Cap. 9 de S.A. original

Una gran pelea que tal vez no tenga sentido pero sí consecuencias se desarrolla delante del Cat Café. Unos ganan, otros pierden, y dos huyen. Y después, Cologne recibe un conocimiento que ha de descubrirse sorprendente.

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…¿Y qué se encuentra?

“Así” es chino y -asa- es el sonido de una TV, radio…

Urashi Todoito siempre se había quejado a su mujer de que este distrito de Tokio donde vivía era demasiado ruidoso. Ella había insistido en asentarse allí por unas razones que él nunca creyó claras, pero que de alguna manera le habían parecido contundentes… ¡Ah, sí! Ya se acordaba de las razones… Dichas razones consiguieron que se pusiera rojo como un tomate cuando iba de vuelta a casa después de un día bastante flojo en la oficina de seguros en la que trabajaba.

“Que palo me da cuando no puedo venderles un seguro por lo caro que está a los Usheda…” Un suspiró se escapó entre la comisura de sus labios al recordar esa escena que casi le había partido el corazón. Efectivamente, desde que entró en la compañía, un par de años atrás, el precio de los seguros, tanto personales como inmobiliarios, no había dejado de subir. La culpa la tenían un grupo de adolescentes indisciplinados que parecían tener algo que ver con artes marciales que al parecer no tenían otra cosa que hacer que destruir tanto la propiedad pública como la privada. Y Urashi Todoito ya se estaba harto de eso.

“¡Cómo pille a alguno de esos niñatos, se van a enterar de lo que es bueno!” Gritó el señor a Urashi a los cuatro vientos mientras alzaba su puño prometiendo dolor. Una suave brisa le despeinó, y entonces se dio cuenta donde estaba. Justo delante de un café llamado “Nekohanten”, del cual había oído hablar en sus informes. Al parecer, éste era uno de los lugares donde esos destructores de la propiedad, algunos de los cuales se decía que eran capaces de demoler paredes enteras en unos segundos sólo con sus manos, se reunían antes de que un gran desastre ocurriera. Y eso no era todo.

Por un lado de la calle, se acercaba esa cocinera de okonomiyakis cuyo edificio estaba dos bloques más al sur y que solía vestir como un hombre, con esa espátula gigante de hierro a su espalda. Además, a su lado iba Kodachi Kunô, esa joven desvariada y… excéntrica, por decir algo suave, que siempre llevaba los leotardos de la gimnasia rítmica por debajo de la ropa normal y una cinta capaz de cortar casi cualquier cosa. Pero es que, por otra calle más estrecha que confluía justo donde él estaba, venían además dos jóvenes más, una chica y un chico, que tenían pinta de ser artista marciales. Era fácil saberlo porque el joven llevaba a la espalda una mochila casi más gran de que él, y porque un artista marcial siempre va con otro, como le habían dicho muchas veces algunos de sus amigos de trabajo que tuvieron que ir alguna vez a evaluar los daños cuando había sucedido algún incidente.

Así que, el señor Urashi Todoito hizo lo único que su casi paralizada mente pudo procesar: Correr como alma que lleva el diablo, casi chocándose por el camino con el único chico que había en toda la calle, aquel de la mochila inhumana, incisivos afilados y bandana atigrada. Aunque todo eso nunca se registró en el cerebro del señor Todoito, que estaba demasiado ocupado tratando de alejarse lo más posible de lo que el consideró la “zona cero”.


Ryôga Hibiki no podía creerse lo maleducadas que podían llegar a ser algunas personas. Sin ir más lejos, un señor que parecía rondar los cuarenta, casi calvo del todo, acababa de pasarle corriendo, obligándole a echarse a un lado para no chocar. Tras echarle una mirada de incredulidad a la distante silueta de Urashi Todoito, Ryôga volvió a dirigir su mirada a la guapa amazona que iba a su lado, con la que iba cogido de la mano, cuyo nombre era Perfume, la cual le dedicó una bonita sonrisa que intensificó aún más la belleza que irradiaba.

Así, el chico perdido y la última amazona siguieron andando hasta que por fin se encontraron delante de la puerta del dichoso bar que regentaban los últimos componentes de la casi extinta tribu Nujiezu. En el momento en que Perfume iba a abrir la puerta, ambos jóvenes pudieron oír los pasos de otras dos personas que se acercaban por la espalda. Los dos se dieron la vuelta, y Ryôga reconoció a las figuras en un momento.

“¡Ukyô! Kodachi…” Al ver a la excéntrica gimnasta, Ryôga dio un paso atrás, como medida de precaución.

“Hey Ryôga. ¿Quién es tu amiga?” Respondió la cocinera de okonomiyakis mientras miraba de reojo a la pareja y al cristal del restaurante.

“Eh…” Ryôga empezó a rascarse la nuca distraídamente, con lo que consiguió que Perfume le dirigiera una mirada molesta. Entonces, ella se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y se dio cuenta que no sabía porqué lo estaba haciendo. Tratando de deshacer el trabalenguas mental que se había formado, Perfume se adelantó al resto y abrió la puerta del Nekohanten, consiguiendo que todos dirigieran su atención al interior del establecimiento, y con ello, a la imagen que se estaba desarrollando dentro.

Allí, convertidos en una mole multicolor, pues era casi imposible distinguir unos cuerpos de los otros, estaban unidos en un abrazo Ranma, Mousse y Shampoo. Tal visión consiguió helar los pensamientos del cuarteto en una fracción de segundo. Así pasaron unos minutos, Ryôga, Perfume, Ukyô y Kodachi petrificados en la entrada y el trío de pupilos de Cologne unidos en un abrazo hasta que estos decidieron romperlo, separándose lentamente como si despertaran de un sueño profundo.

Por supuesto, aquel cambio de escena devolvió la conciencia al cuarteto de viajeros, de manera que los engranajes de sus cerebros comenzaron a chirriar al ponerse en movimiento. Pero, antes de que cualquiera de ellos atacara por sorpresa, ya que ninguno de los abrazados se había dado cuenta de que tenían visita, el sonido de un quinto par de engranajes a punto de saltar de su eje pareció resonar en los oídos de los cuatro. Volviéndose, pudieron ver a una muy enfadada Akane, cosa obvia por el tic que parecía tener en su ojo derecho y el aura granate manifestándose a su alrededor, en el umbral de la puerta. Medio segundo después, Akane estaba corriendo hacia el trío blandiendo una maza de madera muy real que había aparecido en sus manos.

“¡Ranma¿Qué estás haciendo con Shampoo?” No hace falta decir que había pasado por alto que Mousse también era parte del abrazo, eliminando su imagen convenientemente para poder culparle de infidelidad. El cuarteto de prometidas/rivales se lanzó al mismo tiempo a la carga con gritos mezclados de furia, promesas de muerte y necesarias explicaciones, mientras Perfume se quedó en la puerta, indecisa de qué hacer.

Por supuesto, Cologne les echó a todos fuera, incluyendo a sus pupilos, de un bastonazo, a través de la puerta, para prevenir males mayores. Después, desde una ventana, se dispuso a observar la pelea mientras disfrutaba del pequeño placer que últimamente se le había vetado, esto es, fumar de su pipa mientras, de vez en cuando, echaba una mirada a la amazona que llevaba consigo información importante para el futuro de la aldea o, incluso, el mundo entero.

Bueno, por ahora el futuro tendría que esperar, porque ella tenía ganas de ver una buena pelea, y esta prometía ser una de las mejores que habían ocurrido en esta prefectura.


Una vez que todo el mundo se hubo levantado, concentrándose en dos grupos, en uno Ranma, Mousse y Shampoo, y en el otro los demás, un breve momento de calma se instaló en el lugar de la que prometía ser una gran pelea. Mousse, haciendo gala de una actitud que no le correspondía normalmente, se adelantó un paso e intento razonar con el grupo de prometidas/rivales.

“¿No creéis,” Comenzó con un tono conciliador. “compañeros, que sería mejor que arregláramos esto de una manera más civilizada? Quiero decir, si es el abrazo lo que os ha incomodado…” No terminó la frase porque tuvo que esquivar un par de espátulas y una cinta de gimnasia rítmica, cortesía de Ukyô y Kodachi respectivamente.

“¡Hey, mucho cuidado con lo que hacéis!” Dijeron al unísono Ranma y Shampoo, hecho al que ninguno de los dos prestó atención, pero que sorprendió mucho al grupo de atacantes.

“¡Maldita sea, cállate pícara amazona!” Gritó la cocinera de okonomiyakis al tiempo que lanzaba no un par sino media docena de espátulas tan dispersas y veloces en la dirección de Shampoo que la sería imposible esquivarlas. Por suerte, Ranma reaccionó rápido y, concentrándose en la confianza que tenía de ganar cualquier lucha, repitió el movimiento de escudo para el que todavía no tenía nombre, consiguiendo que las seis espátulas cayeran al suelo inocentemente tras haber chocado con el escudo que se había llevado una gran parte de las reservas energéticas de Ranma, aunque sólo fuera momentáneamente.

Por supuesto, la sorpresa que los atacantes sintieron al ver el nuevo movimiento de Ranma no dejó de ser aprovechada por los compañeros de lucha de Ranma. Shampoo, que a la sazón se sentía doblemente furiosa porque sus dos amigos habían sido atacados indiscriminadamente, dejó atrás a Ranma como una exhalación, desapareciendo de la vista de los luchadores para reaparecer, unos segundos después, delante de Ukyô con unos ojos que, como pudo notar la cocinera de okonomiyakis, chisporroteaban con furia. Apenas pudo la ahora atacada escudarse con su espátula gigante a tiempo, salvándose de recibir un puñetazo que sacó una grave nota del metal.

Mientras tanto, Mousse y Ryôga, el menos impresionado de los atacantes, se habían enzarzado en una lucha a su propio estilo. El amazona, consciente de que sus habilidades mano a mano no podían compararse con las del chico perdido, se mantuvo a una distancia prudencial mientras lanzaba a su oponente numerosos objetos de entre sus ropas, consiguiendo que no se acercara demasiado.

¡Cómo no piense en algo rápido, se me van a acabar las municiones!” Pensó Mousse mientras daba vueltas alrededor de su oponente, que se dedicaba a esquivar, habiendo descubierto la debilidad en la estrategia de ataque del amazona.

Mousse rápidamente se dio cuenta de que Ryôga había visto su debilidad, y se concentró en buscar la de su oponente. Al segundo, imágenes de todas las peleas que había presenciado entre Ranma y Ryôga bombardearon su mente. Con un ojo en sus recuerdos y otro en su oponente, empezó a estudiar las imágenes que le llegaban a la mente.

Haber… Por lo que puedo recordar, Ryôga, aparte de ser el tipo más fuerte que he visto nunca, es también el más ingenuo y despistado de esta parte del mar. Y, si no recuerdo mal, la manera en que la momia dijo que Ranma derrotó a Ryôga cuando aprendió ese extraño ataque llamado ‘Shi Shi Hokôdan’ fue utilizando esa ingenuidad…” Entonces notó como sus últimas armas se colocaban para ser lanzadas, y un plan nació de la desesperación.

Sin pensárselo dos veces, dejó de lanzar objetos a su oponente, y se colocó en la posición defensiva más relajada que pudo conseguir. “Eh, P-Chan, ¿por qué no atacas?” La burla iba llena de sarna falsa, aunque Ryôga pareció no darse cuenta.

“¿Tú también?” Preguntó rezumando odio y una mirada que prometía una cantidad infinita de dolor. “¡Ahora verás!” Y se lanzó como un rinoceronte en plena estampida.

Mousse sólo sonrió durante una décima de segundo antes de saltar como sólo los artistas marciales de Nerima podían, y lanzar, todavía en el aire, sus dos últimas cadenas, perfectamente dirigidas a los tobillos de su oponente, atrapándolos y consiguiendo que cayera como los titanes de la antigüedad.

Sin embargo, no tuvo tiempo para saborear su pequeña victoria, porque estuvo a punto de ser alcanzado por un balón azul de gimnasia rítmica, que explotó, soltando una nube de gas verdosa, unos metros a su espalda cuando tocó el suelo.

Cuando se dio la vuelta, vio con sorpresa como otros dos balones se dirigían hacia a él de manera que le sería imposible esquivar los dos. Intentando cubrirse, puso sus brazos delante de él, aún así resignado a que esta batalla había terminado para él.

Pero, sorprendentemente, cuando los balones estaban a unos centímetros de impactar, vio como, mágicamente, ambos cambiaban de dirección, y uno se dirigió al caído Ryôga, rociándole con ese gas verdoso, y el otro volvía a su lanzador, dejando a la gimnasta profundamente dormida.

Cuando aterrizó, Mousse miró hacia arriba para descubrir a una Shampoo que caía en picado, aparentemente vencida por el cansancio que haberse movido a las velocidades a las que había ido la había producido. Sin perder un segundo, se puso en su trayectoria, cogiéndola en brazos lo más suavemente que pudo.


Mientras tanto, Ranma había mantenido a raya, a pesar de su cansancio al producir el escudo, a Akane, simplemente esquivando sus dolorosamente lentos puñetazos y patadas. Mientras iba recuperando sus fuerzas, echó una mirada a la pelea multitudinaria en la que se había visto involucrado.

Mousse estaba manteniendo a raya a Ryôga, aunque el caudal de armas que estaba utilizando no le permitiría seguir mucho tiempo con esa estrategia. Mientras tanto, Shampoo estaba ocupada intentando hacer que Ukyô perdiera su espátula gigante bajo sus imparables golpes de bonbori, mientras Kodachi trataba de acertarla con sus bolas llenas de gas somnífero, bolas que la amazona esquivaba aún cuando estaba atacando sin piedad a la cocinera de okonomiyakis.

Volvió a ver a su oponente y, tal y como había predicho, Akane estaba hecha una furia, haciendo así que sus ataques fueran aún más fáciles de leer y esquivar.

“Vamos Akane, déjalo por favor. Te juro que no estaba haciendo nada con Shampoo. Sólo era un abrazo, te lo aseguro.” Sin embargo, que dijera estas palabras mientras esquivaba sus golpes con una facilidad exasperante no ayudó nada a transmitir el mensaje.

Aún así, el mensaje pareció calar, porque Akane cesó abruptamente de atacar para quedarse mirando sus puños con los ojos muy abiertos, como si acabara de darse cuenta de lo que estaba haciendo.

En ese momento, la atacante levantó la mirada, y Ranma vio ahí, en el fondo de sus ojos llorosos, en esa fértil tierra mojada, una disculpa silenciosa por algo que él no llegaba a comprender, y un segundo después, Akane huía de la escena, dejando a Ranma tan sorprendido que no pudo moverse para perseguirla.

Antes de que pudiera hacer nada, oyó que su nombre era gritado a unos metros a su derecha. Al girarse, descubrió como Mousse se defendía como podía contra una furiosa Ukyô, que movía su espátula gigante como si se tratara de una espada, intentando con todas sus fuerzas cortar al amazona en dos.

“¡Oh, mierda!” Se reprendió mentalmente el chico de coleta. De un potente salto, Ranma cruzó la distancia que lo separaba de los últimos luchadores y, cuando Ukyô elevó su espátula por encima de su cabeza con la intención de hacer un agujero en el asfalto con la cabeza de Mousse, la agarró y le quitó el deformado instrumento de cocina, lanzándolo contra una pared cercana, dejándolo clavado en ella.

Ukyô, al sentir como su arma le era arrebatada, miró a su espalda, y se encontró con esos ojos azules. Pero el mar que contenían no estaba en calma como siempre solía estar, sino que refulgían los rayos y se alzaban las olas de la tormenta. La parte que le quería ciegamente la gritaba que eso era debido a que había estado librando una lucha, y que la adrenalina todavía cabalgaba por sus venas. Pero la parte que se consideraba sólo su amiga sabía que esa furia indescriptible solamente salía a la superficie cuando se jugaba con lo que él sentía como más preciado.

Se giró de nuevo para ver a su presa, el amazona, que, aún en el suelo, se había puesto entre ella y la amazona inconsciente, sin apenas fuerzas ni para levantar los brazos como escudo contra el ataque que nunca había llegado.

Y huyó. La cocinera de okonomiyakis huyó despavorida ante la doble visión de los ojos de Ranma y la escena en la que se hubiera resuelto su persecución de los amazonas si el chico de la coleta no hubiera llegado a tiempo para frenarla.


Una vez más, una chica huía del chico de la coleta, y éste no sabía que hacer sino preguntarse que estaba pasando. Aturullado, se palpó primero la cara y luego el pecho, tratando de cerciorarse de que todo estaba bien. No hubo terminado su reconocimiento cuando oyó una voz cascada que provenía del Nekohanten. Era Cologne, que le ordenaba que metiera en el café a sus otros dos pupilos y compañeros de batalla para que pudiera ver sus heridas.

En cuanto dejó a Shampoo en su habitación, habiendo hecho una parada en la habitación de Mousse para dejarle también descansando, comenzaron a hacerse patentes los primeros signos de tormenta. Unos minutos después, mientras seguía despistado a la Matriarca de una habitación a otra, las primeras gotas de lluvia martilleaban incesantes las ventanas del local al tiempo que los rayos centelleaban al azar en los cielos.

“Ranma, haz el favor de traerme las gasas que…” Cologne no terminó la frase porque, al girarse para encarar a Ranma mientras trataba un feo corte en el pecho de Mousse, se dio cuenta de la mirada perdida del chico de la coleta. “Han huido de él su mejor amiga y la mujer que ama, que junto a su madre son las tres personas más importantes para él. Tal vez sea lo mejor dejarle un rato, porque no creo que quiera… No, para eso está su madre.” Así que, actuando en su plan, golpeó suavemente a Ranma en la cabeza, consiguiendo su atención, y le dio permiso para irse a su casa, a lo que el chico le devolvió una mirada extrañada, sólo para despedirse y desaparecer por la puerta de la habitación.

Unos segundos después de que la coleta del chico desapareciera por la puerta, una amazona bastante sorprendida apareció en el campo de visión de la Anciana Matriarca. Perfume entró boquiabierta y se sentó al lado de Cologne, mientras esta seguía tratando las heridas del amazona.

No es que yo dude de sus acciones, pero tengo curiosidad. ¿Cómo es que trata tan indulgentemente a ese chico?” Efectivamente, la curiosidad era palpable en la voz de la amazona, y no había ni rastro de mofa o rabia.

Cologne suspiró una vez, algo que se dio cuenta estaba haciendo muy a menudo últimamente, y respondió, una mezcla de cansancio y orgullo cuando hablaba de Ranma durante la conversación. “Veamos, vamos a empezar porque comiences a utilizar el japonés. Lo vamos a utilizar mucho ahora. Por otro lado, tu pregunta. Seguro que ya te has dado cuenta. ‘Ese chico’, como tú le llamas, es Ranma Saotome. Y aunque no debería mostrar admiración por él o su nombre, estoy segura de que el Destino se hubiera sorprendido si, después de haber pasado tanto tiempo a su alrededor, gravitando en torno a él, no hubiera terminado por encariñarme con él.” Ante la expresión de sorpresa de la joven, continuó. “No pienses nada raro hija, sólo como el bisnieto que nunca llegué a tener. Y el caso es que si hubiese nacido en la tribu, estoy segura de que hubiera terminado revolucionándola. Se ha convertido, además, en uno de mis pupilos más avanzados. No sólo ha descubierto un método alternativo para enseñar el Kachu Tenshin Amaguriken, sino que descubrió, movido por la desesperación, la mecánica de funcionamiento del Hyriuu Shoten Haa. Creo que eso responde a tu pregunta¿no, Perfume?” Terminando de vendar al chico inconsciente, Cologne se colocó en su bastón y salió de la habitación sin esperar la respuesta.

“Bastante impresionante, es verdad.” Aceptó la amazona, siguiendo a la matriarca hasta el comedor. Allí, ambas mujeres se sentaron en una mesa (Cologne más bien se puso de pie sobre la mesa), y Perfume continuó, ahora con un tono de voz aún más formal y educado. “¡Oh, Matriarca de las Nujiezu! Esta amazona ha sido bendecida con el honor de servir como mensajera para nuestra grandísima Matriarca. Las venturas que he tenido que pasar son insignificantes en comparación con la importancia del mensaje que transporto. Por eso pido humildemente que, llegado el final de mi viaje, se me sea concedido el alivio de semejante carga, de manera que pueda hacer honor a mi pueblo, a mi Matriarca y a mi misma, y llevar a buen puerto la tarea que acepté voluntariamente.”

Aunque Cologne debería responder de una manera igualmente formal, se sentía extrañamente apática ante tal tarea, así que simplemente asintió e invitó a la amazona a que se tumbara sobre la mesa. De esta manera, la diminuta matriarca se colocó justo detrás de la cabeza de Perfume, y empezó a prepararse mentalmente para el proceso que estaba a punto de llevar a cabo. Trescientos años pueden no haber hecho mucho por su físico, pero ciertamente la habían dado tiempo suficiente como para aprender un par de cosas de casi todo lo que se le podía ocurrir a uno. Y sobre la mente humana, desde la neurología hasta la magia coincidan en una cosa: Que era una de las maravillas más complejas que existen en el mundo. Y por tanto, jugar con ella era de lo más peligroso, sobre todo si no se tiene un control absoluto de la situación.

“Bien hija. Ahora quiero que te acomodes, te relajes y trates de dejar la mente en blanco¿de acuerdo?” Advirtió la anciana amazona a la más joven. “De acuerdo.” Con eso, se reposicionó sobre la mesa de manera que yaciera totalmente en ella, descansando sus pies sobre una silla, y colocándose lo más recta que pudo. A continuación, dejó su mente tan en blanco como pudo, luchando con los nombres de ‘Ryôga’ y ‘Mu-Tzu’ para que dejaran su cabeza, mientras Cologne comenzaba a masajear los lados de su sien.

“Matriarca… Cologne, soy una amazona, y por tanto me debo a mi pueblo, pero…” Perfume miraba hacia todos lados excepto a Cologne, y había empezado a jugar con los dedos como si fuera una niña pequeña a punto de pedir algo que pudiera molestar a sus padres. “Tranquila hija, no tienes que temer por tu privacidad.” Y aunque el tono de la anciana mujer era seguro y reconfortante, sobre sus pensamientos planeaba la duda, porque ella tampoco era la mayor de las expertas en este campo, y la posibilidad de que accediera a más de lo que debería no la dejaba.

Concentrándose en la tarea que tenía por delante, terminó el masaje preliminar para utilizar el punto del sueño. Así, con su ‘paciente’ dormida, entró en el estado de meditación avanzado necesario y se internó, tal y como los grandes psicólogos de la Historia habían siempre deseado, en la mente de la chica de pelo verde como la hierba en primavera.


Mientras tanto, no muy lejos de allí, Ranma, en su forma de chica, saltaba el muro de la propiedad Tendô mientras las frías gotas de lluvia le empapaban inclementes y hacían que la ropa se le pegara al cuerpo. Con un estornudo anunció su llegada a casa y, tras preguntar a Kasumi, se dirigió al furo vacío con el fin de quitarse el frío del cuerpo y recuperar su forma original.

Allí, una vez sumergido en el agua caliente que acariciaba sus músculos y le invitaba a dormir, comenzó a navegar por sus pensamientos con el dulce sonido de la lluvia golpeando el tejado, que lo relajaba aún más mentalmente. “Ah… No puedo creer lo que ha pasado. Bueno, en realidad, sí que me lo creo. En realidad, no me extraña nada que haya pasado exactamente esto. Maldita sea, todo es culpa mía, además. Vale, ellas podrían haber tratado de moderarse. Vale, ellas podían haber intentado ver las cosas desde mi punto de vista. Por dios, simplemente con darme algo más de tiempo para descansar hubiera estado satisfecho. Pero no, no podían hacer nada de eso. Tenían que coger y… y… y montar un espectáculo como el de la boda.”

Se recolocó en el furo, de manera que su mirada quedara firmemente clavada en el tejado, y su tren de pensamientos llegó a la siguiente estación. “Pero… esto es culpa mía. Lo sé, simplemente, lo sé. Y odio esta sensación, esta presión en el pecho. Un puñetazo, al menos, sólo dura un rato. Esto… parece que nunca vaya a acabar. Maldita sea, después de todo lo que nos ha pasado, Akane y yo estamos…” Sin embargo, no pudo evaluar su actual relación con su ‘prometida fea’, porque el sonido de la puerta siendo corrida le sacó abruptamente de su monólogo.

Allí, por suerte (o desgracia, según se mire) estaba totalmente vestida en su gi amarillento de entrenamiento la menor de las hermanas Tendô. Por supuesto, como si fuera un acto reflejo, Ranma trató de, al mismo tiempo, pedir unas disculpas incoherentes, taparse sus sitios más privados, y salir de allí lo más rápido posible. Sin embargo, nada pudo hacer para huir porque su prometida taponó intencionadamente la única salida que tenía el baño.

“Vamos Akane, déjame salir.” Ranma empezaba a cansarse de la actitud de Akane, y la poca paciencia que parecía tener con su prometida empezaba a escasear. “¡Vamos leches! Será posible, encima de que es ella la que entra sin permiso…” Ranma se dio cuenta de lo que había dicho, y con que tono lo había hecho, y ya se estaba preparando para lo inevitable cuando Akane le sorprendió una vez más.

“¡PUM!” De un puñetazo lo mandó a empotrarse contra la pared, de donde cayó de nuevo al furo. Cuando el chico de coleta salió del agua, enfadado e indignado casi más por acto reflejo que por otra cosa, se encontró a Akane sentada y apoyada contra el furo, dándole la espalda. Pero lo que le silenció del todo fueron las tres palabras que su prometida susurró con una voz rota y un tono de resignación.

“Quiero hablar contigo.”

Y luego, silencio. Estaba atrapado, y lo sabia, aunque la imposibilidad de huir no le molestaba. Como ya había ido sucediendo en otras ocasiones, no le importaba sacrificar esto o aquello sólo por estar con Akane. Se dio cuenta entonces de que en realidad no estaba sacrificando nada, sino que tan sólo había decidido estar ahí, con ella, aunque fuera un sitio extraño para pasar tiempo en su compañía.

Pero, no podía quitarse de la cabeza las palabras de su prometida, y los recuerdos de la última semana. Como su relación se había vuelto mucho más silenciosa en el transcurso de ese corto periodo de tiempo, y como él sentía que toda la pasión, la rabia y la tozudez de su relación habían ido disminuyendo y muriendo en los largos silencios que se formaban allí donde se encontraban. Y eso le asustaba.

“Akane…” Se detuvo un momento, intentando encontrar la manera de expresar todo lo que llevaba dentro, y continuó. “No sé como decírtelo. Maldita sea, ni siquiera sé que es lo que quiero decirte en realidad… No, no me gusta como cada vez que nos encontramos parece que nos hemos quedado sin nada que decir.” No le gustó como sonó esa última parte, vacía de sentimiento, y lo volvió a intentar. “Lo que quiero decir es… que… ¡dios!” No pudo aguantar más, y soltó las palabras que se habían anidado en su mente, y que describían su ánimo interior. “¡Lo que quiero decir es que me aterra todo este silencio que está creciendo entre… nosotros!”

Un sonrojo empezó a subir por la cara de Ranma mientras esperaba a que la chica que le estaba dando la espalda se diera la vuelta y le respondiese. Le daba igual como, pero quería desesperadamente una respuesta. Se dio cuenta que le daba igual, que había llegado al punto en el que lo peor que le podían hacer fuera que él no le importara un pimiento a Akane, que se olvidara de él. Sabía que la quería, y la gota que había colmado el vaso había sido Jusendo. Jamás había sentido nada tan fuerte como lo que había sentido con el cuerpo inmóvil de Akane entre sus brazos, rodeado de toda aquella agua mágica. Sólo habían pasado dos semanas y media de aquello, y él notaba como se había vuelto un chico bastante más callado, debido a las esporádicas pesadillas donde no llegaba a tiempo o donde Akane nunca le secaba aquella lágrima rebelde.

Y también se había dado cuenta de que esto estaba empezando a cambiar su relación con su prometida. Su ligero cambio de personalidad, su nueva disposición ante la vida, ahora aún más sagrada para él de lo que era antes, y el hecho de que ahora era él, de alguna manera extraña, el que esperaba algún tipo de confirmación por parte de ella de que también le quería. Todo ello contribuía a que su extraña relación estuviera pasando por los cambios más grandes que nunca se hubiera encontrado.

“Ranma… Sabes que no creo tanto en las leyendas y en los augurios como papá o Kasumi. Pero, últimamente…” Akane se detuvo un momento, como tratando de encontrar el coraje necesario para decir lo que tenía que decir, y continuó en una voz que apenas era un susurro. “Últimamente he tenido pesadillas. Muchas pesadillas… En la mayoría, no reconocía a nadie. Pero, aunque no les reconocía, les veía morir, atacados por una plaga horrible y por una fuerza enorme que recorría la tierra muy rápido, tan rápido como el rayo.”

Suspiró una vez, y escondió su cabeza entre sus rodillas. Su voz salía amortiguada. “En otras pocas empecé a reconocer a algunas personas. He visto a Saffron y a Kima. En otra vi a Mint, Lime y Herb. Estaban en un pueblo, intentando defenderlo, y fallando estrepitosamente. Y creo que vi el pueblo amazona, tal y como me lo describiste, ardiendo en un fuego azul.”

Ranma estaba estupefacto, tanto que ni siquiera se movía mientras las palabras seguían saliendo, ahora entre sollozos, de entres las rodillas de Akane. “Ranma… Ranma… ¡Ranma, te he mentido, Ranma¡Tengo miedo, Ranma, tengo miedo¡No soy más que una niña que le teme a todo!” En ese momento, el chico de la coleta intentó interrumpirla para calmarla, pero Akane continuó como si no le hubiera oído. “¡Le tengo miedo a estas pesadillas, le tengo miedo a las otras chicas que te persiguen y le tengo miedo a lo que siento¡Y temo tanto que me rechaces que huyo cada vez que la hora de la verdad llega!” Ranma trataba de pararla, de no dejarla continuar a pesar de que deseaba con todo su ser oír las palabras que debían seguir, y todo porque él también sentía miedo, algo que nunca aceptaría ante nadie.

A pesar de sus esfuerzos, Akane continuó, girándose de repente y consiguiendo atrapar a Ranma en una mirada que, por fin, estaba libre de tapujos. “Y todo eso es porque te quiero, estúpido pervertido bocazas impertinente.” Después de la declaración, paso un solo momento antes de que Akane añadiera un último comentario. “Y ni se te ocurra contestarme.” Y, lenta y seductoramente, Akane cogió la cabeza de su prometido con delicadeza, y se la acercó hasta que le plantó un largo, si también inocente, beso en sus labios, separándose lo suficiente al terminar para observar el rostro de total pasmo de su prometido.

Al cabo de un momento, los labios de Ranma se movieron, y de su garganta salió una voz ronca y entrecortada. “Pe-pero… ¿Se pue” No pudo terminar porque su prometida volvió a agarrar su rostro, esta vez con increíble ferocidad, y dijo: “Te dije que no me contestaras”, antes de besarle con una pasión y una fuerza que Ranma encontró misteriosamente reconfortante.


Cologne, o más bien, su propia representación mental, se encontraba descendiendo lentamente hasta el suelo rodeada por el paisaje onírico que no resultaba ser sino otra representación simbólica de la mente de la amazona. Es decir, que había entrado en la mente de Perfume e iba a empezar a explorarla, para entenderse.

En cuanto el bastón de la matriarca tocó el suelo, ésta comenzó a analizar sus alrededores y a ponerse en marcha, aún sin una dirección fija que seguir.

El paisaje que la rodeaba parecía sacado de una mezcla entre las psicodélicas composiciones de los sesenta y setenta y el surrealismo de Dalí. En medio del vacío se sostenían las plataformas por las que iba saltando la Matriarca, todas de colores chillones y formas irregulares, algunas unidas, formando grandes planos con salientes y de colores mezclados, pero la mayoría separadas y dispuestas caprichosamente en todas direcciones e inclinaciones, pero dando la impresión de que creaban una esfera gigante, a cuyo centro estaba tratando de llegar Cologne.

Además de estas plataformas, otro par de objetos componían el extraño lugar, siendo su densidad menor cuanto más se avanzaba hacia el centro de la esfera imaginaria. Lo primero eran las imágenes y las letras. Todo el vacío estaba lleno de imágenes, unas en movimiento y otras estáticas y que, como las letras, se arremolinaban y cambiaban de forma, se superponían las unas a las otras o incluso se partían y se fundían con otras, mientras surcaban el espacio lenta o rápidamente, pero siempre en espirales concéntricas a la enorme esfera.

“Pensamientos… Recuerdos…” Por un momento, Cologne dejó que el asombro invadiera su mente casi siempre calculadora. En ese mismo momento, el último componente del insólito lugar entró en su campo de visión. Una especie de corriente de color rojo, inmaterial como el humo pero transparente como el agua, atravesó haciendo eses una imagen en la que Cologne pudo ver al chico llamado Hibiki. De repente, esa imagen se estiró y se puso rígida y, como si se hubiera enganchado a la corriente de color, se fue a la misma velocidad y haciendo los mismo movientes errantes que la corriente roja.

“Sentimientos…” Murmuró Cologne dándose la vuelta y reanudando su marcha hacia el centro de la esfera. Tras unos cuantos saltos, en los que la matriarca sintió por un momento que se iba a echar a volar, llegó a su destino, acomodándose y asegurándose el apoyo.

Cuando hubo terminado, miró hacia arriba, donde las imágenes empezaban a arrejuntarse, y, cuando se fijó en una en especial, no pudo evitar que la sorpresa traicionara sus gestos y la delatara.

“Esto no lo sabía, Sylphé.”


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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