Cap. 16 de S.A. original

¿…o el nombre de la verdad?

—Así— es chino y “asa” es el sonido de una TV, radio…

Cologne, líder de las Nujiezu, artista marcial de increíble poder y soberana sabiduría, se encontró en los primeros albores del miércoles siguiente al viaje de entrenamiento rebotando en su bastón con tranquilidad solamente fingida en busca del punto de venta de prensa más cercano que pudiera encontrar. Había decidido desde la conversación que mantuvo con su hermana en aquel mundo extraño y tintado con aires de melancólica belleza marina que el diario que habitualmente llegaba gracias a su suscripción a la prensa local a su establecimiento no era suficiente para calmar la intranquila curiosidad y el agonizante hambre de noticias que tan fervientemente deseaba enterrar y no sentir jamás, y que sin embargo, ella ya podía imaginarse, la llevarían a salir todos los días bien temprano para hacerse con un ejemplar de varias publicaciones, variando desde la más profesionales hasta las más alternativas y tanto nacionales como internacionales, con el fin de buscar noticias sobre el paradero de aquel ser que amenazaba a toda la Humanidad.

Tan sólo esperaba que las escuelas secretas tuvieran el poder suficiente como para detenerlo una vez más. Las crónicas de su poder, un antiquísimo papel, amarillento y apenas capaz de mantenerse junto y no deshacerse en sus manos, escrito en una extraña lengua de donde posiblemente habían derivado tanto el latín como el propio dialecto de las Nujiezu, fue la única fuente que describía con mayor o menor detalle de lo que eran capaces aquellas escuelas de la antigüedad. Cuando sus ojos se posaron por primera vez en aquel documento, poco después de alcanzar el rango de Anciana Matriarca, una enorme sensación de miedo inundó cada poro de su piel y cada neurona de su cerebro. Habiendo llegado a la posición que ocupaba en aquel momento, ella era poseedora de un gran poder, un poder capaz de asustar a los hombres poderosos que vivían lejos de su aldea, rodeados de tecnología y armas. Pero aún así, lo que se contaba en aquellas crónicas… Aquel parecía ser el poder de los dioses.

Los seres humanos dejaban atrás las ataduras del mundo con aquellas escuelas. El cronista, del que nada se sabía además de que había presenciado las escuelas en todo su esplendor, y a pesar de su magistral capacidad de descripción, se veía muchas veces sin palabras para describir las espectaculares proezas que los maestros de las escuelas del Dragón, el Rayo y el Volcán eran capaces de llevar a cabo. Aquellas crónicas dejaban claro, además, que aquellas escuelas no eran una herencia amazona creada por sus antepasadas, sino una enseñanza, un regalo que un viajero debía haber ofrecido a las primeras Nujiezu de la Historia. Otros papeles que pudo encontrar más tarde confirmaron el hecho, arrebatando por tanto el origen de las escuelas más poderosas de la Tierra a su tribu, y al parecer otorgándoselo a los egipcios, aunque las fuentes no eran realmente concluyentes.

Otra cosa que también dejaban muy claro era el poder que tenían de combinarse. Mientras que un solo maestro sería capaz de vencer a la gran mayoría de otras escuelas de artes marciales del planeta, exceptuando las otras dos legendarias y alguna otra de gran poder, tres maestros, cada uno de una escuela diferente, podrían perfectamente enfrentarse a un pueblo entero como el Nujiezu y destruirlo en cuestión de horas, y todavía estar preparados como para hacer retroceder un ataque por sorpresa de un ejercito. Esas escuelas eran tan complicadas y profundas que se decía que el hecho de que un solo hombre aprendiese las tres era imposible, pues nadie podría sobrevivir durante tanto tiempo, pero que si lo lograse, su poder sería inmenso. Tan inmenso de hecho, que era muy dudoso que pudiese sobre ponerse a ello, y que seguramente perdería el juicio más tarde o más temprano. Cologne tan sólo deseaba que el poder que aquellos tres chicos que estaba entrenando consiguiesen fuese suficiente para detener, si no de una vez por todas, al menos una vez más, ese infinito mal que en aquel momento estaba recorriendo sin vigilar la superficie de la Tierra.

Y no estaba nada contenta. Aunque ni siquiera se había planteado en el momento en que su hermana le dio la noticia unos días antes como se sentía además de frustrada y algo temerosa, al día siguiente había visto su enfado crecer al repasar la conversación. ¿Cómo era posible que le hubieran perdido de vista con lo poderoso que debía ser? Comprendía el enorme riesgo de acercarse a una criatura de ese tipo, y no podía negar que el trabajo de seguimiento hasta entonces había sido perfecto, pero el haber perdido la pista de su enemigo en aquel momento la había obligado a hacer cambios sobre la marcha que no había pensado con detenimiento y de los cuales no tenía muy claro el resultado, siendo el máximo exponente convencer a Ryôga Hibiki de que permaneciese en el Cat Café. No sólo eso, sino que además había tenido que enfrentarse de una manera más bien tonta con Perfume para tratar de inculcar una moderación en la conducta de la joven que sabía perfectamente no sólo había sido rechazada de pleno si el tono en que la había respondido en aquel momento era alguna indicación, sino que además podía imaginarse que su imagen como buena guía de su pueblo había sufrido un enorme daño a los ojos de la amazona.

Por fin, dentro de un pequeño negocio, con su escaparate de apenas un metro cuadrado de cristal y su puerta pegada justo a continuación, se encendieron las luces del interior, confirmando a Cologne que se abría y que había terminado su búsqueda. Agradeciendo a Sylphé el que finalmente hubiera encontrado un lugar, y que además estuviese cerca del Cat Café, Cologne se dirigió, como siempre rebotando en su fiable bastón de madera reseca, hasta el escaparate del negocio, y, tras confirmar que allí había todo tipo de periódicos, además de otros artículos de papelería y dibujo que en aquel momento no le interesaban, se internó en el edificio, anunciando su entrada una de esas campanillas de puerta tan extendidas por Japón.

Observó rápidamente el lugar, y reconoció el estupendo uso del espacio que se había hecho con el fin de utilizar hasta el último centímetro cúbico sin que apareciese la sensación de abarrotamiento. El pequeño lugar estaba dividido por estantes que recorrían casi de lado a lado el espacio, dejando suficiente espacio a los lados como para que pasasen dos personas al mismo tiempo sin dificultad. Los estantes, como las paredes, suelo y techo, eran totalmente blancos, de manera que con unos luces de poca potencia, sumadas a la luz natural que empezaba a colarse por el ventanal, toda la estancia quedaba perfectamente iluminada, haciendo más fácil la lectura de las primeras líneas de los periódicos, o la apreciación del tono de los distintos colores o láminas de colores que se vendían. Lo que no pudo encontrar por ningún lado era un lugar donde se pudiera acomodar el dueño o dueña del lugar, algún tipo de mostrador, aunque en una esquina sí se podía ver una puerta a la que se prohibía el paso, y que Cologne supuso debía ser algún tipo de pequeño almacén.

Viendo que su entrada no había atraído al dueño, Cologne no se lo pensó dos veces en empezar a recoger todos los periódicos distintos que pensaba comprar. El primero que le llegó a las manos fue uno local, pero recordó que el que le llegaba todas las mañanas al restaurante era también del ámbito del distrito, así que tener dos periódicos que a grandes rasgos sólo cubrían las noticias de tan pequeño lugar no era en realidad una ayuda. Así pues, lo dejó otra vez en su sitio y fue a por el que sabía era el de mayor tirada de todo Tokio, así como de todo Japón y, según decían, el de mayor tirada mundial. El “Yomiuri Shimbun” le daba la primera plana a la victoria del equipo preferido de la ciudad de baseball, los “Gigantes”, contra el segundo clasificado en la liga general, acompañándola con un gran titular que rezaba: “¡El equipo de Japón, otra vez en los cielos!”. Por otro lado, el “Asahi Shimbun”, en su versión conjunta con el New York Times, “The Asahi Shimbun”, reservó su portada a un sistema de videojuegos, pero Cologne no le prestó ningún interés, y se puso a buscar otro periódico que pudiera serle útil, alguno más internacional.

—¡Aaaah! ¡Una momia disecada! —gritó histérico el hombre que descubrió Cologne al darse la vuelta para buscar algún diario en la zona de “Internacional”.

Por supuesto, tal hombre recibió un bastonazo en la cabeza, como advertencia.

—¿Quién es una momia disecada? —inquirió irritada y con los ojos entornados la amazona.

Sin embargo, el hombre hizo extraño caso omiso del bastonazo y, enderezándose como si nada le hubiera golpeado, señaló al creciente montón de periódicos que Cologne portaba.

—¿Está segura que va a comprar todos esos periódicos?

—Puede estar seguro —respondió Cologne mientras recogía el Le Monde del día y lo añadía a su montón, dándose por fin por satisfecha.

—¡Oh, mil perdones entonces! —se excusó el dependiente, inclinándose profundamente y haciendo con las manos la señal de perdón—Es que no estoy acostumbrado a ver gente tan venerable como usted. Mi nombre es Niambin Akagura. Coja toda la prensa que desee, por favor.

—Sí, sí… —dijo Cologne, queriendo terminar con las formalidades, con tono perspicaz. De una mirada pudo suponer que sus más de sesenta años los había pasado trabajando en aquel pequeño negocio en el corazón de Nerima, pues su complexión chata y rellena, su cara surcada de arrugas y las gruesas gafas que colgaban perezosas de su cuello eran signos aparentes de una vida sedentaria, forzando la vista en largas lecturas con una luz deficiente y la imposibilidad, o la desgana, de hacer ejercicio de una manera regular.

Colocó entonces todos los periódicos que iba a comprar en los brazos del desprevenido dependiente, y le ordenó que le dijese cuanto costaba el conjunto. Rápidamente, Akagura contabilizó que la suma ascendía a 1500 yenes, y aún más rápida fue Cologne en poner el dinero en la mano del hombre. Éste se sacó una cuerda del bolsillo de su pantalón y, con unos rápidos y estudiados movimientos, ató fuertemente los periódicos y se los entregó a la amazona, que colgándolos del bastón, se puso éste a la espalda, y dirigió sus pasos hacia la salida.

—¡Vuelva pronto! —pidió Akagura mientras una lagrimita de emoción caía por su mejilla derecha y se despedía de Cologne con la mano—¡Nunca, nunca jamás nadie me había comprado tantos periódicos de una vez! Si vuelve unas cuantas veces por semana, ¡puede ser que consiga mantener mi negocio a flote!

Cologne, por su parte, ya había salido de la tiendecita y, con cuidado, extrajo el Asahi Shimbun del paquete que el hombre había formado. Casi como por instinto, pasó las páginas inundadas de símbolos impresos en negro y fotografías formadas por una infinitud de puntos de diferentes tonos de grises, y llegó hasta las páginas donde solían presentarse las noticias de China.

Allí, en el pueblo, Cologne siempre había tenido la costumbre de hacerse con un ejemplar del “The People’s Daily”, el diario por antonomasia chino, y leerlo detenidamente mientras fumaba de su pipa, balanceándose en una mecedora de madera colocada en el porche de su casa, leyendo entre líneas cual sería el siguiente personaje importante en el gobierno o los debates que se estaban produciendo en el seno del partido. En aquel momento, sin embargo, una curiosidad moderada por conocer un poco el estado del país donde estaban ubicadas y el del resto del mundo fue lo único que le había llevado a tomar tal pasatiempo, un pasatiempo tranquilo y apacible que, a pesar de la casi inagotable energía que parecía poseer y su disposición natural a ayudar a sus descendientes, o a entrenarlos o incluso a interferir en sus vidas para llevar a cabo alguno de sus pícaros, aunque la mayor parte del tiempo, inocentes planes para disfrutar un poco de su vejez, en resumen, una afición que le proveyese de ese descanso y serenidad que a veces sus huesos le demandaban.

Sin embargo, cuando se trasladó a Japón, a uno de los veintitrés distritos especiales de Tokio, la Nerima donde ahora residía y aquella por cuales calles iba caminando entonces de retorno al Cat Café, entonces se encontró con poco tiempo para disfrutar de su pasatiempo. Ya no tenía que cargar directamente con las responsabilidades de ser la Matriarca, pero de repente se encontró con incluso algo más de trabajo, todo producido por el chico testarudo y magnífico en las artes marciales llamado Ranma Saotome. Así que, poco a poco, se fue acomodando a Nerima, al acecho de cualquier oportunidad que hiciese que su bisnieta consiguiera por fin “atrapar” a Ranma en sus redes y volver a China, aunque, sin apenas darse cuenta, consiguió otras muchas cosas, la más importante un cambio de perspectiva sobre lo que había fuera del pequeño mundo que resultaba su aldea desde una ciudad tan grande como Tokio. Ella no era ninguna turista despistada y que fuera fácil engañar, ni mucho menos, pues los años que había vivido y sobrevivido la habían hecho más atenta y perspicaz que la gran mayoría. Sin embargo, la sensación de conectividad, de tecnología, de enorme lugar donde en una calle podía ver más razas distintas que coches, era, cuando menos, intimidante.

Aquella sensación tan poco agradable, unida también a un creciente sentimiento de añoranza de su pueblo, le habían llevado a suscribirse al diario mensual de su aldea. No sólo le sirvió para poder enterrar esa nostalgia y calmar en gran medida el sentimiento de añoranza, sino que además le permitió monitorizar de manera indirecta como estaba llevando el cargo de jefa suplente la amazona que había dejado en su lugar, seguramente la mujer más especial y con más recursos de la aldea aparte de sí misma, la única Nujiezu adoptada en varios cientos de siglos de historia, la que respondía al nombre de Ti-Er.

Esa chica había llegado un día, harapienta y magullada, a la aldea, hacía más de cuarenta años. Sus extrañas ropas, una extraña especie de toga verde con mangas doradas y rojas, le habían delatado desde el primer momento como extranjera. Con paso lento pero seguro, escondiendo lo que verdaderamente sentía bajo una máscara de superioridad, caminó con confianza hasta el centro del pueblo. Allí estaba colocado el tronco donde cada año se celebraba el torneo para decidir cuál de ellas era la más fuerte de la aldea y, desde hacía unos años, la Nujiezu que hacía guardia durante todo el año alrededor del tronco sagrado. Sin perder un momento, la recién llegada empezó a insultar y mofarse de la guardia y, como era de esperar, pronto comenzó una pelea.

Pero ocurrió algo muy extraño, algo que a Cologne se le quedó grabado en la memoria. Casi al instante, la noticia de una extranjera luchando con la guardia del tronco sagrado era ya conocida por todo el pueblo, y claro está, por su jefa. Cuando llegó a la plaza, pudo ser testigo de un espectáculo que hacía mucho que no había visto: la extranjera parecía leer todos y cada uno de los movimientos que la guardia, la por aquel entonces joven Kal-hun, llevaba a cabo con la creciente intención de abrirla la cabeza en dos con sus bonboris. Se asemejaba a un exótico baile alrededor de Kal-hun, mostrándole a veces su espalda o quedándose en posiciones desequilibradas que, si no hubiera sido por esa extraña capacidad de predecir sus movimientos, le hubieran supuesto una derrota segura.

Según iba pasando el tiempo, y más y más gente de la aldea se aglomeraba para observar la batalla, más nerviosa y enfadada se sentía la joven Nujiezu. Hasta tal punto perdió su concentración que, en uno de los ataques que falló, perdió el equilibrio, cayendo a los danzantes pies de la extranjera. En aquel momento, ésta dejó su extraño baile y, con un pie, retuvo a Kal-hun contra el suelo.

¿Dónde está vuestra jefa? —gritó entonces la joven, haciendo fuerza con su pie para retener a la cada vez más enfadada Kal-hun.

Una marea de murmullos inundó entonces la masa de mujeres que se habían arremolinado alrededor de las combatientes, y Cologne se vio obligada a adelantarse y mostrarse ante la extranjera. Haciendo una reverencia, la saludó.

Si buscas a la jefa de esta aldea llena de valientes y fuertes mujeres, ya la has encontrado. Yo soy Ku-Lohn, Matriarca de las Nujiezu, también conocidas como las Amazonas. ¿Qué es lo que buscas, extranjera?

En aquel momento, la extraña vencedora dejó de presionar a Kal-hun contra el suelo, de manera que la amazona se irguió al instante con los ojos llenos de ira. Sin embargo, intercediendo su bastón entre las dos jóvenes, Cologne hizo claro su deseo de que la extranjera fuera dejada en paz, al menos por el momento.

Mi nombre es Laurin, y vengo aquí en busca de asilo —declaró simplemente la joven a su extensa audiencia, y en especial, a Cologne, de la cual no apartaba para nada la mirada.

¿Asilo? ¿Tras humillar a la guarda de nuestro tronco sagrado?

Pensé… Pensé que era importante mostrar fortaleza en el pueblo de las Amazonas —por primera vez desde su orgullosa llegada a la aldea, Laurin mostró algo parecido a inseguridad. A pesar de ello, Cologne no pasó por alto el hecho de que, al parecer, conocía su existencia de antes de llegar al pueblo.

Dinos, extranjera, ¿Por qué no deberíamos dejar que Kal-hun se pague su vergüenza con tu muerte? —preguntó la anciana mujer yendo directamente al grano.

Que me deis asilo, y de esa manera me una a vuestra a tribu, será mucho más provechoso para vosotras.

¿Cómo?

—¡Bisabuela!

Pues verás…

¡Bisabuela!

Levantando la mirada del áspero cemento que había a sus pies, Cologne se descubrió de vuelta al Cat Café, delante del cual se hallaba Shampoo, escoba en mano, mirándola con cierta preocupación.

—¿Est…ás bien, bisabuela? —preguntó la joven reemprendiendo una vez más su aburrida tarea.

—Sí, sí… —respondió Cologne, preguntándose porqué había ido a recordar todo aquello en aquel preciso instante.

—¿Por qué ha…s comprado tú tantos periódicos? —inquirió Shampoo al fijarse en el bulto que colgaba del bastón de su bisabuela.

—Esto… estaban de oferta, Shampoo —respondió como si fuera la cosa más lógica del mundo—. Y no podía dejar pasar una oferta así.

—Bueno, si bis… tú lo dices… —concedió no muy convencida la chica.

Cologne entró entonces en el restaurante, todavía vacío, y se dirigió a su habitación. Al pasar al lado de la cocina, pudo ver las luces encendidas, y dedujo que Mousse había vuelto a su vieja rutina, pero, no queriendo tener que explicar su compra de cuatro periódicos distintos al chico, optó por ir directamente a su habitación, de manera que, tal vez, pudiese descansar un rato antes de que empezara otro día más en el Cat Café.


Aproximadamente en aquel mismo momento, la mañana en el dojo Tendô comenzaba también para sus residentes. Kasumi, ya vestida con su impecable delantal, bajaba en silencio por las escaleras, dirigiendo sus pasos a la, por entonces, todavía oscura cocina, pensando sin mucha preocupación cómo sería el desayuno de aquel día, el primero que Ranma y Akane tomarían en casa después del viaje de entrenamiento que había tenido con todos sus amigos.

Y, precisamente, en ese instante, ambos chicos estaban reunidos en la habitación de Akane, hablando en voz baja para no despertar a nadie.

—Entonces, mañana, ¿verdad? —dijo Ranma a una soñolienta Akane.

—Sí… ¡Y que no se te olvide! —le avisó la chica.

—No vas al Cat Café, ¿no?

—¿Para qué? —respondió—Si no va Kaiko, no creo que Cologne-san quiera entrenarme a mí si luego va a tener que repetirse con ella.

—Pues nada —dijo Ranma —. ¿Bajas a desayunar? Creo que he oído los pasos de Kasumi al bajar por las escaleras.

—Sí, de acuerdo… —aceptó la chica. Echó las mantas de su cama hacia adelante, revelando un pijama amarillo con soles y cabecitas simplonas y azules de gatos estampados —Si nos pillara tu madre en la misma habitación a estas horas… ¡no quiero ni imaginar lo que propondría!

—Pues algo así como empezar a construir otra habitación para los nietos —bromeó Ranma de manera poco usual en él, cosa que no pasó desapercibida para Akane.

Poco después, los dos jóvenes estaban en la cocina, ambos sentados en un lado para no molestar a la hermana mayor de Akane mientras preparaba diligentemente y con devoción el desayuno de la familia. Akane no tardó en presentarse voluntaria para ayudar a su hermana, pero entre Kasumi y Ranma fueron capaces de disuadirla el tiempo suficiente para que Nodoka apareciese y ocupara el lugar de ayudante.

—Buenos días —saludó Nodoka—. ¿Qué hicisteis ayer por la tarde vosotros dos, que no os vi en todo el día?

Un poco enfadada por la falta de confianza, la chica de cabello azulado abrió un libro que se había bajado de la habitación, lo abrió y se cubrió detrás de él, sumergiéndose al instante en la lectura, dejando a Ranma para responder.

—Nada en especial. El trabajo de siempre, mamá.

—Bueno, está bien que sepas como es el trabajo en esta sociedad. Mientras lo hagas masculinamente, no hay ningún problema —declaró su madre haciendo especial énfasis sobre la masculinidad.

—Er… Claro mamá, muy “masculinamente” —asintió Ranma nervioso.

Su madre asintió, le dedicó una sonrisa a ambos chicos, y comenzó a hablar con Kasumi mientras preparaban los alimentos, riendo de vez en cuando debido a bromas que Ranma tenía la sensación que no entendería.

—¿Qué lees, Akane? —preguntó unos minutos después Ranma por puro aburrimiento.

—A ti no te interesa —respondió con un toque de enfado.

—Oh, venga Akane —lo intentó una vez más el chico.

La chica hizo un sonido desiderativo y finalmente alejó un poco el libro para que Ranma pudiera también verlo.

—Es el libro de historia del año que viene —explicó Akane todavía un poco molesta—. Sé que a ti no te interesa mucho, pero yo quiero sacar buenas notas, ¿sabes?

—Haces muy bien, Akane —le alabó Nodoka.

—Gracias, tía Nodoka.

—Bueno, no es que me parezca muy interesante… —dijo Ranma mientras ojeaba la página por la que tenía abierto el libro —¿Hay algo sobre las artes marciales?

—¡Hmph! —Akane hizo un ruido de molestia y pasó la página —¡No! No todo tiene que ver con las artes marciales, Ranma.

—Bueno, si tú lo dices —aceptó el chico.

—¿Acaso ves aquí algo que tenga que ver con las artes marciales? —inquirió la chica desafiante.

Ranma miró detenidamente la hoja. En ella se hablaba sobre el arte, tanto en escultura como en arquitectura, de la antiquísima civilización griega. Se explicaba en gran profundidad la profunda admiración que los artistas griegos sentían hacia las matemáticas y las proporciones naturales que se podían expresar con el número áureo. Aquel número representaba una enorme cantidad de cosas para los griegos, desde la perfección hasta la belleza, y con él, el pentágono y el dodecaedro eran vistos como los más importantes polígonos y poliedros respectivamente. También el rectángulo áureo, aquel en el que el cociente del lado pequeño entre el lado grande era igual al número áureo, era una expresión del buen gusto, hecho por el cual el mismo Partenón seguía a rajatabla su proporción.

De hecho, había fotos tanto del Partenón como de otras estructuras, algunas casi totalmente derruidas, esparcidas por las páginas que acompañaban a la que estaba leyendo. Su mirada se posó sobre un edificio, no muy grande, cerrado y compacto, diferente al resto de edificios griegos que se solían ver. El pie de página decía que aquel edificio era uno de los más viejos que se habían encontrado, datado de aproximadamente mil quinientos años antes de Cristo, en plena conquista micénica, fueran quienes fueran aquellos, y que se encontraba en una pequeña isla en medio del mar Mediterráneo, a mitad de camino de entre Atenas y Cnosos.

Ranma volvió a observar la foto, ignorando la voz de su prometida que le pedía que le dejara continuar con su lectura de una vez, fijándose detenidamente en el frontón de aquel edificio blanco y chato al que le faltaba más de una pared. Unos hombres, tallados de una manera que le recordaba enormemente a los egipcios, parecían estar en un baile o en unas posiciones que le resultaban muy conocidas. Bastantes, tal vez una tercera parte de ellos, tenían las manos haciendo un círculo sobre el pecho, y a veces miraban hacia arriba, otras hacia abajo y otras hacia el frente. Otra tercera parte parecía estar corriendo, con sus pies y sus manos serpenteando de manera angular por la piedra. Y finalmente, el último tercio parecía no tener ni siquiera brazos, o tenerlos antinaturalmente largos.

Cada tercio de personas ocupaba un espacio bien definido dentro del frontón, y al verlos todos juntos fue cuando algo encajó en su mente.

—Akane, ven un momento conmigo —dijo rápidamente Ranma. Se levantó, y en una mano cogió el libro, teniendo cuidado de no perder la página, y con la otra agarró a su prometida y se la llevó al jardín.

—¿¡Qué pasa!? —la expresión de Akane no dejaba dudas sobre el enfado que sentía en su interior. Estaban fuera, al lado del dojo, y el sol le impedía abrir los ojos del todo —¡Primero me impides que siga leyendo, y ahora me sacas de casa sin ni siquiera pedirme permiso!

—Haz el favor y mira esta fotografía un momento —le pidió Ranma sin hacer caso de sus quejas.

Con indignación, Akane hizo como le habían pedido y, tras unos segundos de observación, volvió a mirarle.

—Yo no veo nada especial —declaró —. No es más que otro edificio griego. Muy viejo, sí, pero aún así nada anormal.

—Fíjate bien en el frontón, en los dibujos de los hombres —le animó otra vez.

Una vez más, Akane cogió el libro y se lo puso delante de los ojos.

—Umm… esas posiciones… creo que me suenan —dijo desde detrás del libro tras casi un minuto.

—¡Exactamente! —exclamó Ranma, asustando un poco a Akane, que bajó el libro —Creo que todas son posiciones de las escuelas legendarias que hemos estado estudiando Mousse, Shampoo y yo —Akane se puso una vez más el libro delante de los ojos, buscando el mejor ángulo para apreciar los dibujos grabados en la piedra, mientras Ranma seguía explicándose —. Los que tienen las manos en el pecho creo que representan la escuela del Dragón, mi escuela. Los que parecen que van corriendo son evidentemente de la escuela del Rayo, y por eliminación, el resto pertenecen a la escuela del Volcán.

—Pero Ranma… estos grabados tienen más de tres mil quinientos años. La mayor antigüedad que se le atribuye a las Nujiezu, dicho por la propia Cologne, son tres mil años. Las fechas no coinciden, Ranma —argumentó la joven.

—Sí… Es cierto —concedió Ranma tras unos instantes —. Pero aún así, cuanto más veo esos dibujos, más clara veo la similitud.

—Si lo que dices es cierto, Cologne nos ha mentido sobre la procedencia de las escuelas —dedujo Akane—. Tampoco nos debería extrañar tanto: ya nos ha escondido cosas antes.

—Pero Cologne… Hay algo, sea lo que sea, que la obliga a ser sincera esta vez —insistió el chico—. Recuerda que cuando le pregunté si había alguna manera de ayudarla, terminó siendo que aprendiese la escuela del Dragón. No es… ¿absurdo? Al principio creí que sentía que su hora estaba cerca o algo así, por lo que le ocurrió a su pueblo, y que quería transmitir los conocimientos de la aldea a la nueva generación. Pero desde lo de tus pesadillas…

—Hay algo más grande que lo que ocurrió en el pueblo de las Nujiezu —continuó—. Hay un ambiente… extraño, podrías decir, en todo Nerima. Me atrevo incluso a afirmar que en todo Japón. No sé decirte que es, pero sí sé que lo siento. El mundo entero está como aguantando la respiración, y una sensación de maldad parece flotar en el viento. Soplan vientos de tragedia.

Akane se le quedó mirando fijamente muy asombrada y Ranma se llevó una mano a la nuca, las mejillas al rojo vivo, y bajó la mirada.

—Lo siento… Sabes que no se me dan muy bien las palabras —se disculpó el chico.

—No, tranquilo, no pasa nada —respondió su prometida, todavía sorprendida por las poéticas últimas palabras de Ranma. Tras recuperarse de su asombro, se dirigió a su prometido —. Bueno, ¿vas a interrogar a Cologne o no?

—Sí, creo que sí —respondió levantando el rostro.

—Bueno, pues entonces tendré que acompañarte —declaró Akane fingiendo cansancio—. Al fin y al cabo, queremos sacar la verdad de Cologne, y contigo…

—¡Eh! ¿Crees qué será capaz de engañarme? —preguntó enfadado.

—Por supuesto —respondió tranquilamente, como aquel que dice lo obvio. Viendo la cara de enfado del chico, Akane continuó —. No te lo tomes a mal. Para algunas cosas puedes ser un desconsiderado, insultante, arrogante…

—Ya vale.

—…gallito, cobarde y mentiroso —enumeró —. Pero, para otras, puedes ser el mayor inocentón que yo haya conocido. Así que, mejor, voy contigo.

—De acuerdo —aceptó Ranma, aunque su tono dejaba ver que todavía estaba algo molesto —, pero te podías haber ahorrado todo lo demás.

—¡Oh…! ¿El gran Ranma Saotome se ha enfadado por unas palabras? —canturreó Akane con voz melodiosa —¿No eras tú el que decía que las palabras no son tan importantes?

—¡No estoy enfadado, marimacho! —respondió de malas pulgas, alzando la voz hasta casi un grito.

—¡Sí que lo estás! —insistió Akane haciendo caso omiso al débil insulto y hablando aún más alto para sobreponerse a la voz de su prometido.

—¡No lo estoy!

—¡Sí!

Mientras las carcajadas de la joven Tendô se perdían entre las constantes negativas de Ranma, Nodoka dejó por un momento de preparar el desayuno y se acercó a la ventana de la cocina, observando a través del límpido cristal como la discusión de los dos jóvenes se había convertido en una especia de corre que te pillo amoroso, una versión humana del ballet aéreo con el que se cortejaban los pájaros durante la primavera. Igual que en aquellas ocasiones, un enternecedor canto, el de los pájaros al amanecer, volaba por la escena inundando todo con su alegre tono.

—¡Ay, quién tuviera su energía! —dijo en un suspiro la madre de Ranma.

—Usted es todavía muy joven, tía Nodoka —le animó Kasumi desde al lado de los pucheros.

—Gracias Kasumi, eres demasiado amable, pero la verdad es que ya me estoy haciendo vieja —respondió Nodoka.

—Y cada vez me cuesta más “conectar” con mi hijo —pensó para sí la mujer al volver a ponerse con el desayuno—. Quiero preguntarle qué tal le han ido las cosas, saber qué es lo que hace y qué le preocupa, pero… Él ya no es un niño, sino un hombre hecho y derecho, y yo ya no debo interferir en su vida más allá de lo necesario ahora que sé que realmente es un hombre entre hombres. Ojalá… ojalá pudiera echar abajo estas normas tan viejas y arcaicas que han tomado posesión de mí hacer, de manera que pudiera terminar de aceptar a mi hijo tal y como es. Ojalá…


Ryôga Hibiki no era un hombre feliz. Tal estado de ánimo no era extraño al joven Hibiki. Sin embargo, nunca antes la tristeza se había mezclado con una confusión tan profunda como la que sentía en aquel momento, levantándose pesadamente del futón(1) que, por suerte, solamente él ocupaba. El día anterior había visto por la mañana a Mousse y Shampoo comportarse de la más extraña de las maneras, y por la tarde, había sido el turno de Ranma de comportarse extrañamente con los amazonas. Había compartido un par de bromas con Mousse sobre algo que él había sido incapaz de oír, aunque sí había podido escuchar la queja de Mousse sobre una hora de trabajo que Ranma le debía, y al escabullirse el aquel momento chica, Mousse no había intentado cobrarse la hora a golpes, lo que le resultaba algo más que extraño a Ryôga, teniendo en cuenta el más que débil respeto que habían llegado a sentir el uno por el otro la última vez que los había visto juntos.

Pero el cambio más importante era en relación con Shampoo, y luego con la vieja momia que era Cologne. De la primera ya no había abrazos comprometedores o intentos furtivos de robar un beso. En lugar de aquella pasión desenfrenada que caracterizaba a Shampoo, y empezaba a suponer que a todas las Nujiezu, ya nada había, tal vez una versión mucho más comedida y escondida. Y de Cologne, el cambio más fundamental, el que Ryôga veía como la parte visible del resto, era el cambio que había hecho de “futuro yerno” a “Ranma” a secas.

—No tengo mucha idea del porque… Supongo que la destrucción de su pueblo es la razón —se dijo para sí al dirigirse al baño del segundo piso para llevar a cabo el aseo diario —. Sin embargo, eso no explicaría el comportamiento de Ranma y Akane, aunque de Akane me puedo imaginar que, dada su dulzura y generosidad, la noticia le haya afectado. Ranma, por otro lado… Tengo entendido que lo ha pasado mal a la hora de reunirse con su madre, por lo poco que he oído de Akane, y, aunque me cueste reconocerlo, si está aprendiendo una escuela secreta, llena de técnicas secretas, va a ser casi imposible de vencer. Entre eso y lo que vi ayer, y si le conozco un poco, diría que algo ha pasado entre él y Akane. Cosa que, de todas maneras¡ya suponía! ¡Argh! ¡Akari, dame fuerzas para comprender que me pasa y poder ir hasta ti! Si no fuera por que quería observar a Akane y Ranma, ya me habría ido.

—De todas maneras —siguió pensando mientras, milagrosamente, tomaba el giro correcto y empezaba a bajar las escaleras que le conducirían al comedor —, a ver si en unos pocos días consigo descubrir eso que estoy buscando y puedo volver a la granja de Akari. Tendré que comprar algunos regalos nuevos…

En aquel momento, Mousse salió de la cocina llevando varios platos esparcidos por sus manos, antebrazos, hombros y cabeza. Con un par de hábiles movimientos, dejó todos los platos en la mesa a la que ya estaban sentadas Perfume y Shampoo justo enfrente de él y sobre la que se apoyaba Cologne a un lado. Desandando su camino, Mousse se internó una vez más en la cocina, sólo para volver instantes después con cinco vasos y varias bolsitas de palillos. Colocó los últimos detalles para hacer la mesa, se sentó al otro lado de las chicas, y todo el mundo empezó a servirse, proviniendo las primeras las palabras de agradecimiento por la comida de Ryôga.

—¡Oh, Airen! —exclamó Perfume un instante después, dando un salto, con silla y todo, por encima de la mesa y colocándose al lado de Ryôga —Debes comer muy bien para seguir tan fuerte, Airen. Ven y déjame ayudarte.

El resto apenas pudieron evitar las carcajadas al ver cómo Ryôga pasaba por todas las tonalidades del rojo debido a la vergüenza de ser dado de comer por una mujer y porque dicha mujer, como parecía ser norma en ella, se colocaba justo en la posición perfecta para que tuviera una perfecta visión de sus “armas de mujer”.

Excelente técnica de… “atrape visual”, si no recuerdo mal —comentó Shampoo al oído de su bisabuela bastante divertida.

Sin lugar a dudas —coincidió Cologne en el mismo tono—. No estoy segura, pero podría decir que es una digna rival para ti, bisnieta.

Bueno, bueno… Yo no diría tanto. Siempre fui la mejor en esa técnica, e incluso hice algunas mejoras.

Entonces, no me quiero ni imaginar lo que pasaría si Hibiki sufriera tu técnica —dijo riendo.

¡Quedaría inconsciente al momento! —supuso entre risas.

¿Qué estáis cuchicheando vosotras dos? —preguntó en murmullos Mousse desde un lado.

—Nada, nada… —respondió Cologne —Técnicas de chicas.

—Eso ser —corroboró Shampoo.

—¿No deberíamos salvar a Ryôga? Como no lo hagamos, al final va a salir corriendo, destrozando el local —ofreció Mousse como única voz de la razón en aquella mesa.

Mientras tanto, Ryôga había hecho lo posible por comer el solo, no parecer maleducado mientras miraba a todos los sitios menos a Perfume, pues mirar a la amazona significaría mirar algo que no debía, y contrarrestar los avances de Perfume hacia él, de manera que no la tuviera pegada al brazo para el fin del desayuno, todo eso entre risitas nerviosas y pensamientos que le ayudasen a relajarse, muchos pensamientos relajantes.

—¡Vamos Airen, di “Ahh”! —le pidió Perfume acercándole una gran bola de arroz con sus palillos.

—Tran-tranquila, Perfume. Puedo yo so-solo… —ofreció Ryôga tímidamente.

Cologne observó como, efectivamente, Ryôga parecía cada vez más preparado para hacer una rápida huida hacia la puerta, lo que les supondría un enorme boquete en la pared de al lado. Antes de que dijera nada, la figura de una persona pasando por delante de una de las ventanas del restaurante pasó por el rabillo de su ojo.

—Niños, parece que hoy los clientes van a llegar antes de lo esperado. Parece que por ahí viene el primero —y señaló con su bastón a la puerta.

En aquel preciso instante, Niambin Akagura, el dueño de la tienda donde Cologne había comprado toda la prensa, atravesó sudando y dando grandes bocanadas de aire para rellenar sus cansados pulmones, no habituados al trabajo físico, y al aumento de la cantidad de aire que era necesario procesar para tal cosa. Cuando finalmente recuperó el aliento, se enderezó lo máximo posible y, tras echar un rápido vistazo al local, varias veces más grande que el suyo, comenzó a hablar.

—Señora, se me había olvidado…

Sin embargo, no pudo decir qué se le había olvidado porque, como un rayo, Cologne saltó de mesa en mesa hasta estar casi sobre él, aprovechando para propinarle un bastonazo que le hiciera callar.

—Haz como que has venido a desayunar aquí —le ordenó entre dientes.

—Pero señora, yo tengo mi desayuno en la tienda… —respondió igual de bajo.

—¡Hazlo!

—¡Oh! ¡Qué hambre tengo! Supongo que ya está abierto, ¿no? —improvisó a voz de grito muy nervioso.

—Ya lo veis, niños —dijo Cologne girándose—. ¡A trabajar!

Sin embargo, Mousse y Shampoo, que habían sido capaces de discernir lo que se había dicho entre murmullos entre los dos adultos, seguían incrédulos en su asiento ante la escena, mientras que Ryôga y Perfume, cada uno demasiado ocupado estando atento del otro, apenas sí habían escuchado lo que había dicho Cologne, y esperaban a que se lo repitiera.

—¡Vamos, a preparar un desayuno! —al movimiento de su bastón, todos salieron disparados hacia la cocina, cada uno con su bol en la mano y terminando su desayuno a toda prisa. De hecho tan aprisa que Perfume saltó una mesa haciendo un mortal por encima sin derramar ni un solo grano de arroz de su bol, mientras que Shampoo los adelantó a todos al correr a una velocidad tal que creó una pequeña corriente de aire a su alrededor.

—¡Dios mío! —pensó Niambin —Pero esta gente… ¡No hay ni uno normal!

En apenas cinco minutos, el hombre tuvo delante un desayuno que, tras un primer tentativo bocado, tomó con gusto dado su excelente sabor. Al marcharse, le comunicó a Cologne que la había buscado hasta encontrar su local para entregarla una tarjetita de su negocio donde se detallaba la dirección, un teléfono de contacto y otras cosas de la misma índole, y para decirla también que, si estaba interesada en más prensa internacional, él podría conseguirla si supiese seguro que se la iba a comprar. Fue entonces cuando, al salir por la puerta iluminada por los rayos mañaneros del sol, Niambin casi se choca con un par de jóvenes que se dirigían en el silencio de los soñolientos al café.

—Ranma, Akane —les saludó Cologne con cordialidad —¡Venís pronto!

—Sí… —respondió Akane —Queríamos hablar con usted sobre… una cosa.

—Bueno, yo me voy —interrumpió Niambin mientras se inclinaba repetidamente.

—Sí, sí, ya puede marcharse —le despidió la Anciana Matriarca sin mucha atención.

Unos minutos después, con Ranma ya en su forma de chica y ataviado con el uniforme que Cologne le obligaba a llevar puesto, ella, Akane y la amazona se sentaron en la misma mesa donde un rato antes, los residentes del Cat Café habían desayunado.

—Y bien —empezó Cologne —, ¿qué es eso de lo que me queréis hablar?

—Verá, señora —fue Akane la primera en hablar —. Nos gustaría… que nos repitiera de dónde vienen las escuelas legendarias.

—Y eso, ¿por qué?

—Bueno… simple curiosidad —respondió Akane con falsa naturalidad.

Cologne les observó un momento con los ojos entornados, y Ranma y Akane se sintieron como si estuvieran bajo la potente intensidad de un foco que los marcara acusatoriamente. Aun así, lograron mantener su máscara de inocente curiosidad, y finalmente accedió con un asentimiento.

—Como ya os dije, las tres escuelas legendarias son un tesoro que se ha guardado en la aldea Nujiezu desde su construcción, lo que fue hace unos tres mil años. Son tan de nuestra aldea como nuestra propia diosa, Sylphé, pero eso no impidió que de alguna manera se perdieran durante gran parte de nuestra historia —explicó la Anciana lentamente.

—¿Y cómo es posible que tú dispongas de todos estos libros que nos has dejado, o incluso que conocieses los lemas fundamentales de cada una de ellas? —preguntó Ranma con su voz más grave, pero igual de decidida.

Cologne vio entonces los rostros decididos de las dos chicas frente a ella, y vio también los pésimos intentos de Shampoo y Mousse de escuchar su conversación pasando desapercibidos, y pensó: —¿Cómo podría deciros lo que yo sé sobre esas escuelas?

Mi antecesora tenía razón: “Estas escuelas encienden la curiosidad de las personas que oyen hablar de ellas, y pueden incluso llegar a cambiar la personalidad de aquel que las conoce, pues el ansia de poder es inherente al ser humano, y la capacidad de proporcionarlo es también inherente a estas escuelas.” —recitó la Anciana para sus adentros —Toda esta situación me recuerda a Ti-Er. Hace ya más de veinte años, poco después de haberla nombrado mi heredera honorífica, y unos cuatro antes de que naciera mi heredera carnal, la buena chica me preguntó lo mismo. Sin embargo, entonces yo no tenía la respuesta, para fortuna de ambas, pues si lo hubiera sabido, se lo hubiera dicho. Era ella la que guardaba en su mente, habiendo sido elegida por sus habilidades mentales, aquel maldito conocimiento, aunque por aquel entonces, no sabía que lo guardaba, como nunca supo que era. Fueron esas habilidades mentales, psíquicas, las que provocaron que fuera elegida como receptáculo del conocimiento más antiguo de la aldea, unas habilidades que, según me contó, habían compartido de manera más o menos igual todos los componentes de su tribu, una tribu legendaria de la que nosotras las Nujiezu apenas si teníamos conocimiento de las leyendas a las que se atribuía. De poco nos sirvió, sin embargo, descubrir que Ti-Er era originaria de esa tribu, pues según lo que me relató un día, años después de haber comenzado su entrenamiento, ella era la última superviviente de aquella aldea que había sido arrasada hasta los cimientos, quemada, incluso habiendo arrojado sal sus enemigos al suelo para que allí nada volviera a crecer. Nunca, además, llegamos a copiar sus relatos en un libro para tener una descripción de la antiquísima tribu, y ahora ya es tarde para pedir su colaboración. Ahora que lo pienso, supongo que estaría tan calmada ante la perspectiva de la muerte, hasta ver lo que se nos caía encima, porque ya una vez se había salvado de esa destrucción, de esa muerte física que, si por alguna razón, consigues evitar, se convierte en una muerte psíquica, anímica, aquella que la hizo ser siempre tan fría y práctica, la que le hizo sentir absoluta aberración por el pánico y una calma a veces frustrante ante todo lo que se le presentaba.

Miró una vez más a su alrededor, y de nuevo cayó en la intensa mirada a la que tanto Ranma como Akane la estaba sometiendo.

Y una vez más, aquí estoy, siendo interrogada sobre el origen de las escuelas más poderosas que haya conocido el ser humano, las escuelas que causaron el desastre, las escuelas que son al mismo tiempo cura y enfermedad de este mal que nos acecha. No puedo, ni debo… en realidad, no quiero decírselo todavía, por mucho que me avergüence decirlo, me he encariñado demasiado con todos ellos, y decírselo directamente me parece demasiado cruel. Sin embargo, su curiosidad debe ser saciada por el momento…

—Si no recuerdo mal, ya os dije que Perfume fue quién trajo gran parte del conocimiento que utilizamos durante el fin de semana para entrenar —respondió, finalmente, Cologne.

—Eso, en todo caso, explicaría los libros —continuó Akane —. Lo que es increíblemente extraño es que precisamente esas escuelas “perdidas” en la historia hayan aparecido justo aquí y ahora.

—Es como si su aparición estuviera conectada con algo mucho mayor —se dijo entonces Ranma como si se le hubiera revelado algo que no había sido capaz de ver antes —. Lo primero que se me viene a la mente es la destrucción de su pueblo. Pero las artes marciales siempre se han definido por ser un sistema de defensa personal, por lo que no puedo ver una relación. Por otro lado, podía imaginarme que tal vez Mousse tuviera razón, que al final lo que quisiese fuera dejar su legado, pero lo que hemos descubierto esta mañana Akane y yo hecha por tierra tal cosa. Las escuelas son mucho más viejas que ella e incluso más que su propia tribu, así que es imposible que fuera algo propio, algo de su propia cosecha. Si hubieran sido más técnicas amazonas, entonces sí, pero tal como está la cosa, esa opción queda descartada del todo. No sé…

En aquel preciso instante, un hombre de mediana edad y de aspecto corriente entró en el restaurante, dirigiéndose lentamente hacia una mesa del fondo al ver que todos los que trabajaban allí estaban reunidos en una mesa. Sin embargo, en cuanto Cologne le vio, empezó a lanzar órdenes por doquier:

—Bueno, el día ya ha empezado —dijo cambiando totalmente de tono y poniéndose en pie sobre la mesa —. Ranma y Shampoo, os ocupareis de las mesas. Mousse, Perfume y yo nos rotaremos para cocinar y fregar.

—¿Y yo? —intervino Akane llena de esperanza —¡Yo puedo cocinar también!

El hombre no pudo entender porque cuando la bonita chica se ofreció a ayudar a la hora de preparar comida, lo que pensó no haría más que aumentar la variedad de excelentes platos en aquel restaurante, pues alguien tan guapa no podía preparar sino una comida celestial, el resto de sus compañeros perdieron el color y una indecible aura de derrota y tristeza se apoderó de ellos. Realmente le resultó muy extraño.

—Er… Mejor que tú y Ryôga vayáis a entrenar a la parte de atrás —decidió Cologne.

—¡Oh! ¡Qué bien! —se alegró la joven —¡Entrenamiento!

Entonces Cologne se acercó a Akane y, señalándole que quería hablar con ella en privado, se fueron al lado del comedor contrario a donde el hombre seguía pacientemente sentado, y a suficiente distancia de Ryôga y los otros, estos últimos dirigiendo ya al joven hacia la puerta correcta.

—Akane Tendô, el fin de semana estuviste mejorando algunas de tus habilidades básicas —dijo en tono normal la Anciana —. No puedes esperar grandes progresos en tan poco tiempo, así que pídele a Hibiki que siga desde donde yo lo dejé.

—De esta manera, podré mantener a Ryôga aquí con una buena razón —pensó Cologne para sí.

—Pero por aquí no hay ningún tronco —observó la joven.

—No pasa nada, seguro que a él se le ocurre algo —respondió con una media sonrisa. Entonces, bajo el volumen de su voz hasta hacerla casi un susurro —. ¡Ah! Y hazme un favor: no dejes que se te pierda por ahí. No estaría bien que te quedaras sin profesor en medio del entrenamiento. Piensa en ello como… un entrenamiento extra.

—¿De qué tipo?

—¿Evitar que el joven Hibiki no se pierda? —preguntó alzando de nuevo la voz —Dejémoslo en que es una proeza enorme.

—Tampoco será para tanto, ¿no? —defendió Akane.

—Como conseguir que tu comida sea comestible —contestó Cologne más para sí que para el exterior.

—¿Perdón? ¿Ha dicho algo?

—No, nada —se apresuró a mentir la Anciana —Tú simplemente procura que no se pierda, como si fuera un entrenamiento que te he impuesto.

—De acuerdo —aceptó Akane gravemente.

De aquella manera, Cologne la envió por fin al solar que había detrás del restaurante, mientras ella y los demás empezaban a recibir a los clientes mañaneros que llegaban para tomar un buen desayuno chino.


Antes de salir, sin embargo, Akane cruzó una significativa mirada con Ranma, y entonces recordó, o más bien, le vino a la mente de nuevo un hecho muy importante con relación a Ryôga que había descubierto poco tiempo atrás.

—¡Es verdad! —pensó —Yo… le gusto a Ryôga. Pero… pero realmente no sé cómo tomarme eso. Quiero decir, jamás he visto a Ryôga como algo más que un amigo. Es amable, sincero, honesto, formal, respetuoso… Es alguien en quién se puede confiar. Y yo le gusto. Es un poco egoísta, pero el hecho de que gusto a alguien más que Ranma, así como para llegar a enamorar… ¡Guau! Es una sensación muy agradable, toda esta confianza. Pero, ¡no debería sentirme así! ¿Qué va a pasar cuando se dé cuenta que Ranma y yo hemos alcanzado por fin la fase de novios? Por otro lado, si a Perfume le gusta… Pero, ¿y qué pasa con Akari? ¡Dios, siempre se me olvida la pobre la chica! Y eso que Akari me cae muy bien, pero nunca me acuerdo de ella. Y, sinceramente, entre ella y esa maleducada amazona, Ryôga se merece alguien que le quiera por lo que es, no por lo que pueda representar según unas leyes arcaicas. Y además, creo que hacen una gran pareja. De hecho, después de todo lo que han pasado, creo que deberían acabar juntos. No sé, tal vez, con un poco de ayuda extra… —justo entonces se encontró con el joven dichoso en el pasillo cuya única salida era la puerta que tenía en el fondo tras doblar una esquina y que se abría al descampado que había detrás del Cat Café. Y aunque el pasillo era así de sencillo, Ryôga estaba perdido.

—Ryôga —le llamó la chica, haciendo que se girara y dejara de mirar a la pared como si fuera algo que no debía estar allí —, ¿vamos a entrenar?

—Sí, claro —aceptó el chico nervioso.

—Vamos, Ryôga Hibiki, tranquilo —se dijo a sí mismo el chico mientras salían del edificio y, tras doblar la esquina donde descansaban a la sombra los dos grandes cubos de la basura que utilizaba el restaurante, llegaban por fin hasta el centro del descampado donde iban a entrenar, vacío a excepción de un par de árboles en las lindes de aquel lugar y unos pocos cilindros de hormigón amontonados a un lado que pertenecían a la obra que nunca llegó a hacerse en aquel lugar —. Se te ha presentado una gran oportunidad. Vas a poder hablar con Akane tranquilamente, así que puedes preguntarle a ver que tal le ha ido últimamente, y así, tal vez, descubrir eso que busco. Akane es una chica amable, sincera, hermosa y pura. Es imposible que te mienta ni nada por el estilo, así que lo único que tienes que hacer es escuchar con atención lo que te diga. Simplemente, actúa con naturalidad.

—Akane —empezó el chico más calmado —, ¿qué tal han ido las cosas?

—No debo decirle nada sobre Ranma —pensó Akane a modo de recordatorio final. Entonces respondió: —Bueno, nada especial Ryôga. Ya sabes, lo de siempre.

—¡Qué raro! —pensó éste —Normalmente siempre me decía algo de Ranma. Ya fuera que había estado entrenando, que la había vuelto a hacer rabiar, que le había pasado esto o aquello… Es cómo… Cómo si no estuviera hablando de él a propósito. Vale, creo que esto confirma el hecho de que entre Akane y Ranma está ocurriendo algo. Esto no se me da muy bien, pero veamos que pasa si yo…

—¿Y Ranma? Si no recuerdo mal, la última vez que nos vimos me dijiste que tenía un problema muy grande con su madre.

—Er… Sí, sí, el problema del seppuku(2) —respondió rápidamente ella —. Ese tonto casi consigue quedarse sin cabeza demasiadas veces para mí gusto. Al final consiguió reunirse con ella como dios manda, así, ya te puedes imaginar, “a la Saotome”: después de haberlo estropeado hasta más no poder, se encontraron de una manera espectacular y todo eso. Pero, ahora que me preguntas esto, ¿tú qué tal con tu novia Akari? ¿Cómo os va?

Aquellas últimas preguntas volaron lentamente por el aire como hojas secas movidas a merced del viento. Y como tales, fueron a caer en el peor sitio posible: los oídos de una amazona de pelo verde que rápidamente estaba perdiendo el respeto a la autoridad de su Matriarca.

Dicha amazona, agradecida de poder aplazar el tedioso trabajo que la esperaba en la cocina, había salido a dejar las grandes bolsas de basura que ya desde la mañana producía el Cat Café y, de paso, poder ver, y con un poco de suerte también abrazar, a su queridísimo Ryôga. Sin embargo, las mismas palabras que tan inocentemente salieron de la boca de Akane abofetearon a Perfume, dejándola en un estado de tal impresión que por un momento mantuvo la bolsa de basura a unos centímetros sobre el cubo sin moverla. Pero no tardo en espabilarse, pues más palabras llegaban mecidas por la suave brisa hasta su escondida posición, por lo que dejó sin hacer ruido la bolsa en el suelo y escuchó.

—¿Akari? —escuchó a Ryôga repetir con un tono increíblemente suave —Er… Después de aquel…

—Fiasco —suplió la chica japonesa con algo parecido a tristeza.

—Er… Sí, después de aquello, me dirigí de nuevo a su gimanasio de entrenamiento de cerdos-sumo en Okinawa…

—¿No estaba cerca de Kyoto?(2) —interrumpió la chica.

—Hum… Tal vez por eso me cuesta tanto encontrarla… —comentó más para sí mismo que para el resto del mundo —Bueno, en todo caso, la cosa es que me puse en camino y en cosa de unas semanas logré llegar. Le conté todo lo que había pasado, como… —hizo una pausa, al parecer pensando en qué era lo siguiente que iba a decir, y continuó —Como habíamos ido a China, la pelea que allí tuvimos, la vuelta… No sé, jamás vi tanta preocupación en su cara.

—Eso es porque te quiere, Ryôga —aclaró la joven como si estuviera diciendo algo marcadamente obvio.

—Bueno… luego —pausa muy profunda — me volví a perder. Unas semanas después nos encontramos aquel día delante del Cat Café.

—Sí… Recuerdo aquella pelea —corroboró la joven con una extraña mezcla de pena y alegría.

—Esto… bueno, después he estado viajando, ¿sabes? No exactamente perdido. He estado buscando algo, aunque no sabía muy bien lo que era. No puedo decirte mucho porque ni siquiera yo sé muy bien lo que busco, así que…

—Ah, de acuerdo.

—Bueno, ¿empezamos el entrenamiento?

—¡Sí, empecemos! —respondió entusiasmada. Sin embargo, las siguientes palabras llegaron con un tono de preocupación —Pero, aquí yo no veo ningún tronco.

—¿Un tronco? Ah… Me imagino el entrenamiento que estabas siguiendo. Veamos…

Fue entonces cuando, con extremo cuidado, la amazona asomó su cabeza por la esquina. Ryôga examinaba el descampado en busca de algo y Akane lo imitaba, aunque podía leerse en su cuerpo que no sabía qué era lo que estaba buscando. Finalmente, la mirada del chico se posó sobre los cilindros de hormigón atacados por el tiempo y, señalándolos, dijo:

—¡Ahí está! Con eso puedes practicar el equilibrio. Voy a por uno.

Y, sin hacer caso al hecho de que aquellos cilindros podían pesar más de media tonelada, Ryôga cogió el que había más arriba y, sin mucha dificultad, se lo llevó hasta donde estaba Akane y lo dejó allí.

—Ale, arriba —le ordenó Ryôga.

Para entonces Perfume volvió a esconderse tras la esquina y se apoyó en la pared, por la que fue resbalando lentamente hasta quedar sentada en el suelo.

Ryôga… Airen —pensó —. Ni siquiera ha mencionado que antes de llegar a este lugar nos encontramos, y que incluso estuvimos viajando dos días juntos. No ha dicho absolutamente nada… Y, ¿quién es esa “Akari”? Jamás había oído ese nombre. Aunque sí recuerdo que cuando estuvimos en aquel bosque, Cologne me dijo que Airen tenía “problemas amorosos propios”. ¿Tal vez se refería a que ya tenía una mujer…? ¡Pero eso no puede ser! Ryôga Hibiki es el hombre enviado por la diosa para mí, para que me ayude de una manera que ningún otro puede hacerlo. Para que esté a mi lado y para apoyarme en todo, como un buen macho al que querer. Ryôga es para mí y para nadie más. Estas japonesas lo único que saben hacer es interferir en lo que una Nujiezu debe hacer. ¡Sólo sirven para eso!

Debo hacer algo —continuó pensando la amazona —. Cologne no me será de ayuda, pues parece que ahora aprueba las costumbres de los japoneses por encima de las nuestras. Aún así, debo hacer algo… drástico. Algo que le obligue… que le muestre lo bien que estará conmigo incluso por las leyes de este país. Hum… Creo recordar que Shampoo tiene una copia de nuestras leyes. Tal vez, revisándolas se me ocurra alguna buena idea sobre cómo llevar a cabo esto. Sí, estoy segura que en nuestras sagradas leyes encontraré la respuesta que busco.

Y con esos pensamientos, Perfume desandó el camino que había hecho y se adentró en el edificio, haciendo una parada por la habitación de Shampoo, de donde tomó el libro de sus leyes con traducción al japonés que resultaba ser una de las últimas ediciones que se habían escrito, y finalmente llegando a la cocina, donde un pequeño montón de platos la esperaban ya para ser fregados.

Mientras en el solar abandonado, Akane no terminaba de empezar el entrenamiento bajo la tutela del chico perdido.

—Pero —dijo ella mirando alternativamente al que debía ser su objeto de práctica y a Ryôga —, no me he traído el traje de entrenamiento.

—Uh… Akane —respondió Ryôga con tono comprensivo —, me parece que hay un par de cosas que realmente nunca entendiste sobre las peleas que teníamos Ranma, Mousse, el resto y yo.

—¿Y cuáles son?

—Pues de primeras, no se tiene ropa especial para pelear, se tiene ropa especial para no pelear…


(1) “Futón” es la cama típica japonesa. Un pequeño colchón de unos centímetros, unas mantas, se pone en el suelo… Si no os suena, una visita a la Wikipedia depejará todas las dudas.

(2) Que yo sepa, nunca se dice el lugar exacto en el que se encuentra el gimnasio de la familia de Akari, así que simplemente me inventé un lugar y el sentido de la orientación de Ryôga hizo el resto.

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