Cap. 14 de S.A. original

¿El nombre del enemigo…?

—Así— es chino y “asa” es el sonido de una TV, radio…

El tercer domingo del mes de julio amaneció en Japón con una espesa niebla que había aparecido por sorpresa y ante la total confusión de los meteorólogos. Apenas visible a través del espeso manto blanquecino, el astro rey apareció por el horizonte de un bosque enclavado cerca de Tokio, apenas a unas horas de caminata desde el centro de uno de los distritos más ruidosos y con mayor presupuesto para obras publicas de la urbe, Nerima.

La niebla conseguía difuminar y amortiguar el brillo de la luz amarilla de la mañana de tal manera que, en el interior de aquel bosque, entre los troncos de los árboles mojados y el suelo repleto de hojas que aún guardaban el rocío de la mañana, se creaba un efecto de increíble belleza, ya que la luz inundaba el lugar desde todas direcciones, y los reflejos en el líquido elemento que descansaba por todas partes se extendían como pequeñas explosiones de luz por todo el bosque.

En un claro, a unos diez minutos al Oeste del único lodazal termal de la zona que seguía estando sin descubrir, se levantaba un pequeño campamento de tres tiendas de campaña donde descansaban un grupo de personas muy especiales.

De la más grande de las tiendas, salió Cologne, la Matriarca de la cuasi extinta tribu Nujiezu, vestida con su típica vestido verde y de bordes rojos, encaramada a su viejo y resistente bastón, que se dirigió sin demora al lugar donde todavía se consumían los últimos resquicios del fuego que habían preparado el día anterior para cocinar. Echando un vistazo a su alrededor, localizó la madera que aún quedaba disponible y, en unos pocos minutos ya la había apilado y la encendía con ayuda de un poco de aceite del candil que había sacado consigo por la espesa niebla que lo cubría todo.

En el mismo instante en el que fuego se enderezaba y terminaba de envolver la madera que durante un tiempo se encargaría de consumir y convertir en luz y calor, una nueva figura, ésta más alta, estilizada, y dueña de la coleta más conocida de Nerima, se unió a Cologne fuera de las tiendas.

—¡Buenos días, Ranma! —saludó de esa manera la anciana al heredero de la escuela de artes marciales Todo Vale, en aquel momento aprendiz, también, de la legendaria escuela del Dragón.

—Um… Buenas… —respondió el muchacho soñoliento, intentando quitarse las legañas frotándose los ojos.

Sin más conversación, el chico se sacó una tetera de la nada y, tras llenarla de agua, hizo un apaño con unos palos y la puso a calentarla en el fuego.

Mientras Cologne iba de un lado a otro, mirando las tiendas y, en definitiva, haciendo algo para pasar el rato, y Ranma luchaba por mantenerse despierto observando la tetera calentarse, una tercera persona emergió de la tienda de la que había salido Ranma.

—Buenos días… —se anunció Mousse, último amazona hombre, estudiante de la escuela de las Armas Ocultas y más recientemente de la legendaria Escuela del Volcán, ataviado en una túnica blanca que parecía no quitarse nunca. Al igual que Saotome, Mousse no estaba totalmente despierto, aunque no se notaba tanto dada su afición a levantarse para preparar el desayuno.

—Buenas —respondieron Ranma y Cologne, al tiempo que le echaban una miradilla.

Viendo que el fuego estaba ocupado con la tetera de Ranma, Mousse se sentó al lado del dueño del útil de cocina y empezó a sacar sus propios útiles, decidiendo esperar hasta que el otro hubiera terminado y él pudiera empezar a preparar la primera comida del día.

Cuando las primeras señales de vapor apenas podían verse escapando frágilmente del cuerno de la dorada tetera, apareció la figura de una mujer de largos cabellos lavanda saliendo de la tienda de la que hasta entonces no había salido nadie.

De cuerpo escultural y porte altiva y orgullosa, Shampoo, la mejor guerrera y más prometedora combatiente de la tribu Nujiezu, en aquel momento en proceso de aprender la legendaria escuela del Rayo, se dirigió a paso lento hacia el riachuelo que corría no muy lejos de allí tras haber dado los buenos días a los que se habían congregado ya fuera de las tiendas.

Poco después, mientras Mousse preparaba el desayuno, salieron de las tiendas Akane, Kaiko y Perfume. Las dos chicas japonesas miraron mal a Perfume, aunque ésta no las hizo ni caso y siguió los pasos que no hace mucho había tomado Shampoo. Akane y Kaiko decidieron por tanto esperar e ir luego cuando pudieran estar solas.

Akane, dándose cuenta de que Ranma no estaba por ahí, le preguntó a Mousse por el paradero de su prometido.

—Creo que ha ido a darse un baño —le dijo el chico—. Lo supongo porque nada más levantarse a puesto a calentar una tetera.

Por un momento, una mirada extraña cruzó por los ojos de la menor de los Tendô. Sin embargo, un momento después, tan rápido como había aparecido, se fue, y Akane y Kaiko se sentaron delante del fuego, esta última al lado de Mousse, observando con detenimiento todos los movimientos que hacía para preparar el desayuno, consiguiendo que una vez más, el chico enrojeciera hasta la raíz del pelo.

No mucho más tarde, Shampoo primero y Perfume después volvieron al campamento, totalmente refrescadas y dispuestas a afrontar el nuevo día, tan sólo necesitando el desayuno para terminar de rellenar las pilas.

—Bien —empezó Cologne—. Shampoo, me gustaría que intentaras moverte lo más rápido que puedas.

La joven guerrera se mostró confundida un instante, pensando que todavía no podía haber concluido su entrenamiento, pero desechó todas las consideraciones y obedeció a su Matriarca.

Mirando a su alrededor, vio a Ranma acercándose totalmente despierto a Cologne, y vio a Mousse con su atención dividida entre las cazuelas y demás cacharros de cocina puestos al fuego y ella. Decidió que no estaría nada mal darle un buen susto y se concentró tal y como lo había hecho unas semanas atrás cuando tuvo que hacer la primera demostración de las posibilidades de la escuela del Rayo. Una vez más, la sensación de desbordamiento, de ser inundada por torrentes de sensaciones, miles de sonidos, de olores y de roces de la brisa con su piel descubierta, recorrió su espina dorsal hasta su cerebro, y supo que estaba preparada para utilizar sus nuevas habilidades.

No hubo abierto los ojos cuando se puso a correr a toda velocidad hacia Mousse, que para ella estaba extrañamente inmóvil, más bien mirando a un punto detrás de ella. Haciendo caso omiso de aquel detalle, continuó su pequeña carrera.

Sin embargo, no tardó en notar que algo iba mal con sus piernas. Mirando lo que tenía delante, descubrió una depresión en el terreno con la que tendría que tener cuidado si no quería tener un accidente. Midiéndola con la mirada, estimó que podría fácilmente saltarla, y así lo decidió, de manera que cuando se acercó al borde, ordenó a sus piernas, que incluso ella era apenas capaz de seguir, parar e impulsarla por encima del hoyo.

Por desgracia, sus piernas hicieron caso omiso de su deseo y tropezó, precipitándose hacia Mousse y las cazuelas a pasos inestables, e incapaz de recuperar su equilibrio.

Todo esto, sin embargo, ocurrió en apenas unos instantes para el resto del grupo, que vio como, tras unos momentos con los ojos cerrados, Shampoo se convirtió en un borrón de color, al cuál tan sólo Ranma y Cologne pudieron seguir, y al poco apareció trastabillando a toda velocidad en dirección a Mousse.

—¡Mousse, cuidado! —advirtió Kaiko.

El amazona poco pudo hacer además de recibir a la guerrera de manera que no cayeran encima del fuego, lo que resultó en Mousse encima de Shampoo con sus rostros muy cerca y sus corazones latiendo tan fuerte que parecía que intentaban salírseles de los pechos.

—¿Estás bien? —preguntó sin aliento el chico de gafas, todavía preguntándose de dónde demonios había aparecido la chica.

—Yo… estar bien… —respondió en voz baja Shampoo, tratando de controlar el ritmo de su corazón, que al revés de lo que debería haber sucedido, latía cada vez más rápido y más fuerte.

—Ya poder… levantarte, Mousse —le informó después de que el amazona se hubiera mantenido en la misma posición un tiempo que, para ella, había sido eterno.

—¡Sí! ¡Claro! —de un ágil movimiento, el chico se puso en pie y extendió la mano para ayudar a la joven, que aceptó gustosa.

—¿Qué ha pasao? —preguntó Ranma mientras todos se iban acercando a los dos jóvenes—Un momento ibas a toa leche, y al siguiente vas dando tumbos.

—Haber habido… algo raro.

—Explícate bisnieta —ordenó Cologne.

—Sí. Es como… si hubiera… perdido el control de las… mis piernas —explicó con dificultad la joven de pelo lavanda al resto.

Tras unos segundos de silencio, Cologne volvió a hablar, esta vez con un tono de “¡Aiyaa!”, pero distinguido.

—Er… Ahora que lo pienso, se me había olvidado enseñarte la otra parte del entrenamiento.

En aquel momento, tan sólo el canto de los ignorantes pájaros y el burbujeo de las cacerolas enturbiaron el pesado silencio que se instaló en la escena.

THOWMP.

—Vieja, empieza a chochear… —le dijo Ranma con el entrecejo fruncido mientras, como todos menos Perfume, se ponía de nuevo en pie, tras haberse caído de espaldas ante… la absurdez del asunto.

—¡No serás tú quién me diga que estoy perdiendo facultades, jovencito! —respondió la amazona bastante acalorada.

—Estás perdiendo facultades, Cologne-chan —afirmó una voz conocida justo detrás de ella.

Sin perder un segundo, la Anciana Amazona lanzó un potente latigazo con su bastón que no impactó en otra cosa que en el suelo, creando varias rajas en la superficie debido a la enorme presión que había ejercido.

—¡Maldito viejo verde! ¡Ven aquí, Happy, para que te pueda partir el cráneo como es debido! —gritó al aire.

Tras unos momentos, un borrón negro saltó de entre los arbustos y terminó su viaje a unos pocos pasos de Cologne. Allí, de la misma altura que la arrugada amazona y con aún más arrugas en su malvado y, como siempre, pervertido rostro, se encontraba Happôsai, el terrible creador del estilo Todo Vale.

—Tú siempre tan impetuosa, Cologne-chan.

—¿A qué demonios has venido aquí, viejo verde? —intervino Ranma dando un paso hacia los dos ancianos. Todo el mundo se había echado para atrás cuando Cologne había utilizado su bastón.

—¿Acaso no puede un maestro ir a buscar a su alumno para saber dónde está y qué está haciendo? —preguntó el viejo maestro con tono apenado y los ojos atestados de lágrimas.

—Es decir, que has estado robando ropa interior y has tenido que huir al bosque por alguna razón —tradujo Akane con el tono de aquel que sabe que no se equivoca.

—¡Yo no robo! —protestó Happôsai—Tan sólo salvo a esas preciosidades de un cruel destino…

—¡Eso a mí me da igual! —le cortó Cologne totalmente fuera de sus casillas—Quiero que te marches de aquí inmediatamente.

—¿Y eso por qué? —preguntó desafiante.

—Estoy entrenando a estos chicos, y como…

Pero el viejo pervertido ya no escuchaba. Hasta entonces, él no había fijado su atención en las dos nuevas chicas que acompañaban a sus viejos conocidos. En cuanto posó sus ojos, sin embargo, en Perfume, y en el generoso escote de su traje, sus instintos tomaron el control y saltó, al grito de “¡Una diosa!”, en dirección a sus senos.

Pero, la amazona no era tan fácilmente alcanzable y, con un rápido movimiento, frenó en seco al abuelo de un puñetazo, al que siguió una patada que le mandó a volar a suficiente distancia como para olvidarse de él un buen rato, lo que calmó tanto a Cologne como a todos los demás. Cuando la estela que despedía el viejo en su vuelo desapareció, la anciana continuó.

—Bueno, como iba diciendo, tienes que entrenar, además de tu velocidad, tus reflejos, bisnieta —explicó Cologne dirigiéndose a Shampoo.

La joven guerrera asintió en señal de entendimiento y su bisabuela se dispuso a continuar.

—¿Y eso por qué? —preguntó Kaiko con una expresión de confusión en su rostro.

—Es muy sencillo —se adelantó Ranma a responder—. Aunque parezca extraño, puede llegar un momento en el que vayas más rápido de lo que tú mismo puedes seguir.

—Eso sólo puede ocurrir si trabajas muchísimo la velocidad —intervino Cologne—. Cuando tal cosa ocurre, se suele decir que se ha superado “la barrera muscular de velocidad”.

—A partir de entonces, y aunque resulte ilógico, parece ser que une puede seguir aumentando su velocidad a base de entrenamiento hasta un punto muy alto, que nadie sabe cuál es todavía —continuó explicando el chico de la coleta.

—El problema —suplió Mousse—, es pasar esa barrera.

—Así es —coincidió Cologne—. Y eso es exactamente lo que ha hecho Shampoo. Ahora el problema no es tanto aumentar su velocidad, sino conseguir que su cerebro se mantenga al mismo nivel.

—Ya entiendo… Es algo así como que, a partir de ahora, lo que le va a costar es mejorar su velocidad mental, no tanto la física —resumió Kaiko admirada.

—Así es —confirmó Mousse con una sonrisa.

—Pues bien, después de almorzar empezaremos con esa otra parte también —terminó Cologne.


Efectivamente, después de haber dado buena cuenta del arroz, las algas y el resto de alimentos que formaban un buen desayuno japonés, el grupo se dirigió al lodazal termal que tanto juego les había dado hasta entonces.

Al poco, Ranma y Mousse volvieron a sumergirse con energía y concentración renovadas en sendos nuevos, para ellos, volúmenes, mientras Perfume ejecutaba ejercicios al azar de entre su variado repertorio, saltando de aquí para allá en un lucha sin fin contra una horda de enemigos invisibles. Akane y Kaiko esperaban, equilibradas encima del enorme tronco, tensas a que Cologne reanudara su entrenamiento particular, probando por momentos nuevas posturas para conseguir un equilibrio óptimo.

Y, al borde del lodazal, Cologne le explicaba a su bisnieta en qué consistía el ejercicio.

—Es sencillo —comenzó—. Como ves, del barro salen burbujas de aire, y la mayoría, al llegar a la superficie, perduran unos segundos antes de explotar —hizo una pausa, Shampoo asintió, y continuó—. Se trata de que seas tú quién las haga explotar. Así, tendrás que estar atenta para descubrir donde sale una y rápida en explotarla.

—Así, mejorar velocidad y… reflejos al mismo tiempo¿no, bisabuela?

—Muy aguda, bisnieta —le alabó Cologne.

Con una sonrisa en la cara, Shampoo se despojó de su ropa y se internó en el barro hasta que solamente su cabeza y sus hombros quedaron visibles. Hizo emerger sus brazos del viscoso barro y observó la superficie marrón en busca de las preciadas burbujas.

Sin embargo, pronto se dio cuenta de que muy pocas eran las burbujas que aparecían, y creía saber el porqué. El día anterior, desde que Ranma bajó unos grados la temperatura del viscoso elemento, el número de burbujitas que salían había bajado, y aunque entonces no le había dado mucha importancia, en aquel momento reconoció que necesitaba unos grados más en aquel sitio.

—Air… ¡Ranma! —gritó Shampoo desde su posición casi en medio del lago de barro.

—¿Sí? —respondió Ranma, girándose hasta la dirección de donde venía la voz, pero sin despegar su mirada de las amarillas páginas que leía.

—¿Po… Puedes subir la tem… tempa… calor de esto? —preguntó mientras señalaba la superficie del lago.

—De acuerdo —respondió distraídamente Ranma. Aún así, se arrodilló a la orilla y, tras unos segundos con el brazo en el barro, Shampoo notó la temperatura subir un poco, acercándose a la que recordaba de antes de que el chico hiciera el proceso contrario.

—Gracias Ranma.

—No ha sido nada —respondió, y se sentó donde había estado para continuar la lectura.

Shampoo se dedicó, finalmente, a mejorar sus reflejos, a lo que hubo de dedicar su entera atención, lo que la impidió pensar en la ya no tan extraña sensación que su piel le trasmitía desde donde Mousse la había agarrado para que no cayera al fuego.


Mientras tanto, Akane y Kaiko se mantenían a duras penas encima del tronco.

—No está mal, no está mal… —aprobó Cologne mientras comprobaba que, aunque aumentara más la amplitud del movimiento del madero, las dos chicas seguían de pie. Le llamó la atención el hecho de que la novia de Mousse, como la llamaba para sus adentros, tenía los ojos cerrados.

De un tremendo golpetazo, dio la vuelta completamente al madero, obligando a las chicas a saltar y practicar el aterrizaje, tal y como hiciera varias veces el día anterior, siendo los resultados un poco mejores.

—Veo que habéis mejorado vuestro equilibrio… Si queréis conservarlo tan agudo, tendréis que ponerlo a prueba constantemente —les informó la Anciana con una sonrisa.

Akane murmuró algo como “¡Por la dichosa valla todo el rato!” en tono de resignación, aunque Cologne si lo oyó no mostró signos de ello, ya que continuó hablando como si nada.

—Entonces, la siguiente parte es velocidad y colocación. Poneos otra vez encima del tronco —las dos chicas obedecieron—. De acuerdo, ahora, ¡luchad!

Las dos jóvenes se miraron un segundo, se encogieron de hombros, y exclamaron: —¿Cómo?—

—¿No me prometisteis que seguiríais mis órdenes sin cuestionarlas? —preguntó bastante enfadada Cologne.

—Err…

—¿No dijisteis que queríais ser las mejores costase lo que os costase? —prosiguió la amazona echando chispas por los ojos.

—En realidad…

—Entonces, ¿porqué no mantenéis vuestra promesa y trabajáis como es debido? —terminó casi a voz de grito.

—Nosotras no prometimos nada, Anciana Cologne —respondieron, muy bajito, las dos chicas, que se habían ido agazapando según avanzaba la perorata de la amazona de tan imponente que se había puesto.

Haciendo memoria un momento, la matriarca se dio cuenta de que efectivamente. las dos chicas nada habían prometido, que a diferencia del resto de las veces, había sido ella la que se había ofrecido a entrenar a las chicas, al contrario de lo que siempre había ocurrido en el Nujiezu, donde las más jóvenes había acudido, a veces en masa, a ella para que las entrenara, a lo cual siempre se había negado, pues no tenía más derecho ni obligación que entrenar a sus sucesoras. Sus dotes de entrenamiento, desde entonces, no habían estado todo lo valoradas que ella sentía necesario. De eso se dio cuenta entonces, y pensó, que tal vez, más que por intentar asegurar de alguna manera su plan, o por compasión hacia las dos mujeres, fue por esa falta de reconocimiento, un poco egoísta y bastante tonta dada la situación que debía enfrentar, por lo que decidió enseñar a Akane y Kaiko un poco de las artes marciales que su pueblo había legado y mantenido durante tanto tiempo.

Tal vez tonta, tal vez egoísta. Pero para ella, demasiado importante como para ser olvidada.

—Es… cierto. Vosotras no acudisteis a mi —respondió, por fin, la pequeña mujer, agachando la cabeza.

—No se ponga así, Cologne-san —Akane dio un paso hacia adelante, y Cologne alzó nuevamente la vista.

—Por mucho que me cueste reconocerlo, Akane tiene razón —continuó Kaiko, ganándose la atención de las dos—. Mire, ni usted ni su bisa-bisa-lo-que-sea me caen muy bien. Para nada apruebo lo que hacen con los hombres en su cultura, y también pienso como Akane que no pueden ir tan de pasotas por el mundo. Sin embargo, es innegable que todo ello les ha dado buenos frutos —y se pasó una mano por el hombro, inconscientemente recordando los golpes que había recibido el día anterior—, y uno de ellos es el hecho de su increíble fortaleza tanto física como mental. Mousse… y cualquiera de vosotras habéis resistido más que ningún pueblo del mundo o de la Historia. Los judíos, los hebreos, los gitanos… Ninguno ha estado nunca tan cerca de la extinción y se han mantenido tan firmes o autosuficientes. Por todo ello, supongo que debería mantenerse orgullosa y, aunque ya se le olviden las cosas…

Pero la joven rubia no pudo terminar porque un bastonazo en el cráneo se lo impidió. Al levantar la mirada, aún con un ojo cerrado por el dolor, vio que Cologne volvía a estar enteramente derecha y con chispas en los ojos, irradiando ese aura suya tan característica mezcla de sabiduría, letalidad, y misterio.

—¿Qué es eso de que se me olvidan las cosas, kôhai(1)?

—Nada, nada —respondió la chica. Curiosamente, no parecía enfadada por el golpe.

De hecho, sonreía.


Por fin, la media mañana había llegado, convenciendo a la Anciana Amazona de dar un descanso a sus cinco pupilos, número que parecía no dejar de aumentar según pasaba el tiempo. A ese ritmo, comentó divertida cuando volvían todos al campamento, no tardaría en abrir una escuela, pues le sería aún más rentable que el café.

—Pues no quiero ni imaginar como nos harías trabajar en una sala de entrenamiento —respondió Ranma, que andaba detrás de la anciana con los hombros caídos y paso lento, fruto del cansancio.

Si las miradas pudieran matar, Ranma hubiera caído fulminado.

Después de aquello, nadie dijo nada más sobre el comentario de Cologne.

Poco más tarde, el grupo al completo llegaba a sus tiendas, y poco tardaron los cocineros en ponerse manos a la obra en la creación del siguiente delicioso manjar mientras el resto iban de aquí para allá en sus pequeñas ocupaciones. Ranma, sin embargo, tan sólo se dedicaba a mirar, más con el estómago que con los ojos, como los platos iban tomando forma sobre el chispeante fuego de cocina. Kaiko, que aquella vez no cocinó y se encontraba sentada en una roca escuchando música con los cascos conectados a su discman y tatareando alguna tonadilla de vez en cuando, hizo notar el enorme parecido del joven Saotome con un oso panda al que estuvieran a punto de darle su ración de bambú.

—¡Saotome… —empezó Mousse, haciendo grandes esfuerzos por no soltar una carcajada.

—…ser como… —continuó Shampoo, tapándose la boca para no reírse.

—…un enorme y… —siguió Cologne, con los ojos llenos de lágrimas.

—…vago panda! —terminó, apenas conteniéndose de reír, Akane.

—¡JAAAAAAAAA… —explotaron todos al mismo tiempo un segundo después.

—¿Qué pasa? ¿Qué he dicho? —preguntó, intentando hacerse oír por encima de las carcajadas, Kaiko.

—…JAJAJAJA…

Ranma, gruñendo, le respondió enfadado: —Pos has dicho algo que no tiene ni pizca de gracia. ¡Yo, parecerme a ese viejo idiota! ¡Ni pensarlo! ¡Nunca! Y vosotros, dejad de reíros.

—…Ja… Jaja… —las risas fueron, poco a poco, muriendo, siendo reemplazadas por miradas divertidas en dirección al irritado Ranma y algún que otro comentario del tipo “¡Hacia mucho que no me reía tanto!” o “¡Qué bueno! ¡Qué bueno!”.

Acercándose sigilosamente a Mousse, y sin dejar de mirar a Ranma ni un segundo, Kaiko empezó una conversación entre murmullos con el joven chico chino.

—¿Puedes decirme tú a qué ha venido eso?

—¿Las carcajadas? —preguntó Mousse también en bajo mientras se mantenía atento a la cazuela que tenía en frente, donde burbujeaba lentamente un líquido que bien podría ser algún tipo de sopa.

—No, quiero que me expliques el porqué de la vida, no te digo…

—Pues en el libro que estoy leyendo hay unas teorías sobre eso de lo más curiosas…

—¡El por qué os habéis reído! —le cortó irritada la rubia.

—¡Ah! Eso es porque… Bueno, recuerdas lo que te conté hace unas semanas… Mi vida y eso… —el recuerdo de aquel momento estaba demasiado fresco en la mente de ambos jóvenes como para olvidarlo fácilmente, así que Kaiko asintió, animándole a seguir—¿Recuerdas lo que te conté de Ranma, su padre, y su desafortunada parada por el pueblo? —una vez más, Kaiko asintió—Al parecer no te acuerdas de todo —la joven jefa puso cara de extrañeza ante el comentario, y entonces Mousse continuó—. Genma, el padre de Ranma, se convierte en panda.

La sorpresa se adueñó entonces del rostro de la joven.

—Además —prosiguió Mousse—, Saotome no se lleva muy bien con su padre por razones que desconozco. De hecho, se llevan a matar, si lo pienso bien… Por lo poco que he oído, Saotome Genma no es exactamente… tu padre modelo. Así que…

—Odia que lo comparen con él —terminó Kaiko, dirigiendo su mirada a donde el joven Saotome estaba sentado—. Pero no recuerdo que me hubieras dicho que su padre tenía una maldición como la tuya.

—Pues no sé… —Mousse trató de recordar la terapéutica conversación, o más bien, relato que le hizo a Kaiko de su vida y que tanto les había unido. Mientras buscaba entre sus recuerdos, se dio cuenta de que él también quería oír la misma historia pero por parte de la joven rubia, cosa que le comunicó mientras hacía esfuerzos por recordar, los ojos cerrados y las manos en las sienes.

—Oh, en realidad, no hay mucho que contar —respondió tratando de esconder el nerviosismo que de repente se había adueñado de ella. Sin embargo, Mousse se colocó la máscara de “hasta que no me lo cuentes no voy a parar”, y Kaiko tuvo que ceder—. Bueno… pues, el hecho es que yo no soy de Tokio, yo soy de Kyoto. Mis padres, para cuando yo nací, tenían allí un único restaurante, comparado con los no-sé-cuántos que poseen ahora. El que regento hoy en día lo compraron, de hecho, poco después de que yo naciera. Fue su primera incursión fuera de Kyoto, y ahora me lo han dejado a mí.

Miró a Mousse con intención de reprocharle el hecho de que no estaría mirando y así tener una excusa que la permitiese salir de aquella situación, pero el joven de gafas tenía toda la atención que podía poner sin desatender la comida puesta en ella, así que, con un suspiro, se preparó para relatar más de su vida.

—Bueno, estudié en el Instituto San Linku del distrito doce de la ciudad, el Imaginaru-ku que es donde vivíamos. Además, el instituto quedaba muy cerca de casa, y recuerdo que por ello siempre me levantaba muy tarde, casi nunca llegando a tiempo a las clases. ¡Mis profesores nunca entendieron el hecho de que siempre llegara tarde cuando vivía a tiro de piedra del instituto! Ah… Recuerdo también mis primeras peleas en el recreo del instituto… Ahora que las veo con perspectiva, todas y cada una de ellas fueron de lo más estúpidas. ¡La una más tonta que la anterior!

Ambos jóvenes rieron alegremente ante aquel comentario y Kaiko se animó a continuar.

—Mis padres vieron que lo mejor era redirigir mi energía a algo más productivo, y pronto me metieron en una de las escuelas de artes marciales más duras de la ciudad. De aquella época… bueno, aquel sitio no fue nada amable conmigo. A la gente no le caía bien, con eso de ser rubia y parecer tan occidental…

La chica había bajado la mirada, no queriendo recibir la mirada de sorpresa que, ella pensaba, Mousse la estaría dando en aquel momento. Sin embargo, el joven chino no mostraba tal cosa, guardándose la sorpresa para sí, pues sabía que resultaba molesto. No dejó, sin embargo, de observarla, aunque fuera brevemente, intensamente, con el fin de buscar esos rasgos “occidentales” de los que ella hablaba. Finalmente, sí que pudo distinguir que sus ojos eran significativamente menos rasgados. Pero, aparte de eso, su altura, ligeramente mayor a la media, y su pelo rubio dorado, le era imposible de distinguir sus orígenes. Para él, pensó divertido, todos los japoneses parecían iguales.

—Si no quieres decir nada más… —comenzó Mousse, sólo para ser silenciado por el fino dedo índice de la chica.

—No pasa nada —dijo. Suspiró una vez, como para prepararse para algo que conllevaba mucho esfuerzo, y continuó—. El hecho es que aquella experiencia, de la que no salí por pura cabezonería, pues podría habérselo dicho a mis padres en cualquier momento, me hizo madurar increíblemente. Como efecto secundario, consiguió que me concentrase tanto en mi entrenamiento, que me convertí en la mejor de mi generación. Pasaba horas y horas entrenando, repitiendo los mismos ejercicios una y otra vez hasta que pasaban a ser tan naturales como el comer o el dormir.

Soltó el aire que no sabía que estaba aguantando, y prosiguió su relato.

—Por suerte, aquello no duró lo suficiente como para convertirme en una loca por las artes marciales —ante aquello, Mousse puso cara de ofendido, aunque la risa que no consiguió esconder arruinó todo el efecto—, sí, no como vosotros, y, tras ver lo que me había pasado, mis padres se sintieron muy mal —la sonrisa se escapó de sus caras nuevamente—. Intentaron, no sé, “desmadurizarme”, no sé, como lo quieras decir. Yo… traté de hacer lo que querían, comportarme como querían, pero no dio resultado. Era demasiado antinatural, y tuvieron que desistir. Por aquel entonces, la cadena de restaurantes de mis padres había llegado muy lejos y, al mismo tiempo que me asignaban a la primera sucursal que abrieron aquí en Tokio, mi padre tenía que viajar a Estados Unidos a abrir allí su primer restaurante. Ciertamente, el tiempo ha pasado muy deprisa.

Tras aquella última afirmación, la pareja quedó en un amigable silencio decorado con el incesante crepitar del fuego y el relajante burbujeo del líquido que estaba siendo cocinado. Casi como si fuera a propósito, ninguno de los otros que les acompañaban en la acampada se acercó a ellos mientras se mantenían así.

Cuando Mousse empezó a moverse y buscar el resto de cacharros de cocina, señalando que la comida estaba a punto, ocurrió algo extraño.

Primero, el suelo debajo de ellos empezó a temblar, empezando como una ligera vibración hasta que la tierra parecía más un mar embravecido que el objeto duro e inmóvil que tenía que ser. Y entonces, a pocos metros de ellos, una gran explosión de tierra y polvo ocurrió de repente, asustando a todos los presentes, y especialmente a Kaiko y Mousse, el último de los cuales tuvo la buena idea de cubrir rápidamente la comida y tapar a la chica rubia con su enorme toga blanca.

Cuando por fin el polvo volvió a asentarse, el grupo encontró a un chico muy conocido por casi todos ellos. Con un atuendo donde el marrón y el amarillo eran la nota dominante junto al negro, una complexión que más parecía la de un ladrillo que la de una persona, una enorme mochila de viaje a la espalda y una inconfundible cinta amarillas con puntos negros para evitar que el sudor de su frente le molestase, Ryôga Hibiki apareció de su particular manera en el lugar de entrenamiento de los chicos de Nerima.

—Sólo falta que diga… —empezó Ranma en bajo.

—¿¡Dónde demonios estoy! —gritó al cielo, lleno de frustración, el recién llegado.

—…eso.

—¿Eh? —con semejante ejercicio de lingüística y oratoria, Ryôga registró el hecho de que había oído a alguien y, al darse la vuelta, se encontró con el grupo al completo. Lo que no esperaba, tras verlos, era el grito que escuchó salir de los labios de una amazona muy alegre, pelo verde y mucho escote.

—¡Airen! —y Perfume procedió a darle un abrazo como sólo las amazonas sabían darlo.

Y, cómo no, Ryôga procedió a desmayarse como sólo él sabía.


Unos minutos después, Ryôga volvió a estar consciente, encontrándose dentro de una espaciosa tienda de campaña, aunque poco hubiera durado si no hubiera sido porque Cologne ordenó a Perfume que se apartara un poco y no se le echara encima.

—Queremos que vuelva a estar consciente, no mantenerlo dormido —fue, de boca de la anciana matriarca, lo primero que escuchó Ryôga.

—¿Dónde estoy? —preguntó el chico mientras se erguía, aún desorientado y sintiendo la conocida rigidez debajo de su nariz de la sangre reseca.

—Aquí, como para molestar… —respondió muy bajo y bastante molesta la amazona.

—¿Perdón?

—No, nada. Estamos en medio del bosque que hay al Este de Tokio…

—¡Oh, genial…!

—…y estamos aquí… esto… —en aquel momento, Cologne dudó. Conocía bastante bien al joven Hibiki, y como se enterara de que Ranma se estaba haciendo más fuerte, primero iría a comprobarlo, y luego, cuando le hubiera vencido, se embarcaría en algún viaje, o lo que es lo mismo, caminar sin ninguna dirección, en busca de un lugar donde entrenar o alguna técnica que le permitiese equipararse y sobrepasar a Ranma. Bueno, por alguna razón, ahora mismo la idea de tener al chico perdido en algún lugar recóndito de Japón, a pesar de que le molestase el hecho de que les hubiera encontrado justo entonces y justo allí, no le gustaba nada. Quería tener a todas las fuerzas disponibles, y la fuerza del chico, junto con su testarudez y resistencia nunca podría venir mal. Además, habiendo perdido el paradero de su enemigo, ya no había lugar seguro para todos los luchadores del planeta, así que lo último que podía hacer era mantener vivos a los que tenía a su alrededor, sobre todo si se trataba de unos adolescentes que tenían toda la vida por delante.

Así que, más valía mantener a Ryôga cerca, aún a costa de unas peleas que le traerían dolores de cabeza. Al fin y al cabo, ya estaba acostumbrada a los dolores de cabeza.

—…estamos aquí entrenando.

—¿¡Cómo! ¿Y Ranma también? —preguntó rápidamente Ryôga, al tiempo que se limpiaba la sangre reseca.

—Pues sí…

Exactamente tal y como había predicho, el chico salió disparado en de la tienda. La Anciana ni siquiera se molestó en salir de la tienda, contentándose con escuchar los ruidos que venían de fuera.

—¡Ranma, te desafío a una lucha! —el grito de Ryôga atravesó la tela de la tienda de campaña hasta los oídos de Cologne.

—¡Cuando quieras, Ryôga!

—Puede que eso no sea una buena idea, Ryôga —la voz de Akane parecía contrariada.

—¿Por qué, Akane-san? No pasa nada, puedo vencerle. Mis últimos viajes me han hecho entrenar mucho —el chico realmente parecía confiado.

—Pero, realmente. Ranma ha entrenado mucho, y ahora puede hacer cosas increíbles…

—Gracias por preocuparte por mí, pero no pasa nada. Ranma, voy aaaAAHHH…

Al escuchar el grito de Ryôga, Cologne se dio cuenta de que tenía que salir, ya que, si no estaba equivocada, se encontraría…

…a Perfume echada sobre Ryôga utilizando sus armas de mujer para seducir al chico, que tardaría aproximadamente otros dos achuchones antes de quedarse inconsciente.

—¿Airen? ¿Airen? ¿Ryôga? —la pobre chica parecía que no sabía lo que había hecho.

Bueno, tal vez sólo un achuchón amazona.


Como la primera vez que el chico perdido había caído inconsciente, la comida se pospuso un poco más, provocando las iras del estómago de Ranma, que hizo notar su desagrado con la situación de hambruna que estaba sufriendo con fuertes rugidos, hasta que por fin, harta del ruido, Cologne consintió en que se empezara la comida, se dejó a Perfume a cargo del chico inconsciente después de hacerla prometer que no se echaría encima de él, al menos por el momento.

Así que, mientras los demás comían en aquella mesa plegable que Mousse había traído, Perfume esperaba pacientemente a que su caballero de reluciente armadura despertara de su sueño.

Viéndole ahí, dormido plácidamente, le recordaba aquellos pocos días que viajó con él. Ryôga Hibiki no se parecía a los chicos que había conocido en su vida. Era amable y educado, y siempre ponía por delante el bienestar de los que le importaban al suyo propio. Perfume había descubierto en Ryôga la personalidad, el corazón y el cuerpo que desde hacía tiempo había anhelado. Alguien que la viese como una guerrera, como una amazona orgullosa y luchadora, que es lo que era, pero también, como una mujer que quería ser comprendida y amada, como una mujer que se sentía marchitar por dentro y necesitaba probar que no lo estaba.

Y ahí estaba él, fuerte como un toro, robusto como un oso y resistente como el granito, pero frágil por dentro como el cristal, atento y cariñoso como el mejor compañero y divertidamente despistadillo. Por supuesto, Ryôga no podía estar manchado por la maldición de Jusenkyô. No mostraba esa arrogancia que mostraban los inútiles esos, ni tampoco su corazón se enfriaba al acercarse a él como le pasaba cuando se aproximaba uno de ellos, sino todo lo contrario, se llenaba de calor, batía contra su pecho intentando remontar el vuelo y dándola fuerzas para cualquier cosa. Estaba claro que Ryôga Hibiki era perfecto para ella, y que se darían el uno al otro lo que no habían tenido en toda su vida: amor verdadero y puro.

Por fin Perfume había encontrado a su hombre predestinado por la diosa.


Mientras Perfume se sentía de nuevo dichosa dentro de la tienda con sólo mirar la forma dormida del joven Hibiki, otro alma no se sentía tan despreocupada ahora que el chico de incisivos pronunciados había ido a aparecer en su lugar de entrenamiento.

—Akane —empezó Ranma a hablar en susurros—, esto… hay algo que tengo que contarte.

—Adelante, Ranma.

—Verás… —mirando a los lados, Ranma vio que Mousse y Kaiko estaban a su lado, tratando de escuchar disimuladamente y fallando estrepitosamente. Subiendo la voz, continuó hablando—Mejor nos vamos a un sitio donde no nos puedan escuchar.

Aunque Akane se sentía un poco confundida, aceptó el levantarse y seguir a su prometido, el cuál se dirigió al río resueltamente. Cuando llegaron a la pequeña corriente de agua, la pareja se sentó en una roca que sobresalía casi un metro por encima de la superficie del agua, y retomaron la conversación.

—Verás, ahora que Ryôga ha venido…

—Es genial¿verdad? —le interrumpió la chica—Con lo majo que es Ryôga-kun, ahora podréis practicar con alguien más. Estoy segura de que si se lo pedís, él os ayudará en todo lo que pueda. Aunque, espero que haya entrenado mucho en sus viajes, porque si no…

—Akane… —dijo Ranma, ganándose nuevamente la atención de su prometida—Eso ahora mismo no es lo importante. Lo que importa es que hay una cosa sobre Ryôga que no te he dicho.

La cara de Akane reflejó la confusión y la curiosidad que bullían en su interior, y Ranma, que empezaba a sentir los primeros remordimientos por haber empezado aquella conversación, no tuvo otro remedio que seguir.

—Akane… —repitió Ranma—Ryôga… bueno, verás… tal vez no te lo creas… es difícil de entender… ¡Demonios, incluso a mí se me escapa como diantres sucedió!

—¿Puedes ir al grano, Ranma? —preguntó Akane con tono aburrido.

—Sí, sí. Tal vez comprendas un par de cosas después de lo que te voy a decir, y es importante que recuerdes que Ryôga es un buen tipo, al fin y al cabo.

—¿Qué estoy diciendo? —pensó Ranma en aquel instante—Parece como si me estuviera preparando para decirla que Ryôga se convierte en cerdito. No, no, no, yo no le digo nada de eso. Si hemos conseguido pasar todo este tiempo sin que se enterara, no seré yo quién se lo cuente. Si algún día se lo dice… Pos mejor para mí, y mejor para él. A ver, concéntrate y dile lo que tienes que decirla.

—Ranma, ¿vas a soltar de una vez lo que tengas que decir?

—Sí, sí, ya voy. A Ryôga… él tiene unos sentimientos… más fuertes que la amistad…hacia…

—Hacia… ¿mí? —Akane no podía sentirse más confusa, tal y como mostraba su expresión de total desconcierto e incredulidad.

En aquel momento se hizo un sonoro silencio no sólo entre los dos, sino en todo el bosque. Los árboles, los pájaros, las nubes… todo el bosque esperaba aguantando la respiración como Ranma las siguientes palabras que salieran por la boca de la menor de las Tendô, palabras que mostrarían los sentimientos de la joven hacia el chico eternamente perdido.

—Pero yo… yo no. Nunca le he… ¿visto así? Nunca, vamos…

Y mientras Akane continuaba murmurando y hablando sin parar en susurros, Ranma sintió como un enorme peso se le quitaba de encima, permitiéndole volar hasta el séptimo cielo y volver, una vez más, a su cuerpo a tiempo para seguir observando y escuchando como su prometida, y ahora más prometida que nunca, seguía murmullando tesis y antitesis sobre qué había considerado a Ryôga desde que le conoció.

—…que yo nunca le consideré de esa manera. Aunque no sería porque no era amable, cuidadoso, atento, inteligente, racional, amistoso…

Ranma empezó a mosquearse.

—…bueno, en general, buena persona, aunque un poco despistado, aunque eso no lo hacía sino más divertido…

Ranma se mosqueó bastante.

—…además de que siempre me hacía regalos cuando volvía de sus viajes, aunque claro, ahora tiene más sentido…

Y Ranma, por fin, explotó.

—¡Pero bueno! ¡Oye, parece que sólo tuvieras ojos para ese cabezadura idiota! ¿Es qué yo no he hecho nada? —Ranma estaba realmente indignado. Acaso no se daba cuenta de cuantas veces la había salvado de este o aquel peligro. Parecía como si no se lo fuera a agradecer nunca. Y eso le estaba cansando mucho.

Akane vio la expresión de total y absoluta indignación que llevaba Ranma y en ella, un pequeño rastro de tristeza y dolor por el hecho de que solamente reconociese como algo digno de mención lo que hiciesen los demás, y no lo que él hacía.

—Estás equivocado, Ranma —pensó Akane—. Una vez más, te equivocas de pleno. Lo que tú haces es lo único que me importa de verdad. Para mí, el resto del mundo no existe.

—Ranma —dijo—, ya que estamos de confesiones… Sabes que estoy enamorada de ti —ante aquello, la expresión del chico se alegró un poco—, y eres tú lo único que me importa. Lo demás, me da igual.

Un beso, largo, suave y lleno de amor por fin confeso, cerró el tema de discusión. Al separarse se miraron divertidos, maravillados por las sensaciones que recorrían sus cuerpos, sonrientes sin saber exactamente porqué, uniendo sus manos como un puente que les unía en la distancia que no era mayor que unos centímetros, y aún así, demasiado grande como para no ser extinguida mediante unas manos unidas.

En unos minutos, sin embargo, volvió a fruncir el cejo el heredero de la escuela Todo Vale. Fue entonces Akane quién animó al chico a hablar.

—Verás —empezó otra vez Ranma—, te he dicho lo de Ryôga porque, ahora que ha venido, y como nosotros… nosotros…

—¿Somos, por fin, pareja formal? —suplió Akane con una facilidad que asombro a Ranma, el cuál todavía no se acostumbraba a expresar su nuevo estatus.

—Sí, eso. Me preocupa que Ryôga nos vea haciendo… haciendo cosas de novios. Ya sabes que en lo emocional… —terminó Ranma, intentando referirse a la terrible pelea que tuvo con Ryôga cuando éste aprendió el “Rugido del León Asesino”.

—Sí, tienes toda la razón —mientras a Akane se le vino a la mente las pocas veces en las que Ryôga le había entregado flores, ocasiones en las que salía disparado rojo como un tomate nada más dárselas, y que ahora cobraban un nuevo significado—. Es bastante débil.

A Ranma el “Rugido del León Asesino” no le pareció nada débil, pero decidió no comentar nada en pos de llegar al tema que le interesaba.

—Sí, bueno. Por eso, creo que deberíamos, no sé, disimular un poco mientras esté por aquí.

—¿Disimular? ¿Más?

—Sí…

—Bueno —respondió Akane tras un momento de silencio—, si no hay otra opción.

Ranma le hizo un gesto indicando que él no creía que hubiese ninguna otra manera, y que a él tampoco le gustaba la idea.

—Mira —empezó cuando se levantaron y se encaminaron de nuevo hacia el campamento—. Cuando volvamos, podemos… no sé, salir a cenar… como en una… una…

—¿Cita?

—Sí, eso mismo.

—De acuerdo —aceptó con una sonrisa Akane—. Y por cierto, a ver si te quitamos esa manía de no poder decir una frase con “novios” o “cita” o “amor” de un tirón. Estoy empezando a cansarme de oírte tartamudear…


Aquella tarde, todo el grupo excepto Perfume y Ryôga, estuvo entrenando en la zona del lodazal. El chico perdido y la amazona de pelo del color de la hierba se quedaron en la tienda, hablando sobre lo que les había pasado desde la última vez que se habían visto, aunque la mayor parte del tiempo pasó con Perfume escuchando ávidamente el relato de los interminables viajes del chico, asombrándose de que, por las descripciones que daba de los lugares que había visitado, el chico había viajado de punta a punta de la isla de Honshû(2) en apenas una semana, confirmando la teoría que ya formuló cuando lo conoció por primera vez de que su sentido de la orientación, y su forma de viajar en general, no podían ser naturales.

Ni se dieron cuenta de que la noche se les echaba encima y, cuando el resto del grupo volvió cansado y hambriento y Cologne se acercó a su tienda, abriendo la puerta de la tienda donde estaban, quedaron sorprendidos al comprobar que la luz del sol escapaba naranja entre los árboles de la oscuridad que se cernía sobre todas las cosas, tan sólo rechazada, y sólo en parte, por la luz blanquecina de la Luna, la cuál colgaba cerca del horizonte, de manera que se extendía magnífica en una posición visible incluso para ellos, que estaban en medio del bosque.

Mientras el resto se dispuso a esperar, o a cocinar en el caso de unos pocos, la cena, Mousse, que aquella noche no tenía ni ganas ni fuerzas para cocinar, pues había empezado unos extenuantes primeros ejercicios de movilización de su energía vital, se dirigió a un minúsculo claro que se encontraba a unos cincuenta metros al sur del emplazamiento de las tiendas. Era un lugar donde un enorme árbol ya muerto, partido en dos casi hasta la raíz por alguna fuerza de la naturaleza, había acabado convirtiéndose por el paso del tiempo en una especia de enorme hamaca de madera que permitía mirar a través de sus ramas sin hojas hasta llegar al aterciopelado cielo nocturno. Mousse se congratuló una vez más cuando se tumbó en el árbol por el descubrimiento del sereno lugar el día anterior mientras buscaba madera.

—¿Cuántas veces he estado aquí? —se preguntó mentalmente—¿Una? ¿Dos? No lo sé, pero ya me he enamorado de este lugar.

De fondo se oían las voces que venían del campamento, al tiempo que se iban sumando los sonidos nocturnos del bosque: los insectos, los pequeños mamíferos, las rapaces, como un búho marronáceo que acababa de pasarle por delante, el suavísimo, casi inaudible, murmullo de la corriente de agua que tanto habían utilizado… Todo en ese bosque, no podía evitarlo, le recordaba al pueblo que le vio nacer.

—¿Mousse? —la voz casi infantil de Shampoo recorrió el claro, sorprendiendo al amazona que pensaba que iba a estar sólo.

—¿Shampoo? ¿Qué haces aquí? —inquirió Mousse en la dirección de donde había salido la voz de la amazona.

Shampoo apareció de entre los árboles. Su andar era lento y en su rostro se reflejaba el enorme cansancio que, como los otros dos estudiantes de las escuelas legendarias, atenazaba cada músculo de sus cuerpos. Se sentó pesadamente al lado de Mousse, y luego, se echó como él de manera que quedó mirando también al cielo.

Has encontrado un bonito lugar, Mu-Tzu —comentó la chica en su lengua materna.

Sí… Es perfecto para pasar el tiempo y pensar un poco —respondió—. ¿Cómo es que no estás cocinando?

¡Hey! Yo también me tomé el día libre, ya ves —contestó Shampoo con una sonrisa.

De acuerdo, de acuerdo…

Oye Mu-Tzu —empezó la chica con un tono más serio, consiguiendo que Mousse girase la cabeza para observarla—, todo esto: el bosque, el entrenamiento, el riachuelo… ¿No te recuerda al pueblo?

Cada segundo que pasamos aquí.

A mí también, Mu-Tzu… —coincidió—Recuerdo la guardería, la zona de entrenamiento, el tronco sagrado. Recuerdo mi casa, la tuya, la de Ol-hun… ¿Te acuerdas de aquellos pocos días en los que podíamos jugar todos juntos?

Sí que lo recuerdo, sí…

Nunca os lo dije, pero me llevaba unas broncas por escaparme del entrenamiento que no te lo puedes ni imaginar… —Shampoo suspiró añorando aquellos momentos de su niñez—No puedo creer el tiempo que ha…

Xian-Pu —le interrumpió el chico—. Xian-Pu, es mejor… Pienso que es mejor que dejes que esos recuerdos descansen ya. Será mejor que dejemos descansar esas imágenes de nuestro pasado, porque es un pasado que jamás podremos revivir. Es mejor que nos centremos en aquello que tenemos delante, el futuro que nos espera aquí en Japón, y todo lo nuevo que trae consigo.

Shampoo le miró un poco sorprendida, y luego respondió: —Sí, tienes toda la razón, Mu-Tzu. Centrarse en el futuro…

Y… siento haberte interrumpido. Ha sido de mala educación.

Fue entonces cuando las miradas de ambos chicos se cruzaron, y Mousse vio en los ojos de la amazona de pelo lavanda aquello por lo que había luchado, aguantado, sobrevivido, por lo que había sido humillado e incluso hubiera matado, y por lo que se había hecho mejor persona a lo largo de los años.

Mu-Tzu… me gustaría compartir mi nuevo hogar contigo…

La declaración de amor llegó tan silenciosa, tan suave, mecida por el viento que movía sus cabellos lavanda, por fin ardiente como por fin sus ojos de rubí llameantes al verle, su cara tan cerca de la suya, al contrario del Sol y de la Luna, el olor a sudor proveniente de los dos mezclado con sus alientos hacían una mezcla extraña, un afrodisíaco de la naturaleza que le atontaba y le mareaba, que le daba fuerzas para todo y que no le dejaba ver el mundo como era. Algo le pasaba, no podía, y quería alejarse, tener algo más de espacio, respirar un aire que no oliese a ella, que no fuese ella y donde no revoloteasen sus cabellos lavanda…

Con un esfuerzo sobrehumano, Mousse consiguió erguirse y separarse una distancia prudencial de Shampoo. Sabía que algo estaba mal, que lo que ahí había no era amor, sino una necesidad desesperada y desesperante por encontrar consuelo tras una tragedia inconsolable, buscar el calor de una persona que fuera capaz de comprender el dolor y el enorme vacío que se sentía cuando una parte de tu vida, cuando tu infancia, desaparecía de la Historia y era borrada de los mapas. Claro estaba, él era el único que encajaba en la posición, y ni amazonas ni guerreras, ellas, como él, eran personas, personas que necesitaban ser reconfortadas y mimadas hasta el día en que por fin sus heridas estuvieran suficientemente cerradas como para poder soportar la presión de las memorias encerradas en el olvido obligado.

Su sueño, su razón para vivir estaba a unos centímetros de distancia, esperando ser alcanzado.

Y la tentación era demasiado grande.

¿Mu-Tzu? —al ver que no respondía, Shampoo se lanzó una vez más suavemente hacia él para, esta vez, sí hacer contacto con sus labios.

No pudo ver la pareja como otra persona cuyos cabellos dorados reflejaban pálidamente la luz mortecina de la Luna se alejaba, entre sollozos incontrolables e hipados, de aquel lugar con un plato en las manos que, en su prisa por alejarse del claro, tiró sin remordimientos al suelo.


(1) Estudiante, aprendiz de un maestro al que se le llama sempai.

(2) Nombre de la isla más grande de las que forman Japón.


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

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