Cap. 20 de S.A. original

La batalla contra el animal continúa, y ni las explicaciones ni las nuevas resoluciones ni la llegada a un lugar conocido y querido pueden disminuir el impacto que las consecuencias del final de la pelea tienen sobre todos.

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…sólo un sacrificio más…

Akane sintió que podía volver a respirar tranquila. Ranma estaba sentado sobre la celda de piedra que acababa de crear. Una hazaña que, debía añadir, le había sorprendido enormemente.

De hecho, la compenetración que habían demostrado Shampoo, Mousse y él era impresionante. Sentía curiosidad e, incluso, tenía que admitir que estaba un poco celosa. Ése poder era… fascinante.

—Bueno, creo que con esto debería bastar.

Ranma se puso de pie y se dirigió hacia ella. Mousse y Shampoo hicieron lo mismo, y un momento después, Ranma la cogió suavemente por su hombro bueno.

—¿Estás bien? —preguntó con la sonrisa que siempre exhibía tras ganar una pelea.

—Sí, Ranma —tenía que admitir que disfrutaba cuando le ofrecía toda su atención. Pero al fin y al cabo, eso era lo normal cuando se estaba enamorada, ¿no?

—Ahora debemos pensar qué hacer con él —indicó Cologne.

—Sí, aunque no se me ocurre qué —terció Shampoo.

—Bueno —intervino pensativo Mousse —, no ha dicho nada durante toda la pelea. Yo diría que no conoce el japonés. Tal vez si lo intentásemos en chino, ahora que está encerrado.

—Yo también creo eso —dijo Ranma mientras la soltaba y encaraba a los demás —. No reaccionó a la técnica Saotome, así que lo único que se me ocurre es que no me estuviera entendiendo.

—¿Te refieres a esa técnica que se basa en insultar a tu adversario desde una distancia prudencial? —Mousse dio en el clavo, y todos eran apenas capaces de aguantarse la risa ante la cara de Ranma.

—Parece sencilla —se defendió —, pero es muy difícil de ejecutar correctame-

Se calló de pronto. Todos le miraron extrañados. Poco a poco, Ranma se giró lentamente hacia su cárcel de piedra, la pequeña esfera sentada en el suelo que guardaba al atacante, y todos siguieron su movimiento. Y descubrieron que una luz azul como no habían visto nunca antes escapaba de ella.

Akane dio unos pasos hacia atrás. No podía creerlo. Otra vez no.

—¡No! ¡No puede ser! —exclamó aterrorizada.

Ranma le dirigió una mirada, pero fue Cologne la que se acercó a ella preocupada.

—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que no puede ser, niña?

La luz cada vez se hacía más intensa y se filtraba por más y más sitios. La celda se estaba rompiendo.

No podía apartar los ojos de esas piedras que se rompían. Por un momento se imaginó —o, más bien, recordó— el monstruo del que procedía esa luz azul malsana y moribunda escapando de entre esas piedras, fijándose entonces en ellos y lanzándoles su enorme bola de energía, pulverizándoles…

—Akane, ¿qué es lo que pasa? —la voz de la anciana disipó sus imaginaciones y la trajo de vuelta a la realidad.

—Yo he visto antes esa luz —todos se volvieron hacia ella con interés, manteniendo un ojo en la fuente de luz —. Fue en uno de mis sueños, hace apenas una semana.

En el rostro de Ranma se dibujó una expresión de comprensión.

—¿“Ése” sueño? —preguntó en voz muy baja.

—Sí, “ése” sueño —el resto la miraron expectantes —. Mm… Hace tiempo que tengo sueños premonitorios. Aunque en realidad descubrimos que eran sueños premonitorios esta mañana. Por eso vinimos tan pronto hoy.

Entonces, la celda explotó, mandando trozos de piedra en todas direcciones y creando una enorme polvareda. Y de ella surgió, envuelto en esa luz que poco a poco iba disminuyendo, al que acababan de encerrar.

Aterrizó con suavidad. Su cabeza colgaba como si no estuviese realmente unida al cuerpo. Cuando les miró, esa terrible luz azul todavía salía de sus ojos y su boca como una macabra versión de una calabaza de Halloween.

Y entonces, con mucha dificultad, como si estuviera buscando cada palabra que decía, habló.

—Soy un… animal con la misión de mataros. Un… monstruo que no es de esta Tierra me ha… dado poder para ello. Mi viaje… empieza con vuestro fin.

Akane recordó el sueño como si lo estuviera teniendo en aquel mismo instante y, finalmente, reconoció al atacante de su prometido.

—¡Lǎo-hǔ Lán! —gritó, y no pudo comprender como era posible que hubiera pronunciado bien su nombre o, incluso, cómo sabía que esa era la pronunciación correcta. El joven se sorprendió enormemente durante un instante.

—Ese no… es mi nombre. Yo no tengo nombre —respondió calmadamente sin mirar a Akane. Sin embargo, ella sí que le miraba, y lo hacía fijamente. Estaba totalmente segura; ese era el chico a través del cual había visto esa masacre en las montañas. Su voz, su reacción al nombre… Era él.

—¿Le conoces? —le preguntó Cologne. Al mismo tiempo, Ranma Shampoo, Mousse y él empezaron a rodearse.

—No exactamente matriarca. Yo… fui él en uno de mis sueños —trató de explicarse. Sin embargo, el rostro de Cologne demostró que no lo había conseguido.

—Tal vez deberías empezar por el principio, ya sabes —ofreció la matriarca.

—Sí, bueno —no podía apartar la vista ni la mente de la batalla incipiente —. Poco antes del meteorito, empecé a tener unos sueños muy extraños. Sueños premonitorios: la dinastía Almizcle, la raza medio-pájaro del monte Fénix, un pueblo de lo que parecían ser vikingos… todos consumidos por un fuego azul antinatural.

Shampoo fue la primera en atacar. Volvió a desaparecer como al principio de la pelea, pero Lǎo-hǔ Lán no se dobló de dolor. Por el contrario, Shampoo apareció rodando por el suelo a su lado hasta que impactó contra la pared del edificio.

—Continúa niña —le apremió la anciana con un extraño tono de voz.

—Sí —apartó la vista de Shampoo y la clavó en Cologne —. Cómo he dicho, hace como una semana, tuve un sueño distinto. Yo era un chico que vivía en una especie de academia secreta de monjes tibetanos. Estaba en una montaña, a mucha altura, excavada en la piedra y era enorme. La cámara principal era lo más grande que yo haya visto en mi vida.

El siguiente en atacar fue Mousse. Lanzó más de una docena de cadenas tratando de inmovilizar otra vez a su rival, pero no pudo. Lǎo-hǔ Lán le devolvió a base de rápidos movimientos todas sus cadenas, y casi fue él el que quedó atrapado.

—Y entonces —continuó —, todos se reunieron en esa enorme cámara. Algo les iba a atacar. Un mal legendario, o algo así. Y decidieron luchar. Pero yo no quería. No quería morir. Y mucho menos cuando Fened-Sor, el maestro de todos ellos, me contó que su madre había dado su vida para traerme hasta allí y que su padre debería estar por ahí en algún lugar.

—Niña, tú no eres él —le recordó Cologne. Akane se dio cuenta de que había empezado a hablar en primera persona.

—Sí, sí. Lo sé.

Ranma estaba combatiendo al joven mano a mano. Con un toque de escuela legendaria, por supuesto. Lanzó una combinación de tres patadas bajas que su rival bloqueó sin perder el equilibrio. Continuó presionándole con puños y patadas giratorias que consiguieron que fuera perdiendo terreno. Y entonces, chocó contra una pared. Una pared que se había levantado del suelo mientras Ranma le atacaba. De esa manera, su prometido pudo asestarle un par de puñetazos al estómago y otro al rostro.

—¡Ánimo Ranma! —gritó con alegría. Su prometido se giró y le sonrió, pero eso le costó no poder esquivar del todo el contraataque de su rival, y recibir un golpe en el hombro.

—Ups…

—Niña, deja a los otros que peleen y termina de contarme tu sueño —volvió a apremiarle Cologne. Empezaba a sospechar que la anciana sabía más de lo que daba a entender, pero continuó de todas maneras.

—Entonces, esperaron que llegara el monstruo. Cuando llegó, trajo consigo la muerte y el azul diabólico que siempre le acompaña. Lǎo-hǔ Lán escapó de la muerte al quedar inconsciente y oculto tras el primer ataque. Cuando intentó escapar, el… ser lo cogió e hizo un trato con él: acabar con alguien en Japón, “unas molestias”, a cambio de preservar su vida…

Shampoo ya se había levantado, aunque se agarraba dolorosamente el pecho, y Mousse estaba junto a ella mientras Ranma mantenía a su enemigo ocupado. El chico medio pato hizo un intrincado movimiento con sus manos en el aire que luego repitió en la espalda de su compañera. Una suave luz rojiza apareció en sus manos y, al tocar de nuevo a Shampoo, fluyó hacia ella. De repente, parecía tener más energía, y dejó de agarrarse el pecho. Acto seguido, hizo un signo de agradecimiento a su compañero y se dirigió a ayudar a Ranma.

—Es él, no hay duda —escuchó a Cologne decirse ensimismada.

—¿Qué dice? ¿A quién se refiere?

Cuando la pequeña anciana se volvió, notó como las arrugas que siempre habían surcado todo su cuerpo parecían más profundas y largas que nunca.

—Me refiero al monstruo que has estado viendo en tus sueños —aclaró con un tono vacío de toda alegría —. El que trae ese fuego azul que parece que no es de este mundo. Es él.

—¿Él? ¿Sabe qué es? —preguntó con sorpresa y miedo.

—Sí. Él es… la razón por la que les he enseñado las escuelas legendarias —reveló fijando su vista en los combatientes.

Akane también les miró. Todo empezaba a tener sentido. Que enseñara esas escuelas no tenía nada que ver con dejar su legado o el de la aldea. Eran las únicas armas que podían destruir a esa cosa. Pero eso llevaba a otra pregunta.

—Entonces, lo que sospechábamos era cierto, ¿no? Las escuelas legendarias no pertenecen a las Nujiezu. Nunca se las enseñaste para dejar tu legado. Siempre fueron un arma contra ese ser.

—Últimamente me sorprendes, Akane Tendô —dijo recuperando algo su risa socarrona —. Si no me equivoco, una cierta pelea te ha ayudado a empezar a ser cabezota por los motivos correctos.

—¿Cómo…

—¡Oh! No te preocupes —la cortó divertida —. A lo que me has preguntado: sí. Las escuelas no las crearon mis antepasadas, aunque sí es cierto que siempre han estado en nuestra aldea. Hay una larga historia sobre este tema. Después de esta pelea os la contaré a todos, ¿de acuerdo?

Cologne se giró para observar la pelea, y ella hizo lo mismo.

La batalla se había reanudado un instante antes, y ya era difícil seguirla. Lǎo-hǔ Lán volvía a estar en el centro de un imaginario triángulo, aguantando o esquivando los ataques de Ranma, Shampoo y Mousse. Su prometido estaba enzarzado en combate cuerpo a cuerpo, lanzando combinaciones de puñetazos y patadas que eran totalmente bloqueados. Su incapacidad para atravesar las defensas de su rival se reflejaba en su rostro.

—Pero eso significa… —comenzó a decir para sí —¡que hay una manera de derrotarlo!

—Bueno, Akane Tendô, la verdad…

—¡Lǎo-hǔ Lán! —el chico no respondió, pero le dio lo mismo —¡Lǎo-hǔ Lán! ¡No hace falta que sigas con esto!

—Debo hacerlo si… quiero vivir —declaró sin mirarla. Continuaba luchando con su prometido, empezando a cambiar las tornas. La velocidad de Lǎo-hǔ Lán había aumentado, y cada vez más y más golpes atravesaban la defensa de su prometido. Entonces, Shampoo entró en la refriega atacando por su espalda, marcando unos cuantos golpes antes de que huyera de esa situación desfavorable saltando por encima de Ranma.

—¡No hace falta! —contravino —¡No tiene porque ser “morir o matar”!

Lǎo-hǔ Lán lanzó una patada vertical con tal fuerza que levantó un pequeño círculo de tierra. Ranma la esquivó por los pelos girándose hacia un lado al tiempo que daba un paso hacia atrás. Entonces se dobló hacia abajo como un tallo contra el viento para evitar una serie de puñetazos al pecho. Entonces, se dejó caer del todo en el suelo al tiempo que hacía una tijereta, derribando a Lǎo-hǔ Lán. Los dos recuperaron la verticalidad dando una voltereta hacia atrás.

—¡Tú no conoces al monstruo con el que… hice el trato! ¡No es de este mundo! —chilló irritado, finalmente girándose hacia ella —Si no cumplo, ¡moriré!

Se volvió hacia Ranma y Shampoo y, con un tremendo grito, corrió hacia ellos mientras la luz azul comenzaba a irradiar de él nuevamente. Saltó y juntó las manos con las palmas abiertas hacia ellos.

—¡Cuidado! —les avisó Akane.

Antes de que hubiera terminado de gritar su aviso ya se habían lanzado a los lados. Una bola de energía de más de un metro de diámetro se formó casi al instante delante de Lǎo-hǔ Lán. Y con otro nuevo grito feroz, la lanzó.

No fueron alcanzados por el ataque, pero la fuerza de la explosión los mandó volando a través del solar, aterrizando malamente a varias docenas de metros del punto de impacto. Un cráter de cinco metros de radio y uno de profundidad se descubrió cuando el humo y el polvo se dispersaron.

Akane se obligó a buscar a Lǎo-hǔ Lán con la mirada. El chico se apoyaba en su rodilla derecha y su respiración parecía algo más irregular; se estaba cansando.

Notó algo de movimiento por el rabillo del ojo. Cuando se giró vio que Mousse se dirigía hacia la magullada Shampoo. Tanto ella como Ranma se estaban levantando lentamente. La chica Nujiezu tenía pequeños cortes por los brazos y las piernas, y un par de feas magulladuras bajo el labio y un ojo. Ranma, por otro lado, aunque no tenía tantas heridas visibles, se agarraba el hombro derecho con una mueca de dolor. El brazo le colgaba lánguidamente.

Mousse y Shampoo hablaron durante un momento. Akane no podía oír lo que decían, pero Shampoo no hacía más que negar con la cabeza y señalar a Ranma. Finalmente, el chico que todavía podía moverse sin dificultad dejó caer los hombros y se dirigió corriendo hacia Ranma.

—¡Oh, no! ¡No vas a volver a hacerlo! —avisó Lǎo-hǔ Lán enfadado. Dio un salto y ejecutó una patada descendente hacia Mousse. Esto esquivó terminando su trayecto hasta Ranma de un salto.

—¡Escúchame, Lǎo-hǔ Lán! ¡No sigas con esto! —suplicó Akane. No podía seguir viendo como se dejaba engullir por la oscuridad.

Lǎo-hǔ Lán se volvió hacia ella y dio un atemorizante paso en su dirección.

—¡Deja ya de hablar como si me… conocieses, mujer! ¡Tú no sabes nada…!

—¡Yo sí sé! —le cortó llena de valor —¡Sé exactamente cómo te sentiste cuando te levantaste aquella mañana! ¡Sé que te habías dormido y que pensabas que ibas a llegar a tarde a las clases de la mañana!

La expresión de total sorpresa de Lǎo-hǔ Lán le dio fuerzas para continuar. Tenía algo de tiempo antes de que volviese a ponerse a la defensiva y no quisiese escuchar nada más.

—¡Sé cómo te trataban todos por tu poco interés por los estudios! ¡Y sé todo lo que te importaba Fened-Sor! ¡Y sé…

—¡Basta! No quiero oírte más… No sé cómo… sabes todo eso, pero no importa…

—¡Oh, sí que importa! —intervino Ranma en ese momento. Su brazo ya no le colgaba lánguidamente, y tenía una sonrisa feroz que muy pocas veces había visto en él, y una ligera luz amarilla parecía irradiar de todo su cuerpo. Mousse se apoyaba contra él, al parecer muy cansado. Poco a poco, el viento comenzó a ganar velocidad —¡E importa porque ahora es cuando pierdes!

—¡Shampoo, ahora!

La Nujiezu dio un gran salto, descendiendo con su puño derecho extendido, golpeando un punto a unos centímetros de los talones de Lǎo-hǔ Lán. De repente, el suelo se convirtió en una fuente de piedras y polvo, y Lǎo-hǔ Lán quedó en medio mientras el viento aumentaba más y más en intensidad.

Entonces, cuando su rival estaba aún suspendido en el aire, Mousse lanzó algo parecido a una aguja. Ésta quedó clavada sólidamente en la nuca de Lǎo-hǔ Lán, que al instante dejó de hacer intentos de evitar las piedras.

—¡Variación del Hyriuu Shoten Ha: “el Dragón alza el Vuelo”!

Lǎo-hǔ Lán ya se podía volver a mover, pero era demasiado tarde. El viento se convirtió de repente en un huracán que se formó justo donde él estaba. Durante unos instantes, el huracán convirtió las piedras que el ataque de Shampoo había arrancado del suelo en unos peligrosos rivales para Lǎo-hǔ Lán que le vapulearon por todos lados sin dejarle tiempo a reaccionar. Y entonces, de una manera casi mágica, todo el aire del huracán se lanzó hacia el cielo, abriendo un agujero en las nubes y dejando un vacío en el suelo.

Un vacío que provocó una fuerza de succión enorme, atrayendo a las piedras sueltas alrededor de Lǎo-hǔ Lán hacia él. La consecuencia de todo eso fue que se creó una nueva celda en torno a él hecha a su medida.

Bueno, se hubiera hecho si hubiera permanecido en el mismo sitio. Sin embargo, se adelantó a esa última consecuencia del ataque recibido y, apoyándose en una de las piedras que le habían golpeado, logró evadirse de su nueva prisión.

—¡Maldita sea! —se quejó Ranma.

Se arrodilló e incluso tuvo que apoyarse en las manos para no caer al suelo. Tanto él como el resto de combatientes daban grandes bocanadas y estaban empapados de sudor.

—Tengo que admitir que esta pelea me ha puesto los pelos de punta —dijo Cologne a su lado. Dicha afirmación fue respondida con unos sonidos de disgusto por parte de Mousse y Ranma.

—Tal vez ahora esté más receptivo, niña —sugirió a Akane, ignorando a los dos chicos.

Decidió hacerla caso y se acercó a Lǎo-hǔ Lán. Cuando estuvo a unos pocos pasos de él, continuó donde había sido interrumpida.

—Lǎo-hǔ Lán, sé que no quieres morir, que haces esto porque crees que no hay una alternativa.

—Me he… convertido en un animal —intervino él con el miedo por voz —. En un animal que debe matar para… sobrevivir. Y los animales no tienen nombre. Pero tú sigues… llamándome por mi nombre de ser humano. ¿Por qué me torturas así?

—¿Por qué piensas que has dejado de ser una persona? —preguntó ella.

—¡He hecho un pacto con ese ser… maligno! ¡Me he convertido en una de sus muchas… manos para matar! —respondió desesperado.

—No —rebatió ella —. Tú sobreviviste, y te diste más tiempo.

Él no pudo responder a eso.

—Lo que importa ahora es que utilices el tiempo que has conseguido de la manera correcta —continuó —. Ayúdanos a vencerle.

—¿Quieres decir… que puede ser vencido? —preguntó con una leve nota de esperanza en su voz.

—Así es —respondió con una algo parecido a una sonrisa —. Y cuando lo hayamos hecho, podrás buscar a tu padre, ¿de acuerdo?

Lǎo-hǔ Lán abrió mucho los ojos. Entonces, algo inesperado sucedió. El chico echó la cabeza hacia atrás, doblándose como si le atravesara una enorme corriente eléctrica. Empezó a convulsionarse y a gritar, como si pasase por un dolor terrible. Abrió los ojos, y la luz azul malsana volvía a derramarse de ellos como una visión espectral.

Durante unos instantes, las convulsiones descendieron de intensidad, como si estuviese intentando controlarse.

—¡Necesito algo… puntiagudo! —le pidió entre gritos de dolor. Akane buscó a su alrededor con pánico.

—¿Qué pasa? —preguntó preocupada Cologne.

—¡Necesita algo puntiagudo! —gritó un poco histérica. La anciana no intentó calmarla; tan sólo se unió a su búsqueda.

—Ahí —llamó su atención hacia una de las cadenas que Mousse le había lanzado al comienzo de la pelea. Una punta de lanza de metal ocupaba su final.

La cogió sin pensárselo dos veces y se la puso en las manos al chico, que aún se revolvía por el suelo tratando de detener las convulsiones.

—Ahí tienes, Lǎo-hǔ Lán. Ahí tienes. Ya… —gritó, y fue interrumpida por un par de súbitos movimientos del chico, seguidos por la desaparición de las convulsiones y de la luz azul.

Se quedó en silencio cuando la sangre salpicó su rostro.

—Lǎo-hǔ Lán… —fue lo único que pudo articular.

—Era la única manera.


Empezaba a comprender porque la mesa diecisiete siempre estaba ocupada.

Kaiko bebía lentamente un té de varias hierbas que ella misma se había hecho. Una mezcla que su madre le había enseñado a preparar antes de que fuera internada en el colegio. Siempre le recordaba a ella, y conseguía que se le dibujase una sonrisa.

Recorrió el restaurante con la mirada. Todavía era muy de mañana, por lo que apenas había una docena de clientes sentados; Shimamoto y Sayuri eran más que suficientes para atenderles. Por tanto, Kaiko volvió a dirigir su atención a las vistas que la mesa diecisiete, por estar pegada a la pared de cristal (arreglada por segunda vez), le regalaba. Y a los pensamientos que la habían acompañado toda la mañana.

“¿Debería ir allí y… pelear?” se preguntaba. De hecho, había empezado a preguntárselo desde el momento en el que Mousse se fue del restaurante un par de días atrás. Cuando por fin se había dado cuenta que se había enamorado de él.

Porque así, de repente, había descubierto la razón de toda esa confusión, y no había hecho nada. Y normalmente no era así: normalmente, hubiera ido a ese tal “Cat Café”, hubiera buscado a Mousse y le hubiera soltado lo que sentía por él. Y luego… bueno, hubiera hecho lo necesario para conseguirlo. Ella era ese tipo de chica segura de sí misma que consigue lo que quiere.

Y sin embargo, allí estaba. Viendo como el sol surgía lentamente de entre las nubes del horizonte y ascendía por el ventanal de su restaurante.

A veces no se entendía ni a ella misma.

—¡Hey, jefa! ¿En qué piensas? —la joven Shimamoto tomó asiento frente a ella, su imborrable sonrisa plantada firmemente en su rostro. Por un momento se preguntó si era humanamente posible dormir sonriendo.

—Shima, querida… —comenzó, forzando a aparecer una leve sonrisa y mirando a los ojos a la chica —Realmente no estoy de humor…

—Es por tu amigo, ¿verdad, jefa? —aventuró rápidamente, dando en el clavo, como siempre.

Dejó de mirarla y volvió a observar el cielo matinal.

—¡Pero jefa! ¡De verdad que no la entiendo! —exclamó con más emoción de lo normal.

—¿Qué quieres decir? —preguntó girándose hacia ella con una ceja levantada.

—¡Oh, vamos, no se me haga la inocente ahora, jefa! —apartó su confusión con la mano y la miró como si fuera una hermana pequeña que se estrena en eso de los novios y el amor —¡Llevas coladita por ese chico desde el primer día que le vio! ¡Es obvio!

Mantuvo un sorprendido silencio. La intuición de su camarera era algo fuera de lo común. Y empezaba a sentir algo de aprensión.

—No sé de qué hablas. En realidad… —intentó negar, pero Shima le cortó al instante.

—Jefa… No tiene por qué negar nada —aseguró en su tono más conciliador —. El amor es algo que no podemos controlar. Tan sólo debemos tratar de vivirlo al máximo.

De nuevo, quedó tan sorprendida que no supo qué decir.

—Bueno, ¿y qué me recomiendas? —preguntó al fin, aceptando el hecho de que la chica tal vez le diera un buen consejo.

—Yo creo que… debería hacer como su amiga… ¿cómo se llamaba? ¿Kakino? ¿Akino?

—¿Akane? ¿Qué tiene que ver Akane? —tal vez había sobrestimado la capacidad de aconsejar de su camarera…

—Jefa, cuando Kodachi fue a arruinarle su cita con… el guaperas ese, ella le dio una paliza para que les dejara en paz —le recordó. Movía los puños como si se peleara con un enemigo imaginario.

—Entonces, ¿lo que me sugieres es que busque a alguna chalada y le patee el culo? Porque eso lo hago casi todos los días —contestó con todo el sarcasmo que pudo sacar.

—¡No, jefa! ¡No digo eso! —se defendió —Y además, Kodachi no está chalada; sólo es un poco excéntrica —añadió en voz baja.

—Ya, excéntrica… —rió —Pues recuerda a tu excéntrica amiga que todavía me debe lo que me costó el ventanal nuevo.

—Sí, sí, ya se lo diré —afirmó Shima, por primera vez algo contrariada. Aún así, no tardó nada en volver al tema principal con renovada energía —. Pero a lo que íbamos, a lo que me refería con lo de Akane es que, normalmente, hay que luchar por el que amas.

—Ya, ya… —aceptó a regañadientes —Pero, ¿y si él no quiere?

—La gente raramente sabe lo que quiere —aseveró la chica, dejándola pasmada por tercera vez —. Así que, cuando alguien sí tiene claro lo que quiere, yo creo que merece la pena que empuje y fuerce. Si se niega… bueno, hasta ahí se llegó. Pero tal vez…

Kaiko bajó la mirada hacia su té frío, pensativa. Vio como Shimamoto hizo un gesto de satisfacción y se fue a atender las mesas.

Tenía que reconocer que lo que le había dicho tenía sentido. Tal vez él no lo tuviera claro, pero ella sí; por tanto, él debería saberlo. Tal vez para que le respondiese que no; o tal vez para que la tuviera en cuenta en esa elección. Todavía no tenía clara la razón, pero sentía que debía hablar con él. Pasara lo que pasara.

Una vez más, recorrió el restaurante con la mirada. Cuando localizó a su consejera, cogió la taza y fue hacia ella.

—Shima, ¿puedes hacerme un favor? —preguntó cuando estuvo junto a ella, cerca de la mesa seis.

—Claro, jefa. Lo que quiera.

—Bien. Encárgate del restaurante un rato —pidió. Se quitó el delantal negro de jefa y se lo dio a la sorprendida chica —. Toma. Me imagino que será un rato largo, así que mejor que lleves eso puesto.

Dejó la taza en la bandeja que Shimamoto todavía sostenía y se dirigió hasta la puerta. Al abrirla, se dio la vuelta y dijo a su petrificada camarera:

—Por cierto, ¡gracias!

—De… nada —respondió tímidamente la chica.

Rió. Volvía a ser ella misma.


—Me parece que os debo una explicación.

Mousse, como Akane, Ranma y Shampoo, se volvió hacia Cologne. Ya recuperados, habían cerrado el Cat Café, y habían trasladado al chico que les había atacado a una de las mesas del restaurante. Ellos estaban a su alrededor, y Cologne estaba de pie en otra mesa cercana.

—¡Por supuesto, Cologne! —dijo Ranma con reproche —Algo me olía mal desde que nos dijiste que luchásemos juntos.

—¿Qué más da eso ahora? —intervino Akane Tendô apenas reprimiendo las lágrimas —¡Debemos curar a Lǎo-hǔ Lán!

—Sí, tienes razón —Mousse se acercó al chico y colocó sus manos a unos centímetros de la ruina en la que se habían convertido sus ojos. Un par de riachuelos de sangre recorrían su rostro como si fuesen las lágrimas de un muerto.

—No, debo mantener mi sacrificio —a pesar de todo, su voz era firme.

—Tonterías —contravino Mousse. Lǎo-hǔ Lán quedó en silencio y él se concentró. No sabía muy bien qué quería explicarles la vieja momia ni qué razón había detrás del ataque del chico; lo que sí sabía era qué sus ojos necesitaban cuidado inmediato. Tal y como había hecho varias veces durante la pelea, sintió su energía vital recorrerle el cuerpo, confinada dentro de sí. Dejó que sus manos tocaran el rostro del herido chico y cerró los ojos.

Sintió su energía vital, y al momento supo que algo estaba mal. No podía describirlo con exactitud, pero parecía como si la energía vital de otro ser rodease la de Lǎo-hǔ Lán. Intentó abrirse paso a través de esa extraña capa, pero lo único que consiguió fue un grito de agonía por parte del chico.

—¡Mousse! ¿Qué haces? —oyó a la voz de Akane Tendô preguntar con cierta aprensión.

—Esto es… extraño —respondió, todavía con los ojos cerrados —. Es como si una capa de la energía vital de otro recubriese la suya. Con esto no puedo curarle.

Abrió los ojos y vio a Lǎo-hǔ Lán suspirar, su rostro lleno de la sangre que había esparcido al intentar curarle. Tenía una expresión de lúgubre determinación.

—Así es como debe ser —sentenció —. Al menos, este… sacrificio evitará que ese monstruo pueda saber qué hacen sus futuros verdugos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Akane Tendô. Mientras, Mousse cogió unas cuantas servilletas y empezó a limpiarse la sangre de las manos.

—Quiero decir que ese monstruo podía ver lo que yo veía —reveló con  furia contenida —. Me lo dijo cuando estaba… encerrado en esa esfera de piedra en la que me confinasteis.

—Fue entonces cuando empecé a sospechar que su… poder sobre mí provenía de mis ojos —continuó —. Así que, si quería ayudaros, debía deshacerme de mi… conexión con ello. Y por eso no quiero que intentéis reparar lo que he hecho.

—Pero… —intentó decir Akane.

—No… Debe ser así —finalizó Lǎo-hǔ Lán.

—Pero… ¿Quién eres tú? ¿Por qué nos has atacado? ¿Y a qué te refieres con eso de “monstruo”? —intervino Shampoo por primera vez. Se había mantenido en silencio hasta entonces, pero cuando por fin habló parecía realmente preocupada.

—Creo que será mejor que yo os lo explique todo —aventuró Cologne, ganándose de nuevo la atención de todos. Parecía un poco molesta, seguramente porque todos se habían olvidado de ella en un momento.

—Eh… como dije antes, ¡deberías! —dijo Ranma.

Cologne les pidió a todos que se sentasen, y eso hicieron. Desapareció por un momento escaleras arriba, y volvió con un frasco que contenía una sustancia verde y viscosa. El frasco llevaba una etiqueta donde se podía leer “410”.

—Ah… ¿Champú 410? —inquirió con tono de confusión Shampoo.

—Una fórmula algo modificada. Es para la cicatrización —explicó. Dejó caer unas gotitas de la sustancia en las heridas de Lǎo-hǔ Lán, y éste dejó escapar un suspiro de alivio.

—Um… Gracias.

—No hay de qué —respondió, y se guardó el frasco entre sus ropas. Entonces, procedió a sentarse en el centro de la mesa en la que esperaban su explicación.

—La verdad es que no sé cómo deciros esto —empezó la anciana con los ojos cerrados. Allí, de pie frente a ellos, Mousse se dio cuenta de que parecía que los años que tenía le habían dado caza en los últimos minutos—. Mi intención siempre fue revelaros la verdad mucho antes, prepararos con más tiempo.

—Sin embargo, tiempo parece ser la única comodidad de la que no disponemos, y aún tenemos bastante que hacer.

—Entonces, ¿porque no dejar los rodeos y entrar en materia cuanto antes? —urgió. A pesar de que veía que la momia se estaba sincerando de verdad, no pudo evitar hacer un comentario ácido. Cologne reaccionó bajando la mirada hacia la mesa, cosa que le sorprendió enormemente.

—Tienes razón, Mousse —dijo —. La verdad, sin más rodeos o mentiras es que, como dice aquí Lǎo-hǔ Lán, hay un ser terrible y despiadado que quiere destruir el mundo.

Hizo una pausa, y el significado de las palabras fue calando en todos. Pero no estaba muy sorprendido: de alguna manera, ese sentimiento que le había acechado en el último mes, el de su muerte inminente, no había hecho otra cosa que aumentar y aumentar según pasaban los días. La revelación de que un ser trataba de destruirlo todo no hacía más que confirmar lo que había estado sintiendo, aunque de una manera un poco más grande de lo que había previsto.

Tampoco Shampoo parecía muy sorprendida. Había un poco de miedo en su rostro, pero sobre todo había comprensión y determinación. Le miró un momento, y una leve sonrisa se dibujó en su rostro. Respondió con otra igual; en aquel momento no quería pensar en sus problemas con ella y Kaiko, sino tan sólo en ser un buen apoyo.

Ranma y Akane Tendô tan sólo asentían lentamente.

—Bueno, y me imagino que las escuelas legendarias son para detenerle, ¿no?

Cologne alzó la cabeza ante la pregunta que Ranma había hecho despreocupadamente. Entonces se dio cuenta de que todos compartían más o menos la calma que demostraba el chico, y una mueca se dibujó entre sus arrugas.

—Sí, eso es —respondió —. Pero primero, me gustaría que supieses contra qué os enfrentáis.

—Cómo vosotros dos bien supusisteis —y miró a Ranma y su prometida —, cuando Perfume vino no me trajo sólo aquellos libros. De hecho, los libros que habéis estado estudiando llevan aquí desde la primera vez que puse el pie en esta isla. Ella transportó otro conocimiento muy distinto, uno que no necesitaba de libros.

—Ti-Er… —murmuró Shampoo.

—Así es —confirmó asintiendo. Ante el gesto de incomprensión de Ranma y Akane Tendô, se explicó —. Ti-Er es… era la mujer que dejé a cargo de la aldea mientras ayudaba a Shampoo con su… problema —de nuevo, dirigió su mirada a Ranma. El chico se mantuvo en silencio.

—Resulta que Ti-Er tenía poderes psíquicos. Decía que el pueblo al que pertenecía se hacía llamar “Los Empáticos” —todos se sorprendieron ante la revelación —. No era la primera vez que nos topábamos con poderes de ese estilo, pero sí la primera que encontrábamos a alguien que los tenía de forma natural.

—Habla de leer la mente y esas cosas así, ¿no? —quiso aclarar Ranma, aún digiriendo el sorprendente hecho. Mousse apenas podía recordar a Ti-Er: nunca había llegado a conocerla personalmente. Lo único que sabía de ella era por los comentarios de su madre en las cartas que le había enviado.

—Sí —continuó la anciana —, leer la mente y esas cosas. Y una cosa más: proteger información y transportarla. Cómo… un libro cerrado dentro de su cabeza, podía mantener segura información importante para la aldea. Y cuando se acercaba el final, depositó un libro muy especial en la mente de Perfume.

—Eso es lo que ella trajo, ¿no? —aventuró Akane Tendô.

—Exacto. Y antes de que me volváis a interrumpir, os diré qué era: Un retazo de nuestra historia Nujiezu, un hecho que, cómo me di cuenta al descubrirlo, yo no sabía, y que marcaría nuestra cultura.

—Eso significa que tú también tienes esos poderes, ¿no? —aventuró Ranma.

A modo de respuesta, Cologne sacó de entre su ropa un simple medallón plateado. Lo abrió y mostró una pequeña roca que brillaba con luz morada. Entonces, lo volvió a cerrar y se lo guardó.

—La memoria que Ti-Er había guardado, que Perfume había transportado y a la que yo accedí cuando vino ocurrió cuando nuestra aldea acababa de ser fundada…

Cologne empezó a describir una aldea que Mousse jamás hubiera podido imaginar. Según ella, Sylphé, la fundadora y madre de las Nujiezu, llegó a las mesetas de China acompañada de tan sólo un pequeño sequito de apenas quince guerreros y guerreras. Todos excelentes luchadores; todos a sus órdenes.

Cómo muchas de las escribas Nujiezu habían aventurado, Sylphé se instaló en aquel lugar por su cercanía al Zhou Quan Xiang. Rápidamente construyeron cabañas y se aprovisionaron de comida y agua, pero el mítico ayuntamiento no entró en sus planes. Sin embargo, la costumbre que sí instauraron desde el principio fue el torneo de lucha. Eso sí, con una pequeña diferencia: hombres y mujeres competían en igualdad.

Apenas podía creer lo que estaba escuchando. ¿Hombres y mujeres, iguales? Eso era algo difícil de creer.

Cologne continuó hablándoles de cómo, un día, una luz cayó del cielo cerca de la aldea. Sylphé, junto a algunos de los mejores guerreros, se acercaron al lugar donde impactó esa luz, y allí encontraron a un hombre. Era alto, llevaba unas ropas extrañas y una expresión de profunda pena se mantenía indeleble en su rostro.

Sylphé, sintiendo el enorme poder que emanaba del hombre, se lo llevó a su casa. Y empezó a cuidar de él, tratando de romper las barreras tras las que se escudaban y saber qué escondía.

Pasaron años, y Sylphé descubrió tantas cosas fascinantes de aquel hombre que había venido del cielo que se enamoró de él. El sentimiento era mutuo, así que se casaron. Sylphé se dispuso a dejar de buscar bajo las capas que el hombre, llamado Erra, todavía mantenía.

Pero entonces, en su noche de bodas, Erra finalmente venció los reparos que le quedaban y confesó lo que aún no había dicho. Explicó a Sylphé cómo provenía del espacio y cómo conocía unas artes marciales imbatibles.

Inmediatamente, los deseos de Sylphé de conocer esas escuelas tomaron el control de su vida. Mandó a su guerrera más fiel y experta que vigilara a Erra en todo momento mientras ella trataba de conseguir a base de caricias que su marido le enseñara su último secreto. Día tras día, Sylphé inventaba alguna nueva estrategia para obtener tan preciado conocimiento.

Sin embargo, los meses volaron, y su marido no hacía más que darle pequeños retazos de información que no le servían para nada. Su vigilancia secreta no daba ningún fruto, así que llevó a cabo estratagemas cada vez más peligrosas. Con el paso de las semanas, Sylphé empezó a poner a su poderoso marido en verdadero peligro.

Y ni siquiera así consiguió lo que buscaba. Casi diez años casada, y aún sin conseguir su propósito, Sylphé tomó la decisión que lo cambió todo. Como su posición de jefa de la tribu, redactó una serie de leyes obligando a que los hombres se inclinaran ante las mujeres y las sirviesen como esclavos. Aun manteniendo sus derechos, los hombres nunca podrían esconder secretos de sus mujeres; perderían en libertad, pero ganarían en comodidad una vez tuvieran una mujer que cuidara de ellos.

Ninguno de sus aldeanos súbditos se quejó ante la nueva situación; ninguno súbdito, excepto su marido. Erra le aconsejó en contra de las nuevas leyes, arguyendo que leyes arbitrarias que oprimiesen al pueblo, por reducido que fuese, terminarían volviéndose en su contra. Loca de odio hacia su propio marido por haberle ocultado tanto tiempo lo que ansiaba, Sylphé desoyó sus explicaciones y le exigió que le revelase las artes marciales imbatibles.

Erra comprendió en aquel momento la razón por las que las leyes habían sido impuestas en primer lugar. Recuperando la expresión que había poseído al ser encontrado, informó a su mujer de que todo aquel tiempo había esquivado sus investigaciones por una razón. Había mantenido en secreto que, poco a poco, había escrito todo lo que recordaba de esas artes marciales, y que pretendía regalarle los manuscritos el día en que hubiesen pasado quince equinoccios juntos.

Ella le acusó de mentiroso, y él reveló de entre sus ropas tres gordos libros encuadernados en piel. Cada uno se distinguía de los otros por un símbolo grabado en su portada. Uno llevaba el de “rayo”, otro el de “dragón”, y el último el de “volcán”. Eran las bases de sus artes marciales.

Sylphé trato de cogerlos por la fuerza, pero Erra no se lo permitió, escapando de sus ataques con una gracia y habilidad que nunca había demostrado. Sintiendo su objetivo cerca, Sylphé, escapando al centro de la aldea, mandó a todos sus habitantes que atacaran a su marido. Sin embargo, ni entre todos pudieron vencer al hombre, que empezaba a demostrar por fin todo su poder.

Entonces, en medio de la batalla, la guerrera más fiel de Sylphé, Or-Ran, usó sus legendarias capacidades y robó a Erra los tres libros. Ignorante del robo, Erra venció a los últimos guerreros y le preguntó a su mujer porque le traicionó de esa manera. Altanera, Sylphé se negó a contestar, tan sólo diciéndole lo mucho que le odiaba por haber sido capaz de ocultarle aquellas artes durante tanto tiempo y cuestionar sus decisiones.

Ante aquello, la expresión de Erra cambió a una de enorme furia y, con un grito de odio hacia todas las mujeres, se convirtió en la misma luz que había caído diez años atrás, y se alzó a través del cielo hasta que desapareció de la vista.

No pasó mucho tiempo antes de que Sylphé endureciese aún más sus medidas contra los hombres. Además, a pesar de todo lo que había forzado a ocurrir para conseguirlos, mandó sellar los libros de las escuelas, aunque decidió guardarlos.

Para ello, ordenó la construcción del edificio que tiempo después sería tomado como ayuntamiento. De planta circular y enorme, palidecía en comparación con el sótano que escondía en sus entrañas. Allí se guardaron dichos libros. Perfectamente preparados para ser olvidados con el paso de los milenios.

—Entonces —comenzó algo aturdida Shampoo cuando su bisabuela terminó de hablar —, todo eso sobre los machos siendo inferiores, cómo animales…

—No creo que sea adecuado aventurar conclusiones viendo sólo un trozo de nuestra historia, niña… —respondió tranquila.

—¿Qué demonios significa eso de “aventurar conclusiones”? —explotó Mousse. No podía creer que hubiera respondido aquello con toda la cara del mundo. Ése recuerdo era la prueba evidente de que todas esas leyes que habían regido su vida eran estúpidas y sinsentido: el resultado de un enfurruñamiento de una mujer inmadura con demasiado poder.

—¡Sylphé no era más que una mujer traicionera y calculadora que se equivocó y quiso vengarse por ello! —continuó con furia —Justo lo mismo en lo que sus leyes supuestamente divinas os han convertido a todas.

—¡Mousse! —le avisó Shampoo nerviosa —¡Deberías mostrar más respeto por la diosa!

—¡No me impor…

Se detuvo. Alguien llamaba a la puerta tocando tímidamente. Ranma, Shampoo y él se pusieron de pie al instante. Tomando la iniciativa, caminó sin prisa hasta la puerta. No se volvieron a oír los toques, pero todos se mantuvieron en tensión de todas maneras.

Agarró la puerta corredera con fuerza. Podía ver la sombra de la figura que esperaba al otro lado en la puerta. Había algo familiar en ella. Y entonces, oyó una voz conocida preguntándose si tal vez se habrían marchado de viaje.

—¡Kaiko! —abrió la puerta y, efectivamente, descubrió a la dueña del Takahashi’s. Una expresión de sorpresa estaba dibujada en su rostro. Entonces, una ligera sonrisa apareció y, sin previo aviso, le agarró de la muñeca.

—Tenemos que hablar —dijo, y esperó.

Mousse giró su cabeza hasta que vio la mesa donde había estado sentado. Cologne sonreía un poco, al igual que Ranma y Akane. Shampoo, sin embargo, agarraba fuertemente la mesa con ambas manos.

—¿Qué hacer la chica Rubia? —preguntó indignada la joven Nujiezu.

—¡Así se hace, Mousse! —exclamó Ranma. Akane le miró con desaprobación pero no hizo nada.

—Puedes irte, Mousse —Cologne le miró entre la indignación de Shampoo y la bastedad de Ranma. Y asintió.

Sin tiempo para pensar, pues Kaiko ya había tirado de él dos veces, se dio la vuelta y le dijo:

—De acuerdo. Vámonos.

De nuevo, una sonrisa comedida se dibujó en su rostro, y empezó a correr calle arriba, arrastrándole. Tras recorrer casi media docena de bloques de esa manera, Kaiko dio un giro repentino hacia la derecha, entrando en un parque.

Vio una fuente de piedra en el centro del parque, y el agua que salía de ella lo hacía de la punta de las flechas no lanzadas de unos angelitos. Algunos árboles, mayoritariamente robles, daban cobijo a varias especies de pájaros pequeños y ruidosos. Su viaje acabó de repente en uno de los bancos de madera vieja y hierro algo oxidado que poblaban el lugar.

—La verdad es que tengo una cosa que decirte, Mousse —le confesó Kaiko cuando ella se sentó también. Miraba hacia el lago, el otro punto de interés del parque, donde se reflejaba el sol mañanero con gran intensidad. Jugaba con sus manos sin mirarlas, como si lo hiciese de manera inconsciente, y no podía apartar la mirada de ellas. Cuando le miró, se dio cuenta de lo que estaba haciendo y paró de inmediato.

—Bueno, tú dirás.

—Aquí va —anunció, y le plantó un beso rápido pero lleno de sentimiento, de necesidad y de seguridad —: te quiero, Mousse.

—Así que más te vale acostumbrarte a mí, porque voy a pasarme por aquí hasta que digas tu parte en todo esto —añadió.

—¿Mi… mi parte? —consiguió murmurar.

—¡Sí! Todo eso de “yo también te quiero” y esas cosas, ya sabes —explicó sonriendo.

—Ah… —fue lo único que pudo responder.

Porque no podía creer lo que estaba pasando. Sí, tenía que admitir que le gustaba; pero apenas unos días atrás le había dejado muy claro lo poco que le agradaba la hipocresía que había demostrado. Y ahora le estaba declarando su amor. Era este tipo de comportamiento el que le impedía hacerse una buena idea de las mujeres.

Bajo la intensa mirada de Kaiko, la del sol mañanero de Tokio y la del destino que le acababan de revelar, sintió un pinchazo en el corazón. Una llamada, tal vez, de su futuro, reviviendo una vez más esa sensación difusa y sombría de muerte.

—Ahora mismo no puedo responderte, Kaiko —respondió súbitamente, con prisa —. Ahora mismo hay un montón de cosas que no sabes sobre mi futuro inmediato que… que tal vez hagan que te lo pienses mejor.

—¿Qué? —exclamó indignada —¿De qué demonios hablas? ¡No me voy a echar atrás en esto, eso tenlo claro! No sé si te has dado cuenta, pero a mí me da lo mismo lo de tu maldición. Me imagino que para otros puede ser el tema principal en sus posibles relación, pero yo…

—No, no es nada eso —contravino.

—¿Entonces qué?

—Pues verás, resulta que el meteorito que arrasó mi aldea no era lo que parecía…


Por un momento, le invadió una sensación que no solía acompañarle muy a menudo. Sintió que reconocía el lugar.

Ryôga palpó con las manos uno de los muchos árboles que le rodeaban. Sus troncos eran muy gruesos, y su corteza, casi gris bajo la tenue luz de la luna, áspera y rugosa, testigo de años de podas. No sabía si naturales o designadas por la mano humana.

Alzó la vista para descubrir sus hojas coníferas. Inmediatamente reconoció el tipo de árbol: eran encinas. Sin embargo, cuando dirigió la vista al suelo no pudo encontrar ni una bellota. Se las hubiera guardado en su mochila y, en caso de necesidad, se las hubiera podido comer en su forma de cerdito negro. Siempre le daban mucha energía y, además, sabían de maravilla.

Usó el “Bakusai Tenketsu” para cerrar el túnel que había creado para llegar hasta allí. Preferiría estar en la granja de Akari, pero al menos aquel bosque parecía ser un lugar agradable para caminar. Al fin y al cabo, las encinas estaban bien ordenadas, y le permitían caminar en línea recta sin dificultad. Ajustándose la bandana, decidió seguir caminando recto, girando al instante noventa grados a la derecha sin darse cuenta.

Recordó, sin dejar de caminar en círculos, el robo que sufrió unos días atrás. Todavía le hervía la sangre. ¿Quién tiene la cara de robarle a alguien que se encuentra en medio de un bosque?

Pero, a la que realmente no se podía quitar de la cabeza era a Perfume. ¿Cómo demonios había conseguido meterse en una situación así? Apenas sabía nada de la chica; ¿quién le mandaría a él darle aquel abrazo y hablarle así de la puesta de sol? Maldijo su vena romántica y aumentó su paso. Notó distraídamente que la oscuridad se hacía cada vez más densa.

Debería haberse guardado todo aquello para cuando estuviese con Akari, o con Akane. Akane… y Ranma. Estaba claro que ese maldito pedante la había… hechizado o algo, porque de otra manera no veía la explicación.

Se detuvo y meneó la cabeza, una sonrisa de incredulidad en su rostro. Empezaba a sonar como ese pesado de Kunô. No. Sabía que Akane amaba a ese atontado desde hacía mucho tiempo. Nunca lo quiso aceptar, y la indecisión del zarrapastroso… Bueno, más de una vez, le dio alas.

Sin embargo, después del lío en Jusendo, estaba claro que sólo era cuestión de tiempo. Nunca había visto a Ranma tan abatido, ni tampoco tan alegre cuando todo se arregló.

Y mientras, él seguía en una posición desconocida para él. Tenía a una Nujiezu persiguiéndole, desoyendo lo que él tuviera que decir al respecto. No se lo contaría a nadie, pero empezaba a sentir remordimientos por ayudar a que Shampoo empezase a perseguir a Ranma. Y no le gustaba nada la sensación.

Finalmente, al girar una vez de más, Ryôga consiguió salir del ordenado bosque. Una casa de dos pisos y un edificio que al momento reconoció como una sala de entrenamiento para cerdos sumo fueron las primeras cosas que vio al salir.

—¡Al fin! —gritó con alivio. Una enorme sonrisa amenazó con partirle el rostro en dos, y despacio, se dirigió al umbral de la casa. Sólo había tres edificios en todo el mundo que él pudiese reconocer: su casa, la de Akari y la de Akane. Y a pesar de la oscuridad casi total, no dudo ni un instante al reconocer la puerta principal, con su porche de madera.

—Ya llego, Akari —se dijo. Antes de llamar, dejó su mochila en el suelo y empezó a rebuscar entre sus cosas de viaje. Sacó unos cuantos regalos que había comprado mientras intentaba llegar hasta allí. Unos pastelitos de Nara, una figurilla de una cerda bailarina de Kioto y una postal decorada de Sapporo. Por suerte, los pastelitos aún no se habían caducado, aunque les faltaba poco.

Ya preparado, fue a llamar a la puerta cuando se dio cuenta de un último detalle. Miró su reloj y vio que marcaba las diez. Era bastante tarde. ¿Qué podía hacer? No estaba seguro de que, si intentaba montar la tienda de campaña al lado de la casa, no se perdiera en el proceso. No. Necesitaba hablar con ella.

Con resolución renovada, dio unos pasos hacia atrás y miró hacia el segundo piso. Sabía que Akari dormía ahí, pero no sabía en qué habitación exactamente. Había una ventana justo encima suyo, así que tomó impulso y saltó hacia ella. Con una mano se agarró al marco, pues en la otra llevaba los regalos, y miró dentro de la habitación.

Sonrió de nuevo. Akari dormía profundamente, acurrucada debajo de las mantas. Sin perder un segundo más, empezó a dar golpecitos en la ventana. Sin embargo, la chica no se despertó. Golpeó más fuerte, pero no hubo cambios. Al parecer su novia tenía un sueño muy, muy resistente.

Ryôga empujó un poco la estructura de la ventana, y pronto cedió.

—¿Um…? —ni siquiera el sonido de la ventana rompiéndose despertó a la chica del todo. El resto de su familia parecía compartir la misma pesadez de sueño.

—Akari, soy yo, Ryôga —se presentó en un susurro desde el marco vacío.

Eso atrajo la atención de Akari, que miró hacia la ventana y abrió mucho los ojos. Salió de la cama de un salto y se acercó hasta él.

—Ryôga, ¡has conseguido llegar! —exclamó.

—Sí… —entonces se extrañó —¿cómo sabía que iba a venir? No llegué a enviarte ninguna carta ni nada por el estilo.

—Ah… esta mañana ha venido la amiga esa china de Akane —explicó la joven mordiéndose el labio inferior —. Pensaba que se llamaba “Champú” o algo así, pero dijo que se llamaba Perfume.

Se quedó rígido. ¿Perfume visitando a Akari? Eso no presagiaba nada bueno.

—El caso es que como vino a buscarte aquí, supuse que te dirigías hacía aquí —concluyó.

—¿Qué te contó, además de que iba a venir? —preguntó comiéndose las palabras.

—Oh, dijo algo de que Ranma y Akane necesitaban tu ayuda, si no recuerdo mal —respondió sin mucha preocupación. De repente, cambió totalmente de expresión para pasar a una de “sabías que” —. Por cierto, creo que a esa chica la han dejado alguna vez. Se volvió como loca cuando le dije que fuiste a buscar ese algo y que yo note acompañé. Por cierto, ¿cómo vas con eso?

Se cayó de la ventana. No porque tal vez había escapado del Cat Café justo cuando Akane le necesitaba. Tampoco se desplomó porque aún no pudiese responder a la pregunta de Akari, aunque se sintiese muy cerca de la respuesta. Su defenestración fue la consecuencia de perder momentáneamente el control de sus extremidades debido a un ataque por la espalda.

—¡Ryôga! —gritó a todo pulmón su novia mientras caía hacia el suelo. Destrozó el techo del porche, después el entarimado del descansillo de la casa y se le escapó el aire de los pulmones cuando impactó contra el suelo.

La verdad es que apenas había notado la caída; de hecho, le había dolido más el grito de angustia de Akari. De nuevo en control de sus extremidades, dio un salto y aterrizó a unos metros de la casa, tirando la mochila hacia el porche en el proceso. Ahí, frente a él, esperaba Perfume.

—Airen, he venido a buscarte —anunció con tono sombrío la Nujiezu.

—¿Por qué me has atacado?

—A veces los machos no sabéis bien qué es lo que queréis, así que hemos de ayudaros —explicó Perfume.

Entonces, Akari abrió la puerta principal de golpe, descubriendo al resto de su familia a su espalda.

—Ryôga, ¿estás bien? —se acercó a él y cogió uno de sus brazos. Entonces, reparó en la presencia de Perfume y una expresión de comprensión se instaló en su cara —¡Tú! ¿Has atacado tú a Ryôga?

—Sí.

—¿Por qué…

—Déjalo, Akari —cortó. No quería que sus dos… pretendientes lucharan entre ellas. No iba a permitir que llegaran a tal extremo. Aunque tenía que reconocer que no sabía muy bien qué hacer.

—¿Qué quieres? —preguntó, notando vagamente el sudor de su frente cayendo hacia sus cejas. No sabía que estar en medio de una pelea entre chicas pudiera ser tan estresante.

—Pensaba que al menos te habría dicho eso —respondió ácidamente mirando a Akari —. Debes volver conmigo al Cat Café. La verdad es que Cologne se ha dado cuenta de su error al entrenar a Mousse y a los otros, y ahora quiere entrenarte a ti. Gracias a mí, te convertirás en el macho más fuerte que jamás hayas imaginado.

Consideró aquello por un momento. ¿Entrenar bajo las órdenes de la vieja de cara feucha otra vez? Tenía que admitir que gracias a ella se hizo más fuerte. Una vez. Pero no fue ella la que consiguió que venciese a Ranma.

Además, ya no le importaba ser el más fuerte. Tenía cosas más importantes que hacer, gente más importante con quién estar. Aunque claro, si se hacía más fuerte, podría proteger mejor a las personas que le importaban…

—Yo… ¿Dejarás a Akari en…

Pero no pudo terminar de hacer su pregunta. De repente, alguien debió accionar la palanca de “hacer miserable a Ryôga Hibiki”, porque densas cortinas de agua ocuparon todo su campo visual. El rugir de los truenos y los destellos de los rayos acentuaban la tremenda descarga. Se redujo a su forma de cerdito negro en unos instantes.

—¡Ryôga! —volvió a exclamar Akari a su espalda. Le tomó en sus brazos y pidió a uno de sus familiares que calentase algo de agua.

—¡Tú… Tú has sido maldecido por el Zhou Quan Xiang! —exclamó Perfume. Le apuntaba con su dedo índice, que temblaba de forma incontrolada. Además, los ojos parecían intentar escaparle de las órbitas.

—Ryôga no está maldecido —notaba como Akari también temblaba, pero su gesto era uno de intenso enfado —. En todo caso, es una bendición. No podía encontrar un hombre más perfecto aunque estuvieses toda la vida buscando.

No podía llorar en la forma en la que estaba, pero se sentía capaz de llorar dos ríos de la alegría. Ya habían pasado meses de que la conocía, pero esas espontáneas muestras de afecto y comprensión todavía le inundaban de alegría.

Perfume, mientras, seguía de pie, inmóvil pero temblando, bajo la lluvia. Cuando el familiar trajo una tetera humeante y Akari le dejó en el suelo entre sus ropas, reaccionó.

—¡Me mentiste! —gritó hecha una furia.

—No lo hice —contestó lastimeramente al recuperar su forma original, a salvo de la lluvia en la entrada de la casa —. Nunca se dio el caso de que me transformara cuando tú estabas delante, ni tampoco preguntaste.

—Eso es como si me hubieras mentido —insistió —. ¡Deberías habérmelo dicho cuando te convertiste en mi airen!

—¿Qué es eso de “airen”, Ryôga? —intervino Akari.

Se le hizo un nudo en la garganta. Estaba siendo arrinconado. Tenía que salir de esa situación cuanto antes. Pero seguía lloviendo. Así que se forzó a actuar.

—No es nada, Akari —odiaba tener que mentirle, pero cada vez se fiaba menos de Perfume. Creía que le había mentido, y si Akane era alguna indicación de cómo podría reaccionar… no quería estar cerca —. Dijiste que Ranma y Akane necesitan mi ayuda, ¿no? Entonces iré a ayudarles.

—Pero Ryôga, ella ha dicho…

—No pasa nada, en serio —reiteró. Tomó su paraguas de bambú y lo abrió aún debajo del tejadillo —. Iré a Nerima. Mi paraguas me protegerá de la lluvia, así que no te preocupes. Llegaré bien.

Realmente no creía que llegaría bien, pero no importaba. Se colocó su enorme mochila a los hombros y dio unos pasos debajo de su paraguas. La lluvia empezaba a remitir, y por suerte no había viento que la empujase. Tal vez sí que podía llegar al Cat Café sin transformarse otra vez.

—Perfume —llamó —. Deberíamos ir cuanto antes. Ya es bastante tarde, así que a saber cuántos días tardaremos si no salimos ya.

La Nujiezu, lentamente, dirigió su mirada hacia él. Su pelo verde y alborotado parecía ser hierba recién regada. Reflejaba los rayos de la luna que, emergiendo de entre las nubes, volvió a aparecer en escena. Además, su ajustado traje marcaba sus músculos, todos en tensión, hasta el último milímetro.

—Tú eres un monstruo —dijo débilmente, dejándose caer al suelo de rodillas —. Pero, tú no puedes ser así… Eras fuerte, noble… Tenías que ser un hombre, uno bueno para mí.

—Yo soy un hombre —dijo acercándose a ella —. Yo… Yo no sé por qué te importa tanto la maldición. Pero, ¿acaso no soy la misma persona que conociste hace ya casi un mes? ¿Hay algo diferente?

—¡Sí! ¡No! No sé qué decir —se rindió vencida —Ahora mismo no sé qué pensar. Esto… esto lo cambia todo.

—Al revés, esto no cambia nada —se acercó un poco más hasta que la cubrió con su paraguas —. No sé cuál es el problema, pero… tenemos una buena travesía por delante.

Ella le miró a los ojos. Él le tendió la mano. La tomó y se incorporó. De repente, dio unos pasos hacia atrás.

—¡No me toques! —chilló con algo parecido a terror.

—Cómo quieras —puede que se estuviera equivocando otra vez, pero le daba igual —. Pero, mientras siga lloviendo, ¿por qué no vienes y caminamos bajo el paraguas? Es grande.

Poco a poco, la Nujiezu se acercó hacia él, hasta que, por fin, entró en el radio protector de su paraguas.

—¿Ves? No pasa nada.

—Sí…

Se giró un poco hasta que vio a Akari en el umbral de la puerta. Parecía dividida entre los celos y la preocupación. Ryôga le hizo una señal para que no se preocupara, para que se metiera dentro de casa. Y luego, sonrió, deseando que sintiese, cómo él, que trataba de hacer lo correcto.

Ella le devolvió la sonrisa y, lanzándole un beso, se dio la vuelta y cerró la puerta. Se volvió hacia su compañera de viaje. Al fijarse vio una expresión parecida a la de Akari en su rostro. Sin embargo, con ella no sabía sus razones para estar así.

Así que, tendría que preguntar.

—Mientras caminamos, ¿te importaría explicarme qué te pasa con los maldecidos por el Zhou Quan Xiang?

—Bueno —empezó —, es una historia realmente larga.

—Si me permites que guíe el viaje, tendremos tiempo de sobra —rió.


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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