Escape a la libertad (II)

Otro pequeño pasaje de esta historia de búsqueda personal.

Hay un espejo en el recibidor. Mi imagen reflejada me distrae, capta mi atención y, finalmente, me atrae hasta la saciedad. Los golpes menguan mientras me observo en silencio. No sé si en realidad este silencio es producto de mi imaginación o no. Tan sólo me mantengo así, con los ojos muy abiertos, tratando de encontrar el punto en el que la imagen del espejo empiece a ser distinta que la del otro lado.

Todo está bien, y me toco uno de mis brazos para cerciorarme de la realidad de lo que veo. Entonces, ¡cambio! Mi carne empieza a romperse para varios sitios. Heridas terribles aparecen en mi piel como si mi piel fuese rota desde dentro. Siento la horrible sensación de ser recorrido de pies a cabeza, por debajo de la piel, por cientos de diminutos parásitos. La sensación es inaguantable, y estoy a punto de gritar.

Con grotesca curiosidad, quiero tocar la sima de sangre que recorre mi garganta. Acerco mi temblorosa y ajada mano hasta la herida y entonces, desaparece.

El espejo cambia mi forma, y yo podía haber jurado que veía mi corazón reflejado latir en mi pecho al compás del terror. Ahora vuelvo a mi piel blanca y a mis ojos apagados. Todo es normal, y la luz y el espejo se comportan como si siempre hubieran respetado los límites de la cordura.

Poco a poco, sin embargo, las heridas van apareciendo de nuevo, como si las iluminasen lentamente con una luz que atraviesa la piel. La paranoia reflejo de la verdad, pues eso es lo que debe ser, cobra al fin un atisbo de sentido al ver las terribles heridas abiertas debajo de la piel perfectamente normal.

Pero la imagen es demasiado perturbadora, y los golpes de las armaduras vuelven con renovado ímpetu. Una patada, y el mosaico de mi mirada cae al suelo con el estruendo de mil entierros. Cojo un pedazo de cristal que me mira de soslayo con algo de miedo enterrado en sus apagados ojos. Sin pensármelo lo introduzco en uno de mis bolsillos y, con la precisión que da la desesperación, busco una salida del vestíbulo de los encuentros.

Al fin, una puerta que nunca estuvo ahí se me descubre entre las sombras. Tomo el pomo sin pensar y, a pesar de su evidente limpieza y lustro, mi mano no se refleja, ni siquiera lo ensombrece. Atacado por una incipiente necesidad de existir, giro el pomo y me lanzo sin mirar a la oscuridad de un pasadizo que no puede existir, que no debería existir.

Puede que me haya puesto a salvo de las armaduras. Sin embargo, temo que acabe de dejar de estar a salvo de mi mismo. La oscuridad me engulle y, para no desentonar, cierro los ojos y camino sin temor a encontrarme con nada.

Acabo de entrar en mi corazón.

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