Cap. 18 de S.A. original

…llega la verdadera prueba;…

Una semana.

Llevaba perdido una semana, y aquello no podía ir a peor. En aquel mismo instante estaba mojado, muy mojado. Por suerte, su situación se debía al agua caliente que media hora antes había conseguido echarse por encima en su forma de cerdito negro. Lo irritante de todo aquello era la razón por la que, en primer lugar, se había convertido en cerdito negro.

Obviando por un instante que todo aquello era culpa de Ranma dijese lo que dijese él, Ryôga no podía culpar más que al imprevisible y caprichoso tiempo de Japón. Parecía que disfrutase convirtiéndole a su forma maldita en los momentos más inoportunos, sobre todo cuando estaba de viaje.

Al fin y al cabo, resultaba increíble cómo un día de sol y brisa ligera se había convertido de repente en el día más desagradable del infierno. Era terriblemente injusto que después de haber lavado toda su ropa interior con la esperanza de que se secara pronto, toda aquella mañana de trabajo se fuera al garete por un capricho semejante de la naturaleza. Porque tenía claro que no podía echarle la culpa a alguien, que si no, ya estaba buscándolo para hacerle sentir su malestar.

Pensándolo bien, Ranma tenía la culpa de que estuviese en esa situación…

—¡Ranma, esto es todo culpa tuya!

Sin embargo, su grito iracundo no consiguió ni siquiera que los pájaros levantaran el vuelo desde las copas de los árboles que rodeaban su tienda de campaña naranja. Mojado, enfadado y todavía con la ropa sucia puesta, Ryôga descargó su ira con un puñetazo al suelo de la tienda.

Se tumbó sobre su saco de dormir y esperó a que dejara de llover, oyendo sin escuchar el sonido de la lluvia contra la lona de la tienda.

Si había alguna otra responsable de su situación, ésa era Perfume. Durante esa semana en busca de la granja de Akari había tenido mucho tiempo para pensar en lo que había sucedido con ella el día que había “escapado” del Cat Café. Lo que pasó explicaba varias cosas, y entre ellas, su comportamiento durante la excursión organizada por Cologne en la que se había encontrado sin quererlo.

Entonces recordó las palabras que le oyó decir cuando se la encontró, casi inconsciente: “Wo de airen”. Y la imagen de Shampoo besando a Ranma le asaltó como la peor pesadilla que hubiera tenido en años. Aquello le resultaba doblemente inquietante, porque al principio había sido una de sus favoritas.

Sí. Si la insistencia de Shampoo había sido una característica típica de la aldea Nujiezu, entonces había conseguido, desde hacía un tiempo ya, una esposa extranjera de lo más insistente y tenaz. Como en muchas otras ocasiones, Ryôga era felizmente ignorante de la ironía de todo aquello.

Entonces, se dio cuenta de que el sonido de las gotas de agua golpeando el plástico de su tienda de campaña había desaparecido. Algo más alegre, salió de la tienda y se desperezó, disfrutando enormemente del frescor y el olor de la lluvia recién caída. Ésa era una de las sensaciones de las que tanto disfrutaba aunque estuviese perdido.

—Tampoco estoy perdido del todo… —pensó. Empezó a recoger su ropa mojada del suelo y las ramas más bajas de los árboles cercanos, consolándose con el hecho de que sabía perfectamente que no estaba en el mismo bosque en el que se había adentrado huyendo de Perfume.

Los recuerdos de aquel momento eran confusos. Recordaba perfectamente que Perfume se había desnudado delante de él más rápido de lo que pensaba posible. También recordaba adentrarse en el bosque cercano. Sin embargo, no era capaz de recordar bien como había recorrido esos trescientos metros, sin contar los primeros kilómetros dentro del bosque.

Encontró por fin su última camiseta amarilla sin mangas y procedió a lavar y colgar de nuevo la ropa. Todavía había nubarrones negros avanzando lentamente sobre su cabeza, pero tuvo la sensación de que no llovería, así que no se preocupó por ellos.

En aquel momento, el rugir sordo de su estómago le indicó que la hora de comer había llegado. De nuevo se puso en movimiento, y en un momento, hizo un fuego sin necesidad de sílex o un encendedor de madera. Cogió uno de los trozos de madera que había encontrado, y empezó a frotar su dedo índice contra su lateral. Tras un par de intentos, salieron unas chispas con las que ardió un poco de madera muy fina y paja que tenía preparada.

Así hizo el fuego sobre el que puso, instantes después, una cazuela con agua para calentar el ramen instantáneo que llevaba en la mochila.

Cuando llenó su estómago de comida caliente, apagó el fuego y, adormilado, se metió de nuevo en la tienda para dormir un rato antes de volver a ponerse en marcha.

Durante su sueño se vio a sí mismo, como tantas otras veces desde la boda fallida de Akane y Ranma, feliz, caminando por una estepa de hierba verde bañada por el calor amable del sol, cogido de la mano de Akari, con Katsunishiki detrás. Los dos eran ya maduros y caminaban lentamente, felices de tenerse el uno al otro. Entonces, del otro lado de un desnivel, aparecían Ranma y Akane. Ellos también eran mayores y también andaban cogidos de la mano. Se saludaban y seguían juntos, las mujeres por un lado y los hombres por otro, con Katsunishiki cerrando la comitiva.

Entonces, apareció algo nuevo: Perfume. La amazona, tan joven como la había conocido, apareció de repente y los separó. Ranma y Akane se juntaron y, sin previo aviso, desaparecieron de la estepa, y sólo quedaron ella, Akari y él. Intentó llegar hasta Akari, pero Perfume se interpuso entre ellos, y él, por alguna razón desconocida, era incapaz de esquivarla.

Lo intentó una y otra vez sin descanso, mientras el sol bajaba y la estepa se cubría de una luz rojiza y brillante, pero no hubo manera. Después de lo que sintió fue mucho tiempo, intentó saltar por encima de la amazona. Cuando estaba en el punto más alto de su arco, justo encima de la amazona, pensó que lo iba a conseguir. Y entonces, sintió el metal frío de una espada atravesar su estómago.

Se despertó sudado y recorrido por un frío helador. Se palpó la zona del abdomen, y se sintió aliviado al notar la falta de espadas clavadas en esa zona.

Fue entonces cuando finalmente se percató de los sonidos que provenían de un punto cercano a la puerta de su tienda. Observó con cautela una figura que podía distinguir vagamente a través de la tela de su tienda. Iba de un lado a otro, erguida, con mucha prisa, sin importarle el ruido que hacía.

Esperando cualquier cosa, pues se había encontrado con personajes muy peculiares en sus viajes, Ryôga salió rápidamente de la tienda para pillar por sorpresa a la extraña figura. Sin embargo, en el momento en el que iba a ver de una vez a la figura sin la molestia de su tienda de campaña por en medio, Ryôga recibió un empujón que logró tirarle.

Se giró, y lo único que consiguió ver fue la espalda desnuda de un chico, unida a unas piernas también desnudas que huyeron despavoridas.

—¡Chico, vuelve aquí! —gritó, pero no tuvo suerte.

Sin darle mayor importancia, Ryôga se puso de pie y decidió aprovechar que ya estaba fuera para recoger la ropa tendida, por si acaso las nubes negras que todavía pasaban por encima de su cabeza decidían hacerle el día un poco más mísero.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que ya no había ropa colgada. Y tampoco en el suelo o en las copas de los árboles.

El extraño se la había robado.

—¡Esto es todo culpa tuya!


—¿Así estará bien…?

No tenía mucho tiempo. La situación era delicada y requería de toda su habilidad para que llegase a buen puerto. No sólo era la primera vez que lo hacía; además, si lo hacía mal, sabía que la oportunidad no volvería a presentarse en mucho tiempo; tal vez, nunca lo hiciese. Ranma procedió entonces a hacer un recuento previo frente al espejo del baño.

—De acuerdo. Dinero para la cena: hecho. Ropa recién lavada: hecho. Colonia: hecho.

—Ranma, hijo, ¿estás ahí? —le interrumpió la voz de su madre a través de la puerta.

—Engañar a la familia: ¡olvidado! ¡Argh! —el pánico se apoderó de su cuerpo al pensar en lo que pasaría si su madre entrara en el baño. Todo el mundo sabría lo que estaba a punto de hacer, lo que incluía a sus padres y a Nabiki. Y esta última no dudaría ni un segundo en sacar provecho.

Tenía que huir de allí cuanto antes. Sin pensárselo dos veces, abrió la pequeña ventana del baño y se contorsionó para pasar a través de ella sin destrozarse la ropa. Justo en el momento en que dejó de sujetar la ventana oyó a su madre abrir la puerta del baño.

Sin embargo, no quería oír la voz preocupada de su madre, por lo que saltó al jardín y, de ahí, por encima de la tapia, hasta la calle.

—¿Acaso no puedes utilizar nunca la puerta, como todo el mundo? —reconoció al instante la voz a partes iguales divertida y enfadada de su prometida.

—¿Es que acaso todo el mundo es Ranma Saotome? —al fin y al cabo, era cierto que no todo el mundo era él.

—En fin… —lanzó las manos al cielo como pidiendo paciencia —¿Nos vamos?

Cogió la mano que Akane le ofrecía de una manera algo torpe y echaron a caminar.

Entonces Ranma se dio cuenta de que no sabía adónde iban.

—Akane… ¿Adónde estamos-

—¿Acaso te has preparado de alguna manera para esta cita? —preguntó enfadada, soltándose de él.

—Pues claro que me he preparado, vio-

Se cortó. No debía volver a cometer los mismos errores que antes. Seguía sin entender muy bien como algo tan pequeño como un insulto podía dolerle tanto, pero esa era una pregunta que respondería más adelante. Al fin había entendido lo que no debía hacer para ganar en este asunto, y como que se llamaba Ranma Saotome que no estaba dispuesto a perder. Si había que perder para ganar, Ranma Saotome perdería como ningún otro. Ya aprendió esa lección una vez, al fin y al cabo.

Akane todavía le miraba con furia expectante, preparada para acabar esa cita antes incluso de que hubiese empezado.

—Esto… Lo que quiero decir es… Que lo siento, Akane —¡sí! Una actuación perfecta.

—¡Oh, vale! —toda la tensión y el enfado que había acumulado se disolvieron en el aire como si nunca hubiesen existido —Yo también lo siento. Es que estaba molesta porque Nabiki me ha estado persiguiendo todo el día, y me ha costado bastante esperarte en la puerta sin que lo supiera…

—¡Ja, ja! Yo he tenido que escapar por la ventana del baño para que mi madre no me descubriese —aquello iba perfecto. Ni siquiera parecía que estuviesen en una cita —. Por cierto, ¿adónde estamos yendo? Porque no creo que el Cat Café sea el mejor sitio…

—No, yo tampoco. Por eso vamos a ir a otro sitio. Aunque está un poco lejos, por lo que tendremos que utilizar el autobús.

—¿Qué? ¿Tú crees que es normal coger el autobús en una cita?

—¿¡Y por qué no!


Sabía que era una chica fuerte. No dejaba de repetírselo. Pero aún así, no podía evitar sentirse muy desgraciada.

Había estudiado mucho, tenía un restaurante propio y tenía los ojos más exóticos y sensuales de toda la ciudad. Evidentemente, le iba bien. Pero aún así, Kaiko tan sólo tenía ganas de encerrarse en la trastienda y llorar un poco más.

El problema era que cuando hacía eso volvía a recordar a Mousse y la primera vez que se encontraron, y eso hacía que llorase más y, bueno… no quería volver a caer en ese círculo.

—¡Hey, jefa! ¿Está bien? —ésa era la joven Shimamoto. Tan sólo llevaba un par de meses, pero ya se había hecho amiga de todo el mundo. Se le daba muy bien conectar con la gente, quizá demasiado. Era demasiado joven para entender que la gente puede hacerte daño muy fácilmente.

—¡Perfectamente, Shima! Creo que los de la mesa diecisiete habían pedido este café que tengo aquí —sacó de debajo del mostrador una taza que había preparado sin apenas prestarle atención —. ¿Podrías llevárselo?

—Claro, jefa —y con una sonrisa, se dirigió a la mesa más alejada de la barra.

Y ahí iba. Otra oportunidad para deshacerse de toda la tristeza que tiraba a la mesa diecisiete.

Esto no era normal en ella. No se hundía en la miseria y luego se rebozaba bien en ella para no salir. No se deshacía en lágrimas cada vez que algo le recordaba a su último amorío y por supuesto que nunca una ruptura afectaba a su vida de una manera tan evidente.

No. Ella era una chica fuerte. Era una empresaria con un magnífico instinto para el negocio, era la dueña y, al mismo tiempo, la encargada de seguridad de su restaurante y era una chica emprendedora y decidida que nunca se dejó amilanar por la presión que el resto de los restaurantes cercanos ejerció sobre ella cuando relevó al anterior jefe del primer restaurante de la cadena de sus padres.

Y aún así, se tuvo que excusar un momento a la trastienda para que ninguna de sus empleadas la viese volver a llorar.

—¡Contrólate ya un poco, ¿no?! —se dijo cuando notó que empezaba a dejar de llorar —¿No se supone que eres fuerte? ¡Pues demuéstralo! ¡Has sido tú la que te has ido sin dar explicaciones! ¡Ahora atente a las consecuencias!

Pero, ¿había sido buena idea? Empezaba a no estar segura. Decirle a Mousse que “no se sentía capaz de ir” no había sido buena idea, eso ahora lo veía claro. Al fin y al cabo, si no estaba allí, con él, no podría saber si el beso que presenció fue un simple momento de complicidad o si iba a llevar a algo más.

Es más, si se quedaba allí parada jamás podría luchar por Mousse si es que tal lucha se producía. Y entonces, esa Shampoo ganaría por defecto, automáticamente, sólo porque ella había sido demasiado cobarde para presentarse allí y arriesgarse a… a…

—¿Qué estoy diciendo? —se dijo en bajo extrañada. Estaba claro que Mousse había hecho una elección, y esa elección no la incluía a ella. Lo único que haría presentándose allí sería el ridículo. Además, no sería propio de ella ir arrastrándose detrás de nadie; ni de un amor, ni de un competidor ni de nadie.

—¡Jefa! ¿Puedo entrar, jefa? —pudo oír a la joven Shimamoto llamándola a través de la puerta cerrada de la trastienda. Su voz sonaba ilusionada, aunque en Shimamoto aquel era el tono normal.

Se limpió un poco la cara como buenamente pudo y salió de la trastienda, sorprendiendo a la joven camarera.

—¡Oh, sí que estaba ahí! —dijo la chica con aún más ilusión.

—Sí, Shima… —tenía tanto que aprender… —En fin, ¿qué es lo que quieres?

—Ha venido su “amigo”, jefa —le informó con una sonrisa.

Inmediatamente, Kaiko alzó la vista y recorrió todo el restaurante de una mirada fugaz. Y lo vio sentado en la mesa diecisiete, al lado del ventanal, tomando un té como aquel día que tanto había recordado.

Fue como si una corriente los recorriera a los dos, porque Mousse alzó también la mirada y, aunque seguramente era incapaz de verla, quedó clavada en ella. Pero entonces tuvo un repentino ataque de vergüenza. Un ataque de vergüenza como no había tenido en toda su vida. Ya se estaba comportando como una idiota otra vez. Sólo era Mousse, un amigo que había venido a visitarla. Pero no le salían de la garganta ni unas simples palabras de saludo.

—¡Mousse, majo, ven aquí! —sin embargo, cómo no, a Shimamoto le salían solas. Estaba empezando a preguntarse si su manera de ser era así o es que se esforzaba en ser tan… simpática con todo el mundo.

Mousse no tardó en acercarse a ellas. En cuanto distinguió a cada una de ellas, Shimamoto se excusó con el trabajo y les dejó a solas.

—Hola, Kaiko —empezó con un tono lo más neutral posible.

—Hola…

—Veo que estás bien —la verdad era que no se encontraba nada bien, pero prefería no cortar la conversación, ahora que por fin había empezado.

—Sí, claro. ¿Por qué no debería estarlo? —¡maldición! Si empezaba a hablar así, entonces sí que sería evidente que estaba mal —¿Qué tal tú?

—Bueno, entrenando, trabajando… Ya sabes —por desgracia, no sabía, ya que no había ido al Cat Café.

—Kaiko, tenemos que hablar en privado —sabía que ese momento iba a llegar, y por mucha charla mundana que forzara, no iba a conseguir librarse. Asintió una vez y juntos entraron en la trastienda. Antes de cerrar la puerta pudo oír a la joven camarera demasiado entusiasta silbando disimuladamente con apreciación.

Por muy buena que fuera con los clientes, estaba a un paso de ser despedida.

—¿Por qué me dijiste que no te sentías capaz de ir al Cat Café? —típico de Mousse: directo al grano, y sin capas de azúcar.

No estaba segura de cómo responder a esa pregunta. Y eso era lo que le extrañaba. Nunca le había sucedido nada igual; era una de esas personas que nunca se quedaba sin nada que decir. Y sin embargo, en la tenue oscuridad que se iba apoderando de la trastienda de su restaurante, delante de un chico que apenas había conocido un mes atrás, estaba sin habla.

Bueno, la verdad era tan buen camino como cualquier otro.

—Te vi besándote con Shampoo una noche, Mousse —ahí estaba. La razón, sin condimentos ni salsas.

Pudo ver la sorpresa escrita en su cara. No era de extrañar, ya que el beso que vio fue algo íntimo que seguramente ninguno de los dos había imaginado compartir con los demás. Al menos, en su caso.

—Aquello… Aquello fue un error, Kaiko —dijo Mousse con un tono sinceramente triste. Eso sí que era una sorpresa. Era la primera vez que veía a un hombre triste por haber alcanzado su sueño.

—¿Un error? ¿Por qué fue un error?

—Kaiko, no te has dado cuenta. Claro, ¿cómo podrías? Sabes de sobra lo que significa ser una amazona: ya te lo he explicado varias veces —asintió para que continuara —. Pues bien, Shampoo deja de ser una amazona cuando piensa que me ama.

—¡Eso es ridículo!

—¡No! ¿No lo entiendes? Te dije que una amazona sólo puede amar a otro amazona. Si deja de ser así, se volverá débil e indisciplinada. Y eso es exactamente lo que está pasando. Shampoo se debilita cuando cree que me necesita.

—Pero, ¿qué dices? Ahora que ella se ha dado cuenta de lo que vales podrás apoyarla mucho mejor que antes, cuando ni siquiera te permitía acercarte.

—Yo nunca le he prestado ningún apoyo, Kaiko —cada vez parecía más y más abatido. Y por su tono de voz, parecía como si hubiera mantenido esa misma conversación consigo mismo y no hubiera llegado a ninguna conclusión buena —. Lo único que he hecho siempre, me doy cuenta ahora, es pedirle sin descanso algo que ella nunca tuvo para mí.

—Eso… Eso no es verdad, Mousse —no podía soportar verle tan deprimido. Era injusto —. Tan sólo es que tu forma de demostrar aprecio es un poco…

—Es muy exagerada, Kaiko —puso mucha intensidad en el “muy”, y continuó con su caída hacia el abismo de la depresión —. Nunca le he sido de ayuda a nadie: ni a mi familia, yendo detrás de la mejor luchadora del pueblo a pesar de que ella me odiaba; ni a mi maestro, convirtiendo su noble arte en una herramienta para conseguir de manera nefasta a Shampoo; y mucho menos a ella, acosándola de manera exagerada hasta que, por fin, perdió toda confianza en los hombres.

—He hecho un flaco favor a aquellos que un día me ayudaron o enseñaron.

Mousse se sentó y se sumió en el silencio con la mirada fija en el suelo. Kaiko trataba de encontrar un argumento con el que convencer al amazona de que estaba equivocado, de que valía mucho más de lo que él pensaba; pero las palabras no le salían y, tras unos minutos moviendo la boca como un pez fuera del agua, dejó de intentarlo y se sentó en el suelo junto al chico.

Los dos pasaron así un rato sin decirse nada.

—Puede que todo eso sea verdad, Mousse —seguía sin estar segura de qué decir, pero no aguantaba ese silencio horrible y deprimente, así que se dejó llevar —. Puede que hayas acabado con la confianza de una chica en los hombres. Puede que hayas utilizado un arte marcial de una manera innoble. Puede, incluso, que le hayas fallado a tu familia. No lo sé. Pero lo que sí sé es que eres un hipócrita, y eso me ha decepcionado.

Mousse se giró sorprendido hacia ella. Le había costado varios días darse cuenta de lo que pasaba en su interior y ahora, al dejarse llevar, por fin lo había descubierto. Ahora lo veía claro: la razón por la que no había luchado, por la que había tirado la toalla y se había sentido derrotada.

—Repites una y otra vez cómo no eres amazona, cómo has renunciado a las enseñanzas de una tribu moribunda y has abrazado la libertad que esta trágica situación te ha concedido. Tanto es así que estás dispuesto a renunciar al amor de tu vida por esta nueva libertad, y sin embargo… ¡Qué hipócrita!

—Pero Kaiko…

—¡Calla! —ahora todo estaba claro. Sólo había una cosa que le decepcionaba más que los gamberros de poca monta. Y eso era la hipocresía. Sin darse cuenta, se había enamorado de ese hombre medio ciego que se convertía en pato. Y cuando le vio besar a esa amazona, se sintió tan decepcionada que tuvo que esconder su decepción de sí misma bajo una capa de confusión.

—A pesar de todo lo que has dicho, de todos los propósitos de enmienda que has hecho, sigues siendo igual que siempre. Sigues siendo el mismo Mousse de antes del meteorito que me describiste la primera vez que estuviste aquí. Puede que digas que no eres un amazona, pero sigues comportándote como uno. ¿No se supone que has abandonado tu herencia amazona? ¡Pues olvida tus errores, tus equivocaciones y tus pasos en falso y utiliza el hoy! ¡Deja de recordar el ayer y trabaja para tener un buen mañana! ¡Abandona tus viejos sueños que ya no se podrán cumplir y busca unos nuevos que te ayuden a ser la persona que tanto quieres ser!

—Bueno… —dijo más calmada al cabo de un momento—Básicamente, lo que quería decir era que-

—”Pase página” —levantó la vista libre de gafas y Kaiko pudo ver que sus ojos brillaban con las lágrimas que no dejaba que se derramasen. Ambos respiraban profundamente, como si hubieran corrido una maratón, y sus pechos subían y bajaban con las emociones que apenas se contenían en su interior.

—Creo que entiendo lo que quieres decir —Mousse hablaba con tanta emoción en su voz que apenas podía decir nada—. Y tienes razón. Sigo decepcionando a aquellos que alguna vez han confiado en mí. Ése es mi único talento.

—¿Así que vas a seguir compadeciéndote de ti mismo? —se estaba hartando de todo esto. En ese momento no estaba segura de querer seguir teniéndole a su lado, pero tampoco lo quería ver deprimido. Y seguir esas dos doctrinas de comportamiento al mismo tiempo le resultaba muy difícil —¿Sabes qué? Es por esto por lo que Shampoo se está volviendo débil. No porque no seas amazona, o no te consideres tal al menos. Sino porque no haces más que autocompadecerte y echar la culpa de tus errores a otros. Con un apoyo que es incapaz de mantenerse firme detrás de sus decisiones, no me extraña que se haya vuelto una colegiala débil.

Mousse siguió callado, y Kaiko alzó la vista hasta la pequeña ventana por la que se derramaba la pálida luz de la Luna. Con todo aquello había anochecido y ni siquiera se había dado cuenta. Tenía que preparar el restaurante para la cita de su amiga, así que tenía que salir ya y decírselo a las camareras.

—Mousse, tienes que hacer algo, eso es lo único que digo. Si crees que dejar de ser un amazona ha sido un error, y que has alcanzado tu sueño con Shampoo, rectifica ya. Pero si crees que haces bien en dejar de ser un amazona y que abandonar a Shampoo será lo mejor para ella, díselo ya. Pero haz algo.

—Por favor.

Kaiko se levantó y se dirigió hacia la puerta.

—Puedes quedarte aquí pensando cuanto quieras —dijo volviéndose un instante—. Siempre vas a tener abierta esta puerta, eso nunca lo dudes.

Entonces abrió la puerta y dejó a Mousse en la trastienda. Ya no podía hacer nada más por él. Le había dicho todas las verdades que hasta entonces o nadie le había dicho o no quería escuchar. Tan sólo quedaba ver si estaba dispuesto a dar el paso o no. El Mousse que ella conocía sí que lo daría, pero ya no sabía cuánto de ese chico había en el que estaba en la trastienda mirando al suelo y sintiéndose deprimido.

Al menos había sacado algo en claro: se había enamorado de él. Ahora que lo había expresado con palabras parecía mucho más fácil de asimilar. En retrospectiva, le resultaba evidente. Si no hubiera sido así, nunca le hubiera costado tanto volver a la rutina, ni explicarle porque no iba a ir a entrenar, ni hablar con él.

—Hey, jefa, si no es indiscreción, ¿cómo ha ido eso? —le preguntó la joven Shimamoto con tanta ilusión que parecía irradiarla como una lucecita rosa.

—Bien, Shima, bien. Y ya que estás, vas a hacerme un favor, ¿de acuerdo?

—¡Por supuesto jefa! ¿Qué necesita?

—Pues verás, esta noche va a venir una amiga mía con su primera cita, y quería…


—Sigo sin entender qué tiene de malo coger el autobús en una cita.

—Tú no lo entiendes. No es tan masculino como debería ser.

—Muy bien, ¿pues cómo deberíamos haber llegado hasta aquí según tú?

—Pues no sé… En un coche, o una limusina o un carruaje tirado por caballos…

—¿Y acaso tienes dinero para pagar algo como eso?

Ante eso, Ranma no tuvo otra opción que mantenerse en silencio.

Con esa pregunta terminaba por fin la discusión que había llenado su viaje de autobús y las callejuelas que habían recorrido. A pesar de todo, Akane sentía que la cita iba viento en popa. Había empezado con varios días de retraso, y todavía estaba un poco preocupada por cómo había respondido a su hermana antes de salir, y las consecuencias que pudieran salir de todo aquello. Pero aún así, apretó un poco la mano de su prometido, la misma que no había soltado desde que se habían puesto a hablar justo delante de casa, y al ver la sonrisa algo tímida y nerviosa de su prometido no pudo evitar que otra sonrisa igual se dibujara en su rostro.

No podía creer que todo fuera tan bien. No había locas intentando arruinarles su momento, ni padres entrometidos forzándoles a hacer algo precipitado… Iban a su ritmo, como siempre les había ido mejor, e incluso se lo estaban pasando bien. Se sentía afortunada por poder empezar a conocerle algo mejor, aunque fuera a través de discusiones interminables como la que acababan de tener.

—Bueno, ¿y ahora a dónde?

Siguió en la dirección correcta sin decir nada y Ranma se ajustó a su ritmo y dirección casi al instante. Normalmente le hubiera molestado que su prometido hubiera tratado de tomar el control y el mando de la situación de una manera tan evidente, pero en esa ocasión no le importaba. Incluso estaba empezando a resultarle hasta entrañable, viéndole tratar de dirigirla mientras era ella la que marcaba la dirección. Tratar de llevar la cita como él pensaba era la forma correcta, sólo para aceptar cada transgresión del guión.

Siguieron caminando un rato más. Paseaban tranquilos, disfrutando de la noche que poco a poco iba cayendo sobre Tokio, cómodos con el silencio amable que se había asentado en su paseo. Observaron, y escucharon, la ciudad reduciendo lentamente su actividad hasta que se convirtió en el simple murmullo de su propio caminar, aderezado de vez en cuando con el canto de algún pájaro tardío y el ocasional paso lejano de alguno de los muchos trenes que constantemente atravesaban la enorme ciudad.

—Bueno, ya casi hemos llegado —anunció Akane con una sonrisa. Ante ellos se abría un aparcamiento mediano al aire libre y al final de ello, elevado sobre el terreno circundante, se levantaba el acristalado restaurante llamado “Takahashi’s”.

—¿Ése no es el restaurante de la chica esta…? ¿La rubia, amiga de Mousse…?

—Se llama Kaiko —le informó con paciencia infinita —. Y sí, es su restaurante. Y me ha prometido que nos lo va a dejar para nosotros solos —tampoco tenía nada que ver el hecho de que así podría verla para saber si estaba bien, ya que no la había vuelto a ver desde el viaje al bosque y no estaba nada preocupada por ella. Nada de nada. No señor.

—Ah, pues muy bien.

Atravesaron el parking vacío excepto por un pequeño utilitario marrón y una gran limusina negra que debía pertenecer a la enorme mansión que había a un lado del parking, y llamaron con cuidado a la puerta de cristal del restaurante tras ascender con cuidado por las escaleras que ayudaban a subir el pequeño desnivel sobre el que se asentaba el Takahashi’s.

Al instante, una chica bajita y morena y que parecía desprender energía como una hoguera apareció al otro lado de la puerta con una enorme sonrisa en su pecoso rostro. Sacó un manojo de llaves del bolsillo del pantalón vaquero que, junto a una camisa verde clara y una especie de delantal abierto con el nombre del restaurante en el frente, componía su impactante vestimenta, y les abrió la puerta.

—¡Pasad, pasad! —dijo muy emocionada —La jefa me ha dicho que en cuanto llegaseis os llevara hasta la mesa dieciséis y le avisara.

—Eh… Gracias —la chica estaba tan emocionada que Akane empezó a sentirse un poco incómoda. Cuando se giró hacia Ranma comprobó que su prometido se sentía igual.

Fueron dirigidos a una mesa que estaba al lado del enorme ventanal que hacía de pared oeste del restaurante. La mesa estaba exquisitamente preparada; salpicada con una mezcla de utensilios orientales y occidentales; cubierta por un precioso mantel de tela con figuras de dragones y fénix, y decorada con un par de velas aromáticas que resultaban ser la única fuente de iluminación.

—¿Qué tal, os gusta? —Akane se dio la vuelta y reconoció al instante a Kaiko. Llevaba un conjunto parecido al de su camarera, pero la diferencia principal era su delantal: el suyo estaba cerrado, era oscuro y las letras que formaban el nombre de su restaurante destacaban enormemente.

—¿No es un poco…

—¡Es perfecto! —podía imaginarse lo que Ranma había estado a punto de decir, pero prefirió dejar a un lado la inseguridad y, de paso, asegurarse de que Ranma no fuera el que llevara las riendas de la cita una vez más. Estaba segura de que, si siguiese taladrando esa idea en la cabeza de su prometido, al final conseguiría que la aceptara.

Cierto, ella tampoco había imaginado nada tan romántico cuando había pensado en esa cita. Sin embargo, no estaba dispuesta a desaprovechar la oportunidad que se presentaba ante ella.

Así que, aplicando un poco más de fuerza de la estrictamente necesaria, sentó a Ranma a la mesa y luego, bajo la mirada divertida de Kaiko y su camarera, se sentó ella frente a su prometido y dando la espalda a la ventana.

—Muy bien, Shima —dijo Kaiko volviéndose hacia su camarera —. Gracias por ayudarme. Ya puedes irte a casa. Y ten cuidado, ya es bastante de noche.

Shima sonrió un poco más y se despidió de todos con gran efusividad. Entonces, al momento de salir, volvió a entrar disculpándose. Había olvidado que tenía todas sus pertenencias en una pequeña sala que, Akane supuso, debía ser el cuarto donde los empleados se cambiaban.

—Bueno, no sólo los empleados. Yo también me cambio ahí —le respondió Kaiko cuando Akane le contó su suposición —.Como somos todo chicas. Por eso el baño está al lado, ya que son las únicas habitaciones que requieren de paredes exteriores no acristaladas. Tan sólo tiene una pequeña ventana para que corra el aire.

—Pero bueno, dejémonos de tonterías. ¿Qué van a-

—Bueno, ahora sí, ¡hasta luego! ¡Pasadlo bien!

Los tres despidieron a Shima con una sonrisa incómoda y un acompasado meneo de sus manos.

—Es un poco… —empezó Ranma.

—Ya lo sé, ya lo sé —le cortó Kaiko.

Después de eso, la cita continuó por su debido cauce. Pidieron una cena sencilla y Kaiko se la trajo rápidamente. Luego se excusó y se retiró a la trastienda, donde dijo que tenía “asuntos pendientes”.

Se vieron entonces nuevamente a solas. De repente, estaban frente a frente, con sendos platos humeantes bajo sus narices y tan sólo el otro para conversar. No sabía el porqué, pero, en un momento, se había quedado sin nada que decir.

—Ehm… —pero no había manera. ¡Y con lo segura que había estado un rato antes! Esa Shima… Le había descolocado por completo. Y ahora se sentía incapaz de comenzar una conversación cualquiera. Tenía la mente en blanco. Era como si la presión de la cita que hasta entonces había esquivado estuviera ahora, concentrada, impidiéndola disfrutar del momento. Tenía que hacer algo antes de que algo fuera mal. Tenía que… no sabía.

—¿Akane? —la voz de su prometido atravesó el barullo de su cabeza y atrajo toda su atención. Seguro que se había dado cuenta por lo que estaba pasando e iba a ayudarle.

—Oye, ya puedo comer, ¿no?

—¿Eh? —no estaba segura de haber oído bien.

—Es que estabas ahí quieta, sin decir nada, y no sé si en las citas hay que hacer algo a la hora de comer, así que por eso pregunto…

Típico de Ranma. Pensando con el estómago.

—No, no. Nada en especial. Ya podemos comer —sí, típico de Ranma. Pero bueno, por eso mismo era algo que… bueno, podía vivir con ello. Y no dejaba de ser ciertamente gracioso.

Empezaron a comer y, tras una mirada que ambos conocían ya bien, Ranma bajó su ritmo de ingesta hasta uno que mimetizaba a la perfección el de Akane. Desde ahí, continuaron sin prisa la cena. No hablaban mucho, pero sustituyeron las palabras por continuas miradas entre las velas encendidas, y no tardaron en aparecer las sonrisas que no tenían explicación aparente.

Entonces, llegó el momento. Lo supo en cuanto vio que Ranma empezaba a incomodarse en su asiento. Estaba intentando idear la mejor manera para hacerlo, y evidentemente, lo que iba a hacer le incomodaba todavía un poco. Empezaba a preguntarse si algún día dejaría de ponerle nervioso el hecho de darle un beso o decirle que la quiere.

No estaba muy segura.

—Akane… Estas semanas han sido geniales. Y bueno, no sé… ¡Lo hemos pasado tan bien! La verdad es que te prefiero así.

¿Qué demonios significaba eso? Estaba claro que le cambió la expresión, porque Ranma se encogió visiblemente y empezó a hablar de manera casi incoherente tratando de arreglar algo que no sabía siquiera cómo había estropeado.

—¡Quiero decir, que sigues siendo tú, pero diferente, no sé! Desde aquel día en el baño has estado más amable, menos violenta, más comprensiva… Más como una chica, vamos.

Aquellas palabras consiguieron calmarla un poco, aunque no deshicieron del todo su molestia. Sin embargo, lo que sí consiguieron fue poner a Ranma en el estado adecuado para seguir adelante con la conversación por el camino que él quería.

—Así que, hace un tiempo que siento que debo decirte esto, por lo que allá va: Akane, yo tamb-

Al principio no entendió porque Ranma se detuvo en seco en mitad de su declaración. No podría estar pensando otra vez en la comida: eso sería demasiado incluso para él. Entonces sintió un escalofrío de advertencia recorrer su espalda y sus instintos tomaron las riendas. Se lanzó hacia un lado mientras los trozos del enorme ventanal a su espalda hacían jirones su ropa.

Y entonces pudo oír, antes incluso de girarse, el sonido de una risa chirriante que había temido oír antes incluso de salir de su casa.

—¡HAHAHAHA! ¡No saldrás impune de este vil atrevimiento con mi querido Ranma, Akane Tendô!

Normalmente era fácil ver la locura alojada en el fondo de los ojos de Kodachi o su hermano Tatewaki, pero aquella noche lo que había en los ojos de la gimnasta era claramente malsano. Estaba claro que descubrirles en medio de una cita había terminado de desencajar el último tornillo que quedaba en la cabeza de la joven ricachona.

Daba igual. Aquello había sobrepasado el límite. Aquella iba a ser la última vez que Kodachi les interrumpía así. Iba a hacer lo que tenía que haber hecho casi dos años atrás: vencerla en un combate.

Y lo iba a hacer en ese mismo instante.


Podía reconocer esa posición y esa energía a kilómetros. Él mismo se había llenado de ella ya varias veces en su vida. Era la energía de aquel que ha llegado a su límite y pretende cambiar su vida de alguna manera, y Akane llenaba todo el restaurante con esa energía.

Había salido de la trastienda un momento antes. Todavía no había decidido lo que iba a hacer, pero quería volver al Cat Café y seguir pensándolo allí con detenimiento. Y entonces se había quedado quieto en la barra, sorprendido de oír la voz de Ranma haciendo una especie de declaración bastante mediocre. Un instante después, los sonidos de cristales rotos y la risa histérica de Kodachi habían asaltado sus oídos.

Con las gafas podía distinguir a Ranma, que había hecho un mortal hacia atrás cuando la joven de pelo negro había destrozado la mesa, preparado en ese mismo instante para saltar sobre Kodachi y terminar con aquello rápidamente. Podía ver también la mezcla de furia y sorpresa que dominaba en su mente expresándose en su posición tensa y agresiva.

Rebuscó rápidamente entre sus proyectiles encadenados hasta que encontró el que estaba buscando, el que llevaba años sin usar. De forma casi instintiva lanzó el único guante de béisbol que guardaba bajo su túnica al hombro de Ranma. En cuanto sintió que el guante agarró, tiró de la cadena a la que estaba unido con todas sus fuerzas.

—¿¡Qué pasa! —gritó Ranma. Al momento, se dio la vuelta en el aire y aterrizó de pie junto a Mousse. Al ver al chico medio ciego, se calmó un tanto.

—Eres tú, Mousse. Pensaba que eras Tatewaki, atacando por detrás.

—Ranma, no intervengas.

—¿Qué? ¿Es que te has vuelto loco? —preguntó indignado.

—Mira, Ranma, Akane está a punto de luchar por cambiar su vida, su posición entre los artistas marciales de por aquí. Si luchas por ella jamás podrá probarse a sí misma que puede ser mejor, que puede avanzar. Y estoy seguro que sabes que eso es lo peor que le puede pasar a un estudiante de artes marciales.

Pudo ver como lo que dijo puso a pensar a Ranma. Poco a poco, la tensión y la agresividad fueron dejando su cuerpo hasta que desaparecieron del todo.

—Puede que tengas razón… Es importante conocer los límites para poder superarlos —concedió finalmente.

—Entonces, observemos.

Ranma se giró y observó a su prometida pelear con Kodachi. Mientras, Mousse se acercó a Kaiko y le dio un toquecito en el hombro.

—Ya lo sé, ya lo sé. Aunque me destrocen el restaurante, no voy a intervenir. Ya te he oído con Ranma —se adelantó ella.

—Gracias. Sé que entiendes lo importante…

—Sí, lo entiendo —le cortó con impaciencia.

Todavía estaba enfadada. Observó a Kaiko de reojo mientras ella se mantenía concentrada en la pelea de su amiga. Pero no podía decidir nada todavía. Le había dejado el tema claro; incluso había conseguido dar voz al tumulto interior que tenía, que hasta entonces había sido como un huracán que no le dejaba pensar.

Al final y al cabo, lo único que había tenido claro cuando se dirigió unas horas antes al restaurante era que quería hablar con ella. Ya lo había hecho, y la elección que ahora le esperaba era de otra índole totalmente. Tenía que elegir entre el pasado y el presente.

—Maldita, ¡estate quieta para que pueda darte tu merecido como es debido! —gritó con exasperación en ese momento Kodachi. Akane había esquivado cada uno de los ataques que había realizado con la cinta y las mazas desde el principio de la pelea, y la gimnasta estaba perdiendo la paciencia —Eres tan molesta como esa ramera pelirroja que comparte nombre con mi querido Ranma.

—¡Y yo estoy harta de ti! —contraatacó Akane con la misma intensidad —Harta de tu locura y tu desprecio. Harta de que me traten como que no fuera suficiente para Ranma, como si fuera la última de la fila, con la que no hace falta contar porque no es importante —esquivó un rápido latigazo de Kodachi dando un paso a un lado y, casi más rápido de lo que los ojos permiten ver, agarró la cinta y la dio un par de vueltas alrededor de su muñeca.

La gimnasta tan sólo se sorprendió un instante ante el agarre; su cara se contorsionó en una mueca de furia y tiró con todas sus fuerzas de la cinta.

—¡Suelta mi cinta! ¡No se lucha así, maldita pueblerina! ¿Acaso no conoces nada del arte de la gimnasia rítmica combativa?

—¡Oh, por supuesto que sé! —respondió con una sonrisa predadora en su rostro —¡Pero ahora luchamos sin reglas!

Y sin dejar de agarrar la cinta, lanzó una patada voladora a su contrincante que, pillada por sorpresa, la recibió de lleno. Kodachi rodó por el suelo llevándose por delante un par de mesas y unas sillas mientras Akane aprovechó y partió en varios cachos la cinta, que la gimnasta había soltado al recibir su patada.

Cuando se levantó, Kodachi ya no parecía una luchadora, sino una niña enrabietada porque le habían quitado un juguete atrapada en un cuerpo adolescente. Su típica coleta se había deshecho, la cinta que la sujetaba perdida en algún sitio, y el pelo se le pegaba a la cara impregnada de sudor; su posición ya no respondía a la gimnasia combativa, sino al dolor que la patada de Akane le había provocado en el pecho.

—¡Maldita seas, Akane Tendô! —exclamó con odio. De la nada aparecieron dos mazas en sus manos y, con un grito alocado, se lanzó sobre su contrincante.

—¡La maza de Shiva! —gritó Kodachi en cuanto se acercó lo suficiente a Akane. En un momento, la gimnasta estaba atacando a la joven Tendô a toda velocidad con unas veinte mazas. Akane intentó acabar con su ataque golpeando las manos de la gimnasta, pero no acertó entre tanta maza y, a cambio, se llevó unos cuantos golpes. Dando un salto hacia atrás, puso distancia entre Kodachi y ella.

—¡HAHAHAHA! —rió recuperando la confianza la gimnasta —¡No eres rival para mí! ¡No eres más que una rata que siempre ha tenido más suerte de la que se merece!

A Akane le fallaron las piernas y se arrodilló en el suelo, y Ranma hizo movimientos claros de querer ir en su ayuda, pero se detuvo cuando Kodachi siguió hablando.

—¡Eso es! ¡Arrodíllate ante tus mejores! —se regocijó con verdadera locura.

—No —respondió casi murmurando Akane, y aún así, le llegó claramente a Mousse. Y también a Kodachi, porque dejó de reírse en seco.

—¿Qué dices?

—Digo que no, que no volveré a arrodillarme ante nadie —Akane se puso en pie y continuó —. He superado el orgullo para estar con Ranma; ahora me toca superar el miedo para estar conmigo misma.

—¿Qué tonterías dices? —insistió enfadada, casi histérica, Kodachi.

—¡Digo que te voy a vencer! —y se lanzó contra la gimnasta a toda velocidad. Al instante, Kodachi volvió a llevar a cabo su “maza de Shiva”, pero Akane no hizo caso y, cubriéndose con los brazos, se internó en la nube de mazas y golpeó con su cuerpo a Kodachi, haciendo que esta se cayera y soltara las mazas.

Las dos se levantaron inmediatamente. La gimnasta sacó unas últimas mazas, estas con pinchos en la punta ancha, y atacó antes de que Akane se hubiera puesto de pie del todo.

—¡Cuidado Akane! —le avisó Ranma.

La joven se tiró a un lado y evitó así el ataque. Se puso de pie rápidamente y comenzó a esquivar y bloquear los mazazos con los que su contrincante le acosaba. Sin embargo, su nivel estaba muy por debajo del de la anterior contrincante de Kodachi, Ranma, y perdía terreno por momentos.

Retrocedía cada vez más, y pronto estaría contra la pared sin capacidad para maniobrar, así que decidió una jugada desesperada. Dejó que una de las mazas se clavara en su brazo.

El dolor agudo y penetrante de la herida recorrió todo su cuerpo durante unos instantes y, haciendo oídos sordos a los gritos de Ranma, giró el brazo con todas sus fuerzas, desgarrándose algo de piel y músculo y consiguiendo también que Kodachi se quedara sin una de sus mazas al tiempo que pintó su cara con el rojo de su sangre. Entonces, agarró la maza por el mango, que estaba justo a la altura de su mano, pulsó el botón de la base para hacer desaparecer las púas y, de un rápido y doloroso movimiento, le propinó un fuerte golpe en la cara a Kodachi.

La gimnasta se quedó desorientada, todavía con la otra maza en alto a punto de asestar el golpe final y, antes de que pudiera recuperarse, recibió otro golpe cortesía del brazo bueno de Akane que la llevó finalmente al camino de la inconsciencia de forma definitiva.

—¡Lo conseguí! —exclamó Akane justo antes de ser absorbida por los brazos de Ranma.

—Me alegra que lo hayas conseguido —le murmuró Ranma al oído.

—De acuerdo, de acuerdo. ¡Vamos a ver esa herida! —Kaiko separó a los dos jóvenes y examinó con cuidado el brazo ensangrentado de la muchacha. Sin embargo, apenas rozó la herida, Akane retiró el brazo por instinto e hizo un sonido de dolor.

—Si no hubieras movido el brazo no hubiera hecho falta más que unas vendas, pero con este desgarro… Además, estás perdiendo bastante sangre.

—Trae, déjame —intervino Mousse. Como era típico en él, rebuscó unos instantes entre sus túnicas y sacó un pequeño maletín con una cruz roja en su lateral. Lo abrió y extrajo de su interior vendas, alcohol y esparadrapo.

Además, cogió una tela fuerte con la que le hizo una especie de torniquete para disminuir la pérdida de sangre. Empapó de alcohol las vendas y le hizo una cura casera.

—Lo que te he hecho no es gran cosa, pero evitará que pierdas demasiada sangre. No tardes mucho en acudir a un médico —avisó a los jóvenes con una sonrisa —. De todas maneras, ¡excelente pelea!

—Sí, sí, excelente pelea —intervino la dueña del restaurante —. ¡Pero la próxima vez que sea fuera del restaurante! ¿De acuerdo?

Eso provocó las risas de todos, incluso de la propia Kaiko.

—Lo que me pregunto es cómo supo Kodachi que estábamos aquí —dijo Ranma cuando dejaron de reír todos.

En ese instante, la puerta del restaurante se abrió de golpe, y todos se tensaron y se prepararon para defenderse. Sin embargo, tan sólo Shimamoto estaba en la puerta, jadeando e intentando recuperar el aliento.

—Chicos —comenzó al fin—, vengo a avisaros. Me he encontrado con Kodachi, una vieja amiga mía, y cuando le he dicho que había salido tarde porque hemos preparado una cena especial para una pareja y le he dicho vuestros nombres, se ha vuelto como loca. Se ha puesto a reírse a carcajadas y se ha ido a su casa mientras decía que iba a prepararse para “una batalla por el corazón de su querido Ranma” o algo así. Y he pensado que se había vuelto loca y he venido a avisaros por si acaso hiciese-

—Shima, cariño —interrumpió Kaiko con una sonrisa de paciencia.

—¿Jefa? ¿Qué?

—Mira un poco a tu alrededor…

Lo hizo. Y se puso tan colorada como un tomate.

—Eh… ¡Ups!

Y todos rompieron a reír. Incluso Shimamoto, aún roja, no pudo evitar terminar riéndose también.


Aunque le costaba aceptarlo, estaba algo ansiosa por saber qué había descubierto Tirai. Nabiki observaba por la ventanilla del taxi que le llevaba a casa del investigador genealógico las calles iluminadas de Tokio.

De hecho, había sacrificado el presenciar la vuelta a casa de los dos tortolitos después de su primera cita por hablar con Tirai.

“Acabo de terminar tu encargo. Ven cuanto antes.” Tras un mensaje así, no podía perder ni un instante.

¡Cuántas cosas podría conseguir si resultaba que estaba emparentada con la familia imperial! Se le abrirían tantas puertas…

—Ya estamos aquí, guapa —la voz gruñona del taxista le sacó de sus ensoñaciones. Pagó el viaje rápidamente y bajó del taxi. En un momento, se plantó ante la puerta ante la que había estado tan sólo unos días antes y volvió a llamar al timbre.

—¡Hola, Nabiki! ¿Cómo estás? —saludó el rechoncho hombrecillo al abrir.

—Intrigada, Tirai, intrigada por tu mensaje.

—¡Claro, claro! Pasa, amiga, y hablemos de tu encargo —con un gesto le invitó a entrar, y Nabiki atravesó el umbral de la puerta.

Todo seguía prácticamente igual. Uno tras otro, decenas de cuadros cubrían las paredes de todas las habitaciones de la casa. Allí donde no había un cuadro o una ventana se sostenía apenas una librería de madera cargada a rebosar con libros. La mayoría eran de etimología, de genealogía o alguna otra materia parecida. Además, solía estar desgastados y amarillentos, justo como son los libros viejos y muy usados.

Caminaron hasta el estudio del hombre, que en lo único que se diferenciaba del resto de la casa era en que tenía una alfombra granate en el centro de la habitación, y sobre ella una gran mesa de estudio con una pequeña lamparita. Y por supuesto, un montón de papeles ordenados en montones, cada uno con un pequeño papel en la parte superior donde se podían ver dos nombres, el investigador y el investigado.

En uno de los papeles, sin embargo, había un solo nombre.

—”Nabiki Tendô”. Ésa soy yo —dijo con una sonrisa la joven al acercarse a la mesa.

—Perdona que haya tanto papel, pero últimamente estoy recibiendo muchos encargos —se disculpó el hombre con verdadero apuro —. Parece que la gente desconfía mucho de los demás últimamente.

—No pasa nada, tranquilo.

Recogieron el taco de papeles y se dirigieron al salón. Allí, un sofá tapizado y una mesilla baja les esperaba. Tirai aprovechó mientras ella se ponía cómoda para preparar algo de café. Cuando regresó, Nabiki ya había empezado a hojear su trabajo de los últimos días.

—Ya puedes empezar a mirar si quieres, no me esperes —bromeo con sarcasmo el hombre.

—Ya te dije que estaba intrigada, Tirai —se defendió con una sonrisa Nabiki.

—Bueno, bueno. Toma el café y vamos a ver si tú me puedes explicar algo —el hombre le sirvió algo de café, luego hizo lo mismo para sí, y se sentó a su lado.

—¿Qué quieres decir con que yo te explique? —inquirió extrañada la joven Tendô tras dar el primer sorbo a su café —¿No se supone que es al revés?

—Sí, pero mira. He encontrado algunas cosas muy raras —entonces, cogió el montón de papeles y los separó en otros dos por una marca que tenía hecha. Uno era mucho más grande que el otro.

—Esto de aquí —dijo, y señaló al más grande de los dos —es lo que he encontrado respecto a la línea de tu padre. Esto ha sido fácil. Toda su genealogía es sencilla de seguir. Hay cosas curiosas, sobre todo con los lugares por los que tus antepasados han ido pasando a lo largo de la Historia. A partir de las grandes guerras todo se vuelve más difuso; ya sabes que con las grandes matanzas de aquella época y los pocos escribas, mantener un censo fiable de la población era tarea casi imposible.

Nabiki asintió para que siguiera hablando mientras leía algunos pasajes de aquel extenso compendio sobre su familia pasada. Por suerte, era capaz de absorber mucha información de varias fuentes de forma muy rápida.

—Lo curioso apareció cuando empecé con la línea de tu madre —continuó Tirai con tono solemne —. Al principio no resultó más complicado que con tu padre. La línea iba ascendiendo y haciéndose cada vez más rica en personajes famosos o familiares de famosos. Eso no es tan raro; de hecho, es muy común estar emparentado con alguien famoso por algo.

—Lo que me extrañó —y puso voz misteriosa y se acercó algo más a ella —fue que, en ciertas generaciones, la línea se perdía. Sobre todo antes de las grandes guerras.

—¿Qué significa eso? —preguntó más a sí misma que a Tirai.

—La verdad es que no lo sé. Es muy raro, porque las líneas no desaparecen de esta manera —se recolocó en su asiento, le dio otro sorbo a su café, y continuó —. De todas maneras, esto no es lo único extraño que he encontrado de la línea de tu madre.

Ante el respetuoso e impaciente silencio de Nabiki, se explicó.

—De esto no estoy totalmente seguro, ya que tendrías que consultar con la casa imperial directamente para que ellos consultaran sus archivos, pero creo que tu familia está emparentada con la familia imperial por parte de tu madre.

—¿Estás seguro? —preguntó la joven con emoción contenida.

—Ya te he dicho que no puedo asegurarlo, pero creo que sí —afirmó Tirai con el cejo fruncido —. Es bastante confuso porque hablamos otra vez de la época feudal.

—¿La época Edo? —se adelantó ella.

—¿Cómo lo has sabido? —preguntó sorprendido. Nabiki tan sólo le hizo un gesto para que continuara y permaneció en silencio —De acuerdo. Sí, pues eso, la época Edo. Al parecer, la misma mujer que fue esposa del primer emperador es también ascendente tuya. Sin embargo, unas cuantas generaciones después, la futura emperadora se escapó de palacio.

—¿Cómo fue posible…?

—Al parecer no contaba con la total aprobación de sus padres, pero tampoco se lo prohibieron del todo, porque de hecho no mandaron buscarla. La dejaron huir y tuvieron otro hijo, aquella segunda vez, varón. De esa manera, evitaron tener una hija descontenta que muy bien podría haber destruido todo lo que habían conseguido y le permitieron a ella vivir feliz al evitar que se casara por la fuerza con un terrateniente que ya habían elegido, que era al mismo tiempo la razón por la que había huido.

—Y entonces…

—Sí. Entonces, esta hija descarriada que abandonó la vida de palacio para encontrar el verdadero amor, realmente lo encontró. En realidad, esta es la verdadera estirpe de tu madre; la familia imperial apenas comparte ya nada de la sangre que os une.

Entonces, Tirai se silenció y no dijo nada más. Sin embargo, Nabiki no le hubiera oído aunque hubiera estado hablando a voz de grito. Estaba muy sorprendida y algo confundida por lo que acababa de escuchar.

Si todo aquello era cierto, entonces había pruebas verdaderas de que la historia que su madre les había contado de pequeñas era cierta. Aquello explicaría también porque su línea tenía esos vacíos intermitentes antes de las grandes guerras. Si unas mujeres habían tenido sueños proféticos, no sería de extrañar que los gobiernos de la época hubieran intentado sacar provecho de ello. Hacerlas desaparecer, sobre todo si no habían resultado útiles, sería una jugada típica del estado.

Aún más. Si todo era cierto, y la condición para tener esos sueños era amar y ser amada, eso significaba que Akane, su hermana pequeña, por fin había aceptado lo que sentía por Ranma, y que la cosa era mutua. Eso seguramente significaba que ya no iba a poder hacerles tantas bromas como antes.

Por un instante, sintió un pinchazo de envidia. Tampoco era el mayor interés que tenía en aquellos años, pero encontrar algo así debía ser una verdadera suerte.

Tomó otro largo sorbo de café, casi terminándose la taza, y entonces se acordó de algo que le heló la sangre. Había escuchado como su hermana le relataba uno de esos sueños a su prometido, y le pareció una pesadilla de esas que no se pueden olvidar jamás. Así que, al comprender que no había sido una imaginación, sino algo que había pasado o que iba a pasar, Nabiki sintió un ligero vahído y tuvo que recostarse en el sofá durante unos minutos.

Mientras, Tirai continuaba repasando sus hojas. Parecía estar buscando algo en especial que no podía recordar con claridad. Tras unos minutos que Nabiki pasó recuperando su ritmo normal de respiración, el hombre finalmente encontró lo que andaba buscando.

—¡Aquí está! —exclamó feliz, ignorante de los pensamientos de Nabiki —Esto tal vez te interese. Resulta que he encontrado que tienes familia en China. Es lejana, pero tal vez te pueda interesar.

—¿Sí? —preguntó Nabiki fingiendo interés. Estaba bastante más interesada en saber cómo le iba a contar todo lo que había descubierto a Ranma y Akane, pero no desperdiciaría algo más de información.

—Sí. Por lo que sé, vive en una aldea aislada en medio de la provincia Qinghai, cerca de la cadena montañosa de Bayan Har…


No sentía hambre a pesar de que llevaba días sin comer. Tampoco cansancio, aunque llevaba días sin descansar. Tenía miedo de acercarse a la gente, pero sobre todo vergüenza. Temía que de alguna manera aquel monstruo pudiera matar a las personas que estuviesen a su alrededor sin que el pudiese hacer nada. Se sentía sucio, marcado por esa maldad inacabable que le había cambiado su forma de ver el mundo para siempre.

Lo más increíble es que, a pesar de que no había dormido ni un solo día, todavía se mantenía en pie, y cada vez con más fuerzas. Las pesadillas ocupaban toda su noche, y le agotaban mientras estaba en la cama. Podía ver a Fened-Sor evaporándose ante el ataque de la bestia, y las caras de sus amigos siendo consumidas lentamente por aquellas llamas azules e infernales.

Y luego, al levantarse, se recuperaba sin ni siquiera comer, y seguía caminando hacia su objetivo, allí donde los colores se hacían más intensos.

Ya estaba cerca. Las torres de color se erguían hacia el cielo, y no podía ver donde acababan. Temía el momento en que se encontrase con aquellos que producían aquella magnífica energía. No porque pudiese morir; eso sería algo maravilloso, ya que se vería libre de la tortura que lo acompañaba a cada paso; sino porque tal vez podría ganar, y entonces habría destruido la única esperanza de salvación de la Humanidad.

Tras unos pasos más, salió por fin del bosque a una carretera que lo cruzaba. A pesar de que no se le daba muy bien el japonés, pudo leer un cartel que estaba a un lado de la carretera.

Decía: “Tokio 120 kilómetros”.


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

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