Un concierto, algo más que una experiencia

Un concierto, mil experiencias, y los recuerdos que me acompañarán de por vida de un momento diferente a cualquier otro.

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Hace unos días, tuve la suerte de ser el protagonista de una escapada milagrosa. Cuando el miedo de los estudiantes se hace mes, y asoma su cabeza en sus presentes, escapé a Madrid. No un gran lugar para escapar, pensará más de uno. En una ocasión normal, tendría que darle la razón. Tal y como era el parecer de Mecano, vivir en una gran ciudad es para mí un mal necesario si se quieren tener las comodidades y la conexión que brinda. Por lo demás, las grandes ciudades podrían irse a un planeta donde puedan estar felices y dejarnos a nosotros tranquilos.

Ismael Serrano en plena acción
Hay un ambiente especial en los conciertos, ¿verdad?

Ahora bien, ésta no fue una ocasión cualquiera. Las vías brillantes bajo el sol de la tarde me llevaron no a una ciudad, sino al encuentro de un amigo y al de una inspiración. Horas de viaje, y las letras impresas de un libro se arremolinaban alrededor de mi conciencia. Antes de que terminasen su asalto, la más de una docena de vías de la estación de Chamartín se habían convertido en una dulce confusión de descubrimiento. Maravillado por la complejidad enorme ante el sencillo acto de tomar un tren, como Robinson descubriendo su isla de soledad, investigué un poco el lugar. No hubo tiempo para muchas averiguaciones, pues mi compañero en esta aventura apareció pronto.

Después, ya acompañado, más descubrimiento de la ciudad y de sus entrañas, con el metro que son los ríos de la ciudad moderna. Ríos que, llenos de voces sin cuerpos, encauzan el alma de las personas y terminan por mitigar la curiosidad por los laberintos. Es impresionante ver a las personas como a un banco de sardinas que, comunicándose como unos insectos, se transportan de aquí a allá con la gracia que da la monotonía. El metro, oscuro y luminoso, marca para mí mejor que cualquier otra cosa las dos caras de las grandes ciudades. Un filtro de inamovible capacidad.

Al tiempo, llegó el momento de conocer la que sería la morada nocturna. Casa de promesas y descubrimientos, el lugar fue una acogedor cobijo a la noche madrileña, calurosa y peligrosa, que había de esperarnos. Uno echa en falta entonces un Bruce Lee que le pueda proteger en esos terribles momentos. Sin embargo, no era mi caso; mi compañero sabe defenderse, y a mí el correr se me da tan bien como a Forrest Gump alargar las sílabas. De vuelta al corazón de Madrid, nos dirigimos al fin al Palacio de Congresos, el lugar de la quedada programada.

A un lado, el Santiago Bernabeu, ejemplo de fumadero de opio del pueblo moderno. Al otro, nuestra cita. Lugar impresionante, aunque falto de novedad cuando se han visitado otros de su mismo tipo, nos recibió con su magnífica sonoridad y la iluminación adecuada para hacer las fotos una ilusión imposible. A pesar de ello, fue instantáneamente adorado por el espectáculo que iba a albergar. Bromas y chistes después, y la aparición desafortunada en la foto de otras citadas allí, y el concierto empezó.

Ismael Serrano en un momento íntimo
Una puesta en acción insuperable, la verdad.

Ahora tan sólo quedan unas imágenes en nuestra memoria; tal vez, un deje curioso en alguna de nuestras canciones favoritas. Alguna de las frases que conformaron la historia divertida y poética que enlazó todo el recital. Puede que, en un tiempo, tan sólo nos queden unas fotos horribles y unos vídeos cortos y que se oyen mal. Pero lo que quedará siempre es el recuerdo, difuso y alegre, de tres horas intensas de escucha y respuesta. Tres horas de oscuridad en la que pudimos sentirnos un poco más humanos y más despiertos ante el muro de la ilusión.

Después, un encuentro fugaz y una realización placentera; una búsqueda desesperada por las calles apagadas de Madrid y, finalmente, recogimiento. El viaje de vuelta, los nervios al coger el tren y otras tres horas de descanso mental, pero recordando cada uno de los pasos dados, cada nueva visión, cada nuevo sentimiento. Tratando de encontrar un lugar donde guardarlos para que me acompañen por siempre. Por suerte, los recuerdos se encargan ellos solos de encontrar un lugar donde descansar en la forma de ser de uno. Por eso, este algo más que una experiencia ya duerme conmigo y acompaña cada una de mis sílabas, y por ello estoy agradecido de que todo esto haya ocurrido.

Un abrazo, amigo.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

2 comentarios en “Un concierto, algo más que una experiencia”

  1. Al final cada experiencia enriquecedora es el deambular valiente de quien no se conforma con pasar hambre, sino que aspira a alimentar sus pasos. Eso que busca la gente revoloteando en bandadas entre los andenes. Eso que buscan quienes toman trenes y viajan a nuevos lugares. Eso que solo encuentran los que tienen el corazón atento.

    Gracias, amigo.

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