¿Año Nuevo, vida nueva?

Una pequeña reflexión sobre lo que da de sí la Navidad para la parte más racional de un proyecto de físico.

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Cómo escribí a finales de enero de 2009 en mi antiguo Space:

¿Realmente hacemos borrón y cuenta nueva cuando llega el primero de enero y nos desembarazamos de todo lo malo del año dejado atrás?

Yo no lo creo. Para el común de los mortales, las Navidades no son más que unos días, tal vez una semana, en los que descansar del trabajo y dedicarnos a gastar el dinero que con tanto esfuerzo y diferentes niveles de ilusión se ha ahorrado para hacer frente con el gasto típico de la época.

Y ya está. Curiosamente, esta vorágine consumista refleja a la perfección la realidad cósmica de todo el asunto de la navidad. No hay una razón superior para llamar al 1 de enero “Año Nuevo”. Simplemente, es otro día en el que se repite la posición de la Tierra en el espacio respecto al Sol 365 días atrás menos unas horas. Por decirlo así, eso ocurre todos los días. A todas las horas. En cada minuto de nuestras vidas. Es lo que tienen los movimientos periódicos.

Entonces, ¿por qué la gente se echa a la calle a comerse doce uvas frente a un reloj centenario? Hoy en día ya se sabe que las uvas, el árbol de navidad, las decoraciones… Absolutamente todo carece del significado que se creía que tenía. Lo único que mantiene su significado evidente y claro es el belén, e incluso eso se ha desvirtuado. Al fin y al cabo, el nacimiento del mesías en un pesebre era un signo de humildad, y sin embargo, hoy en día existe una especia de guerra implícita entre los vecinos por tener el belén más bonito, grande y caro de todos.

Mirándolo fríamente, la Navidad es una farsa. En las ciudades, a la gente le sigue dando igual pisarte la cara que saludarte. En el campo, el agricultor sigue recibiendo mucho menos de lo que vale lo que cultiva. Y en la calle, los vagabundos siguen sin tener un techo bajo el que resguardarse del frío. La gente muere y enferma tanto o más que en el resto del año, y las injusticias se siguen cometiendo, tal vez, de nuevo, incluso más.

No hay quién nos entienda. Porque, a pesar de todo esto, la gente se siente más a gusto en navidad. Llamamos a nuestras familias y nos repartimos como bien se pueda los días festivos para ir llenando el estómago a conciencia con todas las ramas de la familia que podamos tocar. Hermanos o primos a los que hacía mucho tiempo que no veías (básicamente, desde la navidad anterior) vuelven a estar frente a ti, dispuestos a darte un abrazo y hablar de cualquier cosa aunque no tengas nada en común con ellos.

Y regalos de todos los tipos con sus reacciones correspondientes de mil colores. Y gritos, y debates acalorados que parecen no terminan nunca, y risas y bromas, y un sinfín de cosas que, año tras año, millón arriba o millón debajo de parados, se repite en los salones y salas de estar de las casas no sólo españolas, sino en todo el mundo.

Y es que, está claro que el ser humano es un animal de lo más curioso. A pesar de que la mayor parte de la población está ya desengañada sobre las razones de la navidad (exceptuando, por supuesto, al conjunto cristiano, practicante o no, que tiene muy claro el objetivo o la razón de ser de estas fechas), nos afanamos año tras año en convertir la Navidad en la fiesta que siempre ha sido en el colectivo mental. Tratamos, de una manera casi paradójica, en hacer de una fiesta inventada más, un acontecimiento mundial que nos humanice no sólo a cada uno como individuo, sino a la humanidad como especie.

Tal vez sea ese mi mayor problema con la Navidad. Tal vez sea que me resulta extraño el hecho de que tratemos de humanizarnos a nosotros mismos, supuestamente los portadores únicos de humanidad, a través de una fiesta que hace siglos que perdió toda su humanidad.

O tal vez es que estoy harto del concepto de “año”. O el de “tiempo”.

O tal vez desee con todas mis fuerzas que no fluya el tiempo.

Y que vivamos por siempre sin tiempo.

Sin últimas llamadas.

Sin barreras.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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