Notas en el alféizar…

… que hacen que me gire hacia las farolas encendidas de sueños. Su ritmo me provoca, toca mis pensamientos, el tumulto silencioso que pierde fuerza al verte. Queda silencioso, muerto y tenebroso como una bahía nocturna, deshabitada y olvidada por el vigilante del faro que se derrumbó.

La música, que no cesa, me duerme y me despierta con su letra triste. Es un quejido de una madre muerta, el grito de un marido expatriado. Hace vibrar el aire con los fuegos descontrolados, con el mar que no flota, con la muerte adolescente. Su intérprete la desgarra, la usa como a una paloma mensajera; le entrega su alma partida y la echa a volar.

Me vuelvo; no quiero seguir oyendo las desgracias que puedo ver según salgo del portal. Que un alma rota contra el asfalto no se cura con los males del engaño; es cierto. Pero casi peor es sentirse indefenso ante el futuro beligerante de un mundo intolerante. A veces, más vale olvidar que recordar y llorar, que llorar no deja caminar en línea recta.

Tampoco es mejor el son del corazón que late y golpea una vieja gloria electrónica del pasado. Un ataque de nostalgia sonora, líquido paralizante, punzante al cerebro de un viejo animal, senil pero sin canas. Ciertos tonos se clavan como tu nombre cuando dedicaste esta balada de mentiras a un crédulo servidor.

Apago la ventana y cierro la electrónica; acabo con la luz y la oscuridad, mi oscuridad, hace acto de presencia. Vuelvo a estar en mi hábitat natural, pensando en lo que pudo haber sido si aquella ventana se hubiera abierto. Si hubiese tonteado con el destino, si hubiera perdido, al menos, tras haber jugado.

Escapo una vez más, como ya hice, para quedar atrapado. Porque atrapado y encerrado, normalmente vapuleado, es como voy tirando. Con un pie aquí y otro donde ella se fue, donde esté, aunque no haga falta. Pues no será la necesidad o no de estar la que consiga amedrentar el alma libre.

No. Pues me puedo imponer a las excusas que matan y a las mentiras que cierran las puertas. Pero nunca, jamás, me podré anteponer a aquella que yo mismo ayudé a crear.

Que resulté un Beethoven de la melodía de la indiferencia.

Cómo escribí a mediados de agosto de 2009 en mi antiguo Space. Y con esta entrada se acaba el traslado, habiendo aprendido varios trucos de formateo, habiendo recordado casi tres años de otra vida más sobre la Tierra, la mía.

Y habiéndome reencontrado con una fecha que, para bien o para mal, ha marcado mi vida estos últimos dos años. Ahora me espera tan sólo el cambio y, al mismo tiempo, una familiaridad perdida que recupero con gran ilusión. No sé qué será de mí, pero tampoco es que sea lo más importante. Ya que, a pesar de todo, tengo (y es mutuo) un apoyo que ojalá siga marcando mi vida por mucho más tiempo. Ojalá incluso cuando se hayan acabado las tormentas…

Adiós al 24 de Noviembre, y a un momento de un mundo sobre la Tierra.

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