban en la fase de citas, pero bueno. Ya se conocían bastante bien, así que la razón por la que no habían avanzado más era por simple timidez.

Se maldijo en voz baja mientras subía la persiana, dejando que el sol entrara por fin sin restricciones e iluminase su desastre de habitación. Sumado al hecho de que apenas tenía tiempo libre con el entrenamiento, Ranma definitivamente había destruido lo poco que le quedaba de su antiguo orden inmaculado. Después de un momento, lo aceptó como una consecuencia evidente de su relación con su prometido.

—¡Oh! Buenos días hermanita. Por cierto, deberías limpiar esto —se giró y vio esa expresión de disgusto en el rostro de su hermana que le ponía de los nervios.

—¡Adelante! ¡Entra sin llamar! —dijo con todo el sarcasmo que su dolorido cuerpo y su adormilada mente le permitieron conseguir. Se sentó en su cama deshecha y su hermana hizo lo mismo en la silla de su escritorio.

—Nabiki, ¿por qué no lo dejas ya? —siempre había oído que la mejor defensa era un buen ataque, así que decidió probar si acaso era verdad —Les contaré cuando yo quiera, ¿vale?

—Yo creo que no —otra estrategia inefectiva.

Akane se levantó y, pretendiendo no oír cada palabra que provenía de su hermana, se dirigió al baño. Se encerró dentro y se apoyó contra la puerta.

—No puedes quedarte ahí dentro todo el día —le informó Nabiki desde el otro lado. Casi podía verla con esa sonrisa que ponía cuando sabía que tenía la sartén por el mango, figurativamente hablando.

—¡Puede! ¡Pero cómo no me dejes en paz puede que no entres al baño en todo el día! —amenazó. Hubo una pausa, y entonces:

—¡Da igual! ¡Te estaré esperando al desayuno! —no se había deshecho de ella, pero al menos había conseguido algo de paz durante un rato.

Escuchó con atención los pasos alejándose de su hermana. Cuando dejó de oírlos, abrió la cerradura y suspiró una vez más. Estaba realmente cansada del mismo teatro cada día. No quería ni imaginarse que pasaría si se enterara de que Ranma y ella ya se besaban con regularidad. Que tenía poderes sobrenaturales: asegurada la paliza diaria para que lo contara; que besaba a su prometido: cobertura en la televisión internacional.

Se dio un baño rápido, sumergiéndose en el agua caliente y vaporosa después de limpiarse bien con agua fría. Sus músculos, aún quejándose por cada movimiento, quedaron en cómodo silencio cuando había pasado quince minutos sumergida. Relajándose por fin, observó su cuerpo durante un rato.

Estaba fortaleciéndose cada vez más con cada día que pasaba. Flexionó uno de sus brazos, sacándolo del agua, y contempló sus músculos tensándose. No solía observarse a sí misma de esa manera, pero entrenar con la intensidad con la que lo estaba haciendo le había hecho fijarse más en su cuerpo.

Finalmente, sonriéndose a sí misma al observar su pecho, terminó su baño. Por fin preparada, bajó al primer piso, hacia la sala de estar.

—¡Buenos días, Akane! —le saludó Kasumi. Sonrió y se sentó a la mesa, donde el desayuno estaba servido. Justo como había temido, Nabiki desayunaba frente a ella, sin quitarle el ojo de encima. El resto de la familia también desayunaba a su alrededor. El único que faltaba era Ranma.

Eso le dio una idea. Devoró con rapidez la mayor parte de su desayuno, y entonces, actuando irritada, dijo:

—¡Hum! Ese zarrapastroso de Ranma… Voy a llamarle para que podamos salir a tiempo hacia el Cat Café.

Se levantó y se giró hacia las escaleras, relajándose. Parecía que iba a poder escaparse sin más.

—¡Oh! No te preocupes hermanita, ya lo he hecho yo —le informó su hermana. Cuando se dio la vuelta, la vio. Comiendo lentamente, sonría con suficiencia.

Se sentó de nuevo a la mesa y se prohibió mirar a su hermana. Estaba enfadada hasta un nivel que no creía posible, pero no le iba a dar la satisfacción de conseguir lo que quería. Continuó desayunando, lentamente, hasta que su prometido apareció en el salón. Se sentó a su lado y empezó a engullir el desayuno a toda velocidad.

Akane terminó y se levantó, lanzando una última mirada a Nabiki intentando hacerla comprender el tipo de cuerda floja sobre la que estaba caminando con su actitud. Su hermana ni siquiera se inmutó. Dejando caer los hombros y soltando un suspiro, se dio la vuelta una última vez y, con los platos que había usado en la mano, fue a dejarlos en la cocina.

—¡Eh, Ranma! ¿Cómo fue la obra de teatro aquella? —oyó a la voz de Nabiki preguntar.

Se le congeló la sangre y se arremangó la camisa. El doctor le retiró la escayola hacía ya una semana, pero aún había una marca muy reveladora en su brazo.

—¿Eh? ¿Uh… Qué obra?

—La que Akane y tú teníais en la escuela —respondió su hermana.

—Er… ¿Ya fue? —respondió Ranma. Akane no estaba segura de si era mejor ir y ayudar a Ranma o escapar poco a poco y confiar en que su prometido pudiera hacer lo mismo por sus propios medios.

—¡Oh! ¿Y cuando fue? ¿Y por qué no nos avisasteis? —preguntó su padre. Parecía que las cosas se estaban descontrolando: el resto de la familia se había unido a la conversación.

—Er… Fue… Esto, hace tres días —respondió su prometido murmurando.

—Pero, hace ya una semana que Akane se quitó la escayola falsa… ¿No dijisteis que el director de la obra quería que la llevase todo el tiempo? —preguntó Nabiki inocentemente. Al entrar de nuevo en el cuarto de estar, con la manga de nuevo en su sitio, pudo ver la expresión de total satisfacción de su hermana. Sin embargo, nadie la vio entrar, porque la atención de todos estaba puesta en Ranma.

—Es cierto, es cierto… —decía Genma mientras asentía.

—¿No nos estarás ocultando algo, Ranma? —finalizó su hermana.

Para entonces, Ranma ya había caído en su error, y no podía dejar de moverse nervioso en su sitio. Miró con pánico a su alrededor preparado para hacer una salida fugaz en cualquier momento.

Tenía que hacer algo. Y tenía que hacerlo rápido. Pero si seguía evitando el tema, Nabiki conseguiría mostrarlo de mala manera. Pero no estaba haciendo nada malo.

—Es cierto, Ranma y yo os hemos estado ocultando algo —su declaración tuvo el efecto deseado de atraer la atención de todos. Se acercó hasta su prometido y se sentó a su lado. A pesar de que los focos ya no le apuntaban a él, una nueva ola de nerviosismo lo recorrió cuando, por debajo de la mesa, le agarró una mano.

—¿Akane…?

Fijó la vista en su padre, que tentativamente esperaba una respuesta. Genma se mantenía neutral, mientras que Nodoka y Kasumi demostraban una cierta preocupación ante la revelación. Casi sin quererlo, se fijó también en Nabiki. Curiosamente, su hermana ya no estaba sonriendo. Bueno, en realidad sí que sonreía, pero era de una manera totalmente distinta a lo que esperaba. Parecía… genuina.

—Yo… Sí. Ranma y yo nunca tuvimos que actuar en una obra de teatro —reveló —. La escayola que he estado llevando era, de hecho, real.

Varios gritos del tipo “¿Qué?”, “¿Cómo es posible?”, “¡Akane!” y similares ensordecieron cualquier otro sonido durante unos instantes. Cuando fue posible restaurar algo de calma, su padre ya dejaba escapar un par de débiles ríos de lágrimas mientras Kasumi le aseguraba que todo iba a estar bien, aunque su expresión de preocupación era mayor. Tal y como la de la señora Saotome y su marido. Nabiki no había cambiado su expresión.

—¡No pasa nada! ¡No pasa nada! —trató de calmar a su padre —Ya me he curado. Además, valió la pena.

—¡Más vale que te expliques, jovencita! —exclamó entonces Nodoka, una cierta cantidad de enfado mezclándose en su gesto —¡No decirnos que estabas herida! —y girándose hacia su hijo, continuó con un peligroso brillo en los ojos —¡Y tú, hijo mío! ¡No creo que sea muy masculino dejar que hieran a tu prometida!

—¡Pero fue Akane la que eligió luchar sola! —se defendió su prometido.

—¡Mi pobre hija! —se lamentaba su padre.

—Eso no es apropiado, Ranma —contraatacó Nodoka.

—¡Basta! —gritó. Una vez más, toda la atención recayó en ella.

—No creo que sea muy educado…

—Hermanita, no deberías…

A pesar de lo que amaba a su hermana y a Nodoka, las interrumpió de nuevo:

—Nodoka, Kasumi, ya está —dio un fuerte golpe a la mesa al apoyar su mano libre, y el silencio se adueñó del salón. Viendo los gestos más bien enfadados después de su súbita muestra de rebeldía, se giró hacia su prometido. A pesar de sus constantes movimientos involuntarios, se puso firme cuando sus miradas se cruzaron. Asintió una vez, serio, y continuó mirando a sus padres.

—Tengo dos cosas que contaros —comenzó después de un último suspiro de resignación. Sabía que les iba a llevar un buen rato conseguir una situación que les gustase, pero, al menos, estaban seguros de una cosa: se tenían el uno al otro para aguantar lo que fuera.

—Primero, Ranma y yo estamos saliendo —ante la falta de reacción de la familia, añadió: —. “Activamente”.

Eso provocó una nueva serie de gritos. Esa vez, sin embargo, eran de celebración y alegría. Incluso Nodoka se olvidó momentáneamente de cualquier queja respecto a la masculinidad o el respeto. Hubo, sin embargo, una frase de Nabiki que escuchó claramente a través de la algarabía.

—No ha sido tan difícil, ¿verdad?

Finalmente, tras amenazar tres veces con marcharse de casa si intentaban casarles sin su permiso, Akane procedió a relatar lo ocurrido en el Takahashi’s. Se dio cuenta de que Nodoka parecía más y más triste según iba contando su primera cita en serio, y se hizo una nota mental para preguntarla más tarde.

Su padre casi se desmayó cuando Ranma relató su pelea con Kodachi. Pasaba ratos culpando a su prometido (cabeza de demonio incluida) por el dolor por el que había pasado su hija, seguidos de otros en los que lloraba silenciosamente con una tonta sonrisa pegada en la cara.

—Hay una cosa más que quería contaros —dijo tras hablarles de la reacción del doctor Tôfû y enseñarles la marca en su brazo.

—¿Qué es, Akane? —preguntó Genma.

—Es…

—Seguro que es una tontería, ¿a que sí, Akane? —explicó Nabiki por ella.

—Er… Sí, en realidad es una tontería —confirmó, siguiéndole la corriente a su hermana sin saber muy bien porqué.

—Ah, de acuerdo —dijo su padre.

Un rato después, cuando por fin consiguieron huir de las inacabables preguntas de su familia, Ranma y ella se dirigieron a sus habitaciones para cambiarse e ir al Cat Café.

Cuando volvieron a bajar, Nabiki les estaba esperando al pie de las escaleras.

—¿Por qué me has cortado cuando iba a contarles lo de los sueños? —le preguntó confusa y algo enfadada. Después de haber estado molestándola durante dos semanas, quería una buena explicación.

—Digamos que nuestra familia ya ha tenido suficientes revelaciones durante un tiempo —respondió con una pequeña sonrisa.

Akane sonrió también, mucho más abiertamente.

—De acuerdo, gracias hermana —dijo, y se dirigió hacia la salida con su prometido.

—¡Hey! ¿Quién ha dicho que este favor os vaya a salir gratis?

—¡Nabiki! —exclamaron a dúo escandalizados.

—Ya me conocéis —les recordó a modo de respuesta.

—¿Cuánto exactamente? —preguntó vencida.

—Por ser vosotros…


Otra vez en la cocina fregando. Y otra vez pensando en lo mismo: la transformación de Ryôga.

Perfume se dio un respiro. Dejó la media docena de platos que aún tenía que fregar en remojo y se secó las manos en el delantal. Un sol algo menos luminoso de lo normal se dejaba ver por la ventana de la cocina. Y mientras, en el solar al que daba la ventana, Ryôga tutelaba a las dos japonesas, la mala cocinera y la rubia.

Observó en silencio, aislándose del suave murmullo que le llegaba desde la zona de mesas, como su airen montaba unos maniquís de pelea de madera. Al mismo tiempo, las otras dos trataban de mantenerse sobre una tubería de hormigón con los pies atados. Si no se equivocaba, lo siguiente sería atarlas de pies y manos.

Ryôga trabajaba pausadamente, asegurando bien cada pieza de su creación. Comprobaba cada poco la movilidad de las articulaciones, obligando al aparato a girar cada una de sus partes varias veces a gran velocidad antes de darse por satisfecho.

Era casi imposible pensar que escondido ahí dentro hubiese un cerdito negro. Es decir, no utilizaba su forma maldita de ninguna manera; si acaso, odiaba su condición con una intensidad inconmensurable. De hecho, ni siquiera contaminarse por el Zhou Quan Xiang había entrado en sus planes. Ranma era el verdadero culpable de su condición. Cómo era capaz de tolerarle después de eso era algo que no lograba entender.

—Perfume. Perfume. ¿Hola?

Se sacudió sus pensamientos y miró a la misma pelirroja a la que había dirigido su odio durante unos días con algo menos que desprecio. Llevaba por lo menos media docena de platos sucios en cada mano al tiempo que intentaba secarse el sudor de la frente con la manga del traje.

—¿Qué quieres? —preguntó con el tono más desafiante que tenía.

—Estos son los últimos platos de la mañana. Después vamos a comer…

—Ya, vale. De acuerdo —la cortó.

Le robó los platos de las manos y los echó sin muchos miramientos con los que aún estaban en remojo. Se giró una vez más hacia la chica, que la miraba con algo parecido a desafío.

—¡Ten más cuidado con eso! —le reprendió.

—Yo soy la que friega, ¿no? Pues entonces, fregaré como me dé la gana.

La chica comenzó a respirar rápidamente y a rechinar los dientes. Pero, no llegó a responder. Soltó un largo suspiro y se marchó sin decir nada. Decepcionándola.

Estaba tan confusa con Ryôga… Recordaba perfectamente lo agitado que estaba cuando le contó sus primeros momentos como cerdito: un panda enorme lo recogió después de que casi se ahogara; entonces, se lo llevó hasta la casa del guía y allí estuvieron a punto de comérselo. No podía culparle por sentirse así tan sólo rememorándolo.

Y es que, a pesar de todo, sus sentimientos hacia él seguían siendo los mismos. Por mucho que buscase, por muchas excusas que formulase, seguía queriéndole. A sus ojos, seguía siendo el mismo airen lleno de contradicciones del que se había enamorado. Seguía siendo terco pero comprensivo, duro pero blando, fuerte pero débil.

Seguía siendo él.

Lo que sería mucho más fácil de aceptar si hubiera sido maldecido por cualquier otra cosa. Pero, ¿el Zhou Quan Xiang? No…

Meneó involuntariamente la cabeza. Era incapaz de avanzar en el tema. Y viendo los platos que se le habían juntado, abrió el grifo y reanudó la única tarea que había conocido en aquel lugar.

Esa misma noche, cuando los únicos que quedaban en el restaurante eran sus hermanas Nujiezu, Mousse, Ryôga y un chico ciego y esmirriado que no conocía que llevaba allí desde que había vuelto, bajó sin hacer ruido de nuevo a la cocina.

A aquella hora no había olores, ni ruidos, ni el sabor a cerdo agridulce y tallarines que le invadía cuando era de día. El silencio era ensordecedor; no le dejaba oír ni sus pasos ni el latir de su corazón. Le presionaba en los oídos como una fuerza real y le obligaba a agudizar el resto de sus sentidos.

Observó de nuevo, a través de la ventana, el lugar de entrenamiento. Tan sólo las sombras ocupaban el solar a esa hora y, como había hecho al bajar a la cocina, se dirigió hacia allí sin preguntarse porque. Cuando abrió la puerta de la cocina que daba a dicho solar, el calor de la noche de Tokio le abofeteó con violencia.

Normalmente hubiera podido aguantar esa temperatura con facilidad. Sin embargo, en las últimas semanas dormir se había convertido en una pelea en vez de un descanso. No podía encontrar la razón a su repentina incapacidad de aguantar el calor; lo que sí sabía es que la noche que tuvo que pensar en medio de la nada con Ryôga la pasó perfectamente.

Tardaron casi dos días en hacer un viaje que de normal llevaría apenas una hora. Y estaba agradecida por ello.

Ese viaje le dio tiempo para contarle a su airen su historia. Tan completa como la recordaba. Con la soledad, la esperanza y la mentira que le habían marcado para siempre. Que la habían hecho comprender cómo funciona el mundo en realidad.

Caminó hasta el único árbol que se mantenía en aquel lugar, rodeado de hormigón y asfalto. De un ágil movimiento, saltó a las ramas interiores y, ahí, se acomodó. Recostada entre las hojas, logró escapar, aunque sólo parcialmente, del sofocante calor que sentía.

Sin embargo, su comodidad física se convirtió en el contrapunto ante su incomodidad mental. Porque al recordar su vuelta junto a Ryôga, otro tema que también mantenía ocupada su mente había reflotado: Cologne.

¡Esa maldita bruja disecada había vuelto a engañarla! Una vez más, le había utilizado para llevar a cabo alguno de sus planes. Pero eso no era lo que más le molestaba; podía entender que la matriarca, la figura de mayor poder de la aldea, podía necesitar esconder sus verdaderas intenciones de la Nujiezu de a pie. Lo que no podía soportar era volver a estar en la más absoluta ignorancia.

—Veo que has encontrado un buen lugar de descanso.

No se cayó. Saltó del susto y quedó colgada de un brazo y una pierna, pero logró sujetarse y evitar un buen golpe. Cuando recuperó la verticalidad dirigió su atención hacia la anciana que encaramada a su bastón mantenía el equilibrio en una rama más alta que la que ella había ocupado.

Se recostó en su dirección y luego desvió la mirada hacia otro lado.

—¿Qué está haciendo a estas horas, Matriarca? —preguntó con respeto fingido. Había utilizado ese tono burlón en las construcciones formales desde que se había dado cuenta de lo débil que se había vuelto Cologne. Sabía que ella lo había captado; sin embargo, el hecho de que dijera las palabras exactas, no importaba el tono, le protegían de cualquier castigo.

Además, siempre le hacía sentir bien hacer rabiar a la anciana, aunque fuera de la manera más insignificante.

—Bueno, yo podría preguntarte lo mismo. Al fin y al cabo, la que viene aquí a escondidas de noche eres tú, ¿no?

No respondió. Ni siquiera se giró para mirar a Cologne.

—Ya más de una semana… En verdad que no entiendo…

—¿Qué quiere? —cortó impaciente. Ella se rió burlona.

—Pues venía a repetirte lo que le dije a Ryôga cuando vinisteis.

Lentamente, volvió a mirar a Cologne. Seguía encaramada a su bastón, equilibrándose en una rama como si nada. Y su sonrisa fantasmagórica resaltaba en la oscuridad como un fuego fatuo. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Bueno, ya que se pone, podría explicarme también la razón de este retraso —dijo ocultando su repentina alteración —. No entiendo por qué no pude enterarme al mismo tiempo que mi airen.

“De hecho, desde aquel día ha estado tan distante… Ni siquiera me he atrevido a utilizar las técnicas de siempre”, recordó. Eso, junto a su indecisión, le había condenado a observar a Ryôga desde la distancia. Habían sido tres semanas realmente malas.

—La razón por la que no te conté nada era, precisamente, dar un respiro a Ryôga —reveló la anciana.

—¡¿Qué?! —exclamó indignada —¿Por qué?

—Porque le necesitamos aquí. Y si el chico se siente demasiado presionado, terminará por explotar y huir.

Estuvo a punto de responder, pero no lo hizo. No le gustaba nada lo que había hecho, pero tenía que reconocer que tenía su lógica. Además, estaba consiguiendo las respuestas que deseaba, aunque no fuesen exactamente las que esperaba.

—Entonces, ¿qué es eso tan importante que tienes que contarme?

—Es… Un monstruo de nuestro pasado Nujiezu, de cuando la aldea acababa de ser fundada, ha vuelto. Planea destruirlo todo, y empezó con la aldea.

—Quieres decir que… el meteorito… —aventuró con temor.

—Sí. Destruyó nuestra aldea en un acto de lo que supongo fue inacabable venganza. Y después, continuó con el resto de los pueblos luchadores: la dinastía Almizcle, la gente del monte Fénix, los Shaolines del Himalaya…

—Pero entonces… Shampoo y Mousse… Y Ryôga… —murmuró incrédula.

—Sí. Ellos son la última esperanza. Y las escuelas legendarias sus armas.

—Pero… ¿Y Ryôga? Él no conoce… —entonces, un terrible pensamiento cruzó su mente —¡No serás capaz! ¡No pensarás sacrificarle!

—¿Qué? ¡No! ¿Qué te crees que soy? —negó con rotundidad y enfado Cologne.

No respondió a sus airadas preguntas, aunque supuso que el hecho de que tal pensamiento hubiera pasado por su mente era respuesta suficiente.

—He estado entrenándole —le informó más calmada —. Intentando aumentar aún más su resistencia, enseñándole técnicas para aguantar cualquier golpe. Ahora mismo podría ponerse en el camino de un Shinkansen(1) y salir ganando. Pero temo que eso no sea suficiente.

—O sea, convirtiéndole en una especie de defensor —resumió también más calmada.

—Sí, eso es.

—Es perfecto para ese papel —comentó aún aturdida.

De nuevo, el silencio se apoderó del lugar.

—Estoy pensando… —aventuró Perfume entonces —¿Ese chico esmirriado y blancuzco…?

—Lo mandó este monstruo con la intención de matarlos. Sin embargo, gracias a Akane Tendô, se rebeló contra él y se unió a nosotros.

Así que la japonesita mala cocinera tenía alguna utilidad después de todo. Cuánto más tiempo pasaba en Japón, más primeras impresiones se terminaban desmintiendo. Era difícil de creer.

—Por cierto, hay una cosa más que quería contarte, Perfume.

Centró de nuevo toda su atención en su matriarca, notando esa vez una cierta falta de energía en el tono de la anciana.

—¿Y qué es? —después de descubrir que había un ser enormemente poderoso que quería destruir la humanidad, pues como que el resto de las revelaciones que se le pudiesen hacer parecían bastante nimias.

—Poco después del meteorito, anulé todos los “Besos de” que estaban en vigor temporalmente.

Por segunda vez, casi se cayó de la rama. Sabía que Cologne había cambiado, ¿pero cómo para anular una de las leyes más fundamentales? Eso significaba que Ryôga… Pero, pensándolo bien, se encontró con su airen cuando llegó a Japón.

—¿Cuándo exactamente hizo eso? Porque le recuerdo que tardé bastante en llegar. De hecho, como ya le relaté, pasé tres días viajando con Ryôga por Japón antes de llegar aquí —explicó con una sonrisa, recordando sus primeros días con su airen. Antes de que todo se volviese tan complicado.

—Ahora que lo dices… —la mujer se quedó unos minutos en concentrado silencio hasta que continuó —De hecho, pensándolo bien, no te afectan.

—Pero no es eso a lo que voy —prosiguió más decidida —. Lo que quería decir es que si quieres que vuelva a hacerlo, podría perfectamen…

—¡No! —exclamó indignada —¡De ninguna manera!

Temblando de ira, descendió al suelo y se dio la vuelta. Ya que el momento de las respuestas había llegado, había una pregunta que tenía que hacer una vez más.

—¿Acaso usted no quiere que Ryôga y yo vivamos como un verdadero matrimonio?

Se dio la vuelta y vio a Cologne descender a unos pasos de ella. Había una expresión de concentración en su rostro surcado de arrugas, y la respuesta se hizo esperar.

—¿Así que le amas de verdad? —inquirió clavando la mirada en sus ojos.

—Sí —respondió manteniendo la mirada.

—Entonces, olvida esto último que te he dicho. Tienes mi bendición.

—Así, sin más…

—Sí. No más trucos. No más planes —aseguró —. Ya conoces la razón por la que ha de seguir aquí. Entiendo por tanto que sabrás actuar en consecuencia. Por lo demás, puedes mantener la tradición hasta donde quieras.

Y con esas palabras, se fue rebotando encaramada en su bastón.

Ella también se fue a la cama. Gratamente sorprendida, pensó, mientras se acostaba de nuevo, en cómo su última impresión sobre el Cat Café acababa de derrumbarse en aquel momento. Y como, tal vez, debía echar abajo otra más que tenía desde hacía mucho tiempo.

A la mañana siguiente, impulsada por su nueva libertad, se coló en la habitación de Ryôga antes de que se despertara. Esperó con paciencia y, cuando el chico al fin se despertó, se abalanzó sobre él con tres semanas de ganas reprimidas.

—¡Argh! ¡Perfume, suelta! No puedo respirar…

A regañadientes, soltó y retrocedió un poco. Tal vez había usado demasiada fuerza, porque Ryôga tenía un extraño tono azulado del cuello para arriba y tomaba grandes bocanadas de aire.

Cuando el chico recuperó su color normal, dijo:

—Perfume, realmente no estoy de humor. Tengo que entrenar y entrenar a Akane y Kaiko…

—Ya lo sé —le interrumpió solemne —. Cologne me lo ha contado todo.

—¿Sabes por qué estoy entrenando?

—Sí.

Abrumados por la seriedad de la conversación, ambos se mantuvieron en silencio durante unos minutos. Ella necesitaba preguntarle algo, pero no sabía muy bien cómo hacerlo. Al final, harta del silencio, se decidió a preguntar directamente.

—Si quieres proteger a Akari, ¿cómo es que sigues aquí?

—Yo… La verdad es que… no sé —confesó a trompicones.

—Supongo que, si estoy aquí es porque, claro, aquí puedo hacer más —continuó algo más seguro —. La vieja momia me está enseñando estas técnicas, y cada vez soy más fuerte. Así que, me estoy preparando lo mejor que puedo. Así que, aunque estoy aquí, en realidad…

Perfume no escuchó más. Todo estaba claro. Ryôga seguía allí, haciéndose cada vez más fuerte para poder proteger mejor. Para protegerla mejor. ¡Era tan evidente!

Al fin y al cabo, las acciones siempre hablan más alto que las palabras. Y el hecho era que allí estaba. En cuánto le había presionado un poco había dejado de apartarla. Viéndose en retrospectiva, había sido tan tonta: si tan sólo hubiera hecho lo que deseaba y le hubiera perseguido como siempre. Tres semanas se hubieran reducido a tres días.

— …por lo que seguiré aquí hasta que sea lo suficientemente fuerte. Aunque me lleve meses —al mirarle vio que el fuego de la determinación ardía en sus ojos. Si no hubiera estado ya enamorada de él, lo hubiera estado en aquel momento.

—¡Oh, airen! Eres tan fuerte y decidido… —lentamente, bajo lo que tan sólo podía ser una mirada de nerviosa anticipación de su airen, se acercó a sus labios preparada para… bueno, lo que pudiese surgir.

Un gritito asustado y la falta de un cuerpo bajo el suyo la trajeron repentinamente a la realidad. Al girarse descubrió que había un agujero en forma de Ryôga donde antes solía estar la puerta.

—Um… ¿Tal vez fui un poco demasiado rápido?

Consideró eso por un momento. El sonido de un par de paredes más derrumbándose llegó hasta ella.

—¡Nah…!


Viernes por la noche. Tan sólo un par de horas antes de que cerraran. Más entrenamiento planeado para el fin de semana. Y, aún así, Shampoo no estaba deseando que por fin terminase el día.

Dado que el restaurante se había vaciado un tanto, se sentó en la barra que separaba la cocina de la zona de mesas, y cruzó las piernas. Y suspiró. Observó a Ranma, que llevaba unos cuantos platos en cada mano y los iba colocando con pericia delante de los clientes.

El mismo pensamiento que había aparecido siempre que le había observado así volvió a surgir: le había perdido. Ranma ya no podría ser suyo. Y la única razón era que le había dejado por imposible. Se había rendido del todo. Y no había dolor.

Bueno, algo había todavía. Mientras le observaba maniobrar entre las mesas, equilibrando tres platos en tres dedos, sintió un pinchazo de nostalgia. Estaba ahí mismo, apenas a tres pasos de él, a un saludo de distancia. Y sin embargo, nunca le había sentido tan lejos. Y cuando llegase el fin de semana estaría entrenando junto a él. Podría, por accidente claro está, caer encima suyo. Y a la velocidad que podía moverse, cuando llegasen al suelo unas décimas de segundo después, ya estarían desvestidos.

Pero no tenía sentido seguir pensando en esas cosas. Aparcó su mirada en la entrada, y sintió unas ganas enormes de salir a la calle.

—Bisabuela, ¿puedo salir a la calle?

Un momento después, Cologne apareció a su lado. Aún así, no apartó la vista de la entrada.

—¿Te pasa algo, bisnieta? —detectó un ligero toque de preocupación, por lo que meneó la cabeza.

—No. Sólo quiero salir a que me dé un poco el aire.

—De acuerdo, niña —concedió —. De todas maneras, estábamos a punto de cerrar.

Así que, dando las gracias con un asentimiento, se quitó el delantal que solía llevar por encima del cheongsam(2) y se dirigió a la entrada. Por el rabillo del ojo pudo ver la mirada de preocupación que le dirigió Ranma. Hizo como que no vio nada.

Casi había olvidado el calor asfixiante que se había instalado en Tokio en las últimas semanas. Al principio, sólo había plagado las noches de la ciudad, consiguiendo que el simple hecho de dormir se convirtiera en un nuevo suplicio que nunca había imaginado. Pero ahora, el calor no abandonaba nunca las callejuelas de la ciudad. No había manera de escapar de su agarre agobiante e incluso algo asfixiante. Era como tener un radiador en la nuca y no poder apagarlo.

Empezó a sudar. Alzó la vista, pero sabía que no vería nada más que el resplandor de la ciudad. Aún así, empezó a caminar de un lado a otro de la fachada del restaurante. Salieron unos cuantos clientes, comentando la fantástica habilidad de la camarera pelirroja para hacer su trabajo. Eso consiguió desesperarla aún más, de manera que se dirigió al solar detrás del restaurante, esperando huir por fin de cualquier cosa que tuviera que ver con Ranma.

—Bueno, chicas. Creo que es suficiente por hoy.

Se dio cuenta de su error demasiado tarde. En el solar terminaba la sesión de entrenamiento de Akane y Kaiko. Las dos chicas bajaron del ya desgastado tubo de hormigón dando un mortal en el aire y aterrizando con suavidad. Lo que no tendría nada de especial si no fuera porque tenían los pies y las manos atadas. Evidentemente, un mes de ejercicios para mejorar su equilibrio había dado sus resultados.

Ryôga fue el primero en reparar en su presencia. Miró distraídamente en su dirección durante un momento.

—¡Shampoo! —exclamó girándose de nuevo. Tenía esa expresión de temor que desarrollan todos los machos en una determinada situación. Una situación por la que Ryôga no habría pasado nunca, pero a la que Ranma estaba muy acostumbrado. La expresión de cuando dos pretendientes se encuentran.

—¡Oh! ¡Ella! —oyó que decía su némesis. Cuando fijó su mirada en ella, la Chica Rubia miró para otro lado, altiva. Por supuesto, ella hizo lo mismo.

—Bueno, voy a decirle adiós a Mousse y me voy —observó fijamente como se metió en el restaurante y tuvo que hacer grandes esfuerzos para no interponerse en la puerta.

Ryôga dijo algo de darse una ducha y siguió el mismo camino que Kaiko a toda velocidad. Ella se quedó allí, imaginando unas cuantas maneras especialmente desagradables de arrancarle cada uno de esos pelos de paja que salían de su estúpida cabeza.

—Eh… ¿Shampoo? ¿Puedes dejar de entrecerrar los ojos un momento y escucharme?

Recorrió a su antigua rival de arriba a abajo con la mirada. Tenía la misma expresión que ponía siempre que quería confraternizar con alguien. Con un desconocido, con un desconocido que quería matar a Ranma, con un desconocido que quería secuestrarla para matar a Ranma… Con cualquiera, vamos.

—No me apetece mucho hablar… —dijo, girándose hacia la entrada del restaurante.

—Venga, Shampoo… ¡Tú quieres hablar! —insistió su antigua enemiga.

—No quiero —respondió encarándola.

—Sí quieres.

—¡No!

—¡Sí!

Akane respiró profundamente. Una vez más, había ganando a la japonesa en otra competición. Satisfecha, se giró una vez más hacia la entrada del restaurante.

—Estás confusa porque no sabes muy bien qué relación tienes con Mousse. Y además estás molesta porque Kaiko está compitiendo contigo y ella lo tiene muy claro.

Se volvió y miró una vez más a Akane de arriba a abajo. Cruzó los brazos y se quedó mirándola, escondiendo su expectación bajo una máscara de ligero interés.

—Yo no te puedo decir mucho. La verdad es que yo también soy una novata en cuánto a relaciones se refiere…

—Yo no soy ninguna novata —corrigió a su interlocutora algo molesta.

—Bueno, ya… Además está la cuestión de que este no es el momento más adecuado, teniendo en cuenta por lo que estáis entrenando…

—¿Hay algún consejo detrás de toda esta monserga? ¿O es sólo una forma de hacerme perder el tiempo? —inquirió empezando a enfadarse.

—Eh, sí. Claro que sí. La única manera de que puedas avanzar en tu relación con Mousse es saber exactamente qué relación tienes con él —sentenció Akane.

Pensó en ello sin variar su gesto de indiferencia. Era el consejo más simple que le habían dado en su vida. No estaba segura de que pudiera considerarse como un consejo siquiera. Era tan básico y evidente que casi parecía imposible no hacerlo.

Pero, por otra parte, tenía toda la razón. Tenía que admitir que desde la noche en que se besaron por primera vez, se sentía bastante atraída hacia Mousse. Incluso podría decirse que se declaró en aquel mismo momento. Así que estaba bastante segura de qué lo que sentía no era un encaprichamiento pasajero; había pasado demasiado tiempo para ser eso.

Por supuesto, él la besó. Y luego otra vez unos días después. Lo que debía significar que le gustaba. Pero también era cierto que desde que la maldita rubia se le declaró y volvió a entrenarse, él había estado mucho más distante. No habían vuelto a besarse, y eso que lo había intentado bastantes veces. Pero él se había mantenido en sus trece y la había estado evitando.

Así que sí, todo se había vuelto confuso en el último mes. Y como era tan bueno manteniéndose fuera de su alcance cuando quería, apenas había podido cruzar palabra con él. Cuando entrenaban, estaba demasiado concentrado. Cuando trabajaban, nunca coincidían en el mismo puesto. Y en los ratos libres, simple y llanamente hacía como que no la oía. Era desesperante.

—Puede que tengas algo de razón —respondió al fin. Vio como una gran sonrisa se dibujó en el rostro de Akane al instante. Pensó en rectificar con algún comentario, pero al final se decidió en contra. Al fin y al cabo, la había ayudado. Tal vez, incluso, podrían llegar a ser amigas; después de todo, ya no tenían razón para estar enfrentadas.

—Bueno, ya estarán recogiendo. Voy a ir a ver si pillo a Mousse —sin más charla, las dos entraron al restaurante.

Nada más entrar, vio algo que le volvió a subir la bilis. Allí estaba la tal Kaiko, colgada de Mousse sin ningún tipo de reparo. Más que despedirse, parecía que estuviese intentando convencerle de que fuera a su casa.

—¿Por qué no quieres venir? Tampoco está tan lejos. Y además, siempre podemos coger un bus.

—Es que… No entiendo muy bien la razón por la que tengo que pasarme por tu casa.

Aquello era más de lo que estaba dispuesta a aguantar. Cerró los ojos y empezó a concentrarse, a acumular su propia energía vital y aumentar la velocidad de su metabolismo. Iba a coger a esa maldita rubia y la iba a lanzar a toda velocidad contra la pared, a ver si así dejaba de escuchar su inaguantable voz.

Respiró profundamente una vez, otra… y abrió los ojos. Todo estaba oscuro. No había luz, y por un momento pensó qué, tal vez, había tardado demasiado en concentrarse y la habían dejado allí. Entonces la luz se encendió y vio que estaban todos allí, moviéndose tan lentamente que casi parecían que estaban quietos. Kaiko todavía seguía colgada de Mousse como si fuera un salvavidas.

Con su objetivo claro, echó a correr hacia ella. Pero, cuando sólo había dado dos pasos, la luz volvió a apagarse, y se quedó a oscuras. Se detuvo al momento, y notó las primeras molestias de un gran dolor de cabeza que se le venía encima. No entendía que estaba pasando con la luz, pero entonces se volvió a encender, y reanudó su carrera hacia la chica rubia.

Por desgracia, justo cuando iba a saltar por encima de una mesa para ponerse detrás de Kaiko, la luz se apagó. Incapaz de ver la mesa, calculó mal, y acabó volcando la mesa y rodando por el suelo. Perdió la concentración y, rápidamente, todo volvió a circular a su velocidad normal.

—De verdad, Kaiko, que no… ¿Shampoo? —tumbada boca arriba, dirigió su mirada hacia Mousse, que le miraba con una mezcla de sorpresa y preocupación, la misma mezcla que había en su voz.

—Um… ¿Buenas noches?

Tanto él como Cologne se acercaron rápidamente hasta ella, pero se levantó antes de que pudieran siquiera ofrecerle su ayuda. La molestia rubia, sin embargo, observó todo el proceso por el rabillo del ojo.

—¿Qué hacías? ¿Por qué has aparecido en el suelo? —volvió a fijarse en Mousse, que le hablaba entonces con menos preocupación. Como siempre, sus ojos estaban aumentados y distorsionados por sus gruesas gafas. Era como siempre.

—Nada —respondió con toda su altanería —. No hacía nada.

Se zafó de él y de su bisabuela y subió hacia su habitación sin mirar atrás. Ya al otro lado de la puerta, respiró profundamente. Tendría que preguntarle a su bisabuela que había pasado, por qué la luz se iba y venía cada cierto tiempo. Y sobre todo, necesitaba algo para combatir el enorme dolor de cabeza que le había aparecido después de todo aquello.

Mientras se ponía el pijama, pensó que se había comportado de forma bastante irracional. Llevar a cabo una venganza en Japón podía traer grandes problemas. No era una sociedad tan guerrera como la suya, y sus leyes prohibían tomarse la justicia por su mano.

No era algo que compartiese, pero su bisabuela le había dejado bien claro más de una vez la importancia de mantenerse tanto como fuese posible dentro de la legalidad. No querían atraer la atención. Teniendo en cuenta la pelea que debían llevar a cabo, ya podía imaginarse el porqué de tanto secretismo.

Por tanto, si quería vengarse de Kaiko, debía ser de otra manera. Así que, tratando de encontrar una manera aceptable de vengarse, se quedó dormida con una sonrisa pintada en el rostro.

Al día siguiente, Shampoo se despertó totalmente descansada. Fue el día que mejor durmió de lo que llevaba de mes. Se levantó de un salto y se cambió en un momento, poniéndose directamente su ropa preferida para entrenar, una versión más ligera de su típico cheongsam.

“Un buen baño, un buen desayuno… ¡y a entrenar como Sylphé manda!” pensó entusiasmada. Pero, cuando abrió la puerta, se encontró de frente con su bisabuela. Al parecer, estaba a punto de llamarla porque tenía un puño en alto y se equilibraba sin dificultad de pie sobre su bastón.

—¡Buenos días, bisabuela! —saludó con una gran sonrisa —Voy a darme un baño rápido y enseguida estoy abajo.

—Eso está bien, niña —respondió reflejando su sonrisa —. Pero no iba a llamarte por eso.

Un poco sorprendida, se hizo a un lado para permitir a su progenitora entrar. A falta de un sitio mejor, se sentó en el suelo. Frente a ella, y con la agilidad que tanto admiraba, se sentó Cologne.

—Tú dirás, bisabuela.

—He observado que últimamente estás más agresiva que de normal —expuso con cuidado la anciana.

Tuvo que reprimir un gruñido enfadado.

—Tan sólo estoy esperando a la oportunidad perfecta para deshacerme de ese obstáculo rubio —explicó con cierta desgana.

—Ajá…

Sabía qué era lo que venía. Cologne sacó de entre sus ropas su larga pipa de madera y, de un fluido movimiento, la encendió y dio una primera calada. Estaba entrando rápidamente en su modo de dar discursos.

Y, sorprendentemente, no estaba deseosa de escuchar la sabiduría de su bisabuela.

Más sorprendentemente aún, se lo hizo saber.

—Bisabuela, con todo el respeto del mundo, sé lo que estoy haciendo. No hace falta que me aconsejes. Sé cómo debo hacerlo.

Se levantó sin esperar su respuesta. Dado que no hubo ninguna respuesta o si quiera una recriminación, supo que lo había entendido.

Con una curiosa sensación de estar en control en su pecho, se dio el baño que había planeado. Ya aseada y preparada para un nuevo día de entrenamiento, bajó las escaleras. La verdad era que, aunque siguiesen entrenando, ya habían aprendido todo lo que su bisabuela podía enseñarles. Al menos eso era lo que les había dicho.

—No sé qué decir —oyó que decía la voz de Mousse desde la cocina —. Muchas gracias.

—Más que un regalo para ti, es un regalo para mí —aquella era la voz inconfundible de su martirio japonés. Aceleró el paso y apretó los puños.

Reparó momentáneamente en Lǎo-hǔ Lán, que estaba sentado en la mesa más próxima a la cocina, desayunando. Unas gafas de sol oscurecían las terribles marcas que habían quedado de su sacrificio incluso después de que la bisabuela y el doctor de los Tendô le hubieran curado.

Pero lo que realmente le llamó la atención eran las gafas que descansaban sobre la mesa a unos centímetros de un bol vacío. Se acercó un poco, procurando marcar su presencia haciendo algo de ruido, y confirmó sus sospechas: eran una de las muchas gafas de Mousse.

— Lǎo-hǔ Lán, ¿esas gafas…?

—Mousse me ha pedido que se las guarde un momento —respondió rápidamente el chico —. Esa chica que viene a entrenar al parecer le ha hecho un regalo.

Cogió las gafas y, por fin, se dirigió hacia la cocina. Y lo primero que vio fue a Mousse mirándose en la ventana de la cocina. Junto a él, como una polilla revoloteando alrededor de la luz, saltaba Kaiko.

—¿Lo ves? —decía la rubia entusiasmada —Con esto ya puedes olvidarte  de esas terribles gafas que te hacían más mal que bien.

Él se giró y sus miradas se cruzaron.

Y por primera vez en mucho tiempo, no le miraron unas gafas enormes que apenas sí podían verla. Le vieron unos ojos todavía bien abiertos, aguamarina, y llenos de sorpresa y admiración.

—Shampoo…

De repente, sintió que no podía aguantar ni esa mirada libre de cristales ni la llamada sorprendida de su nombre. Agachó la cabeza y descubrió esas mismas gafas en su mano. Ahí estaba, precisamente, la seña de identidad de Mousse. La manera infalible de  descubrir a su pretendiente más persistente.

Salió de la cocina sin decir nada. Sabía que Kaiko seguía con él, pero es que necesitaba alejarse un poco. Tan cambiado sin gafas; ni siquiera parecía él. De hecho, no había podido reconocer sus ojos. Para ella, aquellos írises aguamarina eran nuevos, extraños. Distintos a los azules y marrones que había conocido hasta entonces.

Una lágrima chocó contra uno de los cristales de las gafas. Descubrió sorprendida que, de hecho, estaba llorando. ¿Qué la pasaba? ¿Acaso iba a perderle porque estaba cambiando?

—No… —murmuró para sí. Se dio la vuelta y, llena de una nueva confianza, se adentró de nuevo en la cocina. Reparó apenas en su bisabuela, que observaba con gran interés la televisión.

—¡Quita tus manos de mi Mousse! —gritó, aguantándose por poco las ganas de echarse encima de la rubia y acabar con ella de una vez por todas.

—¿”Tú” Mousse? —respondió ella entrecerrando los ojos.

Fue entonces cuando se dio cuenta de lo que había dicho. Y también se dio cuenta de que no iba a retirar ni una sola palabra. Estaba perfectamente cómoda con todo lo que había dicho.

—Sí, exactamente. ¿Algún problema? —respondió desafiante.

—¡Oh…! ¡Te voy a…!

—¡Niños! —todos se giraron hacia Cologne. Tenía una expresión rara en el rostro. Como si estuviera a punto de comerse un limón pasado. Y luego tuviera que comerse otros dos kilos para pasar el primero.

—Atended a la televisión. Nos vamos al monte Fuji en cuánto terminéis de ver el reportaje —ordenó, y desapareció escaleras arriba.

Los tres salieron de la cocina y se unieron a Lǎo-hǔ Lán, que escuchaba con interés el informativo que Cologne había estado observando.

—“Hacia meses que habían dejado de aparecer.” —gritaba un hombre por encima de lo que parecía ser un viento huracanado. El hombre llevaba gafas, sostenía un micrófono y parecía bastante asustado, a pesar de que estaba dentro de una casa que al parecer se levantaba en la falda de una montaña —“Pero después de tanto tiempo, y de que incluso la comunidad científica expresase su convencimiento de que el fenómeno había terminado, se ha producido un nuevo Advenimiento. ¡Y en nuestro propio país! Es como si nunca hubieran dejado de producirse: la progresión de su color hacia el rojo se mantiene, e incluso podría decirse que ha llegado al máximo. Las luces tiñen de rojo la nieve del monte Fuji, donde este increíble suceso ha resurgido del recuerdo y nos ha recordado la última erupción, hace casi tres siglos, de la montaña. Las medidas policiales no se han hecho esperar y se ha prohibido el acceso a la cumbre, cerrando las cinco vías habilitadas para la escalada, desalojando rápidamente todos los puestos y tiendas. A pesar de todo, como si no hubiera pasado un mes desde la última vez, los seguidores de los Advenimientos se han congregado en la ladera del monte, mezclándose con los curiosos y los que simplemente esperan a que se reabra. Éste ha sido Hideako Anno, y llevaré a cabo entrevistas en cuanto el viento…”

El reportero devolvió la conexión a sus compañeros en el plató, pero la imagen del monte que presidía la ciudad desde la lejanía teñido de rojo se mantuvo varios minutos en su retina.

En ese momento, Cologne apareció de nuevo por las escaleras llevando consigo una pequeña bolsa.

—¿Por qué vamos a ir al monte Fuji? —preguntó con escepticismo Shampoo —¿Acaso nos interesan esos “Advenimientos”?

La anciana tan sólo suspiró y dijo:

—Esos “Advenimientos”, como los llaman, son la marca de Erra.

—El momento de desatar las escuelas legendarias contra su creador ha llegado.


N.A: (1) Shinkansen: Tren de alta velocidad japonés (el famoso “Tren bala”).

(2) Cheongsam (o Qipao): El traje típico chino que suele llevar Shampoo, ajustado y que muestra piernas y brazos.


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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