Cap. 17 de S.A. original

¿Un sueño? A veces, las vivencias oníricas son tan vívidas que cuesta distinguirlas de la realidad. Una realidad en la que lo único que quieres es escapar y encontrarte con esa persona, o simplemente ayudar a tu familia.

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Del fragor del vacío espacial…

De repente y sin previo aviso, una fuerte corriente de aire frío le despertó. Mirando alrededor, descubrió a través de sus ojos entornados una claridad inusual en sus mañanas iluminando fríamente su pequeña habitación. Al fijarse en la diminuta ventana abierta en la roca viva que le rodeaba y de la que estaban formados la pared, el suelo y el techo del cuarto, se dio cuenta de que la luz que lo iluminaba todo provenía del exterior, y a una parte de su cerebro la inundó el pánico. ¡Se había dormido, y si no se daba prisa, llegaría tarde a los estudios matinales! El estudio jamás había sido su fuerte, ya que desde pequeño había demostrado que su verdadera valía se encontraba en su capacidad para el camino físico, de manera que llegar tarde a una clase tan importante como la que se iba a desarrollar aquella mañana tan sólo valdría para ponerle aún más difícil el camino a profesor que tantos se afanaban en bloquearle. Ni siquiera tuvo tiempo para pensar sobre la extraña sensación con la que se había despertado en el fondo de su cabeza.

Sin perder un segundo más, se puso su toga de un gris excepcionalmente brillante que cumplía la doble función de identificarle como alumno de aquel refugio de aprendizaje y entrenamiento, y servir como traje que destacara contra el blanco de la nieve por si acaso se perdiera en una de las tan frecuentes ventiscas que solían arreciar por aquel lugar, y salió tan rápido como las normas le dejaban.

Sí, las dichosas normas de aquel lugar. Extrañamente, se preguntó como no había hecho desde hacía años ya, porqué estaba allí. No sabía de donde venía aquel pensamiento, cómo había logrado escapar de la tumba de olvido que él mismo había creado en su pensamiento y se había presentado en su conciencia aquella mañana que llegaba tarde al estudio.

Atravesó las estrechas galerías que conectaban las distintas habitaciones de los que estudiaban, como él, en aquel recóndito lugar, notando que todas parecían desiertas, y salió al aire libre y la luz intensa del sol de la mañana. Había salido de las cuevas donde se encontraban las habitaciones, y recorría entonces con cuidado y algo de ansiedad unos jardines de plantas blancas y heladas que apenas sí se levantaban medio metro del rocoso suelo antes de doblarse hacia el norte debido al incesante viento que siempre azotaba aquel lugar. Girando un momento la mirada, observó la fachada esculpida en la roca que marcaba la entrada principal a la especia de academia que llevaba toda la vida atendiendo, con sus ciclópeas columnas que parecían fusionadas con la piedra, y su dintel musgoso y roído, también escarbado en la piedra, que le confería el aspecto como de una de esas antiguas construcciones griegas que estuviera hundida en la piedra de la montaña. Sin embargo, el buda, también esculpido en la piedra, que parecía sostenerse en el pico del dintel triangular que coronaba las columnas con un pie, mientras permanecía en una posición de concentración, era un símbolo que pertenecía exclusivamente a esta academia, al menos, por lo que él sabía. De todas maneras, en vez de entrar por ahí, se encaminó sin aminorar el paso hacia una pequeña abertura casi circular cerrada por una puerta irregular hecha de una extraña madera extremadamente oscura que parecía que se iba a caer de un momento a otro practicada en la pared rocosa opuesta a aquella por la que había salido.

La traspasó en un instante, dejando atrás el sonido del viento incesante y la claridad del sol, adentrándose en una gruta inundada de tinieblas, que, sin embargo, no le impidieron continuar su loca carrera. Había pasado muchas veces por allí, por lo que podía caminar seguro y a buen ritmo antes de que sus ojos se hubieran hecho a la cantidad de luz tan exigua que entraba por las ventanas que había salpicadas por una de las paredes de la estancia y que eran idénticas a la que había en su habitación. Sabía que aquel lugar estaba destinado a ser una especie de almacén, ya que sus profesores le habían mandado ir más de una vez para coger algún material para practicar, y, como iba allí casi todos los días, sabía perfectamente donde estaba cada cosa, y lo más importante, donde estaba la otra entrada.

Así que, esquivando mesas rotas, palos partidos por la mitad, sillas, escudos y una gran variedad de armas de madera, alcanzó la puerta que andaba buscando. Se abrió entonces ante él una enorme estancia excavada en la roca que se levantaba como una bóveda hasta una altura de varias docenas de metros, iluminada por un colosal tragaluz abierto en el punto más alto del arco. El suelo era una gran manta de planchas rocosas de distintos materiales pizarrosos que reflejaban distintos colores cuando eran alcanzados por la luz natural que llegaba desde el tragaluz, creando un arco iris por suelo en las horas más luminosas del día. Por otro lado, las paredes estaban salpicadas de innumerables lámparas de aceite de sésamo forjadas en plata que daban luz a las esquinas a las que la luz del sol no llegaba.

En el centro de aquel enorme espacio se levantaba una gran imagen de un buda que, curiosamente, no estaba sentado en la posición de la flor de loto, sino erguido, aplastando bajo su poderoso pie a un jabalí, a un gallo y a una serpiente. La piedra estaba tallada bruscamente, y los rasgos del hombre eran duros y bastos, reforzando la imagen de autoridad que mostraba con su enorme altura e imponente posición.

Alrededor de la enorme estatua había un gran grupo de gente, todos hombres con la cabeza rapada de mayor o menor edad. Algunos iban vestidos con una túnica gris como la suya y otros, normalmente los más mayores, con una de un color esmeralda que brillaba incluso más que la de los estudiantes. Había un extraño alboroto en el lugar, una gran algarabía formada por el incesante murmullo que los hombres hacían al hablar el uno con el otro, repetido por el eco que aquella enorme cavidad le daba a todos los sonidos que allí se producían.

De repente, antes de haber dado siquiera un paso, el ruido de las conversaciones cesó, dejando en el aire los últimos segundos de conversación reflejándose en las paredes, y el joven aprendiz se sintió como un bicho siendo examinado por un millar de científicos. No le era una sensación rara, pues su peculiar capacidad para el arte de la lucha y su desprecio más que obvio por los estudios que él consideraba demasiado cerrados para el mundo en el que sabía que vivía (si bien era cierto que no había podido ver más que algunas viejas fotos que habían perdido el color), le habían granjeado una profunda, y normalmente despectiva, curiosidad entre sus compañeros y profesores.

Sin embargo, cuando levantó la mirada desafiante que había conseguido desarrollar para estas ocasiones se dio cuenta de que no era él el centro de atención, sino alguien que entraba por la puerta principal.

En parte agradecido por no tener que aguantar las miradas malamente escondidas de desprecio, se unió con paso ligero al grupo de gente que seguía paso a paso a la persona que había atraído su atención. Cuando por fin se había internado todo lo que quiso, estiró el cuello y, tal y como se imaginaba, vio al Gran Profesor, también llamado Fened-Sor, un hombre extremadamente viejo y sabio, con manchas en su opaca calva y pobladas cejas blancas, que andaba un poco encorvado cubierto por una túnica blanca, dándole la apariencia de una enorme y venerable tortuga que andara a dos patas y que, a pesar de haber mostrado siempre una predilección hacia el saber y la iluminación más que la lucha, le había tratado siempre como uno más, sin hacer más hincapié en su falta de comprensión de los estudios más profundos que su deseo de verle avanzar en la academia, actitud por la cual se había ganado su respeto y admiración.

Y aunque normalmente la seriedad que debía mostrar por el puesto que ocupaba solía minimizar sus sonrisas a un leve movimiento de labios, mientras andaba lentamente hacia la estatua de piedra parecía más viejo y serio de lo que le había visto nunca. Tenía la cabeza gacha y no saludaba a nadie como solía hacer, sino que andaba hacia delante, al parecer sin darse cuenta de quién tenía alrededor, como perdido en sus pensamientos.

Finalmente alcanzó la estatua. De un salto que traicionaba la imagen de vejez que mostraba, subió hasta el pie que estaba aplastando los tres defectos. Aquel gesto, sin embargo, no consiguió que el joven estudiante se sacudiera ese mal presentimiento sobre el único profesor al que profesaba un verdadero respeto. Y cuando éste miró por fin a los reunidos, supo que algo iba realmente mal.

—Discípulos —comenzó el hombre con su voz profunda y algo cascada —, tengo una mala noticia que daros. Como algunos habréis notado ya, un gran mal se acerca.

Murmullos de confirmación siguieron lo que para él era una revelación. Sin embargo, no le pareció tan extraño: al fin y al cabo, había estado durmiendo hasta hacía apenas unos diez minutos.

—Sí, sí… —confirmó una vez más Fened-Sor cabizbajo —Es un mal… que ya no es de esta Tierra, y debe ser tratado como el mal absoluto. Discípulos, seré claro: este Mal viene a matarnos… Viene a matarnos, sí… No, no debe sorprendernos. Lo único que mueve a ese Mal es el deseo de hacer más mal, de dañar, de matar, de destruir…

Un murmullo de sorpresa recorrió a toda la gente, que no daba crédito a lo que acababa de oír, y él, el joven que siempre había sido la excepción, sentía lo mismo que el resto de sus compañeros, e incapaz de aguantarse, gritó por encima de todas las voces:

—¡¿Y qué vamos a hacer?

El silencio se adueñó de nuevo del lugar, y tan sólo el eco de sus palabras continuó oyéndose. Fened-Sor le miró y, tras un largo suspiró, se enderezó todo lo que pudo y respondió:

—Luchar.

Aquella sola palabra hizo que el alboroto de antes volviera multiplicado por diez, y la verdad es que no podía dar crédito a sus oídos. Iban a luchar, pero…

Pero luchar contra un ser maléfico cuyo única intención era matar y destruir, y que había elegido su pequeña comunidad como próxima víctima. Un “mal absoluto”.

De repente sintió que sus piernas le fallaban y que no eran capaces de aguantarlo de pie, que su boca se secaba y que una especie de migraña le impedía pensar con claridad. Por suerte, tuvo la suficiente presencia de ánimo como para no desmayarse. Con dificultad, se abrió paso entre la multitud que seguía escuchando al Gran Profesor y salió de entre la horda y se sentó en el suelo, aspirando aire a grandes y profundas bocanadas.

¡Apenas tenía diecisiete años! ¿No era éste un destino injusto para alguien tan joven? Morir a manos de una fuerza del mal demasiado poderosa como para siquiera molestarse en mirar qué estaba matando exactamente, morir cuando no había tenido ni la oportunidad de descender de aquel frío pico y hacer el camino que su madre había recorrido cuando volvió a su pueblo, fuera cual fuese, tras haberlo dejado con los monjes. Morir sin ver el mundo exterior que durante toda su vida había soñado visitar y conocer, dejando atrás ese lugar que no le había dado más que tristezas.

No. No quería morir, ¡no podía morir! Estaba mal, era demasiado injusto, era…

—¡Lǎo-hǔ Lán! —oyó a su espalda.

Se levantó con dificultad y se dio la vuelta. Delante tenía a Fened-Sor, el Gran Profesor, aquel que había enseñado a todos los profesores que había en la academia.

Le miraba con pena.

—Lǎo-hǔ Lán, tengo la impresión de que no has oído lo que acabo de decir —como se sentía incapaz de hablar, tan sólo meneó la cabeza —. Ya me imaginaba. He ordenado a todo el mundo que se prepare como mejor pueda para el ataque: armas, escudos, meditación… Lo que mejor se adapte a cada uno.

Lǎo-hǔ Lán tan sólo asintió y volvió a sentarse mientras Fened-Sor seguía mirándole con pena.

—Mira, Lǎo-hǔ Lán —empezó tras una pausa —, todavía recuerdo cuando tu madre te trajo aquí —aquello atrajo la atención del chico, que dejo de mirar al suelo y miró a los viejos ojos del anciano —. Apenas habías nacido y estabas envuelto en una toga andrajosa que no podía cubrirte del frío de la montaña. Era un día de ventisca, y tu madre tenía incluso menos protección que tú…

—¿Qué está diciendo? —preguntó el joven preocupado, recuperando por fin la voz.

—Déjame terminar —le ordenó con una ligera nota de autoridad el anciano —. Apenas sí se veía aquel día a un par de metros más de allá de tus narices. Todavía hoy me preguntó cómo fue capaz de llegar hasta aquí desde el pueblo en el pie de la montaña. Tan sólo podía ser muestra de una determinación y una fuerza extraordinaria. La determinación de llevarte hasta un lugar mejor y la fuerza de su amor para conseguirlo.

—¿Mi madre… al pie de la montaña?

—Sí, y por favor, no me interrumpas más. Era una hermosa mujer, muchacho. Yo estaba paseando por el jardín, buscando la tranquilidad que era incapaz de encontrar dentro de estas paredes, cuando la encontré, enroscada alrededor de ti en el suelo, medio cubierta de nieve, tiritando. La recogí y la llevé dentro, pero gran parte de su cuerpo ya se había congelado. Estaba viva tan sólo a base de fuerza de voluntad. Yo me encargué de cuidarla, pero nada de lo que intenté dio resultado, además de que se suponía que ninguna mujer debía entrar en el academia, por lo que no recibí toda la ayuda del mundo —Fened-Sor hizo una pausa, como considerando cómo debía continuar. Finalmente, siguió —. Pero eso no es lo más importante. Lo importante es que, por primera vez, en la segunda noche de haber llegado, cuando regresé de buscar unas hierbas para ella, te había soltado. Hasta entonces había resultado imposible separarte de ella, pero cuando entré en mi habitación aquella noche, tú estabas tumbado en la cama, dormido, mientras ella te miraba sentada en la cama.

—”Cuide de él, por favor”, fue la plegaría de tu madre. Poco después, su condición empeoró y no hubo manera de curarla. Así es como llegaste hasta aquí.

Lǎo-hǔ Lán no sabía que decir. Tenía miles de preguntas en la cabeza, y su cerebro se esforzaba en traer de vuelta alguna imagen de entre sus recuerdos que pudiera ser el testimonio de aquel relato, pero todo era en vano. El resto de su cuerpo estaba insensible, inerte, y la expresividad había abandonado su rostro unos minutos atrás. Sentía su corazón latirle fuerte, muy fuerte contra el pecho, pero al mismo tiempo tenía la sensación de que se le estaba encogiendo hasta que explotara. “Ansiedad”, se dijo, pero la palabra no parecía tener el significado de siempre, o tal vez no era la que describía aquello que lo recorría. Y aún así, una pregunta escapó de sus labios:

—¿Por qué?

—¿Por qué ahora? —elaboró el anciano —Porque me juré hacerlo el día en que te fueras a marchar. Sabía que te marcharías, y viéndote crecer no hizo sino aumentar mi seguridad sobre ello. Deseabas tanto conocer a tu familia que nada te hubiera impedido partir en su busca. Pero no deseaba que emprendieras un viaje inútil.

—Acaso… ¿Acaso mi padre también está muerto? —preguntó no sin cierto temor.

—¡Oh, espero que no! Realmente deseo que no, pero no sé donde puede estar —contestó con sinceridad el Gran Profesor —. Ahora, por favor, ve a prepararte tú también. La presencia de todos es imprescindible.

—¿La presencia…? —repitió el chico sorprendido —¿Cómo? ¿Cuánto…?

—Creo que llegará en una media hora. ¿Vas a utilizar algún arma? ¿Una lanza, una espada?

—Er… No, no. Mi fuerte es la lucha sin armas, ¿recuerda?

—Sí, sí, por supuesto. Vayamos para allá entonces, no perdamos más tiempo.

El camino hasta el jardín se le hizo muy corto a Lǎo-hǔ Lán. Antes de lo que hubiera deseado se encontraba de pie, en la tercera fila de la barrera humana que habían formado sus hermanos, supuestamente escuchando la estrategia de defensa que uno de los mejores profesores había planeado en tan poco tiempo. Pero las palabras, el frío, el viento e incluso la luz de su alrededor parecían haber perdido su significado y haberse vuelto grises y silenciosas, justo como la túnica que lo cubría. Lo único que conseguía atravesar la barrera que sus sentidos habían creado eran unas lejanas nubes hacia el norte. Y es que no eran nubes normales, al menos no para la altura a la que estaban.

Parecían, aún desde la lejanía, como un líquido viscoso que se deslizara lentamente sobre el horizonte, cubriendo el cielo de un azul… antinatural. No tenía otra palabra para describirlo. Y se acercaban. Lentamente venían hacia ellos, y un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando pensó en la gente que estaba siendo cubierta por la sombra de aquellas nubes malditas.

Cuando por fin consiguió arrancar su mirada de aquellas nubes y volvió a la realidad de lo que le rodeaba, se dio cuenta de que el silencio volvía a reinar. El estratega había dado las órdenes y todos parecían haberlas aceptado sin rechistar. Al parecer, ninguno de ellos le daba mayor importancia al hecho de que iban a morir en poco tiempo.

—¡Yo no quiero morir! —exclamó vehemente en su cabeza —Me da igual que a ellos no les importe su vida. ¡Yo quiero… Quiero salir de aquí! ¡Quiero ir a buscar a lo que queda de mi familia! ¡Quiero buscar a mi padre!

—Cinco minutos hermanos. Que todo el mundo esté preparado —les avisó de repente Fened-Sor. Lǎo-hǔ Lán giró su cabeza y vio al Gran Profesor derecho sobre la única roca del jardín helado donde esperaban, ya no curvado por el peso de los años, sino erguido hasta su máxima altura, y por un momento le pareció ver en su pose la estatua de Buda que había en el patio interior, magnífica y bendita, aplastando los tres males bajo su poderoso pie. Y así, nació en su pecho una pequeña llama de esperanza.

Si había alguien que podía vencer a cualquier ser, ese era Fened-Sor. ¿No sería posible que ellos pudieran vencer a aquel ser? Además, si el Gran Profesor había decidido luchar incluso habiendo preferido siempre el camino pacífico, ¿no sería que pensaba que había posibilidades de vencerlo?

Aquel pensamiento alimentó aún más su esperanza, y el mundo a su alrededor empezó a cambiar. A su alrededor ya no había locos que esperaban la muerte con los brazos cruzados, sino valerosos guerreros que iban a poner su vida en peligro por el bien común. El viento que corría entre las filas de guerreros dejó de ser cortante y frío para hacerse templado y mensajero de noticias. Las nubes de un azul antinatural y que apenas estaban a unos cientos de metros de ellos dejaron de mandar escalofríos por su espalda y, en cambio, empezaron a llenar su cuerpo de adrenalina. Incluso la lluvia torrencial que, imposiblemente, caía entonces sobre ellos fue apartada de su mente como una mínima anécdota en vez de ser un hecho imposible que debería confundirle y atemorizarle.

Si, por un momento, hubiera mirado a los charcos que se formaban rápidamente a sus pies, habría descubierto que eran del mismo extraño azul que las nubes.

Pero, al igual que sus compañeros alrededor, lo que hizo fue seguir mirando al cielo, desafiando las gotas de lluvia que caían sobre su rostro levantado, esperando, con una sonrisa incluso, que aquella batalla empezara por fin. Esperando confiado a su enemigo, sabiendo que podían ganar. Esperando…

De repente, sin previo aviso, una enorme bola de energía de un rojo oscuro como la sangre impactó sobre la primera fila. Lǎo-hǔ Lán tan sólo alcanzó a ver como Fened-Sor desaparecía, desintegrado por la energía de aquella enorme esfera de muerte, antes de que la onda expansiva lo lanzara por el aire como un muñeco de papel, acabando su vuelo impactando fuertemente contra la pared de la montaña que había tenido a unos veinte metros a su espalda, quedándose sin aire en los pulmones y perdiendo el conocimiento.

Lo primero que sintió cuando recuperó la conciencia fue un extraño frío que le recorría de arriba abajo. Después, por supuesto, vino el dolor intenso de su espalda y su cráneo, y por último, el vívido recuerdo de aquel que más se había parecido a un padre disolviéndose bajo el ataque del ser maléfico. ¡Bajo el primer ataque! ¿En qué había estado pensando cuando había esperado allí a que llegara ese ser? ¿Qué locura…?

Pero, no había tiempo para recriminarse los errores del pasado. Debía escapar de allí lo más rápido posible. Alcanzar la escalera tallada en la piedra que había al borde del jardín y reptar, si fuera necesario, montaña abajo hasta alcanzar el pueblo. Desde allí podría encontrar algo, o alguien, que pudiera darle una pista sobre el paradero de su padre, encontrar así una vida…

Cuando abrió los ojos, sin embargo, quedó paralizado. La lluvia continuaba cayendo torrencial, cubriendo por completo el sol de la mañana e impidiendo que su luz le alcanzara, y ya se habían formado enormes lagos de aquel azul malsano, mezclados con el rojo de la sangre de sus compañeros muertos. Enormes trozos de rocas yacían quietos entonces después de lo que supuso sin mucho ánimo debió ser un enorme desprendimiento del que milagrosamente había salido indemne. Tampoco quedaban plantas en aquel jardín en el cielo, y los pocos restos calcinados que aún se mantenían enteros estaban siendo atacados por el viento inclemente y no dudaba que pronto se partirían y desharían en cenizas. Pero nada se comparaba con… el fuego.

Unos fuegos azules, imposibles bajo la torrencial lluvia, se levantaban como unas gigantescas lenguas eléctricas al consumir unos montones que había por todo el jardín devastado. Su luz fantasmagórica iluminaba así toda la escena, y tuvo la certeza de que aquel no podía ser un fuego natural, pues el azul que todo lo inundaba convertía aquel lugar en uno surrealista, y sospechó que bien podía ser el producto de la imaginación de un loco…

Y la confirmación de aquella sospecha la tuvo cuando se fijó en uno de los montones que servían como combustible para aquellas llamas infernales. En un primer momento había supuesto que se trataba de la madera que aquel ser había recogido del jardín, lo cuál hubiera explicado porque de repente aquella tierra se había vuelto totalmente yerma. Pero, al notar la ausencia de los cuerpos inertes de sus compañeros, una terrible sensación recorrió su espalda y de repente le costó respirar y tragar. Y al fijarse en uno de los montones más cercanos casi se le había parado el corazón al descubrir los cuerpos de sus compañeros de clase. ¡Ellos tenían su misma edad, y para bien o para mal les había llegado a conocer bastante bien! ¡Y entonces estaban ahí, amontonados como si de carbón se tratara, siendo pasto de unas llamas imposibles!

Aquello fue lo último que Lǎo-hǔ Lán pudo aguantar, y sin perder ni un segundo más, se puso a arrastrarse por los lagos de azul y carmesí con el objetivo de alcanzar el borde de aquel jardín de muerte y escapar. Su mente estaba llena de delirios, pues aquellas imágenes le habían impactado aún más de lo que pudiera haber supuesto, y pronto dejó de prestar atención a todo lo que no fuera lo que tenía justo delante. Si hubiera creído que era seguro, habría gritado hasta quedarse afónico, pensando que así, tal vez, podría sacar de su mente las imágenes de sus compañeros muertos y dejar de escuchar el crepitar de aquel fuego azul consumiendo los cuerpos de las únicas personas que conocía en el mundo.

Pero, como sabía que en algún lugar aquella bestia debía seguir por allí, aguantó los gritos, y en su lugar dejó escapar silenciosas lágrimas que se mezclaron con la lluvia y desaparecieron. Y siguió arrastrándose entre los montones llameantes y el agua azulada, tratando de hacer el mínimo ruido posible.

—¡Pero si queda uno vivo! —dijo una voz retumbante con un toque sarcástico justo encima suyo.

Lǎo-hǔ Lán notó como le cogían del cuello de la túnica y vio como se separaba del suelo y ganaba la verticalidad. Sin saber muy bien como sentirse, alzó la mirada hasta encontrarse con lo que pensó era una piedra, estriada y gris. Pero entonces, una boca malformada, sin dientes ni labios, se abrió, y de ella salió una voz cavernosa y retumbante que le erizó los pelos de la nuca del poder que llevaba.

—¿Y ahora, qué hago contigo? —se preguntó la criatura mirando al cielo como quién intenta decidir qué hacer con una cucaracha que había llegado hasta las escaleras de casa.

—¡Um! Si has sobrevivido a mi ataque, será porque eres bastante fuerte —continuó el ser sin prestar atención a su cautivo —. Tal vez lo suficiente como para acabar con esa molestia japonesa que llevo sintiendo desde hace semanas.

De repente, el ser rocoso cambió su agarre a su cuello y continuó hablando: —Escúchame bien, pequeño ser. Tú no eres nada para mí, y si quisiera, morirías en este mismo instante —y como para marcar sus palabras, el ser renovó dolorosamente su agarre en el cuello del chico —. Pero, como puedes resultarme útil, puede que te deje vivo. Presta atención, pues de que lleves a cabo este encargo depende tu vida.

—Has de ir a la isla conocida como Japón —ordenó el ser apuntando hacia el este con un enorme dedo que parecía una punta de flecha pétrea —. Allí encontrarás una gran fuente de poder. Destrúyela y salvarás tu vida —tras un corto silencio, añadió —. Recibe una “ayuda” de mi parte para que puedas completar tu tarea.

Entonces, el ser colocó su enorme mano libre sobre su rostro, y por un momento, Lǎo-hǔ Lán pensó que iba a aplastarle la cabeza. Sin embargo, lo que sintió fue un dolor tremendo dentro de su cráneo, como si alguien le estuviera atravesando el cerebro con mil lanzas al rojo vivo una y otra vez hasta la agonía.

Justo cuando pensaba que no podría aguantar un segundo más, el dolor desapareció tan repentinamente como apareció. Al abrir los ojos, el mundo había cambiado.

El blanco, el color que siempre había estado presente en su vida, ya no estaba. En su lugar, una algarabía de amarillos, azules y rojos lo cubría todo como una toga ondulante y vibrante que cambiaba a cada segundo que pasaba, pero que dejaba ver a su través, revelando las formas y siluetas del suelo, las montañas y todo lo que había, tornándolo todo de los tres únicos colores que podía distinguir. Subían los colores hacia el cielo como enormes torres de Babel que luego se deshacían en grandes cascadas tricolor que bañaban la Tierra hasta donde su nueva visión le permitía distinguir. También formaban enormes corrientes flotantes como carreteras que uniesen continentes por los cielos, pintando el firmamento de Lǎo-hǔ Lán con hilos infinitos que se perdían en el horizonte de su visión de aquellos tres colores omnipresentes.

—Ahora podrás ver de verdad —escuchó que le decía el monstruo mientras seguía observando aquellas extrañas corrientes de color —. Sigue las corrientes hasta Japón, y desde allí, no tendrás ningún problema en encontrar la fuente de poder que has de destruir.

Entonces, el malvado ser le soltó, y Lǎo-hǔ Lán cayó sin gracia al mojado suelo.

—Cumple tu encargo —dijo el ser con una siniestra sonrisa —, mensajero, y te dejaré vivir.

Y con aquellas palabras, echó a volar desapareciendo entre las nubes que lo habían traído, dejando atrás tan sólo un reguero de muerte azul.

Lǎo-hǔ Lán se incorporó con dificultad, y con su nueva visión, miró alrededor. Lo único que descubrió fue que los cuerpos de sus compañeros y profesores ya habían sido consumidos por las llamas azules y antinaturales. Derrotado y convertido en un asesino por su vida, el chico se dirigió a su habitación para recoger lo poco que tenía que pudiera ayudarle en su misión. Jamás había dicho que aceptase, pero el hecho de que no hubiese intentado acabar con su vida todavía era prueba suficiente de que había aceptado los términos del contrato.

Por esa razón, ya no podía considerarse un hombre. Se había convertido en un animal, un animal sin nobleza ni nombre que merecía estar solo por toda la vida del Universo.

Un animal con la misión de matar a unos inocentes en Japón.


—¡Aaaahh!

Ranma se despertó de pronto ante el sonido de un grito salvaje y asustado proveniente de la habitación de su prometida. Sin perder un segundo, Ranma entró en la habitación de Akane buscando algún tipo de enemigo. Sin embargo, lo único que descubrió fue una Akane llorosa y asustada. Al acercarse a ella, el reflejo de la Luna en su pequeña cara le informó de que estaba empapada en sudor, y su fija mirada en el infinito le llenó de preocupación.

—Akane —le llamó suavemente, deseando con todas sus fuerzas que el resto de la familia no se hubiera despertado por el grito de su prometida —, Akane, ¿estás bien? ¿Qué te pasa?

Empezaba a rodear a su prometida con su brazo cuando ésta dejó de mirar a ninguna parte, se dio la vuelta, y se le tiró encima desde la cama, agarrándose a él como si le fuera la vida en ello, tirándolos a los dos al suelo. Todavía llorando lentamente, entre respiraciones rasgadas y con la voz llena de temor y angustia, le dijo:

—¡Ranma, dios mío! He soñado… He soñado de una manera tan vívida, tan real —sollozaba en el pecho del sorprendido muchacho —. Había una escuela de monjes Shaolines, y luego un montón de lluvia azul, y fuego azul, y yo sobrevivía al ataque de una bestia que parecía humana pero que no lo era…

Al oír a su prometida relatando su sueño, comprendió que se trataba de una de esas pesadillas que había estado teniendo últimamente, pero una especialmente intensa, y empezó a preguntarse si podría ser que tuvieran algo que ver con la realidad. Sin embargo, un hipido especialmente fuerte de su llorosa prometida le devolvió a aquella noche de luna llena, noche que se mantuvo en vela escuchando a su prometida relatar su pesadilla hasta que finalmente se quedó dormida, y con ella, a su lado, él.


Ryôga estaba empezando a enfadarse.

Había pasado más de una semana desde que comenzara a entrenar a Akane en lugar de Cologne. Por alguna razón, aquella vieja momia disecada había decidido que él se encargara de ése trabajo como modo de “compensar” por su estancia en el Cat Café. Entrenar a Akane no estaba nada mal: había hablado más con ella en esa semana que en los últimos dos meses, y entrenarla le había traído buenos recuerdos de aquella otra vez que lo hizo, cuando tuvo que recuperar su dojo de aquellas supuestas hermanas bastardas, Kurumi y Natsume, si no recordaba mal. Al igual que en aquella situación, Akane demostraba tener una fuerza de voluntad de hierro, esforzándose siempre más de lo que él le pedía, aguantando siempre unos segundos más. Verla esforzarse y mejorar día a día, por poco que fuera, le llenaba de alegría y satisfacción, y sentía que, en otro momento, hubiera podido seguir con esa rutina durante mucho tiempo.

Sin embargo, por mucho que entrenar a Akane le hacía un hombre feliz, y aunque aún seguía buscando ese algo que tanto le había hecho viajar, lo único que se mantenía en su cabeza era la necesidad de ver a Akari. Sentía una necesidad imperiosa de salir de allí y dirigirse a la granja, encontrarla y… no sabía. No sabía lo que haría cuando llegara, lo único que sí sabía era que necesitaba estar a su lado, tal vez permanecer un tiempo allí, alejado de todo el mundo que conocía, alejado de Akane, de Ranma, de Perfume…

—Eso último no estaría nada mal —pensó mientras iba de un lado a otro de la habitación que le habían asignado. En poco tiempo sería la hora de comer para los empleados del café pero, aún así, para evitar posibles y costosos accidentes, estaba encerrado en su habitación. Cologne apenas le dejaba ir al baño por miedo a que apareciese en medio del comedor y se armara un desastre, si bien era cierto que de aquella manera había conseguido evitar convertirse en cerdito durante toda la semana. Sin embargo, eso no había evitado que mostrara sus ganas de marcharse para ver a Akari. Cada vez se sentía más atrapado en aquel edificio de dos pisos que acomodado y, normalmente, cuando se sentía así, echaba mano de su Taladro destructor para hacerse un camino y escapar.

Sentía un cosquilleo en su dedo índice que le pedía cada vez más apretar el punto débil de la pared y saltar desde ahí a la calle, y a partir de ahí, ponerse a correr hasta que encontrara la granja de Akari. Se acercó hasta la única ventana de la habitación y observó a la gente de la calle pasar por delante del Cat Café ocupados en sus cosas. Nunca se había dado cuenta hasta entonces de que, a pesar de lo mal que podía llegar a pasarlo perdido, la libertad de vivir por uno mismo allá donde fuera le había vuelto reacio a estancias largas en un lugar, y aún más, en lugares de ciudad o muy cerrados. Deseaba por todos los medios deshacerse de su pésimo sentido de la orientación y poder dejar de perderse, pero, se dio cuenta de que jamás podría dejar de viajar a pie, de que jamás querría perder el sentimiento de poder vivir allá donde se lo propusiese.

A pesar de todo, no había otra cosa que deseara más en aquel momento que escapar de allí. Se fijó de nuevo en la calle que se veía a través de la ventana tras dejar atrás sus pensamientos, y se dio cuenta de que varias personas se habían detenido y observaban con atención la entrada del Cat Café, seguramente, pensó, decidiendo si harían bien en comer allí.

—¿Ryôga-kun? —le llamó una voz a su espalda, una voz que reconoció como la de Perfume.

—¿Perfume? —preguntó dándose la vuelta. Efectivamente, apoyada en el marco de la puerta, con un delantal blanco mojado, la amazona le observaba con una mirada que él sólo había visto antes en los ojos de Akari.

—¿Qué quieres, Perfume? —preguntó de forma más melancólica de lo que deseaba, girándose para seguir mirando por la ventana.

—Yo… Quiero ayudarte a salir de aquí —por el tono con el que Perfume lo dijo, a Ryôga le dio la impresión de que había pensado un buen discurso pero que, de repente, lo había olvidado todo.

—¿Estás segura? —preguntó con preocupación —¿No te meterás en problemas? ¿Qué pasa con Cologne?

—¿Cologne? —repitió Perfume escupiendo el nombre —No te preocupes por ella.

Perfume le miró directamente a los ojos con una mirada de tal determinación que Ryôga no tuvo otra opción que aceptar lo que le había dicho sin rechistar.

—De acuerdo. Err… Tú dirás por donde…

Perfume le cogió de la mano y le guió hasta el piso de abajo. Antes de abrir la puerta que daba paso al comedor desde las escaleras, Perfume abrió una fracción la puerta y observó por el pequeño espacio disponible.

—Bien, mi distracción ha funcionado. Todos deben estar en la entrada, así que escaparemos por la puerta trasera —le informó en voz baja.

—¿Qué tipo de distracción? —preguntó mientras seguía a la amazona a través de la cocina y hacia la puerta trasera.

Pero Perfume no le respondió y le guió hasta que se encontraron en el solar trasero donde llevaba días entrenando a Akane. Todavía quedaban algunos trozos de ladrillo rotos en el suelo, al lado del tubo de hormigón que utilizaban en los ejercicios de equilibrio. De las ramas del único árbol en el terreno colgaba el saco con el que Ryôga había conseguido que la joven Tendô mejorara el reparto de su peso a la hora de lanzar puñetazos y patadas.

—¿A dónde me estás llevando? —preguntó Ryôga confuso tras saltar, todavía agarrado de la mano de Perfume, por encima de la tapia que rodeaba el solar.

Perfume le encaró y, tras pensar un poco, le respondió:

—Te llevo a la granja de Akari.

—¿¡Qué! —se sorprendió —¿Cómo sabes tú…? ¿Cómo es posible que tú…?

—Eso no importa ahora. Debemos darnos prisa —dijo la amazona cortando sus balbuceos.

—Pero pensaba que la dirección para ir a la granja de Akari era hacia allá —Ryôga indicó justo a su espalda, al Cat Café, y a la ciudad que se extendía en esa dirección, todavía sin poder pronunciar muy bien.

—¡Ay! Tu sentido de la orientación —rió nerviosamente Perfume.

Aquello le avergonzó lo suficiente como para dejar de preguntar y se limitó a seguirla cogido de la mano a través de los tejados de la ciudad. Aún así, no pudo evitar pensar en cómo era posible que la amazona se hubiera enterado de la existencia de Akari. ¿Acaso sabía también lo que había entre ellos dos? Su situación cada vez se parecía más a la de…

—¡Charlotte! ¡Charlotte! ¡Ven aquí, Charlotte!

Ryôga miró hacia abajo, a la calle llena de gente, y pudo distinguir no sin un escalofrío, a la patinadora artística y componente femenina de la pareja de oro del instituto Kolkhoz, la pequeña y cleptómana Azusa Shiratori, llamándole por el ridículo nombre francés que le puso a su forma de cerdito negro.

—¿La conoces? —le preguntó Perfume, dirigiendo a la chica una mirada asesina —¿Es esa Akari?

—¡No, no! —negó, y apretó el paso haciendo oídos sordos a las insistentes llamadas de la niña patinadora —¡No es nadie, no la he visto en mi vida!

—Ah, bien…

Mantuvieron aquello huida por los tejados de Tokio durante aproximadamente una hora más, tiempo tras el que los edificios dejaron de ser tan abundantes, se fueron haciendo cada vez más pequeños y, finalmente, desaparecieron por completo, dejando tan sólo una carretera a un lado por la que apenas pasaban unos pocos coches, y un bosque increíblemente verde al otro, en el que se adentraron cuando el sol había pasado por su cenit y empezaba ya a descender.

Caminaron en silencio durante unos minutos, adentrándose en el bosque, escuchando los sonidos de animales correteando y los suspiros de las plantas al viento que absorbían los sonidos de la ya lejana ciudad. Todavía iban cogidos de la mano, así que, Ryôga no tuvo ninguna oportunidad de zafarse cuando de repente, Perfume se le echó encima, dándole un abrazo que casi le parte los huesos.

—¡Ay, airen, por fin solos! —dijo llena de alegría contra su pecho.

—¿Qué? ¿Qué haces? —preguntó sorprendido intentando escaparse del abrazo de oso de la amazona.

—¡Airen! Yo soy mucho mejor que esa niñita que se esconde tras unos cerdos —le dijo separándose un poco para mirarle a los ojos —. Tú eres un hombre fuerte y bueno, y mereces una mujer que pueda ser tan fuerte como tú. Además, ¡eres el hombre que me ha enviado la diosa Sylphé! ¡Estamos destinados a estar juntos! —y se le abalanzó encima para besarle.

Sin embargo, Ryôga esquivó sus intentos de besarle por los pelos, e incluso consiguió poner un brazo entre ella y él.

—¡No puedes hacer esto! —exclamó, separándose por fin de ella bruscamente, tirándola al suelo —¡Lo siento, pero yo no quiero esto!

—¡Son las leyes amazonas! —respondió Perfume poniéndose en pie —¡No hay nadie que pueda cambiarlo! ¡No tienes elección! ¡Sé mi airen!

—¿Qué? ¡No! —no podía creer que se encontrara en una situación semejante. ¿Por qué le sucedía algo así? ¡Bastantes problemas tenía ya entre Akane y Akari, como para añadir esto! Necesitaba una excusa, y rápido —Lo siento, pero es que… no eres mi tipo.

—¿Qué? ¿Eso significa que no te gusto? —le preguntó desconsolada la chica al borde de las lágrimas.

—¡No! ¡No es eso! —se rectificó aún más nervioso —Tú eres muy guapa.

—Entonces, ¡perfecto! ¡Seremos unos felices marido y mujer! —razonó de nuevo sonriente la chica —¡Consumemos nuestro matrimonio! —exclamó con una mirada predadora, y de un fluido movimiento, se quitó la ropa que llevaba puesta, quedándose tal y como vino al mundo ante un sorprendido Ryôga.

—¡Ya es mío! —pensó Perfume al ver el estado de shock en el que se encontraba su airen —Con lo tímido que es, no podrá moverse mientras le aplico algunas… técnicas que le harán mi airen de forma más oficial.

Sin embargo, al contrario de lo que supuso Perfume, Ryôga sí que reaccionó y, rápidamente, y casi más como un acto reflejo que como una acción razonada, se dio la vuelta y se puso a correr hacia el interior del bosque lo más rápido que sus piernas le permitían, sin darse cuenta si quiera que en su huida estaba partiendo las ramas más bajas de los árboles al atravesarlas a toda velocidad con su cabeza.

Su mente tardó, sin embargo, varias horas en reiniciar su sistema operativo “Ryôga 3.4 TM.” y suspender el sistema de emergencia “Estampida cerdil 1.1 TM.”, tiempo durante el cuál continuó corriendo sin ver realmente adónde iba, dejando atrás a una desnuda y sorprendida Perfume.


—¡Debo ir al Takahashi’s pase lo que pase! —pensó Mousse mientras terminaba los platos de la comida. Tenía cuatro platos distintos preparándose al mismo tiempo, pero tantas veces los había hecho ya que apenas prestaba atención a las cazuelas y a las sartenes, y se dedicaba a pensar en sus cosas mientras la comida iba, poco a poco, cogiendo el color y la consistencia adecuada.

—No debería… ¡Me dije que no volvería a cometer ese error! ¡No puedo dejar que Shampoo se eche a perder por mi culpa! ¡Debe ser la próxima Matriarca! —se reprendió mentalmente —Ella debe mantenerse fuerte, y si yo ahora me comporto así… Además, Kaiko… ¡No puedo dejarla así, tirada en su restaurante, desgraciada por mi culpa!

Empezó a servir entonces la comida ya terminada en varios platos y fuentes, y cuando terminó, lo llevó todo hasta la mesa que solían utilizar para comer, haciendo otro viaje más para llevar los vasos, los condimentos y la comida que faltaba de mover. Le extrañó que no viera a Perfume fregando, pues es lo que había estado haciendo toda la mañana, pero no le dio mayor importancia, suponiendo que podría estar en el baño.

Antes de que pudiera llamar a nadie a la mesa, sin embargo, vio como Cologne aparecía por la entrada principal, dando botes con su bastón hacia la cocina y con cara de pocos amigos.

—La comida está lista —pero la mujer ni siquiera le respondió, por lo que preguntó —. ¿Qué pasa? ¿Dónde está todo el mundo?

Cologne simplemente levantó un dedo hacia la entrada sin ni siquiera detenerse, desapareciendo finalmente en la cocina.

Intrigado, Mousse se dirigió hasta la entrada, escuchando unos gritos conocidos aumentando en intensidad a medida que se acercaba, y antes de salir a la calle se formó una idea bastante definida de lo que estaba sucediendo.

—¡Aaaahhh! ¡Gato! ¡Quitádmelo! ¡Quitádmelo! —Ranma, totalmente calada, gritaba como una posesa y corría de un lado a otro invadida por un terror inducido a través del aprendizaje de la técnica estúpidamente poderosa llamada “Garras de gato”, terror que en condiciones normales le dejaba incapaz de llevar cualquier acción que no fuese correr y gritar pero, que si llegaba a un punto demasiado alto, se convertía en el detonador de la técnica mortal, y que reducía la psique de Ranma a la de un felino.

Mousse se fijó en Shampoo cubriendo por entero la cara de Ranma con su pequeño cuerpo de gata rosada, agarrándose con todas sus fuerzas a la cara del chico convertido en chica para no salir despedida y desaparecer entre las calles de Nerima. También se dio cuenta de todas las personas que se habían congregado alrededor de la aterrorizada chica y la gata pegada a su cara, habiendo más de un joven con la mirada tan fija en los pechos mojados de Ranma que sus ojos rebotaban de arriba a abajo al mismo ritmo que su objetivo.

Cansado del espectáculo, Mousse agarró a Ranma de un hombro y desenganchó con extremo cuidado a Shampoo de la cara de Ranma. La chica, libre ya del objeto de su terror, se calmó casi al instante, y la gente tomó la mirada que Mousse dirigió a los jóvenes que habían empezado a babear como la señal para empezar a dispersarse. Recolocó a Shampoo entre sus brazos, y notó como se acomodó a su gusto, maullando una vez contenta cuando encontró el sitio, y Mousse no pudo evitar, a pesar de todo lo que había estado pensando hasta entonces, sonreír feliz a la gata.

—¡Tsk! Gracias Mousse —le agradeció Ranma tras controlar el tembleque que le había provocado el maullido de Shampoo, todavía a una distancia prudencial de él —. No sé qué ha pasado. Shampoo y yo hemos salido para barrer la entrada y, de repente, nos ha caído encima ese cubo de agua fría.

Mousse se fijó en el cubo azul que señaló Ranma a unos metros de ellos, y al momento supo que era uno de los muchos que tenían en el restaurante, en la cocina exactamente, que normalmente utilizaban para aclarar los platos recién enjabonados, cuando más de una persona se dedicaba a fregar los platos.

En vez de mirarlo más de cerca, prefirió recoger la ropa de Shampoo del suelo y, sacándose un secador a pilas de entre su túnica, se puso a secar la ropa de su compañera de trabajo. Fue entonces cuando apareció por la puerta Cologne con una tetera humeante y con la misma cara de malas pulgas con la que había entrado al restaurante un momento antes.

Dejó el uniforme del café en el suelo y Shampoo saltó de su regazo al interior del traje que, prontamente, fue bañado en agua caliente por Cologne. Lentamente, o al menos así le pareció a él, Shampoo recuperó su condición humana, y con ella, su despampanante figura, por suerte ya enfundada en su uniforme. Cuando la joven dejó escapar un ligero “¡Aiyaa!” de satisfacción fue cuando la cara de la matriarca cambió por fin a una de normalidad, disolviéndose su enfado al mismo tiempo que el miedo de Ranma.

—¡Por fin! ¡Ale, todo el mundo a comer! —exclamó con satisfacción la anciana.

Todos entraron sin rechistar, especialmente Ranma, que prácticamente apareció sentado a la mesa un instante después, acompañado del rugir de su estómago. Los tres se rieron alegremente a expensas del estómago de Ranma, y no tardaron nada en sentarse también a la mesa. Fue entonces cuando Mousse cayó en la cuenta de la continuada desaparición de Perfume, y así se lo dijo a los demás, dirigiéndose especialmente a Cologne.

Ésta, de nuevo con mala cara, subió al segundo piso y, unos momentos de completo silencio después, bajó acompañada solamente por su bastón.

—No están —les informó con su calma característica, y se sirvió un buen puñado de arroz, ignorando las caras de sorpresa del resto de comensales.


Nabiki empezaba a dudar que su decisión hubiera sido la correcta. Pero entonces, volvía a preguntarse que otra cosa podía hacer, y la silenciosa respuesta de su normalmente bullicioso cerebro le dejaba de nuevo en el punto de partida. Así que, un poco desesperanzada, siguió rebuscando entre las cajas de libros familiares de las que Kasumi le había indicado su lugar en la casa, a saber, el fondo de uno de los armarios de la habitación de su padre. Abrió otro tomo muy manoseado y algo roído por los bordes, descubriendo unas hojas amarillentas rebosantes de símbolos y de historias, y comenzó con un nuevo suspiro la tarea de hojear el libro en busca de algo que le fuera de utilidad.

Mientras leía sin prestar mucha atención como su abuelo había derrotado a un oso con sus manos desnudas, podía oír aún como un eco en su mente los gritos y los sollozos de Akane, y un escalofrío le recorría aún la espalda. Recordaba perfectamente como Akane se había lanzado aquella misma madrugada a los brazos de Ranma con un miedo y una angustia que no había visto nunca en ella. En condiciones normales, hubiera preferido dejarle a Ranma la tarea de ayudar a su hermana, pues normalmente era la mejor solución, pero como su prometido se encontraba tan absorto con la dichosa escuela legendaria, y ella se había encabezonado en no compartir lo que le pasaba con nadie más, sus posibilidades se habían reducido a hacer una investigación por su cuenta.

Y hasta el momento, no había logrado encontrar nada que le fuera de utilidad. Había decidido comenzar por el único sitio del que tenía información disponible inmediatamente, esto era, la historia familiar. Tal vez, se dijo al pensarlo, encontraría algo sobre sueños que parecían premonitorios o de otras vidas en el pasado de la familia. Nunca había prestado mucha atención a las historias que su padre les había contado sobre su parte de la familia, y su madre murió antes de que ella fuera lo bastante mayor como para acordarse de ellas o siquiera entenderlas, así que, se vio obligada a recurrir a los viejos libros donde la familia Tendô llevaba apuntando sus historia durante generaciones, como una costumbre y un tesoro más que se pasaba a las siguientes generaciones en su familia.

Lo único que sabía era que tenía que ver con los sueños. Varias noches se había despertado ya por el movimiento angustiado de su hermana en su cama y su violenta y agitada respiración, y al observarla alguna de aquellas noches desde el umbral de su puerta, tenía la sensación de ver a alguien intentando escapar de algún terror inimaginable en su sueño. Así, pasó sin ni siquiera ojear la historia de como su bisabuelo había llevado a cabo la misma proeza que su abuelo una generación antes, y escaneó las siguientes hojas en busca de la palabra “sueño”.

Cuando llevaba diez minutos enfrascada en aquella tediosa tarea sin ningún resultado de importancia apareció Kasumi enfundada en su delantal blanco, mopa en mano, en la puerta de la habitación.

—¿Has encontrado lo que andabas buscando, Nabiki? —preguntó amablemente al tiempo que comenzó a pasar la mopa por los muebles.

—No, no he tenido mucha suerte por ahora —contestó desesperanzada dejando el libro que había estado hojeando en el suelo.

Su hermana dejó de limpiar y se sentó a su lado en la cama de su padre. Posó una mano sobre su hombro y habló con gran dulzura y algo de melancolía mal disimulada:

—Aún recuerdo algunas de las historias que nos contaba mamá —levantó su mirada ante ella, sorprendida de que no hubiese caído en algo tan evidente como que su hermana mayor si se acordase de aquellas historias —. Había una en particular que repetía muchas veces, y al contarla, le brillaban los ojos de una manera especial y reía de una forma que nos tranquilizaba a las tres…

—¿Te acuerdas de esa? —preguntó con esperanza, aunque no sabía si era porque pudiera ayudarla en su investigación o porque Kasumi le estaba contando algo de su madre que no recordaba.

—Um… Creo que sí, aunque hay algunas partes de las que no estoy segura —respondió concentrada su hermana —. Comenzaba, recuerdo, con que aquella historia se remontaba al pasado remoto del país, a unos años desconocidos exactamente pero encuadrados en la época Edo. Decía que, en aquella época, la antepasada de nuestra línea, Shirai Takedo, era una humilde granjera, hija de un par de granjeros que vivían en la pobreza en los campos de arroz de un gran señor feudal, al que le pagaban la mayor parte de su cosecha. Un día, al ir a vender parte de lo que le quedaba para conseguir otros productos en un pueblo cercano, Shirai y su padre se encontraron con una anciana tirada en el camino, cubierta por unos harapos y al parecer enferma de alguna condición incurable.

—Shirai convenció a su padre para que acogieran a la anciana tanto tiempo como fuera necesario para que, o se recuperara, o acabase sus días en paz—continuó Kasumi —. No sólo su padre, sino también su madre, se mostraron reacios a acoger a una anciana enferma en su casa, argumentando que apenas tenían comida para ellos que estaban sanos, como para que además acogieran a una vieja enferma. Sin embargo, Shiria se mantuvo firme y prometió sacrificar la mitad de su ración de comida para la anciana, de manera que así podrían continuar gastando lo mismo incluso al acogerla. Sus padres finalmente aceptaron, y la señora se instaló con ellos.

—Durante semanas, Shirai cuidó de la convaleciente como mejor pudo, pero a pesar de todos sus cuidados, la enfermedad de la señora empeoró. Entonces, esta la pidió que le llevará al bosque cercano al día siguiente, pues deseaba que su lugar de descanso eterno fuera aquel, y Shirai aceptó el último deseo de la anciana, no sin llorar amargamente toda aquella noche por no haber sido capaz de salvar a la señora. Al día siguiente, ella misma cargó con la anciana hasta el bosque y, encontrando lo que parecía un cómodo lugar entre las ramas de un árbol hendido, dejó allí a la mujer con sumo cuidado. Entonces, cuando iba a despedirse de ella, la señora desapareció y, en su lugar, un zorro blanco de nueve colas la miraba con afecto desde las ramas. Este le habló y le dijo que había demostrado un amor por el prójimo tan grande que le daría un don que se transmitiría de hija en hija por su familia. Sólo habría una condición para poder usar aquel don, y era que ella y sus descendientes debían estar enamoradas de un hombre y ser correspondidas. Sin decir nada más, el espíritu zorro desapareció, y Shirai regresó muy contenta a su casa, donde le contó todo lo sucedido a los padres, que igualmente se alegraron por su hija y se entristecieron y temieron por su actitud ante el zorro transformado en anciana y que éste pudiera haberles maldecido por ello.

Nabiki se imaginó a su madre contándoles aquella misma historia cuando aún estaba viva, y pudo imaginar perfectamente como para entonces Akane y ella ya estarían dormidas en su regazo, mientras Kasumi todavía se mantenía atenta a las palabras de su madre, sin saber que un día sería la única que podría volver a repetir la historia a sus hermanas.

—Pasaron años sin que Shirai encontrase al hombre de su vida —continuó Kasumi —, encerrada en las obligaciones que su vida de campesina tenía. Sin embargo, cierto día, tal y como una vez había encontrado al zorro fingiendo ser una anciana, se topó con un joven en uno de los campos de arroz. Cuando le preguntó quién era, respondió que no era más que otro campesino buscando un lugar mejor, y entonces Shirai le ofreció quedarse con ella y su familia. El muchacho, que se presentó como Demuh Li, aceptó gustoso su oferta, y pasaron varias semanas trabajando duramente la tierra, pero también riendo y hablando sobre las tierras que el otro no había visto, cuidando con ternura los animales que tenía la familia de Shirai, y pasando noches enteras despiertos observando las estrellas.

—Tras ese tiempo, Demuh se confesó enamorado de Shirai y, formalmente pidió a sus padres la mano de la joven, que gustosos, aceptaron la petición del chico a pesar de que no tenía gran cosa que darles. Cuando confesó su amor a Shirai, ésta, llena de alegría y de emoción le reveló que sentía lo mismo por él. Pocos días después, Shirai empezó a tener extraños sueños que, al tiempo, se revelaron como proféticos y la pareja descubrió por fin el don que el zorro le había otorgado a Shirai. Finalmente, poco antes de la boda, parte del ejército del señor feudal al que pertenecían las tierras que trabajaban llegó a su hogar junto a su señor, revelando la verdadera identidad de Demuh Li. Aquel no era su verdadero nombre, sino uno que se había inventado para pasar desapercibido, pues en realidad, era el hijo del señor feudal, que había huido un tiempo para poder convertirse en un hombre a su aire. A pesar de esa mentira, Shirai se casó igualmente con él, pues ambos estaban realmente enamorados, de manera que se convirtieron en los herederos de las tierras cercanas y el ejercito que las defendía.

—Con el tiempo —concluyó Kasumi levantándose —, aquel señor feudal fue el responsable de la unificación del pueblo japonés gracias a las visiones proféticas de Shirai, que le daban una excepcional ventaja estratégica. Es por esta razón, solía terminar nuestra madre, que la línea de mujeres que ahora llevan el apellido “Tendô” están relacionadas con la familia más importante de todo Japón, la familia imperial, y además, poseen un regalo de los dioses que les permite proteger al hombre que aman. Pero, nos decía con el cejo fruncido, recordad que sólo tendréis ese poder cuando améis y seáis amadas, porque este don sólo funciona cuando los dioses vean verdadero amor en vuestros corazones.

Entonces, Kasumi cogió la mopa que había dejado sobre la cama al comenzar su relato y salió de la habitación no sin antes besar a Nabiki en la frente con toda la ternura y el amor que pudo juntar que, en el caso de Kasumi, era una gran cantidad, recordando una de las manías que recordaba de su madre.

Nabiki se palpó un momento la frente, dejando que aquel momento tan íntimo que había pasado con su hermana mayor la envolviese y se quedara grabado en su memoria, pretendiendo no olvidarlo nunca. Cuando sintió que ya era hora de volver a su forma de ser habitual, Nabiki recordó con claridad el hecho de que, según la historia familiar, su familia tenía un cierto parentesco con los emperadores, cosa que, a pesar del amor que le tenía tanto a su hermana como a su madre, no podía evitar dudar.

Por tanto, tras guardar todos los libros familiares que había hojeado en las cajas, y las cajas en el fondo del armario, se cambió y salió a la calle con la intención de visitar a un conocido suyo especializado en investigar la genealogía de las personas, una afición que tras un tiempo había convertido en un trabajo estable y lo suficientemente rentable como para vivir de ello.

En apenas diez minutos llamó a la puerta de la casa del hombre y, en un instante, la puerta se abrió, descubriendo a su dueño, una persona más bien chata y rechoncha, con unas delicadas gafas colgadas del cuello y una calvicie casi completa que hacía que su cráneo reluciese con la luz del sol.

—¡Oh, Nabiki Tendô! —saludó el hombre con efusividad —Entra por favor, entra y charlemos…

—No, Tirai, no, sólo vengo a pedirte un favor y después me marcharé —se excusó Nabiki mientras le pedía perdón con un gesto por su descortesía.

—¿Quieres que investigue la genealogía de alguien? —inquirió Tirai sacando una libretita y un boli de la nada, demostrando una de sus cualidades que más agradaban a Nabiki: su facilidad para ir al grano.

—Sí —confirmó Nabiki —. Quiero que investigues sobre mi familia.

Tirai se sorprendió mucho pero, ante la sonrisa de Nabiki y su asentimiento, el hombre apuntó “Tendô” en la libretita, la cerró con un simple movimiento, y la volvió a guardar. Luego insistió de nuevo a Nabiki para que entrara y tomara un café, pero Nabiki deseaba volver a casa.

—Veamos pues si la historia tiene algo de verdad —pensó Nabiki mientras caminaba de vuelta a su casa —. Si es verdad, y lo de Akane son sueños premonitorios… Será mejor que ella y Ranma lo sepan.

—Um… ¿Debería cobrarles…?


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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