Cap. 8 de S.A. original

Aparece Perfume con un misión, pero tiene un encontronazo con un artista marcial duro de pelar, y su llegada se retrasa varios días. Sin embargo, cuando por fin llega, no es la única que ha decidido acercarse al Cat Café.

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Huye la última amazona,…

“Así” es chino y -asa- es el sonido de una TV, radio…

“Corre, Perfume, corre como nunca lo has hecho y llega hasta Nerima.” La voz de Ti-Er, jefa al cargo mientras Ku-Lohn se encontraba fuera retumbó por última vez en la mente de la joven amazona. Una joven amazona de pelo verde corto, cara redondeada y expresiones suaves, ahora contorsionadas por la ira, el miedo y el dolor. Sus ojos eran grandes contra toda lógica, pero no eran desproporcionados y cuadraban perfectamente con su cuerpo, y el color era un rojo apasionado y oscuro. Y ahora mismo centelleaban por las lágrimas que se acumulaban.

Su cuerpo, atlético pero escultural, se recogía en un típico traje chino, ajustado en la cintura pero con perneras y mangas sueltas, negro con líneas de colores atravesándolo de lado a lado en una forma aleatoria. El traje le daba total movilidad mientras corría a su máxima velocidad, pasando los árboles que se convertían en borrones, sin notar ramas u hojas contra las que chocaba. Las lágrimas, al fin, llegaron a su pecho.

No habían pasado unos minutos desde que la voz de Ti-Er sonara sentenciada en su cabeza cuando notó como su corazón se hundía. Giró la cabeza y vio como una luz cegadora emergía de la tierra para alcanzar el cielo. Siguió corriendo para que la información que la había sido concedida no perdiera su propósito. En ese momento, la onda de choque producida por el impacto la empujó como si de una hoja se tratara, haciendo que saliera despedida varias docenas de metros hacia delante.

Sin perder tiempo, se levantó y siguió corriendo. No podía pensar, su mente estaba en blanco porque sabía lo que había pasado. No había un momento para cuestionárselo, y tampoco había fuerzas ni pruebas. La verdad la había golpeado tan fuerte que su mente era incapaz de procesarla. Simplemente sabía lo que había pasado a toda la gente del pueblo, pero todavía no podía aceptarlo. Ni siquiera hubo más lágrimas después de que hubiera sentido la onda de choque. Su cara se convirtió en una máscara carente de vida, y sus una vez adorables expresiones desaparecieron en el mar de lágrimas que no salían.

El tiempo que estuvo corriendo, ella no sabría decir. Su mente no sólo se había cerrado a los pensamientos, sino a las necesidades de su cuerpo también. Sólo se dio cuenta de que los paisajes cambiaban, dejando atrás los altos árboles para dar pasos a llanuras que parecían infinitas que eran la entrada a pueblos que parecían deshabitados. Después se encontraba con montañas de caminos inacabables, y de nuevo tocaban los bosques para, al parecer, volver a empezar con el ciclo. Se guiaba por instinto, sabiendo dónde estaba su destino sin saber su destino. El dolor en su pecho, tremendo en comparación al de sus piernas, parecía no parar nunca.

Una mañana, tras haber corrido tres días y tres noches sin parar, al dejar atrás un bosque especialmente frondoso, se encontró con lo que sus instintos le decían era su objetivo. Un pueblo especialmente grande, edificios de hormigón y asfalto en sus calles, se levantaba a meros kilómetros de ella. Aún así, ni siquiera parpadeó al descubrir su objetivo, sino que siguió corriendo, ajustando ligeramente su dirección para apuntar al extremo más alejado de la ciudad de su posición.

Unas horas después, el sol todavía a media altura en un cielo totalmente despejado, Perfume llegaba al puerto de la ciudad. Y por fin, ya fuera por el olor a mar, tan raro e indescriptible para aquellos que no viven cerca de él, o la cantidad de gente que iba y venía por el lugar, o por cualquier otra razón cuyo porqué estuviera muy adentro de ella, su mente volvió a abrirse y a reaccionar en concordancia con lo que veía y sentía. Sólo para derrumbarse exhausta en mitad de la calle.

Sin embargo, y contra todo pronóstico, Perfume no dejo que el cansancio se apoderara de ella, y se levantó pesadamente para caminar hacia el barco más cercano. Vio como en uno de ellos estaban cargando una gran cantidad de cajas y que todavía había más en tierra. Se dejó caer detrás de un montón especialmente alto, y oyó las voces de dos mozos que estaban justo al otro lado.

“¿Hay que meter todas estas cajas!” La voz era joven y limpia, apenas había llegado a la pubertad. “¿De qué te quejas, chico? Es para Japón, pesa poco y viene de las montañas. Seguro que no son más que hierbas. Es increíble lo ilusos que son esos japoneses. Hahaha…” La voz de este segundo hombre era áspera y bastante desagradable, pero le había provisto con la información que necesitaba. “Además,” pensaba, “yo sí podré hacer buen uso de las hierbas curativas durante el viaje. Espero que mi japonés sea lo suficientemente bueno…” Y con esos pensamientos, se infiltró en la bodega de carga sin dificultad. Así, Perfume, la única superviviente, se dirigía a Nerima.

Al mismo tiempo, en Japón, había un chico. Bueno, chicos había muchos, pero no tantos con bandanas atadas a sus cabezas. Un número mucho menor tenía una bandana amarilla atigrada atada en la frente. Y aún menos tenían además unos incisivos afilados. Y por fin, sólo uno tenía, además, una fuerza sobrehumana, una resistencia aún mayor y una maldición que le convertía en un pequeño y adorable cerdito negro. Y era el único, en todo el mundo, que no tenía sentido de la orientación. Él era Ryôga Hibiki, alias “P-chan”.

“Entonces,¿está es la dirección a Tokio?” Preguntó el chico mientras apuntaba en la misma dirección que un amable campesino de la región de le había señalado con un gesto de cabeza. “Esa es, joven.” Afirmó el anciano con sombrero de paja. Ryôga se lo agradeció, y comenzó a andar por el camino que iba en esa dirección. En ese momento, el granjero le llamó la atención, con lo que el chico se giró. “Y recuerda, después tendrás que coger la segunda a la derecha.” Y el granjero se despidió. Ryôga le devolvió la despedida y se giró.

Extrañamente, en vez de girar los ciento ochenta grados que debería, sólo giro ciento veinte, por lo que dejó el camino atrás en poco tiempo. “Qué extraño,” pensó, “juraría que el camino se alargaba más.” Entonces, el amable señor se giró una vez más para ver caminar al extraño joven, encontrándose sólo el camino polvoriento vacío de todo caminante. “Fiuu, debe tener mucha prisa.” Murmuró entre dientes mientras se dirigía, al fin, de vuelta a sus obligaciones.

Así, Ryôga, trataba de encontrar su camino de vuelta a Nerima, distrito de Tokio.

Un día después, poco después de que el sol saliera, un sucio, cansado y, en general, demacrado Ryôga andaba, bastón en mano, por los muelles de la ciudad de Tokio, los cuales ya habían empezado a bullir de actividad gracias a los mozos de carga, que se ocupaban laboriosamente de llevar cajas de un lado a otro como si no hubiera nada más que hacer en este mundo. En una repentina recuperación, el joven de la bandolera atigrada agarró a un mozo que no transportaba ninguna caja por el cuello de la camisa informal que llevaba, repitiendo una escena ya conocida por cierto estudiante del instituto Fûrinkan que en ese momento estaría durmiendo plácidamente gracias a las vacaciones de verano.

“¿Qué ciudad es ésta?” Preguntó el chico sin apartar la mirada de la salida de sol de entre los océanos con un tono excesivamente serio para el gusto del otro joven. Sin embargo, todo el miedo que hubiera podido sentir por el agarre de acero que el joven con la enorme mochila estaba haciendo sobre su camisa se disipó al oír la pregunta. Sin decir nada, apuntó a un cartel que colgaba del tejadillo de uno de los almacenes casi encima de ellos. El cartel leía “Entregas para el Ayuntamiento de Tokio” en caracteres grandes y azules sobre fondo blanco en japonés, chino e inglés.

“¿Hacia donde está Nerima?” Preguntó entonces con su mirada danzando y saltando entre todos los carteles que colgaban de ese tejadillo, pero sin soltar al chico. Éste le indicó una calle que se perdía entre dos de los edificios que servían de almacenes con cara de pocos amigos. Ryôga le soltó sin darse cuenta de lo mal que lo miraba el mozo. Empezó a caminar en línea recta hacia la calle cuando un borrón se le cruzó, casi chocando contra él. Ryôga no pudo evitar caerse hacia atrás mientras oía el sonido de otra caída a su lado.

Se giró para descubrir que el borrón negruzco que se le había cruzado era en realidad una chica, bien guapa además. Pero, lo que le llamó la atención fue la increíble expresión de cansancio en el rostro de la joven, una expresión que él conocía muy bien: era la que él llevaba tras un viaje especialmente largo. Se acercó a ella tentativamente, extendiendo una mano para tocarla tal y como haría con una criatura peligrosa.

Al no notar ninguna reacción al roce de sus dedos en su preciosa cara, el chico perdido decidió acercarse más y comprobar si estaba bien. Así, se arrodilló ante ella y comenzó un pequeño chequeo. Pulso, huesos, respiración… Satisfecho al estar todo bien, decidió que despertarla sería lo correcto. Zarandeándola suavemente mientras la arropaba entre sus fuertes brazos, Ryôga se dio cuenta de que la chica parecía estar murmurando algo en sueños. Acercó su cabeza para oír las palabras.

“Wo de airen.”

No estaba seguro, algo le sonaban aquellas palabras, pero no podía concretar. Algo le decía que eso no le traería nada bueno, pero hizo caso omiso a los avisos que una parte de su mente le estaba dando. No pudo volver a oír nada más, así que, preocupado, sujetó a la chica con sus brazos y se dirigió a la calle que el mozo le había señalado como camino a Nerima. Milagrosamente, a pesar de que miraba atentamente a los lados en busca de algún sitio donde pudiera dejar descansando a la chica, no se desvió ni una vez.

Por fin, tras más de dos horas de búsqueda, encontró un solar vacío que le resultaba extrañamente familiar. De nuevo, ignoró lo que una vocecita interior trataba de decirle, y montó allí su tienda de campaña. Cuando hubo terminado, colocó un saco de dormir frente a la tienda y otro dentro. Acomodó a la chica en la tienda y fue a buscar madera y piedras para poner en marcha un pequeño fuego. Acostumbrado como estaba a hacer todo eso, poco tardó en juntar los materiales necesarios para hacer el típico fuego de camping.

Con unas danzarinas llamas en su sitio, comenzó a preparar un poco de comida caliente además de un té con hierbas medicinales que había recogido en sus viajes. Se mantenía atento a la comida y a la joven que, inesperadamente, parecía haber quedado a su cargo, lanzando de vez en cuando miradas que denotaban preocupación hacia la tienda cerrada que tenía enfrente. El sol estaba ya alto en el cielo.

Tras casi una hora de miradas furtivas y juramentos por dejarse pasar la comida, Ryôga entró en la improvisada habitación de campaña con un par de boles, uno con ramen caliente, esa especie de espaguetis tan deliciosos, y el otro con el té medicinal. Allí vio como la joven dormía plácidamente, ningún rastro de preocupación o miedo en su rostro. El chico perdido no pudo evitar quedarse unos momentos contemplándola y murmurar, “Parece un ángel”. Sin embargo, en cuanto las palabras salieron de su boca, se sintió fatal. Era como si hubiera traicionado a Akari, la adorable granjera que ocupaba un lugar tan especial en su corazón como su novia, y a Akane, por la que aún suspiraba cuando se encontraba lejos de toda civilización, buscando su camino de vuelta.

Antes de que Ryôga pudiera pensar más sobre sus palabras, un quejido le hizo volver a la realidad. La chica de pelo verde empezaba a despertar, retorciéndose en el saco, todavía con los ojos cerrados, tratando de escapar de la prisión de algodón y nailon que la rodeaba. Sintiendo que sus piernas se negaban en redondo a mantenerla, Ryôga se acercó gateando a la chica tras dejar los alimentos a un lado con sumo cuidado.

Una vez más, el chico perdido extendía una mano sin una intención clara además de tocar el rostro de aquel ángel lleno de preocupación. Los segundos se eternizaron hasta que, por fin, las yemas de sus dedos, las cuales las había creído insensibles, se llenaron de sensaciones al rozar la tez de la joven. Había calor, vida, deber, honor… todo eso rezumaban sus poros. Pero también se sentía el dolor, la angustia y la rabia recientes en su cuerpo. Ryôga se quedó paralizado ante el influjo de emociones y sentimientos casi encima de la chica.

Perfume se despertó por fin.

Había algo raro para Perfume. Podía recordar haber bajado del barco de la misma manera que había subido, y, en cuanto había puesto un pie en Japón, había echado a correr tan rápido como podía. Por desgracia, las hierbas que había utilizado para curar su cansancio no servían para hacer desaparecer el terrible hambre que había sentido desde que abordara el navío furtivamente. Así que, en cuanto había tropezado, el hambre, aliándose con el sueño, la había vencido. Hasta ahí, todo era correcto. Lo extraño llegaba cuando escaneaba sus alrededores. Al parecer, estaba dentro de lo que parecía una tienda de campaña, acomodada en un saco de dormir de tacto extraño. Y por último, un hombre de su edad estaba encima de ella con los ojos como platos y una mano tocando su cara.

“¡AAHHHH!Pervertido.¡Fuera, fuera, fuera!” Gritó histérica a todo pulmón lo suficientemente alto como para sacar al joven de la bandana de su ensimismamiento. Pero claro, el chino no era el fuerte de Ryôga, así que el joven no entendió nada de nada. Sin embargo, en cuanto se fijó en el generoso escote que el traje dejaba ver, no necesitó ningún grito histérico para salir de su propia tienda de campaña. “Ese traje me recuerda a alguien…” Pensó el joven mientras se aplicaba un pañuelo en su nariz en un vano intento de parar la hemorragia que había comenzado cuando su presión sanguínea se había alzado como la espuma.

Pero, sabiendo que sería mejor aclarar el malentendido (confiando plenamente en que él no era un pervertido por haber visto lo que había visto), entró con sumo cuidado a la tienda. Allí vio que la joven de pelo verde aún seguía sentada con el saco cubriéndola entera. Ryôga puso la sonrisa más conciliadora que pudo conseguir y se sentó a su lado, observando con detenimiento todos los aspectos de su ‘invitada’. A pesar del abrigo que tenía, no dejaba de temblar, y sus ojos se movían como locos de un lado a otro, como si no creyera lo que estaba viendo. Recordando la comida, Ryôga la cogió y se la ofreció a la chica con un gesto, esperaba, pareciese amigable y pacífico.

La chica lo cogió, aún desconfiando, y se lo quedó mirando por un instante cuando, en el tiempo que tardó el chico perdido en suspirar, lo engulló todo para luego tomarse el te tranquilamente. Ryôga la miró sin poder creérselo. Sólo conocía a una persona que pudiera comer así de rápido, su a veces rival y a veces amigo, Ranma Saotome, con el que pretendía hablar cuanto antes, y no podía imaginar que esa chica estuviera de algún modo relacionada con él.

Antes de poder pensar en una razón por la que culpar a Ranma sobre la chica que aspiraba la comida, la susodicha habló en un japonés con algo de acento extraño. “Er… Gracias por la comida. Me preguntaba… ¿Hay más?” Sí, definitivamente tenía que estar emparentada con los Saotome, pensaba Ryôga mientras buscaba más ramen instantáneo en su mochila.

Una hora después y una decena de botes de ramen menos, la chica del pelo verde se sentía al fin suficientemente satisfecha como para empezar las presentaciones. “Gracias,” Empezó mientras hacia una reverencia a Ryôga “por la comida. Mi nombre es Perfume, de la tribu Nujiezu… o… lo que queda de ella.” En ese momento, a Ryôga le pareció que un gesto de desesperación se instalaba en el rostro de la joven, sólo para desaparecer un parpadeo después. Además, el nombre del pueblo le había hecho recordar a quien le sonaba todo esto. Shampoo. Pero, lo que había dicho le había secado la garganta de repente.

“¿Qué-qué pasa con la tribu Nujiezu?” Tartamudeó el chico, de repente muy incómodo, revolviéndose en el sitio donde estaba sentado frente a la chica, la cual cerró los ojos en un gesto de dolor al oír la pregunta. Tras un minuto de un silencio sólo roto por el ruido amortiguado de la ciudad, Perfume habló casi en un suspiro. “Hace poco, cinco días, un meteorito cayó sobre el pueblo donde las Nujiezu vivimos.” Hubo una larga pausa hasta que la amazona volvió a hablar, su voz rota por las emociones que amenazaban con desbocarse al fin. “Mi hogar, mi familia, mis amigos… todos muertos…” Y se echó a llorar sobre el hombro de Ryôga, que estaba de piedra, incapaz de mover ni un músculo tanto por las noticias que acababa de recibir como por el hecho de que una mujer desconocida se apoyaba en su hombro.

Sin embargo, algún interruptor tuvo que accionarse en la dura cabeza del chico perdido porque, muy despacio y suavemente, empezó a reconfortar a la chica frotando su espalda de la manera más tranquilizadora que podía imaginar. Cuando, por fin, unas horas después Perfume pudo recomponerse lo suficiente para apagar su llanto, un poco avergonzada de haber mostrado tal ‘debilidad’, como ella lo conocía, ante un total desconocido, se dio cuenta de algo que parecía haber olvidado por completo, y ese algo consiguió que una sonrisa se plantase en sus labios.

“Esto…¿cuál es tu nombre, por cierto?” Preguntó Perfume con el entrecejo fruncido, de nuevo riñéndose mentalmente por su falta de disciplina ante el hambre. “Eh… Ryôga Hibiki. Ése soy yo.” No dejaba de rascarse la nuca y reír tontamente por lo nervioso que estaba, algo que no pasó desapercibido para el ojo entrenado de Perfume, la cual sonrió tratando de calmar al nervioso chico. “Bien, sé que es mucho pedir a Sylphé, pero,¿por casualidad no conocerás a una anciana llamada ‘Cologne’? Es así” Y colocó su mano a unos setenta centímetros del suelo mientras seguía hablando. “de alta, pelo largo, ojos grandes y…”

“…más arrugas de las que puedes contar a simple vista.” Terminó el chico perdido con una expresión insondable en la cara. Perfume hizo una mueca extraña ante el comentario pero permaneció callada. “Sí, la conozco, ella me enseñó una técnica inútil, hace ya un tiempo. Todavía no estoy seguro sobre aquello.” Pero el último comentario no había registrado en la mente de la chica, ya que otra información más importante lo ocupaba todo. La Matriarca había enseñado una técnica, seguramente amazona, a ese chico. Por tanto, Ryôga ya no era un desconocido para las Nujiezu. Una sonrisa de oreja a oreja amenazaba con partir la cara de Perfume en dos.

“¿Y cuál es esa técnica que la Matriarca Cologne te enseñó?” Preguntó Perfume al tiempo que intentaba disimular su enorme sonrisa con pobres resultados. A Ryôga le extrañó un poco la cara de satisfacción y alegría que encontró al girarse para responder. “Eh… esto, la técnica se llama Bakusai Tenketsu, y me permite hacer estallar en pedazos rocas y otros objetos inanimados.” Vio que la amazona asentía enérgicamente y continuó. “Me parece extraño, sin embargo, que los trozos que vuelan hacia mí después de utilizar la técnica no me hagan daño. En cierto modo, ni los siento…”

“Claro, ya que ese es el verdadero fin del Bakusai Tenketsu: Endurecerte.” Respondió Perfume dando a entender que cualquiera que supiera la técnica debía saber también lo que ella había dicho. Ryôga se quedó un momento pensando, y luego asintió lentamente. “Sí, eso es lo que yo he pensado a veces. No sabía se estaba en lo cierto, y cuando me encontraba con Cologne siempre tenía otras cosas en la cabeza.” Se sacudió los recuerdos de encima y miró fijamente a Perfume, a la cual el corazón se le olvidó latir cuando esos ojos marrones la atravesaron el alma.

“Tú quieres ir a hablar con ella,¿verdad?” Su tono era extrañamente serio y su mirada particularmente fija en las profundidades de fuego que eran los ojos de Perfume. De nuevo, parecía que su vestido era ahora aún más ajustado y que en la tienda hubiera calefacción. “Bueno… sí, necesito verla en realidad. Ya sabes, el… la…” No pudo evitar hipar fuertemente, ni tampoco que una lágrima más escapara por sus mejillas. Y antes de que se diera cuenta, estaba rodeada de unos fuertes brazos que trataban de consolar lo inconsolable. Agradecida, se perdió en el cálido y amable abrazo que Ryôga la prestaba.

Unos minutos, o unas horas o unos días después, no sabía decir, la voz del chico que la acompañaba alcanzó la pequeña parte de su cerebro que todavía seguía funcionando. “Mira Perfume, mira el horizonte.” Un poco a regañadientes, la amazona se soltó de Ryôga para girarse y contemplar el espectáculo. El sol, del naranja más bonito, distorsionado por las nubes malva que parecían pintadas a su alrededor, comenzaba a hundirse en el horizonte para dejar paso seguro a la dama de la noche, la luna. Pareció pasar una eternidad hasta que al final el orbe rojo se hundió definitivamente en la oscuridad para ceder el protagonismo el ballet de estrellas danzarinas alrededor de la señorita de blanco.

“¿Quieres que te lleve hasta Cologne?” Preguntó entonces Ryôga, iluminado tan sólo por el moribundo fuego que había servido para preparar la decena de botes de ramen instantáneo. Sólo al oír la pregunta despertó Perfume de sus ensoñaciones. “Sí, me encantaría.” La única muestra que dejó escapar de su felicidad fue una especie de resplandor repentino, como si su aura, por un momento, iluminara como el sol que acababa de dejar el cielo. “De acuerdo, yo te guiaré.” Repuso Ryôga con sus mejores intenciones.

Con sus mejores intenciones.

Y sin una pizca de sentido de la orientación.

O de eso trataba de convencerse Perfume la noche de su segundo día de viaje acompañada por el joven Hibiki, mientras miraba el fuego que habían preparado para calentar la comida, sin verlo realmente. Lo de ese chico era algo… imposible. Siempre giraba en la dirección equivocada, confundía las señas que le daban y a veces, era extraño. Casi parecía teletransportarse o desaparecer, tal como la Matriarca le había contado sobre aquellas gentes que hacían llamarse “magos” que blandían palos de madera con objetos mágicos imbuidos en su interior. Pero, por suerte, ella siempre había estado bien agarrada a Ryôga, y nunca había tenido problemas de perderle.

El problema era que ahora era ella la que estaba perdida. Si hubiera ido por su cuenta, el día anterior ya habría encontrado a Ku-Lohn…¡No! Porque este Ryôga Hibiki… era todo un espectáculo. Y un cúmulo de contradicciones. En el tiempo que habían pasado juntos, Perfume había descubierto bastantes cosas del joven de bandolera atigrada. Por una parte, y a pesar de que seguro había cometido errores en su vida, el joven tenía un gran sentido del honor. Sin lugar a dudas, aquella pelea en la que se había metido para defender a aquel joven de gafas enclenque lo demostraba. Aunque luego, el muy tonto, había utilizado el Bakusai Tenketsu demasiado cerca del chico. Suerte que no le hizo daño.

Por otra parte, Ryôga era muy obsesivo. No paraba de culpar a un tal “Ranma Saotome” a voz de grito cuando se daba cuenta de que estaban perdidos. Sin embargo, cuando ella fue a preguntarle el porqué de tanto Ranma Saotome, se quedó callado y pensativo. También había que añadir que era muy fuerte, pero la forma de conseguir esa fuerza no era una por la que Perfume estuviera dispuesta a pasar. Una cosa era el duro entrenamiento de las amazonas, algo inhumano para la mayoría de las sociedades actuales. Pero, al fin y al cabo, cuando el sol descendía y la hora de descansar llegaba, cada joven amazona volvía a su casa, donde su familia la esperaba con ganas de verla y la asaltaban con preguntas que te alegraban el corazón. Sin embargo, Ryôga Hibiki había perdido a su familia demasiado pronto por esa condenada maldición que parecía perseguir a su familia.

Y es que su sentido de la orientación no podía ser normal. Por lo que la había contado, y aunque él no se daba cuenta, ella había concluido que esa “maldición” actuaba como un imán, pero en sentido opuesto. A Ryôga, como a sus padres, le costaría encontrarse con gente que tiende a no saber que es lo que quieren o que tienden a perderse. Pero con sus padres, cada momento que pasen juntos es casi un milagro. Sólo cuando hay algo muy importante que decir o hacer, pueden mantenerse un tiempo cerca los unos de los otros. Perfume supuso que, cuando Ryôga era pequeño, sus metas le eran muy claras: Ver a papá, ver a mamá, contarle a mamá mis notas… Cosas de ese estilo, con lo que no era repelido de una manera tan fuerte por sus padres. Pero al alcanzar la pubertad, todo es un desorden y una confusión constantes. No estar seguro de nada y pasar por cambios de humor bruscos es algo normal a esa edad. Y si le añadía la increíble timidez del chico con los temas del amor… Parecía lógico pensar que Ryôga había pasado los últimos años de su vida sin recibir el amor de sus padres. Y eso era algo que Perfume no deseaba ni a sus enemigos.

Ni siquiera se lo desearía a ese Mu-Tzu. A ese odioso y vengativo Mu-Tzu. Ni a ese maldito cegato e insensible chico. Porque el maldito lo había pasado, y le daba pena. Y ella se odiaba por sentir pena hacia él, pero no podía evitarlo. Él estuvo semanas, tal vez meses sin hablar, sin moverse, sin mover los ojos siquiera. Siempre estaban fijos, mirando al frente, vacíos. Ni una vez se dignó a moverlos cuando ella entraba para hacerle compañía, ni una vez. Pero ella no le dio importancia. Podía comprender que estuviera mal. Podía comprender que no se moviese, que hubiera que darle de comer con pajita, que no agradeciera nada. Que se hubiera convertido en una estatua sin sentimientos.

Ella podía comprender. Y perdonar. E, incluso, querer.

Pero un día, todo se fue abajo. Todos los sueños que había creado, todas las ilusiones que habían aparecido, todas las esperanzas que había guardado para cuando él estuviera curado. Porque un día, al entrar, no pudo verlo, pero sí oírlo. Delante de ella había una gran melena lavanda que escondía gran parte de una espalda conocida. La de la gran ‘promesa’ de las amazonas luchadoras. Aquella que en tantos otros aspectos la había superado, lo había conseguido también en el más importante. Mu-Tzu había salido de su shock cuando Xian-Pu se lo había pedido.

Y no tuvo ni siquiera una mirada para Perfume.

Maldito Mu-Tzu.

“Perfume.¡Perfume!” La amazona se dio cuenta al fin de que el fuego estaba ya casi muerto, pero que ella seguía con la mirada perdida entre las llamas. Sacudiéndose todos los recuerdos que pudo, se dirigió al chico que la había llamado. “¿Sí, Ryôga?” El chico la miraba preocupado y por un momento se vio abrazándola fuerte en su imaginación. Apartando esas imágenes de su cabeza, habló casi en un susurro. “Perdóname.” Perfume se sorprendió bastante al oír esas palabras viniendo de Ryôga. “Al fin y al cabo,” Pensaba la chica de pelo verde, “esta maldición que tiene no es culpa suya.”

“No, tranquilo. En realidad, he disfrutado de estos… viajes. Me han ayudado a pensar sobre mí, sobre ti… Por todo ello, gracias.” Y le dedicó una deslumbrante sonrisa que pilló del todo desprevenido al pobre chico, el cuál se quedó con una vaga sonrisa en la cara mientras se rascaba la nuca en una señal subliminal de inocencia. “Otra de sus grandes contradicciones:” Se dijo Perfume. “Su inocencia y su ferocidad. Es capaz de cualquier cosa contra un enemigo, pero se derrite como nieve ante la sonrisa de un niño o una mujer. Y esta expresión suya es tan mona…”

“Creo… Creo que es hora de dormir.” Aventuró Ryôga, ganándose un lento asentimiento por parte de la amazona. Mientras abría el saco de dormir, oyó que Perfume le llamaba. Al asomar la cabeza por la tienda, pudo ver la espalda desnuda de la guerrera Nujiezu. Tratando de no desmayarse por pérdida de sangre, Ryôga escuchó las palabras de Perfume. “Mañana mejor que yo busque el Nekohanten y que tú me sigas¿de acuerdo? Tengo una idea bastante aproximada de dónde está, así que no debería haber problema.” Y giró la cabeza, consiguiendo que pareciera una Venus, cosa que no pasó desapercibida para Ryôga, que, milagrosamente, dejó de sangrar a chorro por la nariz para quedarse transpuesto por la belleza que inundaba sus sentidos. “Hey¿acaso no vas a dormir?” Se burló Perfume. Ryôga salió trastabilleando de la tienda.

Un rato después, Ryôga ya estaba dentro de su saco de dormir y miraba al cielo salpicado de estrellas, tratando de descubrir esta o aquella constelación cuando descubrió una estrella fugaz corriendo entre las estrellas, despidiendo una cola de luz para desaparecer de nuevo en la nada. Y Ryôga Hibiki sonrió, en parte porque le encantaban las estrellas fugaces, y en parte, por lo que podían significar. Con un poco más de esperanza, se dio la vuelta para dormir bajo la atenta mirada de cierta amazona envuelta entre las sombras.


A la mañana siguiente, cierta cocinera de okonomiyakis se levantaba antes incluso de que el astro rey hubiera hecho su entrada. Un poco ojerosa, con el pelo hecho un desastre y aún más dormida que despierta, Ukyô Kuonji se dirigió apoyándose en la pared del pasillo que conectaba su habitación con el baño y la otra habitación a lavarse y refrescarse un poco. Una vez que el agua la había traído del todo al mundo de los vivos, volvió a su habitación a ponerse uno de sus trajes de cocinera de okonomiyaki masculinos. Más tarde, Konatsu, el ‘bonito’ ninja kunoichi que trabajaba de ‘camarera’ dada su belleza cuando se travestía, cosa que hacía casi todo el tiempo, pues, aunque era un hombre en cuerpo, había sido criado como una mujer, se levantó también para ayudar obedientemente a su “Jefa”, como le gustaba llamarla. Y así pasaron la mañana hasta que, al mediodía, Ukyô hizo una extraña declaración a todos sus clientes.

“Lo siento, pero tengo que cerrar por unas horas. Hay un asunto que reclama mi atención. Así que, sintiéndolo mucho…” Y empezó a recoger y a hacer señas para que todo el mundo se fuera. Mientras los últimos dos bajitos clientes salían por la puerta discutiendo sobre quién tendría la culpa del suceso, si el extraño joven de trenza o el que era capaz de destruir paredes enteras sin darse cuenta, Konatsu se acercó a la cocinera con una expresión de preocupación clara en su rostro.

“Ukyô-sama,¿por qué…?” Pero Ukyo le cortó con un gesto de su mano. “Tranquilo, chico. Lo que pasa es que hace una semana que no veo a… Ran-chan… Y… Como ya han pasado dos desde la boda… Yo creo que, ya… No sé, no habrá problemas.” Pero, en el tono que percibió el ninja había muchos más sentimientos que la duda que expresaban sus palabras. Había también remordimiento, había enfado, había… miedo. Y eso hizo que, por un momento, Konatsu olvidara que no está bien que dos mujeres se abracen.

Bueno, por suerte, ése no era el caso.

Unos minutos después, una muy confundida Ukyô se dirigía lentamente hacía el Nekohanten aún pensando en lo que había pasado en el restaurante. Tan absorbida por sus pensamientos y sentimientos estaba que no se dio cuenta de una oscura presencia que se acercaba. Por supuesto, y como toda ‘oscura apariencia’ que decidía pasar por Nerima, se dio a conocer rápidamente con un sonido que todo el mundo en el distrito de los artistas marciales conocía y que aún más gente aborrecía.

“¡HOHOHOHOHO!” La perturbadora y demente carcajada de Kodachi Kunô se materializó justo detrás de Ukyô, ahora perfectamente despierta y con una mano en su espátula de combate. Se quedaron mirando un poco. Y un poco más. Y algo más mientras el viento de la tarde soplaba a su alrededor. “Eh… Kodachi,¿se puede saber que quieres?” Preguntó tentativamente la joven chef con pocas esperanzas de que la ‘Rosa Negra’ respondiera directamente a su pregunta. Sorprendentemente, lo hizo.

“Voy a visitar a mi Ranma-sama. Tengo la sensación de que aquella vez, durante ese intento de boda que seguro la pelirroja y Akane Tendô maquinaron, mi Ranma-sama estaba algo extraño.” Ukyô pudo notar la increíble concentración de odio que había escupido al referirse a Ranma y Akane. Dejándolo a un lado, habló de nuevo, esta vez, sin pensar. “Yo también voy a verle.¿Vamos?” No podía creer que hubiera ofrecido acompañarla. Pero lo más extraño fue que Kodachi Kunô aceptó. Así, por la calle principal dos chicas de aspectos muy diferentes iban andando sin decirse mucho, casi sin decirse nada. Y por una más pequeña, una extraña chica de pelo verde llevaba de la mano a un joven que prácticamente todos los vecinos del barrio conocían como Rôoga “Destroza-paredes” Hibiki. Y parecía que ambas parejas iban a encontrarse en el famoso restaurante de esas amazonas que estaban en una misión de captura, o así decían los rumores.

De repente, parecía que esa parte de Nerima se había quedado sin viandantes.


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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