Tiene nombres mil…

Recientemente se me ocurrió que, después de un cuarto de vida, se amasa un buen puñado de identificaciones distintas.

Y cuando digo identificaciones, me refiero a nombres, seudónimos, números… Al fin y al cabo, empezamos con un par de nombres: el de pila y el de hijo. Y además, ya nos empadronan. Así que ya tenemos un número también.

Y luego vienen los diminutivos, los motes, los apreciativos… Llegamos al colegio (o la guardería, dependiendo de cada cuál), y nos dan el número de clase. Y más motes. Y más cursos, y sus números correspondientes.

De repente, la mayoría de edad. Y hay que hacerse el DNI, se saca uno móvil de debajo de una piedra y se tiene la primera tarjeta de crédito, por si acaso pasara algo. Si se es aficionado algo (porque, sorprendentemente, hay gente que no es aficionada a nada), se pone uno un seudónimo al visitar las webs o lugares dedicados a eso. Se entra en las estadísticas del INE y hasta se puede pasar por primera vez por el cuartelillo.

La lista continúa por cada nueva época de la vida, hasta el momento en que se termina ésta y acabamos por ser una coordenada de la superficie terrestre. Nacimos con un número, y morimos con otro, al fin y al cabo.

Pero, entre toda esta vorágine de nombres y números, resulta que hay algunos que conscientemente buscamos. Queremos ser el Él de Ella (o al revés), queremos dejar de ser dos para pasar a ser tres, siempre queremos uno más aunque de pequeños nos dieran dos. Y casi siempre, queremos ser los primeros. Buscamos ser “El Jefe”, y llegado el momento, nos llega el impulso de ser llamados “Papá” o “Mamá”, dependiendo. Luego, llega el momento de ser “El abuelo”, con un poco de suerte habiendo pasado por la época del “Tío Guay”.

En fin, que al final podemos llegar a aficionarnos a esto de los nombres y los números. Al fin y al cabo, tras tanto tiempo bailando con todas estas denominaciones, algunas con un componente sentimental tan fuerte, no es de extrañar que nos encariñemos con ellas. Además, hacen que el mundo sea más sencillo, más fácil de entender. Son como pequeñas etiquetas (metadatos en el hoy en día) que nos ayudan a clasificar rápidamente todo(s) aquello(s) que nos rodea(n). No más pensar profundamente sobre la persona detrás del nombre o el número.

Los números siempre estarán ahí.
“numbers” por razangraphics (Haz click para ir a su DeviantArt)

Pero, ¿es eso bueno?

Y lo que es más, ¿es eso siquiera correcto?

Ahora es cuando entra en esta pequeña discusión el último manga que he podido leer. “Great Teacher Onizuka” (GTO) es la historia de un tal Onizuka, de apenas unos veintitantos, hombre de pocos talentos, pero de una inquebrantable (más o menos) convicción, tanto física como mental, que un día decide hacerse profesor para “poder casarse con una chica de dieciséis cuando tenga cuarenta”. Es una historia que recomiendo ampliamente, con la mezcla de humor y dramatismo que creo es la fórmula prácticamente perfecta para transmitir un mensaje. Tan sólo destacar un aspecto de esta historia, y ése será la constante voluntad de Onizuka de conocer a sus alumnos más allá de lo que ponga en su expediente académico, más allá de sus números de clase.

Tal vez fuera eso, el ataque directo a las etiquetas que conforma esta historia, tal vez alguna crisis imaginaria de los veintidós, la cuestión es que pensé en los nombres. Pensé en ellos largo y tendido y, como hiciera cuando tenía bastantes menos años, vuelvo a concluir que se les da demasiada importancia. Como si unos símbolos, garabatos a todas luces para cualquier otra especie del universo, tuvieran algún verdadero valor por sí solos.

Para mí, los nombres, que no son sino una manera de referirse a algo sin tener que andar a vueltas sobre qué exactamente, han adquirido un poder que es a todas luces ridículo. Un nombre nunca debería valer más que aquello que representa. Su peso, en cualquier situación, debería poder ser puesto en duda por muy buenos que sean sus antecedentes.

Los nombres deberían volver a ser herramientas, no fines.

Y tal vez, al fin, poner de nuevo de moda eso de comunicar lo que hay detrás de los nombres.

Al fin y al cabo, si se me ocurriese llamar, por ejemplo, “armurias” a los armarios, y suficiente gente siguiera el mismo camino, tanto como para llegar al diccionario de la RAE cambiando efectivamente la manera en la que se dice “armario”, ¿habríamos cambiado de alguna manera lo que es un armario?

Puedes tirarte una semana repitiendo “armuria” mil veces al día. Ya me contarás si tu armario hace algún gesto de transformarse en otra cosa.

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