Cap. 7 de S.A. original

Eureka (III) o el Interior del Volcán

“Así” es chino y -asa- es el sonido de una TV, radio…

“Realmente impresionante. Puede ser útil en multitud de ocasiones. Bueno, por algo son los dos mejores luchadores que conozco.” Mousse, último amazona macho vivo sobre la faz de la Tierra escondía su asombro bajo una máscara de pequeño interés mientras las últimas gotas del cubo de agua que había prestado a su matriarca para ayudar a Shampoo, la última guerrera amazona, morían en la tierra seca y un poco polvorienta del solar que habían elegido para practicar.

A pesar de encontrarse justo detrás del café, el cual estaba situado en una calle bastante transitada del distrito de Nerima, el solar era bastante solitario, con unos árboles esparcidos aquí y allí, al tiempo que lo flanqueaban varios edificios de dos plantas, todos utilizados como tiendas o bares, y por tanto, dejando el segundo piso como trastero, permitiendo a los jóvenes aprendices entrenar sin ser vistos.

Antes de que la matriarca hablara de nuevo, Mousse ya se estaba preparando para lo que tenía que llevar a cabo. Sin embargo no apartaba la mirada de la amazona de largos cabellos lavanda. Pero, sabiendo que pensar un solo segundo sobre Shampoo le desconcentraría totalmente, apartó todos sus pensamientos que no estuvieran directamente relacionados con la Escuela del Volcán.

Por fin, el sonido de la vieja voz de Cologne llegó hasta Mousse. “De acuerdo. Ya sólo faltas tú. Demuéstrame que eres digno de la escuela.” Habló en un susurro la Anciana Matriarca a su hasta hace poco estudiante más despreciado. Pero esa época quedaba lentamente atrás, y los cambios, poco a poco, empezaban a hacerse efectivos.

Y Mousse cambiaba.

“Anciana Cologne, puedo asegurarle que he entendido la escuela. No veo necesario que haga una demostración.” Afirmó calmadamente el amazona, sus manos escondidas en las mangas opuestas, sus ojos ocultos tras sus gruesas gafas. Pero la pequeña amazona no estaba de acuerdo. “He dicho que me lo demuestres Mousse.” La paciencia de la matriarca se consumía por segundos, tal y como mostraban sus ojos.

Pero el joven guerrero no perdía la compostura e, incluso, apartó la mirada de Cologne en gesto de desaprobación. Y Cologne se molestó aún más. “¿Qué significa eso?¿Acaso te crees superior a tu jefa?” Le preguntó bastante irritada la vieja amazona. Y aún sin mirarla, Mousse habló lo suficientemente alto como para que sólo ella le oyera. “¿Jefa de qué?¿De una tribu prácticamente extinta¿Una tribu cuyos miembros se pueden contar con los dedos de una mano?”

Eso había tocado muy dentro de Cologne, y la rabia y la ira por la verdad de esas palabras empezaban a nublar el juicio de la Anciana. Había algo, sin embargo, que rondaba su mente. “Parece que lo hiciera aposta. Parece que supiera qué palabras… decir… ¡OH!” Al darse cuenta de lo que implicaba ese pensamiento, Cologne guardó su enfado y su furia y miró a los ojos a Mousse, que finalmente había dejado de mirar a otro lado cuando el aura de la maestra amazona había aparecido delante de él.

“Muy listo… Sí señor, muy listo. Cierto es que has comprendido la Escuela del Volcán. Y lo has hecho bien.” Dijo eso con una sonrisa misteriosa dibujada en el rostro. Mousse estaba un poco sorprendido ante esa repentina muestra de respeto y murmuró un “Gracias” que sí llegó a oídos de la pequeña amazona. Antes de que ninguno de los dos pudiera hacer nada más, una amazona confusa y un artista marcial aún más confundido se les acercaron andando pesadamente.

“¡Eh Mousse¿Has pasado?” Preguntó Ranma con una expresión que decía claramente “No entiendo nada” y los brazos cruzados detrás del cuello. Mousse asintió lentamente sin apartar la mirada de sus dos compañeros, y ambos le regalaron unas sonrisas de amistad que no podría olvidar nunca. Se sentía, por fin, querido y apreciado. Y esa sensación era algo que no quería dejar escapar.

Antes de que ninguno de los dos artistas marciales se diera cuenta, tenían a un Mousse que despedía unos chorros de lágrimas que hubieran hecho palidecer a Sôun Tendô abrazado a ellos, gritando a los cuatro vientos lo feliz que era en ese mismo momento.

Un par de chichones en la cabeza después y las despedidas oportunas, el grupo amazónico cenaba tranquilamente en la mesa central del comedor. “Sin embargo, juraría que, por un segundo, he podido sentir a Xian-Pu devolviéndome el abrazo… No sé… tal vez me esté engañando a mí mismo.” Meneó la cabeza y se concentró en la cena.

Todo estaba recogido, y tras una animada charla entre los jóvenes, especulando sobre las posibilidades de sus escuelas correspondientes mientras la Anciana Matriarca les miraba con una sonrisa enigmática cuando una posibilidad especialmente inverosímil aparecía, el reloj señaló que hoy dejo de serlo, y Shampoo se excusó para ir a dormir. Ambos, maestra y discípulo, le desearon unas buenas noches, para, como la noche anterior, quedarse solos.

“Me has impresionado Mousse, y eso no es decir poco. Muy pocos han conseguido encender mi ira con unas pocas palabras.” El joven amazona no sabía como tomarse esas palabras, así que decidió agachar la cabeza en señal de respeto y seguir escuchando. “No me arrepiento de haberte elegido. Oh… seguro que él estaría orgulloso de ti.” Dijo la pequeña mujer con un extraño brillo en los ojos.

Poco después, Mousse estaba apoyado sobre la puerta de la habitación de Shampoo. El pasillo estaba oscuro, pero era perfectamente consciente de su cuerpo, gracias a los años de entrenamiento que había pasado. Puso una oreja en la puerta, y oyó el leve y acompasado respirar de la persona que estaba dentro. Y suspiró. Y se desvaneció en su habitación.

Desenrollaba y colocaba en el suelo su futon para después quitarse sus largas ropas blancas (y lo que llevaba en ellas) sin hacer ni un ruido, sin dar muestras de su existencia, tal y como había hecho hasta hace menos de una semana. Justo desde el… terrible suceso.

Y eso hacía que una fría sensación, un mal presentimiento, le recorriese la espalda.

“¿Es necesario…¿Cómo pasó? Alguien debía saber que algo así iba a llegar. La NASA… pero si ellos no lo sabían, que están constantemente mirando ahí arriba¿cómo…?” No le cabía en la cabeza al joven miope que un meteorito de esas dimensiones, capaz de atravesar la atmósfera, pasara desapercibido para todo el mundo.

Pero tampoco podía dejar de pensar en como habían cambiado las cosas en tan poco tiempo. Y sobretodo en el día que acababan de dejar atrás. Y en lo que había dicho Cologne. “Él… ¿Puede referirse a padre¿Puede ser que le conociera? Me pregunto como era. Se marchó. Je, eso es lo que dicen a los niños pequeños. ‘Se ha marchado a descansar’, ‘Se ha marchado a un sitio mejor’. ¿Por qué se nos miente desde pequeños¿Acaso necesitamos mentirnos para poder vivir?”

Se dio la vuelta, y el pelo le caía por la cara. Pero no le molestaba, tenía los ojos cerrados. “No… no mentirnos. Olvidar. Pero lo más importante, perdonar. A los demás, y a nosotros mismos… Y… pedir perdón. Pedir perdón a Shampoo, por esos años. Y es que, mirándolo bien… no me extraña que esté harta de mí. Pero también a Kaiko. Espero…”

Otra vuelta, y el sueño no le llamaba. Pero los recuerdos del día anterior empezaron a surgir y, viéndolo más interesante que contar ovejitas, dejo que corrieran su curso…


“Desde el primer día, al no recordar pesadillas. Seguras debían ser, y sin embargo, no recordabalas. Sólo bisabuela poder hacer punto de sueño retardado tan bien.” La voz de Shampoo, una mezcla de inseguridad y tristeza, llegaba hasta la cocina para mezclarse con el fuerte olor a lava-vajillas que lo impregnaba todo. Ahí estaba Mousse, con una especie de delantal puesto, un trapo en una mano y un plato en la otra, y la mirada fija en la pila.

“No debería extrañarme. Puede que parezca que no tiene ni pizca de cerebro, pero es una guerrera excepcional. No por nada ganó el campeonato. No por nada es la bisnieta de la Matriarca. No por nada la mujer…” No pudo terminar ese pensamiento porque Cologne se acercaba rebotando con su bastón, y los platos deberían estar ya fregados.

“Ah… Esa chica…” Suspiraba la anciana amazona al tiempo que entraba en la cocina. Entonces, Mousse tuvo que ‘soltar’ algo que se había desbocado en su corazón, y que salió con un tono impropio de él hacia la Matriarca. Era calmado, pero impregnado de una ira fría muy amenazante. “Xian-Pu ya no es una ‘chica’. Xian-Pu ya es una mujer.” Dijo, sin mover la mirada del plato que secaba con fuerza innecesaria.

Cologne arqueó una ceja sorprendida. Ese tono… era muy peculiar. Muy familiar. Y recordó que tenía delante un nuevo Mousse. Dejó que una sonrisa apareciese en su arrugado rostro. “Sí, Mousse, tienes razón. Una mujer.” Pero estaba confundida, pues este cambio la había pillado desprevenida. Y lo peor era que no sabía la razón, aunque se la olía.

Mousse se relajó al oír a la matriarca dándole la razón. Pero seguía alerta. Nunca se había fiado mucho de la ‘momia disecada’, como solía pensar al referirse a ella, y no iba a empezar ahora que tanto parecía ocultar. Porque Mousse podría estar casi tan ciego como un pa… perdón, un topo, pero no era tonto.

Mientras el joven terminaba de secar los últimos platos, la Matriarca no dejaba de mirarle intensamente, cosa que el amazona notó. Se estaba poniendo nervioso, y antes de terminar con el último vaso, no pudo contenerse más, se giró bruscamente y la preguntó, intentando mantenerse respetuoso sobre la inquietud que le consumía. “Se puede saber que quieres… Matriarca.”

Ésta sonrió, porque había conseguido exactamente su propósito. Había conseguido que el chico bajara sus defensas. “Oh nada, tan sólo quería saber que hiciste esos días que estuviste fuera.” Respondió la anciana con un tono falsamente despreocupado. Había jugado muchas veces a ese juego, y lo conocía muy bien.

La expresión de Mousse cambió al instante, y su mirada se perdió más allá de donde Cologne pudiera mirar. “Oh bueno… Al salir de la ciudad con rumbo al bosque de Cimabo encontré un restaurante… el ‘Takahashi’s’ se llamaba, y entré. Y después vi a la dueña del bar que echaba a un tipo y…” Se dio cuenta de que estaba contando demasiado y carraspeó para continuar. “y después me marché, pasé una noche en el bosque y decidí… decidí que tenía que volver.” Terminó apresuradamente.

En los ojos de la matriarca veía que tenía ganas de más información, pero no habló de la misma manera. “Ajá… bien chico, termina con los platos y vete a la cama. Yo todavía tengo que terminar con las cuentas.” Así, el joven terminó con el vaso y subió las escaleras sin hacer ruido. Sólo el suave roce de sus largos ropajes lo acompañaron hasta la habitación. No tardó en acostarse, ya desvestido, cayendo rendido. La conversación con la matriarca, y la curiosidad de ésta sobre lo que había ocurrido esos días, habían resultado ser una prueba bastante extraña.

“¿Acaso…¿Podría ser que quisiese saber sobre Kaiko? No puede ser… ¿Cómo iba a saber ella sobre Kaiko¡Es imposible! Ah… Maldita sea, ya no estoy seguro de nada. Bueno, está la promesa. Menos mal… Je, por eso he vuelto, Cologne. No para ser tu discípulo, no para formar parte de cualquier plan que estés ideando. He vuelto para conseguir el poder que me permita proteger a mis amigos.”

Antes de quedarse dormido, una última cuestión pasó veloz cual estrella fugaz por el cielo aterciopelado. “Me pregunto si he de contar también a Ranma y a Xian-Pu entre mis amigos.”

Y esa noche pasó más frío que ninguna otra.

No era tarde. No era temprano. Era la hora de levantarse tal y como su cuerpo le dictaba. Así que, se levantó, un poco ojeroso pero con la mente despierta. Y es que el día anterior ni siquiera se había planteado el problema de la escuela del Volcán. Y se había dado cuenta en ese momento.

Ya vestido, lavado y con las gafas en su lugar, bajó a la cocina para empezar a preparar el desayuno, y es que las viejas costumbres eran difíciles de dejar. Sonrió mientras encendía la luz y preparaba los fogones, recordando como normalmente estos primeros momentos del día, cuando ni siquiera la vieja momia estaba de pie, los solía utilizar para idear algún descabellado plan para conseguir que Shampoo saliese con él, o, en alguna ocasión, que se enamorara de él.

“Me acuerdo… aquella vez cuando encontré las dichosas gafas aquellas. Y todo porque Xian-Pu no aceptó… no, más bien, pasó de largo. Oh bueno, al final logré que viniese a la exposición de figuras de cera. Lo que no entiendo es por qué se enfadó tanto estando allí. Por lo que pude ver, no estaban muy mal hechas. Una pena. El ramo que le llevé pareció agradarla bastante. Ni rosas ni claveles. Humildes margaritas.”

Fluía por los movimientos aprendidos en incontables mañanas preparando el desayuno cuando, sin darse cuenta por estar absorto en sus pensamientos y recuerdos, ahora vistos desde otro ángulo, fue sorprendido por una pequeña Anciana Matriarca que se había acercado sigilosamente sin apartar la mirada de la cara del joven amazona, recordando de una manera más bien melancólica su juventud.

“¡AAHHH!” Gritó el joven, una mano en su pecho tratando de impedir que el corazón se le saliera de su sitio, la otra blandiendo un arma arrojadiza con un gran parecido a los tomahawk indios. Estaba preparado para cortar lo que fuera (y a quien fuera) tras el susto de su vida. Aunque todavía le quedaba descubrir quien había sido la bromista.

“¡AAHHH!” Volvió a gritar de nuevo el amazona, dejando caer el arma, cuando vio la sonrisa en la pequeña y arrugada cara de su Matriarca justo delante suyo. Y recibió un bastonazo en la cabeza. “¡Qué no es para tanto!” Exclamó Cologne, con cara molesta. Dolorido, mientras se frotaba con una mano la cabeza, abrió poco a poco el ojo. Seguro de que no iba a volver a ser golpeado, abrió los ojos del todo y se dispuso a terminar el desayuno.

“Veo que sigues con las viejas costumbres.” Comentó despreocupadamente la amazona mientras revisaba el trabajo del chico. Éste la miró con una ceja levantada, tal y como muchas veces había hecho ella con él. Levantando la mirada, Cologne se encontró con esa mirada del chico. “¡Eh! No me mires así y sigue con el desayuno.” Entonces, tras una pausa, siguió. “¿Todavía te quedas despierto oyendo a Xian-Pu dormir a través de la pared?” La pregunta había salido serena y confiada, pero los ojos de la amazona estaban cerrados sin que el chico lo supiera.

Mousse dejó de prestar atención a las sartenes y los cazos, y se contentó con ver como toda la comida empezaba a pasarse y el humo empezaba a aparecer en grandes cantidades. “No. Ya no quiero…” “¿Por qué demonios estoy mintiendo? Es como si las palabras salieran solas…” Pensó para si mientras hablaba. Y una lágrima bajo hasta sus labios para perderse allí.

“Entonces, hay otra ¿no es así?” Apenas había terminado de preguntar, el amazona se dio la vuelta para encararla con furia en la cara. “¡NO! No es eso. No es tan fácil. No, no y no. Es otra cosa…” Mousse la había agarrado de los hombros, sacudiéndola con cada negación para terminar apoyándose en la encimera y darle a Cologne una visión que ella no había querido. “Así que todavía la quieres.” Tiempo atrás, esta afirmación hubiera sido impensable para cualquiera de los dos. Ahora se debatía entre hecho y opinión.

“Sí, todavía la quiero.” Se forzó, se obligó a responder. “Pero no siento… no siento nada al decirlo. La soledad, el vacío… no lo sé. ¡Por favor¿Qué es esto? Es un asco estar así, sentir así. ¿Me quedaré de esta manera siempre¿Protegiendo a los que me importan, pero provocando que no les importe? Maldita sea…” Se preguntó en silencio, agonizante mientras descansaba sobre la encimera, las rodillas hincadas en el suelo, la cabeza entre los brazos.

“Venga Mu-Tzu, levántate. Un verdadero amazona no muestra así sus debilidades.” Le ordenó su matriarca en un vano intento por animarle. “¿No recuerdas que me importa un bledo esa ‘herencia amazona’ tuya?” Respondió el joven aún mirando al suelo pero con una media sonrisa en la cara. “Eso no se lo cree nadie. Ahora termina el desayuno y luego podrás ir a dar un paseo.” Terminó Cologne mientras se daba la vuelta y se dirigía al comedor. Le llegó las palabras del amazona cuando estaba ya en el umbral de la cocina. “Heh. Ya no soy tu esclavo Ku-Lohn. Puedo irme si me place. Y al decirme eso me han dado ganas de marcharme esta tarde. Eso sí, no sé cuándo volveré.” La matriarca meneó la cabeza mientras suspiraba, sin embargo, sonriendo. “Cabezota…”

El desayuno se terminó, y sin dificultad alguna, lo llevó hasta el comedor y lo sirvió en los platos que la matriarca había preparado en una de las mesas. Ambos empezaron a comer sin nada que decirse, habiéndolo dicho antes. Una vez terminado el desayuno, se llevó los platos, dejando una ración para Shampoo, y comenzó a fregar sin pensar.

Unos minutos después pudo oír que alguien, seguramente Cologne, saludaba a Shampoo. Sin muchas ganas, a decir verdad, él también saludó desde la cocina, y siguió con sus cosas. Terminó con sus tareas, pero no tenía muchas ganas de estar en el comedor con ellas, así que se apoyó en la encimera y no pudo evitar empezar a pensar.

“¿Y ese saludo? Pensándolo bien, últimamente… estar con Xian-Pu se me ha vuelto… incómodo. Es verdad, ya no hay ese fuego por verla ni esa sensación extraña cuando me trata como una persona… Je, cualquiera que me oiga. Creería que estoy hablando de un monstruo. Ahora me doy cuenta…”

Poco después oyó como la joven de cabellos lavanda salía por la puerta trasera, y los golpes del bastón de Cologne no tardaron en acercarse a la cocina. De un solo vistazo pudo ver que, para su sorpresa, la Matriarca ni echaba chispas ni iluminaba como una lamparita. Tal vez un poco irritada, pero nada más. “¿Ya está todo?” Preguntó con algo de impaciencia mientras se acercaba para ver los cacharros del desayuno limpios, secos, y en su armario.

“Sí. Ya está todo.” Respondió el joven casi ciego mientras se dirigía, seguramente, a su habitación. “Espera.” Le ordenó su jefa. Él se detuvo en el umbral de la puerta. “¿Quién es ella?” Preguntó la anciana todavía mirando los platos, de espalda a él. La mente de Mousse era un hervidero de preguntas. “¿Se refiere a Kaiko¿Qué demonios pretende¿Acaso piensa hacer algo¿Y para qué quiere su nombre¿Se lo voy…?”

Pero, antes de que terminara el río de preguntas, un ruido proveniente del tejado cortó la posible conversación. Corriendo, salieron de la cocina al comedor y luego a la calle, mientras sacaba esas garras de acero tan felinas que tan buen resultado le dieron en el incidente de la isla de Togenkyo, para llegar al tejado de un potente salto. Aterrizando suavemente, pudieron observar como un distraído Ranma terminaba de ponerse en pie y a Shampoo aterrizar con un bomobori en la mano al otro lado del tejado.

Mientras Shampoo y Cologne se acercaban al chico, Mousse bajo discretamente del tejado y entró de nuevo en el Nekohanten. Podía oír atenuada la voz de la matriarca desde el tejado, pero no se paró a intentar comprender lo que decía. Subió a su habitación, se cambió de ropa, guardando las garras en su lugar, poniéndose algo más informal y típico de estas tierras, y cuando hubo terminado, se marchó por la puerta delantera mientras tatareaba una canción que había escuchado no hace mucho.

Unas horas más tarde, habiendo seguido el camino que recordaba, veía el edificio del Takahashi’s aparecer entre las últimos casas de la ciudad que casi había dejado atrás. Y no pudo evitar que una gran sonrisa apareciera en su rostro. Iba a ver a Kaiko-chan.

Entró rápidamente y, de nuevo, el ambiente que tanto le agradó, con ese olor agridulce y ese murmullo musical, la primera vez, le invitó a quedarse otra vez. Pero, esta vez, había algo más. También estaba el sentimiento de entrar en la casa de un amigo. Un poco de temor al principio, pero más y más ganas de quedarse y explorar cuanto más tiempo se estaba.

Se dirigió directamente a la barra de la pared sur donde un par de camareras charlaban animadamente. Una de ellas le vio venir y, reconociéndole, se lo dijo a su compañera. “Mira, ahí está el tipo ese raro que armó todo ese jaleo hace unos días.” Le susurró la pelirroja de trenzas y cara pecosa a la morena de pelo corto y nariz respingona, que asintió.

“Oye… esto… me preguntaba¿no sé si me recordaréis? Si estaba vuestra jefa, esto es, Kaiko, o no, o…” Dijo el chico amazona entre suspiros y pausas. “¡Para parecer tan violento aquella vez, buen que parece un poco tímido!” Pensó la pelirroja. “No, lo siento.” Empezó la morena. “Esta tarde tenía que hacer los pedidos a los almacenes. No creo que vuelva hasta tarde.” Terminó, poniendo cara de disculpa. “Oh, bueno. Yo… esto ¿qué tal si me pones un algo?” Preguntó sin mucho afán el chico.

Tras recoger su bebida, una gran taza de té chino caliente, se encaminó a la mesa que tomara cuando por primera vez entró en ese lugar. Así, el té humeante delante de él, la vista del bosque que el ventanal le proveía como fondo de sus pensamientos y el ruido de la gente a su alrededor de hilo musical, un codo apoyado en la mesa y su cabeza en la mano, y Mousse se retraía en si mismo buscando respuestas.

“¡Qué pena! No está Kaiko-chan. Bueno, podría esperarla. Pero tenía tantas ganas de verla y hablar con ella… Hablando de Kaiko… Debería descifrar de una vez la escuela. Veamos. ‘El volcán, que viste vida hasta que desata muerte’. Es curioso, sin lugar a duda.” En ese momento se fijo que, en el horizonte a través del ventanal podía ver un monte. “Bien. Imaginamos que eso es un Volcán. ¿Qué hay de especial? Hay un bosque a su alrededor, y eso podría significar vida. Hay muchas ciudades a la loma de un volcán. Por ejemplo, Catania, a los pies del Etna, o el Kilauea en Hawai…y también Pompeya, a las lomas del Vesubio. Y mira lo que les pasó. Enterrados vivos por la ceniza. Todo fue repentino. En un momento, el volcán les arrebató la vida. Y… Umm… curioso.”

Dio otro vistazo a su alrededor, al paisaje que tenía delante y a la taza de té medio llena que había dejado de humear. Sintiendo la llamada, urgente, de la naturaleza, se dirigió al baño, que ya sabía donde estaba desde que había ido a sentarse en la mesa. Al volver a su mesa vio que dos hombres corpulentos, ruidosos y, en general, con mala pinta, estaban sentados en su mesa mientras hacían comentarios despectivos sobre el restaurante en voz alta, ganándose miradas de miedo y odio de entre el resto de clientes.

“Perdón por la interrupción, pero esta mesa está ocupada.” Dijo calmadamente Mousse cuando llegó a la mesa. Cada comentario que hacían le ponía aún más furioso, pero estaba controlándose para no terminar destruyendo todo el restaurante. “Yo no veo tu nombre por ningún lado, chino inmigrante.” Respondió uno de ellos con tono agresivo. El otro le rió la gracia. Sus voces eran roncas y malsonantes.

“Mantenerme tranquilo, mantenerme tranquilo…” Se repetía una y otra vez el joven amazona. “Ese bol,” Y señaló a la taza medio llena. “de te es mío. No lo he terminado, por lo que la mesa es mía por ahora.” Sin embargo, empezaba a perder la paciencia. Rápidamente. Aún así, no mostraba ningún signo de su estado interior. Para los dos hombres, sólo era un chico que se estaba cagando de miedo pidiéndoles su mesa.

“¿Este bol, cuatrojos?” Se burló el otro hombre mientras señalaba, efectivamente, el cuenco donde descansaba el restante te que todavía Mousse no había tomado. De un manotazo, lanzo los contenidos a Mousse y, por supuesto, la maldición entró en escena. Sin embargo, no se oyeron los típicos graznidos, sino las carcajadas de los, ahora clasificados en la mente de Mousse, dos maleantes. “¡Habrá huido! Terrible cobarde.” Le llegó la voz de uno de ellos a través de sus ropas que cubrían su forma de pato.

Sin perder ni un segundo, sacó, aún envuelto en su túnica, un termo con agua caliente y, como pudo, vertió parte de su contenido sobre él. Así, rellenando sus ropas con el cuerpo correcto, apareció delante de los hombres con la furia desprendiéndose de todos y cada uno de sus poros, testimonio de la rabia apenas contenida que llevaba dentro.

“¿De dónde has aparecido?” Preguntó uno de ellos con un poco de temor ante la repentina aparición del joven, el cuál, no respondió, sino que se quedó mirándole con una mirada penetrante y mortal. “Ahora vas a ver, monstruo.” Amenazó el otro que era más agresivo y que, además, había visto como se había revuelto entre sus ropas en busca del termo.

Entonces, algo pareció romperse en la mente de Mousse, como un bote del más fino de los cristales, y antes de cualquiera de los dos hombres pudiera hacer nada, una de las pocas armas que ocultaba sin filos, una gran bola de acero, envió a los hombres a través del gran cristal y hasta la hierba de la manera más dolorosa posible. De un salto, Mousse estaba delante de ellos otra vez, ni rastro de la bola, fuego en los ojos. Pero ni una palabra.

En vez de eso, lanzó un par de cadenas, una de cada mano, que avanzaron rectas hacía cada uno de los maleantes. Un segundo después, ambos estaban rodeados de cadenas y a merced del chico. Cogió entonces las cadenas, y con ellas a los hombres atados con ellas, y empezó a darles vueltas por encima de su cabeza a una velocidad increíble. “¡Se van a acordar¡Ésta me la pagarán! Les voy a enviar a… a…” Pensaba Mousse hasta que se dio cuenta de que se enfrentaba a un par de simples idiotas, sin ningún tipo de entrenamiento.

“¡Para!” El grito de una mujer le hizo entrar definitivamente en razón. Redujo poco a poco la velocidad de giro hasta que, por su propio peso, ambos hombres cayeron al suelo. En cuanto dejaron de girar, vomitaron todo lo que habían comido desde que tenían dientes. “No se os ocurra volver por aquí.” Gritó Mousse mientras se ponían pesadamente en pie y se alejaban todavía haciendo eses.

Al girar, se topó con las esmeraldas que tanto anhelaba. Ahí estaba ella, Kaiko, de pie, mirándole de arriba a abajo, evitando sus ojos. “¿Qué ha pasado, Mousse?” Preguntó la joven, cautela en su voz, lo que entristeció al chico. “Yo… estos… hombres estaban en mi mesa y… empezaron a insultarme a mí, al restaurante. Estaban atemorizando a los clientes y, entonces, me convirtieron… y…” Dejó sin terminar el chico, avergonzado entonces de lo que acababa de hacer.

“Y entonces hiciste lo mismo que yo con aquel depravado el día que nos conocimos.” Terminó por él Kaiko. La miró, y vio que le dedicaba una sonrisa de entendimiento, y el alma se le llenó de alegría. “Vamos Mousse.” Le extendió una mano para guiarle que el aceptó agradecido y con una gran sonrisa en la cara. En cuanto la dueña del restaurante vio como el ventanal de la pared sur no era más que añicos en el suelo, Mousse recibió el capón de su vida. “Lo siento…” se disculpó lastimeramente desde el suelo con un chichón en la cabeza que le acrecentaba hasta casi los dos metros mientras Kaiko se metía en el restaurante pisando fuerte.

“¿Cómo es que estás de vuelta tan pronto?” Le preguntó Mousse, un rato después cuando ya estaba más calmada y hacía su trabajo de camarera. “Una chica en bicicleta casi me atropella. Tenía el pelo lavanda y muy largo. Era tan rápida que pareció desaparecer delante de mis ojos. Creo que no era de por aquí. Parecía… china, como tú.” Relató Kaiko mientras Mousse fruncía más y más el ceño. Según la descripción de Kaiko-chan, parecía que se estuviera refiriendo a Xian-Pu… “Oye ¿y tú? Según lo que me han dicho aquí mis amigas, eres como una bomba de relojería. Como un volcán a punto de explotar.”

Eso interesó aún más a Mousse. “¿Por qué lo dicen?” Preguntó el chico levantando una ceja. “Oh, no sé. Dicen que, cuando los indeseables esos empezaron a insultarte y tal, te mantuviste quieto y pacífico como si no pasara nada y que, de repente¡PUM, sacaste una bola de acero y les mandaste a volar a través de MI ventanal.” Respondió, haciendo especial hincapié en que el ventanal que había roto era de ella. “Lo siento ¿de acuerdo?” Se disculpó de nuevo sin prestar mucha atención, porque acababa de juntar las piezas del rompecabezas.

“¡Eso es!” Empezó a decirse a si mismo. “De eso se trata. Esperar. Paciencia. Control. Hasta que no hace falta ni esperar ni tener paciencia ni tener control. Cogí y… ¡Ataqué cuando estaban sorprendidos! Y lo hice al máximo. Sin restricciones. Buf… menos mal que entré en razón… Les preparé. Sin saberlo, esperé hasta que la oportunidad se presentó. Y sabía cuando era el momento porque conozco de sobra ese tipo de chusma. De manera que, en la Escuela del Volcán, conociendo al oponente, sé cuando es mi oportunidad de ganar. Y hay que autocontrolarse hasta que llegue esa oportunidad. Aunque supongo que también habrá maneras de acelerar las cosas un poco…” Terminó suspirando mentalmente.

“Hey, Tierra llamando a Mousse. ¿Me recibe?” Kaiko agitaba su mano justo delante de Mousse. Por fin, el chico se sacudió y volvió a la realidad. “Gracias Kaiko-chan.” Y sin pensarlo, le dio un fugaz beso en la mejilla y se marchó corriendo, mientras la chica se rozaba suavemente con los dedos el lugar donde sus labios se habían posado fugazmente. Un color rojizo inundó su cara y la respiración se le agitó un tanto.

“Hasta luego, Mousse…kun.”

Por el camino de vuelta, el chico repasaba mentalmente su nueva visión de una lucha. “Bien, lo que tendré que hacer es mantenerme calmado todo el rato hasta que se enfade y entonces… rezar, porque, si no se da cuenta de lo que estoy haciendo…” Meneó la cabeza, sabiendo que cada vez estaba tirando más y más de los hilos, y que su suerte no tardaría en cambiar.

“Oh, bueno. Todo por mi promesa.”


Al capítulo anterior. O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente.

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