Cap. 11 de S.A. original

Caminante no hay camino,…

Como siempre, “así” es chino y -asa- es el sonido de una TV, radio…

Un búho, con su elegante plumaje marrón y sus enormes ojos amarillentos, se posó con facilidad en una de las ramas más altas del árbol que utilizaba como mirador en sus cacerías nocturnas. Un momento después puso en práctica su increíble habilidad para girar su cabeza ciento ochenta grados, y sus ojos registraron una ventana por donde los rayos de una luz blanca y eléctrica se filtraban a raudales. Además, el suave ronroneo de una voz apenas entendible se escapaba también del edificio. Misteriosamente atraído por ese pequeño gran espectáculo, voló hasta el alfeizar de la ventana, curiosidad, si eso era posible, brillando en sus enormes ojos.

Dentro, la televisión seguía hablando para los televidentes que sí podían entenderla: unos pocos elegidos.

-…el fenómeno que ha sorprendido a propios y extraños ocurrido por última vez hace unos días en el interior de China, sí, las luces misteriosas, ha vuelto a hacer acto de presencia, esta vez varios centenares de kilómetros al noroeste. En mitad de la tundra siberiana, un grupo de científicos que pasaban por allí de camino a una estación meteorológica internacional pudieron grabar en video la última aparición del fenómeno que ya se ha creado una legión de seguidores. Ahora bien, como se puede apreciar en la grabación, que se muestra en estos instantes, las misteriosas luces, totalmente blancas en las apariciones anteriores, muestran ahora un ligero tono de color. Hemos podido consultar a un experto en video y en cromografía, y nos ha asegurado que el color de ese tono extraño es el rojo. Tal descubrimiento ha provocado que científicos de todo el mundo entren en una discusión sobre si este es el mismo fenómeno que el de hace unas semanas o no…-

“Es la misma cosa.” Afirmó cierto artista marcial con coleta y cambia sexo mientras dejaba lentamente los palillos sobre su bol de arroz, que había sido rellenado dos veces, y arrancaba su mirada de la caja tonta que, extrañamente, había conseguido mantener su atención por unos minutos.

Ranma Saotome, actual discípulo de la antigua escuela del Dragón, se levantó de su asiento y, con sus platos en las manos, se encaminó a la cocina del Nekohanten. Dejó los cacharros sucios en el fregadero y salió de la cocina, de nuevo mirando a la pequeña pantalla en color que volvía a repetir el video casero donde se veían las luces misteriosas, o ‘Advenimientos’, el nombre que se les había dado.

“¿Por qué estar… estás tan seguro?” preguntó con dificultad la bella amazona de largo pelo lavanda que respondía al nombre de Shampoo y era la única practicante de la olvidada escuela del Rayo. En su rostro se mostraba la confusión que el comentario, y sobre todo la seguridad detrás de ello, había creado en ella. “¿Acaso saber… sabes algo?”

“No. Es simplemente… lo mismo que cuando anticipas un ataque sorpresa. Una intuición.” respondió sin apartar la mirada de la televisión.

Mousse, que había oído el intento de explicación desde su sitio de espaldas a la televisión, se esforzó para guardar un comentario irónico que quería salirle por reflejo. Cuando venció las ganas de soltarlo, lo que consiguió viendo la cara de asco que ponía la última incorporación Nujiezu al Nekohanten, la veloz Perfume de las amazonas, cuando se dio cuenta de la enorme cantidad de platos que le quedaban por fregar, pensó que en realidad estaba de acuerdo con el chico de la coleta. “Le llamo bocazas, pero a veces… yo soy demasiado impetuoso, aunque recordando estas semanas…”

“¡Bah, pero qué importa esto! No tiene ninguna importancia, ¿verdad Cologne?” preguntó con toda inocencia el chico de coleta a la espalda de la matriarca, que había empezado a recoger los platos sucios y a llevarlos al fregadero. Sin embargo, Cologne se quedó helada, en la misma posición, pero sin soltar los platos (sus instintos de negocios mostrándose), y los cuatro jóvenes se la quedaron mirando extrañados.

“No… no es nada, tú mismo lo has dicho.” Su voz, incluso ella se dio cuenta y se lo reprochó, sonó excesivamente débil para una respuesta que debería haber sido muy sencilla. Sin embargo, no era aquel el momento de revelarles aquello, y la Anciana Matriarca tuvo que pensar rápido para poder desviar la atención. Por suerte, había un tema que le venía de perlas.

“Y bien, ¿ya habéis hecho todos los preparativos para el viaje de entrenamiento?” preguntó con un tono, esta vez sí, perfectamente jovial. Cuando vio como sus tres pupilos meneaban la cabeza de un lado a otro lentamente, chasqueó la lengua acusatoriamente.

“¡Pero bueno, hasta cuando lo vais a dejar! Parecéis niños pequeños que lo dejan todo para el último momento.” les reprochó mientras finalmente iba a dejar los cacharros en la cocina.


Aquella noche, mientras se dirigía al dojo Tendô, Ranma se devanaba los sesos pensando en una manera de dar a conocer la noticia de su inminente viaje a las familias, y sobre todo, de decírselo a Akane. Andando, por una vez sin prisa por llegar a su destino, por la valla que dominaba la eterna, y ahora en verano, estrecha corriente de agua encauzada por un canal de hormigón y hierro. Harto de no poder llegar a ningún sitio en su disputa mental, decidió sentarse un poco en la valla y disfrutar de la brisa que el riachuelo llevaba consigo, y observar las estrellas que mágicamente se reflejaban en el agua, milagro sólo posible por el apagón que estaba sufriendo todo su bloque.

Mientras su coleta, invisible en la oscuridad que lo rodeaba, se mecía al compás del agradable viento, recuerdos agridulces asaltaron su fatigada mente. Al lado de esta agua que corría sin cesar, momentos de gran importancia se le habían echado encima, como casi todo en su vida, pero ahora los recordaba con melancolía y cariño. Su primera reconciliación con Akane (que, por supuesto, vino después de su primera bronca seria), su primer encuentro con su madre, que le causaría después muchos problemas y, aunque no lo enseñara a menudo, angustia, y otros tantos hechos, unos más felices que otros, que de alguna manera habían ligado su vida a aquella pequeña corriente de la cual ni siquiera conocía el nombre. Y tampoco es que quisiera. Le agradaba que aquella parte de su vida no tuviera nombre; era algo que, de una manera que ni siquiera él podía expresar, le reconfortaba y le hacía sentir un poco más normal, algo que de vez en cuando, sólo muy de vez en cuando, echaba de menos.

Tenía toda su vida planeada, y siempre por otros. Debía saberse donde estaba en todo momento, porque su desaparición podría poner en marcha una fuerza destructora comparable a la de un pequeño ejercito. Debía vivir siempre por encima de las expectativas que otras personas tenían de él. “Siempre todo se reduce a dos palabras:” pensó con amargura. “‘Otras personas'” Y entonces, en aquel lugar donde su vida había ido descubriendo multitud de nuevas cosas, de personas o de sentimientos, allí donde, por primera vez, se preguntó si era posible que aquella chica, impetuosa y ardiente como el fuego, marimacho y algo violenta pudiera realmente ser guapa, encima de aquellas frágiles verjas de hierro tomó una nueva decisión y un nuevo pasó en su vida, aunque por aquel entonces no entendiera las verdaderas repercusiones de su pequeña decisión, porque más que un cambio consciente, se produjo allí algo más subliminal e intrínseco.

“¡Hey, Ranma! ¿Qué haces ahí parado?” inquirió la voz de Akane desde un punto que el chico de la coleta solamente pudo fijar cerca de él, pero en la carretera. “Venga, que todavía pillarás un resfriado, y los de verano son los peores. Venga, baja aquí y vamos.” le apremió maternalmente la joven Tendô. Ese tono protector lo había adquirido hacía apenas unos días, pero no dejaba de utilizarlo.

Y a Ranma no le importaba en absoluto que lo hiciera.

“Akane, no sé si sabías que Cologne nos ha propuesto un viaje de entrenamiento para este fin de semana, y yo he pensado que…”

Y por la oscuridad, hasta que llegó a la luz, la voz de Ranma denotaba cada vez más y más seguridad.


A la mañana siguiente, cierto amazona que dependía demasiado de sus gafas se levantó temprano para preparar el desayuno, costumbre que, aunque no lo reconocería jamás, estaba empezando a echar en falta.

Es algo que siempre he hecho yo.” se decía el chico un poco enfadado, como si se estuviera reprochando que esa tarea la hubiera llevado a cabo otra persona. No tardó ni veinte minutos en preparar un desayuno digno de reyes o, más correctamente, de reinas.

Justo cuando terminó de llevar los últimos cinco platos a la mesa que siempre utilizaban para desayunar, todos ellos en un solo brazo y al parecer sin dificultad alguna, la figura de Shampoo apareció por las escaleras. Mousse pudo notar, mientras se sacaba unos botes de salsas de las mangas, que su largo pelo lavanda estaba revuelto y las legañas todavía mantenían sus preciosos ojos verdes cerrados. Era el cuadro de la chica recién levantada.

“¿Shampoo? ¿No se te olvida pasar por el baño?” preguntó tímidamente el joven desde la mesa. La amazona se paró en seco, se pasó una mano por el pelo y otra por la cara, y con un gritito ahogado que sería muy difícil creer en una luchadora de su calibre y posición, desapareció escaleras arriba.

Antes, sin embargo, de que Mousse tuviera ocasión de reírse del despiste ajeno, Shampoo ya volvía, ahora perfectamente aseada, pero respirando rápidamente.

“¿Cómo…?” empezó perplejo el amazona. “No, déjalo. Si puedes hacer el ‘Xifa Xiang-Gao’, me imagino esto perfectamente.” y apartó con un gesto de la mano los posibles comentarios que hiciera la amazona.

Sin embargo, Shampoo sí que le respondió, ganándose la atención del chico. “Bah, no tener gran complicación. Además,” y le hizo un gesto para que se acercara, como si estuvieran hablando de algo confidencial. “normalmente llevarte ca… cabe… pelos del contrincante. Excepto en puntos de presión, delicadeza no necesitar… necesitas.” y terminó asintiendo, como para reforzar la verdad de lo que le había dicho.

Poco después aparecieron también Cologne y Perfume, y no tardaron en engullir el desayuno que Mousse había preparado. Cuando terminaron, Ranma llegó, una extraña sonrisa en su cara que el amazona decidió investigar luego, y cada uno se dispersó para preparar el café antes de que llegara la primera oleada de tempranos clientes, Ranma y Mousse para preparar las mesas y atender si era necesario, Perfume para las atender exclusivamente, Cologne para la comida y Shampoo turnándose para lo uno y lo otro según qué se necesitase más. Sin embargo, cuando el joven de gruesas gafas se acerco a la chica pelirroja haciendo como que iba a ayudarla a limpiar la mesa en la que estaba, pero con la intención de peguntarla sobre su extraño buen humor, Cologne le robó a su víctima de interrogatorio delante de sus narices.

Un poco enfadado, porque ni siquiera los planes más sencillos parecían funcionarle, volvió al trabajo que tenía por delante. Pero, una vez más se vio sorprendido cuando, mientras Ranma salía de la cocina igual que como había entrado, Cologne, desde el marco de la puerta, le llamó a él también. Con la confusión pintada en la cara, cruzó el comedor y siguió a Cologne adentro.

“¿Y bien?” preguntó nada más cruzar el umbral. Vio que la Anciana Matriarca se había vuelto hacía los fogones, donde burbujeaban lentamente algunos de los platos más solicitados, aquellos que eran preparados los primeros, para no estar falto de ellos cuando se empezaba la jornada.

“Ya sólo quedan cuatro días para el viernes, y todavía no he visto señales… no me has dicho que hayas terminado los preparativos para el fin de semana.” le acusó la anciana mientras se volvía lentamente sobre el taburete que utilizaba para cocinar. “Ranma ya me ha dicho qué… o, más bien, quién va a llevar consigo, y creo que ya es hora de que tú también me lo digas.” prosiguió impasible Cologne ante la cara de asombro de Mousse.

“¿Cómo…?” se preguntó en alto el joven de gafas, inseguro de cómo continuar. “¿Cómo… es posible… que tú…?” Y es que, no daba crédito a lo que estaba pensando. A pesar de que no había dicho nada sobre su descubrimiento del Takahashi’s, parecía ser que la vieja amazona conocía perfectamente lo que había hecho allí, a saber, una nueva amiga. Al fijarse en su rostro surcado de arrugas, pudo ver una sonrisa que le decía: “Sí, lo sé todo.” Por un momento pensó en ponerse furioso, gritarle los peores insultos que se sabía a la cara y marcharse de allí para no volver más. Odiaba ese lugar, pero cada vez estaba más confuso sobre si odiaba o no a las personas que allí convivían. Lo que sí sabía era que odiaba no saber si odiar a las amazonas o no, y estas cosas le ponían de mala leche.

Pero se calmó. No por el respeto que debería sentir hacia su matriarca o por lo que pensarían de él los demás. Se calmó cuando recordó su auto-impuesta promesa, y se calmó al recordar la cara de miedo que Kaiko tuvo cuando le vio manejando a aquellos dos indeseables como un par de bolsas de basura preparadas para ser lanzadas a la trituradora un tiempo atrás.

Dejando escapar un suspiro de resignación, respondió serenamente. “Bien, de acuerdo, pero necesito tiempo para ir hasta allí. Una tarde… y ni siquiera sé que es lo que quiero hacer, tampoco.” “Aunque eso no es del todo verdad. Después de esta conversación, lo menos que quiero es estar a solas contigo otra vez. A saber que poderes tienes que todavía no nos has mostrado.”

“Oh, tranquilo. Hagas lo que hagas, será la decisión correcta.”


Así que, aquella misma tarde, sin que nadie le viera salir, se encaminó hacia el Takahashi’s, en las afueras de la ciudad y a varias horas de caminata. Esta vez, sin embargo, tuvo que dar un rodeo en tanto que una porción de la carretera que las otras veces había seguido hasta girar a la derecha para llegar al restaurante estaba cortada, y se vio obligado a tomar otra calle, más pequeña, que iba en paralelo a la otra.

Esta calle era, sin embargo, mucho más transitada que la dura y calurosa que tenía al lado. Rodeada de una infinita fila de casas, esta calle, menos ancha y más fresca, se ramificaba incontables veces perpendicularmente, de manera que la fresca brisa que por ahí corría le daba a uno a intervalos casi regulares mientras caminaba. Esto hacía que todo tipo de personas se sentaran en los portales o en los jardines mientras los niños se divertían por grandes grupos corriendo, más que jugando, detrás de un balón, mientras que las parejas de jóvenes iban de un lado a otro, agarrados de la mano y disfrutando de la brisa y del otro a partes iguales.

Todo esto no pasó desapercibido para Mousse, que se sorprendía de la posibilidad de que dos calles tan diferentes, dos mundos tan distintos, estuvieran solo a unos pasos de distancia, recordándole la enorme diversidad de personas que convivían sólo en este distrito de Tokio.

No pudo entonces evitar comparase con Ranma. Sus formas de ser, sus educaciones y hasta sus idiomas maternos eran diferentes, pero no podía marcarle como un desconocido o, ni siquiera, como a alguien muy diferente a él. Descubrió, mientras su túnica blanca ondeaba a merced de la brisa y los niños pequeños pasaban como balas a su lado casi rozándole, que se consideraba muy parecido al adepto de la escuela del Dragón.

Mi infancia, ahora me doy cuenta, ha sido un desastre.” pensó el chico. Recuerdos, sus recuerdos más viejos, vinieron al frente de su mente. Memorias, algunas borrosas y otras incompletas, de cuando apenas comprendía nada y tan sólo se dedicaba a jugar en la ‘guardería’, si podía llamársela así, con los otros niños.

Porque eso sí lo recordaba bien. Los niños eran los únicos que jugaban. A ellos se les permitía que hicieran lo que quisiesen, a diferencia de las niñas, que incluso desde aquella tierna edad se las comenzaba a entrenar para ser las mejores guerreras de su grupo, y estaban separadas de los niños casi por entero.

Entonces, un día, me enamoré de Xian-Pu, y envidiaba que estuvieran todo el tiempo entrenando. Ahora me dan pena… Ni siquiera recuerdo el día en el que me enamoré de Xian-Pu…” y a pesar de que meditó sobre ese asunto, no logró traer de vuelta a su mente aquel importante hecho de su vida. Sí trajo de vuelta, sin embargo, las largas horas de estudio y entrenamiento que a partir de entonces, a sus tres años, se hicieron una constante en su vida. Había perdido ante su amada, algo normal porque nunca antes había entrenado, mientras que ella ya sobresalía en su dominio de las artes marciales, y por lo tanto se dedicó en cuerpo y alma a la lucha; pero sus padres, y sobre todo su padre, querían que estudiara mucho y que dominara el arte del idioma, tanto natal como extranjero, y el arte de la ciencia. Así que, durante años, entrenó por el día y estudió por la noche, a la luz de las velas que terminarían siendo su perdición, y cada cierto tiempo se puso a prueba desafiando a Shampoo con la esperanza de vencerla, pero sin resultados.

Sí. Yo era el mejor chico de mi edad, mientras que ella barría a las oponentes de su edad. Supongo que nunca tuve ninguna oportunidad… justo como ella y su bisabuela siempre me decían…” aceptó finalmente el joven Nujiezu. “Sin embargo, nunca me di cuenta, e incluso cuando llegué aquí… No, este viaje de locos empezó cuando Xian-Pu regresó de su caza infructuosa…” se corrigió Mousse, y un coche pasó haciendo mucho ruido por la carretera, distrayéndole por un momento de sus pensamientos.

Recuerdo aquella fatal sesión de entrenamiento…” Las imágenes de Shampoo siendo lanzada hacia uno de los manantiales de aquella maldita tierra mientras su padre, su bisabuela y el guía de los estanques miraban impasibles hasta que una gata rompía con dificultad la superficie de aquella agua malditamente cristalina pasaron como un relámpago por su mente. Haciendo caso omiso de las recomendaciones de sus amigos e incluso de sus padres, él había seguido tan silenciosamente como había podido al pequeño grupo en el que se encontraba su amada amazona y que se dirigía a Jusenkyô.

Durante la larga caminata se había mantenido milagrosamente escondido no solo de los agudos sentidos de Shampoo, sino también de la inhumanamente poderosa Cologne, su bisabuela, que, junto al padre de la chica de largo pelo lavanda formaban el reducido grupo de viaje. “Lo que más me extrañó fue no oír hablar a Xian-Pu durante todo el paseo. Entonces yo no sabía que pasaba…” y, exactamente, recordó su confusión cuando la jungla casi monzónica se abrió dejando paso al imponente paisaje del valle encantado de Jusenkyô. Unos minutos después, ocurrió algo que si podía comprender: Cologne iba a entrenar a Shampoo en aquel lugar del que él había oído historias, cuando era muy pequeño, sobre gente que se convertía en animales y bestias que se convertían en personas y pasaban desapercibidas entre la gente para, por la noche, comerse a los niños enteros. Hasta aquel momento pensó que fueron inventadas por los mayores para hacer dormir a los pequeños.

Hasta aquel momento.

No sé… quedé paralizado, aunque por dentro hervía de rabia. Fue algo muy extraño. Aunque ya tengo claro que no hay ‘bestias que se coman a los niños’. Está claro que he cambiado en este tiempo.” Por un momento, le pareció a Mousse que todos los sonidos del exterior desaparecían, y que el eco de su última afirmación resonaba en sus oídos, a pesar de que no lo había dicho en alto. Lo escuchaba, y se daba cuenta de lo que significaba. Sus constantes luchas con Saotome, su constante actitud sobre protectora hacia Shampoo, sus pésimas confesiones de amor, sus fallos constantes a la hora de distinguir entre su amazona y los objetos del entorno, el episodio de la moxa debilitante de la que fue víctima Ranma, la joya reversible, la Navidad con los Tendô (“a pesar de no saber nada de esa fiesta”), las citas con la Shampoo falsa (“¿realmente era la falsa?”), Herb y aquella media hora de pánico y angustia, las feas gafas amazonas aquellas, Saffron y aquellos malditos huevos del apego natal, la pérdida repentina de su hogar y, por último, sus visitas al Takahashi’s.

Está claro. No soy la misma persona. Todo empezó cuando pisé este país por primera vez, aunque el momento decisivo fue la caída del meteorito. Mi cuerpo puede seguir siendo el mismo, pero está claro que mi mente ha cambiado…” Se dio cuenta entonces de que casi había llegado a su destino. El edificio del Takahashi’s se levantaba, esta vez, frente a él, en vez de a su derecha como en las ocasiones anteriores, y la luz del sol todavía alto en el cielo que se reflejaba en las enormes cristaleras de las que hacía gala el edificio le daba por todo el cuerpo, calentándole de forma reconfortante, pero cegándole al mismo tiempo.

Protegiéndose los ojos con una mano que sacó de una de las mangas de su túnica blanca, comenzó el corto trayecto que le llevaría desde el final de la carretera que había seguido durante parte de la tarde hasta su esperado destino. Cuando la luz reflejada del sol dejó de molestarle, alzó la vista y descubrió, para su sorpresa y gratitud, que una persona ya le esperaba apoyada sobre uno de los grandes cristales que hacían de pared en aquel acogedor café.

Mientras tanto, en el corazón del distrito de Nerima, el café donde trabajaba Mousse estaba experimentando el primer descanso desde hacía casi dos semanas. Solamente unas pocas mesas estaban ocupadas, y hacía ya largo rato que sus ocupantes habían sido servidos. Así pues, con una carga de trabajo tan pequeña, las amazonas que regentaban el lugar podían tomarse un merecido descanso. Sin embargo, Cologne necesitaba hacer una última cosa.

“Shampoo, bisnieta, ven aquí un momento.” Pidió Cologne a la chica de pelo lavanda mientras rebotaba en su bastón hacia la puerta trasera del edificio. “Perfume, Ranma, vosotras quedaos aquí y vigiladlo todo.” Añadió justo antes de cerrar tras de sí.

“Oh… Ahí va la pregunta del millón, y yo no puedo escuchar la respuesta.” Se quejó la pelirroja.

“¿Eh? ¿De qué hablas?” Preguntó totalmente confundida la Nujiezu más rápida.

“Eh… ¡No, nada! ¡De verdad! Es por lo del fin de semana, nada especial.” Respondió Ranma-chan mientras la inquietud traicionaba su intento de permanecer calmada.

“Ya…” Respondió lacónicamente Perfume, dejando claro que no se había creído la excusa que había puesto la joven japonesa.

En aquel mismo instante, Mousse y Kaiko terminaban el abrazo que la chica había decidido darle como bienvenida, y que él había aceptado, sorprendido al principio, pero agradecido un segundo después.

“¡Jo, ya pensaba que te habías olvidado de… este lugar!” Le reprendió la dueña del café con una expresión de severidad fingida.

Al momento, Mousse se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta, despidiéndose, al parecer dolido por el comentario de Kaiko. Aquello tomó por sorpresa a la chica rubia que, sin pararse a pensar lo que decía, soltó un ‘¡Lo siento!’ que sonó como una súplica.

Entonces, el Nujiezu se dio la vuelta, y la chica pudo ver como una sonrisa de mofa trataba de partir en dos el rostro del chico. Mientras éste volvía a la barra, ahora riendo alegremente, Kaiko preparó un par de refrescos para ellos dos, tratando de parecer sentirse ofendida por haber sido objeto de la broma inocente del chico, pero riéndose a pesar de ello. Cuando los hubo terminado, se los llevó a un ahora más calmado y serio Mousse, que la observó durante todo el proceso.

“Bueno, cuéntame. Por como me estás mirando, está claro que quieres algo, y ese algo tiene que ver conmigo.” Comenzó Kaiko en cuanto dejó las bebidas entre ella y Mousse.

“Verás…”


“…hay algo que quiero preguntarte, bisnieta.” Respondió Cologne en el solar detrás del Nekohanten a la pregunta de Shampoo de por qué estaban allí.

“Bueno, y qué se… es. No es ti… tipi… normal de tú dar rodeos.” Dijo con dificultad la bella Nujiezu de cabello lavanda.

“Mira Shampoo. Estos días he estado… No, he decidido que…”


Mousse se dio cuenta de que sonaba demasiado débil titubeando de esa manera. Así que, agarró del cuello a su nerviosismo y prosiguió. “Kaiko, este fin de semana haremos un viaje de entrenamiento, y me han pedido que elija… a la persona que quiero que me acompañe.” Mousse terminó la frase rehusando mirar a los ojos a su interlocutora.

“Oh…”


“…entonces¿ésa ser la razón por la que estar… estabas titubeando?” Preguntó la amazona, poniéndose una mano en el pecho como para calmar a su corazón. “¡Pensaba que ser el fin del mundo!” Bromeó Shampoo de manera inusual mientras meneaba la cabeza.

“Ya, bueno. Yo, en realidad, lo que quería saber es si…”


“…le has pedido ya a esa persona que te acompañe?” Le preguntó Kaiko antes de que pudiera decir nada. Mousse levantó la vista lentamente y, cuando la miró a los ojos, Kaiko pudo ver una mezcla de resolución y esperanza en su rostro y en su mirada.

“Kaiko, sé que tienes que trabajar, pero, sólo va a ser un fin de semana, y seguramente no vuelva a ocurrir en mucho tiempo, e incluso puedo venir otro día y hacer de camarero y…”

“De acuerdo, te acompañaré.”

“…si no, también puedo ayudarte aunque sólo sea moviendo cajas…”

“¡He dicho que iré contigo!”

“…pero es que realmente sería muy importante porque…”

“¡Qué iré contigo, sordo!”

Por aquel entonces, todos los clientes del modesto café, junto a las habitantes de las casas de varios kilómetros a la redonda, se habían enterado de que Kaiko iba a acompañar a su gran amigo de gafas a algún sitio. Mousse, también, había dejado de balbucear al oír el grito de la dueña del restaurante y, de una manera muy extraña en él hasta hace aproximadamente un mes, expresó su gratitud con un tranquilo y quieto “gracias”, pero con una mirada aguamarina que decía mucho más.


Mientras tanto, la conversación detrás del Nekohanten, tomaba otro camino.

“Yo, en realidad, lo que quería saber es si tienes claro a quién… o cuándo se lo vas a pedir… porque Ranma…”

“¿Quién decir que Shampoo ir a pedir a Airen?” La cortó Shampoo con la mirada perdida en el infinito.

Ante aquello, Cologne no respondió, sino que suspiró tan silenciosamente que ni siquiera su bisnieta la oyó, y se adentró, con Shampoo detrás suyo, de nuevo en el café.


El día siguiente, un jueves bastante ventoso, fue testigo de un encuentro mañanero de los prometidos más conocidos de todo el distrito.

Apenas se había internado Ranma en la habitación de Akane por la ventana cuando se vio arrastrado hacia dentro, consiguiendo que perdiera pie y cayese de bruces contra el suelo.

Cuando consiguió despegarse del suelo y levantó la vista vio a una Akane bastante despeinada y con ojeras haciéndole señas para que guardara silencio.

“Vamos al tejado.” Le susurró mientras miraba de un lado a otro como alguien que tiene miedo de que se le vea haciendo algo malo. Ranma obedeció y, como si fuera lo más normal del mundo, cargó con su prometida como lo hacen los novios de sus novias, y de un salto, llegó al tejado, donde volvió a dejar a su prometida de pie.

“Muy bien, ¿qué es lo que querías?” Preguntó Akane una vez que su corazón volvió a latir con normalidad después del viajecito que le había dado el chico de coleta.

“Verás, Akane. Creo que tendríamos que hablar.” Comenzó Ranma jugando con los dedos como siempre hacía cuando se disponía a decir algo que tuviera que ver con sus sentimientos. No se fijó en la mirada esperanzada que cruzó por un momento el rostro de Akane.

“Hace unos días, tú me besaste, no una sino dos veces” Recitó el chico claramente de memoria. Al parecer, había estado pensando mucho tiempo en lo que iba a decir.

“He de reconocer que… realmente… sinceramente… me gustó” En aquel momento, Akane era incapaz de distinguir entre el rojo de su camisa china y el que se había extendido por la cara del chico.

“Por último, ayer, antes de ir al Nekohanten, de nuevo nos besamos… Aquello que, también hay que decirlo, me gustó, fue un beso… un beso de… uno de…”

“¿Tornillo?” Suplió Akane con tono casual.

“Sí, eso. El hecho es que todo esto viene… de aquella declaración en el furo…” Akane estaba segura de que un momento a otro le empezaría a salir humo de las orejas, de lo rojo que estaba. Se sentía curiosamente divertida por todo ello.

“He estado pensando…” Sí, realmente la divertía la indecisión que estaba mostrando el más arrojado de los artistas marciales. “…que seguramente…” Él era un cúmulo de contradicciones disonantes tratando de alcanzar el poder las unas sobre las otras. “…te gustaría oír…” Recordaba que desde aquel día en Jusendo, esta indecisión de Ranma había dejado de enfadarla. “…de mis labios…” Y ahora, mientras le veía esforzarse para decir lo que sentía, se dio cuenta de algo que ya hace mucho sabía. “…una cosa.”

“Que te quiero, Akane.”

¡Dios, como amaba a ese estúpido pervertido bocazas impertinente!

Poco después, tras el primer entrenamiento en el arte del ósculo de los herederos al Musabetsu Kakutô Ryu, ambos jóvenes decidieron pasar un rato juntos en el jardín, observando el estanque y disfrutando de la compañía del otro.

“¿Qué pasa, Ranma?” Le susurró con un ligero tono de preocupación la menor Tendô al oído. Le notaba tenso y no dejaba de moverse en el sitio.

“Eh… ¿Akane?” Comenzó débilmente el chico, de nuevo jugando con los dedos.

“¿Sí, Ranma?” Respondió Akane, no muy segura de qué esperar del joven.

“Yo… te he dicho que te quiero… ¡Y no lo voy a retirar ni nada!” Añadió rápidamente, asustado de que Akane pudiera entenderle mal. Cuando vio que la chica seguía escuchándole, siguió más tranquilo. “Pero… eso no quiere decir que nos vayamos a casar pronto, ¿no?”

Ranma dejó entonces de mirarse los dedos para ver la reacción de Akane. Al principio pensó que se lo había tomado bien: tenía una enorme sonrisa en el rostro y sus ojos estaban casi cerrados de felicidad. Sin embargo, cuando vio que pasaba el tiempo y su expresión no cambiaba, empezó a preocuparse. Entonces, cuando un ligero tic hizo acto de presencia cerca del ojo izquierdo de su prometida, supo que la había enfadado. Finalmente, cuando fue lanzado al cielo matutino por un poderosísimo derechazo, tuvo la certeza de que había dicho algo que no debía. Si hubiera podido oír los pensamientos de su prometida, habría escuchado una frase que se repetía una y otra vez.

“Aunque le quiero, ¡es tan tonto!”

Mientras en el Nekohanten, Mousse recogía los platos que habían usado para el desayuno los últimos componentes de la tribu Nujiezu. No se sorprendió al oír el sonido silbante que hizo Ranma cuando descendió como un misil hacia el tejado del edificio, ni tampoco cuando hizo impacto con un golpe seco que hizo temblar todo el edificio.

Da igual… las cosas nunca cambian por aquí…” Pensó el amazona mientras empezaba a fregar los platos. Una sonrisa se formó en su rostro cuando oyó, muy amortiguados, unos cuantos improperios que soltó el chico de la coleta sobre la belleza y los modales que su prometida no tenía.

Un momento después, Ranma entró en el café, ya sin rastro de su enfado, y saludó a Shampoo y Perfume. Éstas le devolvieron el saludo y cada uno empezó a prepararse para el día que tenían por delante.


Fue por la tarde cuando, justo después de cerrar el Nekohanten y antes de empezar el entrenamiento, Shampoo se dirigió a nadie en particular mientras terminaba de recoger las últimas sillas del comedor, pero lo suficientemente alto como para que la oyeran en la cocina, que es donde estaban los demás.

Me pregunto quién quiere Mu-Tzu que le acompañe mañana…”

Nada más oír aquello, Mousse y Ranma salieron de la cocina y se colocaron enfrente de ella, ambos llevando una cara de total incredulidad. El primero por lo que Shampoo había dicho, y lo que no había dicho, y el segundo porque no entendía nada, pero tenía la sensación de que tenía que ver con él.

“Oh, Mousse…” Dijo Shampoo tratando de parecer sorprendida y fallando a causa de la sonrisa maliciosa que se formaba en sus labios. “¿no está…s tardando… mucho en pedirle… algo a alguien?” Preguntó con algo de dificultad por tratar de hablar correctamente, pero tratando de parecer inocente todo el rato.

En la marco de la puerta de la cocina, Cologne y Perfume contemplaban la escena con bastante interés. “Ahora esto sí que va a ser extraño para ti, bisnieta. Que el hombre que te ha estado cortejando durante toda la vida rechace tu invitación será ya de por sí chocante, pero que sea el segundo hombre que ignore tus insinuaciones añadirá dolor a la vergüenza. Pero veamos como reaccionas…” La matriarca se dispuso a prestar atención.

“Eh… ¿no?” Respondió confuso Mousse, incapaz de imaginarse el porque de esa repentina pregunta.

Sin embargo, Shampoo no dejó que la respuesta le afectara. “¿No?” Preguntó con voz melodiosa mientras jugaba con su pelo como la colegiala que no era. “¿Y que pasa… con el fin de semana?”

“¿Qué pasa con él?” Preguntó aún más confundido el chico amazona.

“El alguien que tener que llevar en el entrenamiento para acompañarte a ti.” Dijo la chica de pelo lavanda, empezando a perder la paciencia y volviendo a su mala forma de hablar.

“Eh… sí, ¿qué pasa con ello?” Preguntó Mousse igual de confuso, desesperando aún más a Shampoo.

“¿No tener que habérselo pedido ya?” Preguntó con impaciencia la joven amazona.

“Mmm… ¿Sí?” Respondió en el pináculo de la confusión el chico de gafas. A su lado, Ranma llevaba la misma expresión de infinita confusión en el rostro, aunque también había un poco de felicidad por no ser el objeto del interrogatorio.

“¿Entonces?” Preguntó Shampoo mientras daba golpecitos con el pie en señal de impaciencia y cruzaba los brazos.

“¿Entonces…?” Repitió Mousse, invitando a la chica a que terminara para que pudiera entender de qué estaba hablando.

“¡Argh!” Gritó la chica, tirándose de los pelos. De un movimiento más rápido de lo que el ojo desentrenado puede seguir, mando a Mousse a través de la puerta hasta la pared que quedaba enfrente del edificio. Salió del café, con Ranma, Cologne y Perfume detrás, y esperó a que el amazona se pusiera de pie.

“¿Shampoo?” Preguntó alarmado mientras se desembarazaba de los papeles y cartones que se le habían puesto encima al caer sobre las bolsas de basura, al despegarse de la pared donde había sido empotrado.

“¡Argh! Ahora que querer que a Shampoo pedir ir, Mousse se hacer el finlandés.” Dijo la chica mientras se hacía sonar los nudillos.

“Er… el sueco, Shampoo. Hacerse el sueco.” Añadió muy bajo Ranma, a su espalda.

Shampoo se dio la vuelta y le lanzó una mirada que, definitivamente, le dio miedo. “¿Decir algo?” Preguntó con un peligroso tono de voz. Ranma decidió que aquel era un buen momento para hacerse desaparecer yendo, por ejemplo, a la cocina.

Shampoo se volvió, y Mousse pudo ver unos ojos que sólo había visto en sueños antes. Era la primera vez que veía que esos ojos le miraban y ardían con una emoción. Daba igual que fuera amor, desprecio, o rabia, que era lo que tenían en aquel momento. La cosa era que, por fin, aquella heladora indiferencia había abandonado sus pupilas, y ardían al verle.

No pudo, sin embargo, admirar por mucho tiempo aquel espectáculo, porque Shampoo le cogió del cuello de su túnica, le levantó sin aparente esfuerzo, y le encajó un combo en el estómago que le dejó sin aire, lanzándole para finalizar varios metros por el aire de un derechazo.

Entonces, mientras trataba de levantarse y ella se acercaba amenazadoramente, su cerebro registró el significado del intercambio que habían protagonizado hacía unos minutos.

Ella quería que él le pidiera a ella que le acompañara en el fin de semana.

Tras repetirse un par de veces su conclusión, que no era ni fácil de pensar, alzó la vista, justo cuando la chica le iba a coger del cuello de su túnica una vez más, y unas palabras escaparon de su boca.

“No puedo.”

“No puedes el qué.” Dijo Shampoo, cogiéndole de la túnica por si acaso.

“Ya le he pedido a otra persona que venga conmigo.” Respondió Mousse, aún sorprendido por todo lo que estaba pasando.

Aquello pareció robarle las fuerzas a Shampoo, porque soltó al chico como si no pudiera aguantar su peso. Y luego, lentamente, con la mirada perdida, se dejó caer al suelo, quedándose como sentada sobre sus rodillas, sin decir palabra.

Éste es el precio,” Pensó Cologne apenada, observando a su bisnieta insensible a estímulos externos, mientras meneaba la cabeza. “bisnieta, que se paga por la soberbia. Y, me temo, esto no es todo…”


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

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