Cosmos 1: En la orilla del océano cósmico

Este primer capítulo, una larga introducción desde el punto más alejado que el ser humano ha visto hasta nuestro lugar en el calendario cósmico, ya trae consigo valiosas lecciones. Merece pues la pena descubrirlo aún con más interés.

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En la orilla del océano cósmico

Este primer capítulo, una larga introducción desde el punto más alejado que el ser humano ha visto hasta nuestro lugar en el calendario cósmico, ya trae consigo valiosas lecciones. Merece pues la pena descubrirlo aún con más interés.

Ya desde este primer capítulo, Carl Sagan pone en marcha la imaginación del espectador al mismo tiempo que define unas sencillas normas desde las que disfrutar todo el trabajo que se va a presentar. No quiere sacrificar la rigurosidad por el entretenimiento, y aunque la línea divisoria a veces no es tan clara como se quisiera, avisa que no hay que confundir entre ficciones y hechos.

A pesar de su clara intención introductoria (una especie de “State of the art” del conocimiento astronómico), este capítulo es el medio perfecto para poner de manifiesto el lugar que el ser humano tiene en el universo, y además, empezar a desvelar qué pensaba Carl Sagan que la humanidad debía hacer con este conocimiento.

De repente, con el motor de la imaginación, estamos a millones de años luz, observando desde la lejanía las galaxias, las estrellas, los cúmulos globulares… Carl Sagan nos da una rápida lista de datos sobre los tamaños, las distancias y la realidad del Cosmos en su magnitud más grande: nada es eterno. Incluso los sistemas más grandes nacen, viven y mueren. Y dada la escala inimaginable a la que viven estos sistemas espaciales, pronto queda presente la pequeñez incluso de nuestra propia imaginación.

Poco a poco, con la metáfora del océano como punto de apoyo, nos acerca a nuestra galaxia, la Vía Láctea y hasta nuestro sistema solar. Llegados a los planetas que todos conocemos, nos descubre las vicisitudes desconocidas de esos mismos vecinos. Plutón, y su luna que es casi tan grande como ello; Urano, y sus anillos casi invisibles; Saturno, cuya superficie, si es que existe, está escondida por pesadas nubes tóxicas… Así, hasta llegar a la Tierra, el único modelo de vida que conocemos. El teatro del drama de la especie humana.

La argumentación de Eratóstenes
Así que, la Tierra no puede ser plana.

Ya en un sitio conocido, Egipto, nos explica de forma resumida la historia de Eratóstenes, y cómo calculó, con pequeñísimo error, el tamaño de la Tierra. En la biblioteca de Alejandría (un tema que Carl Sagan revisitará a menudo), Eratóstenes descubrió una historia en la que se contaba, cómo a mediodía del equinoccio de verano, en  cierto lugar de Siena, los pilares no daban sombra y un pozo quedaba totalmente iluminado. Entonces, él se preguntó si algo así ocurría también en Alejandría. Encontró que no era así. La única respuesta posible era que la Tierra era curva. Según la diferencia entre las sombras, dedujo que había una diferencia de 7º entre Siena y Alejandría. Más o menos, eso es la cincuentava parte del total de la circunferencia de la Tierra. Además, contrató a un hombre para que contase cuánta distancia había entre Siena y Alejandría. Resultó haber una distancia de 800 km. Multiplicando, obtuvo 40.000 km. Que es la respuesta correcta. Y esto, lo hizo hace 2200 años.

No hay que olvidar, además, que Colón se basó en esta misma argumentación para lanzarse a ir a Asia “por el otro lado”. Eratóstenes puso en marcha la unión de los dos lados del mundo.

La biblioteca de Alejandría
Tal vez fue así. O tal vez aún más impresionante.

Seguidamente, a través de las olvidadas ruinas de la biblioteca de Alejandría, Carl Sagan nos descubre una recreación de lo que esa construcción debió ser en su época de mayor esplendor. Es su lugar favorito de la historia, pues fue el primer instituto de investigación. Hiparco, Euclides, Dionisio de Tracia, Herófilo, Arquímedes, Ptolomeo y finalmente, Hipatia (el personaje fundamental del drama histórico de Amenábar), todos son nombrados con gran admiración. Aunque la máxima emoción llega cuando habla de la enorme colección de libros de la biblioteca

Hasta un millón de pergaminos la componía en su momento de mayor esplendor, guardando entre ellos verdaderas joyas. Por desgracia, la mayor parte fueron quemados, y lo poco que quedó es más una tortura que otra cosa. Aristarco de Samos, y su correcta teoría de que las estrellas no son más que soles muy lejanos, es un buen ejemplo. Kepler, más de mil años después, se convirtió sin saberlo en el discípulo de Aristarco, terminando de transformar nuestra visión de nuestro lugar en el Cosmos. Después, Hubble nos descubrió que las galaxias, enormes cúmulos de estrellas y planetas, se alejaban de nosotros, sentando de forma casi definitiva la teoría del Big Bang, fenómeno fechado hace unos 15.000 millones de años.

El calendario cósmico
La humildad hecha imagen.

Finalmente, Carl Sagan introduce otro de sus grandes logros en la divulgación científica: el calendario cósmico. Comprimiendo esos 15.000 millones de años en uno solo, un segundo equivale a 500 años, y un minuto a 30.000. Si el calendario ocupase un campo de fútbol, el área que ocuparía la historia humana sería algo parecido al de una mano. Nuestra historia conocida se comprime en los 10 últimos segundos del calendario. La humildad ante esto ha de ser evidente.

Termina el primer capítulo, la introducción a nuestro hoy en día, con unas palabras que transcribo directamente:

Somos el legado de 15.000 millones de años de evolución cósmica. No tenemos alternativa. Podemos realzar la vida y descubrir el universo que nos creó, o podemos desperdiciar nuestros 15.000 millones de años de herencia en una autodestrucción sin sentido.

Lo que ocurra en el primer segundo del próximo año cósmico dependerá de lo que hagamos con nuestra inteligencia y nuestro conocimiento del Cosmos.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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