Cap. 13 de S.A. original

La energía vital es la clave del entrenamiento y estudio especial que Ranma, Mousse y Shampoo han de llevar a cabo. Pero no son los únicos que, de repente, se encuentran entrenando en ese bosque.

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Entrenamiento especial: la fortaleza del triángulo

—Así— es chino y “asa” es el sonido de una TV, radio…

Ni siquiera las primeras porciones del astro rey habían empezado a aparecer por encima del horizonte, cuando una voz cascada y cavernosa atravesó el bosque que se encontraba a las afueras de la ciudad de Tokio, despertando a la mayoría de la fauna que todavía no había empezado su día, al igual que a un pequeña grupo de personas que habían viajado hasta allí con el fin de pulir sus habilidades en el legendario arte del combate.

—¡Vamos, Saotome! —le apremió Mousse bastante irritado. Mientras que él se había despertado en el mismo instante en que la voz de Cologne había resonado cerca de su tienda, el chico de la coleta continuaba durmiendo a pierna suelta, literalmente.

Cuando intentó despertarle zarandeándole y no consiguió nada, salió de la tienda enfadado, ni siquiera molestándose en saludar a Cologne, que les esperaba al lado de los restos del fuego que el día anterior habían hecho para hacer la comida e intentar calentar el ambiente cuando la noche había caído. En vez de eso, Mousse se internó directamente al bosque para buscar leña. Al poco, los sonidos de un árbol cayendo y partiendo las ramas de sus vecinos en el proceso se pudo oír por todo el bosque, al tiempo que un nutrido grupo de pájaros remontaba el vuelo contra el cielo totalmente limpio de la mañana.

Unos minutos después empezaron a salir las chicas y, excepto Perfume, todas volaron, apenas dando los buenos días a Cologne cuando pasaban a su lado, al riachuelo que corría al Este de las tiendas de campaña, de manera que nadie del sexo opuesto las viese nada más levantarse y sin arreglar.

Aquello no hizo nada de gracia a la Anciana Amazona, que había esperado que al menos aquellas de su mismo sexo, que ella misma consideraba en muchos aspectos superiores a los hombres, fueran un poco más respetuosas hacia sus mayores, definitivamente no esperando aquella actitud de colegiala de su bisnieta, la dueña de un café y… bueno, de Akane prefería no opinar.

No tuvo mucho tiempo para enfadarse, sin embargo, porque unos momentos después apareció Perfume, increíblemente sin una señal de que había dormido casi ocho horas, y Ranma, desgarbado y soñoliento como siempre, aunque una pequeña sonrisa se mantenía en sus labios a pesar del sueño.

—¿Y esa sonrisa? —le preguntó Cologne con un tono un poco más duro de lo que había pretendido.

Sin embargo, el chico pareció no darse cuenta de ese tono.

—¡Ah…! Nada. Es simplemente que hacía mucho que no despertaba en un viaje de entrenamiento como éste —respondió tratando de abrir los ojos del todo.

En aquel momento, Mousse regresó por entre los árboles, murmurando algo ininteligible mientras llevaba bajo cada brazo un parte de un tronco casi tan largo como él y que apenas podía rodear enteramente con el brazo. Cuando vio que Ranma estaba de pie al lado de Cologne, dejó uno de los troncos y, agarrando el otro con su mano libre, se lo lanzó sin mediar palabra, obligando al recién despierto artista marcial a coger el enorme peso lanzado hacia él en el aire.

—¡Hey! ¿A qué viene eso? —preguntó enfadado el chico de coleta al tiempo que dejaba la carga que le había pasado en el suelo.

—Empieza a hacer leña de eso, bella durmiente —respondió Mousse en un tono que no admitía contestación.

Tras observar al amazona un segundo, Ranma cedió y empezó a cortar, a base de patadas y puñetazos, el grueso tronco hasta un tamaño más manejable. Mientras, Mouse dejó el otro tronco cerca del fuego, de manera que sirviese como un asiento natural, y luego empezó a descargar sus mangas de las ramitas que había recogido.

Terminaba de levantar el segundo montón de ramitas hasta la altura de su ombligo cuando Shampoo regresó del río, su pelo liso y su bonita cara libre de todo signo de su descanso nocturno. Sin embargo, cuando vio a Mousse, que en aquel instante estaba ocupado rebuscando entre sus ropas y preguntándose dónde demonios había metido las cazuelas, la expresión de la estudiante de la escuela del Rayo se tornó oscura. Sin más, utilizó los materiales a su disposición para empezar un fuego en el mismo lugar que el día anterior.

Apenas media hora después, Kaiko elogiaba el desayuno que todos estaban tomando.

—¡Guau! ¡Esto está delicioso! Nunca había probado una sopa y un pescado mejor hecho para desayunar. Y el arroz y las algas tampoco se quedan atrás…

—Sí que está bueno, sí… —añadió Ranma entre bocados.

Mientras, Mouse no sabía que hacer para ocultar su sonrojo.

—Es… cuestión de práctica, supongo…

—¿Cuestión de práctica? —repitió escéptica la dueña del Takahashi’s— No. Yo llevo haciendo esto mismo muchos años y todavía no he preparado nada como este desayuno. Mousse —continuó con tono solemne—, tú tienes mano para la cocina.

—¿Yo? —dijo incrédulo— ¡No…! Yo no… Quiero decir, que nunca… Al fin y al cabo… sólo soy…

—No es tan raro Mouse —intervino Ranma, que ya había terminado su parte y empezaba a echarse parte de lo que había sobrado—. Fíjate en Akane y en mí: comparada con ella, mi cocina es trabajo de diosas.

—Sí, eso mis… —añadió la menor de los Tendô entusiasmada hasta que el significado de las palabras de su prometido registró en su cerebro. Entonces se volvió e intentó unir a Ranma a la mesa sin cirugía, el cuál la esquivó sin dejar de devorar su segundo plato de desayuno.

Cologne no había perdido ojo, o más bien, oído de la conversación, aún cuando había actuado como si no hubiera escuchado nada. Pudo observar los ojos de Kaiko que no dejaban de mirar al chico de gafas con algo parecido a esperanza. Suspirando, dirigió su mirada hacia su bisnieta, descubriéndola cabizbaja y su plato sin tocar. En aquel preciso instante, la chica se levantó de la mesa y, sin ni siquiera atraer una mirada, se alejó de la mesa en dirección al lugar donde entrenaron el día anterior. Volvió a suspirar, esta vez algo irritada, y con un certero movimiento de su bastón, frenó los movimientos que su molesto estudiante estaba haciendo para escapar de su prometida, y le dejó a merced de aquella.


Diez minutos después, Ranma, que todavía llevaba un enorme chichón en la parte de atrás de la cabeza, Mouse y Cologne estaban de nuevo delante del lodazal termal, y en su centro se movía lentamente, como una botella en el mar, la cabeza de Shampoo. Los dos se echaron al suelo y comenzaron su lectura de los libros, que una vez más hizo aparecer Cologne, donde lo dejaron el día anterior.

Cuando el mediodía se acercaba ya, y la luz empezaba a escasear en el suelo del bosque, Ranma cerró su libro de un golpe, sorprendiendo a todos. En su rostro había unan expresión de confianza.

—¡Ya he terminado con éste! —le informó el chico a la dueña del libro mientras se lo devolvía.

—¿Y bien? —preguntó Cologne mientras se guardaba el libro que le daban y sacaba otro aún más grande y más mugriento.

—Ya lo sabes, ¿no? —respondió el chico con una sonrisa, aceptando el nuevo volumen—Más y más cosas sobre la fuerza vital del entorno y como manipularla. De hecho, ya comprendo como hiciste el ataque aquel en el que parecías multiplicarte. No es muy difícil, además…

Mousse no pudo evitar quedarse boquiabierto mientras Ranma se tiraba sobre la hierba y se sumergía de nuevo en la lectura. El chico había descubierto como funcionaba el ataque de la Multiplicación de Cuerpos¡y decía que no era difícil, además! Y él, sin embargo, estaba teniendo enormes dificultades para saber como manejar una mediana cantidad de su fuerza vital.

Es cierto que el parte con ventaja, pero no puedo dejar de sentirme tan… tonto —pensó resignado el amazona.

Resultó que el segundo libro que Ranma recibió hacía mucho más hincapié en la parte práctica del conocimiento que el anterior, y por tanto, durante el resto de la mañana, el chico de la coleta se dedicó a ejercitar lo que había aprendido el día anterior, junto a algunas nuevas ideas, para irritación de Mousse, que veía como su rival iba perfeccionando su control de la fuerza vital del entorno mucho más rápido que él controlaba su propia fuerza vital.

Sin embargo, este uso continuo de la fuerza que le daba vida hizo que Ranma apenas se tuviese en pie cuando finalmente llegó la hora de comer. No sólo se sentía tan cansado como si hubiera estado luchando sin límites durante horas, todo sus movimientos habían perdido la energía que le caracterizaba e incluso su temperatura corporal había caído unos grados y su metabolismo se había ralentizado, todo ello en un intento por parte de su cuerpo de recuperar la normalidad y la energía, mucho más importante que el calor, que había utilizado en las horas anteriores.

Tanto era así que, al llegar al fuego que ardía alegremente delante de las tres tiendas, a punto estuvo de caer desplomado encima si no hubiera sido porque Akane estaba cerca y le agarró en plena caída. Preocupada, la menor de los Tendô le tendió en el suelo cerca del fuego, esperando que su calor pudiera de alguna manera aumentar la temperatura corporal de su prometido, que en sus manos, y aumentado por la preocupación que sentía, le parecía un témpano de hielo.

—¡Ranma! ¡Ranma! ¿ ¡Estás bien! ?

Sin embargo, Ranma no la respondió. Tan sólo estaba ahí, tendido en el suelo, mirándola con unos ojos cansados y más fríos de lo que él hubiera querido, inmóvil. Por un momento, al fijarse en sus ojos falsamente fríos, Akane se echó hacia atrás, horror y pena escritos en su cara. Pero, un segundo después, volvió a colocar sus manos protectivamente alrededor del cuello de su prometido y, como si hubiera llegado a una decisión muy costosa, asintió mínimamente y continuó dando todo el calor que podía a su prometido inmóvil.

—Da igual… Aunque sea así, me da igual…— le oyó murmurar Cologne a la menor Tendô mientras se acercaba a Ranma para comprobar cual era su estado. Aquellas palabras tomaron por sorpresa a la Anciana Amazona, aunque no del todo.

Al fin y al cabo, desde que aquel día me dijo que iba a llevar a Akane, sabía que algo había cambiado en su relación. Al menos, con todo lo que está pasando, nadie sabrá en el futuro de la única excepción…

La excepción a la que se refería Cologne no era otra que la que pensaba hacer con Ranma. De hecho, desde que le confesó a Shampoo que había decidido invalidar los “Besos de”, subconscientemente había dejado por imposible la tarea de separar a esos dos jóvenes cabezotas. A los mismos que ahora tenía a sus pies; el uno habiendo entrenado hasta la extenuación y la otra preocupada a morir por el otro.

Además, quería que la invitaran a la boda.

—Tranquila Akane Tendô. El chico tan sólo ha utilizado demasiado su fuerza vital, y por tanto, su cuerpo se ha puesto a recuperarla en cuanto le ha dado un momento de suspiro —la chica empezó a soltar a su prometido, y Cologne terminó de calmarla—. Con unas horas de reposo, debería estar preparado para la tarde.

—¿También por la tarde? —preguntó indignada la joven, haciendo que Cologne se diera una colleja mental por el despiste.

—Er… Sí, también por la tarde —cuando la pequeña, pero significativa aura de combate de Akane apareció rodeándola difusamente con un tono morado oscuro, la Matriarca decidió darse el doble de fuerte mentalmente, si eso era posible. ¿Por qué no la había dicho lo que quería oír directamente? No podía explicarse su error.

Por suerte para ella, Ranma eligió aquel momento para volver al mundo real, y sus quejidos de protesta ante el cansancio que sentía consiguieron atraer enteramente la atención de su prometida, que, rivalizando la velocidad de Shampoo, se colocó a su lado en un instante.

—¿Estás bien, Ranma? —preguntó una vez más Akane, esta vez menos preocupada.

—Me siento como si un tren me hubiera pasado por encima. Así que bien, sí —respondió Ranma con humor mientras se sentaba en el suelo con la ayuda de su prometida.

Cologne, dejando su sorpresa ante la pronta recuperación de Ranma a un lado, aprovechó aquel momento para hacer una escapada hacia la tienda y empezar a hacer la comida antes de que la menor Tendô tuviera la ocurrencia de intentar cocinar algo más, o preguntarle algo sobre el entrenamiento al que iba a someterse su prometido.


Media hora después, un nuevo pequeño festín de las manos de Cologne, Kaiko y Mouse descansaba delante de los comensales encima de la mesa plegable. Poco duró su glorioso porte, porque todos estaban hambrientos y no tardaron mucho en empezar a engullir la comida que tenían delante. En especial, Ranma aspiraba la comida como si no hubiera un mañana, a pesar de que todavía conservaba unos mínimos modales a la mesa. Nunca había comido tan rápido ni necesitado tanta comida después de un entrenamiento, lo que contribuyó a que Ranma comprendiera la importancia de controlar en todo momento sus niveles de fuerza vital.

Llegaba el anochecer cuando Cologne, Mouse, Ranma y Shampoo volvieron por fin al campamento. Ranma y Shampoo parecían haber pasado por una guerra y haber perdido. Su paso era inestable y parecía que sólo mantener la cabeza erguida era una hazaña que apenas podían lograr.

No tardó la cena, que fue más sencilla que el resto de las comidas, pero igual de nutritiva, en ser servida y en ser engullida. Cansados, física o psíquicamente, los tres alumnos de las escuelas se disculparon en cuanto se sintieron llenos y se retiraron a sus tiendas de campaña a dormir, sabiendo que los dos días que les restaban iban a ser igual de intensos.

De esa manera, Cologne, Kaiko, Akane y Perfume fueron las encargadas de recoger y preparar las cosas para el día siguiente.

—Parece que se están esforzando mucho, ¿verdad? —comenzó Akane en un intento de deshacer el pesado silencio que se había instalado entre ellas.

—Sí. Cada vez vienen más cansados —continuó Kaiko, agradecida de poder empezar una conversación.

—Pues no saben lo que se les viene encima —comentó Cologne con tono divertido.

—No sé que responderle a eso, Cologne-san —le respondió Akane con el cejo fruncido. Kaiko esperó a escuchar la respuesta disimuladamente.

—Estoy segura de que si Ranma no acabara exhausto intentando dominar cada técnica todos los días, él mismo se sentiría mal.

—Eso seguramente es verdad… —concedió la menor de los Tendô.

—Así que prefiero dejarle que haga lo que quiera —continuó la Anciana Matriarca—. Además, estoy segura de que no le falta alguien que le cuide si cae rendido al cansancio.

Aquel comentario consiguió que un ligero rubor coloreara la cara de Akane, que dejó la conversación y se dedicó a recoger la mesa, consiguiendo de paso que Kaiko casi se tirara de los pelos.

—¿Pero qué le pasa a esta gente? —pensó incrédula la rubia—Digo, ¿de qué van? ¿Acaso son incapaces de decirse las cosas a la cara? Amazonas, gnomos de cientos de años, artistas marciales capaces de lo imposible… Parecen personajes de manga. Al menos, yo soy abierta con lo siento. Al fin y al cabo… Mouse…

Sin embargo, no terminó sus pensamientos porque Cologne la apremió a entrar en la tienda. Maldiciendo a las momias disecadas, parafraseando sin saberlo a un chico muy cercano, corrió a la tienda que compartía con Cologne y Akane, y entró, cerrando tras de sí la cremallera que servía de puerta con el exterior.

Akane estaba ya metida en el saco de dormir, dándolas la espalda, dejando claro que no quería hablar con nadie, y a Kaiko aquello no le molestaba en absoluto. Así que, haciendo un esfuerzo enorme para ser amable, dio las buenas noches a la Matriarca Amazona y se metió sin perder un segundo en la cama, durmiéndose casi al instante.

Cologne no tardó en unirse al sueño, apagando antes el pequeño candil que habían utilizado como luz de interior. Sin embargo, en vez de dejarlo colgada como estaba, se lo metió entre las ropas protegida por el manto de la oscuridad que reinaba en la atmósfera.


Tan solo la luna y la solitaria lechuza encaramada a la rama de un árbol vieron como una pequeña figura salía en silencio de una de las tiendas que se mantenían en un placentero sueño y, demostrando una agilidad y un control excepcionales, recorría en absoluto silencio pero a una velocidad endiablada el suelo del bosque lleno de hojas y pequeñas ramitas.

Tras unos minutos, la figura llegó a la entrada de la cueva que se hundía en la tierra como el camino al Averno. De un suave movimiento, apartó la pesada tabla de madera que cubría la entrada. A tientas, palpó un objeto que se sacó de entre las ropas que a buen seguro cubrían su diminuto cuerpo, y de repente se hizo la luz. Al lado de la grieta estaba Cologne, que sin perder un segundo se internó en la oscuridad de la cueva, recolocando la tapa en cuanto estuvo dentro.

—Bueno, para abajo ahora —se dijo en voz baja justo antes de ponerse a caminar.

Poco a poco, paso a paso, la Anciana Amazona descendió por las entrañas de la Tierra, eligiendo siempre el camino que la llevaba más hondo, más profundo. Después de media hora de descenso, el calor empezaba a sofocarla y la luz del candil había ya perdido su fuerza y apenas era capaz de iluminar a unos metros delante de ella, ya que la llama era torturada por la falta de oxígeno y una veloz corriente de aire que, aunque caliente, se llevaba todo el oxígeno hacia la superficie.

Pasaron otros diez minutos y Cologne veía como la débil llama parpadeaba y se movía con locura. Meneando la cabeza, se deshizo de los efectos de un suministro de oxígeno insuficiente y se preparó para llegar a su destino. Poco después, tras un recodo en la gruta, se descubrió ante ella una enorme cavidad, sin otra salida que aquella por la que estaba entrando. El techo bien podría encontrarse a diez metros del suelo y se unía a las paredes haciendo una bóveda natural de enormes proporciones. Durante un momento, Cologne pudo percibir cientos de miles de reflejos en las paredes del lugar producidos por la débil luz que llevaba consigo, sólo para que un segundo después, la llama recuperara su fuerza de una manera tal que todo el espacio quedó bañado en una luz amarilla.

—Mmm… Bolsa de oxígeno… Mejor dejarlo aquí abajo… —se recomendó a si misma la amazona.

Actuando en concordancia, buscó una parte del suelo que estuviera recta y depositó allí el candil, bajando la intensidad de la llama hasta que la luz se asemejaba a la del crepúsculo. Entonces, echó una ojeada a la bóveda y descubrió en su parte más meridional una pequeña depresión en la pared, a unos seis metros del suelo, a modo de observatorio en aquella tierra desconocida. Se impulsó hasta allí sin gran dificultad y la observó más detenidamente. Los bordes de la abertura estaban redondeados y tenía una forma tal que una persona podía sentarse con la espalda apoyada en la pared más o menos cómodamente.

Sin más preámbulo que mirar su pequeño reloj de pulsera, Cologne se deshizo de las ropas que llevaba para revelar un segundo vestido que había llevado debajo desde que salió de la tienda. Este vestido escondido era una extraña combinación de colores, formas y materiales. El esquema general que seguía era el de un vestido de una sola pieza de hombros descubiertos. Sin embargo, el hombro derecho estaba cubierto por una hombrera de pana en forma de hacha. No había tela en la pierna izquierda, sino un añadido de seda color rojo en forma de un libro abierto, con sus letras bordadas con hilo de color negro. Por último, por encima y por debajo del ombligo, el traje estaba cortado, y justo en medio, el dibujo de unos estanques con palos de bambú saliendo de ellos estaba grabado en una finísima tabla de madera, que a su vez estaba bordada por los lados en el vestido.

Cologne se echó un vistazo como pudo, dando la vuelta a las partes sueltas de su vestido, en busca de alguna mancha o fallo en el vestido.

—Es increíble que no se haya manchado de café después de haberlo dejado tanto tiempo encima de cama. O que no se haya manchado con los pergaminos aquellos… —dijo sorprendida la amazona.

Buscó un sitio donde sentarse al lado de la pared y, cuando ya se había acomodado, metió una vez más una mano entre sus ropas y sacó unas largas y finas varas de algún tipo de incienso. Colocó una delante suyo y una a cada lado, y las encendió gracias a su fuerza vital, que concentró en su índice y en su pulgar, con los que iba agarrando las puntas de las varas de incienso.

Al instante, unas delicadas columnas de humo aparecieron, perdiéndose por el techo, y Cologne cerró los ojos. Poco a poco, la anciana amazona fue alcanzando el estado de concentración que necesitaba y, después de permanecer diez minutos sentada, una barrera de luz roja se creó alrededor de ella, cada una de sus aristas conteniendo a las varas de incienso. En el momento en que la barrera terminó de formarse, Cologne abrió lentamente los ojos, aunque sus pupilas no estaban ahí.

Lo que Cologne estaba viendo no era la pésimamente alumbrada cueva donde su cuerpo se encontraba, sino un acantilado, un acantilado más alto que cualquiera de los existentes en la Tierra, y un mar de color rojo embravecido y resacoso, todo aquello azotado por un intenso viento que silbaba en sus oídos y bañado por la luz dorada de un enorme sol que se hundía en el firmamento. Aquel era un lugar que no existía en el reino de los mortales, sino una esfera a caballo entre dos realidades, un lugar que no se puede decir ni que existe ni que no. Es, y está. Se puede llegar a él y se puede dejar atrás, aunque no tiene ni principio ni fin.

—Este sitio me encanta. Es el mejor lugar para tener una buena conversación —pensó de un extraño buen humor Cologne.

Girando hacia un lado, descubrió a una figura que caminaba por el borde del precipicio. Apenas era más alta que la amazona, e iba cabizbaja, con las manos en los bolsillos. Llevaba un traje parecido al suyo, aunque los símbolos del hombro, la pierna y el abdomen eran diferentes.

—Hola, ¿cómo te va? —saludó la anciana con voz potente para hacerse oír por encima del viento.

La figura apenas reconoció el saludo con un movimiento de la cabeza, y se sentó a su lado, mirando al sol y sin mirar a la amazona.

Cologne continuó hablando. —Jamás pensé que llegaría el día en que te vería con esas pintas. Enseñar cuerpo nunca te gustó, ¿verdad? —dijo con tono burlón.

—Las cosas no están como para bromas, Ku-Lohn —respondió la personita con tono solemne.

—Sí, sí, ya lo sé… —concedió en tono aburrido—Pero a que no me respondes a la pregunta, ¿eh? El hombro, la pierna… incluso un poco de esa tripita…

—¡Los samuráis han caído! ¡La mafia Rusia, el joven dracónido e incluso la última tribu de vikingos! ¡Sí, aquellos brutos descerebrados capaces de partir a una mula en dos al pedir más cerveza! ¡Todos han caído! —gritó la persona tan fuerte como podía, pero manteniendo la misma posición.

Como Cologne no le respondió, siguió con la cuenta de aquellos que habían caído.

—¿Los ninja? Ya no queda ninguno de los buenos. El reducto maya de África occidental, reducido a cenizas. Incluso ha ejecutado a grandes cantidades de vampiros, no nos digas porqué. Y lo peor, ha acabado con las amazonas griegas…

—¿También a ellas? —preguntó Cologne con un tono de incredulidad y miedo.

—También a ellas —confirmó sin perder un segundo—. El número de posibles contrincantes para su poder está cayendo hacia cero como un corcho cae hacia el centro de un remolino.

—¿Cuántos posibles…

—Treinta —se adelantó la figura—. Por supuesto, eso si no contamos con los ejércitos de las naciones. Temo que tan sólo cuente al americano como una amenaza. Aunque lo que más temo es que tenga razón al sólo considerar a ese ejercito una amenaza y a los demás no.

—¿Cuánto tiempo entonces?

—No estamos seguros. ¿Mes y medio? ¿Dos? Todo depende de la velocidad a la que lleve a cabo sus matanzas. A veces ha arrasado pueblos enteros en horas. Otras, está varios días.

La figura guardó silencio y Cologne aprovechó para hacer un repaso mental de su situación.

—¿Dos meses para entrenarlos? —se preguntó mentalmente—Sylphé… espero que me estés escuchando, porque realmente necesitamos tu ayuda. Con Ranma podría hacerlo, en Shampoo confío, pero Mouse… No estoy tan segura. No le he visto progresar gran cosa con esos libros, y más vale que se los sepa de memoria, porque si no… Además… todavía no les he dicho nada sobre la razón por la que están aprendiendo…

—¿Cologne? —le interrumpió la persona.

—¿Sí?

—¿Confías en esos niños? ¿Crees qué estarán a la altura?

—¿Qué si confío? Me preguntas si confío en que unos críos con menos de la mitad del entrenamiento que tuvieron nuestros antepasados podrán vencer a ese mal que tan sólo hemos sido capaces de sellar y mandar al negro cielo. Me preguntas si creo que son capaces de luchar contra un poder ilimitado y vencer. Me preguntas si creo que podrán aguantar el peso del mundo sobre sus hombros. Me preguntas si son héroes.

Cologne hizo una pausa, posó su mirada sobre la pequeñísima porción de aquel magnífico sol que todavía era visible, y continuó.

—Esos chicos no son héroes. Ninguno se siente héroe. No se comportan como héroes. Mi propia bisnieta ha pensado en “encargarse” de Akane de la forma más fría y sangrienta que se pueda imaginar. No, no son esa clase de personas legendarias. Tan sólo son un grupo de chicos que se dedican de una forma increíble a una cosa u otra. Son especiales, son únicos, pero no son héroes. Jamás se cansan de lo que hacen, y eso, hoy en día y siempre, es un don increíble. Trabajan duro, se esfuerzan y se dejan la piel en un entrenamiento que nadie querría. Y no flaquearán. Pero, sin duda, lo más importante es que se están apoyando el uno en el otro. Empiezan a confiar, y cuando lo hagan totalmente serán muchísimo más fuertes que por separado. Y además tienen personas a su alrededor dedicadas a ellos, que les quieren y les apoyan.

La luz del sol había desaparecido a mitad de su discurso, y ya con las estrellas sobre sus cabezas, Cologne se giró y miró directamente a la persona a los ojos. Unos ojos verdes, en contraste con los suyos marrones, enmarcados en una cara idéntica a la suya, como único signo de que ambos rostros eran diferentes y pertenecían a distintas personas.

Cologne fijó la mirada en los ojos de su hermana gemela.

—Tan-Lohn… les confiaría me vida, si hiciera falta.

—Eso es todo lo que necesito —respondió su hermana, dejando escapar un suspiro que no sabía que estaba aguantando—. Por desgracia, las malas noticias no acaban ahí.

—¿Qué ocurre?

—Ocurre que le hemos perdido el rastro —la informó con pesar su hermana.

—¿Pero cómo es posible? ¿Y toda la información que me has dado?

—Es todo lo que teníamos hasta el momento desde la última vez que hablamos —explicó Tan-Lohn.

—Esto significa que, de ahora en adelante, las noticias públicas serán la única manera de enterarnos de lo que vaya sucediendo.

—Tan aguda como siempre —la elogió su hermana.

—Eso no…

—Espera un momento —la interrumpió su anciana hermana. Durante unos momentos, cerró los ojos y pareció escuchar algo que no llegó a los oídos de Cologne, y se dio cuenta de que alguien estaba hablando con Tan-Lohn allá donde su cuerpo estuviere.

—Será posible… —dijo suspirando en cuanto volvió a estar en aquel extraño lugar.

—¿Y ahora qué pasa? —preguntó un poco irritada Cologne. Siempre le pasaba cuando le ocultaban algo.

—Un pajarito me acaba de decir que añadas a los atlantis a la lista de civilizaciones perdidas.

—¡Demonios! —juró Cologne, olvidándose por completo de cualquier norma de conducta de las Matriarcas—¡No descansa! Y esos marinos, con toda su magia arcana y sus inventos¿no han sido capaces de hacerle nada?

—Al parecer no —respondió desanimada su hermana.

Tras aquello, ambas hermanas estuvieron un rato mirando el cielo que se abría sobre sus cabezas, en completo silencio y cada una sumergida en sus propios pensamientos, aunque rezando similares plegarias a los dioses para que les concediera su salvación.

—Hermana, ya es hora de que vuelva —dijo Cologne tras diez minutos en aquella ocupación.

—Tienes razón, hermana. Es hora de que volvamos a nuestros deberes —coincidió Tan-Lohn.

—Cuídate, y prométeme que buscaras refugio y no intentarás combatir a ese monstruo en el terrible caso de que se crucen vuestros caminos.

Ante aquella súplica disfrazada de despedida, Tan-Lohn no pudo evitar soltar una alegre carcajada, a pesar de que su situación no era tan ligera.

—Muy bueno hermana —dijo cuando pudo controlar su risa—. Sobre lo primero, lo intentaré, aunque ya la edad no pasa en balde, y sobre lo segundo, nada puedo prometerte. ¿Acaso lo harías tú si el destino te reservara un encuentro con ese ser?

—Tan aguda como siempre, hermanita —respondió jovial Cologne, pero aún así evitando la pregunta.

—De todas maneras, cuídate tú también, y no te ablandes con esos chicos. ¡Mucho depende de ellos!

—Lo sé, hermana, lo sé.

Con aquello, ambas mujeres terminaron sus despedidas y, con un último gesto de la mano, las Lohn, descendientes de un largo linaje de orgullosas guerreras amazonas, se despidieron sin saber cuando volverían a verse, o si acaso volverían a hacerlo algún día.

Cologne observó por última vez las constelaciones extrañas que pocos más conocían y nadie había estudiado que colgaban de aquel grandioso firmamento, tomó una última bocanada del aire salado de aquel majestuoso mar y lo escuchó estrellarse contra las rocas una vez más antes de retornar a aquella enorme cueva bañada por una luz parecida a la del crepúsculo.

Lentamente, abrió los ojos, descubriendo una vez más la curvada superficie de roca pulida que servía como techo en aquella enorme cavidad natural que había elegido, tiempo atrás, para la que seguramente sería su última conversación con su hermana.

Con los ánimos más bajos que con los que había llegado allí, recogió las consumidas varas de incienso para no dejar rastro de su presencia, vistió de nuevo sus ropas de entretiempo y, agarrando el candil, comenzó la dura subida que la llevaría al campamento. Mirando una última vez atrás, vislumbrando los reflejos que poblaban aquellas piedras como estrellas, se puso a caminar con paso seguro, consciente de que había hecho su trabajo en aquel lugar.

Había aguantado las malas noticias.


El día siguiente amaneció peligrosamente nublado, lo que puso en guardia a todos los maldecidos por Jusenkyô. Poco tardaron en desayunar otra comida de reyes venida de las manos de Cologne, Mouse y, aquella vez, Shampoo, para después internarse bien rápido entre los árboles hacia el lago de lodo. Sin embargo, aquella mañana, no sólo fueron ellos, sino que también les acompañaron el resto del grupo.

Ya allí, los estudiantes de las escuelas legendarias entraron en la rutina del día anterior, mientras que el resto se dividió para entrenar a su manera.

Akane se enfundó en su gi de entrenamiento, recogió algunas de las piedras más grandes que pudo cargar que no estaban muy lejos, y empezó a convertirlas en pedacitos con su poderoso puño derecho, tal y como hizo el día anterior. Mientras, Kaiko, ya acostumbrada a aquella demostración de fuerza, no se sorprendió por las acciones de la menor de los Tendô, y empezó con los ejercicios más básicos del kempo, haciendo un trabajo bastante digno al ejecutarlos. Y por último, Perfume, haciendo caso omiso del resto de las personas que la acompañaban, comenzó a poner en práctica una de las últimas fases del arte marcial que se enseñaba en la extinta tribu amazona, una mezcla a la vez brutal y extremadamente bella de kung-fu, aikido y varias otras disciplinas.

Ni siquiera habían pasado media hora así cuando aconteció un aparatoso incidente. Kaiko, que continuaba con tranquilidad con sus ejercicios bajo las disimuladas miradas tanto de Akane como Cologne, inmersa en los movimientos y en el fluir de su fuerza interior, cerró los ojos, segura del terreno por donde se movía. Sin embargo, con lo que no contó la rubia joven fue con la amazona que practicaba con increíble velocidad su fría y calculadora disciplina.

En un momento de confusión, Kaiko, con los ojos cerrados, se interpuso en el camino de Perfume y ésta no hizo ningún tipo de señal de verla. Lo que resultó fue una Kaiko en el suelo víctima de un potentísimo puñetazo en el hombro combinado con una patada mucho más débil, pero lo suficientemente fuerte como para dejar un buen chichón, en la cadera.

—¡AY! —se quejó con un chillido Kaiko al impacto del ataque, fortuito, combinado.

—¡Hey! —gritó Akane en cuanto oyó el corto alarido de dolor, volviéndose y descubriendo a Kaiko en el suelo y Perfume pasando casi por encima de ella sin hacer el menor caso—¡Pero bueno! ¿No ves que te la llevas por delante?

Todo aquel griterío atrajo la atención de Cologne, Ranma, Mouse e incluso Shampoo, que todavía seguía hundida en el lodo, aunque su cabeza se movía un poquito más rápido que el día anterior. En el momento en que Akane se encaminó pisando fuerte a encarar a Perfume, Ranma comenzó a moverse para detenerla, sólo para descubrir que Cologne se lo impedía y le mandaba guardar silencio.

—Se la va a comer si no hago algo —soltó entre dientes Ranma, al mismo tiempo tratando de gritar y no hacer mucho ruido, preparado para saltar por encima de la Matriarca en cualquier momento.

—Ranma —comenzó Cologne, poniéndose entre él y las tres jóvenes, consiguiendo atraer por entero su atención—, esta vez, déjala que haga como quiera.

—¿Pero qué dice? —preguntó indignado controlando su voz, pero cada vez más enojado, tal y como su prometida se estaba poniendo al intentar hablar con Perfume unos metros más allá.

—Mira Ranma, hazme caso. No la ayudes hasta que no te llame —le ordenó la anciana con un autoritario tono de voz.

—¿Pero…? Tú lo que quieres es que ésa —dijo señalando a la amazona que intentaba zafarse de Akane sutilmente—le haga… el Xi… Xifa Xiang-noséqué ése y que me vuelva a olvidar, y poder quitárosla de encima.

Ante aquel comentario, la expresión de Cologne se endureció.

—Creo que ya he demostrado que ése no es mi plan —respondió fríamente—. Si quieres que tu relación con Akane mejore, hazme caso. Si no, allá tú.

Aquello convenció a Ranma que, murmurando una disculpa, se apaciguó y se dispuso a ver como avanzaba el altercado.


Por aquel momento, Perfume ya se estaba empezando a cansar del incesante parloteo de Akane, que ya estaba apoyada por Kaiko, que se había levantado y se había puesto al lado de la joven Tendô, su orgullo personal impidiendo que dejara una mano sobre el hombro que todavía tenía insensible y otra en la cadera, de donde se le extendía un ligero, pero molesto, dolor.

—…que vosotras las amazonas pensáis que podéis hacer lo que queráis, que no respetáis nada y… —continuó Akane, sin saberlo descargando toda la frustración y todo el resentimiento que había acumulado durante todo el tiempo que la tribu Nujiezu se había cruzado en su vida, complicándola la existencia e incluso humillándola. Mientras tanto, Kaiko asentía a cada frase que decía la joven de pelo azulado a su lado.

—¿Qué pasa? ¿Queréis una pelea o qué? ¿O es qué os doy miedo? —se burló Perfume, cortando la perorata y colocándose en posición de combate.

Akane, que ya estaba bastante exaltada, no necesitó nada más y, como Kaiko se sentía de igual forma a pesar del dolor, se miraron un segundo y, con un gesto de asentimiento, ambas se lanzaron al ataque.

Aquella podría pasar como la ofensiva más corta de la Historia. Para cuando empezaron a correr, Perfume ya estaba saltando por encima de sus cabezas. Ganándolas la retaguardia, un bonbori apareció en su mano derecha y, sin perder un segundo, lo utilizó para derribar a Akane con un golpe recto a su espalda. La menor de los Tendô apenas pudo rodar con la caída pero, levantándose rápidamente, descubrió a Kaiko cayendo bajo una lluvia de puñetazos y patadas. Cuando llegó al suelo, ya no se podía mover, y Akane se lanzó de nuevo a la ofensiva, esta vez sin aparta la mirada de su rival.

Sin embargo, aquello no supuso ninguna diferencia, ya que Perfume sobrepasaba su velocidad por varios enteros, y pronto se vio igualmente derribada e incapaz de moverse. Aterrada, vio como Perfume se acercaba hacia ella, bonbori en alto, y que su figura tapaba el sol, ocultando su cara en la sombra, y su brazo se movía hacia arriba…

—¡Basta! —llamó Cologne, aliviando a Akane y permitiéndola respirar con normalidad una vez más.

Lentamente, como a regañadientes, la amazona de pelo verde se alejó de sus rivales, dejando el bonbori allí de donde lo hubiera cogido, y se dirigió hacia donde su Matriarca aguardaba con una expresión indescifrable en el rostro.

—Perfume, has vencido sobre tus contrincantes justamente —empezó con ese tono solemne que utilizaba cuando hablaba de algo de la tribu, sólo para cambiar a otro de advertencia—. Pero te recomiendo que no empieces peleas aquí. Allí puede que fueras la más rápida, pero aquí hay quién te supera.

Si a la amazona aquella advertencia la sorprendió, no dio muestras de ello. —Ahora ve y sigue entrenando —terminó Cologne.

Perfume se alejó y la Anciana Amazona se acercó a las dos luchadoras que yacían en el suelo derrotadas y con el orgullo por los suelos.

—Y vosotras dos… deberías aprender cuando un desafío os queda grande —comenzó Cologne mientras se paseaba entre ellas y las rodeaba—. Sois guerreras, orgullosas de vosotras, templadas y valerosas. Así dice nuestro código Nujiezu. Pero sobre todo, inteligentes, y no es inteligente lanzarse al suicido cegadas por el orgullo.

Akane y Kaiko empezaron a sentarse, cada movimiento convirtiéndose en una tortura para sus doloridos músculos, sin dejar de mirar ni un segundo a Cologne y escuchando atentas todas sus palabras, asegurándose de acordarse de todas y cada una de ellas.

—No carecéis ni del orgullo ni de la tenacidad de la luchadora, pero os enfadáis y eso os ciega y os vuelve vulnerables. Es un potencial que se echaría a perder si yo no…

—¿Usted no…? —repitieron al mismo tiempo las jóvenes.

—Si yo no me dedicara a entrenarlas como pienso hacer de ahora en adelante —terminó Cologne dedicándolas una de esas sonrisas que asustan a los fantasmas.

—Uf… No me gustar…ía vestir su piel —comentó Shampoo unos metro más allá, en el borde del lodazal, entre Ranma y Mouse, donde había estado escuchando.

Los dos jóvenes no pudieron hacer más que asentir, además de preguntarse por qué demonios Cologne las iba a entrenar.


Tras aquella sorprendente declaración, el grupo volvió a la normalidad y Akane y Kaiko se quedaron descansando en el campamento mientras los demás seguían practicando, prometiendo a Cologne que por la tarde empezarían e intentarían hacerlo lo mejor posible.

Cuando llegó la hora de la comida, las dos chicas estaban bastante recuperadas, y su determinación por aprender, aunque fuera de la misma matriarca de la tribu que tan poco les gustaba, era muy grande.

Rápidamente, los que ya eran considerados los cocineros oficiales en las bromas, Cologne y Mouse, con la ayuda de Kaiko, prepararon otra comida ejemplar, que una vez más, duró menos encima de la mesa que el agua en una cesta. Apenas descansaron diez minutos, volvieron una vez más con fuerzas renovadas al entrenamiento.

Perfume decidió quedarse otra vez cerca de las tiendas y Akane y Kaiko siguieron a Cologne determinadas a aprender.

Cuando llegaron al lodazal termal, la Anciana les dio instrucciones de que buscaran el tronco más largo y grueso que pudieran encontrar y que se lo trajeran. Cinco minutos después, llegaban con un enorme tronco de más de un metro de diámetro por cuatro de largo, arrastrándolo a duras penas. Entonces, las ordenó subirse a ello, a lo que obedecieron instantáneamente, Kaiko colocándose rápidamente y sin mayores problemas mientras que a Akane le costó un poco más ponerse recta cuando estuvo subida.

—Bien —comenzó Cologne, dando vueltas alrededor de ellas—, aquí empieza el entrenamiento. Veamos como sois capaces de mantener el equilibrio y, en última instancia, caer cuando el suelo no es lo que parece.

Y sin decir nada más, se paró en un extremo del tronco y empezó a golpearlo en los lados con su bastón, produciendo fuertes movimientos bruscos del tronco, que saltaba y se movía zigzagueante. Al segundo movimiento, Akane cayó de culo, y al cuarto, Kaiko tuvo que saltar, aterrizando de manera poco elegante, y sobre todo poco apta para mantenerse en una lucha.

—¡Mal! ¡Muy mal! —las reprendió Cologne, meneando el bastón de un lado a otro por encima de su cabeza—Akane, te olvidas de tu centro y no sabes como colocarte. Y tú —dijo señalando a Kaiko, que empezaba a ponerse en pie—, te asustas y desconfías de tus sentidos, y tampoco confías en tu cuerpo al aterrizar.

—Akane, pégate al tronco, y nadie te podrá arrojar, y no olvides estar siempre conectada con tu centro. Y Kaiko, confía en tu habilidad y en tus instintos —las corrigió cuando se hubieron subido una vez más.

—Otra vez —y repitió el procedimiento con resultados similares.


La tarde pasó de aquella manera, Cologne moviendo el bastón y Akane y Kaiko cayendo al suelo, y al final del día se apreció una ligera mejora en el equilibrio de las dos jóvenes, aunque seguían cayendo de manera que quedaban a merced de cualquiera que estuviera cerca.

Cansados, fatigados y exhaustos eran las únicas palabras que se venían a la mente de los cinco jóvenes que se habían estado entrenando, y cuando la cena apareció encima de la mesa, se dedicaron a cenar poco a poco, descansando al tiempo que cenaban.

Kaiko, que se había mantenido callada durante toda la tarde, se acercó a Mouse disimuladamente, aunque no lo hubiera necesitado, pues todo el mundo estaba demasiado cansado como para prestar atención a otra cosa que no fuera su plato.

—Mouse, eh Mouse… —le susurró cuando estaba junto a él. El chico levantó la cabeza y con un gesto, la instó a hablar—Verás, me estaba preguntando… ¿por qué demonios sigues aguantando a esas amazonas?

—Eh… —la pregunta tomó por sorpresa al joven de gafas, que le resultó muy complicado buscar las palabras que expresaran lo que trataba de decir. El amor por Shampoo seguía ahí, pero cada vez se veía más lejos, más distorsionado, al igual que su enorme desprecio por la anciana del dichoso bastón, que él sabía estaba ocultando algo que le robaba las energías. ¿Por qué al parecer sólo él se había dado cuenta? No lo sabía, aunque lo que sí sabía era que Cologne cada vez parecía menos energética, menos vital, y eso le preocupaba, no exactamente por la vieja, sino por lo razón detrás de hacerle eso una vieja que ya no debería tener grandes problemas en la vida y que se había dedicado en los últimos años a interferir en los juegos amorosos de unos cuantos chicos a muchos kilómetros de su pueblo natal.

Y al pensar en lo que quedaba de ese pueblo que también a él lo vio nacer, supo por fin la respuesta a su pregunta.

—Porque son mi única familia —respondió en un suave susurro.

Kaiko no le preguntó nada más después de aquello, y se dedicó a cenar al lado de Mouse.

Mientras, Ranma y Akane cenaban, ambos fatigados, juntos. Colorados como tomates, se daban de comer el uno al otro, echando miradas disimuladas a los demás, a ver sus reacciones, y sobre todo la de Shampoo. Ésta, por su parte, fingía mirar su comida, mientras que con el rabillo del ojo veía a la parejita avanzar por el segundo plato.

¿Por qué? ¿Por qué eso no me ha pasado nunca? —pensaba desanimada, casi deprimida, la orgullosa guerrera Nujiezu—Nunca me ha dado de comer así nadie, con ese amor en los ojos y esa delicadeza al tocarme. Nadie nunca ha sido tan amable conmigo… Lo único que recuerdo es a Mu-Tzu declarándoseme a un poste, a un cerdo, a… cualquier cosa que estuviera cerca de donde yo estaba cuando le daba por declararse. Era… tan vergonzoso y humillante… que el único chico que me persiguiera me confundiera con cualquiera cosa…

—Y sin embargo… ahí ha estado… me cuesta suponer que esa es su forma de ser “amable” y “delicado”. Es… tan tonto… Como aquella vez que él dice que mi voz le sacó del trauma de perder a su padre… Había estado tanto tiempo en estado de shock. Si no hubiera ido, ahora no tendría… ahora tal vez seguiría allí, y entonces… ¡No! Estoy confusa, Sylphé, ¿qué puedo hacer? Hay que reconocer, que para bien o para mal, ha conseguido hacerme sentir especial. ¡Ese idiota! ¡No hace más que complicarme la vida!

Y mientras Shampoo continuaba debatiendo lo bueno y lo malo que Mouse había introducido en su vida, Perfume se acercó a Cologne y, en voz baja, la informó de su encontronazo con el chico que respondía al nombre de Ryôga Hibiki, y lo que ella consideraba que debía hacerse.

—¿Beso del matrimonio? ¿Se lo diste? —preguntó Cologne, sorprendida ante aquel hecho con el que no había contado, aunque explicaba aquella traza roja atravesando una imagen del joven Hibiki que había visto en la mente de la amazona.

—No exactamente… Poco después de despertarme en su tienda recordé lo que había pasado y que dije “Wo de airen” cuando él estaba cerca. Sé que no se puede considerar una lucha en firme, pero…

—Tendré que pensar en ello —dijo la Anciana Amazona cuando se dio cuenta de que Perfume esperaba una respuesta inmediata—. La próxima vez que lo veamos, sin embargo, quiero que hables con él. Si no recuerdo mal, él ya tenía… algo que aclarar de eso desde hace ya tiempo.

Perfume aceptó aquella respuesta y, tras despedirse, se dirigió a la tienda para dormir.

Cuando ya estaba en la cama, recordó las palabras de la Matriarca y pensó:

—¿”Algo que aclarar”?


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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