Cap. 12 de S.A. original

se hace camino al andar.

Esta vez hay un cambio. —Así— es chino y “asa” es el sonido de una TV, radio…

—¿Todos listos? —se hizo oír Cologne, la Anciana Matriarca del pueblo Nujiezu, también dueña del Café de moda en el distrito de Nerima, el Nekohanten, delante del cuál se encontraba en aquel preciso instante.

No estaba sola, pues a su alrededor, todavía bostezando y frotándose los ojos en un intento de apartar el sueño que amenazaba con vencerles, se encontraban un grupo de personas de lo más variado.

—Pero Cologne-san, ¿por qué salir tan pronto? No son ni las seis: el sol todavía no ha salido—preguntó entre bostezos la menor de las hermanas Tendô, Akane, que llevaba puesto el mismo conjunto que utilizaba todos los días al salir a correr, además de una gran mochila de viaje colgada a la espalda.

—Sí, eso, ¿por qué tan pronto? No que me queje ni nada… —intervino Ranma, sólo un poco más despierto, algo molesto por la hora a la que Akane le había despertado zarandeándole, ya que con palabras no había sido suficiente.

—Menuda panda de quejicosos —se quejó en voz más alta de lo necesario la anciana amazona, ganándose unas miradas de odio de los demás. Sonrió, de esa manera que les ponía los pelos de punta a los jóvenes, y comenzó a avanzar rebotando incansable con su bastón. La pequeña compañía se puso en marcha poco después.

Mientras recorrían en silencio las calles de la ciudad, las farolas apagándose a su paso, la poca gente que se encontraban, unos pocos hombres de negocios y algún funcionario de cara rectangular y expresión enfadada, les lanzaban unas miradas mezcla de extrañeza y curiosidad.

Akane hizo caso omiso de las miradas que les echaban, más preocupada por la reacción que provocaría en Shampoo el hecho de que ella y Ranma fueran cogidos de la mano mientras caminaban, preocupación que le comunicó a Ranma en tono suficientemente bajo como para que la amazona no la oyese.

—Mmm… Ahora que lo dices… Sí es extraño… —consideró Ranma mientras echaba miradas furtivas a la amazona, que iba delante de ellos, cabizbaja.

—No sé, Ranma… Tal vez sea mejor… hasta que lleguemos…

Ranma suspiró profundamente.

—Sí, tienes razón —concedió el chico. Le dedicó una sonrisa a Akane, y dejó que su mano cayera lentamente hasta el bolsillo de su pantalón.

A pesar de que su conversación apenas había sobrepasado el volumen de un susurro, Mousse, que se había rezagado un poco debido a que se había limpiado las gafas, pudo seguir el intercambio entre la pareja. A pesar del conocimiento que tenía sobre la relación que esos dos habían construido en las últimas semanas, le seguía siendo difícil verles comportarse como una pareja.

Al fin —pensó—. Pensé que nunca llegarían a actuar como una pareja.

Sin embargo, no siguió pensando en la relación que tantos quebraderos de cabeza había dado a casi un distrito entero porque, como era costumbre en él, comenzó a identificar la calle por la que iba caminando. Resultó que era la misma por la que, apenas unos días atrás, había marchado solo de camino al Takahashi’s.

De nuevo esas calles que salían perpendiculares que conseguían que el viento le azotase y le hiciese sentir un poco más ligero. Una vez más, las casas parecían extenderse hasta el infinito, todas observando la carretera que pasaba en frente.

Pensó, que aquel día, él no había atraído la atención de nadie, ni siquiera de los niños que más de una vez habían pasado a su lado, apenas evitando chocar con él, y como había podido observar a gusto a las parejas, a los padres y a los abuelos que en aquel momento el destino había querido que estuviesen allí.

Sin embargo, ahora mientras caminaba al lado de la poca gente de la que conocía algo más que el nombre, cayó en la cuenta de las miradas que el resto de viandantes a esa temprana hora les dedicaban. La curiosidad, la incredulidad e incluso la desconfianza que anidaban en los ojos de aquellos con los que se cruzaban sorprendieron a Mousse, que por un momento se encontró aturdido por aquellas miradas.

Bueno —se dijo mentalmente, al tiempo que una fina sonrisa aparecía en su rostro—, no siempre ves a una personita tan pequeña y llena de arrugas encaramada a un palo, ni tampoco tienes la oportunidad de ver a un par de modelos con esos trapitos. Sin embargo, no es tan raro ver a un tipo con unas gafas muy gruesas. Bueno, de culo de botella, para que negarlo…

Mientras Mousse se quejaba mentalmente de que sus gafas eran demasiado gruesas, dos riachuelos de lágrimas cayendo por sus mejillas, Shampoo, de un humor mucho peor, también se quejaba de la injusticia de la vida, pero a propósito de algo muy diferente.

Pero haber, ¡esto no tiene ningún sentido! ¿A quién…? Bueno, esta claro que fue anteayer, pero lo importante es quién —se preguntaba una y otra vez mentalmente—. Y no puede ser nadie de los que vamos aquí… —lanzó unas miradas fugitivas a Akane y Perfume, y volvió a mirar al suelo—Porque no creo… Akane… no, ¡no puede ser! Si apenas se conocen. Y Perfume… tampoco. Tengo entendido que le odia. Y… Ranma… ¡NO! ¡Eso SÍ que es imposible!

Shampoo meneó la cabeza para sacudirse ese último pensamiento.

Vamos Xian-Pu, un poco de seriedad. Sabes que ni el uno ni el otro son de esa acera. Por tanto, aquella a la que ha elegido la encontraremos de camino. Pero ahora a lo importante, que no es el quién, sino el porqué. Porqué ha abandonado justo ahora… ¡Aaaghh…! ¡Será cegato! —si no fuera porque estaba triste, hubiera empezado a tirarse de los pelos en aquel mismo instante—Justo ahora. Mmm… Supongo… Supongo que esta “chica misteriosa” es… la culpable de todo esto. ¡Claro! —su mente empezó a recorrer las posibilidades a toda máquina— ¡Está claro! Esta… “lo que sea” le habrá dicho algo… le habrá camelado… Estas mujeres japonesas… ¡qué cuidado hay que tener con ellas! A pesar de todo, saben como controlar a los machos aún mejor que nosotras…

Shampoo abrió muchos los ojos, todavía mirando hacia el suelo, como si se hubiese dado cuenta de algo.

Pero… ¡en qué demonios estoy pensando! ¿Y a mí qué me importa lo que le pase a ese cegato? Sylphé… últimamente el trabajo me está estresando aún más de lo normal. Sí, eso va a ser…

Contenta por haber encontrado una razón a su creciente preocupación por el joven amazona que iba a la cola del grupo, Shampoo se dedicó a andar en silencio el resto del trayecto, pero levantando al fin la vista para mirar al frente, al camino que poco a poco iba recorriendo.

Unas horas más tarde, cuando apenas llegaba la hora de desayunar y cuando los primeros rayos de sol matutino conseguían hacerse paso por entre las casas, el grupo llegó a los fines de la ciudad. El paseo había sido silencioso en su mayor parte, cada uno de ellos encerrado en sus pensamientos. Sin embargo, cuando vislumbraron los primeros atisbos de vegetación salvajes, a todos se les iluminaron las caras como no lo habían hecho desde hacia casi un mes. Incluso Cologne permitió que el fantasma de una sonrisa apareciera en su arrugado rostro.

—Críos —empezó Cologne mientras se daba la vuelta para encarar al resto del grupo—, antes de que nos adentremos en el bosque, ¿qué tal si desayunamos… por ejemplo, ahí?

La mano de Cologne indicaba a un edificio grande, acristalado en tres de sus cuatro paredes. A su alrededor, en una especie de parking improvisado, varios coches, de todos los tamaños y formas, esperaban pacientes a sus dueños, y encima de la entrada, un gran cartel de fondo blanco y símbolo rojo rezaba: “Takahashi’s”

—¿Takahashi’s? ¿De qué me suena eso…? —se preguntó en alto Ranma, reflejando exactamente sin saberlo lo que estaban pensando los demás.

—¡Bueno, venga, a dentro! —apremió Cologne a los jóvenes— Por una vez, quiero ser YO la que DIGA qué quiero comer.

Sin embargo, antes de que se sentara en una de las mesas más grandes que había desocupada (porque a pesar de que no parecía que hubiera mucha gente, era difícil encontrar una mesa vacía), Cologne escuchó un chillido proveniente de la barra del bar y luego los sonidos de pasos apresurados.

—¡Mousse-kun! ¡Qué alegría verte tan temprano!

Al girarse pudo ver como una joven, seguramente de la misma edad que el chico, rubia y con un cuerpo cuidado pero no escultural, se lanzaba literalmente a los brazos de su pupilo, el cuál se quedó rígido como una piedra en el momento en que ciertas partes, en concreto dos redondas, del cuerpo de la chica hicieron contacto con su pecho.

Así que, ésta debe ser la famosa Kaiko… —pensó Cologne mientras la susodicha empezaba a menear una mano a meros centímetros de las gafas, extrañamente empañadas, de Mousse, sin recibir respuesta ninguna.

Kaiko empezaba a preocuparse. El chico no respondía ni aunque se le zarandeara, y ya no sabía qué hacer. En el instante en que iba a quitarle las gafas para poder ver sus ojos aguamarina, la chica de pelo lavanda que había entrado justo antes que Mousse entró en su campo de visión, colocándose detrás del chico en un abrir y cerrar de ojos. Kaiko la observó un momento, y parpadeó, una vez.

Y otra. Y la chica la copió.

—¡Tú! —dijeron ambas al mismo tiempo, mientras se señalaban con el dedo, como si no fueran capaces de creer que la persona que tenían delante fuera de verdad.

—¡Tú eres aquella loca de la bicicleta que casi me atropella aquel día! —dijo Kaiko, aún apuntando con su índice a la chica, que parecía enfadarse más y más.

—¡Yo no ser “tú”, ¿saber? ¡Yo llamarme Shampoo! —respondió indignada la amazona, demasiado enfadada como para controlar sus habilidades lingüísticas.

Aquella información hizo que a Kaiko le volviera a la memoria el relato de su vida que le hizo Mousse un tiempo atrás. Empezó a recordar como el chico, entre lágrimas silenciosas, le habló sobre una chica, de su misma edad y con un cabello lavanda que le caía por la espalda como una cascada de agua cristalina, una chica de la que él se había enamorado y que había tratado de impresionar por todos los medios a su alcance. Una chica que, siempre que lo había intentado, le había rechazado con palabras duras y cortantes que le habían desgarrado un poco el alma cada vez que las escuchaba. Y como aún así, e incluso con las constantes dificultades y problemas que la bisabuela de la chica le imponía, lo había intentado una y otra vez, nunca dándose por vencido.

Y recordó el nombre de aquella chica saliendo por los labios temblorosos de Mousse.

Shampoo.

—¡TÚ! —gritó amenazadoramente la rubia. Se giró hacia la mesa que habían ocupado los acompañantes del joven de gafas y localizó a lo que parecía ser un troll con más arrugas que un sabueso—¡Y tú también! Vosotras dos… ¿Cómo… tenéis la vergüenza? ¿Cómo… sois tan…? —la rabia amenazaba con nublarla la mente, y se veía incapaz de formar una pregunta coherente. Bajó su mano, cerró sus ojos y respiró profundamente. Cuando por fin se calmó, abrió sus ojos, y en vez de zafiros, parecían dos duros diamantes reluciendo bajo una luz verdosa.

—Así que vosotras dos sois Shampoo y Cologne… —comenzó lentamente, midiendo cada una de sus palabras—Vosotras dos… las que arruinaron la vida de Mousse desde su mismo principio. Las dos que no han sabido ver lo bueno en él. Sois… las tratantes de esclavos. Estoy segura de que ni siquiera sabéis lo que son los derechos humanos…

A esas alturas, Mousse ya estaba intentando calmarla, hacerla parar, sin resultados. Añadía un “¡No es para tanto!” o un “¿Eh? ¡Qué va!” al final de cada frase que decía la rubia, y la daba pequeños golpes en los hombros, intentando atraer su atención, pero nada era capaz de desconcentrar a la chica.

—…y el como tratáis a los hombres, haciéndoles crecer en un clima de inferioridad e incluso desprecio. No me extraña que huyan de vosotras como de la peste. Además, ¿cómo sabéis que esa “leyes de hace más de tres mil años” que tanto adoráis no fueron escritas justamente por hombres? Ni siquiera…

—¿Y tú te crees con derecho para juzgar nuestra manera de vivir? —la cortó la Anciana Amazona, enderezándose encima de la mesa.

—Después de que le hayáis negado su único sueño a Mousse cuando apenas se había concretado en su mente, por esta o aquella estúpida ley, sí.

—¡Ja! Y eso lo dice alguien en cuya sociedad todavía se maltratan niños o se les hace trabajar hasta la muerte —se jactó Cologne con un toque sombrío—. En lo que vosotros llamáis el mundo civilizado, yo no veo más que cavernícolas tratando de negar sus orígenes, vistiéndose con ropas arrancadas a los animales todavía vivos, pisando los “derechos”, aquellos que tanto proclamáis al mundo, de los vecinos. Permíteme que dude de la supuesta ventaja ética que te otorga vivir en un país “civilizado”.

Ante aquello, Kaiko sólo pudo cerrar la boca y seguir escuchando.

—Mira, niña —continuó la vieja amazona con un tono que había dejado paso al cansancio—, simplemente, nuestra manera de vivir es diferente. Tenemos la certeza de que las mujeres son las más aptas para llevar el gobierno de nuestra pequeña aldea…

—No estoy muy seguro yo de eso… —murmuró Ranma, haciendo una mueca extraña.

—…A PESAR de lo que digan algunos. Una buena prueba de ello es que hemos sobrevivido más que muchos imperios occidentales —en aquel momento hizo una pausa, y posó su mirada sobre Mousse, que todavía estaba detrás de la chica, su mano descansando sobre el hombro de Kaiko—. Mousse… Mousse eligió un camino que a muy poca gente gustó, pero nadie se lo impidió, y nadie le “ejecutó” por ello. Es cierto que lo pasó mal, pero creo que no me equivoco al pensar que eso él ya lo sabía cuando comenzó a recorrer el camino que había elegido, ¿verdad?

Kaiko giró la cabeza hasta que pudo ver al chico asintiendo lentamente con el fantasma de una sonrisa formándose en su rostro.

—Creo… creo que tiene razón en eso de que las mujeres son más aptas para eso de mandar… —comentó, mientras se volvía, la chica, tratando de mostrar una sonrisa.

Aquello fue suficiente para Cologne, que dejó que una sonora carcajada escapara de sus labios, y comenzó a apremiar a los jóvenes para que eligieran que querían desayunar. Sin embargo, Shampoo, que se mostraba relajada y habladora, todavía mantenía sus ojos duros como el acero, y repetía mentalmente, una y otra vez: “¡Tú!

Apenas un par de horas después, el grupo, añadiendo a la dueña del Takahashi’s, llegaba por fin al lugar que Cologne había elegido para el entrenamiento especial. Un riachuelo de agua cristalina se podía ver no muy lejos, y el sonido del agua corriendo se podía oír como un dulce murmullo por todo el lugar. Siguiendo el curso de la corriente se encontraba un pequeño lago del cual siempre se podía ver el fondo. El suelo bajo sus pies era una mezcla de hierba, finas ramitas y hojas caídas de los árboles, y al pisar parecía que se andaba por encima de un colchón. Los árboles, que crecían aleatoriamente, tenían un tronco grueso, y su corteza era clara y lisa, y se elevaban varios metros hasta que las primeras ramas empezaban a salir del tronco. Su follaje prácticamente no permitía la entrada de la luz en las horas en las que el sol estaba más alto, pero cuando el astro rey se acercaba al horizonte, entonces su luz se colaba entre los troncos e iluminaba el suelo del bosque. En el lugar elegido, un par de troncos yacían en el suelo, al parecer tirados por alguna causa natural, y su corteza estaba empezando a desprenderse del tronco, descansando a su alrededor.

—¡Guau…! Esto es maravilloso —exclamó Akane, impresionada por la belleza del lugar, y reflejando los pensamientos del resto de su compañeros.

Sin embargo, cuando avanzaron un poco más al Norte con el fin de conocer la zona, descubrieron una abertura que se hundía en la tierra en un ángulo cercano a los cuarenta y cinco grados. Las raíces de la vegetación circundante sobresalían dentro de la cueva, y todos sintieron al instante que, si aquel lugar era el paraíso, aquella cueva tenía que ser la entrada al infierno. Mousse, haciendo gala de la utilidad de la escuela de las Armas Ocultas y de igual manera explicando el porqué de su falta de mochila, sacó de entre su túnica una plancha de madera cuadrada lo suficientemente grande como para tapar el agujero. Tras colocarlo entre él y Ranma y asegurarlo con unas piedras que había por allí, el grupo dio marcha atrás y retrocedió hasta el claro natural.

Comenzaron entonces a preparar las tiendas. Una para los dos chicos porque, como dijo Akane, “¡No quiero a ese pervertido en mi tienda!”, refiriéndose a Ranma, el cuál respondió que “¡Ni que yo quiera ver a una tabla de planchar desnuda!”, con los resultados de siempre. Y luego otras dos para las chicas, la una para tres y la otra para dos. Al final, Cologne, Akane y Kaiko se quedarían en la grande y Shampoo y Perfume compartirían la pequeña. Cuando terminaron, la Matriarca de las Nujiezu puso a los jóvenes a buscar leña y piedras, mientras ella se relajaba fumando de su pipa.

Cuando acabaron, la hora de comer se les había echado encima, y apenas unos pocos rayos de sol llegaban todavía al suelo del bosque. De manera que, mientras Perfume les observaba desde la tienda que le había sido asignada, Cologne, Mousse, Kaiko y Akane comenzaron a sacar los ingredientes para hacer la comida. Shampoo se había excusado diciendo que no tenía el espíritu como para cocinar, mientras que Ranma, al ver a Akane sacando botes de ingredientes dispares y temiéndose lo peor, empezó a pensar una excusa para escapar de la tortura.

—¡Eh, Akane! ¿A ti también te gusta cocinar? —preguntó Kaiko, ganándose la atención de todos los que tenía alrededor.

—¡Síiiiii! —pensó Ranma, apenas incapaz de no mostrar la ilusión que le embargaba—Puede que al final haya alguna manera para no comer “eso”.

—¡Es cierto! ¡Ni tú ni Perfume habéis probado mi cocina casera! Pues nada, hoy os hago a vosotras dos una comida que no olvidaréis —decidió la hermana menor Tendô con una sonrisa en la cara.

—¡SÍ! —se gritó eufórico Ranma. Empezó a saltar y a rebotar con una enorme sonrisa en la cara por todo el claro.

—¿Te pasa algo Ranma? —inquirió con algo de preocupación Akane.

—¿A mí? No, nada.

—Ah… vale.

Y por tanto, por un lado, Mousse y Cologne, que ya sabían el resultado de todo aquello, se lanzaron a la tarea de preparar la comida, mientras que por el otro, Akane comenzó a cocinar su comida casera mientras charlaba animadamente con Kaiko sobre nuevas recetas y la posibilidad de compartirlas algún día, de manera que prácticamente su total atención no estaba puesta en el cocinar.

“Pobrecillas” fue el pensamiento que cruzó por la mente de Cologne, Mousse y Ranma.

Una media hora después, los cocineros daban los últimos retoques a sus creaciones, y el chico de la coleta se fue en busca de Shampoo. Para cuando volvió, sobre una mesa plegable que tenía toda la pinta de haber salido de entre las ropas del chico chino, al igual que los bancos que había a su alrededor, descansaban distintos recetas que, aunque sencillas, olían exquisitas. Una enorme jarra de agua limpia ocupaba el centro de la mesa, y a su alrededor, el arroz, el pescado, las distintas salsas y otros platos conocidos del joven Saotome se agolpaban tratando de ocupar un puesto relevante en la mesa. El poco espacio libre lo ocupaban varias bolsas de palillos desechables, “ideales para ir de viaje”, como rezaban todas las bolsitas de plástico.

A pesar del festín que tenía delante, la mente de Ranma pudo identificar la falta de OSCNI en todos los platos. Rezando por lo imposible, se giró hasta encontrar a Akane, a unos metros de la mesa, dando vueltas alegremente con una cuchara de madera al contenido de un caldero que estaba siendo calentado por un pequeño fuego. Meneando la cabeza, tomó asiento a la mesa.

En ese instante, Perfume y Kaiko salieron de sus respectivas tiendas de campaña, y Shampoo aterrizó a unos metros del claro. Un momento después todo el mundo estaba a la mesa, y Akane se había llevado el caldero hasta su sitio, dejándolo a su lado en el suelo.

—¿No habéis hecho mucha comida? —preguntó Kaiko mientras examinaba la comida que todos menos las tres chicas empezaban a servirse en sus platos.

—No —respondió escuetamente Mousse.

—No sé… quiero decir me parece mucho para…

—¿Qué tal si empezamos nosotras a comer también? —la cortó Akane con un deje de impaciencia y nerviosismo.

Kaiko la observó extrañada por la manera en que la había cortado, pero asintió amablemente, y Perfume la imitó. Akane sonrió como si fuera lo mejor que le hubieran hecho en la vida. Casi sin esfuerzo, levantó el caldero y, con un cazo, empezó a repartir sus contenidos entre los tres platos.

Kaiko y Perfume no pudieron hacer otra cosa que observar la comida que tenían delante. Cuando lo que suponían era la salsa caía hasta plato, se descubría una… masa, como decidieron calificarlo, de un color marronáceo en forma de montaña. Era imposible saber si era una conglomeración de algo más pequeño, como por ejemplo arroz, o trozos de a lo mejor una carne. El hecho es que parecía ser algo bastante compacto, pues eran incapaces de observar alguna característica en la superficie, exceptuando los tropezones, esos sí reconocibles, de verduras o carne de un animal pequeño como pudiera ser un pollo. Cuando utilizaron el tenedor (pues Akane les había informado de que estarían más cómodas comiendo con el instrumento occidental) para remover la masa descubrieron que por dentro era igual que por fuera, y que, al menos, se podía separar con facilidad.

—¿Qué… qué nos has preparado, Akane-chan? —preguntó tentativamente Kaiko, esperando que no se notara lo forzado de su sonrisa.

—¡Es arroz al curry a mi estilo personal! —respondió excitada la chica.

—Ajá… —intervino Perfume sin preocuparse por ocultar el asco que la comida la provocaba.

Sin más comentarios, Kaiko y Perfume arrancaron parte de la masa con el tenedor y se lo llevaron a la boca. En cuanto el alimento hizo contacto con su paladar, descubrieron el verdadero significado de la palabra “tortura”. Se les saltaron las lágrimas debido al terrible sabor que habían descubierto y se les contorsionó el rostro en repugnancia por la textura de aquello que tenían en la boca. Pero cuando tragaron, todo fue a peor, y las desagradables sensaciones que habían sentido hasta entonces se multiplicaron por diez, de manera que apenas fueron capaces de retener en el estómago lo poco que estaba allí.

—¿Qué tal? —preguntó Akane sin mucho ánimo, pues se había fijado en la expresión de tremendo asco que, de hecho, todavía seguía en sus caras.

La respuesta de Perfume fue dura y concisa: cogió el plato, tiró sus contenidos al suelo, lo deslavó con un poco de agua de la jarra, y empezó a servirse de la comida preparada por Mousse y Cologne. Kaiko, sin embargo, se acercó a Akane y, tras verter lo de su plato en el caldero, se dirigió a ella.

—Mira Akane… podría mentirte y decirte que es que no quiero más —comenzó la rubia hablando muy bajito, de manera que solamente Akane la oyera—. Pero la verdad es que tu cocina es… pésima. Vamos, no estoy segura de que ha eso se le pueda llamar comida. Mira —se adelantó cuando vio que la chica iba a protestar—, no digo que seas un caso perdido -mis padres saben que me costó mucho aprender a cocinar-, sólo que, por ahora, no puedes esperar preparar platos… complicados, y que están buenos.

—Pero…

—Nada. A cocinar sólo se aprende con paciencia y práctica.

—Sin embargo… yo creía que el arroz al curry ya lo tenía dominado…

—Bueno… Seguro que el hecho de que te estaba distrayendo al hablar contigo mientras cocinabas ha influido bastante.

Akane decidió conformarse con eso y, en pocos minutos, todo el mundo atacaba la deliciosa comida preparada por Mousse y Cologne.

Cuando hubieron terminado de comer, cuidando de recoger todos los desperdicios que habían creado, pues no querían que se les quemase el lugar que tanto les había costado encontrar, el grupo, con la excepción de Perfume, la cuál se mostró extremadamente reacia a abandonar las tiendas, se dirigió al Oeste guiado por Cologne.

Tras un paseo de unos diez minutos, el bosque se abrió dejando ver una de las maravillas de la naturaleza más odiadas por todas las amas de casa.

—¡¿Un lodazal? —dejó escapar algo indignada Akane.

—Tsk… Toca el barro —la ordenó la anciana amazona, apuntando con su bastón al borde del lodazal.

Akane obedeció, algo arrepentida por haber dicho eso tan bruscamente, intrigada. Apenas habían hecho contacto las yemas de sus dedos con el viscoso elemento, cuando soltó un gritito de dolor y retiró su mano de nuevo a la protección de su otra mano.

—¡Qué leches! ¡Está quemando! —exclamó enfadada la chica.

—Así es. Esto es un lodazal termal, y no sabéis lo que me ha costado localizar uno aquí en Japón… —comentó entre dientes Cologne—Este lugar, además, no solo sirve para entrenar, sino también para descansar.

Se volvió hacia Shampoo y se dirigió a ella.

—Tu entrenamiento en la Escuela del Rayo se realizará casi constantemente en este lugar. Una de las maneras más sencillas y, aún así, más efectivas para aumentar tu velocidad es obligarte a moverte en agua. Dado que sería demasiado engorroso y tedioso, por ahora, estar calentando grandes cantidades de agua para que tu maldición no se active, ésta es la mejor alternativa que se me ha ocurrido —explicó Cologne con tono formal.

—¿Por ahora? —interrumpió Ranma extrañado.

—¡No me interrumpas! —le ordenó con un tono que no dejaba lugar a debate—Ahora, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! Por ahora, quiero que consigas hacer la kata básica que has estado practicando con la misma fluidez que si estuvieras en tierra firme. Seguramente, pasado mañana cambiaremos y ejercitarás la otra parte de la velocidad: tus reflejos.

Por un momento, Shampoo dudó. Pero un segundo después, y ante las miradas estupefactas de los chicos y las desaprobadoras de las chicas, la joven guerrera entró en el lodazal termal al tiempo que se despojaba de su ropa, sin hacer ni un sonido de queja ante el calor que había quemado a la joven Tendô.

—Bien. Ahora toca vuestro entrenamiento —y diciendo eso, la Matriarca Nujiezu produjo de quién sabe dónde una pila de libros casi más alta que ella—. ¡A estudiar tocan!

El quejido de Ranma atravesó el bosque de Norte a Sur, haciendo que los pájaros dejaran los árboles y alzaran el vuelo, y los pequeños mamíferos corrieran a buscar su guarida.

—¡Aaaghh! ¿Por qué? —y ante el tono de miseria en su voz, hasta Akane sintió pena por el chico—¡Pero si estamos en vacaciones!

Utilizando un movimiento del que no había echado mano hacía un buen tiempo, le propinó un golpe de bastón en el cogote que acalló al poderoso artista marcial al instante.

—¡No te quejes tanto! —le reprendió moviendo el bastón amenazadoramente—Lo que estás a punto de leer son los libros que contienen todo el conocimiento que hemos recopilado las Nujiezu sobre la fuerza vital(1) y sus distintos usos en nuestros tres mil años de historia —les informó orgullosa.

—Fuerza vital… —repitió intrigado Mousse.

—Sí. Ranma e Hibiki la utilizan para crear el ataque del Tigre Gallardo(2) y el Rugido del León Asesino(3) respectivamente, aunque esa es una versión íntimamente relacionada con los sentimientos. En esa versión, los sentimientos actúan como unos potenciadores o reductores. Esa rama es la más utilizada para el combate, pero la fuerza vital permite conseguir otros resultados —explicó Cologne, de nuevo utilizando el tono formal que había usado al dirigirse a Shampoo.

—Y son estas otras aplicaciones las que deberéis aprender vosotros dos —continuó—. De primeras, y respondiendo a la pregunta que habías hecho antes, tú, como alumno de la escuela del Dragón, deberías ser capaz de hacer lo que otros llamarían magia. Resumiendo, uniendo tú fuerza vital con la del entorno, porque como habréis adivinado, todo lo vivo tiene una fuerza vital, podrás alterar aquello que te rodea.

Dejó de mirar a Ranma para encarar a Mousse, y continuó.

—Mientras, tú debes especializarte en la fuerza vital de los otros seres humanos, y aprender como uniendo la tuya a la suya, puedes conseguir una variedad de efectos —recitó sin especificar.

Ranma se quedó parpadeando varias veces después de que Cologne hubiera terminado de hablar. Parecía que estaba considerando algo. De repente, lanzó un segundo quejido, pero menos lastimero que el anterior.

—¡Aaaghh! ¡Es verano y voy a tener que estudiar! ¡Mundo cruel!

Puede que esa faceta no fuera específica de Genma, al fin y al cabo…

Unas horas después, cada alumno se encontraba profundamente sumergido en su entrenamiento. Shampoo había conseguido por fin empezar a aumentar su velocidad dentro del lodo, pero aún así una viejecita con andador se desplazaba más rápida que ella. Por su parte, Ranma, que había necesitado entender lo básico de la fuerza vital por su constante flujo de batallas, avanzaba a buen ritmo por las páginas amarillentas y mohosas de los libros que Cologne le había prestado. Sin embargo, Mousse no tenía tanta suerte, ya que aunque la escuela de la que se consideraba maestro, la de las Armas Ocultas, hacía un uso casi constante de su fuerza vital, éste se hacía de una forma mucho más subliminal e inconsciente, de manera que, aunque entendía lo más básico, las explicaciones y los argumentos de los hechos un poco más complicados no podía comprenderlos.

Eso no era, ciertamente, la única razón por la que no avanzaba con su libro, como no, mohoso y amarillento. No, la verdad era que, al mismo tiempo, su mente bullía con otras cuestiones. Levantando su vista de la lectura para él codificada con el más difícil de los códigos, observó por un momento a cada una de las personas que le acompañaban en el viaje de entrenamiento.

En el lago de barro, apenas una cabeza entre el mar de marrón, Shampoo se movía de un lado a otro revolviendo el lodo a su alrededor con sus movimientos. Mousse se preguntó porqué estaba allí, aguantando un calor insoportable y llevando a cabo uno de los ejercicios físicos más extenuantes que se podía imaginar. Tenía claro que no podía ser por el hecho de aprender una nueva escuela. Shampoo había aprendido artes marciales para usarlas, no por la alegría de aprenderlas. Allí en el pueblo Nujiezu, recordó él, aquello era casi una obligación para todas las mujeres.

¡Y cómo las compadezco por ello! —pensó meneando la cabeza.

Así que, eliminadas las ganas de aprender, con lo único que se quedó fue el deber. El deber de hacerlo porque su Matriarca se le había ordenado. Aquello le encajó con su idea de Shampoo, pero aún así sentía como si hubiera algo fuera de lugar. Incapaz de distinguir que era, pasó a observar a Ranma.

En su caso, tenía bastante claro que era por el hecho de saber una escuela más. Sumando su nuevo status quo en lo que concernía su relación con Akane Tendô, podía imaginarse perfectamente al chico de la coleta queriendo tener alguna nueva técnica en la manga para cuando el próximo personaje de vete-tú-a-saber-donde quisiera raptar a la menor de los Tendô.

Y por otro lado, estaba dicha mujer, que se estaba dedicando a partir rocas medianas con una sola mano, copiando al dedillo las imágenes de esos torneos americanos de pacotilla de artes marciales, donde lo más interesante que podían hacer era romper cosas con la cabeza (hazaña que Ranma había repetido incansablemente durante esos dos años cuando era lanzado al cielo por su prometida) o menear una espada de una manera que ellos consideraban rápida. Aficionados. Pero el hecho era que allí estaba Akane, trasladando como mejor podía la rutina de su dojo hasta el bosque. Le era claro que ella estaba allí con ellos simplemente porque Ranma estaba allí. Constantemente lanzaba miradas curiosas y algunas apenadas en dirección a su prometido, y no había mostrado ni el menor ápice de interés hacia su entrenamiento.

Tampoco Perfume, que Mousse pensó debería estar en aquel momento en las tiendas, su forma de ser típicamente Nujiezu impidiéndola alejarse mucho de lo que consideraba “su terreno”, había mostrado demasiado interés por unas escuelas que eran parte de la mitología de su pueblo. Extraño no empezaba a describir lo que Mousse sentía hacia esa actitud, aunque tampoco estaba totalmente seguro de lo que pensaba la joven amazona de pelo verde. Como la mayoría de las mujeres Nujiezu, había conseguido desarrollar la habilidad de esconder sus sentimientos dentro de sí y no dejar que nada traicionara su expresión seria y compuesta. Así que, sí se mantenía en guardia, resultaba muy difícil deducir los pensamientos que corrían por su mente. Y ante ellos se mantenía en guardia en todo momento. No le había pasado desapercibido esa obsesión, casi enfermiza, que tenía la joven por que no la tocaran, por lo menos él, aunque creía haber observado la misma actitud hacia Ranma y Shampoo, y era incapaz de averiguar el porqué a todo ello.

También en Kaiko, que estaba mirando fascinada como Akane seguía partiendo rocas de un grito y un golpe seco, había descubierto una manía que parecía haber desarrollado en muy poco tiempo. Apenas hacia medio día que ella y el resto de las amazonas se conocían, pero cada vez que la dueña del Takahashi’s miraba en dirección a una de ellas, aquella adquiría una expresión sombría y le daba la impresión de que estaba imaginando formas muy crueles de infligir grandes cantidades de dolor. Se había dado cuenta de que el relato de su vida parecía haberla conmovido profundamente, pero aún así consideraba que el ataque verbal que había lanzado hacia las Nujiezu había sido excesivo, como le había hecho saber poco después de internarse en el bosque. Además, tan poco podía entender esa actitud cuando había parecido dispuesta a disculparse en el restaurante. Lo que sí sabía con seguridad era que ella estaba allí por él. Se lo había pedido y había aceptado sin dudarlo un momento. Y aquello le había hecho sentir más feliz de lo que nunca podría haber creído posible.

Y otra cosa que nunca hubiera creído posible era que Cologne, que extrañamente parecía tener la mirada perdida entre el cielo de ramas y hojas, le estuviera entrenando. Si se lo hubieran dicho unos años atrás, se hubiera reído en la cara de quién se lo hubiera dicho. Ni hace ya más de una década, cuando dio por válida aquella imitación de pelea que tuvieron Shampoo y él, ni en aquel instante mientras la observaba lo más disimuladamente que era capaz, podía imaginarse que pasaba por la mente de la “momia disecada”. Las razones por las que les había empezado a enseñar un conocimiento que se suponía prohibido en primer lugar se le escapaban totalmente, al igual que la razón por la que le había elegido para ser uno de sus pupilos. Pero una cosa tenía clara Mousse: si había dejado de llamar a Ranma “futuro yerno” para no hacerle enfadar, la razón por la que les enseñaba las escuelas tenía que ser de una importancia descomunal.

¿Por qué?

Aquella era la pregunta que inundaba la mente de Shampoo mientras se movía pesadamente en su prisión de barro. Hacía tiempo que el rostro de Kaiko había desaparecido en los confines de su mente, y lo único que había permanecido era esa invariable pregunta que se repetía una y otra vez, al principio confusa, luego cansada, enfadada y, tras varias horas sumergida, en más de un sentido, en su kata, con un tono de ironía melancólica.

¿Por qué? ¿No está claro? —se respondió por fin—Después de todas las veces que le he rechazado, ignorado, pegado, atormentado… Pero los machos como él… Pero… ¡Aaaghh! ¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? ¿Por qué para las Nujiezu es de una manera y aquí en Japón de otra? ¿Cómo debo actuar para conseguirlo? ¿Qué… qué tengo que hacer para ser feliz? ¿Es eso pedir tanto? ¡Sylphé, así no hay manera! No hago más que preguntarme más cosas.

Claramente, se ha cansado de ti y de tu manera de ser —continuó su debate mental—: siempre tan distante, tan… ¡Pero mi deber era…! Es… ¿Ranma? Mi deber era… traerle de vuelta… hacerle mi airen de una vez por todas… Sin embargo, ya no tengo ningún deber. Los “Besos”, olvidados. Ya… no sé. No sé qué hacer… Sólo sé que lo siento tanto…

Sin embargo, no tuvo tiempo para aceptar finalmente aquel pensamiento que se había instalado en el fondo de su mente porque Ranma la llamó desde la orilla del lodazal.

—¡Eh, Shampoo! ¿Qué tal ahí? ¿Mucho calor? —bromeó.

Shampoo, que lo único que tenía por encima del nivel del barro era la cabeza, le envió una intensa mirada. El hecho de que grandes gotas de sudor reluciesen al sol de la tarde por todo su rostro terminaba de decirlo todo.

—¡¿Y Airen que creer?! —respondió algo enfadada.

—Eso suponía. Haber que tal ahora.

Con eso, dejó el libro a un lado cuidadosamente y, tras arremangarse, hundió su brazo en el barro. Cerró los ojos y se mantuvo así durante unos minutos mientras Mousse y Shampoo le observaban en silencio. Entonces volvió a abrir los ojos y una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en su rostro.

—Y ahora, ¿qué tal?

La amazona fijó su atención de nuevo en su cuerpo y descubrió sorprendida como la temperatura del fango parecía haber descendido no mucho, tal vez un par de grados, pero lo suficiente como para que su cuerpo lo notara.

—¡Guau! ¿Cómo haberlo hecho Airen?

—Creo que ya ha empezado a comprender los “otros usos”, ¿verdad Ranma? —interrumpió Cologne saliendo de su especie de estado de trance.

Ranma asintió contento y Cologne continuó.

—Bien, creo que esto es todo por hoy. Vamos a cenar y a descansar, porque mañana quiero empezar a ver resultados.

Cologne envió a los dos chicos y a las dos chicas delante y ella se quedó a ayudar a limpiar a su bisnieta. Así que, mientras iba de vuelta al pequeño claro, Ranma no pudo evitar que una nueva sonrisa apareciese en su cara.

—¡Esto va bien! —pensó ilusionado—Creo que ya le voy pillando el truco a esta escuela. Y estoy seguro que, si luego la fusiono con mi Todo Vale(4), obtendré una escuela mucho más poderosa. Ya puedo imaginarme, utilizando las habilidades aéreas del Todo Vale y con esto de cambiar el entorno, tal vez pueda conseguir…

En aquel momento llegaron al pequeño campamento, y su fatigado cerebro decidió pasarle toda la carga de trabajo a su vacío estómago. Éste, que era como un recién nacido en términos de inteligencia, se hizo notar de la única manera que sabía: haciendo un ruido tremendo.

—Si no conociera el apetito de Ranma, hubiera pensado que eso era la tierra abriéndose —comentó Cologne apareciendo a las espaldas del grupo. Shampoo iba detrás de ella, totalmente vestida en su traje, lo que significaba que iba medio desnuda para el resto del mundo, y al parecer, perfectamente limpia. Lo único que desentonaba era la expresión de terror absoluto que se mantenía en su rostro.

—Eh, Shampoo, ¿qué te pasa? —le preguntó Ranma cuando el resto se había ido a hacer otras cosas.

—Bisabuela —murmuró la amazona, demasiado aterrorizada como para articular palabra.

No sabiendo que sacar de su reacción, Ranma decidió dejarlo estar y esperar a que el misterio se descubriera solo.

Después de la cena, donde milagrosamente ninguno de los maldecidos había cambiado de forma, cada uno se fue a su tienda a dormir, excepto Kaiko, que decidió utilizar la oportunidad que se le brindaba para admirar un cielo nocturno que no había visto en años: el del campo. Así que, mientras Cologne cerraba la cremallera de la tienda tras dar las buenas noches a la chica rubia, Akane comenzó a acomodarse en el saco de dormir que sería su cama por los próximos tres días.

—¿Por qué todo esto? ¿Cuál es la razón de que les enseñe todo esto, Cologne-san? —preguntó repentinamente la joven.

—¡Ay, niña! —exclamó mucho más cansada de lo que parecía—Ahora no te puedo decir nada. Cuando llegue el momento, todos lo sabréis. Eso es lo único que puedo ofrecerte.

Mientras se iba adentrando en el mundo de los sueños unos minutos después, un pensamiento recorrió su mente.

—Espero que este entrenamiento especial no tenga nada que ver con mis pesadillas…


N.A: Las explicaciones de los números:

1: Teniendo en cuenta que al parecer poca gente parece tener clara la diferencia entre “ki” y “chi”, he optado por este término más general y utilizado ya en otras traducciones.

2: Para aquellos que no lo recuerden o sólo lo hayan visto en japonés, “Moko Takabisha”.

3: De nuevo, en japonés, “Shi shi Hokodan”

4: En esta ocasión, he decidido utilizar esta traducción en vez de la que se da en el manga traducido (“Lucha Indiscriminada”) Simplemente, creo que le queda mejor y está más de acuerdo con el hilo de la serie que la traducción oficial. En japonés, “Musabetsu Kakutô”.


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

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