Corriente de notas, transportas mi corazón

Justo el otro día, cuando me fui a dormir con los cascos puestos, decidí escuchar alguna canción de LOdVG, que hacía bastante tiempo que no lo hacía. Siempre me han ayudado a avanzar en mis historias, y ahora mismo estoy en gran necesidad de eso mismo.

Puse, en un arrebato de caprichismo de esos que hacen la vida más dulce, más salada y más vida, la de “Muñeca de trapo”. No supe porque lo hice hasta que escuché las primeras notas del piano.

De repente, ya no estaba en la cama intentando encontrar una manera de avanzar Sayonara Amazonas. Estaba escuchando como un piano se quejaba por la separación que sentía hacía su amor, separación que cada vez se hacía más grande. Oía a un piano jurarle al mismísimo cielo que su amor era tan fuerte y eterno como el mismo tiempo. Oí la desesperación de saber que pierdes lo mejor que te ha ocurrido en la vida.

Afortunadamente, no me quedé ahí, y aunque seguí escuchando el disco, otro piano se introdujo en mi mente, desperdiciando la música que llegaba a mis oídos. Era el piano de Molly Mahoney.

Puede que el nombre no les suene a muchos, por eso me permitiré poner antecedentes. Molly Mahoney es el personaje interpretado por Natalie Portman en “Mr. Magorium y su tienda mágica”. Mr. Magorium es interpretado por Dustin Hoffman, y supongo que eso es todo lo que hace falta decir. Es imaginación destilada en forma de película. Divertida, fascinante y, sobre todo, tan entrañable como el propio Mr. Magorium. Podría fácilmente dedicarle una entrada entera a ella sola. Pero, no es por la película entera por la que navegué en mi pensamiento. Fue por el concierto de Molly Mahoney.

Mahoney lleva años tratando de escribir su primer concierto como buena “chica genio” que es. Durante toda la película, sus esfuerzos por terminar ese importante primer paso llenan los ratos libres de Molly. El piano está ahí, siempre con ella, sonando como gotas de lluvia contra la ventana, o los últimos instantes de un sueño maravilloso.  Simboliza un viaje que me gusta recordar de vez en cuando desde hace ya dos años. Una evolución, el continuo aprendizaje al que no podemos cerrar los ojos. De la misma forma que no podemos dejar de ser quién somos, tampoco podemos dejar de evolucionar y, aunque resulte paradójico, convertirnos en personas nuevas.

Ese puente entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser, entre un trabajo comenzado y un proyecto finalizado. Hubiera sido una manera perfecta de acabar el día. Sin embargo, hubo un último piano invitado en la noche.

Fue el de “Komm, susser tod”, una canción de NGE (Neon Genesis Evangelion). Esta canción, que acompaña el (ya variado y trirrepetido) final de la serie de una manera irónicamente ajustada. Básicamente, la humanidad se descompone de vuelta a la sopa primordial mientras las almas se juntan de vuelta a un nuevo ser cercano (sino completo) a la divinidad. Sí, como para dar palmas o ponerlo en un parvulario.

El piano, que dirige totalmente la entrada, deja paso rápidamente a la percusión y a la voz, quedando en un segundo plano durante prácticamente toda la canción. Hasta que llega el final, y mientras todo acaba, el piano y las palmas, con coros intermitentes, nos llevan dulcemente a aceptar la destrucción total que ya tenemos encima. Es, como casi todas las cosas Evangelion, rara a más no poder. Sin embargo, hay algo en ella que, irónicamente, hace que me identifique mucho con ella. Y es la indiferencia con la que acepta el fin del mundo y, sin embargo, el deseo ardiente de arreglar lo que hizo mal con las personas que importan.

Exactamente eso, la indiferencia total. A veces es una bendición, otra veces un silencio que no te deja oír eso que más necesitas escuchar. De todas las maneras, es una situación que te define a ti y a un momento de tu vida cuando hay noches en las que te metes a la cama, apagas la luz, y sientes que eres la única persona viva sobre la Tierra. Triste, solitario, terrorífico… Al final, al levantarte, enciendas el ordenador lo primero o salgas corriendo al trabajo con el desayuno mezclándose en la boca, vuelves al mundo y desaparece la soledad.

Eso es lo que el último piano, a oscuras en la cama, me dijo. Por un momento, como si fuera una droga, como mi droga de diseño, deje que la soledad del fin del mundo me inundase, y en mi cerebro no quedó ni una persona viva en el mundo. Estaba sólo yo, a oscuras en la cama en la que llevo durmiendo años. Mi almohada estaba hecha de desesperación y de reproches por todo aquello que no había hecho, por todas aquellas personas que no había conocido. Mis sábanas se volvieron mi única protección, y a pesar de estar solo en el mundo, me sentí desnudo ante el planeta vacío, curiosamente.

Y entonces, todo volvió a la normalidad. Los vecinos continuaron su horrible ruido a las tantas de la mañana, el planeta se pobló y mi cama volvió a ser lugar de descanso y sueño apacible.

Realmente debería dejar de sentirme solo a propósito. Aún así, nunca he dejado de estarlo del todo. Estoy muy bien acompañado, sin queja posible, pero aún no dejo de estar solo en parte. Puede que llegue el momento en el que deje de estarlo. Puede que no.

Supongo que siempre tendré algún piano que escuchar, al menos.

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Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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