Escape a la libertad (I)

A veces, la mejor forma de ejercitar los objetivos que uno se autoimpone es viéndolos realizados por otros. Cuando eso no es posible, también se puede conformar con verlos realizados en la imaginación. Dado que la literatura es la imaginación sólida, se me ha ocurrido empezar a escribir este pequeño relato de unas cuantas partes (cuántas exactamente no lo sé). Onírico y normalmente confuso, es una especie de ejercicio en pos de las metas personales y de, tal vez, el paso adelante definitivo.

Escape a la libertad: El primer escape

Me persiguen muchas figuras. Miro atrás un momento mientras corro: son brillantes armaduras que, a pesar de todo, se funden con la oscuridad de esta noche sin luna que me atrapa. Vuelvo a mirar hacia adelante, y entre un pasillo de piedra y una calle asfaltada, salto a través de un campo de espigas huyendo de las armaduras.

Soy su presa de esta noche, y no dejarán que escape sin más. Al contrario que yo, no se cansan, ni sienten hambre, ni sed ni sueño. Demonios de enclaustrado que gritan con una voz que sólo yo puedo oír. No parecen disminuir nunca su número; si acaso, más se unen a esta cacería macabra en la que yo soy la presa y mi alma el premio. Corro, pero los pensamientos de las armaduras traban mi huida y me hacen trastabillar.

Por suerte, me encuentro una pared que me ayuda a ponerme derecho, y lo consigo. Sigo corriendo a su lado mientras algunos de mis perseguidores saltan a mi alrededor. Los veo por el aire, planeando en busca de los pocos pensamientos racionales que me quedan. Y otros se arrastran como las serpientes, tratando de liarse en mis piernas e impedir mi movimiento.

Tras lo que deben ser segundos pero parecen horas, encuentro una puerta en la pared. No me lo pienso dos veces: giro el pomo y, sorprendentemente, la puerta se abre. Entro y cierro detrás de mí, buscando el pestillo a toda prisa. Lo encuentro y lo echo, oyendo los golpes de sus cuerpos metálicos vacíos contra la puerta. Estoy a salvo por ahora.

Un recibidor de parque flotante y armarios empotrados me acoge. Por un momento, mi cerebro es incapaz de interpretar la información que mis sentidos le envían, y me encuentro flotando en un mar de leve confusión y silencio absoluto. Entonces, la realidad vuelve a asentarse ante mis ojos y el sonido de una voz algo asustada hace mella en mi conciencia.

—¿Por qué trajiste todas esas armaduras contigo?

De una de las puertas de lo que pensaba era un armario ha salido una mujer que me mira con los ojos muy abiertos y una sonrisa que traiciona al resto de su cuerpo. Ella lo debe saber, pero quiere que se lo cuente yo, para que toda la vergüenza sea toda mía una vez más.

—No encuentro la manera de deshacerme de ellas. Siempre estoy huyendo de ellas, pero nunca he conseguido perderlas de vista. Siempre saben a dónde voy.

—Y mientras lo sepan, nunca te desharás de ellas.

—Entonces, ¿cómo puedo conseguir que no sepan a dónde voy? ¿Hay algún escudo, algún truco?

—No hay escudos ni trucos, sólo voluntad.

—¿Mi voluntad? ¿Puedo desear que desaparezcan y desaparecerán?

—¿¡Quién habla de deseos!? Esas cosas no son más que tonterías. Yo he dicho voluntad. Si no sabes lo que es eso, no tengo nada más que decirte.

Y quedé solo una vez más. El ruido de las armaduras atacando la puerta se hizo mucho más intenso, y un escalofrío me recorrió de nuevo.

Tendría que buscar la voluntad de hacerlas desaparecer, pero no sabía dónde encontrarla. Lo único que sabía era cómo temerlas.

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