Cap. 15 de S.A. original

Las repercusiones de un deseo cumplido siempre son más complicadas de lo que parecen. Y conocer a aquel que amas puede ser una muestra de amor en sí mismo, o un paso en falso que costará reconocer.

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¿…el nombre de mi amor, o…?

—Así— es chino y “asa” es el sonido de una TV, radio…

La noche del lunes era cálida, húmeda y triste. Triste para una chica de cabellos dorados que trataba de controlar su respiración y borrar las huellas de las lágrimas que unos minutos atrás habían recorrido su cara, creando ríos de luz lunar, lechosa y fría, por su bella y sedosa tez. Ni el rojo de sus mejillas ni su desesperado frote eran capaces de disimular la marca salada de las lágrimas que sus ojos de rubí y esmeralda habían dejado escapar como si de pequeños diamantes se tratara.

Kaiko, que así se llamaba la chica en cuestión, trató una vez más de enjuagarse las lágrimas con el agua cristalina del riachuelo que corría no muy lejos del campamento donde ella y los demás dormían cuando llegaba el ocaso y el sol se retiraba a su descanso periódico, y sus huesos apenas podían aguantarla y sus músculos se quejaban a cada paso que daba. Por fin consiguió controlar sus hipados, así como hacer desaparecer hasta la última marca que las lágrimas habían dejado en su cara, y, lo más dignamente que pudo, se irguió y se dirigió hacia el campamento, dejando atrás el murmullo del agua mientras corría con tranquilidad por el riachuelo que le sirviese para ocultar su tristeza.

—Es lo normal —se dijo a sí misma—. Siempre te pasa lo mismo, ¿es qué no te das cuenta? Ya te han vuelto a robar el novio… Te duran menos que el agua en una cesta. Esa dichosa amazona… Akane tiene razón sobre ellas: son unas… unas frescas y unas pasotas de cuidado. Maldita sea. ¡Maldita, maldita y maldita sea mi mala suerte! Ahora que había encontrado a alguien con quién conectaba… Alguien… especial. Como yo, pero distinto… Pero tengo que ser fuerte. Es lo que Mousse siempre había querido, así que debo estar contenta por él, ya que esa arpía por fin se ha dado cuenta de lo que vale. Pero… ¡es una arpía! ¿Qué pasará cuando se canse de él? ¿Volverá a romperle el corazón? ¿Y qué debo hacer yo? No pienso seguir entrenando con esa vieja momia reseca. No. Ni quiero ni puedo. Sería demasiado para mí, verles juntos, sabiendo que esa fur…fresca de pelo morado, que a quién se le ocurre teñirse el pelo de ese color, que esa tipeja le utilizará y lo tirará como a un pañuelo de usar y tirar.

Asintió, tratando de guardar y recordar las conclusiones y propósitos que se había hecho, mientras andaba lentamente a través del espeso follaje que rodeaba el campamento donde estaba instalada. Atravesando la verde barrera, se encontró a los pocos componentes de la tribu Nujiezu que allí estaban, Cologne y Perfume, la primera atendiendo la comida y la segunda pegada al chico que salió al mediodía de la tierra llamado Ryôga, además de Ranma y Akane también cerca del fuego, el chico al parecer tratando de instruir a su prometida en algún tema de la cocina, pues se levantaba una y otra vez para señalar una de las cazuelas más pequeñas que estaba un poco apartada del resto.

Sin embargo, lo único que realmente vio Kaiko fue a las dos mujeres chinas, la una, antinaturalmente vieja, extinta como la tribu de la que se proclamaba jefa, siempre haciendo planes como los antiguos males de fábula o las brujas de cuento pero cien mil veces más letal, cubierta por un manto de amabilidad, senilidad y quejumbre, trazado con mentiras y remedado de malas artes, trabajando con otra agenda oculta de la que nada decía, pero que ella creía poder percibir en esta o aquella acción antes de la cuál la vieja miraba para uno y otro lado con ojos cansados pero sagaces, atenta a no ser descubierta, y la segunda, exuberante modelo de belleza antigua que había desechado las normas de conducta y la moralidad necesaria en una sociedad civilizada para dejar paso a la vida dominada y dominante por las armas de seducción que cada una poseía, envolviendo al pobre chico y tratando de camelarle con una atención que debía ser falsa, con unas miradas llenas de una devoción fingida, con una maestría que sólo podía conseguirse a través de años de mentiras y juegos, rompiendo la esperanza de incontables hombre y atravesando su corazón partido con unas últimas palabras, por fin verdaderas, crueles y el baile de sus caderas alejándose.

Se guardó, sin embargo, todo lo que sentía en su interior por la promesa que se había hecho de mantenerse igual para Mousse, tratando de recordar la despreocupación y comodidad que había ido sintiendo cerca de las amazonas hasta que unos minutos antes hubiera descubierto a Shampoo echándose encima de Mousse. Con la máscara firmemente colocada, Kaiko se dirigió, tras anunciarse y recibir los saludos de los congregados, hacía la cena que estaba siendo preparada, y se entretuvo cocinando, tratando de olvidar la tremenda herida que se abría otra vez en su alma, y en la que pequeños granos de sal parecían ir cayendo al tiempo que añadía los pequeños granos salados a la cazuela de la que se hizo cargo.

—Aunque lo intente —pensó Cologne mientras la chica de rubios cabellos se sentaba delante de una cazuela, y tras probar su contenido, añadía unos granos de sal—, no puede ocultármelo. ¿Qué demonios he hecho ahora para que vuelva a odiar a nuestro pueblo en esa enorme magnitud? Parece que ha llorado… Eso no puede ser señal de nada bueno. Los sentimientos de los jóvenes son tan volátiles… ¿Qué habrá pasado? No estoy segura, pero tengo que vigilar a esos dos chiquillos para que todo vaya bien. No quiero herir a mi bisnieta, pero dudo… dudo que lo que quería fuera lo mejor para todos. Mousse ya se ha encontrado novia, y está bien como está, por fin madurando hacia lo que tenía que haber sido ya tiempo atrás.

Pero por mucho que se devanaba los sesos, Cologne fue incapaz de sacar una razón por la que Kaiko había vuelto a esa actitud huraña hacia las Nujiezu, además del disgusto natural que les tenía por norma general. Reconoció que la manera que le había devuelto las ganas de enseñar durante ese bajón durante la mañana había parecido ser el paso adelante que necesitaban ambas partes, pero al parecer, no había sido sino una excepción en el trato que pensaba dispensarles mientras estuvieran conviviendo, cosa que apenaba y enojaba al mismo tiempo a la Matriarca, ya que había unas cuantas ceremonias amazonas que no pensaba permitir que se obviasen cuando la chica y Mousse decidieran casarse. Aunque eso era algo que estaba en un futuro incierto, y por tanto merecedoras de menos atención que el presente.

No se enteró, como el resto del grupo excepto Kaiko, cuando la pareja china apareció, una tras otro, a través de la barrera natural de arbustos haciendo el mínimo ruido y teniendo cuidado de no ser vistos. Rápidamente, se acercaron a las tiendas, parapetándose detrás de la más grande, tras lo cual Shampoo salió y se dirigió hacia el fuego bajo miradas furtivas y llenas de odio de Kaiko que no pudo apreciar, anunciándose al llegar a la altura del grupo. Y con la atención del grupo puesta en ella, Mousse dio un pequeño rodeo alrededor de las tiendas, apareciendo por el lado opuesto a Shampoo, de manera que nadie en el grupo pudo hacer ninguna conexión entre la llegada de la chica y del chico, con la excepción de la jefa del Takahashi’s, que como se había prometido mantenerse callada, nada comentó.

Por tanto, la cena llegó y pasó sin nada más especial que las miradas ocultas de la joven chica de cabellos dorados enamorada, muy a pesar suyo, del chico chino que al mismo tiempo trataba de no pensar en lo que había pasado unos minutos antes, cuando por fin había alcanzado uno de sus sueños, el sueño que tenía pelo lavanda y había crecido con él.

—Bien —empezó de repente Cologne, poniéndose en pie y mirando a todos—, ahora que hemos terminado, recojamos y volvamos a casa.

—¿No podemos esperar a mañana? —preguntó Ranma, todavía dando buena cuenta de la comida del plato que Akane le había dado—Estamos muy cansados…

—Ya vamos con retraso —le cortó—. Se supone que íbamos a volver esta tarde. No quiero perder otra mañana más de trabajo, así que nos volvemos ahora.

Dado el tono con el que Cologne dijo lo último, a todo el mundo le quedó claro que no iba a cambiar de opinión, por lo que empezaron a recoger la mesa, las tiendas y todo lo que habían utilizado mientras habían estado en el bosque. En apenas media hora, cuando las agujas del reloj de Akane marcaban las diez, el único rastro que había de su campamento era el lugar donde había estado el fuego, entonces apagado, que les había dado luz y calor durante todo el fin de semana.

—¿Ya estamos todos? —preguntó Cologne al grupo de cansados jóvenes—¿Ya está todo? ¿Has atado bien a Ryôga, Perfume?

Efectivamente, Perfume, bajo recomendación de la Matriarca y también por idea propia, había atado su cintura a la del chico perdido con una cuerda, a modo de esposas gigantes. Por supuesto, tal cosa no había hecho ni pizca de gracia a Ryôga, que aunque sabía ya de sobre su pequeño “problema” en el tema de navegación, todavía no le sentaba nada bien que se lo recordasen, y menos cuando Ranma se había estado riendo tan fuerte como había podido mientras le habían atado, e incluso entonces, cuando estaban a punto de partir, continuaba riéndose a pesar de la mala cara que había puesto Akane y la creciente ira de Ryôga.

—¡Ranma, deja de reírte! —ordenó Ryôga hecho una furia.

—Ranma, haz el favor… —pidió Akane en tono de súplica casi a su oído.

Al escuchar a su prometida, Ranma se giró hacia ella y, durante un segundo, sus miradas se encontraron. Luego volvió a girarse y se quedó callado, parando sus carcajadas y poniéndose serio.

Ryôga no pudo salir de su asombro al ver a Ranma ser un poco considerado por una vez y dejar de reírse de él, por lo que ni siquiera notó cuando el grupo se puso en marcha y él se puso a caminar tirado de la cuerda que lo rodeaba por la cintura. Estaba demasiado impresionado, tratando de procesar el hecho de que Ranma… se había comportado como una persona amable. Algo había que no le cuadraba al joven Hibiki en la demostración de la nueva y mejorada actitud de su mayor enemigo, pero era incapaz de verlo, de conocerlo y poder echárselo en cara, lo que no le impedía seguir buscándolo incluso cuando andaba de vuelta a Nerima, el distrito donde Akane-san vivía.

Lo único que sabía era que, tal vez, fuera la respuesta que andaba buscando.


Atravesaron el bosque bajo los ocasionales rayos de la luna que colgaba alta en el cielo, rodeada a media distancia por las titilantes estrellas del firmamento nocturno, quietos y preciosos diamantes colocados en un tapiz de sedosa oscuridad, manchado por una lechosa banda de luz que lo recorría de lado a lado como rasgándolo y dejando entrever lo que había más allá de la capa de la realidad.

Al llegar a la ciudad, sin embargo, tan sólo la luna se mantuvo firme en la bóveda celeste, desapareciendo tanto las estrellas como la Vía Láctea atacadas por el brillo eléctrico de la ciudad, que se alzaba hacia el firmamento, engullendo la oscuridad natural que debía reinar y reemplazándola por un brillo anaranjado y difuso que marcaba el lugar donde la ciudad se levantaba a varios kilómetros a la redonda. Las farolas iluminaban como con chorros de luz las calles por las que el grupo pasaba en silencio, cada uno pensando en sus cosas, demasiado absortos como para atender a otra cosa que sus fugaces y embarullados pensamientos.

Pronto, el Takahashi’s apareció a la vista de todos, iluminado tenuemente por el cartel luminoso donde se anunciaba su nombre. Tras unas palabras a Mousse en voz baja, Kaiko se dirigió, apenas despidiéndose de los demás, hacia su restaurante con paso rápido y firme, como queriendo llegar lo antes posible sin parecer maleducada. Todos, incluso Cologne aunque no lo reconociera, estaban demasiado cansados como para hacer otra cosa que no fuera despedir desganadamente a la chica, así que, en el momento en que ésta cerró la puerta del edificio tras ella, se pusieron de nuevo en marcha, esperando llegar lo más pronto posible a la calidez de sus respectivas habitaciones y sus respectivas camas.

El resto de la vuelta fue lenta pero constante bajo la luz eléctrica de las farolas. Cuando un gran reloj electrónico dibujaba los números correspondientes a las dos de la mañana en punto, situado en la calle principal que llevaba derecha al Cat Café y, mediante una desviación a la izquierda al dojo Tendô, el grupo se encontró dividiéndose en dos, por una parte Ranma y Akane, y por otra los amazonas y Ryôga, aunque éste último no parecía muy ilusionado con la idea.

—¡Yo soy un solitario! —repetía una y otra vez cuando Perfume le invitaba a quedarse en el Cat Café.

—¡Venga, Ryôga-kun! —le animó Akane, ganándose una mirada de incredulidad por parte de Ranma—¿No sería bueno pasar algo de tiempo en una casa? Como llevas tanto tiempo de viaje…

—¡Eso! —interrumpió Perfume haciendo caso omiso de la mirada de molestia de Akane—Debes estar cansado de estar en soledad. ¡Quédate un poco en el Cat Café!

—Parece que has hecho buenas migas con Perfume —siguió Akane, tras lo que añadió con tono de incredulidad y molestia—, aunque no sé cómo…

—Me parece que ésa es la razón por la que quiere marcharse… —susurró Ranma al oído de su prometida con toque burlón.

—No sé —se resistió Ryôga—. No estoy muy seguro…

—¡Ven de una vez! —le ordenó Cologne, uniéndose a la conversación—No queremos que te pierdas, y la única manera es tenerte constantemente vigilado.

El comentario de Cologne consiguió cohibir a Ryôga hasta la obediencia, finalizando la discusión que había amenazado en levantar un buen dolor de cabeza a la Anciana Amazona.

De aquella manera, los dos grupos se separaron, deseándose buenas noches y despidiéndose tan cansados que apenas sí podían levantar los brazos para despedirse.

El camino al dojo Tendô transcurrió en un silencio un tanto incómodo por las miradas de extrañeza que Ranma lanzaba a su acompañante disimuladamente. Por desgracia para su intento de disimular, Akane no tenía otra cosa en la que fijarse que él.

—¿Por qué me miras así? —inquirió molesta cuando no pudo aguantarse más, habiendo llegado a la parcela donde se levantaba su casa y a punto de abrir el portón de madera con cuidado para que no chirriase.

—¿Por qué… por qué has animado a Ryôga a que se quedara con las… con Perfume? —preguntó Ranma corrigiéndose un par de veces.

—¡Ah, eso! —soltó Akane más tranquila— Es fácil, Ranma. Si Ryôga está con Perfume, es muy poco probable que aparezca por aquí, por lo que es más difícil que descubra lo nuestro —explicó despacio, como si se lo estuviera explicando a un niño pequeño—. Y además, por alguna razón que se me escapa, parece ser que realmente le gusta a Perfume, y si sé algo de las amazonas, es que son realmente insistentes, así que, hay posibilidades de que algo pase.

—Vale, ya entiendo —aceptó Ranma, acompañando su respuesta de un asentimiento—, pero me parece que se te olvida algo, Akane.

—¿Ah, sí? —respondió desafiante—¿Y qué es?

—Akari Unryû —respondió simplemente Ranma.

Y, tras un momento, Akane abrió los ojos al máximo y se puso la mano en su boca abierta, añadiendo un “¡Aiyá!” del que Shampoo hubiera estado orgullosa.


Apenas se había acicalado lo suficiente el sol como para asomar tímidamente parte de su dorado disco por el horizonte de Nerima cuando la ciudad se puso en movimiento. Ya los primeros hombre de oficina se ponían al volante de su vehículo para desplazarse al trabajo, ojeras mañaneras marcadas en sus ojos y sus aún más soñolientas mujeres despidiéndoles por la ventana, ya los pájaros piaban y revoloteaban de rama en rama ahogando momentáneamente el ruido de la ciudad en creciente despertar, revolviendo el rocío que todavía perduraba en aquellas tardías horas para la noche, pero tempranas para la mañana.

Perfume apenas podía percibir la luz del sol atravesar, junto con el distante cantar de los pájaros, la empañada superficie de la ventana de la habitación que le había sido asignada al llegar a Nerima. De normal, el hecho de estar en una ciudad, aunque no le molestaba del todo, pues sabía ver la increíble belleza en la complejidad del laberinto de acero y cemento, sí que era capaz de ponerla un poco irascible, pues, a pesar de todo, era una amazona en el corazón, y la naturaleza era el único hogar que ella podía ver como digno.

Sin embargo, aquella mañana de martes, el hecho de estar dentro de cuatro paredes de cemento y ladrillo no era capaz de arruinar su felicidad. Se mantenía allí, con los ojos abiertos como rendijas, medio pegados por las legañas, agarrada a la almohada con la que había despertado en posición vertical, disfrutando del calor que los vidriosos rayos de luz solar le proporcionaban en la cara y del calor acumulado en la cama, tratando de discernir sin ninguna prisa ni verdadera intención las gotas de agua condensada que bajaban por la ventana.

Aquella mañana, para calmada y alegre sorpresa suya, Perfume no podía sentirse más serena y descansada. Era uno de esos preciados momentos en los que podía sentirse en calma, segura y cómoda. También sabía que no duraría mucho, pero no permitió que el pensamiento de que aquel inmejorable momento fuera a acabar, justo como lo habían hecho todos los demás, la amargara ni un solo segundo de aquella magnífica sensación.

Se recolocó, pegándose aún más si era posible a la almohada, cuando notó algo extraño. La almohada no era tan blanda como le había parecido en un principio y, en un eterno movimiento, giró su cabeza para descubrir, mal enfocado, al chico llamado Ryôga Hibiki.

Se dio la vuelta y siguió disfrutando de los rayos de sol.

Al fin y al cabo—pensó en su chino natal, no dispuesta a utilizar la lengua de los japoneses nada más de lo necesario—, él es mi airen. No hay nada de malo en que durmamos juntos. Ahora, si consiguiese recordar como he llegado hasta aquí… Aunque no me quejo, ciertamente.

Dándose la vuelta una vez más, se quitó las legañas como pudo, sin hacer ruido y apenas movimiento para no despertar al joven Hibiki, y fijó su nuevamente definida mirada en el joven tumbado junto a ella.

No, no me quejo… —continuó mentalmente—Despertándome al lado de mi airen en una mañana tan tranquila y acogedora. Con mi enormemente fuerte, resistente y tenaz futuro esposo. Tenaz. Recuerdo que vi exactamente eso en ése que ahora sé es un desgraciado desagradecido e inútil, en esa escoria maldita de Mu-Tzu. ¡Cómo lo admiraba cuando se dirigía una y otra vez con los ojos cerrados de aquí para allá intentando alcanzar su sueño, solamente para caer y, para una vez más, levantarse! El pobre iluso nunca vio la inutilidad de todo ello, y su estupidez, unida a su ceguera, nunca le dejó ver lo que tenía delante de las narices. A pesar de todo, y aunque fuera una causa perdida, hay que reconocerle esa incansable tenacidad, aunque nunca fuese puesta a buen provecho.

Sin embargo —finalmente levantándose, sigilosa como un depredador que acechara a su presa, caminó hasta colocarse frente a la forma dormida de Ryôga, de manera que podía ver con toda claridad el rostro sereno del chico, con las puntas de sus incisivos superiores asomando mínimamente sobre sus labios. Notó como su pelo verde estaba totalmente desordenado, y que su pijama, que era una versión muy suelta de su traje normal, estaba medio descolocado, dejando uno de sus hombros al descubierto y, también, mostrando bastante más de uno de sus senos de lo que era decente. Sin embargo, estaba demasiado absorta en sus pensamientos como para dedicarse a arreglarse y adecentarse, ya que lo único que hizo fue sentarse justo al lado de donde la cabeza del chico descansaba—, no sé… —continuó pensando—No sé. Esto es… confuso. No entiendo que está pasando. En un momento estoy huyendo del pueblo, y al siguiente estoy en ese barco de mercancías con destino a Japón. Me encuentro con Ryôga, y… Y se comporta de una manera… Jamás nadie se había comportado así conmigo. Pero, ¿qué estoy diciendo? ¡Parezco una de esas patéticas colegialas enamoradas! No. De acuerdo, es cierto: Ryôga es mi airen. Es un chico… Es lo que un marido debe ser. No necesita mucha explicación. Pero, es totalmente diferente a todo lo que había sentido hasta ahora. Es terrible, confusa y absolutamente distinto de cualquier otra cosa que había sentido hasta ahora. No hay nada que se le parezca en la lucha, y tampoco en las tradiciones. Sé, siento, que moriría por él y mataría por él también, y porque todo el mundo fuese como él y le tratara tan bien como él me trató a mí.

Bueno, sólo una cosa se pareció a esto —se corrigió mentalmente haciendo memoria—. Pero, lo que sentí en aquella ocasión… No, no se parece en nada a lo que estoy sintiendo ahora. Así que, me pregunto cuál demonios de las dos es amor. Antes pensaba que, aquella vez, realmente había alcanzado el gran sentimiento, aquello por lo que tantas habían vivido y muerto. Pero ahora, tras tanto tiempo…

Sin embargo, Perfume pudo ver como, lentamente, los párpados del chico que tanto le estaba trayendo de cabeza empezaban a moverse, intentando con muchas dificultades dejar los ojos marrones que protegían descubiertos y, una mañana más, preparados para el trabajo del día. Por tanto, el chico se estaba despertando, por lo que Perfume dejó su tren de pensamiento y se dedicó, con gran paciencia y devoción, a observar los primeros movimientos que el chico hacía al despertarse.

Primero, Ryôga tanteó el suelo a su alrededor aún con los ojos cerrados, buscando algo que al parecer dejaba siempre a su lado. Al no encontrar nada, pareció decidirse por levantarse pero, antes de hacerlo, se puso a buscar otra cosa en las mantas con las que estaba tapado. Por el movimiento de sus manos y los lugares que tanteaban, Perfume pudo deducir que lo que hacía era buscar la cremallera de un imaginario saco de dormir. Pero, al no encontrar dicha cremallera, Ryôga hizo por fin lo que debía haber hecho unos minutos atrás, y abrió los ojos con reticencia, preparándose para los rayos de luz que deberían inundar ya la tienda de campaña donde se creía había dormido.

En vez de eso, se encontró con la cara sonriente de la amazona de pelo verde que no respondía a otro nombre que Perfume. Dicho encuentro produjo en Ryôga la más terrible de las agitaciones, pues pensamientos de cuánto tiempo llevaba la amazona allí o como había entrado, o incluso aún más locos como la imposible idea de que la chica podía haber dormido con él, aunque tratara de convencerse de que tal cosa era imposible, entraron en su mente dejándola patas arriba, e irguiéndose de un salto, entró en su modo “nervioso”, en el cuál, como muchos vecinos de Nerima tenían ya aprendido, era incapaz de gesticular palabras coherentes y proclive a la gratuita destrucción del mobiliario urbano, si paredes y suelos de cemento podían considerarse “mobiliario”.

—Vamos airen, cálmate —le intentó tranquilizar Perfume con voz suave, pero también con escaso éxito.

Escaso éxito porque, como Perfume acompañó su intento de calmarle con un lento acercamiento a gatas, el nerviosismo de Ryôga creció exponencialmente. Y no es que se estuviera poniendo nervioso por nada: Perfume había olvidado por completo su estado de semi indecencia, y el lento movimiento que hacía para acercarse a su airen no hacía sino aumentar el escote que generosamente le entraba por los ojos a Ryôga. Rápidamente, el sentido de decencia que tanto necesitaba la amazona hizo una llamada al cerebro casi inerte del chico, ordenándole taparse los ojos o, al menos, proveer a la chica con algo más de ropa. Sin perder un segundo, los ojos del joven ojearon la habitación en busca de algo de ropa. Sin embargo, lo único que vieron fue casi detrás de él una especia de cómoda de tres cajones, casi un metro de alto, otro de ancho y medio de fondo donde, su malherido cerebro, dedujo debía haber ropa.

Sin pensárselo más, lo levantó como si se tratara de la ropa que debía haber dentro y lo colocó entre la amazona y él.

—¡To-Toma! Ponte algo de lo que haya aquí, que… que vas a pillar un resfriado. ¡Eso! Un resfriado —ofreció Ryôga desde detrás del mueble.

Ni que decir tiene que tal proeza de fuerza impresionó grandemente a la amazona, en realidad bastante nueva a ese tipo de demostraciones de fuerza hercúlea por parte del chico perdido.

¡Mírale! —pensó la chica entusiasmada—Fuerte, pero tímido. Tenaz, pero indeciso. Es… lo que tanto tiempo llevo buscando. Justo lo que mi… yo necesitaba.

—De acuerdo, de acuerdo —aceptó la chica con una gran sonrisa. Ryôga dejó la cómoda en el suelo y se di la vuelta, momento en el que Perfume comenzó a buscar por los cajones alguna pieza de ropa que le favoreciese.

Tras un rato buscando, encontró por fin un conjunto con el que se sintió lo suficiente cómoda. En realidad, no era otra cosa que uno de los trajes que normalmente solía vestir Shampoo, con su acabado prematuro por las piernas y su más bien decente escote por arriba.

—¡Ya estoy! —anunció la amazona con una voz infantil muy extraña en ella. Ryôga, que como un buen caballero había cerrado los ojos, se los había tapado con las manos y se había dado la vuelta para preservar la intimidad de la amazona, y ya de paso, para no morir de una enorme hemorragia nasal, se volvió poco a poco al tiempo que permitía una vez más a sus ojos reactivar su función principal.

Definitivamente más sexy de lo normal para él, el traje que la chica de pelo verde había elegido se ajustaba perfectamente a su figura, amoldándose con embriagadora perfección a cada curva del esbelto cuerpo de la amazona, recubriéndolo de un rosa más bien chillón estampado de extraños dibujitos que no podía discernir y que no parecía tener ningún tipo de sistema de cierre, apertura o ajustado desde un cuello bajo hasta poco antes de los codos y hasta unos diez centímetros de las rodillas, dejando al descubierto sus piernas asombrosamente perfectamente depiladas.

Ryôga, intentando desviar su atención de las sospechosas sombras que se proyectaban sobre distintas partes del ajustado vestido, fijó toda su atención en las esbeltas piernas de la chica. Apenas posó su mirada sobre la pierna derecha, descubrió una ligera cicatriz que al parecer se extendía por toda la circunferencia de la pierna. Un poco más abajo, la marca indiscutible de la clavada de algún tipo de objeto puntiagudo y cilíndrico se unía junto a otras tantas marcas, cicatrices y otros “reconocimientos de guerra” extendidos por sus extremidades inferiores. Mirándolas por entero, se dio cuenta de la enorme fuerza que parecía irradiar de aquellas piernas y, como artista marcial que era, sabía ver dónde se habían invertido horas y horas de duro entrenamiento, y esas piernas definitivamente habían sufrido su parte para ser tan poderosas.

—Bonitas marcas, ¿eh? —en la voz de la amazona había un inconfundible tono de orgullo que atrajo la atención del chico—Las piernas más rápidas de toda la tribu Nujiezu no podían haberse formado sin un duro entrenamiento, ¿verdad? —haciendo una pequeña pausa, se sentó encima de la cómoda, y el chico imitó su acción, colocándose a su lado tan concentrado en escucharla que se le olvidó por completo el seguir nervioso—Ésta, la que me da la vuelta a la pierna, me la hice entrenando la fuerza. Me ataron una planta que crece por allí, una… especia de bambú fibroso que se deja secar, y que termina teniendo casi tanta resistencia como un alambre de metal. Bueno, pues me ataron una tira y me dijeron que hasta que no fuera capaz de romperla con el músculo de mi pierna, no seguiría el entrenamiento. Casi se me seccionan los músculos y los tendones de la pierna, pero al final lo logré… Y está otra, por ejemplo —continuó, señalando una marca en el cuadriceps de su pierna izquierda con forma de circunferencia—, fue bastante dolorosa: Estaba corriendo las veinte vueltas alrededor del pueblo cuando, por alguna razón que no recuerdo, desvié la atención a un lado. Cuando volví a fijarme en el camino, me había adentrado en la zona donde dejamos las cañas de bambú que luego utilizamos para hacer tubos y demás. Eran enormes montones de bambú hueco por dentro y seca la “cáscara”. Resumiendo, una de las cañas se me clavó aquí y casi me llegó hasta el hueso. No fue nada gracioso sacarlo de ahí.

—No está nada mal —concedió el chico perdido—, ¡pero mira!

El chico se quitó la camisa rápidamente y dejó su pecho al descubierto. Aunque a primera vista no parecía que hubiera muchas marcas, si se acercaba la vista, se podía distinguir que la práctica totalidad de su bien entrenado pecho estaba surcado por pequeñísimas cicatrices, saltando unas sobre otras y superponiéndose. Además, otras más grandes y perfectamente visibles a simple vista adornaban aún más el campo de batalla que parecía el pecho del chico.

—Ésta de aquí —empezó señalando una larga línea que le recorría todo el costado derecho de arriba abajo—me la hice en uno de mis primeros entrenamientos con el paraguas —dicho paraguas rojo de bambú que parecía pesar una tonelada descansaba entonces apoyado por la punta debajo de la ventana—. Lo intenté manejar como una espada, pero entonces me pesaba demasiado para hacer tal cosa. Cuando estaba dándolo la vuelta a mí alrededor, se abrió, no sé cómo, y su borde afilado me hizo esta cicatriz. Otra de la que estoy muy orgulloso es… ¡mi dedo índice! —y, efectivamente, levantó el dedo índice hasta la altura de sus ojos, dejando que Perfume lo contemplara.

—El “Taladro Destructor”(1), ¿a qué sí? —se adelantó la amazona. Ryôga asintió y terminó con unas sencillas palabras—Creo que no es necesaria mucha explicación, ¿verdad?

Perfume observó con detenimiento el dedo del chico. Se percató de que el dedo no se levantaba en línea recta, sino que parecía serpentear de un lado a otro en cada falange, testigo directo de las roturas y dislocaciones que sufrió durante el durísimo entrenamiento. También pudo apreciar como su piel, no sólo en el dedo índice sino en el resto de la mano también, era muchísimo más dura y áspera que el resto que había tenido el placer de tocar.

Su mirada pasó entonces del índice del chico a sus ojos y, sin pensárselo, cubrió su dedo con sus manos y se perdió en la mirada un poco sorprendida pero amable y también un poco nerviosa del chico. Apenas se dio cuenta de que, poco a poco, sus pupilas trémulas se acercaban lentamente, y al mismo tiempo incapaz de mantener la mirada e imposible despegarla de los dos ojos donde se reflejaba su rostro, que descubrió embargado de una emoción y un miedo acrecentados por mil.

Apenas faltaban unos instantes para que Perfume se ahogara en la cercanísima mirada de Ryôga y sus labios se unieran, cuando el sonido de la puerta de la habitación abriéndose tuviera el mismo efecto en el chico que un disparo, consiguiendo que en tan sólo una fracción de segundo, casi se transportara hasta la esquina opuesta de la habitación.

En el umbral de la puerta, una muy sorprendida Cologne, al menos para lo que era normal en ella, se mantenía en equilibrio sobre el viejo palo que siempre parecía llevar consigo. No tenía los ojos como platos, y ni siquiera se podía encontrar en su rostro el más leve rostro de esa sonrisa maliciosa, o más bien pícara, que solía aparecer cuando se encontraba presenciando alguno de esos raros momentos tranquilos y románticos tan poco frecuentes en la vecindad de Nerima. No, solamente la más absoluta seriedad estaba marcada en su arrugado rostro, una seriedad que no denotaba, sin embargo, enfado o irritación.

—El desayuno… está listo —anunció, por fin, tras permanecer cinco minutos en la puerta en silencio.

Ryôga aprovechó entonces para hacer una rápida retirada con la excusa del aseo de la mañana, dejando solas a las dos amazonas.

—Acaso —comenzó Perfume en voz baja y con la cabeza gacha, pero con un tono desafiante—, ¿acaso no aprueba mi matrimonio con el hombre que me ha llegado gracias a la Diosa?

—No, no es eso… —respondió Cologne tras una larga pausa. Suspiró cansada, y continuó—Mira, Perfume, niña. Aquí, entre estos muchachos, parece que las cosas en materias del corazón funcionan al revés: si los persigues, huyen, y si los huyes, te persiguen. Es un lugar extraño donde las normas de la aldea… tienen extrañas interpretaciones.

—Sé que tú, de entre todas las de tu edad, eras la que mayor amplitud de miras tenías… —continuó la amazona, asintiendo al recordar alguna imagen del pasado al que se refería—Y creo que comprendes perfectamente que el resto del mundo no se mueve al mismo compás que lo hacía nuestro pueblo, nuestra cultura, o acaso, nuestra forma de vida —ante eso, Perfume, aún con la cabeza inclinada, asintió—. Además, ese chico en especial… es fuerte y tenaz, a la par que valiente, aunque un poco estúpido en ocasiones. Es también demasiado voluble e indeciso en temas del corazón.

—Pero —dijo, acercándose al final de su discurso—, yo no puedo ni debo juzgar los caminos que la Sylphé nos hace recorrer a cada una. Mi consejo, como Matriarca que busca la felicidad de la tribu…

—Y la fuerza y el orgullo, ¿verdad? —interrumpió Perfume, incidiendo en las formas ceremoniales que Cologne se había saltado.

—Sí, sí… —aceptó la Matriarca sin darle mucha importancia, ganándose una mirada mezcla de incredulidad y horror por parte de la joven que no fue captada por la amazona—Como decía, que busca la felicidad, la fuerza y el orgullo de cada miembro de la tribu Nujiezu, es que te adecues mejor al ritmo natural del chico si no quieres que huya por siempre, ya que aquí, las cosas son… muy distintas.

Tras darle aquel consejo ganado a través de la experiencia directa, la anciana mujer dejó a Perfume en la habitación. La joven, que rápidamente se cambió y encaminó sus pasos hacia el lavabo para llevar a cabo el aseo diario, no pudo dejar de darle vueltas al hecho evidente de que la Matriarca había relajado en gran medida su religiosidad a la hora de aplicar las normas que por tantas generaciones se habían impuesto como las mejores guías para la supervivencia. Cierto era que, tal y como ella había dicho, Perfume podía vanagloriarse de haber sido siempre una chica “de mundo” dentro de su reducido contacto con el resto de la existencia humana. Pero, eso no quería decir que fuera una liberal a la hora de acatar las normas. Sabía que estaban ahí por algo, y ese algo era su probada efectividad, además del hecho de que, las bases fundamentales y de las cuales derivaban el resto de normas, provenían de la misma Sylphé, y eran por tanto divinas e infalibles.

La Ancia… Cologne —pensó Perfume mientras observaba su imagen reflejada en el cristal del baño—se ha vuelto débil e indisciplinada. No puedo comprender que es lo que la ha cambiado, y me es imposible creer que cuatro o cinco chicos de mi misma edad, que para ella no somos sino unos recién nacidos en todos los aspectos de la vida, hayan podido cambiarla de este modo. Tiene… Tiene que haber algo que no nos esté contando, ¡pero por la diosa que no se me ocurre nada!


Unos minutos antes, Ryôga ya había terminado de asearse tras la valiente escapada que hizo desde la habitación donde había dormido, y dejaba el aseo con la calma recuperada después del… emocionante, si era ésa la palabra adecuada, suceso que le había ocurrido nada más levantarse.

Todo aquello le resultaba demasiado extraño como para ajustarse de la noche a la mañana. Estaba en el Cat Café, aunque pensaba escapar de allí lo antes posible. Por otro lado, Shampoo se estaba comportando de una manera muy extraña. No es que él hubiera estado siempre muy atento a su comportamiento, ya que el objetivo de tal atención siempre había sido Akane, pero algo había en su comportamiento, y también en el de Mousse, que le había llamado la atención.

—Que por cierto —se dijo mientras cerraba la puerta y se ponía andar hacia el comedor—, a Mousse todavía le debo una por la treta que utilizó en aquella pelea. El gas somnífero no es nada honorable. Y lo peor fue que luego me convertí en cerdito, y tuve que apañármelas para convertirme otra vez en humano. Y luego… me puse a buscar.

Recordó entonces como, efectivamente, cuando por fin recuperó su forma humana debajo de aquel puente que cruzaba la pequeña corriente de agua cerca de la cual se había encontrado a Ranma y que sabía estaba a unos cuantos kilómetros de la casa de Akane tan ciertamente como que Tokio y Sapporo están a tiro de piedra, y se quedó sentado un buen rato después de que la lluvia hubiera escampado, pensando sobre la pelea que acababa de haber tenido. Había actuado por instinto, ya que en aquel momento le pareció clara la actitud infiel y deshonrosa de Ranma. Sin embargo, viendo como se comportaban Shampoo y Ranma aquellos días que había estado con ellos, le había quedado claro que algo había cambiado.

—¿O no? —se preguntó en un extraño giro de pensamiento—No lo sé, aunque sí sé que lago raro hay. Pero es que lo que me dijo Perfume… El hecho de que ahora sólo haya cuatro amazonas, y que su pueblo quedara destruido por completo… Empiezo a plantearme las cosas de diferente manera, lo noto.

Siguió caminando, encontrándose una puerta que abrió sin perder un instante. Y al momento se encontró en una habitación increíblemente desordenada, cuya propiedad más destacable era la enorme cantidad de hojas amarillentas escritas en algún lenguaje que era incapaz de reconocer, que además estaban por toda la habitación, desde tiradas en el suelo hasta clavadas en la pared con chinchetas. Y lo otro que le llamó la atención era el ordenador que descansaba allí, totalmente apagado y carente de vida, el tipo de aparato con el que Ryôga no había tenido mucho contacto, dado que le resultaba demasiado frágil, pero por el que sentía una ligera fascinación que no podía alimentar adecuadamente hacia una afición en toda regla. Por todo ello, era incapaz de saber que modelo acababa de descubrir, aunque hizo una nota mental para acordarse de que, en algún lugar del Cat Café había un ordenador que podría investigar.

En todo caso, como aquello no parecía ser el comedor, el desorden era enorme, y realmente empezaba a sentir buena hambre, añadido a la promesa de una comida en condiciones como la que no había tomado en semanas, cerró la puerta y, dándose la vuelta, comenzó de nuevo su marcha, suponiendo que al final llegaría al comedor, pero mucho más atento a los pensamientos que surcaban su mente.

—Yo siempre me he sentido muy desgraciado. ¡Y razones no me faltan! Mi pésimo sentido de la orientación, mi eterna mala suerte con las chicas, mi maldición… —y mientras contaba, iba levantando un dedo—Es una larga lista. Sin embargo, no se puede comparar con lo que les ha pasado a ellos. No tienen lugar al que ir aparte de este lugar. Y peor, no tienen a quién acudir además de ellos mismos. Yo, sin embargo, sí tengo a alguien a quién puedo ir, y a un lugar al que dirigirme. Y como los últimos pasteles que le lleve de regalo estaban caducados, tengo que llevarle otros. Akari, tú sólo espera, porque dentro de poco estaré allí.

Se acercaba entonces a una bifurcación del pasillo. Sin embargo, no se lo pensó mucho y siguió caminando sin ni siquiera prestar atención a donde iba.

—Sí, dentro de muy poco volveré contigo, y así podré olvidar… lo que necesito olvidar.

Al volver a centrarse en el mundo que le rodeaba, se descubrió al final de unas escaleras que acababa de bajar, frente a una puerta de madera. Tomando el pomo, lo giró, y ante él se abrió la vista del anhelado comedor que tanto llevaba buscando. De hecho, allí ya estaban sentadas tanto Cologne como Perfume, además de Mousse, Shampoo, Ranma y Akane.

—¡Ya era hora! —exclamó Ranma, lanzando las manos al aire—¿Qué pasa, ya te has vuelto a perder?

—¡Ranma, eso no es asunto tuyo! —respondió Ryôga enfadado. En aquel momento Ryôga pensó que, tal vez, no habían cambiado tantas cosas, y sólo era él pensando demasiado. Sin embargo, no bien hubo terminado de formarse aquella idea en su cabeza, tuvo que rechazarla al presenciar los acontecimientos que se desarrollaban a su alrededor.

—¡Ranma! —comenzó Akane exasperada, sólo para ser cortada por Mousse.

—Bueno, bueno —dijo éste al tiempo que hacía gestos para aplacarlos.

—Bueno, de acuerdo —gruñó en aceptación Akane. Rápidamente, su gesto cambió a uno de confusión, y se dirigió a Mousse—. Por cierto, ¿y Kaiko?

—Kaiko… ¿no está? —respondió sin mucha convicción.

—Ya, eso ya lo noto —continuó un poco irritada la chica—, pero, ¿dónde está? Habíamos quedado en entrenar juntas.

Ryôga, y sin que él se diera cuenta, también Cologne, pudo notar por el rabillo del ojo que cuanto más apenado parecía Mousse al hablar sobre la chica rubia que al parecer se llamaba Kaiko y que al parecer había hecho buenas migas con Akane, más inquieta y enfadada se ponía la joven amazona. Aquel comportamiento no hacía sino confirmar la sospecha del joven, por lo que se mantuvo tan atento como pudo.

—Veréis… —explicaba entonces Mousse con la mirada caída— anoche, cuando nos despedimos, no sé si os acordáis que se acercó a mí y eso.

Ante el asentimiento de Akane, continuó: —Pues bien, me dijo que… que no sabía si volvería a venir. Que no se sentía capaz de venir…

—¿Por qué dijo eso? —preguntó Akane formulando la misma pregunta que en aquel momento volvía a hacerse Mousse, la misma que se había hecho desde el preciso instante en el que la dueña del Takahashi’s le comunicó su resolución de no ir al Cat Café ni para entrenar con Akane.

—No dijo nada de no poder ir al café —dijo Mousse en alto, olvidándose de la pregunta formulada por Akane, pareciendo más que lo estaba pensando y no se daba cuenta de que lo estaba diciendo—, así que me parece que voy a ir y enterarme de lo que está pasando.

—¡Me voy! —casi gritó entonces Shampoo, levantándose de sopetón y subiendo las escaleras a toda velocidad.

Todos se quedaron entonces en silencio, sorprendidos ante la repentina huída de Shampoo a la que nadie encontraba razón alguna. Nadie, excepto un par de amazonas.

—¡Oh, no! ¿Ahora ella también? —preguntó desesperado al aire Ranma—A este paso, no empezamos a comer jamás.

Lo único que escuchó Mousse mientras subía las escaleras además del acelerado latir de su corazón fue el sonido característico de un golpe en el cráneo conjunto, uno propinado con un puño cerrado y otro con un bastón de madera. Ni que no se lo tuviera merecido.


Rápidamente, Mousse alcanzó la puerta de la habitación de Shampoo. Preparándose sin saber cómo, llamó suavemente con un par de golpes, acercándose a la puerta.

—¿Shampoo? —intentó con delicadeza e incertidumbre.

—¡Vete! ¡No te acercar! —fue el grito que atravesó débilmente la puerta y llegó hasta sus oídos.

Pero a él eso no le amilanó. Nunca lo había hecho, y no iba a ser entonces cuando empezara a hacerlo. No podía negar que tenía dudas sobre lo que había pasado entre ellos. Incluso antes de que se besaran, Mousse sintió que algo iba a ir mal, que esa relación no tenía futuro por la manera en la que había nacido. Y además, el costo de tal relación… no se había parado a pensarlo, y ahora sentía vértigo con tan solo pensar lo que podía ocurrir, lo que sospechaba había ocurrido, la razón por la que Kaiko le había dicho, después de lo que le había contado al resto, que no se sentía capaz de estar con ellos, pero que le esperaría en el Takahashi’s el tiempo que hiciera falta, que esperaba no perder su amistad…

Sin embargo, en aquel instante en el que abría la puerta lentamente, descubriendo a una Shampoo que no sabía si estar roja de ira o llorosa como una niña pequeña, sentada, o más bien tirada en el suelo, con su largo pelo lavanda rodeando sus piernas abiertas de manera zigzagueante y aguantando su torso recto gracias a los brazos, apartó por un momento a Kaiko de su mente y se concentró en el amor de su vida que tenía delante, mirándole con un ojos brillantes por las lágrimas que pedían a gritos ayuda, aunque su boca no dijera lo mismo.

—¡Márchate! —le ordenó Shampoo con una mano temblorosa que rápidamente bajó al darse cuenta de que no era capaz de mantenerla firme.

—Shampoo, cálmate… —comenzó Mousse mientras cerraba tras de sí muy despacio y después se acercaba a ella aún más despacio.

—¡Decir que te marchar! —repitió la amazona débilmente.

—Shampoo…

En un momento, Mousse estaba junto a ella y, en cuánto estuvo a su alcance, Shampoo se lanzó a sus brazos. Así se mantuvieron unos minutos, la chica sin llorar en ningún momento, pero temblando de forma incontrolable, y Mousse haciendo todo lo posible por transmitirle toda la tranquilidad y seguridad que era capaz de crear. Mientras la mantenía en sus brazos, haciendo suaves sonidos relajantes, Mousse reflexionó otra vez sobre lo extraño de la situación. No el hecho de que él estuviera allí, consolando a una Shampoo nerviosa y fatigada, sino el hecho de que la amazona de sus sueños, el amor que siempre había perseguido, estuviera en una situación tan frágil y delicada. Jamás, en todos los años de persecución de su amor, la había visto tan débil y vulnerable. Siempre se había mantenido estoica, e incluso durante todo el tiempo que se había estado a la caza del corazón de Saotome, siempre había tenido un as en la manga, una manera de escape para que no se dañara su corazón.

Sin embargo, en aquel instante, Mousse podía notar la dependencia que escapaba de ella, la necesidad que sentía de su calor y no le costó comprender que la imagen de la chica que siempre era capaz de salir vencedora de una pelea había desaparecido, por su culpa. Había transformado una bella mujer y una fantástica guerrera en un ser con una dependencia demasiado grande a algo endeble y mortal como él. La devoción hacia la pureza de las formas, el equilibrio en la batalla y a la omnipresente diosa Sylphé habían sido corrompidas por un deseo que se podía convertir en debilidad, y que podían conducirla a la muerte sin que ella pudiera oponer resistencia, así de fuerte era el mal que había provocado. Recordó el viejo dicho que más de una vez había dejado escapar Cologne cuando Shampoo le había dado calabazas, o simplemente le había ignorado, tras uno de sus múltiples intentos por hacerla ver y aceptar el amor que sentía por ella, lo único que había visto absolutamente claro por tantos años, y que decía así: “Si una amazona ama a un hombre, jamás nadie recordará su nombre.” Y habiendo entendido por fin el significado de aquellas palabras que tanto le irritaron, no estaba dispuesto a que el nombre de Shampoo cayera en el olvido.

Mu-Tzu —le susurró la chica en su chino natal, sacándole de sus pensamientos y obligándole a darse cuenta de su cercanía—, tengo miedo… Miedo de que no quede nadie a mi lado, de vivir en soledad por el resto de mi vida. Miedo de morir en la oscuridad y que nadie se de cuenta de que falto, como… como ha ocurrido con nuestro pueblo. ¡Mu-Tzu! —gritó, agarrándole del cuello de su túnica y zarandeándole casi sin fuerza —Cuando hablabas de esa chica… ¿Por qué…

—Xian-Pu —le interrumpió el chico, agarrándola de los hombros y poniéndola recta.

Una amazona no debe amar a un hombre —pensó Mousse mientras miraba a Shampoo—. Una amazona tan sólo debe amar a un amazona. Y yo he renegado de ser un amazona. Ella… para seguir siendo lo que amo, no debe amarme.

Xian-Pu —comenzó de nuevo— ¡mantente fuerte! Ella no es nadie. ¿Qué debe importarte lo que con ella tenga relación? Eres una amazona, orgullosa y guerrera. No es digno de ti mostrar esta debilidad.

Por un momento, Mousse se sintió orgulloso de haber adaptado tan bien uno de los discursos que oyó de pequeño cuando le echaron la bronca a una joven amazona que no había sido capaz de aguantar el dolor que un fuerte golpe que le había propinado su entrenadora le había producido sin poder dejar escapar un chillido de dolor y unos gruesos lagrimones. Sin embargo, el orgullo pronto dejó paso a la tristeza y la compasión cuando la total desesperanza, el miedo y el dolor se reflejaron tan claramente en el rostro de la amazona como el sol en las aguas de un mar tranquilo.

Y pronto se vio incapaz de mantenerse estoico ante la que siempre había sido su único amor.

Sshh… Tranquila… —le susurró sin pensar, eliminando el espacio que había creado entre ellos y abrazándola con ternura—No pasa nada… Tranquila. Llora si quieres, que aquí estoy, contigo…

Se sorprendió pensando como esas últimas palabras habían cambiado de significado para él. Como habían pasado de ser las palabras que algún día le diría cuando, llorando, Shampoo se diese cuenta de que era el hombre perfecto para ella y se disculpase por haberle echo esperar durante tanto tiempo, a ser unas palabras calmantes, balsámicas incluso que no dudaría en ofrecer a cualquier amigo que las necesitase.

Shampoo se soltó de su abrazo y, levantando la vista, clavó la mirada que salía de sus ojos un poco hinchados y enrojecidos en la de Mousse, sus gafas descendiendo por sus manos. Y Mousse no pudo evitar que, por segunda vez, sus delirios de sueños alcanzados le traicionaran y le hicieran observar como volvía a cometer una atrocidad hacia su amada.

Y el beso fue largo y suplicante, cálido pero frío, sencillo, pero de una endiablada complejidad que apenas se sentía capaz de desenmarañar.

Sin embargo, cuando aquel beso acabó, sí fue capaz de separarse de ella, despacio, como para no asustarla. El remordimiento quemaba sus venas y le oprimía el pecho, impidiéndole respirar libremente, ahogándole en la culpa que solamente él sentía, y esa intuición, esa sensación que ya otras veces le había visitado de que su vida, su permanencia en el mundo de los vivos, se acortaba a pasos agigantados, corriendo a su encuentro sin la menor piedad, apareció de nuevo, más fuerte y más terrible que nunca.

A pesar de todo, sacando fuerzas de la adversidad, Mousse recuperó sus gafas, se levantó lentamente y se dirigió a la puerta.

¿Adónde vas? —preguntó Shampoo no sin un poco de congoja —¿No te estarás…

—Tranquila —le interrumpió Mousse de nuevo en japonés, dándose la vuelta y sonriéndola con gran esfuerzo con las gafas otra vez en su sitio—, Shampoo. Solamente bajo a comer. Allí estaré esperando… Allí estaremos todos esperándote a que bajes.

Y cerró la puerta tras de sí al salir.

Mu-Tzu —pensó la joven desde el suelo—, a pesar de todo, no soy tan tonta como para no darme cuenta de lo que pasa aquí. Pero… es cierto lo que te dije de que tengo miedo. Mu-Tzu, Ranma… le he perdido, y ya no me cabe ninguna duda. Sospecho que mi bisabuela me oculta algo, o más bien, que nos lo oculta a todos y… ¡y cómo no tengo a nadie más, estoy aterrorizada, porque si te perdiese a ti también, no sabría qué hacer! A quién acudir… a quién amar.

Mu-Tzu —susurró la amazona al ponerse de pie y acercarse a la puerta de su habitación—, no te entiendo, ni entiendo lo que siento ni lo que hago. Esto nunca me había ocurrido, pues siempre había estado en control de mis sentimientos, pero ahora no sé ni dónde es arriba ni abajo. ¿Por qué no sigues comportándote como siempre, cómo ese tonto cegato de que era fácil ignorar y aún más enfadarse con él? ¿O por qué tuvo que volverse de repente todo tan complicado?

Sylphé, por favor —continuó en voz alta al salir de la habitación— ¿es qué tan ocupada estás en otros asuntos que no puedes ayudar a una de las cuatro últimas amazonas?

Y mientras bajaba las escaleras, entremezclado con los sonidos de palillos chocando y comida siendo servida, la voz casi robótica del noticiero ascendía hasta los oídos poco atentos de la amazona.

“Aquí Hideako Anno, de informativos Fuji TV para cubrir el desarrollo de la que será posiblemente recordada como la serie de fenómenos más importantes y trascendentales del siglo veintiuno desde la frontera ente Rusia y Siberia. Sí, para aquellos que hayan estado viviendo Marte estas últimas semanas, nos referimos a “Los Advenimientos”, las extrañas luces de colores que han aparecido en diversos puntos del globo. Y digo de colores y no blancas porque ésa parece ser la evolución que han sufrido durante este fin de semana. En medio de una explosión de avistamientos, pasando desde puntos tan lejanos como Groenlandia hasta la región de los Grandes Lagos Estadounidense, pasando por otros como una salvaje región de la India o en mitad de la isla de Tasmania, el fenómeno continúa evolucionando de una manera que ningún experto había previsto: con cada nuevo avistamiento se confirma la noticia de que las luces tienden a ser rojas. Las imágenes que se muestran de cuatro Advenimientos distintos, ordenados de más antiguo a más moderno, y que ahora pueden ver en pantalla, así lo demuestran. Los expertos están totalmente confundidos, y son incapaces de dar una explicación satisfactoria del fenómeno aún a la vista de esta clara evolución. Sin embargo, aquellos que siguen a las luces tienen las más diversas opiniones: desde la erradicación de todos los males hasta la llegada de un nuevo Mesías, todas las ideas imaginables pueden oírse en los grandes campamentos que los seguidores montan allá donde un avistamiento aparece. Este grupo, con el que yo me muevo, es el más grande de los cuatro que hay ahora mismo, y se han contando más de cien mil personas integrándolo. Los otros tres cuentan con algo más de la mitad, pero lo más impresionante no es el número, sino la innegable diversidad de razas y opiniones que coexisten con total paz y tranquilidad. No ha ocurrido ni un solo altercado desde que el grupo se formó, y eso es un gran logro teniendo en cuenta que hay varios cientos de personas de distintos países que son declaradamente hostiles internacionalmente. Pero, también existen opiniones negativas al respecto. Un nativo del lugar, acercándose a la multitud de personas que preparaban su tienda de campaña, comenzó a gritar a los cuatro vientos como “aquellas luces infernales traerían el desastre y la destrucción”. Después, y antes de que nada ocurriese, ante la estupefacción de la gente congregada, se dio la vuelta y rápidamente se encerró en su casa, y nos ha sido imposible poder entrevistarle. En todo caso, sí hay algo en lo que todos parecen coincidir: tan sólo cuando las luces alcancen el tono de rojo final, ocurrirá lo que tenga que ocurrir. Éste ha sido Hideako Anno en su reportaje continuo sobre los Advenimientos para informativos Fuji TV.”


(1) “Taladro destructor”, “Punto de presión desmenuzante”, o, finalmente, como en la versión original, “Bakusai Tenketsu”.


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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