Cap. 19 de S.A. original

Presión familiar para descubrir secretos que no le hacen bien a nadie. Pero al final, los secretos terminan por revelarse ellos solos, y cuando uno de ellos intenta matar a Ranma, Shampoo y Mousse, el momento de la revelación se planta en el presente.

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sólo una pelea más…

Levantarse era cada vez más difícil. Tanta energía gastada en un ejercicio tan nimio era algo a lo que no estaba acostumbrada y, sinceramente, no tenía intención de acostumbrarse nunca.

Cologne observó otro rato su habitación sólo recientemente ordenada. El ordenador, apagado desde hacía semanas, descansaba frío e indiferente en su mueble. En el armario colgaba el traje ceremonial gracias al cual pudo comunicarse con su hermana gemela. Ya no había manchas de café, y los antiguos recortes y manuscritos ya estaban archivados y guardados en cajas. Ahora, sólo los nuevos periódicos estaban a la vista.

Pero es que al ritmo al que había ido coleccionando prensa durante los últimos días, el pequeño montón de cuatro periódicos del primer día se había convertido en una docena de pilas de papel impreso de casi metro y medio de alto.

De cada uno de esos montones sólo unas pocas noticias selectas habían sido extraídas y colgadas por las paredes y los muebles.

Por tanto, la habitación había sido cubierta en papel de periódico casi por completo.

“Ya no puedo seguir ocultándoselo más. Debo decírselo ya” resolvió para sí. Si, por alguna razón, alguno de los jóvenes entrara en su habitación, las consecuencias serían terribles. Ranma y Akane ya sospechaban sobre el origen de las escuelas, y Mousse ya no confiaba en nadie. Aquellos recortes podrían ser lo que necesitaran para dejar el entrenamiento y no volver por el Cat Café.

“Y ahora ya son imprescindibles” se repitió. Ya no había nadie que pudiera, ni siquiera remotamente, hacer frente a ese mal indomable y destructor. Ni un maldito grupo de guerreros de ninguna clase que pudiese dañar al monstruo o, al menos, ayudarles cuando tuvieran que luchar.

Sintió como la desesperanza contra la que había estado luchando los últimos días, la que había aparecido al ir encontrando los recortes que la rodeaban, volvía a ahogarla. El futuro se pintaba cada día más negro. Si sus cuentas no fallaban —y no lo solían hacer— el monstruo podía aparecer en la entrada del Café en aquel mismo instante. Si no lo había hecho ya, debía significar que no les consideraba suficientemente peligrosos como para liquidarlos antes que al resto del mundo.

Deseaba con todas sus fuerzas que estuviese equivocado, porque si no…

“Realmente debo decírselo cuanto antes” pensó. Debían estar preparados cuando tuvieran que enfrentarse a ése ser. Si se dejaran sorprender, si les entrara el miedo al descubrir la verdad o si lo menospreciaran por no saber qué era exactamente, la posibilidad de que muriesen se convertiría en una certeza.

—Bisabuela, ¿estás despierta? —la voz de su bisnieta al otro lado de la puerta tenía un claro deje de preocupación. Llevaba tanto tiempo de pié sobre la cama pensando que se le había pasado la hora.

Se cambió de ropa a toda velocidad y, sin hacer un ruido, salió por la ventana de su habitación y se descolgó hasta el suelo. Entonces, entró por la puerta principal y llegó hasta la cocina justo cuando Shampoo puso el pie en el primer piso.

—¡Ya era hora de que te levantases! —exclamó con fingida jovialidad cuando la joven estaba lo suficientemente cerca de la cocina.

—Hace cinco minutos estaba aquí abajo y tú no estabas, bisabuela —afirmó ella. Al momento supo que no le había engañado. Pero además pudo detectar que había algo raro.

—¿Qué te pasa, Shampoo? —preguntó con cautela.

—No, bisabuela, ¿qué te pasa a ti? Llevas actuando raro desde hace días —su tono era de incertidumbre, incluso de cansancio —. En realidad, llevas meses actuando raro. Pensé que era por lo del meteorito, pero ya no lo tengo tan claro.

Y pensar, que incluso su propia bisnieta ya no confiaba en ella. ¿Cómo había dejado que eso sucediese? Había conseguido que ni la familia que le quedaba ni sus pupilos confiasen en ella. Cuando más le necesitaban, les había fallado a todos.

—Bisabuela, ¿qué te pasa? ¿Te puedo ayudar? —observó a su bisnieta, ofreciéndole echar una mano antes si quiera de saber en qué se estaba metiendo, y sintió algo que pensaba había desterrado tiempo atrás. Sintió la quemadura de las lágrimas sobre su curtida y arrugada piel.

—Has mejorado mucho tu japonés, bisnieta —dijo al fin para aplacar las preguntas preocupadas de la joven. Estaba claro que, a pesar de lo sucedido en el pasado, ahora tenía un compromiso claro con esos chicos. No podía fallarles ahora; no podía dejarse vencer por sus propios miedos y errores del pasado. Les debía el futuro, y la sinceridad que no había usado hasta entonces. Por tanto, la decisión estaba clara.

—¡Niña, deja ya de atosigar a tu anciana bisabuela y escucha! —exclamó para atraer la atención de su preocupada bisnieta —En cuanto llegue Ranma y se despierte Mousse, venid los tres a mi habitación. Ahora, despierta a Perfume y tráela aquí.

Ante la sorpresa de Shampoo, gritó un “¡Vamos!” y la chica salió disparada escaleras arriba.

“Ya es hora de que actúe como debería haberlo hecho tiempo atrás. Es todo lo que puedo hacer. El entrenamiento está casi terminado; tan sólo han de dominar las últimas técnicas y ya les habré enseñado todo lo que hay. A partir de ahí, han de avanzar ellos solos…” se resumió para sus adentros. Entretanto, Perfume apareció en la cocina con un claro aire de rebeldía, denotado sobre todo por la mirada que le dedicó al entrar.

—¿Qué es lo que desea la matriarca de mí? —las palabras eran exactamente las que dictaban la fórmula clásica; el tono, sin embargo, era más sarcástico y ácido de lo que nunca hubiera podido imaginar.

—¿Qué te pasa, joven? —probó con el acercamiento amistoso. No había necesidad de ponerla aún más a la defensiva si había alguna manera de convencerla por las buenas.

—Nada, matriarca. Mis tribulaciones son demasiado nimias para una guerrera tan magnánima como tú.

De nuevo, las palabras eran perfectas, pero había algo que estaba mal. Perfume nunca le había respetado del todo; nunca había estado de acuerdo con las decisiones que había tomado desde el meteorito, y eso había ido desgastando su respeto hacia ella. Pero aún así, la burla y el sarcasmo del que estaba siendo objeto denotaban estaba dispuesta a revelarla como figura de autoridad.

—Ningún problema que afecte a mis hijas es demasiado pequeño como para que no trate de solucionarlo. Vamos, cuéntame —ella le había dado la excusa de investigar, y no pensaba desaprovecharla.

—No es nada —pero Cologne continuó esperando, y se vio obligada a continuar —. Sólo… Ryôga, mi airen…

—¿Estás preocupada por él?

—Sí. No —parecía genuinamente confusa—. Él es lo suficientemente fuerte como para aguantar cualquier cosa, así que no estoy preocupada por eso.

—¿Entonces…?

—Es… ¿Por qué no me avisó sobre la intensidad con la que siente… hacia esa tal ‘Akari’? —soltó al fin fijando su mirada en ella.

—Porque no lo sabía —respondió sencillamente.

—¡¿Qué no lo sabía?! —repitió iracunda —¿Cómo que no lo sabía? El único guerrero aquí que no es un monstruo del Zhou Quan Xiang, y usted no sabe nada de él.

—¿Qué quieres decir con ‘monstruo de Zhou Quan Xiang’? —el misterio del odio de Perfume se le estaba revelando con toda la violencia que escondía.

—¡Pues eso! —la agresividad que estaba expulsando por cada uno de sus poros estaba aumentando a una velocidad endiablada —Shampoo, Ranma, Mousse… ¡Son monstruos! Se convierten en animales, o en otras personas, mudando de piel como si fueran serpientes. No son verdaderas personas; las personas no hacen eso por mucha magia o muchas artes marciales que sepan. Han sido maldecidos y, con ello, han dejado de tener el mismo nivel que el resto de las personas.

—Y tú —continuó encendida de ira, escupiendo las palabras con odio —. Tú les has enseñado nuestras más preciosas técnicas, nuestros secretos más antiguos. Has mancillado todo lo que significa ser una amazona al dar cobijo y ayuda a estos seres depravados. Y lo que es aún peor, ¡has permitido que sangre de tu sangre siga viviendo con esta maldición sin hacer nada!

—¡No mereces ser la matriarca de las Nujiezu, Cologne! —concluyó con una mezcla de odio y satisfacción.

“Ella… odia a los malditos por el Zhou Quan Xiang” resumió para sus adentros. Aunque no le resultaba del todo inesperado, esa verdad oculta no le dejaba de parecer algo inverosímil. No podía negar que las palabras y los sentimientos que Perfume había proyectado eran del todo sinceros, pero, teniendo en cuenta la historia de la aldea, no se los podía explicar.

Durante generaciones, cientos, o incluso miles, de Nujiezu habían ido cayendo en esos manantiales malditos, adquiriendo una maldición, sí; pero también, para muchos, habilidades únicas que les permitieron repuntar entre los mejores de sus generaciones. Capaces de grandes hazañas gracias a su nueva forma, la mayoría de los maldecidos por el Zhou Quan Xiang no sólo se integraron en la aldea con normalidad, sino que fueron laureados debido a grandes gestas que quedaron grabadas para siempre en la historia de la aldea, sellando por siempre la aceptación de los transformados.

Tanto así que la aldea se convirtió, poco a poco, en la primera parada que la gente encargada del campo de entrenamiento maldito, los guías, recomendaban a su, normalmente, aturdida clientela. Por lo general, el guía conducía a los recién malditos hasta ella misma, la Matriarca. Ella juzgaba antes de nada el posible interés que la aldea podría tener por el extranjero.

Entonces les ayudaba, tanto como le parecía oportuno. Algunos se quedaban allí para siempre debido a algún “accidente” que ocurría antes de marcharse; otros tan sólo se quedaban allí unas horas.

Por todo ello, los que habían caído en alguno de los manantiales malditos de aquel brumoso y misterioso lugar nunca habían sido discriminados. Y por eso, el odio de Perfume resultaba tan extraño.

Además, esa animadversión no se extendía también al joven Hibiki. ¿Podría ser que, por ser su ‘airen’, con él no pasaba nada? ¿O tal vez Akane no era la única niña ciega ante lo que tiene justo delante…?

—¿No tienes nada que decir? —el odio, y la satisfacción que da el oprimir con ello, todavía estaban ahí. Aunque no le daba igual todo aquello, la verdad era que sentía como cada vez tenían menos tiempo. No podía mandar a ninguno de los tres a buscar a Ryôga. Así que, aunque le pesase, debería volver a hacer una excepción en la promesa que se acababa de hacer y manipular a la pobre niña.

Si llegase a darse cuenta, no podía estar segura de si volvería o no; era un riesgo que debía correr aunque aborreciese tener que hacerlo.

—Umm… Puede que tengas razón —haciendo que creyese que la había convencido, su vieja obediencia debería servir a su propósito —. Es verdad que Ranma es excepcional, pero Ryôga es mucho más persistente.

—Además —continuó cuando Perfume no cambió de expresión —, como no es parte de mi familia, como Shampoo, no habrá ningún sentimiento que me impida ser tan severa y estricta como el entrenamiento lo exija.

—Parece que se ha dado cuenta por fin de lo evidente, Matriarca —dijo al fin más relajada.

—Sí, y todo gracias a ti. Así que, necesito a alguien de confianza que me traiga de vuelta a Ryôga, de manera que podamos comenzar cuanto antes el entrenamiento. Y, por supuesto, para que esté con su esposa como Sylphé manda —una actuación perfecta, si podía decir algo.

—Yo lo haré, Matriarca. Estoy segura de que él sí que sabrá agradecérmelo, no como otros malditos desagradecidos.

Y entonces, algo encajó en su mente. Mientras Perfume desapareció de la cocina hacia su habitación, ella recordó con claridad inusitada una escena que presenció justo el día antes de que Shampoo quedara maldecida por el Zhou Quan Xiang.

Recordó que poco antes de que Shampoo volviese de Japón sin haber cumplido su misión de matar a Ranma, Mousse cayó en una especie de estado catatónico. Algo pasó entre su maestro y él mientras estaban entrenando aislados en las montañas que dejó al chico malherido y en ese estado. Una vigía lo descubrió vagando sin rumbo cerca de la aldea; de su maestro no se sabía nada, y Mousse mostraba signos de haberse recluido por completo del mundo.

Por aquel entonces no era precisamente su chico favorito; aunque de alguna manera había ayudado a que Shampoo deseara ser la más fuerte, sus intromisiones constantes habían sido siempre una molestia que hubiera deseado no existiese. Pero, dado el carácter de lo ocurrido, era responsabilidad suya que el chico se recuperara y que se encontrara al maestro de la escuela de las Armas Ocultas, responsabilidades que seguramente iban a suceder en ese orden concreto.

Y entonces, se le ocurrió una idea. Disimuladamente, ella empujó a Perfume, una inteligente guerrera de la misma generación que Shampoo, a cuidar de Mousse. La chica sólo era conocida por su increíble velocidad; su inteligencia quedaba disimulada por su obediencia y respeto ciegos hacia las viejas normas. Por tanto, no era famosa en la aldea pero sí envidiada. Tenía que luchar casi todos los días, pero nadie le animaba al ganar. Además, siempre tuvo una infancia difícil al crecer a la sombra de otras guerreras.

Aquello le convertía en el complemento perfecto de Mousse que, agradecido por los cuidados que él jamás había recibido de su bisnieta, dedicaría su amor a una joven que estaba deseando recibirlo. Así, mataría dos pájaros de un tiro, al arreglar el caso y dejar libre a su bisnieta de una molestia que no le resultaba ya de ninguna utilidad.

Sin embargo, no todo sucedió como planeó. Perfume se enamoró de Mousse, sí. Y además, de una forma que le sugirió que aquello se había estado gestando desde antes de que empezase a cuidarle. Pero el chico seguía sin reaccionar. Día a día la guerrera sacaba tiempo para cuidarle; día a día, Mousse no enfocaba su vista a otra cosa que no fuera el aire.

Entonces, llegó su bisnieta y, por su fracaso, fueron necesarias medidas de castigo. Y quiso añadir una más a la maldición del Mao NiaoQuan. Ordenó a Shampoo que fuese a hablar con Mousse, que intentara sacarle de su estado. Ella se ofreció a recibir otra maldición, pero no cedió.

Y fue unas horas después cuando ocurrió la escena que había recordado. Se dirigía a la tienda donde descansaba el chico para ver si su bisnieta ya había cumplido con su castigo especial. Al acercarse lo suficiente vio que Perfume estaba en el umbral de la puerta. No le resultó difícil adivinar el estupor y el sentimiento de traición que recorrían a la chica en aquel momento.

Se acercó rápidamente, pero antes de que llegase rebotando en su bastón, Perfume salió corriendo, llorando amargamente mientras trataba de parar las lágrimas con sus manos. Cuando miró dentro vio a su bisnieta hablando enfadada con Mousse. En cuanto Shampoo reparó en su presencia dijo que ya había cumplido su castigo y se fue pisando fuerte, dejando a un desolado Mousse preguntándose qué significaba eso del “castigo”.

Ella no tenía ganas de explicárselo, así que no lo hizo, y también se marchó. Tuvo que reconocer que todo le salió mal, aunque esperaba que el desconsiderado desplante de Shampoo consiguiese que el chico desistiese. Pero eso no ocurrió.

—Bisabuela, ¿dónde estás? —la voz de Shampoo le llegó desde las escaleras.

—Aquí en la cocina, niña —respondió. Mousse no dejó de perseguir a su bisnieta y, por esa razón, todavía estaba vivo. A lo mejor… no le salió todo mal aquel día hace ya tanto tiempo.

—Bisabuela —dijo la joven cuando estuvo delante de ella —, Mousse se está levantando, y Ranma no ha venido todavía. He llamado a los Tendô, y la hermana amable de Akane me ha dicho que les avi… saría al momento —entonces, hizo una pausa, cómo pensándose si debía continuar. Finalmente, lo hizo —. He visto a Perfume salir corriendo del Cat Café. Le he pregun… tado qué hacía y me ha dicho que tiene tu permiso…

—Y lo tiene, bisnieta —trató de disimular, pero pudo ver como una expresión de sorpresa cruzó fugazmente su rostro —. La he enviado en una misión que cualquiera de vosotros puede realizar, pero que debe hacer ella. Debe… aprender que a veces hay que replantearse los juicios que se hicieron en el pasado.

—De acuerdo, bisabuela —replicó la chica sin comprender.

A falta de otra cosa para hacer, las dos se pusieron a preparar el desayuno. Algo de tallarines y arroz junto a unos pescados fritos fueron los platos elegidos y, en cierto momento, su bisnieta le hizo la pregunta que tanto temía responder.

—Bisabuela, ¿de qué quieres hablarnos a los tres? —inquirió con seriedad.

—Es algo complicado, Shampoo. Por eso quiero que estéis los tres antes de explicároslo —respondió sin apartar la vista de la comida, como si de lo que estuviera hablando no tuviera ninguna importancia.

—Tiene que ver con las escuelas, ¿verdad?

No respondió. Se volvió y clavó su mirada en los ojos de su bisnieta, la sangre de su sangre. Vio una determinación de acero y la fuerza necesaria para no traicionar tal determinación. Por un momento creyó verse allí como si fuera un espejo que le hubiera quitado unos cuantos cientos de años. El desafío al que se enfrentaba su bisnieta superaba con creces a cualquiera con el que se hubiera enfrentado ella. Siempre había hecho todo lo posible por protegerla sin mimarla. Y ahora podía ver que no se había equivocado siguiendo ese camino.

—Haces que me sienta orgullosa, bisnieta —dijo con emoción contenida. Shampoo se sorprendió un poco pero luego, sonrió con gratitud.

—De acuerdo, Cologne. Esperaré a que lleguen los demás —aceptó con humor su petición tácita.

Se subió a su bastón y luego dejó una mano en el hombro de su bisnieta. Ciertamente, ella le hacía sentir orgullosa, y cada día, más optimista.


—He tenido un sueño… en parte extraño y, en parte, familiar.

Se dio la vuelta y vio que la mano que sentía en el hombro era la de su prometida. La otra colgaba lánguidamente del brazo escayolado que se sostenía casi a la altura del pecho, colgado del cuello. Aquella había sido la solución por la que el doctor Tôfû había optado unos días atrás cuando, casi a medianoche, habían llegado a su clínica después de la pelea con Kodachi.

La cara del doctor fue todo un poema. Estuvo muy preocupado mientras le arregló el brazo a Akane. Pero cuando terminó y su prometida no se quejó ni una vez, sino que mantuvo una sonrisa de satisfacción hasta el final, dejó de preocuparse. Y al despedirse, en vez de agobiarles con reprimendas o advertencias, tan sólo les deseó una pronta recuperación y que tardaran mucho en tener que volver a pasarse por allí con una herida igual.

Así que Akane consiguió el respeto de una nueva persona esa misma noche.

—¿Quieres contármelo? —la pregunta se había convertido más en una rutina que en una necesidad. Había aprendido que su prometida necesitaba un pequeño empujón para soltarse. Demasiado fuerte, y se sentiría presionada; demasiado flojo, y lo interpretaría como falta de interés. La amaba, pero eso no evitaba que más de una vez hubiera deseado que no fuera tan complicada.

—Ha sido raro…

—Eso ya me lo has dicho —esbozó una sonrisa, tratando de animarla a continuar.

—Ya, ya… Déjame que ordene un poco lo que recuerdo —se dio la vuelta y se quedaron allí, delante de la puerta del baño, en silencio durante unos instantes. Decidió, por experiencias pasadas, que apretar ligeramente su hombro era el gesto que ella necesitaba en aquel momento.

Tras un poquito más, ella se dio la vuelta y le hizo una señal invitándole a pasar al baño. Entraron y cerró detrás de sí, y ella se sentó sobre la lavadora. Ranma prefirió colocarse como una rana sobre el lavabo.

—A ver —comenzó haciendo un gesto de concentración —, lo que me ha resultado extraño de este sueño es que, a diferencia de los otros que he tenido, este ocurría aquí.

—¿Aquí? ¿En el dojo? —eso era una novedad.

—No, no el dojo exactamente —contravino ella con paciencia —. Me refiero a Nerima. Pude ver muchas cosas que son de aquí. Entre ellas, el Cat Café…

—Entonces, ¿eso que tú llamas una “fuerza desbocada que mata” se dirige al Cat Café? —no pudo evitar que algo de preocupación se colara en su voz.

—Esa es la otra cosa extraña. No he visto nada de eso. Sólo he visto a un chico oculto por una capa marrón con capucha, muy desgastada y algo descolorida.

—¿Nada de muerte entonces? —insistió.

—Nada.

Esa vez se controló y no dejó salir un suspiro de tranquilidad delante de ella. Era Ranma Saotome, sí. Pero los sueños de su prometida solían ser lo suficientemente inquietantes como para que incluso él prefiriese que sólo fueran sueños. Ahora ya sólo le quedaba tranquilizarla un poco.

—Kasumi, ¿has visto a Akane y Ranma? —preguntó la voz de Nabiki en el pasillo. Se quedaron callados al instante. No es que estuviesen evitando explícitamente a Nabiki, pero ella era la única que podía saber de alguna manera que unos días atrás habían tenido una cita en la que Akane se había desgarrado un brazo, y no el ensayo de una obra de teatro cómo les habían dicho a todos.

Además, con esa excusa habían explicado el cabestrillo de Akane como una particularidad de su personaje. Les habían explicado que tenían un director de obra muy excéntrico que obligaba a Akane a llevar un brazo escayolado para que se acostumbrara a esa sensación. No sabían que iban a hacer cuando llegara el día del supuesto estreno, pero por ahora no les preocupaba.

—Pues no lo sé. Pero si les encuentras, diles que-

De repente, la puerta del baño se abrió, descubriendo a una desarreglada Nabiki.

—Oh, ¡ahí están! ¡El desayuno está listo, chicos! —les informó Kasumi con una sonrisa.

—Gracias —respondieron los tres a coro.

—No tardéis mucho —dijo mientras se alejaba de vuelta a la cocina.

—De acuerdo —dijeron de nuevo al mismo tiempo.

Entonces, Nabiki cerró la puerta y se apoyó contra ella.

—Si no lo supiera mejor, diría que me habéis estado evitando —a pesar de sus palabras, una ligera sonrisa pícara se formó en su rostro.

—¿Qué? ¡No! —respondió con indignación Akane.

—Para nada —añadió Ranma.

—No pasa nada, no pasa nada —y con la mano barrió su indignación a un lado —. Yo también lo haría si mi primera cita hubiera acabado así —y su sonrisa dejó de ser un pequeño gesto para pintar su cara por completo.

Por supuesto, y a pesar de todos sus esfuerzos, aquello consiguió que se pusiera rojo como un tomate, y que su prometida empezara a balbucear negativas incoherentes.

—Hey, he oído que Kodachi se llevó una buena tunda nada menos que a manos de mi hermana pequeña —eso cortó los tartamudeos de Akane, que al instante quedó con una sonrisa algo tonta.

—La verdad es que se merecía que alguien la pusiera en su sitio —continuó —. ¡Pero que no se te suba a la cabeza tampoco, hermanita!

—Nabiki, si sabes que tuvimos una cita, ¿a qué viene tanta amabilidad? —no podía explicarse como, tras cuatro frases, todavía no había salido la cantidad exacta de dinero que mantener aquel secreto les iba a costar.

—Con tranquilidad, Ranma —sonaba… ¿ofendida? —. Digamos que, dada la nueva situación que hay entre vosotros dos, he decidido dejar de ayudaros en vuestra carrera hacia el amor.

—¿¡Qué! —exclamaron los dos. Sabía perfectamente que su prometida estaba pensando lo mismo que él: “¿¡Ayudar!”.

—Sí —respondió con naturalidad —. Pero ése es un tema para discutir otro día. Ahora lo que quería era decirte algo sobre esos sueños que has tenido últimamente, hermana —de repente, centró toda su atención sobre Akane y su tono se volvió serio.

—¿Cómo sabes tú…? —intervino Ranma.

—No eres el único que ha oído a Akane gritar por las noches, Ranma —explicó rápidamente —. La cuestión es, como te empeñaste en no contárselo a nadie aparte de tu prometido, pues tuve que hacer una investigación por mi cuenta.

—¿Investigación? —repitió Akane sorprendida.

—Sí. Miré los libros familiares, pero no encontré nada. Entonces, Kasumi me contó una historia que solía contarnos mamá —su voz denotaba una especie de melancolía que nunca antes había escuchado en Nabiki —. Una historia muy curiosa. Trataba de una supuesta antepasada nuestra que en la época Edo ayudó a un zorro de nueve colas que le otorgó un poder. El poder, que pasaría de hija a hija, era ver el futuro, pero con una condición: tenía que amar y ser amada de verdad por un hombre.

Ranma y Akane se miraron. Los sueños comenzaron poco después de la boda fallida. Apenas una semana antes de que el meteorito cayera y destruyese la aldea Nujiezu.

—Según la historia —continuó Nabiki haciendo caso omiso de sus miradas —, esta mujer encontró su verdadero amor en el hijo del señor de las tierras que trabajaban. De esa manera, se casó con un hombre de poder al que amaba, por lo que tuvo visiones sobre el futuro en sus sueños. Visiones que le permitieron ganar cientos de batallas, llegando así a la unificación de Japón. Cómo podéis imaginaros, sus descendientes se convirtieron en…

—¡La familia imperial! —exclamó Akane. Ella estaba entusiasmada con la historia, y una sonrisa de oreja a oreja atravesaba su cara. Era obvio que cualquier cosa que tuviera que ver con su madre le hacía estar más contenta.

—Eso es —confirmó su hermana —. Por tanto, consulté a un amigo mío especializado en las genealogías de la gente. Si la historia tenía algo de cierta, entonces nuestro apellido debería, en algún momento, llegar hasta la familia imperial.

—¿Y? ¿Llega? —preguntó Ranma impaciente.

—Al parecer, sí —respondió muy seria.

—¿Cómo… Cómo que “al parecer? —Akane estaba tan sorprendida que parecía algo desorientada. Ranma se bajó del lavabo y se puso a su lado.

—Lo raro es que la línea de nuestra madre da cómo “saltos” varias veces durante su historia, sobre todo antes de las grandes guerras —explicó Nabiki —. Se corta en una generación y luego vuelve a continuar tranquilamente. Y eso no es nada común. Pero aún así, sí que existe una conexión entre la familia imperial y nuestra madre.

—Entonces, eso quiere decir que mis sueños son visiones premonitorias, ¿no? —concluyó Akane de manera estoica.

—Sí, eso es.

Entonces, los tres guardaron un oportuno minuto de silencio.

—Debemos avisar a Cologne —declaró Akane. Tenía una mirada de determinación que nunca antes había visto en ella.

—¿Por qué? —ahora era el turno de Nabiki de estar sorprendida —¿Por qué deberías avisar a Cologne? ¿No entiendes las posibilidades que te brinda este poder? ¡Tu antepasada unió Japón gracias a este don!

—¡Nabiki! —le cortó indignada —He visto morir a gente de una manera terrible, y no he hecho nada…

—Tú no sabías… —empezó Nabiki, pero fue cortada al instante.

—¡Eso me da igual! Ahora que lo sé, no quiero perder ni un instante en decírselo a alguien que tal vez sí pueda hacer algo. Si este don ha de servir para algo, entonces debe ser para salvar vidas. Y estoy segura de que nuestra antepasada también se dio cuenta, y por eso buscó el fin de las guerras reunificando el país.

Akane abrió la puerta con ímpetu y dio unos pasos para salir al pasillo.

—¿Eso es lo que vas a hacer con ese don? —Nabiki preguntó con el aire de quién sabe la respuesta a su pregunta.

—Sí, Nabiki.

Y desapareció de la puerta. Él estaba un poco aturdido por la enorme cantidad de información. Su prometida tenía sueños premonitorios, sueños que sólo tendría cuando amara y fuera amada de verdad. Y ahora quería contárselo a Cologne porque tal vez ella pudiera hacer algo para evitar lo que había ido viendo.

—Qué, cuñado, ¿no vas a ir con ella? —a pesar de todo, Nabiki estaba sonriendo. No parecía decepcionada porque su hermana fuera hacer justo lo contrario de lo que ella esperaba, sino satisfecha.

—Sí. Sí, voy para allá —todavía estaba algo atolondrado, pero dio unos pasos hacia el pasillo y se apoyó en el marco de la puerta.

—Nos vemos, Nabiki —se despidió. Creyó oír un “Hasta luego, cuñado”, pero no estaba haciendo caso.

Bajó a toda velocidad a la cocina y engulló lo más rápido posible parte del desayuno preparado por Kasumi. Al fin y al cabo, estaba hambriento. Antes de que hubiera podido terminar el arroz, Akane ya había bajado.

—Lo siento hermana, pero Ranma y yo nos vamos hoy pronto para el Cat Café —se disculpó con una rápida sonrisa que no llegó a sus ojos —. Desayunaré allí, ¿de acuerdo?

Y sin esperar una respuesta, le cogió por el cuello de la camisa con su mano buena y se lo llevó corriendo en volandas. Poco después, Ranma invirtió los papeles al coger a Akane entre sus brazos y empezar a correr por los tejados de Nerima para llegar antes al Cat Café.

En cuánto llegaron, unos minutos después, notó que algo iba mal. Sentía el ligero picor en su espalda que le avisaba de que un enemigo andaba cerca y tenía muy malas intenciones. Dio una hojeada a las calles, aún con Akane entre los brazos, intentando descubrir algo.

—¿Qué haces, Ranma? Debemos hablar con Cologne —soltó a una confusa Akane y continuó buscando.

—Hay algo que va mal. Busca a Cologne —le ordenó sin dejar de mirar. Se colocó en su posición neutral característica; sea lo que fuere, cada vez lo sentía más cerca.

—¿Ranma?

—¡Vamos, Akane!

Ella entró en el edificio y le dejó solo en medio de una calle vacía. Lentamente se dirigió al patio trasero del Cat Café, tratando de estar atento de cada esquina y cada callejuela que podía ver.

“¿Por qué estará tardando tanto?” se preguntó. Finalmente llegó a la parte de atrás del restaurante, y por un momento dirigió su atención hacia las ventanas para ver si podía descubrir a su prometida o a alguno de sus compañeros de trabajo.

No encontró a nadie y, cuando se giró, descubrió una figura de pie sobre el muro que delimitaba el solar vacío donde habían entrenado tanto. Una rasgada capa marrón con capucha lo cubría por completo y ocultaba su cara, pero sólo conocía a alguien que tuviera tal atuendo.

—¿Ryôga? ¿Qué haces aquí? Cologne nos dijo que te habías escapado buscando a Akari —no respondió, y se imaginó porqué —. Te has vuelto a perder, ¿no? —todavía no hubo respuesta —En fin, este no es el momento adecuado para jugar a los guías, así que…

De repente, Ryôga dio un enorme salto e hizo desaparecer la distancia que los separaba. Y antes de que pudiera reaccionar, sintió un potente dolor en el pecho seguido de otro menos intenso pero más molesto en la espalda. Luego cayó al suelo.

“¿Pero qué demonios?” Se levantó lentamente y respiró profundamente apoyado contra el muro que su impacto había destrozado. Volvió a mirar a Ryôga, al que se le había bajado la capucha, y vio que algo no cuadraba.

—¿Quién eres tú? —gritó con enfado. La verdad es que le daba lo mismo lo que respondiese. Por lo que acababa de hacer se merecía una buena paliza al estilo Saotome, y estaba deseando practicar lo que había aprendido con algo que no fueran maniquís de paja. Pero que llevara la ropa de Ryôga puesta le producía una cierta inquietud. No quería imaginarse como la había conseguido.

La figura continuó en silencio. Al verle la cara descubrió que definitivamente aquel no era Ryôga. Aquel chico parecía tener la misma edad que él y ser chino, aunque su piel era extremadamente pálida; como si no hubiese visto el sol la mayor parte de su vida.

No podía ver mucho más de su cuerpo, pues la capa marrón lo cubría, pero la posición que podía intuir por debajo era tan aparentemente relajada como lo era la suya propia. Así que, o se pensaba muy bueno, o realmente era increíblemente bueno.

—¿Quién demonios eres? —repitió. Pero una vez más, no consiguió una respuesta. Ni siquiera consiguió que se formara alguna expresión más allá de la distante indiferencia en ese rostro extranjero. Puede que tuviera que recurrir a la parte que menos le gustaba de la escuela Saotome Todo Vale.

—¿Qué pasa, es que no sabes hablar ni en tu propio idioma? —se burló de la forma más convincente que sabía. Sin embargo, la única respuesta de su rival fue, de nuevo, hacer desaparecer la distancia entre ellos de un salto. Pero esa vez estaba preparado, así que en cuanto tocó el suelo, tomó la iniciativa y lanzó un puñetazo a su rostro. Su rival lo esquivó agachándose, y él tuvo que retroceder para evitar el puñetazo ascendente con el que él contraatacó. Sin embargo, eso le dio tiempo para concentrar toda su confianza en sí mismo y, al grito de “¡El Rugido del Tigre Gallardo!”, expulsar la energía en forma de bola contra su descendente oponente.

El ataque impactó de lleno, y el humo y el polvo levantado por su ataque engulleron a su rival.

—¡Ranma! —se giró y descubrió a Cologne, Akane, Shampoo y Mousse dirigiéndose hacia él.

—¡Cuidado! Acabo de alcanzarle con el rugido del tigre gallardo, pero si ha podido con Ryôga no estoy seguro de que eso le vaya a detener durante mucho tiempo.

Dio un salto hacia atrás y se colocó junto a sus amigos y su prometida. Inmediatamente, todos menos Cologne se pusieron en posición defensiva, incluyendo Akane. Se giró hacia ella y le agarró de los hombros.

—¡No! —dijo muy serio.

—¡Pero…! —empezó a reclamar ella.

—¡He dicho que no! —cortó. Clavó su mirada en sus ojos y vio como en un segundo pasaban el desafío, el enfado, el entendimiento y, finalmente, la aceptación.

—De acuerdo… —aceptó sin mucha alegría.

—Cologne, cuida de ella —pidió con una sonrisa. Tal y como se imaginó, su prometida le mandó una mirada fulminante.

—No te preocupes, Ranma.

—Lo sé— respondió, consiguiendo que Akane recuperara su buen humor.

Se giró nuevamente y vio a su rival. Su capa estaba intacta.

“Maldita sea, ha esquivado mi ataque” pensó. Podía haber jurado que le había dado de lleno, pero de alguna manera lo había evitado. De hecho, el cráter de impacto se hallaba unos pasos detrás de él. Eso no auguraba nada bueno.

—¡Luchad los tres! —Cologne les ordenaba que lucharan juntos —Los tres juntos, con las técnicas legendarias, no tendréis ningún problema para vencerle, aunque separados no tuvierais ninguna oportunidad.

Pero no estaba tan seguro. Un tres contra uno parecía bastante injusto; incluso si su rival le había atacado por sorpresa, ese no parecía el camino correcto.

Sin embargo, un repentino ataque a toda velocidad de su rival que apenas pudo esquivar saltando por encima de él deshizo todas sus dudas. En cuánto tocó el suelo, lanzó una combinación del estilo Saotome de puños y patadas. Fue completamente bloqueada, que era precisamente lo que esperaba. Tras el último puño bloqueado al torso, simplemente se dejo caer al suelo, dejando vía libre a Shampoo a través del espacio que él había estado ocupando, y que pilló a su rival desprevenido, recibiendo un par de golpes de sus chuís(1).

Entonces, un par de cadenas salieron de la nada y ataron de pies y manos al chico antes de que pudiera siquiera recuperarse de los golpes de Shampoo. Se tambaleó un poco y, finalmente, cayó al suelo de culo.

Estaba a punto de dar voz a su preocupación de que aquella no era una lucha justa otra vez cuando oyó al chico revolverse contra sus ataduras. Las cadenas todavía estaban tensas, agarradas firmemente por Mousse, pero el joven empezaba a aflojar su agarre a base de pura fuerza. De repente, contorneándose como una serpiente, salió de un fluido movimiento de las cadenas y se puso en pie.

Ranma miró en dirección a Mousse, que no pudo hacer otra cosa que encogerse de hombros.

—De acuerdo… —comenzó volviéndose hacia su oponente —No eres rival para nosotros tres. ¿Qué tal si te rindes y…

Pero el joven atacó. Y odiaba cuando alguien le atacaba mientras trataba de darle una alternativa a recibir una paliza. Recibió a su contrincante sin moverse de su sitio. Evitó un par de puñetazos rápidos al estómago dando unos pasos hacia atrás, y contraatacó con una patada vertical que no hizo contacto. Su rival dio una voltereta hacia atrás, y en ese momento pudieron estudiarse frente a frente.

Y entonces llegó la sorpresa. Sintió los primeros golpes antes de que pudiera reaccionar a ellos y, para cuando salió de la lluvia de puños rodando hacia atrás, sentía que su pecho y sus brazos quemaban con la sensación de los golpes recibidos.

“Eso parecía un “Kachu Tenshin Amaguriken”, pero más rápido y fuerte de lo que jamás había creído posible” se dijo mentalmente. Eso cambiaba las cosas radicalmente. Claramente, aquel chino albino había pospuesto demostrar toda su fuerza mientras no fuera necesario.

Volvió a mirar a Mousse y a Shampoo, pero esta vez con un mensaje muy claro. Lucharían con las técnicas legendarias los tres juntos. Estaban pues a punto de poner en práctica lo que habían ido aprendiendo los últimos meses.

Inmediatamente, Shampoo salió disparado como un borrón violeta hacia el chico, que no tuvo oportunidad de evitarle, y cayó al suelo agarrándose el pecho. Ese era un buen truco, pero Shampoo no podría repetirlo muchas veces sin caer desfallecida por el esfuerzo. Al menos, no aún.

Ella paró detrás del caído joven, y se colocó en su postura de espera, una contorsionada versión de su posición amazónica que se asemejaba más a un hombre alcanzado por un rayo que a una postura de combate. Mousse se adelantó unos pasos con las manos en las mangas de su túnica, y Ranma tomó la posición del tercer vértice de un imaginario triángulo isósceles con las manos unidas delante del pecho.

Sin embargo, su contrincante no se detuvo a contemplar esa simetría. Cargó una vez más hacia él, ignorando a Mousse y Shampoo, de nuevo a una velocidad endiablada. No se movió y, en el último instante, levantó su escudo modificación del “Moko Takabisha”, mandando a su contrincante volando hacia atrás de nuevo al centro del triángulo.

—¡Shampoo! —gritó. La amazona empezó a correr en círculos alrededor de su rival, que en aquel momento se estaba levantando, hasta que dejó de haber una sola amazona, pera pasar a haber dos, luego tres, y hasta una docena, rondando al chico como un animal a su presa, paralizándole en su sitio.

—¡Mousse! —gritó entonces, y el joven medio pato saltó por encima del corro de clones de Shampoo y aterrizó detrás del paralizado chico. Se concentró un momento y, con suma lentitud, fue tocando ciertos puntos de la espalda de su contrincante. Cuando acabó, el chico pareció perder la fuerza en sus piernas, porque se quedó sentado en una posición extraña.

“Muy bien, tu turno” se dijo. Entonces, él se concentró, y lo primero que sintió fue su cuerpo y la energía que fluía por él. Pudo sentir aún el rastro de los dos ataques energéticos que había realizado esa mañana, pero apartó aquella sensación. Dejó de sentir su energía para pasar a la que le rodeaba. La que había en el aire, en el único árbol que quedaba en ese solar, e incluso la de la tierra que estaba pisando.

Y mandó una chispa a esa energía, que rápidamente se transmitió a la tierra y que provocó que, con un considerable estruendo, una celda esférica de piedra se formara de repente alrededor de su rival, eliminando así cualquier capacidad de lucha que tuviera.

—Bueno —comentó satisfecho —, creo que con esto debería bastar.


Perfume avanzaba con tranquilidad a través de la entrada principal de la propiedad de los Unryû. Tenía que admitirlo; la idea de entrenar a los animales de granja para que se protegiesen solos le resultaba excepcionalmente inteligente para venir de unos japoneses. Antes, en la aldea, proteger a los animales siempre fue el trabajo que las guerreras menos brillantes habían tenido que soportar.

Ella recordaba bien aquellos largos días de guardia.

“Ella debe estar por aquí cerca” pensó. Recorría un camino de piedra que atravesaba en línea recta la enorme propiedad de la familia Unryû. Debían ser de los mejores en esa extraña arte de la que eran parte. Había árboles de todo tipo —reconoció algunos autóctonos de su patria — y muchos setos recortados con la forma de enormes cerdos que se sostenían en sus patas traseras. Supuso que serían sus campeones más notables.

Entonces vio los dos edificios que dominaban aquel lugar. El que ocupaba el centro del terreno parecía una casa de madera de tres pisos que parecía sacada de un libro de historia. Aunque, pensándolo bien, no desentonaba en aquel lugar. Las tablas de madera reflejaban la luz matinal y le daba un cierto aire de monumento más que de casa.

La otra edificación, adyacente a la primera, debía ser la sala de entrenamiento para los cerdos. Tenía aproximadamente la mitad de altura que la otra, y su base era un poco mayor. Eso representaba un enorme lugar para entrenar.

Su atención se dirigió entonces al jardín arbolado que tenía a su derecha. Los sonidos de una piara en movimiento se iban haciendo cada vez más fuertes, así que se caminó un poco hasta que los árboles le permitieron ver a los animales. Cómo supuso, una persona conducía la piara. Pero, no era una chica japonesa la que la llevaba, sino un hombre de mediana edad con el pelo corto y una chaqueta azul que azuzaba a los animales con una vara flexible.

El hombre levantó la vista de los animales y se fijó en ella. Perfume se tensó; pero él sólo la saludó y continuó guiando a los cerdos, que comían algo del suelo empujándose entre ellos. Toda aquella escena le recordaba ciertamente al cuidado de los animales en la aldea.

Se acercó hasta la sala de entrenamiento, y entró sin llamar. El lugar estaba lleno de aparatos que supuso debían servir para que los cerdos se entrenasen, si bien no podía entender ni la mitad de ellos. Todo era de madera, y las vigas que soportaban el techo poblaban de forma poco oportuna todo el lugar.

—¡OINK! —un cerdo enorme, de unos tres metros, vestido como un luchador de sumo, si no se había equivocado al reconocer la ropa, y con una cinta alrededor de la cabeza, llamó su atención con un respetuoso pero decidido gruñido.

—¡Katsunishiki! ¿Qué pasa? —oyó la voz de una joven proveniente de la espalda del titánico porcino. Entonces, la dueña de esa delicada voz apareció por fin. Era… una niña.

—Me llamo Akari Unryû. ¡Encantada! —recitó al tiempo que hacía una leve reverencia. Llevaba una especie de peto azul de trabajo con tirantes muy al estilo americano, y en una de sus pequeñas manos llevaba agarrada el asa de un cubo lleno de agua. El sudor bajaba lentamente por su frente y hacía que su flequillo castaño se le pegase a la cara.

—¿Tú eres… Akari Unryû? —no podía creérselo. ¡Parecía una niña! Era incluso más pequeña que esa pésima cocinera Akane Tendô.

—Er… Sí, es lo que acabo de decir —sí, claro que debía ser ella. No se equivocaba cuando buscaba a alguien. Pero esa daba igual. Tenía que encontrar a Ryôga cuanto antes.

—¿Dónde está Ryôga? —la expresión de la joven ganadera perdió un tanto de afabilidad. El cerdo con nombre dio un paso hacia ella que no le gustó nada.

—¿Y tú quién eres?

—¡Yo soy Perfume, su mu-

No pudo continuar porque en ese mismo instante se abrió la puerta por la que había entrado y empezaron a entrar como locos los cerdos que había visto antes. Tuvo que saltar y agarrarse a las vigas del techo para no ser aplastada por la marabunta.

—¡Lo siento, jovencita! —se disculpó con tono jovial el hombre que llevaba a los cerdos —No sabía que estabas aquí hablando con mi hija. Por cierto —dijo, y se giró hacia Akari —, cuando termines con Katsunishiki, ¿podrías recoger las bellotas que hayan quedado y llevarlas al comedero?

—¡Claro, padre! Iré ahora mismo —respondió.

Entonces, la chica salió del edificio y ella la siguió. Vació el cubo y se dirigió hacia los árboles. La siguió, notando que el enorme cerdo no las acompañaba.

—¿Qué dijiste antes? Oí que te llamas Perfume, pero no pude oír el resto —preguntó la japonesa con un ligero deje de irritación.

—Er… —pero entonces se lo pensó. Si ahora iba haciendo declaraciones de cómo era la mujer de Ryôga delante de su novia, lo más seguro es que empezaran a pelearse. Y entonces, nunca podría saber si esa chica sabía dónde estaba Ryôga.

No. Aquel no era lugar para la fuerza, sino para el engaño. Necesitaba que confiase en ella. Tenía que hacerse pasar por alguien de confianza. Una amiga.

—Sí, dije que me llamo Perfume, y que soy amiga de Ryôga —fingió una sonrisa amable y se inclinó. Sabía que ésa era una costumbre muy arraigada entre los japoneses.

Su actuación tuvo efectos inmediatos. Akari pasó de ligeramente enfadada a totalmente tranquila en aquel mismo instante. Se dio la vuelta y empezó a recoger bellotas y a meterlas en el cubo.

—Tú debes ser esa amiga china de Akane, ¿no? —respondió con un sonido indefinido, y la chica lo tomó como una afirmación —Nunca me ha hablado mucho de ti. Pero por lo que tengo entendido sois buenas amigas.

Entonces, pareció que de repente había comprendido algo, y se dio la vuelta preocupada.

—Ahora que lo pienso, ¿acaso le ha pasado algo a Ryôga? ¿Es por eso por lo que le buscas?

—¡No! No —negó con calma mal fingida, aunque la joven no debió darse cuenta —. No es él el que necesita ayuda, es Akane… ¡y Ranma! Ranma también necesita su ayuda, así que vine a buscarle aquí…

—¡Oh! Lo siento mucho, pero Ryôga no está aquí —respondió triste —. Estuvo aquí hace un mes y medio. Poco después de la boda fallida de Ranma y Akane, ya sabes. Estaba muy confuso, muy perdido. Hablé con él, pero me dijo que necesitaba buscar algo, él solo. Así que le dejé marchar.

—¿Qué? ¿Dejaste marchar a Ryôga? ¿Sin más? —no podía creérselo.

—¿Qué quieres decir?

Tuvo que hacer grandes esfuerzos para controlarse y no gritarle a esa carita indefensa lo que pensaba.

—Quiero decir… Que tú eres su novia, ¿no? ¿No deberías mantenerte siempre a su lado y ayudarle cuando tenga alguna necesidad? —inquirió con toda la inocencia que pudo fingir.

—Ya, entiendo lo que dices… —confirmó pensativa —Pero esta vez no se trata de eso. Él no me necesitaba a mí; necesitaba… algo que yo no tengo y no podía darle, y por eso no evité que se marchara.

—Pero…

—Mira, una novia no tiene que estar siempre al lado de aquel al que ama. De vez en cuando, hay que dejar al otro solo; no todas sus tareas pueden ser compartidas. La intimidad de cada uno es una parte muy importante en una relación. Si se rompe antes de tiempo, puede destruir la relación.

—¡Pero lo que no entiendo es por qué dejarlo marchar! —todo eso de la intimidad estaba muy bien, pero ése no era el quid de la cuestión —Para mí, eso significa que no le quieres.

La expresión de Akari pasó por la extrañeza y el enfado, y finalmente se detuvo en la comprensión. Había descubierto su mentira por no saber contenerse, estaba claro.

—A ti te han dejado, ¿no? —o, tal vez, no había descubierto nada.

—Bueno…

—Mira, en una relación hay que tener confianza en el otro. No puedes tratar de controlar cada movimiento y cada pensamiento, porque eso acaba por destruirlo todo —parecía que recitara las palabras, como si se las hubiese aprendido de memoria —. Y si alguna vez te pide marcharse, déjale ir. Si vuelve no volverá a marcharse. Si no… Bueno, entonces nunca hubo nada especial.

—Pero eso es… tan arriesgado.

—Eso es cierto. Pero así es la vida.

Estaba claro que esa joven ganadera creía en sus palabras. Podía verlo en sus ojos. Y la idea era interesante. Aunque iba totalmente en contra de la forma de pensar de las Nujiezu. Pero dejar que Ryôga decidiese…

Pensándolo bien, si su airen no se había pasado por allí desde hacía tanto tiempo, esa visita estaba siendo una pérdida de tiempo. Lo único que sabía era que el supuesto objetivo de Ryôga era esa misma granja. Tenía dos opciones: o quedarse allí hasta que Ryôga llegase, o intentar encontrarlo en su camino.

—Ahora, ¿quieres contarme qué fue lo que te pasó a ti?

Estaba claro que no se iba a quedar allí, así que lo único que le quedaba era buscar a su airen.

—Uh… Lo siento, creo que tendré que buscar a Ryôga, ya que estos le necesitan…

—¿Y si voy yo? —preguntó preocupada.

—¡No! —respondió alejándose de ella —No. Es Ryôga y eso… ¡Adiós, encantada!

No era su mejor actuación, pero ya estaba harta de aquella japonesita. Salió con paso ligero de la sala de entrenamiento antes de que la joven pudiera decir nada más y desanduvo el camino de piedra por donde había pasado antes. Unos minutos después estaba por fin fuera de la propiedad de los Unryû.

No estaba muy segura de a donde debía dirigirse. Evidentemente, intentar encontrar a Ryôga era casi tan difícil como que Ryôga no se perdiese al ir a su casa. Así que, intentar buscarle no era la mejor opción. Por tanto, lo único que le quedaba era esperar. Pero la cuestión era si allí, apostada en las cercanías de los terrenos, o de vuelta en el Cat Café.

Pero ahora que la Matriarca había abierto por fin los ojos no quería decepcionarla. Y volver sin el único discípulo digno seguramente estaba en la lista de cosas que son una decepción. No, tendría que quedarse allí hasta que su airen consiguiese llegar hasta ella, y entonces, convencerle de que volviese al Cat Café.

Con ella.

Sylphé, sabía que estaban hechos para estar juntos. ¿Por qué no podía él darse cuenta también?


La caza llegaba a su fin. Atrapado en la celda de piedra hecha a medida, Lǎo-hǔ Lán empezaba a comprender que aquello era el fin.

Estaba evidentemente encantado de que todo fuera a terminar tan pronto. Algunas noches, en su camino hasta allí, como no pudo dormir, se imaginó a sí mismo completando su tarea. Entonces, el monstruo que se la impuso aparecía y le felicitaba por su trabajo, y le sugería que, ya que no le había costado gran cosa hacer aquello, podía hacer lo mismo con otras molestias más al Norte.

Odiaba aquellas pesadillas imaginadas. Las odiaba enormemente porque temía que se convirtiesen en realidad. Pero lo que más odiaba era a sí mismo. Desde el día en que se convirtió en un animal, se despreciaba profundamente. Tanto, que casi se dejó morir.

Ya en Japón, una tormenta le sorprendió. Acostumbrado a su nueva visión, atravesaba un bosque cuando, en pocos minutos, quedó calado hasta los huesos. No había sentido durante su viaje hambre ni cansancio, pero la humedad y el frío empezaron a debilitarle. Pronto, se juntaron con su falta de ganas de vivir y lo dejaron tirado en el suelo. Y, por un momento, aceptó la idea de terminar allí. Al fin y al cabo, aquello encajaría con su nueva condición de animal; muriendo en medio de una zona salvaje, sin nombre ni condición de hombre.

Pero, en contraste con lo que sentía en ese momento estando encerrado, algo en su cabeza le obligó a continuar. Instinto de supervivencia, podría ser. Encontró ropa seca al lado de una tienda de campaña y, como un animal, se hizo con ella sin permiso.

Después de aquello no se volvió a dejar caer en un estado tan lamentable. A pesar de lo deshonroso que pudiera ser, había decidido sobrevivir, así que lo haría hasta el final.

Y el final era precisamente la situación en la que se encontraba. Encontró la fuente de los tres colores. Una parte poco poblada de una urbe que se extendía a través de kilómetros y kilómetros de tierra hasta donde se perdía la vista. La mayor parte era como un enorme plano levemente coloreado de azul, rojo y amarillo. Pero esta pequeña parte resaltaba como una vela en la oscuridad.

Y entonces, este lugar atrajo poderosamente su atención. En cuanto encontró a ese tal “Ranma”, lo supo. El rojo que desprendía era tan intenso que parecía el sol durante un atardecer. Aún así, su capacidad de lucha no estaba a su altura, y la decepción se juntó con el miedo. El miedo de que fuera capaz de llevar a cabo su cometido.

Por suerte, aparecieron los demás. El tal “Mousse” y la mencionada “Shampoo” brillaban de amarillo y azul respectivamente. Eran incluso menos poderosos que el primero, pero se combinaban de una forma especial. Había algo más que el simple hecho de entrenar juntos. De alguna manera, los tres alcanzaban un nuevo nivel a la hora de compenetrarse.

Esa compenetración era lo que le había vencido. Eso, y unos poderes que jamás había visto. Intentó moverse una vez más, pero sea lo que fuere lo que había hecho el chico de gafas, era totalmente incapaz de moverse. Pudo ver los destellos de color que cada uno de ellos desprendía al hacer su ataque; disfrutó del espectáculo. E, incluso durante un momento, creyó ver algo nuevo. Como un remolino en los colores que derramaba otro color distinto a los otros tres. Pero tan sólo pudo verlo por el rabillo del ojo, así que no estaba seguro.

De lo que estaba seguro era que no podría huir de esa celda. Tal vez, en un arrebato de misericordia, se les ocurriría sellar la celda de piedra y dejarle morir por asfixia. Pero sería una forma demasiado benévola de huir de todo el sufrimiento. Sin embargo, si no les decía nada, era muy improbable que pudiesen deducir por lo que estaba pasando y cómo quería acabar.

Así que se decidió a contárselo.

—Oh, no. No lo harás —dijo una voz inhumana con un toque de sorna.

Sabía a quién pertenecía esa voz, pero no podía creer que la estuviera escuchando.

—¿Cómo…

—”¿Cómo es posible?” ¿Era eso lo que ibas a preguntar? —se adelantó aún más divertida —¿Acaso creerías que el regalo que te hice no tenía un precio? Menuda criatura tan patética y divertida.

Y se dio cuenta.

—Mis… Mis ojos…

—Sí, tus ojos. No sólo ven el mundo para ti; también lo hacen para mí —entonces, el tono pasó a ser uno de enfado apenas contenido —. Y lo que veo no me gusta.

—Te mandé a esa isla con un simple propósito: matar a unas molestias que allí estaban. ¿Y qué me encuentro?

Estaba tan aterrorizado que no hubiera podido responder aunque hubiese querido.

—Eso, no hace falta que respondas, ya lo iba a hacer yo —continuó con un marcado deje de locura febril —. Pues eso, te veo encerrado en una cárcel de piedra. ¿Pero qué demonios te pasa? ¿Es que quieres morir? ¿Acaso es eso?

Y entonces, sin saber muy bien por qué, respondió:

—Sí, quiero morir.

La voz no dijo nada. Parecía que estaba pensando, cómo si su respuesta le hubiera sorprendido.

—Así que —empezó lenta y calmadamente —, te has pensado mejor nuestro acuerdo. El mosquito ha decidido que sí tiene honor después de todo.

Poco a poco, las palabras fueron cobrando intensidad, como un crescendo, y él seguía sin poder articular palabra.

—Así que prefieres morir, ¿eh? —las palabras resonaban en su cabeza y le producían un dolor insoportable. Quería agarrarse el cráneo, pero todavía estaba inmovilizado —Así que prefieres traicionarme y dejarme tirado, ¿eh? ¡Así que rechazas la oportunidad que te he dado!

Pudo oír como la corta y agresiva respiración de la voz fue calmándose poco a poco dentro de su cabeza. Cuando volvió a hablar, la agresividad se había ido, pero el deje de demencia continuaba allí.

—Debería ir allí y matarte ahora mismo, pero no lo haré. Aún tengo cosas que hacer. Quiero que esta vez nadie pueda detenerme.

—No —continuó tras un momento de deliberación —, no voy a sacarte de tu miseria tan pronto. Vas a llevar a cabo tu cometido. ¿Y sabes por qué? Porque esa será la única manera de que puedas acabar con tu triste y patética vida.

—Voy a hacer que tengas el poder suficiente para acabar con esa molestia a la que te has enfrentado. Y cuando hayas acabado, vas a sembrar el terror por toda esa maldita isla —el odio aumentaba en la voz, y sentía como su cabeza iba a explotar con cada palabra.

—Vas a matar a cada hombre, mujer y niño que encuentres, y vas a hacerlo de la manera más cruel que puedas imaginar. Y cuando hayas terminado, me vas a buscar allá donde esté y yo me encargaré de aplastar tu pequeño cuerpo y tu frágil alma hasta que por fin alcances lo que buscas. Y ten en cuenta que estaré vigilándote todo el rato.

—Así que no intentes escapar —continuó, recuperando la sorna con la que se había presentado —, porque no podrás. Sé cada cosa que ves, cada sonido que oyes. Y si no haces lo que te he dicho, nunca morirás. ¿Me has oído? ¡Nunca, pequeño insecto!

—¡Nunca!

Entonces, su cráneo se partió en dos.

O al menos, eso es lo que el dolor le hacía creer. Un dolor terrible e inimaginable, comenzó con la partida de la voz. Procedía de sus ojos y se extendía hacia su cerebro, que le quemaba y le dolía de una manera indescriptible. Y de ahí, se extendía al resto de su cuerpo, como una orden de dolor que recorriese cada uno de sus nervios.

De pronto, recuperó la movilidad. Pero lo único que logró hacer fue curvarse hasta alcanzar una posición fetal, llorando, esperando a que el dolor acabase. Esperó lo que le pareció una eternidad. Durante ese tiempo notó, a través de sus ojos cerrados, que le bañaba una luz azul y ponzoñosa. Una luz fría que no alcanzaba a comprender cómo podía estar viendo.

Loco de dolor, abrió un poco los ojos, descubriendo que la luz provenía de él mismo. De sus extremidades, de su pecho y, sobre todo, de sus ojos. Y entonces, su sufrimiento se dobló, y el grito que no sabía que estaba lanzando alcanzó un nuevo nivel.

No podía controlar su cuerpo, que se doblaba y se arqueaba a merced de un compás de dolor increíble. Y tal y como le pasó cuando obtuvo su nueva vista, cuando pensaba que no podría resistir más y que moriría del dolor, todo paró.

Abrió los ojos, que sentía extraños, y vio su celda de piedra, oscura una vez más. Decidió salir de ella, y en un instante, trozos de piedra rebotaban contra su pecho y su rostro como si fueran de goma.

De nuevo, el animal tenía un objetivo. Y esa vez, no parecía que hubiese una correa que pudiera sujetarlo.


(1) Aunque no estoy muy seguro, al parecer este es el verdadero nombre de las armas esféricas que suele llevar Shampoo, y no “bomboris”, como había pensado hasta ahora.


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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