Cap. 10 de S.A. original

Una Nerima en obras

Como siempre, siempre, a menos que cambie de idea, “así” es chino y -asa- es el sonido de una TV, radio…

Cologne había estado más pensativa de lo normal. Tampoco es que Perfume hubiera estado con ella el suficiente tiempo como para darse cuenta, ya que sólo llevaba con ella trabajando en el Nekohanten hacía ahora dos días, pero se lo había oído murmurar a Shampoo, su ahora compañera a la fuerza amazona, y al chico de la coleta que había sido maldecido por Jusenkyô.

Del odioso macho medio ciego no había sacado nada, ni que hubiera pretendido ni por un momento acercarse a esa peste con patas. Sin embargo, estos días de convivencia con su pesadilla la habían dejado claro que Mu-Tzu había cambiado, cambiado a un nivel intrínseco y radical, y ya no se parecía en nada a aquel chico que tantas veces visitó en la cama del hospital.

“¡Maldita sea…!” Se había distraído tanto reviviendo aquellos recuerdos que el plato que estaba fregando se le resbaló de las manos y acabo hundido en el fondo de la pila, oculto por la espuma del jabón. Tras encontrarlo, repitió el proceso para limpiarlo de una vez por todas. Cuando acabó, lo dejó con los demás y se puso a rebuscar el siguiente. Una vez más, repitió el proceso. Mojar. Enjabonar. Frotar. Deslavar. Cogió otro plato, y volvió a comenzar. Mojar. Enjabonar. Frotar. Deslavar.

Mientras seguía fregando, no pudo evitar que le viniera a la mente el momento en el que se repartieron las tareas del café, y como ella, debido a que no estaba maldecida por Jusenkyô, había acabado siendo la que se ocupara de fregar día sí, día también.

“Por supuesto,” le había dicho Cologne mientras los otros tres se levantaban de la mesa donde lo habían hablado y se disponían a empezar con las tareas que les habían sido asignadas, “cualquiera de ellos puede fregar, pero debido a su maldición, resulta innecesariamente peligroso que ninguno de ellos lo haga, pues cualquier accidente conllevaría un gran, e innecesario, revuelo.” Después sólo había dicho que rotarían cada cierto tiempo, pero sin especificar cada cuanto sería el relevo.

Y así se encontraba ella, llevando a cabo el peor trabajo del restaurante sólo porque el resto había sido tan descuidado como para caer en uno de los manantiales malditos. Sentía que era tan injusto que más de una vez se había sentido tentada de romper todos y cada uno de los platos, boles y fuentes en mil pedazos, sólo por no tener que volver a verlos nunca más.

Pero lo que de verdad la molestaba no eran los platos, sino el hecho de que los otros se hubieran salvado de fregar… ¡por estar maldecidos! No le cabía en la cabeza. Ni siquiera entendía como la matriarca podía ser tan compresiva con esas personas, si acaso se les podía seguir llamando así.

Para la mayoría del mundo, esos tres se habían convertido en unas rarezas, algunos dirían que en unas anormalidades. Pero ella tenía el nombre perfecto. Esos eran unos monstruos. Eran unas cosas que habían dejado de pertenecer al género humano cuando su estupidez les hizo caer en una de esos manantiales. ¡Oh, cómo detestaba a esa gente, no, a esos seres inmundos! Apenas podía resistir las ganas de vomitar cuando uno de ellos se acercaba lo suficiente como para notar su aliento en su piel.

Era algo visceral, profundo. Un sentimiento frío, como si de una serpiente que atravesara la tundra siberiana se tratara; una serpiente cuyo veneno hubiera tomado por propia voluntad y cuyos efectos hubieran perdurado ya por una docena de años, aumentando en intensidad y en número, convirtiéndose además en una coraza impenetrable que recubriera su piel totalmente, una coraza de hielo que la protegiera del exterior y de todos sus ataques, mientras el veneno la consumía poco a poco como el tiempo a una vieja demacrada.

Pero Perfume era ignorante de todo ello. Lo único que ella sentía era ese inconmensurable odio hacia las personas maldecidas por Jusenkyô mientras seguía fregando en la cocina del Nekohanten.

Ya sólo quedaban cuatro platos.


A la Anciana Matriarca el día se le estaba haciendo aún más cuesta arriba que de costumbre, teniendo en cuenta, incluso, la precaria situación en la que se encontraba la tribu de la que era jefa. Y esto tenía que ver con las imágenes que vio en la mente de Perfume aquel fatídico día.

Esa mañana había traído, como punto positivo, que los rivales y prometidas desaparecieran por un tiempo, el recuerdo del dolor o el efecto de las drogas demasiado reciente en sus mentes como para lanzarse otra vez a la lucha. Sin embargo, lo que había descubierto en esa mente tempestuosa no había hecho sino inquietar la suya. “Esa chica…”, pensaba Cologne mientras veía a Perfume fregando por el rabillo del ojo, “No lo ha pasado bien. Ahora que lo pienso, sí que me suena haber oído de una chica extraña que… Ah… Sólo puedo decir que aquel fue un mal año. Uno de los peores mientras yo he sido Matriarca. ¡Je, qué irónico! A finales de aquel año pensé que no salíamos vivas de aquello y, ahora, que la cosa está mucho peor, no tengo ni una duda sobre nuestra supervivencia. No mientras esos chicos se mantengan en el camino, claro.” Con un suspiro, puso toda su atención una vez más en las sartenes y ollas que tenía delante, todas llenas con una gran variedad de comida china, desde fideos fritos hasta ramen, pasando por yakisoba muy apetecible.

Unos minutos después entró Shampoo con mucha prisa, buscando desesperadamente “lo de la mesa tres”. En cuanto su voz cruzó el umbral, Perfume se puso rígida, aunque pasó inadvertido para las otras dos amazonas. Cuando la chica del largo pelo lavanda salió de la cocina con un par de platos en sus manos y otro apoyado en la cabeza como si tal cosa, Perfume volvió a relajarse. Igual pasó cuando cualquiera de los camareros entró a por los pedidos de los clientes.

Camuflado por el trabajo, Mousse podía observar tranquilamente a sus compañeros de trabajo y, hace dos días, de combate.

Shampoo parecía más contenta de lo habitual, sonriendo y gastando bromas inocentes a Ranma. “Es más,”, pensó el chico de gafas mientras tomaba el pedido de tres chicos sin quitar ojo a la amazona, “parece que brillara de felicidad. Si no fuera porque sé que es imposible, juraría que ni siquiera está tocando el suelo cuando anda.” Y se dio cuenta de que esa felicidad que la amazona sentía se le contagiaba, pero de una manera distinta a como había sido hasta entonces.

Ahora sentía la felicidad de la joven de pelo lavanda como si fuera la de una hermana o una gran amiga. Sabía, muy dentro de sí, que no debería dejar que cosas como la amistad o la antigua enemistad que tenía con Ranma interfirieran en su entrenamiento, pero sentirse un poco más completo de lo que había estado en mucho tiempo conseguía que olvidara aquellas resoluciones. “Porque, me parece, estoy empezando a discernir la verdadera respuesta a la pregunta que me hizo Ku-Lohn hace una semana, y eso… me alivia más de lo que pudiera imaginar.” Así, con una apenas perceptible sonrisa en los labios, Mousse se dirigió mentalmente a su otro objetivo mientras apuntaba más pedidos y los dejaba en la cocina.

Al fijarse en Ranma, vestida en su forma de chica en un bonito traje chino, la sonrisa le desapareció al chico que se convertía en pato. A diferencia de la amazona, que era todo sonrisas, el, o más bien, la artista marcial de pelo rojo no era capaz de ocultar el nerviosismo del que era presa. Sólo gracias a sus reflejos entrenados era capaz de seguir el ritmo de Shampoo o Cologne. Ya habían sido tres veces las ocasiones en las que Mousse la había visto a punto de echar a perder los platos que llevaba sólo para recuperarlos a meros centímetros del suelo.

Y el amazona era incapaz de imaginar la razón por la que su antiguo enemigo estaba así. Suponía que se trataba por lo que había sucedido entre él y sus prometidas dos días atrás durante aquella disputa que se había convertido en una batalla campal. Por lo que le había contado Cologne cuando hubo recuperado la conciencia unas horas después, ambas chicas habían huido de él cuando las había mirado a los ojos.

Estos hechos hicieron que Mousse se diera cuenta de lo agradecido que se sentía de no estar en su pellejo, algo que hacía unas semanas no hubiera pensado posible. Y es que, tenía que reconocerlo: Antes había estado celoso de la posición en la que el chico de la coleta se encontraba. Como adolescente que era, había creído que ser constantemente perseguido por un grupo de bellas, si extrañas chicas, sería todo lo que un chico pudiera desear.

Pero ahora, tras ver las cosas más en perspectiva, con un nuevo objetivo en mente, y después de haber observado los estados de nerviosismo y, a veces, pesar por los que había estado pasando Ranma estos dos días, Mousse ya no sentía ni una pizca de envidia, si acaso algo de simpatía, por la situación del chico de la coleta.

Y era ese pequeño sentimiento de simpatía el que lo movió a llevarse a Ranma a la parte de atrás del edificio con la excusa de sacar la basura temprano a la hora de comer, de manera que pudieran hablar solos y, con un poco de suerte, ayudar de alguna manera al artista marcial que se convertía en chica, de manera que ese sentimiento dejara de picar su conciencia.

“Bien, Mousse, ¿qué es lo que quieres?” Comenzó sin más preámbulos Ranma, que llevaba una expresión de ligera desconfianza pintada en la cara, algo que no sorprendió a Mousse, mientras agarraba sin dificultad una enorme bolsa negra de basura que movía de un lado a otro acusatoriamente. “Al fin y al cabo, aunque nos ayudáramos en el combate, eso no quiere decir que ya tengamos que ser amigos por eso.”, pensó el joven amazona con una mezcla de impasibilidad y melancolía. “Directo al grano, ¿eh, Saotome?” Respondió con su viejo estilo desafiante, dejando su propia enorme bolsa a su espalda para que no le incomodara.

“He notado como me has observado toda la mañana, y sólo he aceptado a esta reunión porque tenía curiosidad por saber el porqué.” Esta vez, a Mousse le costó esconder su sorpresa. Esto le dejo claro al chico de gafas que Ranma aún no confiaba en las amazonas. “Bueno, yo tampoco lo hago.”, se dijo a si mismo bastante divertido, al tiempo que esa pequeña afirmación reforzaba el sentimiento de simpatía que sentía por el chico de la coleta.

“No te voy a negar que sí, te he estado observando.” Hizo una pausa y observó fijamente a su interlocutor. “Te he visto nervioso más tiempo durante estos dos días de lo que puedo recordar en los dos años anteriores, y eso… bueno, me ha resultado extraño.”

“No es nada que te interese.” Respondió Ranma más rápido de lo necesario, delatándole efectivamente ante Mousse, que se mantuvo quieto ahí, esperando una respuesta, una máscara de incredulidad como cara. “Bien, de acuerdo…”, accedió con un suspiro el artista marcial, dejando la bolsa a un lado. “Pero prométeme que no se lo dirás a nadie. Aunque ni siquiera sé si mantendrás esa promesa…”

Eso hirió a Mousse en su recién encontrado orgullo, y con un tono bastante enfadado respondió. “Yo, Mousse, prometo en mi vida que lo que me cuentes de ahora en adelante no lo oirá nadie de mis labios.” Y para reforzar su posición, hincó una rodilla en el suelo y, haciendo un intrincado movimiento con la mano, dibujo en el aire un símbolo que Ranma no pudo reconocer, pero que le convenció igualmente.

“Bien, bien… Tampoco hace falta que te pongas así.”, dijo la chica-a-veces mientras le ayudaba a enderezarse con una mano que le había tendido. “Bien, resulta que al volver de la pelea… pues, haber, como decirlo…” Entonces procedió a susurrarle al oído lo que había pasado en el baño aquel día y como Akane le había besado no una, sino dos veces.

Cuando terminó, Mousse sólo la miró de una manera confusa, ya que no podía entender que había de malo en lo que le había contado para que estuviera así de nervioso, tal y como le hizo saber a Ranma. “Ay, ¿es qué no lo entiendes?”, le preguntó frustrada la pelirroja. A la negación de Mousse, ella prosiguió. “¿No te imaginas lo qué pasará cuando todo el mundo se dé cuenta?”

Ante esa pregunta, Mousse se dio cuenta de lo que quería decir la pelirroja. Todavía había un completo grupo de prometidas y rivales que no dudarían en partir a Ranma en trozos para tener algo de él. “Y encima, ahora, con todo esto, si se enterara Shampoo…” La chica dejó la frase en el aire, pero Mousse sabía perfectamente como terminaba aquella frase. “Si ahora Xian-Pu se enterase, se derrumbaría por completo.” Y aunque le resultaba extrañísimo meter en la misma frase ‘Shampoo’ y ‘derrumbarse’, el chico amazona sabía que sería exactamente eso lo que ocurriría.

“Bueno, aunque no me gusta admitirlo, no soy un experto en estos temas, así que no sé que decirte, aparte de que lo mantengas en secreto cuanto puedas. Tal vez, si la damos un poco de tiempo y, de vez en cuando, apareces ‘misteriosamente’ por donde ella vaya acompañado de Akane y tratándoos como novios el uno al otro…” Sin embargo, la cara que puso Ranma, aún más nerviosa de lo que ya la tenía, hizo que Mousse abandonara la idea. “A ver¿la responderías que tú también la…”

“¡NO! Quiero decir, yo no, creo que es. Exactamente no la respondí así…”, le cortó el chico ahora convertido en chica. Mousse asintió. Ayudarle sí, inmiscuirse en su vida, ni hablar. Bastante tenía con la suya. “Entonces, no se me ocurre nada. Lo único que, por dios santo, empieces a cerrar esa bocaza tuya antes de herir a alguien más con ella.” Nada más esas palabras dejaron su boca, se dio cuenta de que, detrás de ellas no estaba ese sentimiento de simpatía que había desarrollado hacia el chico, ahora chica, de la coleta, sino otro totalmente diferente, y más fuerte, pero que estaba relacionado de alguna manera con el anterior.

“¡Hey, quién dice que tengo una bocaza!” La respuesta indignada de la pelirroja le sacó de sus pensamientos, y de nuevo, casi sin pensar, las palabras salieron de su boca. “¡Qué quién lo dice! Cualquiera que te conozca sabrá lo insensible que algunos de tus comentarios pueden sonar. ¡Pregúntaselo a esa mujer que cuida de la casa! Kasumi Tendô, creo que es su nombre.” De nuevo se quedó sorprendido de sus propias palabras. ¿Por qué estaba diciéndole todo eso a Ranma? Es como si quisiera ayudarla. Pero eso no era posible. “Él… Ella… no es mi amigo.” Pensó neutramente el amazona.

“Bueno… No te prometo nada, pero…” Murmuraba Ranma en respuesta mientras miraba hacia otro lado, como si estuviera en un mundo propio. Un momento después acabó con sus farfullos y miró de nuevo a Mousse con atención. “Bien, entonces quedamos en no decirle nada a Shampoo, ¿no?” El amazona asintió y ella imitó su gesto, quedando ambos de acuerdo antes de entrar de nuevo al café para engullir su bien ganada comida.



Los siguientes días pasaron en relativa calma mientras “Los Tres Elegidos”, como les había llamado Nabiki en un intento de irritar a su hermana hasta el nivel en el que Ranma saliera volando, con escaso éxito, se pasaban gran parte del día sirviendo en el cada vez más concurrido Nekohanten, al tiempo que, por las tardes, cuando el sol ya estaba bajo en el cielo y el restaurante cerraba, se dedicaban a entrenar en sus escuelas con ejercicios que Cologne había diseñado especialmente para cada uno de ellos, siendo ese parte del conocimiento que Perfume había transportado en su cabeza al huir del pueblo, hasta altas horas de la noche.

Fue una semana después de la gran pelea delante del café, un día en el que la afluencia de clientes había sido especialmente alta, que Ranma sintió que algo no iba bien. “No recuerdo este sitio tan lleno desde… ¡nunca! Es que no damos abasto.”

El pensamiento de Ranma se quedaba muy corto. Ni siquiera poniendo a cocinar también a Mousse eran capaces de seguir el ritmo que se les había impuesto. Había clientes por todas partes esperando, algunos más pacientemente que otros, a que, al menos, se les recogiera la orden, y aún más esperando ser servidos. Ella y Shampoo iban de un lado a otro como podían, con las bandejas muy altas para no dar a nadie por error en el cogote. Suerte era que a Ranma se le había pasado la incomodidad y el nerviosismo, porque en ese momento no había suelo al que caérsele las bandejas de lo lleno que estaba el restaurante.

Tras un par de horas frenéticas, cuando por fin se alejaba la hora de comer y la masa de clientes empezó a dejar las mesas con las sobras, pero también con las pagas, Ranma pudo por fin dejar de recoger pedidos por un momento y, divisando a Hiroshi y Daisuke, sus compañeros de clase, se abrió paso hasta ellos, trabando conversación en cuanto les devolvió el saludo.

“Oye,” comenzó Ranma mientras terminaba de hacerse sitio al lado de sus compañeros. “¿por qué demonios viene tanta gente de repente? Normalmente, el Nekohanten no se pone así.” Los dos chicos le miraron totalmente sorprendidos.

“¿No te has enterado?”, preguntó Daisuke con un tono claro de incredulidad. Ante el gesto negativo de Ranma, Hiroshi continuó. “El Ucchan’s lleva cerrado una semana, y no tiene pinta de que vuelva a abrir.”, y mientras Hiroshi asentía lentamente a lo que acababa de decir, Daisuke añadió: “Sí. Yo intenté entrar un día, pero esa guapa camarera que Ukyô se había agenciado hace poco apareció de la nada y me obligó a marcharme.”

Pero Ranma ya no les escuchaba. La noticia de que el Ucchan’s había cerrado le había dejado tan impresionado que era incapaz de pensar coherentemente, mucho menos articular palabra. Aún Ranma seguía petrificado cuando sus compañeros de clase se despidieron y se marcharon.

“¿Qué te pasa Ranma?¿Qué haces ahí parado?” Mousse se le había acercado al verle petrificado en medio del restaurante. Al no obtener respuesta, agitó una mano delante de su rostro, pero la chica pelirroja se mantuvo impasible como una estatua, y en el rostro del amazona apareció una leve nota de preocupación.

“Hey, ¿estás bien? ¿Qué te pasa!” Nada. Ni siquiera zarandeando a la chica fue capaz Mousse de sacarla de su estupor. Ya claramente preocupado, el chico de gafas se colocó frente a Ranma y, con una cara indescifrable, lanzó un puñetazo dirigido al estómago de la pelirroja.

Tal y como había previsto, con un movimiento nacido de los instintos defensivos duramente ganados durante las largas horas de entrenamiento, Ranma movió rápidamente los brazos interceptando el ataque, lo cual consiguió, finalmente, sacarla del estado catatónico en el que había entrado. “¡Ya era hora!”, exclamó un poco irritado el amazona cuando la chica empezó a mirar frenéticamente de un lado a otro.

“¡Mousse, tienes que cubrirme un momento!” Y, sin esperar respuesta, Ranma salió a toda velocidad del restaurante, dejando atrás a un amazona que se preguntaba por qué demonios se había preocupado por él.



Apenas diez minutos después de su súbita escapada del Nekohanten, Ranma, todavía en el uniforme del café, traspasaba el umbral del Ucchan’s Okonomiyakis. Le invadió una sensación de pena y abandono cuando echó un vistazo al lugar.

Aunque lo había visto más veces cerrado y apagado, nunca le había transmitido esa sensación de soledad y de inservible. Las sillas boca abajo sobre las mesas, las luces apagadas. Palpó la enorme plancha de freír, y noto como el frío le traspasaba la mano y conseguía que un escalofrío recorriera su espalda y el fino vello de sus brazos se pusiera de punta. Todo a su alrededor le parecía opaco y mustio, e inundaba la habitación el olor a viejo. Incluso los rayos de luz que se colocaban por las ventanas casi cerradas parecían transpirar abandono y vejez.

Sacudiendo la cabeza, y con ella los sentimientos que se le arremolinaban, subió en silencio las escaleras que daban al pequeño apartamento donde Ukyô había estado viviendo desde que le había encontrado. En el momento en el que iba a picar en la puerta que daba a habitación de la dueña del lugar, dicha puerta se abrió y la voz de la cocinera, una mezcla de cansancio y alegría, la invitó a entrar.

“Konatsu sabía que habías entrado.”, aclaró la chef de okonomiyakis ante la incomprensión de la pelirroja. Continuó. “Supongo que vienes por lo de la tienda de okonomiyakis.” Más que como una pregunta, aquella frase sonó a los oídos de Ranma como una afirmación.

“¿Por qué demonios has…?” No pudo terminar su pregunta porque Ukyô colocó gentilmente su dedo índice en sus labios. “Tranquilo, Ran-chan.” Le calmó ella de una manera casi maternal. “Me he dado cuenta”, continuó, “de que tengo que volver a entrenar.” Ante la expresión confusa de la pelirroja, se explicó.

“Pasé diez largos años tratando de convertirme en un chico. Luego, cuando te encontré, parte de mi mente se rebeló y reclamó parte de la feminidad perdida.” En este momento hizo una pausa para asegurarse de que Ranma la seguía, lo cuál estaba haciendo, y prosiguió. “Y hace una semana, me di cuenta de cómo esa parte de mí que se convirtió en hombre, que todo este tiempo desde que nos reencontramos había quedado sumergida por toda esa recién encontrada feminidad, esa parte de mí estaba dispuesta a todo. No porque fuera así por ella sola, sino por el desequilibrio reinante en mi mente.”

Entonces, como si acabaran de aparecer, Ukyô y Konatsu se colgaron sendas mochilas de viaje a la espalda. El espectáculo que creaba el ninja kunoichi, especialmente con su ropa de mujer puesta, era algo digno de ver, pero las serias palabras de la cocinera de okonomiyakis evitaron que Ranma siquiera sonriera. “Por lo tanto, he decidido que, junto a Konatsu, voy a emprender un nuevo viaje con el fin de equilibrar de nuevo mi mente y mi espíritu. No sé si, cuando venga, seguiré con esta ropa”, y tiró de la camiseta de cocinero de okonomiyakis que llevaba bajo la bandolera de espátulas. “o no. Por ahora, lo único que puedo pedirte es que me perdones por lo de hace una semana y… bueno, por todo.”

“Ucchan, eres mi amiga…” Pero la chef apartó el resto de la frase con un gesto de su mano. “Tranquilo Ran-chan. No hace falta que te preocupes por mi.” Le dirigió una sonrisa tranquilizadora, pero Ranma se negaba a calmarse, y mucho menos a dejarla ir.

Sin embargo, a pesar de sus razonamientos y súplicas, los tres salieron al exterior y, cuando Konatsu hubo terminado de cerrar cuidadosamente la entrada principal, le entregó a Ukyô la llave del edificio, que se metió en un bolsillo interior, quedando perfectamente a salvo.

“Por favor, Ucchan, hazme caso. No te vayas.”, insistía Ranma. Pero ni Ukyô ni Konatsu parecían estar haciéndole caso. “Adiós, Ran-chan. Recuerda que nos volveremos a ver.” Y volviéndose hacia el ninja kunoichi, le apremió a empezar el camino, a lo que obedeció con una leve inclinación de cabeza y una despedida hacia la pelirroja.

Y allí se quedó, viendo como su mejor amiga se marchaba a buscar el equilibrio que no había encontrado con ella. Resignada, la deseó buena suerte en silencio y se encaminó, ahora mucho más despacio, de vuelta al Nekohanten.



Tres días después, un extremadamente caluroso domingo, Ranma aún no había devuelto el tiempo que Mousse había tenido que trabajar por los dos. A pesar de todo, ningún duelo explotó entre los dos.

De esta manera, cuando al anochecer la sesión de entrenamiento diaria se había dado por concluida, Cologne les hizo una señal para que se la acercaran antes de que cada uno se marchara por un lado. Con paso lento, pues las sesiones de entrenamiento aún les cansaban más de lo que ninguno de ellos estaba dispuesto a admitir, rodearon los tres a la pequeña amazona, que estaba colgada de su bastón como de costumbre, de manera que prácticamente se levantaba hasta la altura de los ojos del resto de los presentes. Un poco apartada, apoyada sobre la pared del edificio, Perfume había estado observando desde que llegó al Nekohanten las sesiones de entrenamiento de “Los Tres Elegidos”.

“Bien, bien…”, les alabó la Matriarca mientras se sentaban a su alrededor. “Veo que los principios básicos los habéis aprendido bien, y avanzáis a un buen ritmo. Sin embargo, me temo que este lugar se nos está quedando pequeño. Ahora que habéis empezado a afinar vuestras habilidades bajo el principio más importante de vuestras respectivas escuelas, creo que deberíamos movernos, durante unos días, a un lugar donde podáis desarrollar técnicas que reflejen por completo vuestra correspondiente escuela.”

Toda su audiencia la miraba con el interés dibujado en el cuerpo. Sonriendo para sí misma al darse cuenta de que no había perdido sus dotes de oradora que la habían ayudado a llegar al puesto que ahora ostentaba, continuó. “Por lo tanto, este fin de semana que viene, empezando el viernes y acabando el lunes por la mañana, he planeado un viaje a un bosque cerca de aquí, a unas horas a pie. De esta manera, el conocimiento que Perfume aquí fue tan amable de traernos,”, y con un gesto de su diminuto brazo, señaló a la amazona que aburrida escuchaba unos metros a su espalda, aún apoyada contra la pared. “será puesto a buen uso. Así que, ¡preparaos para unos días de entrenamiento intensivo!” Y les mostró una de esas sonrisas dentudas que tanto dolor prometían siempre que aparecían.

Ante este gesto, sus tres pupilos comprendieron que la charla había terminado y, mientras dejaban escapar graves y largos quejidos por cada uno de los músculos que tenía que volver a ponerse en doloroso funcionamiento, se levantaron y se internaron de nuevo en el edificio, dejando, sin darse cuenta, a Perfume y Cologne a solas.

Matriarca Ku-Lohn, entonces era eso lo que Ti-er empaquetó en mi mente: Técnicas de las supuestamente desaparecidas grandes escuelas amazonas de la Antigüedad.” La joven amazona ni siquiera dejó de mirar al suelo cuando se dirigió a Cologne, una grave falta según las leyes amazonas que, si la Matriarca notó, no mostró indicios de observar.

“Japonés, Perfume… Y sí, por respeto hacia ti, te diré que sí, eso era parte de lo que Tiere trasvasó a tu mente. Sin embargo, como ya habrás podido deducir de mis palabras, hay algo más que todavía permanece cerrado en un rincón de tu cabeza. Y antes de que preguntes, no, no te voy a decir lo que es. Por ahora no es importante. Sólo tienes que saber que ni siquiera ella sabía lo que era. Se ha mantenido un secreto, incluso para sus propios portadores, durante generaciones.”

Ante esa confesión por parte de su matriarca, Perfume se revolvió inquieta en su sitio, y alzó la mirada para mirar por primera vez a Cologne desde que había empezado la conversación. “Tranquila niña.”, la confortó la anciana amazona con un tono de voz casi maternal. “Puedo adelantarte que, para bien o para mal, esa carga te dejará dentro de no demasiado tiempo.”

Perfume se calmó un tanto y, mientras Cologne la observaba aún con esa sonrisa maternal en los labios, la Matriarca se hundía más y más en la pena que esa afirmación creaba secretamente en ella. “Es verdad que ya no tendrás la carga de un conocimiento prohibido encerrado en tu mente,”, se dirigió mentalmente a la chica, “pero el coste de ello no sé si merecerá realmente la pena.”



Al mismo tiempo que Cologne entraba en el Nekohanten por la puerta trasera precedida de una Perfume aún algo incómoda, unas calles más abajo Ranma se dirigía hacia la propiedad Tendô dando saltos por los tejados, de manera que pudiera viajar en línea recta y a una velocidad endiablada mientras el aire le daba en la cara y hacía que su coleta ondeara al viento salvajemente. “Tengo que dar las gracias a Shampoo por ese bol de ramen. Gracias a eso tengo fuerzas como para llegar a casa.”, pensó el chico de la coleta mientras cruzaba una calle de un salto y veía a las personas ir de un lado a otro sin prestarle atención.

Unos minutos después, aterrizó delante del pequeño estanque que la carpa llamaba su hogar. Era tarde, la medianoche había pasado tal vez hacía una hora, y todo el mundo estaba dormido. Levantando sin dificultades el pesado adorno de piedra del jardín, vio relucir la diminuta llave de la entrada principal de la casa bajo la luz de la luna. La recogió y se dispuso a entrar en la casa silenciosamente, tal y como había hecho desde que empezó a entrenar con Cologne, pero al notar lo cálida que era la noche, y a pesar de que le dolía todo el cuerpo, decidió subir un rato al tejado para recuperar su vieja afición a mirar a las estrellas titilantes.

“Así que un viaje de entrenamiento. Je, trae viejos recuerdos.”, pensó Ranma unos minutos después, cuando se hubo tumbado en el tejado azul y recordó las palabras de Cologne. “Sin embargo, hay algo que me reconcome. Bueno, en realidad dos cosas, ya lo sabes Saotome. Pero bueno, hasta mañana no tiene sentido que piense en ello.”

Se giró y se quedó apoyado en un lado, olvidándose por completo del cielo que se extendía por encima de él. “De acuerdo, más de una vez he debido decir algo que la ha herido, aunque luego me ha dolido más a mí que a ella. Pero bueno, de ahí a que…” Meneó la cabeza, negando el final de ese pensamiento, y decidió que esperaría hasta el día siguiente para resolver ese problema.

“Bueno, pensando en otra cosa, me pregunto que se trae entre manos la vieja. Hay algo que no me huele bien. Tanto secretismo para entrenar, parece como si tuviera miedo de que alguien nos viese. Aunque, si las escuelas son tan poderosas como dice, entonces está claro que no quiere que ningún copiador de pacotilla como ese Ken aprenda ni un solo movimiento. Sí, eso debe ser.”

Volvió a girarse, procurando no hacer ruido, y volvió a quedarse boca arriba. “Pero no sé… Esa vieja siempre está escondiendo algo, pero últimamente… se porta tan amable con todo el mundo… Shampoo es normal, ¿pero Mousse? ¿Y yo? Y esa otra amazona… De repente parece que el número de secretos que guarda esa…anciana se haya multiplicado. Y uno de ellos tiene que tener que ver con las dichosas escuelas.”

Asintió para sí mismo, consciente de que había encontrando su principal tema de reflexión. “Eso es. Shampoo y Mousse, ambos me han dicho que esas escuelas, la del Dragón, la del Rayo y la del Volcán no eran más que parte de la mitología de su pueblo y ahora, ¡pum!, resulta que no sólo existen, sino que Cologne las conoce casi por completo, y lo que no sabe, se lo trae otra de esas brutas mujeres suyas. No sé, hay algo… que no me gusta nada sobre todo esto…”

Cansado más allá de lo que había estado en mucho tiempo y sin haber descubierto nada, con un par de movimientos precisos, se internó en la oscuridad de la habitación que compartía con su familia y, nada más terminar de colocar su futon, cayo rendido en él, vencido por el cansancio.



Un radiante y espléndido sol saludó a Mousse cuando una familiar figura abrió de par en par la ventana de su habitación, levantó la persiana de un tirón haciendo que el oxidado mecanismo del aparato se quejara agudamente, y corrió las cortinas para que entrara a la hasta hace cinco segundos oscura habitación luz a raudales.

“Me cagüen…”, fue lo primero que intentó decir el amazona al levantarse, antes de que un golpe en el cráneo cortara el juramento, y un segundo golpe cortara sus quejas. Ya despierto y lanzándole miradas asesinas a la espalda de su matriarca Cologne, se deslizó dentro de su típica túnica blanca de mangas anchas y, tras una breve parada en el baño para el aseo diario, bajó a preparar el desayuno, justo como siempre había hecho.

Sin embargo, cuando pasó por el comedor de camino a la cocina, descubrió muy impresionado como la mesa donde siempre tomaban el desayuno estaba ya llena de pescado frito, arroz, y otros platos típicos de su pueblo. Justo cuando se había acercado para mirar la comida más de cerca, como tratando de cerciorarse de que era de verdad, salió Cologne de la cocina con un par de platos más. Ésta hizo caso omiso del gesto de total incredulidad del que el chico era preso y dejó los platos en la mesa, dirigiéndose después a las escaleras. Sin embargo, antes de que pusiera el bastón en el primer escalón, la voz de Mousse la detuvo.

“Te noto muy amable, Cologne… especialmente amable hacia nosotros tres…” Su observación estaba cargada de sospecha y recelo, algo que al parecer divirtió a la Anciana Matriarca que, volviéndose, mostraba una sonrisa de oreja a oreja que, según le pareció a Mousse, era sincera.

“Sí… Observador, observador. ¡Ay, tan encantador! No hubiera estado mal, no señor. Un gran heredero.” El chico de gafas pensó que la mente de la amazona estaba en un lugar muy lejano, porque ni lo que decía tenía ningún sentido ni la expresión de su cara parecía la de una persona concentrada en su presente. Sin embargo, un instante después, como si se hubiera tratado de una ilusión o un sueño diurno, la Matriarca recuperó su típica expresión de desdén cuando se cruzaba con Mousse y respondió, sin mirarle, seria otra vez. “Nada anormal en mi comportamiento. Al fin y al cabo, sois mis pupilos.”

Después de ese incidente, el desayuno transcurrió tranquilo entre los cuatro últimos miembros de la tribu Nujiezu, con Mousse aún intranquilo sobre el comportamiento de Cologne, pero sin obsesionarse sobre ello. “Porque nunca las obsesiones han sido buenas, si lo sabré yo.”, pensó, meneando la cabeza de un lado a otro recordando épocas no tan pasadas.

Poco después, apareció Ranma, ya en su forma de chica y vestido en el traje que Cologne le había prestado, con una expresión mezcla de asombro, enfado e incredulidad marcada en su cuerpo. No era aquel estado catatónico en el que se había quedado atrapada hace unos días con la noticia del cierre del Ucchan’s, sino una especie de negación a reconocer sus alrededores, muy parecido a cuando un niño pequeño se enfurruña y no quiere hablar, pero con un tinte de sentirse dolido.

Mousse, que reconoció casi instintivamente el estado en el que se encontraba su compañero de trabajo, no pudo evitar acercarse para ‘ayudar’ a Ranma.

“¡Eh, Ranma! ¿Se puede saber qué te pasa?”, preguntó con un toque desinteresado.

“¿Eh? ¡Ah! ¡No te lo puedes creer! Le he preguntado a Kasumi si… bueno, ella pensaba que yo era un bocazas y… ¡Me ha respondido, sin inmutarse, que sí!” La expresión de Ranma, tal y como pensaron Mousse, Shampoo y Cologne, que se habían acercado al oír la indignación en la voz de la pelirroja, era, simplemente, irrepetible.

Pronto, en el comedor resonaba la risa alegre de tres amazonas que, por unos minutos, sintieron la despreocupación olvidada entre las cenizas del pueblo y sus leyes que les vio nacer.


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s