El aniversario de un momento sobre la Tierra

Una pequeña reflexión sobre las cosas que se aprenden, y lo que continúa en nosotros un año después.

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Cómo escribí el 24 de noviembre de 2008 en mi antiguo Space:

24 de noviembre. Otra vez.

Quizá no haya nada nuevo. Otro lunes más que pasa desapercibido por el mundo, por las calles vacías de la madrugada. Otro día en el que los bares ahogan las penas de las noches y los desesperados mantienen la esperanza a base de mentiras.

Quizá, tan sólo sea otro día más. Y sin embargo, recordar el tiempo pasado desde el primero me hace mucho más consciente de lo que es un año de lo que nunca consiguió el Año Nuevo. Resulta una marca y al mismo tiempo una meta. Un día para celebrar, para recordar, para olvidar y para lamentar. Alegría y tristeza, cúmulo de verdades y mentiras e, incluso, de pasado y futuro.

Recuerdos de ese día se han convertido ya en parte integral de mi armadura oxidada. Es tan cierto que, al mismo tiempo, no nos pertenecemos y que pertenecemos a los que nos rodean, que, llegado cierto momento, intentar definirnos sin tener en cuenta a los que nos rodean, o nos rodearon, se vuelve una empresa imposible que se hunde desde las propias bases. ¡Qué seríamos, sino unas pobres caricaturas de nosotros mismos, sin lo que hemos recibido de todos aquellos a los que nos hemos encontrado durante el largo camino que algunos sabios llaman vida!

Amores imposibles, cartas que no se envían, trazos de estrellas y el empeño de no dejar de buscarte… Se necesita tanta poesía y tanta ciencia para hacer una persona que no hay suficientes bibliotecas en el mundo para contenerlas. Tantas canciones dedicadas a aquello que no se puede dejar de hacer hasta que se muere, tantas poesías y libros. Tantas como palabras se necesitarían para llenar un Cosmos de papel. Tantas como las vidas que devora la ciudad.

Quedan ya mis recuerdos acosados por la niebla del tiempo y sus estragos sobre la memoria. Tal vez idealizados, tal vez azotados por el odio y por los años de experiencias concentradas en mucho menos tiempo, los recuerdos quedan como una marca persistente pero en constante mutación. Quedan, vertiendo sobre mi alma, como una fuente inacabable e infinita, una sabiduría que nada más que la vida puede dar.

Así que, ahora sí, un año más viejo, me encuentro ante la caja de Pandora. Con ella abierta a mi lado, tecleo, plasmando mis visiones, mi creencia en Casandra, en el Astoria, en que la Ilargia orbita alrededor de la Tierra; la seguridad de que, si se callase el ruido, podríamos realmente hablar; mi creencia en los milagros médicos y en los médicos que obran milagros; y en los milagros de la persistencia y en la capacidad de encontrarse a uno mismo cuando menos te lo esperas.

Por todo este año, por la fecha y por las personas que la componen, puedo decir que, de vez en cuando, Sísifo sí llega a dejar su piedra en la cima de la montaña y que, de vez en cuando, los amores imposibles no lo son tanto.

Hoy, tal vez más humano de lo que era un año atrás, o tal vez más maduro, creo en lo que la vida puede dar. Y creo en todo lo que se puede recoger de ella.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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